Mi vida como femboy (parte 4)
En eta parte luego de que mi mamá me hicera acabar debemos voler rapido con mi hermana para que no sospeche y nos decubra.
Nos quedamos abrazados varios minutos en silencio. El semen ya se había secado sobre nuestras pieles, pegajoso y blanco.
Estábamos los dos transpirados, con ese olor fuerte a sexo impregnándolo todo.
Mamá me acariciaba el pelo despacio y finalmente habló, con la voz suave pero cargada de emoción:
—Me gustó tanto, mi amor… y te amo tanto.
Le apreté más el cuerpo contra el mío.
—Yo también te amo, mamá… y quiero volver a hacerlo.
Ella sonrió contra mi cabeza.
—A mí también me gustaría volver a hacerlo… pero esto nunca se lo contamos a nadie. ¿Entendido?
—Sí… lo soñé tanto tiempo que todavía no puedo creer que sea real.
Hubo una pausa. Ella respiró hondo y confesó, casi en un susurro:
—Yo también fantaseé con esto.
Me separé un poco para mirarla a la cara, sorprendido.
—¿En serio?
—Sí… muchas veces. Durante varios años. No estoy orgullosa, pero soy una pervertida… y se ve que saliste igual —terminó riéndose bajito.
La miré a los ojos, completamente enamorado.
—Amo que seas una pervertida entonces, mamá…Y ahí nos besamos.
Empezó maternal: un roce suave, tierno, de labios cerrados, como si me estuviera consolando. Pero en segundos se transformó. Abrí la boca y ella también. Nuestras lenguas se encontraron, húmedas y calientes, explorándose con hambre. El beso se volvió profundo, sexy, sucio… de esos que te dejan sin aire. Me agarró de la nuca y yo le apreté la cintura, chupándole el labio inferior mientras gemía contra su boca.
Cuando nos separamos, los dos respirábamos agitados. Ella me miró con los labios hinchados y dijo, todavía jadeando un poco:
—Esperá… lo estoy disfrutando muchísimo, pero deberíamos levantarnos ya. Tu hermana quedó abajo mirando la tele y puede subir en cualquier momento.
—Tenés razón… deberíamos cambiarnos.
—Sí. Vamos a la ducha, así nos quitamos el olor a semen.
Nos levantamos de la cama, todavía pegajosos. Caminamos desnudos hasta el baño de su pieza. Una vez adentro cerramos la puerta con seguro y nos quitamos lo poco que nos quedaba de ropa: ella se bajó la calza y la tanga húmeda de mi leche, yo terminé de sacarme el short que todavía tenía enroscado en un tobillo. Quedamos completamente desnudos el uno frente al otro, mirándonos bajo la luz del baño.
Ahí, bajo la luz del baño, pude ver por fin su cuerpo completo sin nada encima. El culo grande, redondo y firme, las tetas pesadas con los pezones todavía un poco hinchados, y su concha con un poco de pelo bien prolijo y cuidado. Disfruté cada centímetro con la mirada.
—Qué cuerpazo, mamá… me la estás poniendo dura otra vez, jaja.
Ella bajó la vista a mi pija, que ya estaba volviendo a endurecerse, y soltó una risita incrédula.
—Wow… ya acabaste dos veces hoy y seguís con energía. Sos increíble, jaja. Pero ahora no podemos. Concentrate… después seguimos.
Entre risas nos metimos juntos bajo el chorro de agua caliente. Mientras el vapor llenaba el baño ella dijo, con una sonrisa nostálgica:—Me recuerda cuando te bañaba de chiquito… solo que ahora la tenés más grande.
Nos reímos los dos y empezamos a enjabonarnos el uno al otro con mucha demora y miradas fijas a los ojos. Yo le pasé las manos llenas de jabón por la espalda, bajé despacio hasta su culo y le masajeé las nalgas firmes, abriéndolas un poco y metiendo los dedos entre ellas “para limpiar”. Ella hizo exactamente lo mismo conmigo: me enjabonó el pecho, bajó por el abdomen, agarró mi pija con las dos manos y la lavó despacio, subiendo y bajando. Después se agachó un poco, me dio la vuelta y me enjabonó el culo. Sus manos se metieron entre mis nalgas, rozándome el ano con los dedos jabonosos y empujando apenas uno adentro, haciendo círculos lentos mientras me miraba a los ojos y se reía bajito. Yo le lavé las tetas con cuidado, sopesándolas, pasando los pulgares por los pezones. Ella me limpió las piernas y yo las de ella, deteniéndonos más de la cuenta en la parte interna de los muslos. A pesar de que sabíamos que teníamos que apurarnos, la tensión sexual era espesa. De pronto pegamos los cuerpos bajo el agua. Nuestras bocas se buscaron y nos besamos con hambre, lenguas calientes y resbalosas. Mi pija, ya completamente dura, rozaba una y otra vez su concha húmeda. Sentía el calor de sus labios contra la punta y tenía unas ganas inmensas de empujar y penetrarla de una vez. Los dos lo sabíamos… pero también entendíamos que todavía no podíamos.
