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Dominación Mujeres, Infidelidad, Sexo con Madur@s

Mi chantajeador de 12 años 3.

Soy Laura. Después de meses de chantaje y placer prohibido, mi relación con Diego se volvió más profunda y peligrosa. Mientras finjo ser la esposa perfecta, él se ha convertido en mi adicción. En este último capítulo, entre encuentros arriesgados y verdades que duelen..
Han pasado cuatro meses desde aquella primera tarde en que Diego entró en mi casa y me convirtió en su puta.

 

Ya no soy la misma Laura de antes. La mujer respetable, madre ejemplar y esposa fiel desapareció por completo. Ahora vivo dividida entre dos mundos: el de la familia “perfecta” y el de mi dueño secreto.

 

Diego ya no solo me chantajea. Me posee. Me controla. Y lo peor… yo lo busco.

 

Cada vez que tengo oportunidad, invento excusas para ir a su casa. Cuando sus padres no están, me folla como quiere: en su colchón viejo, contra la pared, en la ducha. A veces solo me hace chupársela mientras ve televisión, otras veces me hace gritar su nombre hasta que me tiemblan las piernas.

 

Pero lo más peligroso es cuando él viene a casa.

 

Esa tarde Diego había llegado con Lucas a jugar videojuegos. Carlos estaba en el trabajo y Mateo había salido. Yo estaba en la cocina preparando algo de comer cuando sentí que alguien se acercaba por detrás.

 

Diego me abrazó por la cintura y me apretó contra su cuerpo, metiendo una mano debajo de mi blusa para agarrarme una teta.

 

—Diego… mi hijo está en la sala… —susurré nerviosa.

 

—Shh… solo un rato —murmuró en mi oído, apretándome el pezón—. Te extrañé, puta.

 

Me giré y, aprovechando que Lucas estaba concentrado en el juego, lo besé con urgencia. Nuestras lenguas se enredaron por unos segundos, desesperadas. Le metí la mano en el pantalón y le apreté la verga dura por encima de la tela.

 

—Esta noche… —le susurré contra los labios—. Ven a mi casa cuando todos duerman. Te necesito dentro de mí.

 

Diego sonrió con esa arrogancia que tanto me excita y me dio una nalgada disimulada antes de volver a la sala como si nada.

 

La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz de la luna que entraba por la ventana. El aire olía a sudor, sexo y el cigarro que Diego acababa de fumar.

 

Yo estaba acostada de lado sobre su colchón viejo, todavía desnuda y con el cuerpo adolorido. Diego yacía detrás de mí, abrazándome posesivamente por la cintura, con su pecho pegado a mi espalda. Su verga aún semierecta descansaba entre mis nalgas, húmeda de nuestra última follada.

 

Ninguno de los dos hablaba. Solo se escuchaba nuestra respiración.

 

Después de un rato, Diego rompió el silencio, acariciándome el vientre con lentitud.

 

—¿En qué piensas? —preguntó en voz baja.Suspiré y me giré un poco para mirarlo.

 

—En nosotros… en todo esto. Ya no sé cómo voy a seguir fingiendo en casa. Carlos sospecha algo. Lucas te quiere como a un hermano. Y yo… yo ya no puedo vivir sin verte.

 

Diego me apretó más contra él y me besó el hombro.

 

—No tienes que fingir para siempre. Algún día vas a ser solo mía. Dejarás a tu marido. Yo me encargaré de todo.

 

Iba a responder cuando mi celular vibró sobre la mesita. Era un mensaje de Raúl:

 

Raúl: Sigues sin contestarme. ¿Qué mierda te pasa? ¿Ahora te escondes con ese niñato? Te estoy vigilando, Laura.

 

Se lo mostré a Diego. Su expresión cambió inmediatamente. La ternura desapareció y volvió esa mirada fría y peligrosa que tanto temía y excitaba.

 

—¿Otra vez ese hijo de puta? —gruñó.

 

Asentí, preocupada.

 

—Me ha estado escribiendo y llamando. Dice que no va a parar hasta que hable con él.

 

Diego se incorporó un poco, todavía abrazándome, y respondió con voz baja pero amenazante.

 

—Dile que si no te deja en paz, yo mismo me voy a encargar de él. Y no va a ser bonito.

 

Sabía perfectamente a qué se refería.

 

Recordé la navaja que usó contra el ladrón aquella noche. Diego no amenazaba en vano.Lo abracé más fuerte, sintiendo una mezcla de miedo y excitación.

 

—Diego… ten cuidado.

 

Él me besó en los labios con posesión y murmuró.

 

—Nadie toca lo que es mío. Ni Raúl, ni tu marido… nadie. Tú ya elegiste, Laura. Ahora solo queda esperar el momento correcto.

 

Nos quedamos en silencio otra vez, abrazados, mientras la noche avanzaba. Mi futuro ya no dependía de mí. Dependía de él.

 

Diego tomó mi celular y leyó el último mensaje de Raúl. Su expresión se endureció al instante. Me devolvió el teléfono y se recostó contra la cabecera de la cama, encendiendo un cigarro.

 

—Léemelo en voz alta —ordenó con voz fría.Tragué saliva y leí el último mensaje que acababa de llegar:

 

Raúl: Ya me cansé de tus juegos, Laura. Sé que estás follando con ese delincuente de mierda. Si no quieres que le mande el video que tengo de nosotros a tu marido y a todo el puto barrio, vas a venir mañana a las 8 pm al motel donde nos veíamos antes. Si no apareces, te juro que destruyo tu vida. No me provoques, zorra.

 

Diego soltó una risa baja y peligrosa, casi un gruñido. Dio una calada profunda al cigarro y exhaló el humo lentamente.

 

—Este hijo de puta no aprende —murmuró.

 

Se giró hacia mí, me agarró de la barbilla con firmeza y me obligó a mirarlo a los ojos.

 

—Escúchame bien, Laura. Mañana no vas a ir a ningún lado. Si ese imbécil te vuelve a escribir o a llamar, me lo dices inmediatamente. Yo me voy a encargar de él.

 

—¿Qué vas a hacer? —pregunté con voz temblorosa, aunque ya sabía la respuesta.

 

Diego sonrió de esa forma oscura que me ponía la piel de gallina.

 

—Lo mismo que le hice a aquel ladrón que quiso tocarte. Pero esta vez no voy a ser tan suave. Si sigue molestándote, le voy a dejar claro que tú ya tienes dueño. Y si hace falta… le voy a borrar la sonrisa de la cara para siempre.

 

Me apretó más contra su cuerpo, posesivo, y me besó con fuerza, casi con rabia.

 

—Nadie te toca. Nadie te molesta. Nadie te mira. Tú eres mía, Laura. Y yo protejo lo que es mío.

 

Me quedé en silencio, sintiendo cómo mi corazón latía con una mezcla de miedo y una excitación enfermiza. Sabía que Diego no estaba fanfarroneando. Si Raúl seguía insistiendo… las cosas iban a terminar muy mal.

 

Diego leyó el mensaje de Raúl y su expresión se volvió oscura, peligrosa. Me devolvió el celular y se quedó pensando unos segundos, fumando en silencio.

 

—Ese hijo de puta tiene un video donde te folla… —murmuró más para sí mismo que para mí.

 

Yo asentí, angustiada.

 

—Si no voy mañana, dice que lo va a mandar a Carlos y a todo el grupo del barrio.

 

Diego soltó una risa baja y fría. Apagó el cigarro contra el cenicero improvisado y me miró.

 

—Escríbele ahora. Dile que sí vas a ir. Que estarás allí a las 8.

 

—Pero Diego…

 

—Hazlo —ordenó con voz firme.Con las manos temblorosas, le respondí a Raúl.

 

Laura: Está bien. Iré mañana a las 8.

