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Dominación Mujeres, Infidelidad, Sexo con Madur@s

Mi Chantajeador de 12 Años 2

Han pasado casi dos meses desde que Diego irrumpió en mi vida y todo cambió.Lo que empezó como un chantaje lleno de humillación y miedo se ha convertido en algo mucho más peligroso. Ahora Diego no solo me posee en secreto, también se ha vuelto “amigo” de Lucas, mi hijo menor..

Han pasado casi dos meses desde aquella primera tarde en que Diego irrumpió en mi casa y cambió mi vida para siempre.

Diego ya es «amigo» de Lucas desde hace varias semanas. Al principio me opuse con todas mis fuerzas, pero bastaron unas amenazas con los videos para que terminara aceptándolo. Ahora Diego viene varias veces por semana a casa con la excusa de jugar videojuegos o ver partidos. Lucas está feliz, cree que ha ganado un hermano mayor. Incluso Mateo (mi hijo mayor de 18 años) ha coincidido con él un par de veces y no parece tener problema. Carlos dice que «el chico parece buena onda».

Yo, en cambio, vivo en una constante tensión. Cada vez que Diego está en mi casa, aprovecha cualquier momento en que mis hijos se distraen para meterme mano, besarme a escondidas o susurrarme lo puta que soy.

Pero lo que más me está cambiando es lo que pasa cuando voy a su casa.

Su hogar es humilde, casi tercermundista: paredes con humedad, muebles viejos, un colchón en el suelo de su habitación y olor a cigarro. Sus padres casi nunca están.

Allí Diego me trata de forma diferente. Me regala perfumes caros, collares y ropa interior que seguramente robó de alguna tienda.

Me dice que «su mujer se merece lo mejor». Me besa con más calma, me abraza después de follarme y, últimamente, hasta me pregunta cómo estoy.

Y yo… estoy empezando a esperarlo.

Esa tarde recibí su mensaje:

Diego: Ven a mi casa a las 4. Mis viejos no regresan hasta la noche. Trae el vestido azul que te regalé.

Inventé que iba al supermercado y salí de casa con el corazón acelerado. Cuando llegué, Diego me esperaba en la puerta. Apenas entré, cerró con llave y me empujó suavemente contra la pared, besándome con ganas.

-Te extrañé, mi puta -susurró contra mis labios-. Lucas me dijo que mañana vamos a jugar fútbol… así que hoy quiero disfrutar a su mamá todo lo que pueda.

Me entregó una cajita pequeña. Dentro había unos aretes bonitos, claramente caros.

-Para que te veas más linda cuando estés conmigo -dijo con orgullo-. Porque eres mía, Laura. Y yo cuido lo que es mío.

Lo miré mientras sostenía los aretes. Sentí una mezcla extraña de vergüenza, gratitud y un calor que ya no podía negar en mi pecho.

-Diego… esto está mal -susurré, aunque no solté los aretes.

Él sonrió, me levantó el vestido y metió la mano entre mis piernas, acariciándome por encima de la braga.

-Puede estar mal… pero ya no quieres que pare, ¿verdad?

Diego me besó una vez más y luego se separó, mirándome con esa mezcla de deseo y cariño posesivo que cada vez me resultaba más familiar.

-Espérame aquí en el cuarto un rato -dijo mientras se ponía una camiseta-. Tengo que ir a buscar algo. No tardaré. Después saldremos un rato y pasaremos por el supermercado para que compres lo que necesites. Así tu excusa queda perfecta.

Asentí y me senté en el borde de su cama mientras él salía de la habitación. Apenas escuché la puerta principal cerrarse, la curiosidad me pudo. Me levanté y empecé a mirar alrededor.

El cuarto de Diego era pequeño y desordenado: ropa tirada, posters de raperos en las paredes y un fuerte olor a su colonia barata mezclada con cigarro. Me acerqué a la mesita de noche y abrí el cajón. Allí estaba la navaja retráctil con la que había apuñalado al ladrón para protegerme.

La tomé con cuidado, sintiendo un escalofrío al recordar esa noche.

Luego, guiada por un impulso, levanté un poco el colchón. Debajo había varias revistas porno viejas y algunas impresiones de fotos. Mi corazón dio un vuelco cuando vi que muchas tenían anotaciones hechas con bolígrafo: nombres de mujeres del barrio, vecinas, madres de compañeros… y varias mías.

En una foto mía (sacada de lejos mientras yo caminaba por la calle) había escrito:

«Esta puta tetona será mía»

En otra, más reciente:

«Laura ya es mía. Por fin.»

Sentí que las piernas me flaqueaban. No era algo reciente. Diego ya me deseaba desde mucho antes de que yo lo humillara públicamente. Todo este tiempo había estado fantaseando conmigo.

Escuché la puerta principal abrirse de nuevo. Rápidamente volví a colocar todo como estaba y me senté en la cama, intentando disimular.

Diego entró al cuarto con una sonrisa y una cajita pequeña en la mano.

-Para ti -dijo, entregándomela.

La abrí. Era un collar precioso, delicado, con una piedra que parecía un zafiro. Claramente caro. Muy caro.

-Es hermoso… -susurré, pasando los dedos por él.

Diego se acercó por detrás, me apartó el cabello y me lo puso alrededor del cuello. Me besó en la nuca y murmuró.

-Te queda perfecto. Mi mujer tiene que llevar cosas bonitas.

No le pregunté de dónde lo había sacado. Ya sabía la respuesta.

Probablemente robado, igual que el perfume y los aretes anteriores. Pero en ese momento no quise arruinarlo.

Solo me giré, lo miré a los ojos y le di un beso suave.

-Gracias, Diego.

Él sonrió satisfecho y me agarró de la cintura.

-Ahora vamos. Compraremos lo del supermercado y luego te llevo a casa. Pero esta noche te quiero de nuevo aquí… en mi cama.