Ella se separó jadeando un poco.
—Tenemos que ir con tu hermana… Vamos a secarnos y cambiarnos.
Nos separamos. Cada uno fue a su habitación todavía mojado. Cuando salí al pasillo la vi: se había puesto una tanga blanca y, sin corpiño, un camisón de pijama bastante corto y sexy (no transparente, pero lo suficientemente corto como para mostrar mucho muslo).
Yo me puse un remerón largo y holgado que me tapaba bien hasta la mitad de los muslos, y debajo solo una tanga negra. Gracias al remerón no se me marcaba nada.
Cuando estuvimos listos salimos al pasillo al mismo tiempo. Nos miramos y nos devoramos con la mirada durante un segundo eterno… después bajamos juntos las escaleras para ver cómo estaba Layla mi hermana.
Bajamos los dos las escaleras. Mamá habló primero, con esa voz dulce y maternal que usaba siempre con nosotras:
Bajamos los dos las escaleras. Mamá habló primero, con esa voz dulce y maternal:
—Layla, mi amor, ¿cómo estás?
Desde el living se escuchó la voz tierna y suave de mi hermana:—Bien, mami… estoy viendo los dibujitos.—Qué bueno, hija. Me alegro. Tu hermano y yo estábamos ordenando unas cosas arriba.Layla, que estaba sentada en la alfombra frente al televisor, se levantó de un salto. Corrió hacia nosotros con una sonrisa enorme y nos abrazó a los dos al mismo tiempo, primero a mamá y después a mí, apretándose contra mi pecho. Mientras la tenía así de cerca no pude evitar mirarle el cuerpo: era chiquito y sexy, de cintura estrecha, cadera suave y piernas bien formadas que se veían casi completas por el shortcito corto. Sentí un destello rápido de deseo que intenté disimular.
Mamá, de reojo, notó hacia dónde se me había ido la mirada, pero no dijo nada.
—¡Los extrañé! —dijo Layla con ternura, todavía abrazada a mí un segundo más.
—Nosotros también, tonta —le contesté, revolviéndole el pelo con cariño.
Charlamos un poco los tres ahí parados. Ella nos contó por encima qué dibujitos estaba mirando y se rió de una escena que le había hecho gracia. Después levantó la vista, ilusionada.
—¿Podemos ver una peli todos juntos antes de dormir?
—Claro, mi amor —contestó mamá—. ¿Cuál querés ver vos?
Layla pensó un segundo y sonrió grande.
—¡Encanto! Hace mucho que no la vemos y me encanta.
—Dale, entonces Encanto —aceptó mamá—. Pero después derechito a dormir, ¿eh?
—Sí, mami.Mamá le acarició la mejilla.—Bueno, mientras pongo la peli les preparo unos pochoclos, ¿sí?
—¡Siii!Mamá sonrió y se fue a la cocina.
Quedamos solos mi hermana y yo. Nos sentamos en el sillón. Ella se acurrucó un poco contra mí y seguimos hablando bajito de los dibujitos que había estado viendo. De pronto, con esa ternura que siempre tuvo conmigo, me abrazó por el costado, jugando, apoyando la cabeza en mi hombro y apretándome un poco el torso. No pude evitarlo: se me empezó a parar la pija debajo del remerón.
Ella notó el bulto contra su costado y levantó la vista, curiosa.—¿Qué es eso, Agus?
—Nada… —respondí rápido, moviéndome un poco para disimular.
Justo en ese momento volvió mamá con el bol grande de pochoclos todavía calientes.
—Listo, ya está. Podemos ver la película.
Layla se levantó de un salto, toda emocionada, agarró el bol y se fue a sentar otra vez en la alfombra frente al televisor, acomodándose para no perderse ni un segundo.