 

Diego tomó su propio celular y marcó un número. Esperó unos segundos y habló con voz baja y tranquila.

 

—Oye… trae a los muchachos. Sí, los de siempre. Los quiero en la dirección que te voy a pasar. No, nada grave… solo un pequeño susto para que alguien aprenda cuál es su lugar. Nos vemos en una hora.

 

Colgó y me miró. Yo estaba pálida.

 

—Diego… por favor, no hagas una locura. No quiero que te pase nada.

 

Él se acercó, me agarró de la barbilla con suavidad pero con firmeza y me besó en los labios.

 

—No va a ser una locura —dijo con calma—. Solo un pequeño susto. Le voy a dejar claro que tú ya tienes dueño y que si sigue molestándote, las cosas se van a poner feas de verdad. Nadie amenaza a lo que es mío.

 

Me abrazó contra su pecho, acariciándome la espalda.

 

—Duerme un poco. Mañana yo me encargo de todo.

 

Me quedé en silencio, acurrucada contra él, sabiendo que nada de lo que dijera lo haría cambiar de opinión. Diego ya había tomado su decisión.

 

Y yo, a pesar del miedo… me sentía protegida.

 

Al día siguiente intenté actuar con normalidad, aunque por dentro estaba hecha un nudo.

 

Me levanté temprano, preparé el desayuno para Carlos y los chicos, serví el café, lavé los platos y atendí todas mis obligaciones de siempre como la esposa y madre ejemplar.

 

Sin embargo, estaba distante con Carlos. Le respondía con monosílabos, evitaba mirarlo a los ojos y me mantenía ocupada en cualquier cosa que me alejara de él. Él lo notaba, pero no decía nada. Solo me observaba con esa mirada de sospecha que cada vez se hacía más pesada.

 

Por la noche, cuando ya estaba en la cama fingiendo leer en mi celular, recibí un mensaje de Diego.

 

Diego: Ya no vas a saber nada más de ese hijo de puta. Mira.

 

Adjuntó varias fotos y un video corto.

 

En las imágenes se veía a Raúl tirado en el suelo de un callejón oscuro. Tenía la cara hinchada, sangre en la nariz y la boca, un ojo morado y varios golpes en las costillas. En el video, Diego estaba agachado frente a él, hablándole muy cerca mientras dos de sus amigos lo sujetaban. Raúl solo asentía, aterrorizado.

 

El último mensaje decía:

 

Diego: No le pasó nada grave. Solo un pequeño susto para que aprenda cuál es su lugar. Ya no te va a molestar más. Duerme tranquila, mi puta. Mañana te quiero ver.

 

Me quedé mirando las fotos con el corazón acelerado. Sentí alivio… pero también un nudo de culpa y miedo. Sabía que esto era real. Diego no amenazaba en vano.

 

Le respondí con manos temblorosas.

 

Laura: Gracias… pero por favor, no hagas más locuras. Te quiero ver mañana.

 

Apagué el celular y me quedé mirando el techo, con Carlos durmiendo plácidamente a mi lado, completamente ajeno a la tormenta en la que estaba metida.

 

Mi vida ya no tenía control.

 

Unos días después, Diego y yo nos reunimos en su casa por la tarde. Lucas tenía un campeonato importante de natación en un gran complejo acuático con piscinas olímpicas y un parque de atracciones acuáticas. Carlos, como siempre, estaría de viaje por trabajo.

 

Estábamos sentados en el colchón de Diego, yo todavía con el vestido que me había puesto para salir “de compras”.

 

—Entonces… solo iremos Lucas, Mateo y yo —le expliqué—. Hay una entrada extra porque Carlos no va a poder ir. Pensé que… tal vez te gustaría venir como amigo de la familia.

 

Diego levantó una ceja y sonrió con esa arrogancia que tanto me conocía.

 

—¿Como amigo de la familia? —repitió burlón—. Claro que voy a ir. No me voy a perder la oportunidad de verte en traje de baño todo el día.

 

Sentí un escalofrío. Sabía que era arriesgado, pero la idea de tenerlo cerca en un lugar público, rodeados de gente, me excitaba de una forma peligrosa.

 

El día del campeonato llegó. Lucas estaba nervioso pero emocionado. Mateo iba con nosotros para apoyar a su hermano. Diego se presentó en casa como “amigo de Lucas” y Carlos, desde el teléfono, no puso ninguna objeción.

 

Cuando llegamos al complejo acuático, el lugar estaba lleno de familias. Había piscinas enormes, toboganes, zonas de olas y áreas de descanso. Después de que Lucas compitiera (quedó en segundo lugar y estaba eufórico), las familias tenían varias horas libres para disfrutar del parque.

 

Yo me cambié en los vestidores y salí con un traje de baño negro de una pieza que, aunque no era demasiado revelador, marcaba muy bien mis curvas: mis pechos grandes, mi cintura y mis caderas anchas.

 

Sentí varias miradas de hombres al pasar.Diego no disimuló en absoluto.

 

Apenas me vio, sus ojos se clavaron en mi cuerpo. Se acercó disimuladamente mientras Lucas y Mateo estaban en una zona de toboganes.

 

—Joder, Laura… —murmuró cerca de mí, fingiendo que miraba el paisaje—. Ese traje te queda demasiado bien. Se te marcan todas las tetas y ese culo… Todos los hijos de puta de aquí te están mirando.

 

Sentí un calor subir por mi cuerpo. Diego aprovechó cada segundo que podía. Cuando estábamos en el área de descanso, se sentó a mi lado y puso su mano disimuladamente sobre mi muslo. Cuando fuimos a una piscina menos concurrida, nadó cerca de mí y me rozó el culo con la mano bajo el agua.

 

En un momento, mientras Lucas y Mateo estaban en un tobogán grande, Diego me arrinconó contra el borde de la piscina, lejos de la vista de la mayoría.

 

—Quiero follarte aquí mismo —susurró, apretando mi cintura bajo el agua—. Con ese traje puesto.

 

—Diego… aquí no —susurré, aunque mi cuerpo reaccionaba a su contacto.

 

Él solo sonrió y me dio un pellizco disimulado en el culo.

 

—Más tarde entonces. Pero ese traje… me está volviendo loco.

 

El resto del día fue una tortura deliciosa.

 

Diego no dejaba de mirarme, de rozarme cuando nadie veía, de susurrarme cosas al oído. Y yo, a pesar del miedo a que nos descubrieran, no podía negar lo mucho que me gustaba.

 

Ya estaba atardeciendo y el parque comenzaba a vaciarse. Lucas y Mateo seguían disfrutando de los últimos toboganes. Diego se acercó a mí disimuladamente y me tomó de la mano.

 

—Ven conmigo. Tengo una sorpresa para ti.

 

Me llevó por un camino lateral, lejos de la zona principal. Llegamos a una zona exclusiva de jacuzzis privados con vista al parque acuático. Diego pagó en efectivo al encargado y nos dieron acceso a uno de los más apartados, rodeado de vegetación y con una vista espectacular.

 

—¿Cómo pagaste esto? —pregunté sorprendida mientras nos acercábamos al jacuzzi burbujeante—. Esto debe ser carísimo.

 

Diego sonrió con esa arrogancia que tanto me conocía y se metió primero al agua caliente.

 

—Los videos que te grabé sirvieron para algo al fin —respondió con naturalidad—. Vendí algunos fragmentos donde no se te ve la cara. Nadie sabe que eres tú.

 

Me quedé helada. Sentí una punzada de molestia y humillación.

 

—Diego… ¿vendiste videos míos? —pregunté, con la voz temblando entre enfado y vergüenza.

 

Antes de que pudiera seguir hablando o enojarme más, Diego me agarró de la cintura, me metió al jacuzzi con él y me besó con fuerza, metiendo su lengua en mi boca para callarme. El agua caliente nos rodeaba mientras nos besábamos con urgencia.

