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Dominación Mujeres, Heterosexual, Sexo con Madur@s

Martha – La amiga de mi madre

la amiga de mi madre, poco agraciada, sucumbe ante mis deseos..
Todo comenzó en 1996, cuando yo tenía 14 años. Nos habíamos mudado hacía dos años a un complejo de casas que todavía estaba en construcción. El barrio empezaba a tomar vida y mi madre, al ver la oportunidad, abrió un almacén. Gracias a eso, pronto conoció a mucha gente y se hizo de varias amigas. Entre ellas estaba Martha: una mujer de 35 años, casada y con tres hijas. Como Martha estaba desempleada, venía casi todas las tardes a tomar mate con mi madre, casi siempre acompañada por sus hijas de 6, 7 y 9 años. Aunque yo las trataba bien, sus visitas nunca me gustaron del todo. Mientras mi madre disfrutaba la charla, a mí me tocaba a veces entretener a las nenas. Por suerte, a esa hora solía ir al secundario o a jugar al fútbol, así que pocas veces me quedaba con ellas. Sin embargo, algo en Martha me incomodaba. Por alguna razón, me parecía una mujer falsa. A decir verdad, ella era poco agraciada: de piel morena, pelo negro lacio (ni muy corto ni muy largo), más baja que yo (medía cerca de 1,55 metros), una mujer gorda y de rostro poco atractivo. Además, se vestía de una forma que la hacía parecer diez años más vieja. Seguro yo la prejuzgaba por su apariencia. Estaba casada con don Mario, un albañil y capataz delgado, también poco agraciado, que trabajaba casi todo el día. Lo vi pocas veces. No parecía mala persona, pero tomaba demasiado; solía quedarse dormido en la silla en las reuniones familiares. Al año de conocernos, en un día muy caluroso de verano, Martha llegó llorando a casa. Se había enterado de que don Mario la había engañado con una mujer más joven y bonita. Tras una pelea fuerte, él había decidido irse de la casa. Martha vino a buscar consuelo con mi madre, pero sin sus hijas, que estaban en la escuela de verano. Mi madre intentó calmarla, pero ella estaba devastada, completamente abatida. Decía que no sabía qué hacer: sus hijas se habían quedado sin padre y ella no tenía trabajo. Claramente quería que él volviera, pero seguramente don Mario se quedaría con su amante. Como era por la mañana, yo estaba limpiando en short y remera. Escuchaba todo ya que estaba en el living y sentía pena por ella. En un momento entró clientela y mi madre fue a atender al negocio. Me quedé a solas con ella, decidido a intentar consolarla y levantarle el ánimo.

Recuerdo que le dije que no se preocupara: «Seguramente don Mario se va a dar cuenta de que cometió un error. Usted es única, una mujer muy simpática y atractiva». Al escucharme, se levantó, me abrazó y me dio las gracias. Yo correspondí el gesto y, por reflejo, pasé mis manos por detrás de su espalda hasta apoyarlas en sus hombros. Sinceramente, sentía mucha pena por ella. Aunque el abrazo no duró más de diez segundos, sentí su voluminoso cuerpo pegado al mío; sus enormes senos chocaron contra mi pecho y, de manera inexplicable, mi cuerpo reaccionó por sí solo. Tuve una erección enorme que me resultó imposible de ocultar. Fue algo rápido, y estoy seguro de que ella lo sintió, porque en ese mismo instante se alejó. Sin embargo, ya no se la veía tan afligida, sino más bien nerviosa. Me agradeció nuevamente y volvió a sentarse.

Aproveché ese momento para ir al baño y evitar que mi madre me viera, ya que el short me delataba por completo. Tuve que quedarme allí un buen rato esperando a que se bajara. Cuando por fin lo logré y salí, bastó con volver a verla para que se activara otra vez. No tuve más remedio que encerrarme en mi pieza para que mi madre no se diera cuenta de nada. Martha se quedó una hora más en la casa y luego se marchó.

