Mi Chantajeador de 12 Años
Me llamo Laura, tengo 41 años y soy la típica madre respetable del vecindario. Casada, con dos hijos y una imagen intachable. Siempre me he preocupado por educar bien a mis hijos y alejarlos de las malas compañías… especialmente de Diego, el delincuente juvenil de 12 años .
Me llamo Laura, tengo 41 años y llevo 18 años casada con Carlos. Somos una familia «normal» del barrio residencial San Andrés. Mis dos hijos, Mateo (18 años) y Lucas (11 años), son mi mayor orgullo. Siempre me he preocupado por darles una buena educación y, sobre todo, por mantenerlos alejados de las malas compañías.
Especialmente de Diego.
Diego tiene 12 años y es el terror del barrio. Flaco, con actitud de matón, varios tatuajes caseros en los brazos y el cuello, piercing en la ceja y una mirada que dice «me importa una mierda todo». Se la pasa robando celulares, fumando porros en la plaza y metiéndose en peleas. Todo el mundo sabe que es una mala influencia. Hace tres meses descubrí que mi hijo Lucas, de solo 11 años, había empezado a juntarse con él después de la escuela. Un día llegué más temprano de lo normal del supermercado. El sol todavía estaba alto y el barrio parecía tranquilo. Al acercarme a la cancha del barrio, los vi.
Lucas, mi hijo menor de 11 años, estaba sentado en las escaleras de concreto junto a Diego. Mi hijo tenía un cigarro en la mano y Diego le estaba diciendo algo al oído mientras se reían. El humo subía entre ellos.
Sentí que la sangre me hervía.
-¡Lucas! -grité con voz fuerte, caminando rápidamente hacia ellos.
Mi hijo se levantó de un salto, pálido. El cigarro cayó al suelo. Diego, en cambio, se quedó sentado con esa sonrisa arrogante que tanto detesto, mirándome de arriba abajo sin ninguna vergüenza.
-Señora Laura… solo estamos charlando -dijo Diego con tono burlón, casi desafiante.
-¿Charlando? -respondí con rabia-. ¡Tú no eres más que un delincuente de mierda! Un niño de 12 años que se la pasa robando y fumando porros ¡No quiero que mi hijo se acerque a escoria como tú!
Varios vecinos que pasaban por la acera se detuvieron a mirar. Eso solo me enfureció más.
-Eres una mala influencia, un futuro preso -continué, señalándolo con el dedo-. Como vuelvas a acercarte a Lucas te juro por Dios que llamo a la policía y a tus padres ¡Aléjate de mi familia para siempre!
Diego se levantó lentamente. Su sonrisa desapareció. Me miró con puro odio, de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en mis pechos.
-Algún día te vas a arrepentir de hablarme así, vieja hipócrita… -murmuró entre dientes, lo suficientemente alto para que yo lo escuchara.
Se dio la vuelta y se fue caminando despacio, como si nada. Lucas intentó defenderlo.
-Mamá, solo es un amigo…
-¡Cállate! -lo corté agarrándolo del brazo con fuerza-. A la casa ahora mismo. Vamos a hablar muy seriamente sobre las compañías que estás eligiendo.
Esa tarde le di un sermón de casi una hora. Le prohibí terminantemente volver a hablarle a Diego. Creí que con eso el problema estaba resuelto.
Estaba completamente equivocada.
Desde ese día no podía quitarme de la cabeza la mirada de odio de Diego. A veces, cuando salía a comprar o caminaba por el barrio, sentía que me observaba desde lejos. Intenté ignorarlo. Yo era la madre responsable, la mujer respetable. Él solo era un niño problemático. Nada más.
O eso creía.
Era jueves por la tarde. Carlos estaba de viaje de trabajo y Mateo había salido con sus amigos. Lucas me había dicho que iba a jugar fútbol con unos compañeros del colegio. Me quedé sola en casa, disfrutando del silencio, cuando sonó el timbre.
Abrí la puerta pensando que era Lucas que había olvidado las llaves.
No era Lucas. Era Diego. Estaba apoyado en el marco de la puerta con esa sonrisa torcida que tanto odiaba. En su mano derecha sostenía un celular.