 

Cuando se separó, me miró a los ojos con esa mezcla de dominio y cariño posesivo.

 

—No te enojes —murmuró contra mis labios—. En ninguno de los videos se te ve la cara, ni a ti ni a mí. Solo tu cuerpo. Nadie sabe que eres tú. Lo hice por nosotros… para poder darte estas cosas.

 

Me besó de nuevo, más suave esta vez, y me apretó contra su cuerpo bajo el agua.

 

—Relájate, mi puta… Disfruta el momento. Estamos solos. Nadie nos va a ver.

 

El agua caliente burbujeaba alrededor de nosotros mientras el sol se ponía sobre el parque. Diego me besaba el cuello y me apretaba el culo bajo el agua, y yo, a pesar de la molestia inicial, terminé cediendo al deseo.

 

El agua burbujeaba con fuerza y las luces tenues daban un ambiente íntimo y lujoso.

 

Sacó de su mochila un antifaz negro elegante y me lo entregó.

 

—Póntelo —ordenó con voz ronca—. Hoy vamos a grabar.

 

Me puse el antifaz, cubriéndome los ojos.

 

Diego colocó una cámara en un trípode pequeño encima del borde del jacuzzi, apuntando directamente al centro. Luego tomó otra cámara más pequeña en su mano.

 

Se metió al agua primero y me hizo señas para que me acercara. Me senté frente a él, con el agua caliente cubriéndome hasta los pechos.

 

Diego encendió ambas cámaras y empezó a grabar. Su voz sonó calmada pero autoritaria.

 

—Dime tu nombre y edad.

 

—Laura… tengo 41 años —respondí, con la voz algo temblorosa por los nervios y la excitación.

 

—¿Qué eres?

 

—Soy… una esposa y madre casada —dije, sintiendo vergüenza.

 

Diego sonrió con malicia.

 

—¿Y qué más eres?

 

Tragué saliva. El antifaz me daba una extraña sensación de libertad.

 

—Soy tu puta —respondí más bajo—. Soy la puta personal de un chico más joven que yo.

 

—Más fuerte. No te guardes nada. Libera a tu verdadera yo. Diles a todos quién eres realmente.

 

Respiré profundo y, con la voz más clara y cargada de deseo, dije:

 

—Soy Laura, una mujer casada de 41 años que se hace follar por un chico de 12 años a escondidas de su marido y sus hijos. Me encanta que me humille, que me use, que me grabe… Soy una zorra hipócrita que finge ser respetable de día y de noche abre las piernas para su dueño.

 

Diego gruñó satisfecho.

 

—Buena puta. Sigue.

 

— Me excita que me chantajee… me excita que me folle mientras mi familia está cerca… me excita ser su juguete sexual —continué, sintiendo cómo me mojaba más con cada palabra—. Quiero que me folle aquí, en este jacuzzi… quiero que me llene de semen y que todo el mundo sepa lo puta que soy, aunque no vean mi cara.

 

Diego sonrió con orgullo y se acercó más a mí, todavía grabando con la cámara en la mano.

 

—Perfecta. Ahora… ven aquí.

 

Diego no esperó más. Me tumbó suavemente contra el borde del jacuzzi y se colocó entre mis piernas abiertas. El agua caliente burbujeaba alrededor de nuestros cuerpos. Con una mano sostenía la cámara pequeña, grabando todo en primer plano, mientras con la otra me sujetaba la cadera.

 

—Así… abre bien las piernas para la cámara —murmuró.

 

Me penetró de una sola embestida en posición de misionero, llenándome por completo. Solté un gemido largo y profundo al sentir su verga gruesa abriéndome.

 

—Ahhh… Diego… esto es lo mejor… —gemí sin control, arqueando la espalda contra el borde del jacuzzi—. Esto es lo que siempre quise… Tu verga me llena como nadie…

 

Diego empezó a follarme con embestidas profundas y constantes, el agua chapoteando con cada movimiento. La cámara en su mano grababa mi cara con el antifaz, mis pechos moviéndose con cada embestida y cómo su verga entraba y salía de mí.

 

—Dilo más fuerte —ordenó jadeando, sin dejar de grabar.

 

—Mi marido nunca va a complacerme como tú… —gemí más alto, clavando mis uñas en su espalda—. Nunca me ha follado así… nunca me ha hecho sentir tan puta, tan llena… ¡Ahhh! Solo tú me haces esto, Diego… solo tu verga me vuelve loca…

 

Diego gruñó de placer y aceleró el ritmo, follándome con más fuerza dentro del agua.

 

Cada embestida profunda hacía que mis pechos rebotaran y que el agua salpicara.

 

—Dime que eres mía —exigió, acercando la cámara a mi cara.

 

—Soy tuya… soy tu puta… tu zorra casada… —gemí sin ninguna vergüenza, completamente entregada—. Fóllame más fuerte… quiero que me llenes… que me dejes marcada…

 

Diego siguió penetrándome con fuerza, el sonido húmedo de nuestros cuerpos mezclándose con el burbujeo del jacuzzi y mis gemidos cada vez más altos. La cámara lo grababa todo: mi expresión de placer bajo el antifaz, mis tetas moviéndose, y cómo su verga desaparecía dentro de mí una y otra vez.

 

Diego me tenía completamente abierta en el jacuzzi, follando con fuerza en posición de misionero. Con una mano sostenía la cámara pequeña, grabando todo en primer plano. Cada vez que podía, hacía zoom con los dedos, enfocando cómo su verga gruesa entraba y salía de mi coño mojado.

 

—Así… mira esto —gruñó, acercando la cámara—. Mira cómo te abro el coño, puta.

 

Gemí sin control, arqueando la espalda contra el borde del jacuzzi. El agua caliente chapoteaba con cada embestida fuerte.

 

—¡Ahhh… Diego! ¡Me estás partiendo! —grité, sin poder contenerme—. ¡Tu verga es tan gruesa… me llena toda!

 

Diego sonrió con arrogancia y siguió penetrándome con ritmo constante. Con su mano libre bajó hasta mi clítoris y empezó a frotarlo en círculos rápidos y firmes, sin dejar de follarme.

 

—Dime cómo te sientes —exigió, haciendo zoom en mi cara y luego bajando la cámara a donde su verga me penetraba.

 

—¡Me siento llena! ¡Me siento como una puta! —gemí alto, temblando—. ¡Mi marido nunca me ha follado así… nunca me ha tocado el clítoris mientras me mete la verga! ¡Ahhh… Diego, no pares!

 

Él aceleró los movimientos de sus caderas y de sus dedos en mi clítoris, frotándolo más rápido.

 

—¿Qué prefieres? ¿La verga de tu marido o la mía? —preguntó con voz ronca, grabando mi expresión de placer.

 

— ¡La tuya! ¡La tuya siempre! —grité entre gemidos descontrolados—. ¡Tu verga es mucho mejor… más gruesa… más dura! ¡Me haces venir como una zorra… ahhh… sigue frotando mi clítoris, por favor!

 

Diego soltó una risa satisfecha y siguió follándome con fuerza, el agua salpicando alrededor de nosotros. Sus dedos no dejaban de frotar mi clítoris hinchado, enviando descargas de placer por todo mi cuerpo.

 

—Buena puta… grita más fuerte. Quiero que la cámara escuche cómo gimes por un chico más joven que tú.

 

— ¡Sí! ¡Me estás volviendo loca! ¡Fóllame más fuerte… frota mi clítoris más rápido! ¡Me voy a correr otra vez!

 

Mis gemidos se volvieron casi gritos mientras Diego me penetraba sin piedad y me masturbaba el clítoris con maestría, todo siendo grabado en detalle por la cámara en su mano.