Pasaron unas semanas y, si bien no volvieron a estar juntos, don Mario se hizo responsable y empezó a pasarle la manutención de las hijas, por lo que ella seguía viniendo de visita a lo de mi madre. Tras lo sucedido aquella tarde, yo ya la miraba con otros ojos; no es que fuera linda, pero quería estar con ella, quería sentirla de nuevo. Por eso empecé a pasar más tiempo con sus hijas, sobre todo con la mayor, que ya tenía diez años. Nuestra casa se había convertido en una especie de grupo de apoyo: todas sus amigas venían a darle consejos a Martha. Eran señoras casadas o separadas que la incentivaban a salir y a conocer a otras personas, diciéndole las típicas frases de que todavía era joven y atractiva. A pesar de eso, ella repetía que no quería saber nada de citas.

Ese verano fue sumamente caluroso. Una noche, Martha puso un ventilador de pie en el cuarto de las nenas. Al parecer, el cable hizo un cortocircuito porque el aparato era viejísimo y terminó provocando un principio de incendio. Por suerte no pasó de un susto, pero a la mañana siguiente ella fue a casa a pedirle ayuda a mi madre. Mencionó que, como yo estudiaba electrónica, quería que revisara si los enchufes estaban en condiciones de seguir usándose y si podía cambiar el que se había quemado. Aunque yo no tenía ninguna gana de ir porque prefería quedarme jugando a los videojuegos, terminé accediendo por el pedido de mi madre.

Eran cerca de las diez de la mañana cuando fui para allá, vestido simplemente con un short, remera y ojotas. Las nenas estaban en la escuela de verano y no volvían hasta la tarde. Al llegar, Martha me recibió de forma normal. Llevaba puesto un vestido enterizo verde floreado, pero estaba tan desgastado que se le traslucían el corpiño blanco y un bombachón de vieja. Verla de esa manera redujo al instante cualquier posibilidad de que me excitara involuntariamente.

Me recibió con un jugo bien frío. Al entrar a la habitación, vi el tomacorriente y el ventilador completamente derretidos. Revisé la instalación eléctrica y cambié el toma quemado. Después la ayudé a juntar y tirar algunos juguetes de plástico que también se habían derretido con el calor; entre una cosa y otra, se me pasó una hora sin darme cuenta. Cuando creí haber terminado, ella apareció de nuevo con otro vaso de jugo. Charlamos un rato mientras me agradecía; me confesó que había tenido mucho miedo por las nenas y que, al no estar don Mario, no sabía cómo solucionar esas cosas. Agregó que siempre es bueno tener a un hombre en la casa. Casi sin pensar, y mientras me relamía los labios al terminar el jugo sin ninguna segunda intención, le respondí: «Estoy para lo que necesite, cualquier cosa mientras la miraba a los ojos».

En ese momento, ella recordó que quería sacar algo pesado de una habitación que usaban como depósito, donde habían quedado varias maderas y herramientas de don Mario. Me preguntó si podía ayudarla con eso, a lo que accedí de inmediato, y me pidió que la siguiera.

La seguí por el pasillo hasta el fondo de la casa, donde se encontraba una habitación pequeña que solían usar como depósito. El ambiente allí dentro era pesado y caluroso; el aire se sentía encerrado y olía a madera vieja y a humedad. Al entrar, vi que el espacio estaba abarrotado: cajas de cartón apiladas, herramientas oxidadas y varios tablones grandes de madera apoyados contra la pared que tapaban la puerta, evidentemente, pertenecían a los trabajos pendientes de don Mario.

—Es eso de ahí —dijo Martha, señalando algo que parecía una madera maciza que bloqueaba el acceso a una de las ventanas—. Quiero ver si puedo venderlo, pero pesa demasiado para mí sola.

El lugar era muy estrecho y me acomodé detrás de ella, ya que al ser mas alto podía agarrar los tablones desde arriba y ella desde abajo.

—Está bien, yo lo muevo desde aca y vos empujalo desde arriba—me indico, concentrándome en el esfuerzo físico.

