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Bisexual, Dominación Mujeres, Incestos en Familia

Mi vida como femboy (parte 3)

En esta parte debo lidiar con mi mamá que me encontró chupandole la verga a mi mejor amigo.

Después de que Mati se fue por la puerta de atrás, me quedé solo.

Sabía que mamá nos había visto. Me encerré en mi pieza y le di vuelta a la llave. El corazón me latía fuerte.

Tenía mucha vergüenza… y también miedo. No sabía cómo iba a reaccionar. Si me iba a gritar, si me iba a prohibir ver a mis amigos, si me iba a castigar, si iba a mirarme con asco de ahora en más. No tenía idea. Solo sabía que tenía miedo.

Estaba hecho un desastre. Transpirado, con restos de semen mío y de Mati pegoteados en el pecho, en el cuello y todavía un poco en la cara. Me senté en el borde de la cama con la cabeza entre las manos.

Al rato escuché voces y el ruido de la puerta de entrada. Mamá y mi hermana se estaban yendo otra vez. Poco después me llegó un mensaje de mamá:

«Vamos a comprar para la cena. Después hablamos.»

Lejos de tranquilizarme, eso me puso todavía más nervioso. “Después hablamos” sonaba pesado.

Aproveché que la casa estaba vacía. Salí de la pieza y fui directo al baño. Antes de meterme a la ducha no pude evitarlo: todavía tenía restos de su leche y de la mía sobre la piel. Me los saqué con los dedos, me los llevé a la boca y me los tomé todos. Me encantaba el sabor. El de él especialmente. Después sí me duché bien, con agua caliente, frotándome hasta que no quedó ni rastro. Me lavé los dientes dos veces.

Me puse ropa limpia: un short rojo y blanco un poco corto y otro remerón amplio, gris esta vez. Me miré al espejo. Parecía normal… por fuera.

Antes de que volvieran le mandé un mensaje a Lau:

«Che, al final no voy a poder hoy. Después te cuento por qué. Capaz estoy medio castigado.»

No le iba a contar lo de Mati, obvio. A Mati no le escribí nada. Tenía miedo de que estuviera enojado, arrepentido o raro. Eso lo iba a lidiar después.

Pasó un rato. Escuché el auto. Me asomé por la ventana de mi pieza y las vi entrar.

Escuché la puerta y los pasos en el living. Después la voz de mamá, no enojada, pero fuerte para que la escuchara:

—¡Agus! ¡Bajá un segundo!

Respiré hondo. El estómago se me hizo un nudo. Me sequé las manos sudorosas en el short, le di vuelta a la llave y abrí la puerta de mi pieza.

Bajé las escaleras despacio. Mis pies descalzos tocaban cada escalón con cuidado, como si haciendo ruido fuera a empeorar todo. Cuando llegué al final las vi paradas en la entrada.

Mamá traía unas calzas azules bastante ajustadas hasta las rodillas, zapatillas y una musculosa negra ceñida que se le pegaba al cuerpo. No tenía cara de enojo. Más bien de preocupación, aunque intentaba disimularla un poco. Al lado estaba mi hermana, con un shortcito de jean bastante cortito, una musculosa de Hello Kitty y ojotas. Como siempre, en su mundo de inocencia, sin darse cuenta de casi nada a sus tiernos 9 años.

Me vio, me sonrió con esa cara tan parecida a la de mamá y corrió a abrazarme. La sentí apretarme fuerte. No pude evitar que me cruzara por la cabeza el recuerdo de hace unas horas… cuando había olido su bombachita en el cesto de la ropa sucia. Despejé el pensamiento al toque y la saludé como siempre, con una sonrisa forzada.

Después miré a mamá.

—Hola, ma.—Hola, mi amor

—contestó ella, con esa voz dulce, aunque se le notaba tensa—. Vamos a comer pizza, ¿sí?

—Está bien.

Fuimos a la mesa. Comimos en un silencio raro. Ella no dejaba de mirarme de reojo cada tanto, pero claramente no quería hablar ni demostrar lo que sentía delante de mi hermana. Yo apenas podía tragar. La pizza me sabía a nada.

Cuando terminamos, mamá se dirigió a mi hermana con tono normal:

—¿Querés ir a ver la tele un rato, mi vida?Ella aceptó con mucho gusto, se levantó rápido y se fue al living con el control en la mano, tarareando algo. En cuanto desapareció, mamá me miró fijo. La expresión se le volvió un poco más seria, aunque no enojada.