 

El placer me recorrió como una ola violenta. Mi coño se contrajo con fuerza alrededor de la verga de Diego mientras me corría con intensidad.

 

Gemí sin control, arqueando la espalda y temblando entre sus brazos.

 

Diego siguió grabando todo con la cámara en su mano, haciendo zoom en mi cara con el antifaz y en cómo mi cuerpo se sacudía.

 

—Así… córrete para la cámara, puta —gruñó satisfecho.

 

Cuando el orgasmo pasó, quedé recostada contra el borde del jacuzzi, jadeando y con las piernas temblorosas. El agua caliente seguía burbujeando alrededor de nosotros.

 

Diego aún no se había corrido. Su verga seguía dura y palpitante dentro de mí. Con delicadeza, me giró y me colocó en cuatro patas sobre el asiento del jacuzzi, con el culo levantado hacia él. Apagó la cámara que tenía en la mano y la dejó a un lado, pero la otra cámara, la que estaba en el trípode, seguía grabando todo desde arriba.

 

Me quedé en esa posición, todavía recuperando el aliento.

 

—¿Ya quieres hacerlo de perrito? —pregunté con voz entrecortada.Diego se colocó detrás de mí, acariciándome el culo con ambas manos.

 

—Sí… pero esta vez va a ser distinto —murmuró con voz ronca.

 

Sentí cómo sacaba su verga de mi coño y empezaba a frotar la cabeza gruesa y húmeda entre mis nalgas, subiendo y bajando lentamente, presionando contra mi agujero trasero.

 

Supe exactamente lo que significaba.

 

Me tensé un poco, pero no me aparté.

 

Diego siguió frotando su verga entre mis nalgas, lubricándola con mis propios jugos, preparándome.

 

—Diego… —susurré, con una mezcla de nervios y excitación.

 

—Shh… relájate, mi puta —dijo suavemente, sin dejar de frotar—. Hoy vas a darme todo… hasta el último agujero.

 

Diego seguía frotando su verga gruesa entre mis nalgas, presionando la cabeza contra mi agujero trasero.

 

Sentí cómo intentaba entrar y me tensé instintivamente.

 

—Diego… espera… —susurré, nerviosa.

 

Él se inclinó sobre mi espalda, besándome el hombro con ternura.

 

—No te preocupes, mi puta… relájate. Lo vas a disfrutar mucho, te lo prometo. Solo déjame entrar despacito.

 

Empujó lentamente. La cabeza de su verga presionó contra mi ano cerrado. Gemí de placer mezclado con dolor cuando intentó abrirme.

 

—Ahh… duele un poco… —jadeé, agarrándome al borde del jacuzzi.

 

Diego siguió empujando con paciencia, pero mi agujero estaba muy cerrado y su verga estaba demasiado dura y gruesa. En un momento más fuerte, solté un quejido de dolor.

 

— ¡Ah…!—Carajo… —murmuró Diego frustrado, pero sin enfadarse.

 

Sacó su verga, escupió en su mano y pasó la saliva por mis nalgas y por mi ano, intentando lubricarme mejor.

 

Volvió a intentarlo, pero seguía siendo muy difícil. Volvió a escupir en su mano, esta vez frotando bien su propia verga, cubriéndola de saliva.

 

—Vamos otra vez… —dijo con voz ronca.

 

Empujó de nuevo, más despacio. Esta vez, con la lubricación extra, logró meter la cabeza. Gemí fuerte, sintiendo cómo me abría.

 

—Ahhh… Diego… duele… pero… sigue…

 

Poco a poco, centímetro a centímetro, fue metiendo más de su verga en mi culo. El dolor inicial fue intenso, pero poco a poco se fue mezclando con un placer extraño y profundo. Diego gemía detrás de mí, sujetándome las caderas.

 

—Joder… qué apretado estás… —gruñó—. Relájate… ya casi está toda adentro.

 

Finalmente logró penetrarme por completo. Se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrarme, mientras yo gemía entrecortadamente, sintiéndome completamente llena.

 

—Así… buena puta —susurró, empezando a moverse muy despacio—. Ahora sí… voy a follarte el culo como te mereces.

 

Diego ya no se contuvo más.

 

Agarrándome firmemente de las caderas, empezó a follarme el culo con embestidas fuertes y profundas.

 

El agua del jacuzzi chapoteaba con violencia alrededor de nosotros.

 

— ¡Ahhh… Diego! —gemí sin control, agarrándome al borde del jacuzzi—. ¡Me estás rompiendo el culo!

 

Cada embestida era más fuerte que la anterior. Su verga gruesa entraba y salía de mi ano con fuerza, produciendo un placer intenso y prohibido que me hacía temblar.

 

Diego me dio una nalgada leve en el culo derecho, luego otra en el izquierdo. Poco a poco las nalgadas fueron aumentando de intensidad, resonando en la noche.

 

¡Plaf! ¡Plaf!

 

—Joder, Laura… este culo es el mejor que he probado —gruñó mientras me follaba con fuerza—. Más rico, más apretado y más grande que el de todas las putas con las que me he acostado antes. Ninguna se compara contigo…Sus palabras me golpearon. ¿Todas las putas con las que se había acostado?

 

Una duda incómoda intentó abrirse paso en mi mente. ¿Cuántas habían sido? ¿Desde cuándo lo hacía? Pero el placer era demasiado intenso. Cada embestida profunda y cada nalgada me nublaban la razón.

 

— ¡Ahhh… Diego! ¡Más fuerte! —gemí, incapaz de pensar con claridad—. ¡Me estás volviendo loca!

 

—Así… grita para mí —dijo, dándome una nalgada más fuerte que hizo que mi culo se pusiera rojo—. Este culo gordo y maduro es mío. Lo voy a follar cuando quiera, ¿entendido?

 

— ¡Sí! ¡Es tuyo! —grité, completamente perdida en el placer—. ¡Fóllame el culo más fuerte… por favor!

 

Diego aceleró el ritmo, follándome con brutalidad mientras alternaba nalgadas fuertes en ambas nalgas. El sonido de su pelvis chocando contra mi culo y el chapoteo del agua llenaban el jacuzzi privado.

 

Yo solo podía gemir y temblar, el placer superando cualquier pensamiento coherente. La duda sobre las otras mujeres quedó ahogada bajo una ola de éxtasis.

 

Diego siguió follándome el culo con fuerza, sus embestidas cada vez más rápidas y profundas. Sus manos apretaron con fuerza mis nalgas, separándolas al máximo mientras empujaba sus caderas hacia adelante, acorralándome completamente contra el borde del jacuzzi. No tenía escapatoria. Estaba totalmente a su merced.

 

—Joder… ya estoy cerca —gruñó contra mi oído, con la voz ronca por el esfuerzo—. Voy a correrme… y quiero que lo recibas todo adentro. ¿Entendido?

 

— ¡Sí! ¡Dámelo todo! —gemí desesperada, sintiendo cómo mi propio placer volvía a subir.

 

Diego soltó un gemido gutural y empujó con fuerza una última vez, enterrando su verga hasta el fondo en mi culo. Sentí cómo palpitaba violentamente dentro de mí y luego empezó a correrse. Chorros calientes y espesos de semen llenaron mi interior, saliendo a presión contra mis paredes.

 

— ¡Ahhh… Diego! —grité, temblando.

 

Él se quedó unos segundos más dentro, vaciándose completamente.

 

Cuando por fin salió, mi ano quedó abierto, rojo e hinchado tanto por dentro como por fuera. Un hilo espeso de semen blanco comenzó a salir lentamente de mi culo, chorreando por mis nalgas y cayendo al agua del jacuzzi.

 

Diego se dejó caer a mi lado, agotado, respirando con dificultad. Su verga todavía semierecta brillaba con restos de semen y mis fluidos.