Después de salir de su casa, Diego me llevó a un pequeño restaurante que no era lujoso, pero tampoco era simple. Se trataba de un lugar familiar, con mesas de madera, luces cálidas y un menú casero pero bien presentado. Estaba relativamente lejos del barrio, lo que nos daba algo más de tranquilidad.

-Hoy invito yo -dijo Diego con orgullo mientras nos sentábamos en una mesa del fondo-. Y no acepto que pagues nada.

Cuando la mesera se acercó y nos vio, miró a Diego con cierta extrañeza por la diferencia de edad. Antes de que preguntara algo incómodo, Diego habló con naturalidad.

-Ella es mi tía Laura. Me está ayudando con unos trámites familiares.

La mesera sonrió y tomó nota sin hacer más preguntas. Pedimos dos platos del menú del día y refrescos.

Mientras esperábamos la comida, Diego no dejaba de mirarme.

-Te ves radiante hoy -dijo en voz baja, recorriéndome con la mirada-. Ese vestido te queda increíble. Y el collar… se ve perfecto en ti. Me encanta cómo te ves cuando estás conmigo.

Sentí que me sonrojaba. Era la primera vez que me halagaba de una forma tan abierta y sincera, sin insultos ni humillaciones mezcladas.

-Gracias… -respondí suavemente.

Diego se quedó callado un momento, removiendo su vaso con la pajita.

Luego levantó la mirada y su expresión se volvió más seria.

-Laura… sé que estás casada. Sé que tienes tu vida con Carlos y tus hijos. Pero cada vez que pienso que llegas a casa y te acuestas con él, que te toca… me hierve la sangre. No quiero que estés con otro hombre. Ni siquiera con tu marido.

Bajé la mirada hacia mi plato. Sus palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba.

-Diego… es mi esposo -susurré-. No puedo simplemente dejar de vivir con él.

-Lo sé -respondió, apretando un poco la mandíbula-. Pero quiero que sepas que odio eso. Odio que duermas a su lado. Odio que te toque. Tú ya eres mía. Y aunque sea en secreto, quiero que seas solo mía.

Extendió la mano por debajo de la mesa y apretó la mía con fuerza, mirándome fijamente a los ojos. En ese momento no parecía el delincuente de 12 años que me chantajeaba. Parecía un chico celoso y posesivo que, a su manera, estaba empezando a sentir algo más profundo.

La mesera llegó con la comida y soltamos las manos. Durante el resto de la cena hablamos de cosas más ligeras, pero sus palabras seguían resonando en mi cabeza.

Cuando terminamos, Diego pagó todo en efectivo y salimos del restaurante.

Después de salir del restaurante, fuimos al supermercado grande que está a unas cuadras. Compré varias cosas para que mi excusa se viera creíble: detergente, comida para la semana, frutas, leche y algunas cosas más. Diego caminaba a mi lado al principio, pero luego se alejó un poco, inspeccionando los pasillos sin buscar nada en particular, vigilándome de lejos.

Estaba eligiendo unas latas de conserva cuando escuché una voz familiar detrás de mí:

-¿Laura?

Se me heló la sangre. Volteé lentamente y ahí estaba él: Raúl, mi amante. El mismo hombre de las fotos y el video que Diego usó para chantajearme. Vestía casual, con una canasta en la mano y una expresión de sorpresa y molestia.

-Raúl… -murmuré, nerviosa.

-¿Por qué no me has contestado las llamadas? Llevo más de dos semanas escribiéndote y nada. ¿Pasó algo? Te he buscado y…

No alcancé a responder. Diego apareció de repente a mi lado, como salido de la nada. Su expresión cambió por completo al ver a Raúl cerca de mí. Se puso tenso, con la mandíbula apretada.

-¿Qué está pasando aquí? -preguntó Diego con voz fría, mirándolo fijamente.

Raúl lo miró de arriba abajo, claramente confundido por la presencia de un chico tan joven.

-Nada que te importe, muchacho. Estoy hablando con ella.Diego dio un paso adelante, poniéndose entre los dos.

-Está hablando con mi tía -dijo con tono desafiante-. Y parece que no quiere hablar contigo. Así que lárgate.

Raúl soltó una risa incrédula.

-¿Tu tía? No me jodas. Laura, ¿qué carajos está pasando? ¿Este niñato es tu sobrino ahora?

La tensión subió rápidamente. Diego se acercó más a Raúl, mirándolo con odio puro.

-Te estoy diciendo que te alejes de ella. ¿Estás sordo o eres pendejo?-Diego, por favor… -intenté intervenir, pero ya era tarde.

Raúl dio un paso hacia adelante también.

-¿Quién chingados te crees tú para decirme qué hacer con ella? Laura y yo tenemos algo, y no voy a permitir que un mocoso…

-No tienes una mierda con ella -lo cortó Diego, subiendo el tono-. Ella es mía. ¿Entendiste? Así que vete a la mierda antes de que te pase algo.

La gente del pasillo empezó a voltear a vernos. Raúl se puso rojo de rabia y dio otro paso, claramente dispuesto a llegar a los golpes. Diego no se movió ni un centímetro, con los puños cerrados y esa mirada peligrosa que ya le conocía.

El ambiente se estaba calentando peligrosamente.

La discusión subió de tono rápidamente. Raúl, visiblemente molesto y confundido, dio un paso más hacia mí.

-Laura, explícame qué mierda está pasando. ¿Desde cuándo tienes un «sobrino» que habla por ti? ¿Y por qué carajos me estás evitando?

Diego se interpuso completamente entre los dos, con el cuerpo tenso y la mirada oscura.

-Te estoy advirtiendo -dijo con voz baja y amenazante-. Aléjate de ella. Ahora.

Raúl soltó una risa nerviosa y desafiante.