—Hijo… ¿podemos subir a hablar a tu pieza?Asentí, con el corazón otra vez a mil.

—Sí.

Nos levantamos los dos. Ella caminó delante de mí hacia las escaleras. Yo la seguí en silencio, mirando cómo se le marcaba el culo en las calzas azules mientras subíamos, y sintiendo que esta conversación iba a cambiar todo.

Subimos las escaleras. Yo pensé que íbamos a mi pieza, pero terminé siguiéndola hasta la de ella. En mi cabeza se me cruzó que tal vez mi cuarto le recordaba demasiado lo que había visto y por eso prefería el suyo… o quizás simplemente quería hablar en su terreno. No sabía.

Entramos a su pieza. Ella cerró la puerta con suavidad y se sentó en el borde de la cama. Me hizo un gesto para que me sentara también. Me dejé caer a su lado, con las manos juntas entre las piernas, el corazón latiéndome fuerte.

Me miró directo a los ojos. La voz le salió calmada, dulce, pero firme.

—Mirá, antes que nada… no estoy enojada. No te voy a retar ni castigar. Pero quiero hablar de lo que pasó. De lo que vi.

Tragué saliva. Ella siguió, sin rodeos:

—Te vi con Matías. Y sé que vos me viste a mí parada en la puerta.

Me miró unos segundos en silencio, como buscando las palabras. Después respiró hondo y habló, con esa voz dulce pero claramente preocupada:

—Agus… necesito que me digas la verdad. ¿Sos gay?Sentí que se me apretaba el pecho.

Bajé un poco la mirada, pero ella siguió:

—Porque lo que vi… vos de rodillas, con la boca… con Matías. No sé cómo interpretarlo de otra forma. Y mirá, no estoy enojada, de verdad. Tampoco me molesta que uses polleras o que te maquilles o que te guste sentirte más femenino. Sé que es algo que estás explorando, una fase capaz… está bien. No te lo voy a prohibir.

Hizo una pausa. Se le notaba que le costaba seguir.

—Pero… me gustaría que tuvieras una novia. Que te gusten las mujeres. Que algún día formes una familia, que tengas hijos, que… no sé. No quiero un hijo gay, Agus. No porque te vaya a querer menos, jamás. Sino porque me da miedo. Miedo de que la vida te sea más difícil, de que sufras, de que no puedas tener lo que yo siempre soñé para vos. Sé que suena egoísta, y capaz lo es… pero es lo que siento.

Se le humedecieron un poco los ojos. Se pasó el dorso de la mano por la mejilla y me miró de nuevo, más suave.

—Entonces te pido que seas sincero conmigo. ¿De verdad te gustan los hombres? ¿O también te gustan las mujeres? Porque lo que vi hoy… me dejó muy confundida. Y un poco asustada.

Vi sus ojos brillosos y se me pusieron lagrimosos también. Ella levantó una mano y me acarició la mejilla con esa ternura tan maternal que siempre tuvo. Ese gesto me despertó un montón de amor… y también un poco de excitación que intenté ignorar.

—No soy gay, ma —le dije con la voz un poco entrecortada—. Soy bisexual… o todavía lo estoy descubriendo del todo. Estoy experimentando. Pero las mujeres me gustan, eso seguro.

Ella me miró con duda. Se notaba que pensaba que se lo decía solo para aliviarla.—Es verdad —insistí—. Nunca tuve novia ni ninguna experiencia con chicas, pero me gustan. Me producen cosas.

Me puse colorado hasta las orejas. Nunca habíamos hablado mucho de sexo; solo lo básico cuando era más chico.

Mamá tragó saliva, todavía un poco sobresaltada.

—Te vi… haciéndole sexo oral a tu mejor amigo.

Asentí en silencio.

—¿Es tu novio en secreto?

—No. Es la primera vez que pasa algo así entre nosotros.

Ahí se le quebraron del todo las defensas. Se le escaparon un par de lágrimas y me abrazó fuerte, apretándome contra su pecho.

—Perdoname, mi amor… yo no soy así. Fue el shock de lo que vi. Si sos gay, o bisexual, o lo que sea… te voy a aceptar y te voy a amar igual. No tengas miedo de decírmelo nunca, ¿sí?La abracé también.

—Gracias, mamá.

Nos separamos un poco. Ella se secó las lágrimas y hasta soltó una risita suave, más calmada.

—Entonces… ¿lo de hoy fue tu primera vez?Con vergüenza bajé la mirada.—Sí.—¿Y cómo sabés que te gustan las mujeres si solo probaste con un hombre?