 

Yo me quedé apoyada contra el borde, con las piernas temblando, sintiendo cómo su semen seguía saliendo de mí.

 

El culo me ardía, pero al mismo tiempo sentía una satisfacción profunda y prohibida.

 

Diego me miró con una sonrisa satisfecha y posesiva, acariciándome la espalda.

 

—Buena puta… te llené bien el culo.

 

Después de corrernos, Diego me tomó suavemente de la cintura y me llevó hacia el centro del jacuzzi, donde el agua era más profunda y cálida. Me abrazó con fuerza contra su cuerpo y me besó con pasión, pero también con una ternura que cada vez aparecía más entre nosotros. Nuestras lenguas se enredaron lentamente mientras el agua burbujeaba alrededor.

 

Cuando nos separamos, lo miré a los ojos, todavía con la respiración agitada.

 

—Diego… ¿qué quisiste decir con eso de que mi culo es el mejor que has probado? —pregunté con un tono que no pude ocultar del todo. Había celos en mi voz—. ¿Con cuántas otras mujeres has estado?

 

Diego intentó desviar la pregunta con su habitual arrogancia. Me apretó más contra él y me besó el cuello, intentando dominar la situación.

 

—Shh… no importa eso ahora. Tú eres mía y punto. No hagas preguntas tontas.

 

Pero esta vez no me dejé. Me separé un poco y lo miré fijamente, firme.

 

—No. Quiero saber. Dime la verdad.Diego suspiró, dándose cuenta de que no iba a escaparse tan fácilmente. Me abrazó de nuevo, apoyando su frente contra la mía.

 

—Está bien… sí, follé con otras mujeres mayores antes de ti —admitió en voz baja—. Algunas vecinas, madres de amigos… pensé que contigo iba a ser igual. Solo sexo, humillación y listo. Pero desde el primer día en el hotel… algo fue distinto. Tú eres diferente. No sé explicarlo bien. Con las otras solo era follar y ya. Contigo… quiero más. Quiero que seas mía de verdad. No solo tu cuerpo.

 

Me quedé en silencio unos segundos, procesando sus palabras. Sentí una mezcla extraña de celos, alivio y una calidez profunda en el pecho.

 

—Entonces… ¿yo soy especial para ti? —pregunté bajito.Diego me apretó más fuerte contra él y me besó con posesión.

 

—Más que especial. Eres mía, Laura. La única que quiero follar, humillar y… cuidar. Las otras ya no importan.

 

Nos quedamos abrazados en el centro del jacuzzi, besándonos suavemente mientras el agua caliente nos rodeaba.

 

Por primera vez, sentí que entre nosotros había algo más que solo chantaje y sexo.

 

Diego y yo nos quedamos en el centro del jacuzzi, abrazados y besándonos con calma. Sus manos recorrían mi espalda y mis nalgas con caricias posesivas pero suaves, mientras yo le acariciaba el pecho y el cuello.

 

—Eres mía… —susurró contra mis labios, dándome besos cortos y tiernos—. Aunque estés casada, aunque tengas hijos… eres mía.

 

—Lo sé… —respondí bajito, besándolo de nuevo—. Y tú eres mío también, aunque seas un chico malo…

 

Nos quedamos un rato así, acariciándonos y hablando en voz baja. Diego me apretaba contra su cuerpo, rozando su verga semierecta contra mi vientre.

 

De pronto escuchamos pasos. Una empleada del complejo, una mujer de unos 40 años, apareció en la entrada del área privada. Se quedó congelada al vernos desnudos, abrazados en el jacuzzi.

 

—Disculpen… —dijo con voz sorprendida—. Ya vamos a cerrar el área… ¿están…?

 

Diego, sin soltarme, me agarró con más fuerza de la cintura y me pegó completamente contra su cuerpo, protegiéndome y marcando territorio al mismo tiempo.

 

La empleada se quedó atónita, sin saber qué decir, con total indiferencia, recosté mi cabeza en el pecho de Diego y respondí con calma:

 

—Somos pareja.

 

Diego sonrió con arrogancia y reforzó mis palabras, acariciándome la espalda.

 

—Así es. Ella es mi mujer.

 

La empleada parpadeó varias veces, claramente incómoda, pero decidió no hacer más drama.

 

—Entiendo… Disculpen la interrupción. Tienen diez minutos más y luego debemos cerrar.

 

Se dio la vuelta rápidamente y se fue.

 

En cuanto desapareció, Diego y yo nos miramos y estallamos en risas. Me abrazó más fuerte y me besó en los labios, todavía riendo.

 

—Mi mujer… —repitió con orgullo—. Suena bien, ¿no?

 

—Idiota… —respondí entre risas, pero sin poder negar la calidez que sentí al escucharlo.

 

Salimos del jacuzzi después de un rato más abrazados. Diego guardó con cuidado ambas cámaras en su mochila, asegurándose de que todo estuviera bien protegido. Nos vestimos rápidamente y regresamos con Lucas y Mateo, que seguían disfrutando de las últimas atracciones del parque.

 

—¿Dónde estaban? —preguntó Lucas con curiosidad.

 

—Fuimos a ver una zona de relajación —improvisé con naturalidad—. Había unos jacuzzis privados y nos quedamos un rato hablando.

 

Mateo solo asintió, sin sospechar nada. Diego sonrió con esa cara de “amigo de la familia” que ya dominaba perfectamente.

 

El viaje de regreso en el auto de Carlos fue tranquilo. Lucas y Mateo iban dormidos en los asientos de atrás. Diego y yo íbamos adelante. En un semáforo, aproveché que estábamos solos delante.

 

—¿Vas a subir lo que grabaste hoy? —pregunté en voz baja.

 

Diego me miró de reojo y sonrió.

 

—Lo subiré… si tú me lo pides.

 

Me quedé pensando unos segundos.

 

Sabía que era arriesgado, pero también sabía que el dinero nos vendría bien.

 

—Hazlo —dije finalmente—. Pero quiero una parte del dinero.

 

Diego soltó una risa baja y me puso la mano en el muslo.

 

—Trato hecho, mi puta.

 

Cuando llegamos cerca de su barrio, detuve el auto un momento en una calle tranquila. Lucas y Mateo seguían dormidos. Diego se inclinó hacia mí y nos dimos un beso de despedida largo y profundo, lleno de deseo y posesión.

 

—Nos vemos pronto —susurró contra mis labios.

 

Se bajó del auto y caminó hacia su casa sin mirar atrás. Yo me quedé unos segundos mirando cómo se alejaba, con el corazón acelerado.

 

Esa noche me quedé sola en casa.

 

Lucas y Mateo ya dormían. Me encerré en mi habitación, encendí la computadora y, con el corazón latiéndome fuerte, abrí el navegador especial que Diego me había enseñado a usar.

 

Entré a la deepweb, a esa parte oscura de internet donde Diego había subido los videos. Tardé unos minutos en encontrar el enlace privado que me había mandado.

 

Allí estaban.

 

Varios videos nuestros: el del jacuzzi, algunos de los encuentros anteriores en su casa, y fragmentos donde se me veía claramente el cuerpo, pero nunca la cara completa gracias al antifaz.

 

Los títulos eran directos y crudos:

 

“Madura casada follada en jacuzzi”

 

“Puta tetona de 41 años se deja usar”

 

“Esposa infiel recibe semen en el culo”.

 

Empecé a reproducir uno.

 

Ver mi propio cuerpo siendo follado, escuchando mis gemidos y las cosas que decía mientras Diego me penetraba… me produjo una vergüenza profunda, pero también una excitación intensa. Mis pezones se endurecieron y sentí calor entre las piernas.

 

Luego empecé a leer los comentarios debajo de los videos. Había cientos.

 

“Joder qué cuerpo tiene esta puta, quiero follármela yo también.”

