Luna
La pequeña luna a merced de su padrastro .
La casa era silenciosa después de las nueve. Un silencio pesado, cargado de tareas domésticas pendientes y de la tensión que siempre flotaba en el aire como un polvo invisible. Luna, con sus diez años a cuestas, estaba sentada en el sofá, intentando concentrarse en un libro de matemáticas. Los números se mezclaban y bailaban frente a sus ojos. No podía pensar.
Su madre, Carmen, había salido a su turno de tarde en el hospital. «Te quedas con Ricardo, cielo. Él te ayudará si necesitas algo,» había dicho, dando un beso rápido en su frente antes de desaparecer por la puerta. Luna no había respondido. Sabía que Ricardo, su padrastro, no «ayudaba». Su presencia era como una sombra que se alargaba cuando la luz se iba.
Ricardo estaba en la cocina, viendo un partido de fútbol en la pequeña televisión. El sonido de la pelota, los gritos del comentarista, eran la única señal de vida normal en la casa. Luna escuchaba cada movimiento: el crujido de la bolsa de papas fritas, el sonido de la cerveza siendo abierta. Sabía el ritual. Primero el fútbol. Después, la sombra se movería.
Cuando el partido terminó, Ricardo apagó la TV. El silencio se volvió absoluto. Luna sintió el miedo, familiar y viscoso, empezar a subir desde su estómago. Intentó ser invisible, fusionarse con el sofá.
Pero los pasos vinieron. Pesados, lentos, sobre el linóleo de la cocina hacia la sala de estar. Se detuvieron detrás de ella. No dijo nada. Solo estaba allí. Ella podía sentir su mirada sobre su espalda, sobre el elástico de su pantalón de pijama de unicornios, sobre sus pies pequeños y descalzos.
—¿Terminaste los deberes? —preguntó finalmente, su voz grave y tranquila, como si todo fuera normal.
—No… casi —murmuró Luna, sin levantar la vista del libro.
—Ven. Te voy a explicar eso que no entiendes —dijo.
No era una invitación. Era una orden. Luna sabía que «explicar» no significaba números. Significaba el sofá vacío en la otra habitación. Significaba sus manos grandes y callosas que nunca se posaban en el papel, sino en su hombro, en su brazo, bajando.
Con un peso en el corazón que le ahogaba, Luna se levantó. Sus pies parecían de piedra. Siguió a Ricardo hacia el pequeño estudio, una habitación con un sofá viejo y un escritorio desordenado. Él cerró la puerta detrás de ellos. No completamente, pero suficiente para que el sonido se amortiguara.
—Aquí, mira este problema —dijo, señalando una página aleatoria del libro que ella no había abierto. Se sentó en el sofá y la hizo sentarse… demasiado cerca. Su pierna grande tocaba la suya.
Luna se quedó rígida. Su mente gritaba, pero su cuerpo estaba paralizado, entrenado por meses de esto. Sabía que si se resistía, si lloraba, él se enojaría. Y el enojo de Ricardo era peor. Era silencioso, peligroso. Podía hacer que su madre «se preocupara» por ella, decir que Luna era problemática, que no lo quería. Podía hacer que la casa, que ya era fría, se volviera un lugar donde su madre también le mirara con recelo.
Su mano comenzó. Primero en su cabeza, fingiendo un gesto paternal, jugando con su trenza. —Tienes el pelo muy bonito, Lunita —dijo, su voz más baja.
Luna no respondió. Miró fijamente el problema de matemáticas, los números borrosos. La mano bajó. A su cuello. A su hombro. Y luego, como siempre, se deslizó por su espalda, bajo la camiseta del pijama. Su piel se erizó. El contacto era cálido, áspero, repugnante. Quería alejarse, encogerse, desaparecer.
—Estás muy tensa, mi niña —murmuró Ricardo, y su otra mano rodeó su cintura, tirándola aún más cerca, hasta que ella estaba casi sentada en su lap. El libro de matemáticas cayó al suelo con un sonido sordo.
—No… —logró decir Luna, un susurro débil.