—Simplemente lo sé. Miro mujeres y me gustan. Me pasan cosas.

Ella dudó un segundo, un poco avergonzada también.—¿Te… te excitan? ¿O te masturbás pensando en mujeres?Asentí, todavía rojo.

—Sí. Me gustan. Miro en internet… o pienso en compañeras del colegio. En Lau también.

Se rio bajito.—Así que te gustan tus dos amigos.

Me puse todavía más colorado.—Supongo que sí.—¿Y con Lau llegó a pasar algo?—No. Con ninguna chica, como te dije antes.

Respiré hondo. El ambiente estaba tan cargado que las palabras se me escaparon casi solas:—Aunque… si bien me gusta Lau y algunas compañeras… prefiero mujeres más grandes. Como vos.

Se quedó completamente callada. Me miró fijo.

—¿Como yo?

El silencio se estiró varios segundos. Yo sentía el corazón latiéndome en las sienes. Ella bajó un poco la mirada, como dudando, y después volvió a hablar, más bajo:

—Hay algo que quiero preguntarte… hace mucho.

Ella me miró fijo, con una mezcla rara de seriedad y curiosidad, y soltó la pregunta de una:

—¿Vos te masturbás con mis bombachas?

Me quedé callado. Completamente nervioso. No sabía qué decir. La boca se me secó.

—Decime la verdad, Agus. No me voy a enojar —insistió con suavidad—. Hay semen en las bombachas sucias… y sé que estuviste hurgando en mis cosas.

La forma en que dijo “mis cosas” fue clara. No nombró el dildo, pero los dos sabíamos a qué se refería. Se le notaba un poco de vergüenza al insinuarlo.

Tragué saliva. Todavía dudaba cuánto confesar.

—Está bien… fui yo —admití al fin, en voz baja.

Ella asintió despacio, sin enojo. Más bien con una curiosidad intensa.—¿Por qué lo hacés?

Me encogí un poco de hombros, rojo hasta las orejas. No contesté de inmediato.

Ella inclinó la cabeza, mirándome con más fijación.—¿Te excitan las bombachas… o te excito yo?

El silencio se estiró. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.—Las dos… —respondí finalmente, muy nervioso—. Un poco las dos.

Levantó apenas una ceja. Se quedó procesando eso un momento.—¿Entonces te masturbás pensando en mí?

Asentí, casi imperceptiblemente. Ya no había forma de dar marcha atrás.

—Sí… Incluso mi primera paja fue por vos.

Ella se quedó completamente quieta. La expresión se le llenó de sorpresa, después de curiosidad… y algo más. Se le escapó un brillo raro en los ojos, como si eso le hubiera halagado de una forma inesperada. Incluso se le coloreó un poco el cuello. Parecía un poco excitada también, aunque intentaba disimularlo.

Se mordió el labio inferior y se acomodó mejor en la cama, girando el cuerpo hacia mí, claramente interesada en indagar más.

—Contame… —dijo con la voz un poco más baja, casi íntima—. ¿Cómo fue eso?

Ella se quedó mirándome en silencio un largo rato, procesando todo. Después soltó un suspiro y habló, todavía con esa mezcla de sorpresa y algo más oscuro en la mirada:

—Ya me parecía que no eras gay… porque encontraba tu semen en las bombachas. O porque a veces me mirabas el cuerpo cuando pensabas que no me daba cuenta. Incluso te vi mirándole la cola a tu hermanita un par de veces. Supuse que solo estabas explorando, o confundido… o que lo hacías para despistar, porque en secreto eras gay.

Me dejó shockeado que ella hubiera notado tantas cosas. Me quedé sin palabras un segundo.

Ella inclinó un poco la cabeza, la voz más baja, casi incrédula:—Entonces… ¿te tocás pensando en mí?Tragué saliva. Ya no tenía sentido esconder nada.

—Sí… lo hago desde siempre. Porque me parecés una mujer muy atractiva, con un cuerpo muy sexy. Y porque te amo tanto como madre… que eso me excita todavía más.

Se le escapó una respiración entrecortada. Se quedó mirándome fijamente, procesando mis palabras. Después asintió despacio y, para mi sorpresa, hasta se le escapó una media sonrisa nerviosa.

—Entiendo… —dijo suavemente—. Y no estoy horrorizada ni nada por el estilo. Es normal a tu edad. Muchos chicos deben excitarse con sus madres… o con sus hermanas.