-¿Qué haces aquí? -pregunté con voz fría, intentando cerrar la puerta.
Él metió el pie y empujó con fuerza, entrando a mi sala sin permiso. Diego cerró la puerta con llave detrás de él. El sonido del cerrojo me heló la sangre. La sala, que siempre me había parecido un espacio seguro y familiar, de repente se sentía como una trampa.
-Has estado muy calladita estos meses, ¿eh? -dijo mientras caminaba lentamente alrededor de mí, como un depredador-. Después de humillarme delante de todo el vecindario, de tratarme como si fuera menos que mierda… ahora te tengo justo donde quería.
Me quedé mirándolo unos segundos, casi sin poder creer lo que estaba pasando. ¿Este niño de 12 años, este delincuente flaco y arrogante, se atrevía a amenazarme en mi propia casa?
-¿Estás hablando en serio? -solté una risa nerviosa, mezcla de incredulidad y desprecio-. ¿Tú? ¿Un mocoso que todavía huele a inmadurez? ¿Me estás chantajeando a mí? Esto es ridículo. Eres solo un niño jugando a ser hombre. Sal de mi casa ahora mismo antes de que llame a la policía de verdad.
Diego no se inmutó. Al contrario, su sonrisa se hizo más amplia y cruel. Levantó el celular y reprodujo el video en voz alta. Ahí estaba yo, besándome apasionadamente con mi amante en el estacionamiento del motel, entrando con él de la mano.
El color se me fue de la cara.
-¿De dónde sacaste eso…? -susurré, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.
-Te he estado vigilando desde que me humillaste delante de todo el barrio, vieja hipócrita -respondió con voz baja y amenazante-. Este es solo el principio. Ahora quítate la ropa. Toda. Si no empiezas a desnudarte en este preciso instante, mando este video ahora mismo a tu marido, a Lucas, a Mateo y al grupo de WhatsApp del barrio. Tú decides, señora respetable de mierda.
Las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas sin control. El ridículo que había sentido hace unos segundos se convirtió en puro terror. Este «niño» tenía mi vida en sus manos.
Con las manos temblorosas y la cara ardiendo de vergüenza, empecé a desvestirme frente a él. Primero me quité la blusa, luego el sostén. Mis pechos grandes, pesados y con algo de caída natural quedaron completamente expuestos. Diego los miró con una mezcla de lujuria y burla.
-Joder… mira nada más esas tetas caídas de vieja -se rio con ganas-. Se nota que ya pariste dos veces. Bien usadas y colgando. Sigue, puta. No te detengas.
Me bajé los pantalones y, con mucha vergüenza, las bragas. Quedé totalmente desnuda en medio de mi sala. Intenté taparme los pechos y mi coño con las manos, pero él se acercó y me las apartó de un manotazo.
-No te tapes, perra. Abre las piernas. Quiero ver bien ese coño maduro y gastado que tanto escondes debajo de tu ropa de señora decente.
Obedecí muerta de humillación, separando las piernas mientras las lágrimas seguían cayendo. Diego empezó a sacarme fotos y videos desde todos los ángulos: de frente, de lado, agachada, inclinada. Luego me ordenó girarme, agacharme y abrir las nalgas con las manos.
-Así… bien abierta. Quiero fotos claras de tu culo y de ese agujero sucio. Mira cómo tiembla la puta que me llamaba delincuente… Ahora eres tú la que está expuesta como una cualquiera barata.
Mientras sacaba foto tras foto, no paraba de humillarme.
-¿Dónde quedó esa boca tan grande que tenías cuando me insultaste delante de tu hijo? ¿Eh? Ahora estás aquí, desnuda, abierta y llorando delante de un «niño». Qué ironía tan deliciosa, señora moralista de mierda.
Se acercó, me agarró fuerte del cabello y me levantó la cara. Su aliento me golpeó.
-Desde hoy vas a ser mi puta personal. Vas a chuparme la verga cuando yo quiera, vas a abrirte de piernas como una perra en celo y cada vez que te humille vas a darme las gracias como la zorra obediente que eres. ¿Entendido?