 

“La madura más rica que he visto. Esas tetas son perfectas.”

 

“Se nota que le encanta que la humillen. Más videos de esta zorra por favor.”

 

“Quiero ver su cara. Apuesto a que es una esposa respetable de día.”

 

“La mejor madura del sitio. Dale más verga, chaval.”

 

Leí comentario tras comentario.

 

Algunos eran groseros, otros llenos de deseo. Muchos hombres decían que se habían masturbado viéndome.

 

Algunos pedían más videos, ofertas de dinero, fantasías sobre mí.

 

Cerré los ojos un momento, respirando agitada. Me sentía humillada… pero también extrañamente deseada. Poderosa de una forma retorcida.

 

Me recosté en la cama y deslicé una mano entre mis piernas, todavía húmeda por la excitación. Mientras revisaba otro video, me toqué pensando en todos esos hombres desconocidos viéndome ser la puta de Diego.

 

¿Qué me está pasando?, pensé, pero no pude parar.

 

En las últimas dos semanas, la relación entre Diego y yo había cambiado. Ya no era solo sexo y humillación. Había más cariño, más complicidad. Diego había regresado a estudiar. Por una diferencia de un año, terminó siendo compañero de Lucas en la misma escuela. Su comportamiento mejoró notablemente: ya no llegaba tarde, sacaba mejores notas y hasta se vestía más presentable cuando venía a casa.

 

A mí me gustaba ese cambio. Me hacía sentir que, de alguna forma, yo también había influido en él.

 

Esa tarde, con Carlos regresando en una semana, decidí aprovechar que estábamos solos. Lucas había salido a jugar fútbol con sus amigos y Mateo estaba en el cine con su novia. Llamé a Diego.

 

—Ven a casa. Estamos solos.Diego tardó en responder.

 

—No puedo ir ahora… inventé una excusa para no ir con los muchachos. Pero espérame, llego en media hora.

 

Cuando llegó, me sorprendió. Traía una camisa roja ajustada que le marcaba el torso, pantalones jogger negros y en las manos llevaba una caja de chocolates y un pequeño ramo de flores.

 

Apenas cerró la puerta, lo recibí con un beso suave en los labios.

 

—Te ves muy guapo —le dije, sonriendo.

 

Diego me devolvió el beso, más profundo, y me abrazó por la cintura.

 

—Quería verte bien. Ya no solo soy el delincuente que te chantajeaba.

 

Lo llevé a la sala y nos sentamos en el sofá. Me entregó las flores y los chocolates.

 

—Para ti —dijo con una sonrisa tímida que rara vez le veía—. Gracias por… todo.

 

Me sentí extraña. Ese Diego más cariñoso, más atento, me desarmaba.

 

Hablamos durante un rato. Me contó que estaba estudiando para mejorar, que quería tener un futuro mejor “para poder estar contigo sin esconderme”. Yo le conté lo difícil que era seguir fingiendo con Carlos.

 

En un momento, el ambiente se calentó. Empezamos a besarnos con más intensidad. Diego me subió a horcajadas sobre él y me apretó contra su cuerpo.

 

—Te quiero, Laura —susurró entre besos—. No solo como mi puta… te quiero de verdad.

 

Yo respondí besándolo con pasión, sintiendo que, a pesar de todo lo malo que había empezado entre nosotros, algo real había crecido.

 

Carlos regresó más temprano de lo esperado. Apenas escuché la llave en la puerta, el corazón se me aceleró.

 

Diego estaba conmigo en la habitación.

 

—Escóndete en el armario —le susurré rápidamente, empujándolo hacia el gran ropero de madera.

 

Diego me miró con rabia contenida, pero aceptó a regañadientes. Antes de cerrar la puerta del armario, me dijo en voz baja.

 

—Esto no me gusta. No tuve tiempo de responder. Carlos entró a la habitación con una sonrisa cansada.

 

—Hola, amor. Qué bueno estar de vuelta.

 

Lo recibí con un falso cariño, abrazándolo y dándole un beso en la mejilla. Intenté actuar normal, pero estaba tensa.

 

Carlos se sentó en la cama y me miró con deseo.

 

—Han sido días largos… quiero relajarme un poco contigo.

 

Intenté negarme suavemente.

 

—Carlos, estoy cansada y…

 

Pero él insistió, me atrajo hacia él y empezó a besarme. Para no levantar sospechas, terminé aceptando. Lo hicimos rápido, mecánico y sin pasión. Carlos se corrió apenas unos minutos después y se fue al baño a ducharse, dejándome desnuda en la cama.

 

Me quedé allí, mirando el techo.

 

No había sentido casi nada. Ni siquiera llegué cerca del orgasmo. Carlos ni siquiera me había hecho sentir deseada.

 

Entonces recordé.

 

Diego estaba en el armario.

 

La puerta del ropero se abrió lentamente. Diego salió con una expresión que nunca le había visto antes: rabia pura, ira extrema, celos descontrolados. Sus ojos estaban oscuros, la mandíbula apretada. Me miró desnuda, con las marcas leves de las manos de Carlos todavía en mis caderas.

 

Se quedó ahí parado, mirándome en silencio. El aire se volvió pesado.

 

—Diego… —susurré, incorporándome y cubriéndome con la sábana.

 

Él no dijo nada. Solo me miró con esa ira contenida, respirando con fuerza, como si estuviera conteniéndose para no explotar.

 

Diego no dijo ni una palabra. Con la cara todavía llena de rabia, se subió a la cama, se bajó los pantalones con violencia y sacó su verga dura y venosa. Sin darme tiempo a reaccionar, me abrió las piernas con brusquedad y me penetró de un solo golpe brutal.

 

— ¡Ahhh! —gemí fuerte cuando su verga gruesa me abrió el coño de golpe.

 

Apenas entró, me corrí de forma violenta. Mi coño se contrajo alrededor de su verga, soltando un chorro de jugos que le empapó las bolas. El orgasmo me pilló por sorpresa, haciendo que mi cuerpo se arqueara y temblara.

 

Diego no se detuvo. Empezó a embestirme con fuerza salvaje, follándome como un animal. Cada embestida era profunda y brutal, llegando hasta el fondo de mi coño, golpeando mi cervix con rabia.

 

— ¡Esto te mereces, puta! —gruñó, sujetándome las caderas con fuerza mientras me reventaba—. Por dejar que ese imbécil te follara… ahora vas a sentir lo que es que te folle un hombre de verdad.

 

— ¡Ahhh… Diego! ¡Es demasiado fuerte! —gemí sin control, las lágrimas saliendo de mis ojos por el placer mezclado con dolor.

 

El sonido de sus embestidas era obsceno: un crujido húmedo y fuerte cada vez que su pelvis chocaba contra mi coño empapado.

 

Plap… plap… plap… plap…

 

El sonido rebotaba en las paredes de la habitación. Mi coño hacía sonidos chapoteantes mientras él me follaba sin piedad, su verga gruesa entrando y saliendo a toda velocidad.

 

Diego me tenía completamente abierta, mis piernas temblando en el aire mientras me penetraba con rabia.

 

— ¿Siente esto tu marido? —gruñó, follándome más duro—. ¿Te abre el coño así? ¿Te hace gritar como la zorra que eres?

 

— ¡No! ¡Nunca! —grité, completamente rota de placer—. ¡Solo tú… solo tu verga me hace sentir así! ¡Ahhh… me estás rompiendo!

 

Diego siguió embistiéndome con fuerza brutal, sudando, con los músculos tensos. Cada golpe era más profundo, más violento. Mi coño estaba rojo e hinchado por la intensidad.

 

—Este coño es mío —gruñó, mirándome con posesión salvaje—. Mío. ¿Entendido?

 

— ¡Sí! ¡Tuyo! ¡Todo tuyo! —gemí, sintiendo que otro orgasmo se acercaba.