Ella se acomodó un poco más cerca en la cama y habló con tono calmado, casi maternal otra vez:—Quiero que de ahora en más podamos hablar más de estas cosas, Agus. No hay que avergonzarse del sexo… es lo más normal del mundo. Y respecto a Matías… puede volver a casa cuando quieran. Pueden seguir juntándose. Incluso si quieren tener sexo, no me molesta… siempre y cuando lo hagan en tu habitación y que no los vea tu hermana.Me puse un poco colorado.—Está bien… pero igual no sé si lo volvería a hacer con Mati. Fue algo que pasó, pero somos amigos y nada más. Capaz no vuelve a suceder.Ella asintió.—Está bien. Pero lo mismo aplica para cualquier persona… chico o chica con quien quieras estar.Sonreí nervioso.—Bueno… aunque me gustaría estar con una chica, lo veo difícil —dije entre risas suaves.—¿Por qué? Seguro a muchas chicas les gustás.—No… las chicas no me dan bola. Piensan que soy gay. Y además soy tímido.

Mamá me miró con ternura.—Pero si sos lindo y muy simpático. Seguro si querés conseguís novia.

Me encogí de hombros.

—A pesar de ser tímido… a las chicas no les gustan los femboys. Piensan que soy gay.

Ella pensó un segundo y después soltó una risita.—Es verdad que existe ese prejuicio… pero seguro a muchas chicas les gustan los hombres femeninos. Les parece sexy —dijo entre risas.

Me puse rojo al instante. Ella siguió, todavía sonriendo:—Es verdad. Si yo tuviera tu edad y fuera tu compañera… saldría con vos. Las polleras te quedan sexy, jaja.

El sonrojo se me subió hasta las orejas. Ella me miró de arriba abajo y agregó, señalando con la mirada:—Mirá ahora… ese short te queda muy sexy. Tenés unas lindas piernas para mostrar… y se te marca bastante ahí.

Sus ojos se posaron claramente en el bulto semi erecto que se me notaba bajo el short rojo y blanco.—Mamá… —dije, avergonzado.

Ella soltó una risita suave, sin apartar la vista.—Bueno, pero es que se ve grande. Hoy no lo vi muy bien, pero lo tenías afuera con Matías y se veía grande… saliste como tu papá, jaja.

Cada vez más colorado, balbuceé:—No es tan grande…—Se ve bastante grande —insistió ella.—Es porque está parado… —contesté sin pensar, y al instante me arrepentí de haberlo dicho.

Ella hizo una expresión sorprendida y curiosa al mismo tiempo.—¿Por qué está parado?Tragué saliva.—Por la charla que estamos teniendo… igual no está parado del todo.

Se le escapó una sonrisa pícara.—Ah, ¿sí? ¿Te excita la charla entonces? Jaja.

Ella me miró con una media sonrisa y preguntó, casi en un susurro:

—¿Es la charla… o soy yo la que te la puso así?

Aparté un poco la mirada, nervioso.—Las dos…

Se rio bajito y nos quedamos en silencio un momento. Después ella lo rompió:

—Mirá… yo también soy una persona sexual. Yo también me excito y todas esas cosas. Tengo sexo cuando puedo, claro… no tan seguido como me gustaría —dijo entre risas—. Es normal en la vida adulta. Así que de verdad podemos hablar de esto.

Asentí.

—Bueno… ¿y tenés sexo muy seguido?Ella soltó una carcajada suave.—Ah, ok, fuiste al grano, jaja.

—Perdón…

—No hay problema. Te respondo lo que quieras. Cuando tu papá vivía teníamos mucho sexo. Después me costó conseguir pareja… o sexo ocasional. Fueron muy pocas veces. Prefiero masturbarme, pero cuando puedo tener sexo, lo hago.

Tragué saliva.—¿Y te masturbás seguido?—Todas las noches. Como vos, seguramente… jaja. O miento.

Me puse rojo.—Sí… todos los días. Incluso varias veces al día.

Ella se rio.—Jaja, me lo imagino. A tu edad podés varias veces. Seguro con Matías eyaculaste y ya estás listo otra vez.

No dije nada. Ella bajó la mirada hacia mi short y señaló con la cabeza.—Mirá cómo la tenés… jaja. De parada.

Era verdad. A esa altura ya estaba durísima, marcándose fuerte contra la tela.

—¿Y mirás porno? —pregunté.

—Sí, obvio. Me encanta el porno. Miro siempre.