Nos acomodamos en el espacio reducido. Al comenzar a empujar juntos, la cercanía física se volvió inevitable debido a las dimensiones del cuarto. Con cada esfuerzo, el roce de su cuerpo y el calor del ambiente empezaron a diluir la impresión inicial de su vestimenta descuidada. El aroma de su piel, mezclado con el perfume que usaba, inundó el espacio. A pesar de que minutos antes me sentía completamente tranquilo, la proximidad y el recuerdo latente de aquella tarde en la sala de mi madre comenzaron a jugar en mi contra. Sentía los movimientos pesados de su cuerpo al compás del mío para mover las tablas. El esfuerzo compartido generó una tensión distinta, haciendo que el ambiente caluroso de la habitación se volviera repentinamente sofocante.

En ese instante, toda la distancia que habíamos mantenido durante semanas se desvaneció: sentí de golpe la imponente presencia de su figura, su voluminoso cuerpo y el calor que irradiaba, desatando una tensión que había estado contenida y que aceleró mis pulsaciones por completo. Involuntariamente, mi miembro se activó nuevamente, como si mi cuerpo desenvainara un espada preparado para esgrimir hacia su victima. Marta seguía forcejeando para retirar los tablones mientras sus enormes caderas golpeaban contra mi pelvis. Era imposible que no lo sintiera, mi miembro se hundía entre sus nalgas por sobre la ropa.

Mis manos rodeaban su cabeza por detrás, apoyándola por completo, dejé de sostener la madera y, con firmeza, posé mi mano derecha en su cintura, rindiéndome finalmente al deseo de sentir sus curvas. Martha detuvo el movimiento y se quedó inmóvil por un instante. Pude escuchar cómo su respiración también se volvía más profunda y acelerada. Me acerqué despacio a su cuello, dejando que mi mano izquierda recorriera los contornos de sus brazos y sus hombros, y le confesé en un susurro que me volvía loco, algo que llevaba mucho tiempo guardándome.

Aunque intentaba mantener cierta distancia con un reproche nervioso, sus palabras carecían de fuerza real; se notaba que la atracción era compartida. Aún así, mi mano izquierda se posó sobre las suyas, sujetándolas con firmeza.

Me acerqué a su cuello y comencé a besarlo apasionadamente, mientras mi mano derecha se deleitaba con la calidez y la exuberancia de su cuerpo, estrechándola contra mí con determinación. Martha se tensó visiblemente e intentó apartarse.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó con nerviosismo.

Le confesé al oído:

—Estoy haciendo algo que hace mucho tiempo quería hacer.

Intentó zafarse sin demasiada convicción. Me mantuve firme, sosteniendo sus manos con más fuerza. Su postura era rígida, pero su respiración agitada delataba otra verdad. Le susurré cuánto me encantaba su perfume, el sabor de su piel, mientras mordisqueaba su cuello. Negaba con la cabeza, pero sentía su lucha interna entre la prudencia y la pasión. Se resistía, intentando aferrarse a la cordura con uñas y dientes.

—Pendejo mal educado, soltame —me insultaba.

 

Era como un pez que intenta zafarse al sentir el anzuelo y la atracción. Mi mano derecha ascendió, deleitándose al apretar sus enormes senos. Ella luchaba, se debatía internamente, tiraba hacia atrás sus manos que yo sostenía con fuerza, cual pescador con su presa. Al igual que el pez, cada tanto cedía, jadeaba con más fuerza, consumida por la lujuria. Mi mano descendió hacia sus gruesos muslos; sentí cómo se le erizaba la piel. Mis dedos recorrieron su cuerpo por debajo del vestido, tocando finalmente sus nalgas y su sexo por encima del bombachon, mientras ella se agitaba, intentando zafarse del destino que ambos compartíamos en esa habitación.

Cada una de sus palabras de reproche se sentía como esos últimos esfuerzos antes de ceder a la corriente. Su respiración entrecortada y la tensión en sus hombros delataban que la cuerda ya estaba al límite.

A pesar de sus insultos, no me moví. Permanecí firme en mi lugar y le aseguré en un susurro que no podía dejar de pensar en ella. Martha se quedó quieta unos segundos que parecieron eternos, mientras yo ya besaba la comisura de sus labios, agotando sus últimas defensas en esa pulseada invisible.

