mi historia de putita desde los 7
mi primera vez fue cuando me violo mi hermano ….
Mi historia empieza cuando tenía 7 años, una niña con curvas tempranas y un coño hambriento que apenas descubría el placer. Vivía con Neto, mi hermano mayor de 11. Mi mamá, ausente siempre, dejaba la casa en silencio para nosotros, aunque pronto descubriría que su ausencia no era tan inocente.
Neto se masturbaba a diario dejando la puerta entreabierta, casi como invitación. Su verga, gruesa y oscura, emergía entre sus dedos mientras gemía viendo videos de incesto real. Un día me sorprendió mirando desde el pasillo. En lugar de avergonzarse, sonrió perverso y me invitó a sentarme junto a él. El olor a semen impregnaba el cuarto. Me mostró sus videos favoritos: hermanos reales follando sin piedad, madres seduciendo a sus hijos, el semen goteando de los coños humedecidos.
La primera vez con Neto sucedió esa misma noche. Estaba desnuda en su cama, temblando de excitación y miedo. Neto se posicionó entre mis piernas abiertas. Su verga palpitante rozó mi entrada virgen antes de penetrarme lentamente, rompiendo mi resistencia con un gemido ronco. Me llenó completamente, su pubis golpeando mi clítoris con cada embestida. Sentí su aliento caliente en mi cuello mientras repetía «mi putita, mi hermanita puta», y cuando se vino dentro de mí sin advertencia, su semen caliente inundándome mientras yo contraía en mi primer orgasmo real.
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Gil apareció dos semanas después. Era alto, delgado, con una verga desproporcionadamente grande que colgaba pesada entre sus piernas. La primera vez que la vi erecta, pensé que no entraría en mi boca. Neto me obligó a arrodillarme, agarrando mi cabello para guiar mi cabeza. Gil gimeó ronco cuando mis labios rozaron su glande rosado, salivando para humedecer su enorme tronco. Me folló la garganta sin piedad, haciéndome lagrimear, hasta descargar un semen espeso y salado que tuve que tragar.
La doble penetración ocurrió un viernes por la noche. Mamá estaba en casa, escuchando música en su cuarto con auriculares, ajena a nuestra perversión. Estaba completamente desnuda sobre el sofá de la sala, mi coño ya mojado por los dedos de Neto. Él se acostó, ordenándome montarlo. Sentí su verga entrar en mi vagina mientras mi ano quedaba expuesto hacia arriba. Gil se posicionó entre mis piernas levantadas, lubricando mi ano con saliva y su propio semen precoz. La presión fue intensa, un dolor delicioso mientras su glande abría mi esfínter. Estuve llena, completamente llena, dos vergas gruesas moviéndose dentro de mí en ritmos opuestos. Neto chupaba mis pequeñis pezones erectos, mordiéndolos, mientras Gil me agarraba las nalguitas y embestía con fuerza. Podía sentirlas frotarse a través de la pared delgada que las separaba. Gemí sin control, una mezcla de súplica y exigencia, hasta que ambos se vinieron simultáneamente, inundándome por ambos agujeros mientras yo contraía en un orgasmo violento que me dejó temblando y goteando su semen mezclado.
Fue entonces, esa misma noche de la doble penetración, cuando todo cambió. Desperté sedienta en la madrugada y caminé descalza hacia la cocina. Escuché gemidos ahogados proveniendo del cuarto de mamá. La puerta estaba entreabierta y la luz de la luna iluminaba una escena que me paralizó: mamá, de 42 años, estaba de rodillas frente a Neto, su boca envolviendo la misma verga que me había penetrado horas antes junto a Gil. Neto agarraba su cabello canoso, embistiendo su garganta con fuerza, mientras mamá gemía como una puta en celo. Su camisón levantado dejaba ver su coño maduro y peludo, húmedo, mientras ella se tocaba sola. Neto la miraba con desprecio y lujuria, llamándola «puta madre» mientras descargaba su semen en su boca. Mamá lo tragó toda, limpiando su glande con la lengua, y cuando levantó la vista me vio en la puerta. Ninguno de los dos se sorprendió. Mamá simplemente sonrió, el semen de su hijo goteando de su barbilla, y me invitó a entrar con un gesto.