Con la voz rota y casi inaudible por la vergüenza, respondí.
-…Entendido.
Él sonrió satisfecho y me dio una bofetada ligera pero degradante en la mejilla.
-Buena perra. Ahora arrodíllate. Vamos a empezar tu primera lección.
Me arrodillé lentamente sobre la alfombra de la sala, completamente desnuda y temblando de vergüenza.
Diego se bajó los pantalones y los boxers sin prisa. Su verga joven, dura, venosa y bastante gruesa para su edad, quedó apuntando directamente a mi cara. Olía a sudor de chico y a excitación.
-Primero vas a darme besos, señora decente -ordenó con voz burlona-. Besos de puta enamorada. Empieza por la boca.
Pensé que si obedecía rápido quizás solo sería eso, un beso humillante y nada más. Me puse de rodillas, levanté la cara y le di un beso tímido en los labios. Diego no se conformó.
Me agarró fuerte de la nuca con una mano y me metió la lengua con agresividad, besándome como si me estuviera marcando. Su saliva invadió mi boca mientras gemía contra mis labios.Cuando se separó, tenía una sonrisa victoriosa.
-Buena zorra… Ahora el cuello.
Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó sobre mí y empezó a lamerme el cuello con lentitud. Su lengua caliente y húmeda recorrió mi piel desde la clavícula hasta debajo de la oreja. Me chupó con fuerza, dejando marcas rojas visibles. Luego me mordisqueó el lóbulo de la oreja.
-Mmm… me encanta mi nuevo juguete -murmuró contra mi piel, lamiéndome con posesión-. Una madura tetona y casada convertida en mi puta personal. Qué rico va a ser usarte.
-No soy tu juguete… -susurré con la poca dignidad que me quedaba, todavía arrodillada y con la cara ardiendo.
Diego soltó una carcajada baja y oscura. Me agarró del cabello con más fuerza y me obligó a mirarlo a los ojos.
-Claro que sí lo eres, puta vieja. Desde hoy eres mía. Mía para follarte cuando me dé la gana, para humillarte y para usarte como me plazca.
Pensé que con eso terminaría la humillación del día. Que me dejaría vestirme y se iría satisfecho con las fotos. Pero Diego se apartó un poco, todavía con la verga dura y palpitante frente a mi cara, y me miró desde arriba con esa sonrisa cruel.
-No hemos acabado, Laura. Esto recién empieza. Hoy te voy a usar entero. Y mañana… y pasado. Cada vez que esté caliente vendré a cobrarte, y tú vas a abrirte como la perra obediente que eres.
Tragué saliva con dificultad. El nudo en la garganta era enorme. Sentí cómo el terror se mezclaba con una vergüenza profunda y un calor traicionero que me recorría el cuerpo.
-Diego… por favor… -intenté suplicar una vez más.
Él solo se rio y me empujó la cabeza hacia su entrepierna.
-Cállate y abre la boca. Las putas no hablan, solo chupan. Y quiero que me la chupes como si te fuera la vida en ello.
Con lágrimas corriendo por mis mejillas, abrí la boca. Diego no esperó ni un segundo. Me agarró del cabello con las dos manos y empujó su verga gruesa y caliente entre mis labios. El sabor fuerte y salado de su miembro joven me invadió la boca inmediatamente.
-Así… bien profundo, puta vieja -gruñó, moviendo las caderas con fuerza-. Chúpala como la zorra hipócrita que eres. La misma señora respetable que me humilló delante de todos ahora tiene mi verga hasta el fondo de la garganta.
Intenté chupar como podía, pero él era brutal. Me empujaba la cabeza con violencia, follándome la boca sin piedad. Cada embestida profunda me provocaba arcadas fuertes. La saliva me corría por la barbilla y caía sobre mis pechos grandes. Diego gemía de placer mientras me insultaba.
-Joder… qué boca más caliente y usada tienes. Mira cómo babeas como una perra en celo. ¿Tu marido sabe que su mujercita es una mamadora experta? Claro que no… él cree que eres una santa.