—¿Qué mirás?

—De todo tipo. Hetero, lésbico, bi… incluso gay.

Me reí, sorprendido.—¿Miras porno gay?—Obvio. Me calienta mucho. Mirá, te confieso algo… así te sentís menos culpable de las cosas que confesaste hoy. Cuando te vi con Matías me generó muchas cosas… pero también me excitó bastante.

Me quedé mirándola con los ojos muy abiertos.—¿En serio?—Sí… verte ahí arrodillado frente a él… fue fuerte. Y lo que estabas haciendo… uff.

—¿Qué te gustó? Decime todo, con detalles. No tengas miedo de decir palabras fuertes —le dije entre risas nerviosas.

Ella se abanicó un poco en chiste, como si de repente tuviera calor, y habló con un dejo de vergüenza:

—Bueno… verte ahí arrodillado, chupándosela… y tomando su semen… me excitó demasiado. Además sus cuerpos, los dos jóvenes, con esos cuerpos que tienen… los abdominales de Matías, tu cola… y bueno, el pito de Matías era enorme. El tuyo no lo vi bien, qué lástima

—agregó riéndose.

Yo ya estaba muy caliente.—¿Te gustó lo que viste?—Sí, obvio. Además te digo algo… el hecho de que seas mi hijo, el que estaba ahí, y sus edades… me gustó aún más, jaja. Está mal lo que te estoy diciendo. Perdón, no debí decir nada.

Se levantó de golpe, como arrepentida.

—No, mamá, no te preocupes. No dijiste nada malo. Te prometo que queda entre nosotros.

Nos quedamos en silencio un rato. El aire estaba pesado. Entonces reuní valor y pregunté, con la voz un poco ronca:

—¿Querés verla?Ella me miró confusa.

—¿Qué?

—Mi pija… o pito, como quieras decirle. Dijiste que lamentablemente no lo viste bien. ¿Te gustaría?

Miró hacia la puerta cerrada, dudando.

—No sé… no debería. No está bien que lo haga…Antes de que pudiera decir algo más me bajé el short de un tirón. Mi pija salió disparada como un resorte, dura, palpitante, ya brillante en la punta.

Ella abrió los ojos súper grandes y se mordió el labio en silencio.

Empecé a subir y bajar lentamente la piel, masturbándome despacio frente a ella. Ya no me importaba nada. Estaba demasiado caliente… y sabía que ella también.—¿Te molesta si me toco?Movió la cabeza diciendo que no, sin apartar la vista de mi verga.

Entonces empecé a mirarla de arriba abajo mientras me pajeaba. Mis ojos recorrieron primero sus hermosos pies descalzos, subieron por sus piernas firmes, se detuvieron en cómo la calza le marcaba la concha, después en su abdomen, en sus tetas apretadas por la musculosa negra… y terminé en su cara hermosa. La miré directo a los ojos, completamente enamorado de esa mujer. La mujer que me dio la vida, ahí parada, mirándome masturbarme… sabiendo que yo daría todo por cojérmela.

Ella no dejaba de mirar mi verga. Seguía con los ojos fijos en cómo subía y bajaba mi mano cada vez más rápido. Lejos de enojarse o espantarse, solo miraba. Se mordía el labio inferior con fuerza, pero se quedó ahí parada, sin apartarse ni un centímetro.

—Mamá… mirá lo que hago por vos. Lo que me provocás… —le dije con la voz entrecortada, masturbándome más fuerte—. Este es el amor que tengo por vos. Pero si querés que pare, decilo.

Ella pareció salir del shock. Parpadeó y habló, casi susurrando:—Esperá…Paré en seco, con la pija latíéndome en el aire, roja y brillante.

—Así no te vas a lastimar —dijo, mirando cómo me la había estado jalando tan fuerte y rápido—. Tenés que mojarla un poco.

Me escupí la mano y empecé a lubricarme la pija yo mismo… pero ella se acercó. Me acarició la cabeza con ternura y me la apoyó contra sus tetas, como abrazándome. Paré otra vez por instinto, pero ella habló al oído, bajito:

—No pares… seguí.

Me abrazó la cabeza contra su pecho mientras yo volvía a masturbarme. De pronto, sin medir palabras, se arrodilló frente a mí. Me agarró la mano, se la llevó a la boca y me la besó. Después inclinó la cabeza, abrió la boca y escupió abundante saliva espesa justo sobre el glande. La vi caer lenta por el tronco hasta llegar a mis huevos.