Mamá se acercó al sillón. De reojo bajó la mirada hacia mi regazo y vio claramente que la tenía dura. No dijo nada. Simplemente se sentó a mi lado, subió las piernas con naturalidad y dejó los pies descalzos muy cerca de mi verga, casi rozándola por encima de la tela del remerón, mientras me sonreía con esa mezcla de ternura y complicidad que solo yo entendía.
Estuvimos un buen rato mirando Encanto. Los tres comíamos pochoclos, nos reíamos con las canciones y comentábamos bajito algunas escenas. Era un momento lindo, de verdad en familia. Layla estaba completamente absorta en la alfombra, tarareando las canciones y metiendo la mano cada tanto en el bol de pochoclos.
Después de un rato mamá empezó a jugar con sus pies sobre mi regazo. Tenía los pies lindos, pequeños, bien cuidados, con la planta suave y los dedos perfectamente formados. Al principio solo los movía despacio, rozándome los muslos por encima del remerón. Yo, sin pensarlo mucho, le agarré un pie con las dos manos y empecé a masajearlo.
Le apreté suavemente la planta con los pulgares, subí por el arco, le estiré un poco los dedos uno por uno y le acaricié el empeine. Ella soltó un suspiro bajito y se acomodó mejor.
La situación se fue poniendo cada vez más caliente. Yo seguía masajeándole los pies mientras con la otra mano le acariciaba la pantorrilla y la parte interna del muslo, despacio. Nos miramos a los ojos. Ella sonrió con complicidad y entonces empezó a jugar de verdad: me frotó la pija ya bastante dura con la planta de un pie, subiendo y bajando con presión justa, mientras el otro pie me lo acercó a la cara. Lo tomé entre las manos, le besé la planta, el empeine y después me llevé los dedos a la boca, chupándoselos despacio mientras ella me seguía frotando la verga con el otro pie. Estuvimos así un buen rato, en silencio, solo sintiendo el roce y el calor.
De pronto Layla se dio vuelta.
—¿Qué están haciendo? —preguntó con curiosidad inocente.
Mamá se sobresaltó un poco. Yo me tapé rápido la erección con las manos y el remerón.
—Nada, mi amor… estábamos jugando un poquito nomas —contestó mamá con la voz más calmada que pudo.
Layla sonrió.—¿Puedo jugar yo también con ustedes?
Mamá le acarició el pelo desde el sillón.
—Después, mi vida. Mejor miremos la película ahora, ¿sí? No te des vuelta porque te vas a perder lo mejor.
—Bueno… pero después quiero jugar con ustedes.
—Sí, mi amor —le dijo mamá con tono dulce y materna—.Después.
Layla se dio vuelta otra vez, contenta, y volvió a concentrarse en la pantalla. Mamá y yo nos miramos. Nos salió una risita muy bajita, casi inaudible, como diciendo “casi nos descubren”.Del susto ella había bajado las piernas del sillón. Aprovechó ese momento y se acomodó al revés: se recostó con la cabeza sobre mis muslos, quedando su cara muy cerca de mi pija todavía dura, mientras yo le acariciaba el pelo y seguíamos fingiendo que solo mirábamos la película.
Yo le acariciaba el pelo y el hombro con suavidad. Mamá agarró mi mano, se la llevó a los labios, la besó con ternura… y después la guió hasta su teta. Empecé a acariciársela por encima de la tela del camisón. Al rato no aguanté más y metí la mano adentro, encontrando la teta caliente y suave. Le jugué con el pezón, pellizcándolo y rodeándolo con los dedos mientras ella contenía la respiración.
Vi cómo bajaba su propia mano hasta la entrepierna y empezaba a frotarse la concha por encima de la ropa. Después de un rato metió los dedos dentro de la tanga. Cuando los sacó venían completamente mojados, brillantes de sus fluidos. Me los acercó a la cara. Los olí profundamente: era el mejor olor que había sentido en mi vida. Se los metí en la boca y los saboreé uno por uno, chupándole los dedos con ganas.
Mamá, todavía recostada sobre mis muslos, acercó la mano a mi paquete. Me lo agarró por encima de la tanga, lo apretó y le dio un par de besos por encima de la tela. Después bajó la tanga negra con cuidado y dejó salir mi verga, ya super dura y palpitante. Se dio vuelta un segundo, me miró a los ojos, se llevó un dedo a los labios haciendo el gesto de “shh” y señaló hacia Layla, que seguía de espaldas en la alfombra, completamente absorta en la película.