Me sacó la verga un instante. Hilos espesos de saliva colgaban de mis labios hasta su miembro. Tosí y jadeé desesperada, pero él solo se rio y me dio una cachetada suave con su verga húmeda en la mejilla.
-Abre más la boca y saca la lengua. Quiero que me mires mientras te corro.
Obedecí, rota de vergüenza. Saqué la lengua y lo miré con los ojos llenos de lágrimas. Diego empezó a masturbarse rápido frente a mi cara, gruñendo como un animal.
-Buena puta… así, con la lengua afuera como la zorra obediente que eres.
De repente soltó un gemido fuerte y comenzó a correrse. El primer chorro caliente cayó directamente en mi lengua. Luego me pintó toda la cara: mejillas, nariz, labios y barbilla. Parte del semen espeso cayó sobre mis pechos. Me sentí completamente degradada.
-Traga -ordenó con voz ronca.
Tragué el semen que había caído en mi boca, con asco y humillación.
Diego respiraba agitado, pero aún no había terminado. Tomó el celular, apuntó a mi cara y me ordenó.
-Abre la boca y saca la lengua otra vez. Quiero una foto de trofeo.
Con el rostro cubierto de su semen, abrí la boca y saqué la lengua como una buena puta. El flash del celular me cegó mientras él tomaba varias fotos desde diferentes ángulos.
-Perfecta -dijo satisfecho, revisando las imágenes-. Ahora sí tienes cara de lo que realmente eres. Una madura respetable convertida en mi puta personal.
Me limpió la verga restregándola en mi mejilla y cabello, y luego se subió los pantalones.
-Esto solo es el principio, Laura. No te limpies la cara todavía. Quiero que sientas mi leche seca mientras esperas a tu familia. Y recuerda: cuando yo te llame o te mande mensaje, vienes corriendo. Porque ahora eres mía.
Diego se subió los pantalones, todavía con esa sonrisa satisfecha en la cara. Me miró una última vez, cubierta de su semen, arrodillada y destruida.
-Nos vemos pronto, puta. Y recuerda: ni una sola palabra a nadie. Si me obedeces, nadie se enterará de lo que eres.
Se dio la vuelta, abrió la puerta y se fue como si nada hubiera pasado.
Me quedé varios minutos en el suelo, incapaz de moverme. El semen comenzaba a secarse en mi cara y pechos. Cuando por fin logré levantarme, corrí al baño y me lavé llorando. Esa noche, cuando mi familia regresó, actué como si nada. Sonreí, preparé la cena y fingí ser la misma Laura de siempre.
Pero mi vida cambió para siempre desde ese día.
A partir de entonces, Diego tenía el control total. Cada vez que me mandaba un mensaje con una simple orden, yo obedecía por miedo a que filtrara las fotos y el video. Al principio eran cosas «pequeñas»: me pedía fotos de mis tetas en el baño de casa, fotos desnuda desde diferentes ángulos, videos cortos donde me masturbaba delante de la cámara o me ponía en poses explícitas abriendo las piernas y el culo. Cada foto o video que le enviaba era una humillación nueva.
También nos reunimos varias veces en lugares discretos (parques abandonados, su casa cuando sus padres no estaban). Allí me obligaba a dejar que me tocara. Me manoseaba los pechos con fuerza, los apretaba, los chupaba y me los mordía mientras me llamaba «vieja tetona». Me acariciaba el culo, metía los dedos entre mis nalgas y me tocaba el coño por encima de la ropa o directamente. Pero nunca llegaba a follarme. Era su forma de mantenerme en vilo, de recordarme que él decidía hasta dónde llegábamos.
Hasta que un día me mandó un mensaje claro: «Nos vemos mañana a las 7 pm en el Hotel Paraíso. Habitación 12. No llegues tarde.»
Inventé una excusa para mi familia (que iba a visitar a una amiga enferma) y fui al hotel barato de las afueras. Diego ya estaba allí. Cuando entré en la habitación, cerró la puerta con llave y me miró de arriba abajo con esa sonrisa posesiva que ya conocía demasiado bien. La habitación del hotel barato era pequeña, con una cama doble, cortinas viejas y olor a desinfectante.
El corazón me latía con fuerza.