-¿O qué, cabrón? ¿Me vas a golpear, niñato?

Diego no dudó. Metió rápidamente la mano al bolsillo y sacó la navaja retráctil. La abrió con un movimiento seco y la mantuvo pegada a su cuerpo, pero lo suficientemente visible para que Raúl la viera.

-No se te ocurra tocarla. Ni siquiera acercarte. Si vuelves a buscarla, a escribirle o a respirar cerca de ella, te voy a abrir en dos. ¿Quedó claro?

El rostro de Raúl palideció al ver la navaja. Miró a Diego, luego a mí, y tragó saliva. Sabía que no valía la pena arriesgarse.

-Estás loca, Laura… -murmuró con rabia contenida-. Me debes una explicación por todo esto. No creas que se va a quedar así.

Dicho eso, dio media vuelta y se alejó por el pasillo, mirando varias veces hacia atrás.

Diego guardó la navaja rápidamente y me agarró del brazo con fuerza pero sin hacerme daño.

-Vámonos. Ahora.

Terminamos de pasar por caja en silencio. Pagué las cosas y salimos del supermercado lo más rápido posible sin llamar más la atención. Una vez afuera, caminamos unas cuadras en silencio hasta llegar a una esquina donde había menos gente.

-Diego… -empecé a decir.

-Después hablamos -me cortó-. Tengo que atender unos asuntos ahora. Tú vete a tu casa antes de que alguien sospeche. Pero esta noche te quiero en mi casa. Te mando mensaje con la hora.

Asentí sin discutir. Me dio un beso rápido y posesivo en los labios, miró a ambos lados y tomó un camino diferente. Yo me dirigí hacia mi casa con las bolsas del supermercado, el corazón todavía latiéndome con fuerza.

Mientras caminaba, no dejaba de pensar en la mirada de Raúl y en las palabras de Diego. Todo se estaba complicando cada vez más.

Llegué a casa cargando las bolsas del supermercado, todavía con el corazón acelerado. Eran casi las 7 de la noche. Apenas abrí la puerta, Lucas salió de su habitación.

-Mamá, al fin llegaste -dijo ayudándome con las bolsas.

-Hola hijo. ¿Cómo te fue hoy? -pregunté intentando sonar normal.

Lucas se sentó en la cocina con cara molesta.

-Más o menos… Otra vez los idiotas de siempre me estuvieron molestando en la cancha. Me empujaron y me quitaron la pelota.

Pero Diego les paró el alto. Les dijo que si volvían a tocarme les iba a partir la cara. Es bien chido, mamá. Por eso es mi amigo.

Sentí un nudo en el estómago. Aunque ya sabía que eran amigos, cada vez que escuchaba a mi hijo hablar bien de Diego se me hacía más difícil disimular.

Mateo, que estaba en la sala jugando en su celular, intervino sin levantar la vista.

-Sí, Diego es buena onda. El otro día nos prestó dinero para unas cervezas.

Antes de que pudiera responder, Carlos entró a la cocina.

-Vaya, por fin llegaste -dijo mirándome-. Te demoraste bastante. Te escribí y no me contestaste.

Dejé las bolsas sobre la mesa y forcé una sonrisa.

-Perdón amor, había mucha gente en el supermercado y se formó una fila enorme. Además me encontré con una antigua compañera del colegio y nos pusimos a platicar. Se nos pasó el tiempo, ya sabes cómo es…

Carlos me miró un segundo más de lo normal, pero terminó sonriendo.

-Está bien. La próxima vez avísame, ¿sí?Lucas aprovechó el momento.

-Mamá, ¿puedo invitar a Diego mañana? Es viernes y queremos jugar fútbol.

Suspiré. Ya era difícil negarme.

-Está bien… pero solo un rato.Lucas sonrió emocionado.

-¡Gracias mamá!

Mientras guardaba las compras, no podía dejar de pensar en todo. Mi amante exigiéndome explicaciones, Diego amenazándolo con una navaja, y ahora mi propio hijo invitándolo a casa como si nada.

Mi vida se estaba volviendo una bomba de tiempo.

Esa noche cenamos todos juntos como de costumbre. Mateo y Lucas hablaban de fútbol mientras yo servía la comida. Intentaba actuar normal, pero el collar con la piedra azul brillaba en mi cuello y los aretes nuevos se notaban demasiado.

Carlos fue el primero en darse cuenta.

-Qué bonito collar -comentó, mirándome con curiosidad-. ¿Es nuevo?

Me quedé congelada un segundo, pero forcé una sonrisa.

-Sí… me lo compré hoy en una tiendita que vi mientras hacía las compras. Estaba en oferta.

Lucas se acercó para verlo mejor.

-Se ve caro, mamá. ¿Y esos aretes también? Te ves bien elegante hoy.

Mateo levantó una ceja desde el otro lado de la mesa.

-Además traes un vestido nuevo. Ese no te lo había visto. ¿Ganaste la lotería o qué?

Sentí que el calor subía a mis mejillas. Reí nerviosamente y traté de restarle importancia.

-Ay, no exageres. Solo me dieron ganas de arreglarme un poco. Una mujer también tiene derecho a consentirse, ¿no?

Carlos no dijo nada más durante la cena, pero noté que me miraba de reojo varias veces.

Cuando terminamos de cenar y los chicos se fueron a sus habitaciones, Carlos me siguió hasta nuestra habitación y cerró la puerta. Su expresión ya no era casual.

-Laura… ¿de dónde sacaste realmente ese collar y esos aretes? -preguntó en voz baja pero firme-. Y ese vestido… sé que no te lo regalé yo. Tampoco el perfume que traes puesto. ¿Me estás ocultando algo?

Me quedé callada unos segundos, sintiendo cómo el pánico crecía en mi pecho. Carlos se acercó más, mirándome a los ojos.