Entonces empezó a pajearme despacio y a darme besos suaves por todo el tronco. Poco después esos besos se convirtieron en una chupada muy lenta, húmeda y caliente. Su boca me envolvía con cuidado, subiendo y bajando sin hacer casi ruido, saboreándome. Ya me salía líquido preseminal y ella lo lamía con gusto. Mi pija estaba durísima, latiéndole contra la lengua.
Todo esto a apenas unos centímetros de mi hermana, que no se daba cuenta de nada porque estaba demasiado distraída con la tele. Mamá seguía chupándome y yo estaba que moría de placer. Cerraba los ojos de vez en cuando, pero al mismo tiempo no quería descuidarme: vigilaba constantemente que Layla no se diera vuelta. Y justamente saber que mi hermana estaba ahí sentada de espaldas, tan cerca, mientras mi propia madre me chupaba la pija, me excitaba todavía más.
Empecé a mirarla a ella: el culito apoyado en la alfombra, la espalda curva, el cuerpo chiquito y sexy visto desde atrás. Mientras le acariciaba las tetas a mamá, que me chupaba y me pajeaba al mismo tiempo, no pude evitar imaginarme qué pasaría si nos descubriera… y fantasear con que Layla se uniera a mamá y las dos me la chuparan juntas. Ese pensamiento me llevó casi al borde. Estuve a punto de acabar.
De pronto mamá paró. Sacó la boca con cuidado, me guardó la pija otra vez debajo de la tanga y el remerón, me miró a los ojos y me susurró apenas moviendo los labios:
—Todavía no…
Después de que mamá parara, volvimos a mirar la película como si nada hubiera pasado. Los últimos minutos se hicieron eternos. Cuando terminaron los créditos mamá se levantó del sillón, se estiró un poco y se dirigió a Layla con su voz dulce de siempre:
—¿Te gustó, mi amor?
—¡Sííí! Me encantó, mami. Sobre todo cuando canta Mirabel.
Charlaron un ratito sobre la peli, riéndose de algunas escenas. Después mamá miró el reloj y habló más firme, aunque seguía siendo cariñosa:
—Bueno, ya es tarde. Tenemos que ir a dormir.
Layla hizo un puchero.—Pero quiero jugar un rato con ustedes…
—Ahora no, mi vida. Ya es tarde y mañana igual hay que madrugar un poco aunque sean vacaciones. Vamos, arriba. Yo te acompaño a lavarte los dientes y te acuesto como siempre.
Layla suspiró, pero obedeció. Antes de subir se acercó a mí, me abrazó fuerte y apoyó la cara contra mi pecho.
—Hasta mañana, Agus.
En ese momento yo todavía tenía la pija semi dura, recién salida de la boca de mamá, cubierta de su saliva y goteando un poco de líquido preseminal. Sentí la mejilla de mi hermana pegada justo encima, tan cerca… Me quedé quieto, devolviéndole el abrazo con cuidado.
—Hasta mañana, Lay —le contesté, tratando de que la voz me saliera normal.
Mamá le sonrió.—Subí, mi amor, ahora te alcanzo.
Cuando Layla desapareció por las escaleras, mamá se acercó a mí. Me agarró la cara con las dos manos, me miró a los ojos y me dio un beso tierno, casi maternal, en los labios.
—Voy a acostar a tu hermana y a ordenar un poco la cama. En una hora te espero en mi pieza… para terminar lo que empezamos.
Me soltó, me guiñó un ojo y subió detrás de Layla.
Yo me quedé un segundo en el living, con el corazón latiéndome a mil y la pija todavía sensible. Después subí también a mi pieza. Apenas entré miré el celular: tenía varios mensajes sin leer de Lau y de Mati.
Primero abrí los mensajes de Lau:
«Cheee ¿qué les pasó? Andan desaparecidos los dos»
Le respondí:«Tuve un problema en casa y Mati se tuvo que ir. Pronto nos juntamos a charlar un rato.»
Ella contestó al toque:«¿Podemos juntarnos mañana?»
«Voy a preguntar si me dejan y cualquier cosa te aviso. Ahora me voy a acostar.» Le dije.
Después pasé a los de Mati. Eran varios:«Bro… perdón por lo que pasó hoy»
«Me di cuenta que me pasé de la raya»
«Fue todo culpa mía, me siento culpable»
«No se va a volver a repetir, te lo juro»
«Pero no quiero que dejemos de ser amigos»
«No te preocupes, nadie se va a enterar de lo que pasó»
Empecé a escribirle una respuesta pero me arrepentí. Mejor lo llamé.