-Quítate la ropa -ordenó con voz baja pero firme-. Pero hazlo lento. Quiero disfrutar la vista de mi puta madura.
Tragué saliva y empecé a desvestirme lentamente, tal como me pedía.
Primero me quité la blusa, dejando al descubierto mi sostén negro. Diego se sentó en el borde de la cama, comiéndome con la mirada.
-Despacio… eso es. Mira esas tetas grandes que tienes, cómo se mueven cuando te quitas la ropa. Se nota que son pesadas, maduras… perfectas para que las manosee un rato.
Me sonrojé intensamente. Bajé la cremallera de la falda y la dejé caer al suelo. Quedé en bragas y sostén. Diego se pasó la lengua por los labios.
-Joder, Laura… mírate. Caderas anchas, culo grande y ese coño que ya he visto en fotos pero que hoy voy a tener cerca. Sigue, quítate el sostén. Quiero ver esas tetas caídas y usadas que tanto me gustan.
Desabroché el sostén con manos temblorosas y lo dejé caer. Mis pechos grandes y pesados quedaron libres, con los pezones ya endurecidos por la vergüenza y el miedo. Diego soltó un gemido bajo de aprobación.
-Qué ricas se ven… tan grandes y suaves. Me encanta cómo cuelgan un poco, se nota que son tetas de mamá. Ven, acércate un poco más.
Di un paso hacia él, todavía con las bragas puestas. Diego extendió la mano y me apretó un pecho con fuerza, sopesándolo.
-Pesadas… perfectas. Ahora quítate las bragas. Lentamente. Quiero ver cómo se moja ese coño maduro mientras te desnudas para mi.
Con el rostro ardiendo, metí los pulgares en la cintura de las bragas y las bajé despacio por mis caderas. Cuando quedaron en el suelo, quedé completamente desnuda frente a él. Diego me miró con hambre, recorriendo mi cuerpo con la mirada: mis pechos, mi vientre suave, mi coño depilado y mis nalgas.
-Así… bien abierta. Mira nada más ese coño maduro. Hoy no va a ser como siempre, Laura. Hoy quiero algo más. Mucho más.
Me quedé mirándolo, todavía sentada en el borde de la cama con las piernas abiertas. El corazón me latía con fuerza.
-¿Qué… qué más quieres? -pregunté con voz temblorosa.
Diego sonrió con crueldad y se acercó más, quedando de pie entre mis piernas abiertas.
-Hoy te voy a follar, puta. Te voy a meter la verga hasta el fondo y te voy a usar como la zorra casada que eres. Y ni se te ocurra negarte o resistirte, porque si lo haces te irá mucho peor. Mandaré todo a tu marido y a tus hijos. ¿Entendido?
Tragué saliva y asentí con la cabeza, derrotada.
-Entendido…
-Buena perra. Ahora recuéstate en la cama y abre bien las piernas. Quiero ver ese coño maduro completamente expuesto.
Me recosté hacia atrás sobre la cama, temblando. Abrí las piernas lentamente, exponiendo mi coño. Diego se arrodilló entre ellas y se quedó mirando fijamente mi coño, comiéndomelo con los ojos.
-Joder… qué rico se ve -murmuró-. Tan rosadito y maduro. Se nota que ya ha parido, pero sigue siendo apetitoso.
Se inclinó hacia adelante y pasó su lengua lentamente por toda mi hendidura, de abajo hacia arriba.
Gemí involuntariamente cuando llegó a mi clítoris. Diego soltó una risa baja.
-¿Ya te mojas, puta? Mira cómo tiemblas. La señora que me humillaba ahora está abierta de piernas dejando que le coma el coño.
Empezó a lamerme con más intensidad. Su lengua recorría mi clítoris en círculos, luego bajaba y metía la punta dentro de mí. Me chupaba los labios externos y volvía a subir. Sus manos me agarraban con fuerza los muslos, manteniéndome bien abierta.
-Sabe rico tu coño de madura -gruñó contra mi sexo, lamiendo más rápido-. Tan jugoso… ¿Tu marido te come así? Seguro que no. Él no sabe que su esposa es una puta desesperada.