Finalmente, mis dedos se deslizaron rápidamente por debajo de su bombachon y toqué su sexo húmedo, caliente, espeso. La resistencia flaqueó; el pez dejó de luchar contra el hilo del destino. Su postura rígida se relajó por completo y, rindiéndose a lo inevitable, dejó que bajara su bombachon hasta caer al suelo.

Solté sus manos. Era su última oportunidad de escapar, como cuando se le quita el anzuelo al pez. Pero ya no luchó. Estaba totalmente entregada a la pasión que le brindaba. Bajé mi short y el boxer mientras seguía besando su cuello, repitiéndole al oído cuánto la deseaba.

Ella aún mantenía sus manos apoyadas sobre los tablones, mientras yo acomodaba mi miembro cerca de su sexo. Ella separó las piernas. Mis manos agarraron su cintura y, cuando estuve listo, empujé. Gimió muy fuerte. Su sexo estaba en llamas; sentía cómo quemaba mi miembro. Agarré su cara con mi mano y la giré para besarla, mordiéndole los labios. Comencé a moverme frenéticamente, salvajemente, entregándonos finalmente al placer.

Podía contemplar cómo se rendía ante mí, cómo respondía a mis besos, a mis caricias, cómo mi cuerpo golpeaba contra sus voluminosas nalgas. Escuchaba cómo gemía, el sonido que delataba que nuestros cuerpos se extasiaban en placer, formando aplausos salvajes, agua chapoteando. Liberé sus enormes senos; mis manos al fin tocaban sus ubres, y cuando pellizqué sus duros pezones, sentí cómo gemía con más fuerza, llenándome de jugos. Sus piernas temblaban, su gemido cambió; tuve que sostenerla para que no se cayera.

La abracé y la di vuelta. Jadeaba exhausta, me miraba a los ojos. Quise besarla, pero corrió su rostro. Forcejeó con sus manos para zafarse, pero se las agarré con las mías y se las puse sobre su cabeza. Me miraba fijamente. Intenté besarla de nuevo, pero cerró la boca. Aproveché para morderle el cuello y, tras unos momentos, abrió los labios para gemir. Aproveché para besarla, y esta vez pude hacerlo. Mi lengua se apoderó de su boca y ella correspondió al beso. Nuestras lenguas se entrelazaban. Mis manos soltaron las suyas, pero ahora le agarré la cabeza y la empujaba hacia la mía para prolongar el beso, apretando su cabello, mordiendo sus labios. Eran besos salvajes. Sus manos ahora me abrazaban y me atraían hacia ella. Cada tanto le mordía el cuello nuevamente y le decía que era perfecta.

 

Le caían gotas de sudor por la frente, por lo que, mientras la besaba, levanté su vestido. Ella elevó los brazos para que se lo quitara. La seguí besando. En un momento, ella sola tomó mi cabeza y me la llevó hacia sus enormes senos. Se los besé, mordisqueé suavemente sus pezones duros… gemía de placer. Le repetía cuánto me encantaba. Finalmente le saqué el brasier y ambos quedamos desnudos. La recosté en el piso y, ahí, sin más, comencé a cogerla nuevamente. Ahora ella también colaboraba.

Me abrazaba, Gemía como loca. No pasó mucho tiempo hasta que finalmente exploté dentro de ella. Gimió muy fuerte y sentí que me orinaba, se convulsionó fuertemente y me abrazó con fuerza. Sentí cómo mi miembro la llenaba por completo. Yo estaba exhausto, tendido sobre ella. Ella respiraba agitadamente y se desmayó. Respiraba, pero no estaba despierta.

Tras muchos intentos logré que recobrara el aliento. Estaba muy adormilada, desorientada. Así que aproveché y rápidamente la vestí, la llevé a su cama, limpié todo y me fui rápidamente a mi casa.

Al llegar mi madre me preguntó por que había tardado tanto y si pude ayudar a Martha, a lo cual le dije que si y que me pidió algunas cosas más.

No sospecho nada y después de eso Martha nuevamente se puso dificil, pero me gustó doblegar su voluntad nuevamente, luego les cuento.

6 Lecturas/23 septiembre, 2026/0 Comentarios/por secretoamantesecreto
Etiquetas: amiga, baño, escuela, joven, madre, mayor, padre, sexo
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