Tardó un poco en atender. Cuando lo hizo, su voz salió muy tímida:
—¿Hola…?
—Hola, Mati. ¿Cómo estás?Hizo una pausa larga.
—Estoy… apenado, boludo. De verdad.
—Calmate. No hay problema. No pasó nada malo.
—Me pasé de la raya. No va a volver a pasar algo así nunca.
—¿Por qué? ¿No te gustó?Silencio. Varios segundos.
—No es eso… sí me gustó. Pero no quiero romper nuestra amistad.
—No tiene por qué romperse. Lo que pasó me gustó mucho… y puede repetirse si vos querés. Aunque seamos amigos no nos impide hacer eso de vez en cuando.
—¿En serio decís? ¿No va a ser raro?
—No. Si los dos la pasamos bien, no es raro.
Respiró hondo del otro lado.
—Bueno… te confieso que pensé en eso todo el día. Me quedé con ganas de más.
—Yo también.
La charla se fue poniendo más caliente, pero seguíamos hablando como los mejores amigos de siempre. Me contó que no paraba de recordar cómo se la había chupado, lo rico que se había sentido mi boca y cómo nos habíamos pajeado juntos mirándonos. Yo le confesé que me había venido pensando en su pija después y que todavía tenía ganas.
—Cuando llegué a casa me pajeé dos veces seguidas pensando en la situación —admitió él—.
Una vez ni bien llegué y otra en la ducha.
—Yo también acabé de nuevo… pero de una forma que no vas a poder creer.
Como sabía que a los dos nos calentaba mi mamá, le conté todo lo que había pasado con ella (sin mencionarle que nos había visto a la tarde). Al principio no me creyó:
—Estás jodiendo, boludo…
—Es verdad.
—Sigo sin creerte del todo… pero igual me está excitando un montón todo lo que me estás contando. Me estoy pajeando ahora mismo mientras hablamos.
Eso me la puso dura al instante.
—¿Querés que nos pajeemos por videollamada? —preguntó él, medio riéndose.
—No puedo ahora… voy con ella.
Se rio del otro lado.—Seguro te vas a dormir o a jugar a la Play, mentiroso.
—Después te cuento más, te lo juro. Ahora no puedo.
Hubo una pausa cómoda, de esas de amigos que se conocen de toda la vida.
—Che… —le dije—. Mañana capaz nos podemos juntar. Primero solos un rato, para charlar en privado de todo esto… y después con Lau, porque si no se va a enojar y va a pensar que no queremos juntarnos con ella.
—Dale, me parece bien —contestó él—. Avisame y veo cómo hago.
Nos quedamos un rato más hablando boludeces, riéndonos bajito y tirándonos algún que otro comentario caliente, hasta que finalmente nos despedimos, los dos todavía calientes pero contentos de que la amistad seguía intacta… y con ganas de más.
Cuando colgué vi que me llegaba un mensaje de mamá:
«Te espero. Sacate toda la ropa y vení »
Entre nervioso y excitado me saqué todo hasta quedar completamente desnudo. Me excitaba que me lo pidiera así, casi como una orden. Tener que caminar todo el pasillo hasta su pieza sin nada puesto me ponía todavía más duro. Ella lo había hecho a propósito: sabía que tenía que pasar justo por la puerta de Layla, que siempre dejaba abierta de noche porque tenía miedo. Eso me daba un morbo enorme… y a ella también, al parecer.
Abrí mi puerta y salí desnudo. Caminé lo más silencioso que pude. Justo cuando pasaba frente a la habitación de mi hermana escuché su vocecita:
—¿Agus…?El corazón se me fue a mil. Me di vuelta. Layla estaba sentada en la cama, medio dormida, con los ojos entrecerrados.—Agus… ¿me pasás agua, porfa?
Se notaba que no me veía bien desde la cama; la oscuridad del pasillo me protegía.—Ahora no puedo, Lay… voy al baño.
—Porfaaa… porfa —insistió con voz dormida.
—Bueno…Pensé un segundo en ir a ponerme algo, pero el morbo era demasiado fuerte. Agarré el vaso con agua que mamá siempre dejaba cerca de la puerta de Layla y entré a su pieza desnudo. Caminé despacio hacia la cama; mi pene flácido se movía con cada paso. Se lo alcancé. Ella lo tomó con las dos manos y bebió un poco. No sé si por la oscuridad o porque estaba medio dormida, pero no notó que yo no tenía nada puesto.