Gemí más fuerte cuando introdujo dos dedos dentro de mí mientras seguía chupando mi clítoris. Mi cuerpo me traicionaba; a pesar de la vergüenza y el miedo, estaba cada vez más mojada. Diego levantó la mirada y me miró a los ojos mientras me comía.
-Mírame, Laura. Mírame mientras te como el coño. Quiero que veas al «niño» que tanto despreciabas lamiéndote como una perra en celo.
Mis caderas se movían involuntariamente contra su boca. Diego aceleró los movimientos de su lengua y sus dedos, follándome con ellos sin piedad.
-Vas a correrte en mi boca, puta. Y cuando lo hagas, vas a decir mi nombre. ¿Entendido?
Solo pude gemir como respuesta, sintiendo que el orgasmo se acercaba a pesar de todo.
No pude resistir más. El placer traicionero me invadió de golpe. Mi cuerpo se tensó y un orgasmo intenso me recorrió entero. Gemí fuerte, casi gritando, mientras mi coño se contraía alrededor de sus dedos.
-Diego… ¡ahh… Diego! -gemí sin poder evitarlo.
Diego siguió lamiendo con avidez, recogiendo todos mis jugos. Bebió y chupó con placer, como si estuviera saboreando un premio. Cuando terminé de correrme, levantó la cara.
Tenía los labios y la barbilla brillantes con mis fluidos. Se pasó la lengua por los labios y sonrió satisfecho.
-Mmm… qué rico sabe tu coño cuando te corres, puta madura. Mira cómo me empapaste la cara. Eres una zorra más cachonda de lo que pensaba.
Me quedé jadeando en la cama, con las piernas temblando y la cara roja de vergüenza. Diego se levantó y empezó a quitarse la ropa lentamente, sin prisa. Se sacó la camiseta, dejando ver su torso flaco pero definido de adolescente. Luego se bajó los pantalones y los boxers. Su verga joven, dura, venosa y muy erecta quedó apuntando hacia mí.
-Mantén las piernas bien abiertas -ordenó con voz ronca-. No las cierres. Quiero verte el coño mientras me preparo para follarte.
Obedecí, manteniendo las piernas abiertas de par en par, expuesta y vulnerable. Diego se subió a la cama, se colocó entre mis muslos y se apoyó sobre mí en posición de misionero. Sentí la cabeza gruesa de su verga rozando mi entrada mojada.
-Aunque no quieras admitirlo, estás empapada -susurró cerca de mi oído-. Tu coño de madura ya está listo para que lo folle.
Aunque mi mente gritaba que no lo deseaba, mi cuerpo me traicionaba.
Cuando Diego frotó su verga contra mi clítoris, se me escapó un gemido involuntario. Él sonrió con malicia.
-Escucha cómo gimes… qué puta más cachonda eres.
Se colocó mejor, apoyando la punta gruesa de su verga en mi entrada.
Sentí cómo empujaba lentamente al principio, abriéndome centímetro a centímetro. Luego, sin avisar, Diego dio una fuerte embestida y me penetró de golpe hasta el fondo.
-Ahh… ¡joder! -gemí sin poder contenerme.
Empezó a follarme con fuerza, con embestidas profundas y rápidas en posición de misionero. Cada golpe hacía que mis pechos grandes se movieran violentamente. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo de mí llenaba la habitación.
Intenté contener los gemidos. Me tapé la boca con una mano, mordiéndome los dedos para no gritar. Pero era imposible. Cada embestida fuerte me arrancaba un gemido ahogado.
Diego se dio cuenta y sonrió con crueldad. Me agarró ambas muñecas con una sola mano y las sujetó con fuerza por encima de mi cabeza, contra la cama.
-No te tapes la boca, puta -gruñó sin dejar de follarme-. Si vas a gemir, que se escuche bien. No vas a guardar lo zorra que eres delante de mí. Quiero oír cómo gime la señora respetable mientras la estoy rompiendo.
Soltó mis manos y siguió embistiéndome con más fuerza. Mis gemidos salían sin control ahora, cada vez más altos.