 

Diego no detuvo sus embestidas.

 

Siguió follándome con fuerza salvaje, clavando su verga gruesa hasta el fondo de mi coño con cada golpe. El sonido húmedo y obsceno de su pelvis chocando contra mí llenaba la habitación.

 

Yo ya no podía pensar. Una sonrisa de placer estúpida se dibujó en mi cara mientras gemía como una puta en celo. En mi mente solo había una idea clara:

 

«Ningún hombre me va a complacer nunca como Diego… nadie.»

 

— ¡Ahhh… Diego! ¡Más fuerte! —gemí, con la cara completamente desencajada de placer.

 

Diego gruñó contra mi oído, acelerando el ritmo brutalmente.

 

—Tu marido no puede correrse dentro de ti… pero yo sí —dijo con voz ronca y posesiva—. Así que abre bien ese coño y recíbeme todo, puta.

 

Aceleró aún más, follándome como un animal. Sus embestidas eran cortas, rápidas y profundas, golpeando mi punto más sensible sin parar.

 

— ¡Sí! ¡Córrete dentro! ¡Lléname! —grité, sintiendo que otro orgasmo se acercaba.

 

Con un último gruñido salvaje, Diego se enterró hasta el fondo y se corrió.

 

La carga fue tan potente que sentí chorros calientes y espesos llenándome el útero. Tanto semen salió que parte se desbordó de mi coño, manchando las sábanas debajo de nosotros.

 

Diego se quedó unos segundos dentro, vaciándose completamente. Luego salió de mí lentamente. Un río blanco y espeso empezó a salir de mi coño abierto y rojo, chorreando por mis nalgas.

 

Se incorporó, todavía respirando agitado, y me miró con esa expresión dominante que tanto me sometía.

 

—Te hice llegar al orgasmo y te hice tocar el cielo —dijo con voz baja y firme—. Solo yo puedo complacerte así. Así que será mejor que no vuelvas a tener sexo con tu marido. ¿Te quedó claro?

 

Yo, todavía temblando y con el coño palpitando lleno de su semen, solo pude asentir sumisamente.

 

—Sí… me quedó claro.

 

Han pasado varios meses desde aquella noche en que Diego me reclamó con rabia después de que Carlos me tocara. Mi vida cambió por completo.Ya no vivo escondiéndome.

 

Diego y yo grabamos contenido juntos y lo subimos a sitios de pago en la deepweb. Gracias a eso, el dinero fluye. Puedo darme lujos que antes ni imaginaba: ropa cara, joyas, viajes… y este penthouse con piscina en la azotea donde ahora estamos.

 

El equipo de grabación profesional estaba montado alrededor de la piscina infinita. Luces de set iluminaban la escena, reflectores suaves y una cámara cinematográfica en trípode grababa cada detalle.

 

Yo estaba en cuatro sobre el borde de la piscina, con el agua tibia cubriéndome hasta las rodillas. Diego me follaba con fuerza desde atrás, agarrándome las caderas mientras su verga gruesa entraba y salía de mi coño con embestidas profundas y constantes.

 

— ¡Ahhh… Diego! —gemí sin control, arqueando la espalda—. ¡Más fuerte!

 

Las luces nos iluminaban perfectamente. La cámara principal capturaba cómo mis tetas grandes se balanceaban con cada embestida, cómo mi culo chocaba contra su pelvis y cómo su verga desaparecía dentro de mí.

 

Diego me dio una nalgada fuerte y gruñó.

 

—Así… para la cámara, mi puta. Muestra lo bien que te follo.

 

El equipo grababa en silencio. Solo se escuchaban mis gemidos, el chapoteo del agua y el sonido obsceno de nuestros cuerpos chocando.

 

Diego me follaba con posesión, sabiendo que miles de personas pagarían por ver cómo la esposa respetable que una vez fui ahora se dejaba usar como una zorra en una piscina de lujo.

 

Diego seguía embistiéndome con fuerza, su verga gruesa entrando y saliendo de mi coño con golpes profundos que me hacían gemir sin control. El agua de la piscina chapoteaba alrededor de nosotros y las cámaras lo grababan todo.

 

De pronto se detuvo un segundo, todavía dentro de mí, y gruñó con voz ronca.

 

—Tenemos que darles lo mejor a los clientes… especialmente a los VIP.

 

En un movimiento rápido y fuerte, Diego me agarró de los muslos, me levantó y me cargó en el aire, quedando de espaldas a él. Mis piernas quedaron abiertas y colgando mientras me sostenía en el aire. Su verga nunca salió de mi coño.

 

— ¡Ahhh! —gemí sorprendida por la posición.

 

Diego empezó a follarme así, cargándome completamente. Sus brazos fuertes me sujetaban por los muslos, abriéndome las piernas al máximo mientras me bajaba y subía sobre su verga gruesa. Cada embestida era brutal, llegando hasta el fondo de mi coño.

 

La cámara principal en el trípode y las otras luces nos capturaban perfectamente: mi cuerpo suspendido en el aire, mis tetas grandes rebotando con violencia, mi cara de placer absoluto y cómo la verga de Diego desaparecía una y otra vez dentro de mí.

 

— ¡Diego…! ¡Es demasiado profundo! —grité, completamente a su merced.

 

—Así es como les gusta a los VIP —gruñó, follándome más fuerte—. Mira a la cámara, puta. Muéstrales cómo te gusta que te cargue y te rompa el coño.

 

Mis gemidos se volvieron más altos e incontrolables. En esta posición, su verga golpeaba puntos que me hacían ver estrellas. El agua salpicaba con cada embestida fuerte mientras Diego me follaba sin piedad, exhibiéndome delante de las cámaras como su trofeo personal.

 

Diego seguía follándome con fuerza en esa posición, cargándome completamente en el aire mientras su verga gruesa entraba y salía de mi coño con embestidas brutales. Mis piernas colgaban abiertas y mi cuerpo se sacudía con cada golpe profundo.

 

Aunque intentaba mantener el control, se notaba que le estaba costando sostenerme. Mi cuerpo no era liviano y la posición exigía mucha fuerza.

 

—Joder… pesas un poco, puta —dijo riendo entre jadeos, con un tono burlón—. Pero vale la pena… mira cómo te estoy reventando.

 

Quise responderle algo, pero no pude. Mi mente estaba completamente en blanco. Solo podía gemir como una zorra mientras sentía su verga golpeando profundo dentro de mí.

 

— ¡Ahhh… Diego! —fue lo único que logré sacar, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos en blanco.

 

Diego soltó una risa ronca y siguió embistiéndome con más fuerza, disfrutando de mi incapacidad para responder.

 

— ¿Qué ibas a decir, eh? —se burló, bajándome con fuerza sobre su verga—. Ahora solo gimes como la puta que eres. Mira a la cámara… muéstrales cómo te pongo la mente en blanco.

 

Mis gemidos eran cada vez más altos y desesperados. El placer era tan intenso que no podía formar ni una sola palabra coherente. Solo sentía su verga abriéndome, sus brazos fuertes sosteniéndome y el agua salpicando con cada embestida.

 

Diego seguía riendo bajito, burlándose de mi estado mientras me follaba sin piedad delante de las cámaras.

 

Diego seguía follándome con fuerza salvaje, cargándome en el aire mientras su verga gruesa entraba y salía de mi coño sin piedad. El placer era tan intenso que mi mente estaba completamente nublada. De pronto, en un momento de euforia total, Diego gruñó contra mi oído.

 

—Ahora sí… muéstrale al mundo quién eres en realidad, Laura.

 

Con un movimiento rápido, me quitó el antifaz negro que cubría mi rostro.

 

Mi cara quedó completamente expuesta ante las cámaras: ojos entrecerrados de placer, boca abierta gimiendo, mejillas sonrojadas y expresión de puta completamente entregada.