-No soy tonto. Has estado llegando tarde, comprando cosas caras que yo no te he dado… Dime la verdad. ¿Qué está pasando?

Carlos me miró fijamente, esperando una respuesta. Tragué saliva y traté de sonar lo más natural posible.

-Amor, no es nada raro -dije con una sonrisa suave, acercándome a él y acariciándole el brazo-. Hace unos días vendí unas cosas viejas que tenía guardadas en el clóset (ropa que ya no usaba, unos zapatos) y me dieron más dinero del que esperaba. Me di un gusto, nada más. Quería sentirme bonita para ti… ¿No te gusta?

Carlos se quedó callado unos segundos, mirándome a los ojos. Noté que no estaba del todo convencido.

-Está bien… -dijo finalmente, aunque su tono seguía teniendo cierta desconfianza-. Solo me parece extraño. No es normal que de repente aparezcas con cosas tan caras. Ese collar se ve muy fino.

-Lo compré en una tienda de outlet -mentí con naturalidad-. Estaba en promoción. Te juro que no es nada raro, Carlos. Confía en mí.

Él suspiró y me dio un beso en la frente, pero su mirada seguía dudosa.

-Está bien. Vamos a dormir, ya es tarde.Nos acostamos. Apagué la luz y esperé en silencio. Pasaron casi cuarenta minutos hasta que escuché la respiración profunda y pesada de Carlos. Estaba completamente dormido.

Tomé mi celular con cuidado. Tenía un mensaje de Diego de hacía unos minutos:

Diego: ¿Dónde estás? Te quiero aquí ya.

Laura: Ya voy a salir. Estaré ahí pronto.

Diego: Trae la lencería negra que te regalé. Quiero verte vestida solo con eso cuando llegues.

Laura: Ok. Salgo en unos minutos.

Me levanté con sigilo, fui al baño y cerré la puerta sin hacer ruido. Me lavé la cara rápidamente, me puse un poco de maquillaje (rímel y labial), me peiné y me perfumé.

Saqué del fondo del cajón la lencería negra erótica (un conjunto de encaje transparente con tanga y brasier que apenas cubría) y la guardé en una bolsa pequeña junto con el vestido azul.

Miré una última vez a Carlos, que seguía dormido profundamente, y salí de la casa con el corazón latiendo a mil por hora. La noche estaba fresca.

Caminé dos cuadras y tomé un taxi hacia la casa de Diego.

Cuando llegué, él ya me esperaba en la puerta. Apenas entré, cerró con llave y me miró de arriba abajo con deseo.

-Buena chica… -murmuró, quitándome la bolsa de las manos-. Ahora quiero que te cambies y me muestres cómo te queda esa lencería.

Me cambié en el pequeño baño de su casa. Mientras me ponía el conjunto de encaje negro, no pude evitar preguntarle a través de la puerta.

-Diego… ¿no tienes miedo de que tus papás lleguen de repente y nos descubran juntos?Escuché su risa baja desde la habitación.

-Tranquila -respondió-. Salieron a beber y a una discoteca, como casi todos los fines de semana. No regresan hasta muy tarde, a veces hasta el amanecer. Por eso casi siempre estoy solo en esta casa.

Terminé de ajustarme la lencería erótica. El brasier de encaje transparente apenas cubría mis pezones y la tanga era tan diminuta que se perdía entre mis nalgas. Me puse los tacones altos negros que había traído y me miré al espejo.

Respiré profundo y salí del baño.

Diego estaba sentado en el borde de la cama. Cuando me vio, sus ojos se abrieron con deseo. Me recorrió lentamente de arriba abajo.

Me quedé de pie frente a él, algo nerviosa, y pregunté en voz baja.

-¿Cómo me veo?

Diego se levantó, se acercó lentamente y me rodeó la cintura con las manos. Me miró con intensidad y murmuró.

-Preciosa… Estás jodidamente preciosa, Laura.

Diego se acercó lentamente y empezó a tocarme con calma, disfrutando cada curva de mi cuerpo. Sus manos subieron por mi cintura hasta mis pechos, acariciándolos con suavidad al principio, luego con más posesión, apretándolos y sopesándolos sobre el encaje negro.

-Eres tan suave… -murmuró contra mi cuello, besándome despacio mientras sus pulgares rozaban mis pezones por encima de la tela.

Me besó profundamente, con deseo pero también con esa ternura posesiva que cada vez mostraba más.

Sus labios bajaron por mi mandíbula y mi cuello, dejando besos húmedos. Yo respiraba agitada, sintiendo cómo mi cuerpo reaccionaba a sus caricias.

De repente se separó un poco y se sentó en la vieja silla de madera que tenía en la esquina del cuarto. Me miró con una sonrisa traviesa.

-Báilame un rato, Laura. Quiero verte moverte para mí.

Tomó su celular y activó la cámara, apuntándome.

-Quiero grabarlo todo -dijo con voz ronca-. Gírate lento y sensual para la cámara.

Me sonrojé, pero obedecí. Empecé a girar lentamente, moviendo las caderas de forma sensual, dejando que la luz tenue de la habitación resaltara mi cuerpo cubierto solo con la lencería negra y los tacones altos.

Me sentía expuesta, pero también deseada.

-Así… perfecta -murmuró Diego sin dejar de grabar-. Ahora baila para mí. Lo más sensual que puedas.

Me acerqué más a él, dándole la espalda. Empecé a bailar de forma provocativa, meneando las caderas y el culo en círculos lentos y pronunciados. Me agaché un poco y subí, frotando mi trasero contra su entrepierna mientras seguía moviéndome al ritmo imaginario de una música lenta. Diego gruñó de placer.

-Joder, qué rico bailas… -dijo con la voz cargada.