-Así… eso es -jadeó, mirándome a los ojos mientras me follaba-. Gime como la perra en celo que eres. ¿Te gusta que te folle fuerte, Laura? Dilo.
No respondí. Solo gemía y jadeaba con cada embestida profunda. Diego aceleró el ritmo, golpeando contra mi coño con fuerza. El sonido de su pelvis chocando contra la mía era obsceno.
-Dilo, puta -insistió, sujetándome las caderas para penetrarme más profundo-. Dime que te gusta que un delincuente te esté follando como una cualquiera.
Entre gemidos y lágrimas de vergüenza, apenas pude balbucear.
-Me… me gusta… ahh… Diego…
Él soltó una risa triunfante y siguió follándome sin piedad, disfrutando cada gemido que me arrancaba.
Diego empezó a respirar más agitado. Sus embestidas se volvieron más rápidas y profundas, pero se notaba que ya estaba llegando al límite.
-Joder… me estoy cansando -gruñó-. Pero voy a terminar de la mejor manera posible.
Sin salir de mí, estiró el brazo, tomó su celular y empezó a grabar. La luz de la cámara me enfocó directamente la cara y los pechos. Siguió follándome con fuerza mientras su otra mano bajaba hasta mi clítoris y lo estimulaba con movimientos rápidos y precisos.
-Mira a la cámara, puta -ordenó jadeando-. Mira directamente a la cámara y muéstrale a todos cómo eres en realidad. Dilo mientras gimes. Dime qué eres.
Gemí fuerte, incapaz de contenerme. El placer era abrumador.
-Ahh… ahh… soy… soy tu puta… -gemí mirando a la cámara, con la voz entrecortada.
-Más fuerte. Dilo bien claro -exigió, embistiéndome con fuerza y frotando mi clítoris sin piedad.
-Soy tu puta… ¡ahhh! Soy una zorra madura… una hipócrita… ¡ahh… Diego!
Mis gemidos se volvieron casi gritos. Diego sonrió satisfecho, grabando cada expresión de mi cara, mis tetas rebotando y mi coño siendo follado.
-Así… buena perra. Muestra lo zorra que eres. Gime para la cámara.
El placer me dominó por completo. Mi cuerpo se tensó y tuve un orgasmo intenso mientras él seguía grabando y follándome.
-Ahhh… ¡me corro! ¡Diego! -grité sin poder evitarlo.
Diego gruñó fuerte, acelerando las embestidas. Siguió grabando todo.
-Voy a correrme… -avisó jadeando-. Abre más las piernas.
Con un último gemido ronco, Diego se enterró hasta el fondo y empezó a correrse dentro de mí. Sentí los chorros calientes llenándome. Él mantuvo el celular grabando todo: mi cara de placer y vergüenza, mis tetas, y cómo su verga palpitaba dentro de mí mientras se vaciaba.
Cuando terminó, sacó su verga lentamente y grabó también cómo su semen empezaba a salir de mi coño.
-Perfecto… -dijo respirando agitado, todavía grabando-. Ahora sí tienes un buen recuerdo de lo que eres.
Apagó la cámara, se dejó caer a mi lado un momento y luego se levantó.
-Límpiate un poco. Pero recuerda: estas fotos y videos son míos. Si me obedeces, nadie los verá. Si no… todo el mundo sabrá quién es la verdadera Laura.
Después de que Diego terminara de grabar, ambos nos vestimos en silencio. Me limpié lo mejor que pude en el pequeño baño del hotel. Tenía el cuerpo adolorido, el coño sensible y la cara aún sonrojada por la vergüenza.
Salimos del hotel bajo la misma excusa que habíamos acordado: éramos tía y sobrino pasando un rato juntos.
Caminábamos por la calle poco iluminada de regreso al barrio cuando, de repente, un hombre salió de un callejón oscuro.
-Dame todo lo que tengas, hija de puta -gruñó el ladrón, acercándose con una mirada peligrosa. Sus ojos se clavaron en mí, recorriendo mi cuerpo con claras intenciones sexuales-. Y tú, mamacita… ven aquí un rato. Vamos a divertirnos.
Diego se puso inmediatamente delante de mí, protegiéndome con su cuerpo.