 

Ya no me importaba nada.

 

— ¡Ahhh… sí! —gemí sin control, mirando directamente a la cámara principal—. ¡Fóllame más fuerte, Diego! ¡No pares!

 

Diego sonrió con triunfo salvaje y siguió embistiéndome, ahora con mi rostro totalmente visible.

 

—Diles a tus hijos, si algún día ven esto… —gruñó, follándome más duro—. Diles la verdad.

 

Entre gemidos y jadeos, apenas pude articular.

 

—Hijos… mamá… mamá solo quiere ser feliz… con alguien que realmente sabe complacerla… ¡Ahhh! Diego me hace sentir cosas que nadie más… espero que algún día lo entiendan…

 

Diego aceleró sus embestidas, clavándome su verga hasta el fondo.

 

—¿Y a tu marido? ¿Qué le quieres decir si ve esto?

 

Mi mente estaba en blanco de placer. Solo podía gemir y decir la verdad más cruda.

 

—Carlos… estoy harta de fingir cuando estoy contigo… nunca me has hecho esta cara de placer… nunca me has follado como Diego… ¡él es mucho mejor! ¡Su verga es más grande, más dura y me hace venir como una puta! ¡Ahhh… Diego, mi querido Diego… solo él sabe complacerme!

 

Diego soltó una risa oscura y triunfante, follándome con más brutalidad.

 

—Buena zorra… ahora dile al mundo lo que sientes de verdad.

 

Con la voz rota de placer y completamente entregada, miré a la cámara y dije:

 

—Engañar a mi marido se siente muy bien… por eso no pienso divorciarme de él nunca. Quiero seguir teniendo esta vida… seguir siendo su esposa de día… y la puta de Diego de noche…

 

Diego gruñó fuerte, me apretó contra él y se corrió violentamente dentro de mí. Chorros calientes y abundantes de semen llenaron mi coño, desbordándose mientras yo también llegaba a otro orgasmo intenso, gritando su nombre.

 

Nos quedamos unos segundos así, temblando, con las cámaras grabando todo.

 

Diego soltó un último gruñido y salió lentamente de mi coño, dejando un chorro espeso de semen blanco saliendo de mí y cayendo al agua de la piscina. Apagó todas las cámaras una por una, desconectando el equipo profesional con movimientos todavía agitados. El set quedó en silencio, solo se escuchaba el burbujeo suave del agua y nuestra respiración pesada.

 

Volvimos al centro de la piscina infinita, donde el agua era más profunda. Diego se recostó contra el borde, recuperando el aliento con dificultad, el pecho subiendo y bajando rápidamente.

 

Yo me bajé con las piernas todavía temblorosas y me hundí un poco en el agua frente a él. Sin decir nada, me acerqué y tomé su verga semierecta con la mano. Empecé a chuparla lentamente, con besos suaves y lamidas largas, saboreando los restos de su semen y mis propios jugos.

 

Diego soltó un suspiro de placer y me miró con curiosidad.

 

—¿Por qué sigues chupando si ya casi no hay nada? —preguntó con una media sonrisa.

 

Me separé un momento, con la cabeza de su verga rozando mis labios, y respondí con una risita traviesa.

 

—No es nada… solo que besare a Carlos al llegar a casa.

 

Diego soltó una risa baja y oscura, entendiendo perfectamente mi intención.

 

—Eres una puta malvada… —dijo divertido—. Entonces sigue.

 

Volví a meterme su verga en la boca, chupándola con calma y dedicación, disfrutando del momento mientras el agua tibia nos rodeaba y la ciudad brillaba a lo lejos.

 

Después de un rato más en el jacuzzi, nos bañamos juntos bajo la ducha del penthouse. Diego me enjabonaba con cariño, besándome los hombros y la espalda, mientras yo le lavaba el pecho. No dijimos mucho. Solo disfrutamos del momento de calma después de la intensidad.

 

Ya en el auto, de regreso a casa, pasamos por un parque donde una familia caminaba: padres jóvenes con su hijo pequeño, riendo y jugando.

 

Diego los miró un rato en silencio.

 

—Se ven muy felices… —dijo en voz baja—. Si se da la ocasión… me gustaría estar así contigo algún día.

 

Sus palabras me sorprendieron. Lo miré de reojo, sintiendo un nudo en la garganta. Durante todo este tiempo no había tomado pastillas anticonceptivas ni Diego había usado condón ni una sola vez. La posibilidad de un embarazo era real… y por primera vez, no me asustaba tanto.

 

—Diego… —susurré.

 

Él tomó mi mano sobre el volante y la apretó.

 

—No importa lo que pase —dijo con firmeza, mirándome—. Yo voy a estar a tu lado siempre. Sea lo que sea.

 

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Le apreté la mano también.

 

—Y yo a tu lado —respondí—. Pase lo que pase.

 

Detuve el auto un momento en una calle tranquila. Nos miramos y nos besamos con ternura, un beso largo, profundo y lleno de sentimiento.

 

Cuando nos separamos, apoyé mi frente contra la suya.

 

—Te amo, Diego.

 

Él sonrió, esa sonrisa que ya no era solo arrogante, sino también sincera.

 

—Y yo te amo a ti, Laura.

 

Nos besamos una vez más antes de continuar el camino. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que, a pesar de todo lo malo que había empezado entre nosotros, algo real y fuerte había nacido.

 

Y estaba dispuesta a enfrentarlo todo… junto a él.

 

—

 

Ya nada volvió a ser como antes.

 

Carlos descubrió los videos. Todo. Las grabaciones, las fotos, los encuentros… Lo vio todo. Me miró con una mezcla de dolor, rabia y decepción que nunca olvidaré. Me pidió el divorcio esa misma noche.

 

Yo le dije que no.

 

Le dije que no podía hacerle eso a la familia. Que sería un escándalo, que haría daño a los chicos, que nuestra vida se derrumbaría. Mentí con una sonrisa triste y le pedí que lo intentáramos por ellos. En el fondo, ambos sabíamos la verdad: simplemente no quería dejar esta vida.

 

Mis hijos lo descubrieron también.

 

Lucas se quedó en shock al principio.

 

Para él, Diego era su amigo, casi un hermano mayor. Lo miró con confusión, con dolor, pero también con una extraña aceptación. “Si tú eres feliz, mamá…”, me dijo días después, aunque todavía lo veía confundido.

 

Mateo, mi hijo mayor, fue el más impactado. Se quedó callado durante días, mirándome como si no me reconociera. Pero ya siendo mayor de edad, terminó aceptándolo a su manera. “Haz lo que tengas que hacer, mamá”, me dijo una noche, aunque en sus ojos todavía había decepción.

 

Y yo… sigo aquí.

 

Hago esto por mi familia. Por mantener esta vida que tanto me costó construir. Por mis hijos… y por el nuevo que viene en camino.

 

Porque sí. Estoy embarazada.

 

Esto es mi vida ahora.

 

Y no pienso cambiarla.

 

————————–

 

Y así termina la historia de Diego y Laura.

 

Gracias por acompañarme en estos tres relatos. Escribirlos fue intenso, excitante y a veces hasta me ponía nerviosa mientras lo hacía. Empezó como puro chantaje y terminó siendo algo mucho más complicado: deseo, posesión, cariño y una adicción que ninguno de los dos pudo parar.

 

Espero que hayas disfrutado tanto como yo escribiendo. Si te gustó esta pareja tan tóxica y apasionada. Quién sabe… tal vez algún día vuelva con más de ellos.

 

Con cariño y un poco de travesura.

—Amy.

10 Lecturas/8 julio, 2026/0 Comentarios/por Amy_young15
Etiquetas: amigos, hermano, madre, madura, maduro, mayor, mayores, sexo
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