Con la mano libre me acarició el culo con fuerza, apretando mis nalgas, separándolas ligeramente mientras yo continuaba frotándome contra él. De pronto me dio una nalgada sonora que resonó en la habitación.

-Ah… -gemí suavemente por la sorpresa y el calor.

Diego sonrió y volvió a darme otra nalgada, más fuerte, sin dejar de grabar ni un segundo.

-Sigue moviéndote así, mi puta preciosa. Quiero que quede grabado cómo me bailas.

Seguí bailando para él, moviendo el cuerpo de forma cada vez más sensual, frotándome contra su dureza mientras él me tocaba y grababa todo: mis gemidos suaves, el movimiento de mis caderas, sus manos apretando mi carne y las nalgadas que no dejaba de darme.

Diego me miró con los ojos cargados de deseo y ordenó con voz ronca.

-Arrodíllate y chúpamela. Quiero sentir esa boca ahora.

Dejó el celular a un lado sobre la mesita de noche, todavía encendido y grabando todo. La cámara apuntaba directamente hacia nosotros. Me arrodillé frente a él sobre el suelo frío.

Con las manos temblorosas, le bajé los pantalones y los boxers hasta los tobillos.

Cuando su pene quedó libre, me quedé sorprendida. Había crecido notablemente. Estaba más grueso y largo, al menos tres centímetros más que la primera vez que lo vi.

-Diego… ha crecido -susurré, mirándolo con los ojos muy abiertos.

Él soltó una risa baja y arrogante, agarrándome del cabello con suavidad.

-Seguro es para que se adapte mejor a tu coño. Tu cuerpo me está moldeando para follarte como te mereces.

No respondí. Me acerqué lentamente y empecé a lamerlo desde la base hasta la cabeza, recorriendo toda su longitud con la lengua plana y húmeda. Diego gruñó de placer. Poco a poco fui aumentando la velocidad, metiéndomelo más profundo en la boca, chupando con más fuerza y ritmo.

-Así… bien rico -jadeó, sin apartar la mirada de la cámara.

Después, apreté los labios y jalé suavemente su prepucio hacia atrás, dejando la cabeza completamente expuesta. Empecé a dar círculos lentos y húmedos con la lengua alrededor de la corona, lamiendo la punta y la abertura con dedicación, saboreándolo mientras lo miraba desde abajo.

Diego soltó un gemido más profundo y me agarró del cabello con más fuerza, pero sin obligarme.

-Joder, Laura… qué lengua tan puta tienes. Sigue así, no pares. La cámara está grabando todo… quiero ver cómo me la chupas como la zorra obediente que eres.

Seguí trabajando su pene con la boca: alternando entre succionarlo profundamente hasta donde podía y jugar con la lengua en la cabeza, haciendo círculos rápidos y presionando la parte inferior sensible.

Los sonidos húmedos llenaban la habitación mientras el celular seguía grabando cada detalle.

Diego gruñó de placer y me agarró del cabello con más fuerza. Ya no me dejaba llevar el ritmo.

-Abre bien la boca -ordenó con voz ronca-. Ahora te voy a follar esa garganta como se debe.

Sin darme tiempo a responder, empujó sus caderas hacia adelante y empezó a follarme la boca con embestidas profundas y constantes.

Su pene, más grueso y largo, entraba y salía golpeando el fondo de mi garganta. Empecé a tener arcadas, pero él no se detuvo. La saliva me corría por la barbilla y caía sobre mis pechos.

-Así… bien profundo -jadeaba mientras me follaba la boca sin piedad-. Mira cómo te ves en la cámara, tragando verga como una puta profesional.

Los sonidos húmedos y ahogados llenaban la habitación. Intentaba respirar por la nariz mientras él entraba y salía cada vez más rápido, sujetándome la cabeza con ambas manos. Mis ojos se llenaban de lágrimas, pero no me apartaba.

Después de varios minutos intensos, Diego aceleró el ritmo, respirando con dificultad.

-Voy a correrme… -advirtió con voz entrecortada-. Abre la boca y saca la lengua.

Sacó su pene de mi boca y empezó a masturbarse rápidamente frente a mi cara. Segundos después soltó un gemido gutural y comenzó a correrse. Chorros calientes y espesos cayeron directamente en mi lengua, dentro de mi boca y sobre mis labios. Tragué parte de su semen mientras el resto me corría por la barbilla y goteaba sobre mis pechos.

Pensé que se había terminado, pero cuando levanté la mirada vi que su pene seguía completamente duro, palpitando y listo para más.

-Joder… sigo bien duro -dijo Diego con una sonrisa satisfecha, mirando su erección y luego a mí-. Parece que tu boca me pone demasiado cachondo.

Todavía arrodillada, con su semen en la boca y chorreando por mi cara, lo miré jadeando. Diego tomó el celular de nuevo, enfocándome la cara sucia y mi expresión.

-Buena puta… -murmuró-. Esto apenas empieza.

Diego me miró con una sonrisa oscura y lujuriosa.

-Ponte en cuatro sobre el colchón -ordenó-. Quiero verte meneando ese culo para mí.

Me levanté y me coloqué sobre el colchón en posición de cuatro patas, arqueando la espalda. Empecé a menear el culo lentamente, moviendo las caderas en círculos provocativos.

Diego se colocó detrás de mí y dejó el celular más cerca, ajustando el ángulo para que grabara todo con mayor detalle.

-Así… bien puta -murmuró, acariciando mis nalgas con ambas manos. Las apretaba, las separaba y las volvía a juntar, admirando la vista-. Mira nada más este culo grande y rico que tienes.

De pronto me dio una fuerte nalgada que resonó en la habitación.

-Ahh… -gemí.

Diego soltó una risa baja y me dio otra nalgada, más fuerte.

-Estás lista para las embestidas que te voy a meter, ¿verdad?

-Sí… -respondí con voz temblorosa.