-Aléjate de ella -dijo con voz fría y amenazante.El ladrón soltó una risa burlona.
-¿Qué vas a hacer, mocoso? ¿Crees que me das miedo?
Diego no dudó ni un segundo. Sacó una navaja retráctil del bolsillo, la abrió con un movimiento rápido y se lanzó hacia adelante. Apuñaló al ladrón en la parte alta de la pierna, cerca del muslo. El hombre gritó de dolor y cayó de rodillas, sujetándose la herida.
-¡Corre! -me gritó Diego.Agarró mi mano y ambos salimos corriendo por la calle. Corrimos varias cuadras hasta que estuvimos seguros de que nadie nos seguía. Nos detuvimos en una esquina oscura, jadeando.Me temblaban las piernas. Todavía con el corazón acelerado, miré a Diego.
-Gracias… -dije en voz baja-. Por protegerme. Fuiste muy valiente.
Diego guardó la navaja y me miró con esa expresión posesiva que ya conocía bien. Se acercó y me agarró de la cintura con fuerza.
-Es obvio que tenía que hacerlo -respondió con voz ronca-. Nadie toca lo que es mío. Ni ese hijo de puta, ni nadie. Tú eres mía, Laura. Solo mía.
Me apretó contra él y me besó con rudeza, metiendo la lengua en mi boca como si estuviera reafirmando su propiedad.
Cuando se separó, me miró a los ojos.
-Ahora vámonos a casa antes de que alguien nos vea. Y recuerda: esto no termina aquí. Mañana quiero más fotos… y pronto te volveré a follar.
Asentí en silencio, todavía agitada por todo lo que había pasado esa noche.
Llegué a casa pasadas las once de la noche. Carlos ya estaba dormido en nuestra cama. Me duché rápidamente, intentando borrar las huellas de lo que había pasado, pero era imposible.
Mi cuerpo todavía sentía las embestidas de Diego, y mi mente no dejaba de repetir cada palabra humillante y cada gemido que solté.Me puse el pijama y me acosté al lado de mi marido. Él dormía profundamente, ajeno a todo. Yo, en cambio, no podía dormir. Tomé el celular y abrí el chat con Diego.
Laura: Gracias por hoy… por lo del ladrón. Fuiste valiente. Tal vez me equivoqué contigo.
Diego: No hay de nada. Es obvio que tenía que protegerte. Nadie toca lo que es mío.
Sonreí ligeramente a pesar de todo. Unos minutos después llegó otro mensaje.
Diego: Mándame una foto de tus tetas ahora. Solo una.
Miré a Carlos, que dormía de espaldas a mí. Con cuidado, bajé un poco el pijama y tomé una foto rápida de mis pechos, enviándosela.
Diego: Buenas tetas, puta. Me encanta que obedezcas tan rápido.
Laura: No hay de nada… y sí, tal vez pensé mal de ti.
Diego: ¿Deseas algo más antes de dormir?
Dudé un momento, pero escribí:
Laura: Mándame una foto de tu verga.
Diego no tardó en responder. Me envió una foto clara de su miembro semierecto. Lo miré fijamente en la pantalla. Recordé cómo me había follado horas antes y sentí un calor traicionero entre las piernas.
«¿Cómo es posible que algo así me haya dado el mejor orgasmo de mi vida?», pensé avergonzada.
Seguimos chateando un rato más. Los mensajes ya no eran solo humillantes; había algo de cariño extraño mezclado. Me preguntaba cómo iba a ser mi vida de ahora en adelante.
Diego me decía que me extrañaría hasta el próximo encuentro, yo le respondía con cuidado, pero ya no con tanto rechazo.
Finalmente, le escribí:
Laura: Me voy a dormir. Mañana hablamos.
Diego: Descansa, mi puta. Mañana te quiero más fotos. Buenas noches.
Apagué el celular y me quedé mirando el techo. Mi vida había cambiado por completo. Ya no era solo la mujer respetable y moralista del vecindario. Ahora también era la puta secreta de un chico de 12 años.
Y lo peor… era que una parte de mí ya empezaba a aceptarlo.



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