Por dentro no lo podía creer. Era exactamente lo que había soñado tantas veces… hecho realidad.

Mi mamá agarró mi pija con su mano suave y me miró desde abajo.

—Hijo… ¿esto es lo que querés?

—Sí… —respondí, temblando—. ¿Y vos, mamá?No me respondió con palabras. Simplemente empezó a masturbarme, suave y delicadamente al principio, esparciendo su saliva por toda la longitud. La miraba mientras lo hacía… hasta que levantó la vista y me clavó los ojos.

—Te amo, hijo —dijo con voz ronca, cargada de emoción—. Y si esto es lo que querés… yo te lo voy a dar.

Empezó a masturbarme más rápido, sin apartar los ojos de los míos. Tenía los ojos brillosos, casi llorosos, y aun así me sonrió con ternura.

—Mi deber es hacerte feliz, hijo…La miré emocionado, con el pecho apretado.

—No lo hagas solo por mí, mamá. Si vos no querés, no estás obligada. No quiero hacerte hacer algo de lo que después te arrepientas.

Ella negó suavemente con la cabeza y me sonrió más.—No te preocupes. También lo hago por mí. Yo también disfruto.

Me guiñó un ojo… y de inmediato bajó la boca. Pasó la lengua bien lento por mi glande. Me estremecí como nunca antes y se me escapó un gemido profundo.

—Me encanta que lo disfrutes… —susurró contra la punta.

Y entonces me dio la primera chupada de pija de mi vida. Era la primera… y me la estaba dando mi mamá. Se sentía increíble. Lo hacía como una actriz porno:

profunda, babosa, experta. Jamás imaginé que lo hiciera tan bien. Mientras me chupaba, su lengua me recorría toda la longitud, me masajeaba los huevos, se los metía en la boca uno por uno exactamente como solo había visto en el porno. Supongo que tenía experiencia… había chupado muchas en su vida.

—¿Te gusta, mi amor? ¿Está rico? —me preguntaba entre chupada y chupada.Yo apenas podía hablar del placer.

—Sí… mamá… sí…En un momento vi cómo bajaba una mano y empezaba a tocarse la concha por encima de la calza.

Reuní valor:

—¿Me dejás tocarte las tetas?

—Sí…Se sacó la musculosa de un tirón. Quedaron libres esas tetas grandes, pesadas y hermosas, con los pezones ya duros. Las agarré con las dos manos mientras ella volvía a masturbarme solo con las manos.

—¿Querés chuparlas? —preguntó con voz ronca.

—Sí… por favor.—Acostate. Tengo una idea que te va a gustar.

Me acosté de espaldas. Ella se acostó al lado mío, un poco más arriba, de forma que sus tetas quedaran justo a la altura de mi boca. Apenas las tuve cerca las ataqué con ganas, chupando, succionando, mordisqueando los pezones. Ella sabía exactamente lo que hacía.

—Así, mi hijo… tomá la teta como cuando eras bebé y te daba la leche… chupá, mi bebé…Esa frase me puso a mil. Sabía perfectamente lo que despertaba en mí. Empezó a pajearme de nuevo con firmeza mientras yo le succionaba el pecho como un desesperado.

No aguanté más. Empecé a acabar como nunca antes en mi vida.

Nunca me había salido tanta leche. Chorros densos y calientes salieron sin control.

—Así, hijo… así… ahora vos me das la leche a mí —dijo entre risas suaves y excitadas.

Acabé por todo su cuerpo: sus tetas, su abdomen marcado, hasta chorrearle la calza. Su mano quedó llena. Se la llevó a la boca, lamió un poco y después me ofreció los dedos.—Está rica… probá.

Lamí sus dedos sin dudar.—Así, mi hijo… ¿te gustó?—Sí, mamá… pero… ¿qué hacemos ahora?

—No te preocupes, hijo. Vení.

Me atrajo contra ella. Me acomodó la cabeza sobre su pecho, todavía pegajoso de mi semen, y empezó a acariciarme el pelo con ternura mientras nos quedábamos acostados juntos sobre varios charcos de mi leche.

Espero hayan disfrutado esta parte del relato y el anterior también. No duden en comentar que les pareció y si quieren hablar conmigo pueden hacerlo por Telegram.

Mi Tl es: @Laxtare

3 Lecturas/28 agosto, 2026/0 Comentarios/por goonerx
Etiquetas: amigos, bisexual, colegio, gay, hermana, hermanita, madre, sexo
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