Con una mano apartó la fina tira de la tanga negra hacia un lado, dejando mi coño completamente expuesto. Sentí la cabeza gruesa de su pene rozando mi entrada, todavía húmeda y sensible.

-Gime todo lo que quieras -dijo mientras empezaba a empujar dentro de mí-. No te guardes nada. Si tanto te gusta que te folle, quiero escucharlo. Quiero que la cámara escuche cómo gime la señora respetable cuando la están rompiendo.

De un solo empujón fuerte me penetró hasta el fondo. Solté un gemido largo y alto.

– ¡Ahhh… Diego!

Empezó a follarme con embestidas profundas y constantes, agarrándome de las caderas. Cada golpe hacía que mis pechos se balancearan y que mi culo chocara contra su pelvis.

-Así… gime más fuerte -exigió, dándome otra nalgada mientras seguía follándome-. No te calles. Dime cuánto te gusta.

-Ahh… ¡me gusta! ¡Me gusta cómo me follas! -gemí sin poder contenerme, moviendo el culo hacia atrás para recibir cada embestida.

Diego aceleró el ritmo, follándome con fuerza en cuatro patas. El sonido de su pelvis chocando contra mi culo llenaba la habitación junto con mis gemidos cada vez más altos y desesperados. No paraba de azotarme el culo mientras me penetraba sin piedad.

-Así me gusta, puta… -gruñó-. Gime todo lo que quieras. Que se escuche bien claro cómo te estoy rompiendo.

Mis gemidos se volvieron casi gritos de placer mientras él seguía follándome duro, grabando cada segundo.

Diego aumentó el ritmo de sus embestidas, follándome con más fuerza y profundidad. Cada golpe era más intenso, haciendo que mi cuerpo se sacudiera hacia adelante. Mis gemidos ya eran casi gritos.

-Ahh… ¡Diego! ¡Así… ahhh!

De repente se inclinó sobre mí, pegando su pecho contra mi espalda.

Me rodeó con sus brazos, sujetándome firmemente por la pelvis y la cintura, atrapándome completamente contra su cuerpo. Su verga entraba y salía con fuerza desde atrás, sin darme tregua.

-Así te quiero… bien pegadita a mí -susurró ronco en mi oído, su aliento caliente contra mi cuello mientras seguía embistiéndome con dureza-. ¿Sientes cómo te lleno, puta? Este coño ya es mío… solo mío.

Gemí alto, incapaz de contenerme. Sus brazos me apretaban con fuerza mientras su pelvis chocaba contra mi culo una y otra vez.

-Gime más fuerte -me ordenó al oído, mordiéndome el lóbulo-. Quiero que sientas que te estoy marcando. Nadie te va a follar como yo… ni tu marido, ni nadie. ¿Entiendes?

-S-sí… ahhh… ¡Diego! -gemí desesperada, sintiendo cómo su verga me llegaba muy profundo en esta posición.

Él siguió susurrándome al oído con voz entrecortada mientras me follaba sin piedad.

-Eres mi mujer… mi puta personal… Aunque estés casada, aunque duermas con él… este coño vuelve siempre a mí. Dilo.

-Soy… ahh… soy tu mujer… -gemí, casi sollozando de placer-. Soy tu puta… solo tuya…

Diego gruñó satisfecho y aceleró aún más, embistiéndome con fuerza bruta mientras me mantenía atrapada entre sus brazos, susurrándome al oído palabras posesivas y sucias, sin dejar de grabar todo con el celular a un lado.

Diego siguió follándome con fuerza desde atrás, manteniéndome bien sujeta con sus brazos alrededor de mi pelvis. De pronto subió las manos y me jaló el brasier negro hacia arriba, liberando mis pechos pesados. Sus manos jóvenes los atraparon inmediatamente.

-Joder… estos pechos son una puta maravilla -gruñó en mi oído, apretándolos con fuerza mientras seguía embistiéndome duro.

Sus dedos se hundieron en mi carne suave, amasándolos, apretándolos y pellizcando mis pezones con rudeza.

Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran pesadamente en sus manos.

-Ahh… ¡Diego! -gemí alto, sintiendo una mezcla de placer y dolor.

-Estos son los mejores pechos que he tocado en mi vida -susurró ronco contra mi oído, sin dejar de follarme con fuerza-. Tan grandes, tan pesados… perfectos para agarrarlos mientras te rompo el coño.

Apretó mis tetas con más fuerza, casi con brutalidad, usando mis pechos como manijas para penetrarme más profundo. Sus caderas chocaban contra mi culo con golpes secos y potentes.

-Dime que te gusta que te apriete las tetas mientras te follo -exigió, mordiéndome el hombro.

-Me gusta… ¡ahhh! Me gusta cuando me aprietas las tetas… ¡Diego! -gemí sin control, empujando mi culo hacia atrás para recibir cada embestida.

Diego soltó una risa satisfecha y siguió apretando mis pechos con saña, pellizcando y tirando de mis pezones mientras su verga entraba y salía de mí sin piedad. El celular seguía grabando todo: mis gemidos, el sonido de nuestros cuerpos chocando y cómo mis tetas se deformaban entre sus manos fuertes.

-Estos pechos son míos… -susurró posesivamente en mi oído-. Igual que tu coño y tu culo. Todo tuyo es mío, Laura.

Diego seguía duro dentro de mí, respirando agitado pero sin haberse corrido aún. De pronto me detuvo sujetándome fuerte de las caderas.

-Espera… quiero cambiar de posición -dijo con voz ronca-. Quiero que me montes. Súbete encima y salta sobre mi verga.

Salió de mí y se acostó boca arriba en el colchón. Tomó el celular, lo colocó detrás de su cabeza, apoyado contra la pared, y ajustó el ángulo para que grabara perfectamente todo.

-Quítate los tacones -ordenó.