—Shhh —dijo él, su boca cerca de su oreja—. Es sólo un poco de amor. Tu mamá trabaja tanto… yo tengo que cuidarte.
<span;>Su mano, ahora dentro de su camiseta, se movió con una «cariño» que era sistemático, exploratorio. No había prisa. Era un ritual. Toqueteaba su espalda, la parte lateral de su costado, siempre evitando por ahora los lugares más obvios, pero insinuando, acercándose. Luna comenzó a temblar. No podía controlarlo. Cada músculo de su pequeño cuerpo se rebelaba contra el contacto, pero la parálisis mental era más fuerte.
Ricardo notó los temblores. —No tengas miedo —dijo, pero su voz tenía un tono diferente ahora, un tono de excitación apenas contenida—. Soy tu papá ahora. Es normal.
No era normal. Nada era normal. La habitación, con su puerta casi cerrada, se sentía como una caja que se hacía más pequeña. El aire era denso con el olor de él: cerveza, papas fritas, y algo metálico, el olor del miedo que él le causaba.
Su mano se detuvo en la parte baja de su espalda, justo sobre el elástico de su pantalón de pijama. Luna sintió un nuevo nivel de terror. Sabía lo que venía después. Las veces anteriores, había «terminado» ahí, después de minutos de este toqueteo lento y horrible. Pero algunas veces… algunas veces la mano había bajado más.
—Vamos, Lunita —susurró, y su mano comenzó a deslizarse por debajo del elástico, sobre la tela de sus pantalones, hacia…
<span;>Luna actuó entonces. Un impulso animal de supervivencia. Se levantó bruscamente, casi cayendo al suelo.
—¡Tengo que ir al baño! —dijo, la voz estridente, falsa.
Ricardo la miró. Sus ojos, normalmente inexpresivos, se oscurecieron por un segundo con algo peligroso. Pero luego, la máscara de normalidad volvió. —Claro, niña. Ve. Pero vuelve. Los deberes no están terminados.
Luna salió de la habitación como si escapara de una explosión. Corrió al baño, cerró la puerta con llave. Se sentó en el suelo frío, al lado de la taza, y se cubrió la cara con las manos. No había ido al baño. Solo necesitaba una barrera, una puerta cerrada entre ella y él.
Desde fuera, podía oír los pasos de Ricardo moviéndose por la casa. Normal, casual. Como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera estado a punto de…
Se quedó en el baño durante veinte minutos, hasta que oyó que su madre volvía. El sonido de la puerta principal abriéndose, el «¿Hola? ¿Todo bien?» de Carmen, fue como un salvavidas.
Luna salió del baño, su cara lavada, su pijama arreglado. Carmen estaba en la cocina, cansada. Ricardo estaba en el sofá de la sala, viendo otro programa.
—¿Terminaste tus deberes, Luna? —preguntó su madre.
—Sí —mintió Luna, su voz pequeña.
Carmen le dio un beso en la cabeza. —Qué bien. Ricardo te habrá ayudado, ¿no?
Luna miró hacia el sofá. Ricardo le miró, y una pequeña, casi imperceptible sonrisa tocó sus labios. Una sonrisa de posesión, de secreto compartido.
—Sí —dijo Luna, mirando al suelo—. Me ayudó.
Esa noche, Luna se acostó en su cama, rodeada por sus peluches de unicornios. Pero no eran suficientes. No podían protegerla. El miedo no se había ido con la llegada de su madre. Se había instalado dentro de ella, como una segunda piel. Sabía que la sombra estaba allí, en la casa, esperando. Que la puerta del estudio se cerraría otra vez. Que las manos volverían. Que los «deberes» nunca serían solo deberes.
Miró hacia la ventana, hacia la noche oscura. Tenía diez años. Y ya sabía que algunos monstruos no viven en los cuentos. Viven en casa. Y tienen las manos de tu padrastro.
Primera parte, pronto subiré la segunda parte que obviamente se viene mejor.
Si quieren comunicarse conmigo a mi telegram @canibal13k


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