Esa misma noche, en presencia de mamá, Neto me tomó de nuevo. Estaba desnuda en su cama, temblando de excitación renovada. Mamá se sentó en la esquina observando, su mano entre sus piernas, mientras Neto se posicionaba entre mis piernas abiertas. Su verga palpitante entró en mi coño ya usado, moviéndose con fuerza mientras mamá gemía viéndonos, instruyendo a Neto: «fóllala fuerte, hijo, enséñale quién manda». Cuando se vino dentro de mí, mamá alcanzó su propio orgasmo en la esquina.
La escena con mamá presente fue el clímax de nuestra familia disfuncional, ocurriendo días después de mi descubrimiento. Era una tarde de domingo, mamá sentada en su sillón leyendo, completamente ajena o fingiendo estarlo. Yo llevaba una falda corta sin bragas, recostada en el sofá con una manta hasta la cintura. Neto se sentó a sus pies, no a los míos. Vi cómo mamá abría disimuladamente las piernas, dejando que Neto metiera la mano bajo su falda. Ella seguía leyendo con normalidad mientras su hijo la penetraba con los dedos. Luego Neto vino a mí, y bajo la misma manta me penetró lentamente, moviéndose en pequeños empujones imperceptibles para cualquier observador externo pero profundos para mí. Mamá levantó la vista, sonrió perversamente, y siguió leyendo sabiendo que su hijo estaba follando a su hija a metros de distancia. Cuando Neto se vino dentro de mí, mamá cerró su libro y se acercó, besándome con lengua, saboreando el semen de su hijo en mis labios.
Me mudé a los 12 años, harta de Neto pero con un apetito sexual insaciable. Vivía en casa de mi hermana, pero su esposo se fue al extranjero y ella trabajaba dobles turnos. Tenía el departamento para mí sola, y decidí usarlo.
Contacté a cuatro compañeros de secundaria: el gordo Mario con su verga pequeña pero siempre erecta, el flaco Tomás con manos temblorosas, el bajito Luis con su fetiche por los pies, y el tímido Pedro que nunca había tocado a una mujer. Los invité un sábado bajo la excusa de estudiar. Cuando abrí la puerta con una bata corta y nada debajo, supe que controlaba todo.
Los hice sentar en círculo en mi cama. Lentamente me desvestí, dejando que mi ropa cayera sobre sus piernas. Bailé para ellos, abriéndome para mostrarles mi coño húmedo y mi ano contraído. Sus vergas marcaban tensas en sus pantalones, sus bocas abiertas, sus manos temblando. Yo decidía quién tocaba qué.
Ordené a Mario que se acostara. Me monté sobre su verga pequeña pero dura como roca, cabalgándolo mientras miraba a los otros tres. Les exigí que se masturbaran viéndonos. Tomás gimió y se vino casi inmediatamente en sus propias manos. Lo obligué a limpiarlo con la lengua mientras yo seguía montando a Mario.
Luego elegí a Pedro, el virgen. Le ordené que me lamiera el coño, guiando su cabeza con mis manos, frotando mi clítoris contra su nariz hasta que me vine en su boca inexperta. Su semen explotó sin que yo lo tocara, humillándose ante los otros.
Finalmente, puse a Luis de espaldas y me senté en su cara, haciéndolo lamer mi ano mientras Tomás, ya recuperado, me penetraba por detrás. Yo dirigía el ritmo con mis caderas, ordenando «más rápido» o «más lento», cambiando posiciones cuando quería. Los hice acabar uno por uno, en mi boca, en mis pechos, en mi espalda. Me corrí tres veces esa tarde, siempre al mando, siendo su diosa y su puta simultáneamente. Cuando terminaron, exhaustos y temblando, les ordené vestirse e irse. Me quedé sola en mi cama, cubierta de su semen mezclado, sonriendo de poder.

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