Me quité los tacones altos y los dejé a un lado. Me subí sobre él, colocando una rodilla a cada lado de sus caderas.

Diego me sujetó firmemente de las caderas con ambas manos, guiándome.

-Así… métetela toda -murmuró, mirándome con hambre.

Agarré su verga y la coloqué en mi entrada. Bajé lentamente, sintiendo cómo me abría de nuevo centímetro a centímetro hasta que estuve completamente sentada sobre él. Solté un gemido largo y profundo.

-Ahhh… Dios… te siento tan profundo así…

Empecé a moverme. Primero con movimientos lentos y circulares, luego subiendo y bajando sobre su verga. Diego apretaba mis caderas con fuerza, ayudándome a marcar el ritmo.

-Más fuerte -exigió-. Quiero verte saltar sobre mí. Quiero que la cámara grabe cómo me follas.

Aumenté el ritmo. Empecé a subir y bajar con más intensidad, saltando sobre su pene. Mis pechos grandes rebotaban con cada movimiento y mis gemidos se volvían cada vez más altos. Diego no apartaba la mirada de mí, sujetándome las caderas con fuerza.

-Así, puta… móntame rico -gruñó-. Salta sobre esa verga. Muéstrale a la cámara cómo te gusta montarme.

Mis caderas subían y bajaban con ganas, chocando contra él una y otra vez. El sonido húmedo de nuestros cuerpos era fuerte y obsceno. Diego subía las caderas desde abajo para encontrarme en cada bajada, penetrándome más profundo.

-Joder, Laura… qué rico te ves montándome -jadeó, apretando mis caderas con más fuerza-. Sigue así… no pares.

Seguí cabalgándolo con intensidad, saltando sobre su verga mientras mis gemidos llenaban la habitación y el celular seguía grabando cada detalle desde atrás.

Seguí cabalgándolo con más fuerza, subiendo y bajando con movimientos cada vez más salvajes. El placer me estaba dominando por completo. Sin pensarlo, me incliné hacia atrás, apoyando las dos manos en las rodillas de Diego. Arquée la espalda y eché la cabeza hacia atrás, ofreciéndole una vista completa de mi cuerpo mientras saltaba sobre su verga.

– ¡Ahhh… sí! ¡Qué verga tan rica tienes! -gemí sin ninguna vergüenza, completamente entregada al placer-. ¡Me estás partiendo el coño, Diego! ¡Más fuerte… fóllame más fuerte!

Mis pechos rebotaban violentamente con cada salto. Mi espalda estaba tan arqueada que casi tocaba mis talones con la cabeza. Solo se escuchaban mis gemidos altos, el sonido húmedo y fuerte de mi coño chocando contra su pelvis y los gruñidos de Diego.

– ¡Joder… me encanta montarte así! -grité, moviéndome como una posesa-. ¡Tu verga me llena toda! ¡Me estás volviendo loca… ahhh…!

Diego apretaba mis caderas con fuerza, ayudándome a bajar con más violencia. Desde su posición podía ver perfectamente cómo mi cuerpo se contorsionaba de placer.

-Así, puta… ¡muéstrame cómo te gusta! -gruñó, embistiendo desde abajo para encontrarse con mis movimientos.

– ¡Sí! ¡Me gusta que me folles duro! ¡Soy tu puta… tu puta casada! ¡Ahhh… no pares, Diego! ¡Quiero que me rompas el coño!

Estaba totalmente desinhibida. Ya no me importaba nada. Solo quería más.

Saltaba con desesperación sobre su verga gruesa, arqueada hacia atrás, con las manos clavadas en sus rodillas mientras gemía y decía todo lo que me pasaba por la cabeza, completamente entregada al placer.

Diego no dejaba de grabar. Su celular seguía captando cada detalle: mis tetas rebotando, mi espalda arqueada, mi cara de puro placer y mis gemidos obscenos.

-Laura… ¡joder! Ya estoy cerca… -gruñó, apretando mis caderas con fuerza.

-Yo también… ¡ahhh! Estoy muy cerca -gemí sin control, moviéndome más rápido-. ¡No pares, Diego! ¡Quiero correrme contigo!

Diego se incorporó un poco, sin salir de mí, y tomó mis manos. Entrelazó sus dedos con los míos con fuerza, sujetándome firmemente mientras yo seguía montándolo con desesperación.

-Entonces córrete conmigo -dijo mirándome a los ojos, jadeando-. Vamos a corrernos juntos, mi puta. Mírame… no dejes de mirarme.

Apreté sus manos con fuerza y aceleré mis movimientos, saltando con más intensidad sobre su verga. Nuestros cuerpos chocaban con fuerza y nuestros gemidos se mezclaban.

– ¡Diego… ya voy! ¡Me voy a correr! -grité, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba rápidamente.

-Yo también… ¡mierda! ¡Estoy a punto! -gruñó él, apretando mis manos con más fuerza.

Seguimos mirándonos a los ojos, con las manos entrelazadas. Mis movimientos se volvieron más erráticos y desesperados mientras sentía que el placer explotaba dentro de mí.

– ¡Ahhh… me corro! ¡Diegooo! -grité sin ninguna contención.Al mismo tiempo, Diego empujó sus caderas hacia arriba con fuerza y soltó un gemido ronco y profundo.

– ¡Laura… me corrooo!

Sentí cómo su verga palpitaba violentamente dentro de mí, soltando chorros calientes y abundantes de semen. Mi coño se contrajo con fuerza alrededor de él mientras yo también llegaba al orgasmo más intenso de la noche. Todo mi cuerpo temblaba mientras nos corríamos juntos, mirándonos a los ojos y apretando nuestras manos con fuerza.

Los dos gemimos y jadeamos al unísono, prolongando el placer lo más posible hasta que poco a poco fuimos bajando de intensidad.

Me dejé caer sobre su pecho, exhausta, todavía con su verga dentro de mí y nuestras manos entrelazadas.

Después de corrernos juntos, nos quedamos unos segundos en silencio, todavía unidos. De pronto Diego me atrajo con fuerza hacia él y empezó a besarme de manera desesperada.

Nuestros labios se chocaron con urgencia, lenguas enredándose con hambre. Me apretó contra su cuerpo, pecho contra pecho, mientras sus manos recorrían mi espalda y mi culo con posesión.

-Mmhh… -gemí contra su boca, devolviéndole el beso con la misma intensidad.

Nuestros cuerpos sudorosos se frotaban, todavía calientes y sensibles. Diego me besaba como si quisiera devorarme, mordiendo mi labio inferior y metiendo la lengua profundamente. Yo gemía sin control, abrazándolo con brazos y piernas.

Cuando por fin nos separamos, jadeando, quedaron hilos gruesos de saliva conectando nuestras bocas.

Respirábamos agitados, mirándonos a los ojos.

Me dejé caer a un lado sobre el colchón, exhausta. Mi pecho subía y bajaba con fuerza mientras intentaba recuperar el aliento. Todo mi cuerpo temblaba por la larga e intensa sesión de sexo.

Diego se giró hacia mí y me miró con una mezcla de satisfacción y algo más suave. Pasó un brazo por mi cintura y me acercó a él.

-Dios… -suspiré, todavía respirando con dificultad-. Creo que nunca me habían follado así… Me dejaste destruida.

Diego sonrió y me acarició el cabello con ternura, algo poco común en él.

-¿Estás bien? -preguntó en voz baja-. Me gustó mucho verte así… completamente entregada.

Me quedé en silencio un momento, sintiendo su semen aún dentro de mí y el calor de su cuerpo pegado al mío.

-Diego… -murmuré, mirándolo a los ojos-. Esto ya no es solo chantaje, ¿verdad? Ya no sé qué es esto que tenemos…

Me quedé mirándolo en silencio, todavía recuperando el aliento. Diego me acariciaba la espalda con suavidad, pero su mirada seguía siendo intensa y posesiva.

-Esto ya no es solo chantaje… -repetí en voz baja-. ¿Qué somos ahora, Diego?

Él se quedó callado unos segundos, luego me apretó más contra su cuerpo y me besó en la frente.

-Eres mía, Laura -respondió con voz firme pero más suave que antes-. Siempre lo vas a ser. Aunque estés casada, aunque duermas con él todas las noches… tú me perteneces. Tu coño, tus tetas, tus gemidos… todo es mío. Y no voy a dejarte ir nunca. ¿Entiendes?

Asentí lentamente, sintiendo un nudo extraño en el pecho. No era solo miedo. Había algo más.

-Lo entiendo… -susurré.

Me quedé recostada sobre su pecho un rato más, escuchando los latidos de su corazón. Después me incorporé un poco.

-Voy a bañarme… estoy toda sudada y pegajosa -dije con una pequeña sonrisa tímida-. ¿Quieres acompañarme?

Diego me miró con una ceja levantada y sonrió.

-Claro que sí. No voy a dejarte sola ni un segundo.Nos levantamos del colchón. Diego tomó mi mano y me llevó al pequeño baño de su casa. Abrió la regadera y dejó que el agua se calentara mientras me abrazaba por detrás, besándome el cuello y los hombros.

Cuando entramos bajo el agua tibia, me abrazó fuerte contra su cuerpo. El agua caía sobre nosotros mientras nos besábamos despacio, casi con ternura.

Sus manos recorrían mi espalda y mi cintura con posesión, pero también con una delicadeza que antes no tenía.

-Eres tan hermosa… -murmuró contra mis labios-. Mi mujer hermosa.

Me quedé en silencio, dejando que el agua se llevara el sudor y los restos de nuestra sesión, mientras Diego me abrazaba como si no quisiera soltarme nunca.

Después de un rato más bajo el agua, abrazados y besándonos suavemente, suspiré y me separé un poco.

– Diego… ya tengo que irme. Es muy tarde y no quiero que Carlos despierte y note que no estoy.

Él asintió, aunque se notaba que no quería soltarme. Me dio un último beso profundo y me abrazó fuerte contra su cuerpo.

-Está bien. Pero mañana te quiero ver otra vez.Salimos de la ducha, me vestí rápidamente y, antes de irme, me acerqué a él. Le di un pequeño beso suave en los labios, casi tierno.

– Gracias por hoy -susurré.

Me acompañó hasta la puerta y me despedí con una última mirada. El camino de regreso a casa lo hice en taxi, con el cuerpo adolorido pero satisfecha.

Cuando llegué, la casa estaba en silencio. Entré sigilosamente a la habitación y vi a Carlos todavía profundamente dormido, respirando con calma. Solté un suspiro de alivio.

Estaba a punto de meterme a la cama cuando mi celular vibró. Era un mensaje de Diego.

Abrí la foto y me sonrojé intensamente.

En la imagen aparecía Diego sin camiseta, levantándosela con una mano para mostrar sus tatuajes caseros en el abdomen y el pecho. Con la otra mano se bajaba el pantalón, dejando completamente visible su pene semierecto. Debajo de la foto escribió:

Diego: Ya te extraño, mi puta favorita. Vuelve pronto o iré a buscarte.

Me quedé mirando la foto unos segundos, sintiendo calor en las mejillas. Negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreír ligeramente.

Apagué el celular, me metí en la cama al lado de mi marido y cerré los ojos.

Mi vida se había vuelto completamente loca… y ya no sabía si quería que volviera a la normalidad.

13 Lecturas/20 mayo, 2026/0 Comentarios/por Amy_young15
Etiquetas: amigos, baño, colegio, follar, hermano, hijo, mayor, sexo
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