—Gracias… —murmuró, se volvió a acostar y cerró los ojos.
Como hacía calor, dormía destapada. Todavía tenía puesta la musculosa de Hello Kitty, pero se había sacado el short y estaba solo en bombachita. Me quedé un momento mirando su hermoso cuerpo, con ganas de manosearla toda… pero sabía que mamá me estaba esperando. Me di la vuelta y seguí hasta su pieza.
Abrí la puerta.
Ahí estaba mi progenitora, acostada en la cama, esperándome.
Me hizo un gesto de “vení para acá”.
Me acerqué y me quedé parado frente a ella. Por fin pude verla bien:
llevaba un conjunto de lencería de encaje rojo que le quedaba perfecto. El corpiño semi transparente apenas contenía sus tetas grandes, dejándoles ver el borde de los pezones oscuros. La tanguita era mínima, casi un hilo que se le perdía entre los labios de la concha y le marcaba el culo de una forma obscena. Las medias negras le subían hasta la mitad del muslo y el porta ligas negro le apretaba las caderas, resaltándole todavía más la curva de la cintura y el culo firme. Se veía puta y elegante al mismo tiempo.
Me indicó que me sentara y lo hice. Entonces se acarició el cuerpo despacio y me preguntó con voz ronca:
—¿Te gusta el conjunto, pendejo?
—Me encanta… estás hermosa, mamá.
Se levantó y se puso de rodillas en la cama, quedando más alta que yo. Me agarró la cara con firmeza, ya no maternal sino dominante, y me habló al oído:
—Te estaba esperando. Tardaste demasiado… seguro te quedaste mirando cómo dormía tu hermanita con la pija dura.
Me agarró la verga con fuerza y empezó a pajearme mientras con la otra mano me apretaba los cachetes. El ambiente estaba cargadísimo de tensión sexual.
—Pendejo degenerado… ¿pensás que no sé cómo mirás a tu hermana? Cómo le mirás el culo, las piernas, todo. Seguro te tocás pensando en ella.
Seguí en silencio, gimiendo bajito por la paja firme.
—Dale, contestame. ¿La mirás? ¿Te pajeás por ella?
—N-no…Dejó de mover la mano de inmediato.
—No me mientas o paro todo.
—Está bien… sí lo hago, mamá.
Sonrió de forma perversa, me tiró de espaldas sobre la cama y se sacó el corpiño. Sus tetas pesadas cayeron libres. Me pajeaba con una mano mientras me hablaba:
—Sos un putito degenerado… un pervertido pedofilo de mierda. Te gusta tu mamá y tu hermana de 9 años.
Empezó a envolvérmela entre las tetas, subiendo y bajando, y después bajó la boca. Me chupó solo la cabeza primero, lamiendo el líquido preseminal, después se la tragó casi entera. La saliva le chorreaba por la comisura de los labios mientras subía y bajaba con ruidos húmedos y obscenos. Me chupó los huevos, se los metió en la boca uno por uno y los succionó. Después me abrió las piernas, bajó todavía más y empezó a lamer mi culo con la lengua caliente y plana. Me estaba volviendo loco.
Metió un dedo lleno de saliva en mi ano, bien despacio al principio y después más profundo, curvándolo.
—¿Sabés lo que se merecen los pendejos pedofilos como vos?
Esto… —dijo mientras me cojia el culo con el dedo y me pajeaba al mismo tiempo—. Si seguís tocando a tu hermana te voy a seguir metiendo los dedos en el culo… o ¿eso te gusta, putito? Más que un castigo es un premio para vos, putita. La próxima te voy a hacer mirar mientras me cojo a Mati… ese va a ser tu próximo castigo.
Yo gemía sin poder controlarme.
—Callate o vas a despertar a tu hermana. ¿Querés que te vea así, con un dedo enterrado en el culo como la putita que sos?Paró de golpe, se acercó a mi oído y preguntó:
—¿Pensás en la pija de Mati… o en el culo de tu hermanita?
—En vos, mamá… solo en vos…—Entonces dame placer.
Se acostó, se sacó la tanguita y me abrió las piernas. Me trepé encima. Nos besamos con lengua y saliva, mordiéndonos los labios.
—Chupame la concha, hijo.
Bajé. Su conchita estaba empapada, los labios hinchados y brillantes, el clítoris duro. Empecé a lamerla despacio de abajo hacia arriba, abriéndola con los dedos. Chupé el clitoris con fuerza, metí la lengua adentro y la follé con ella, bebiendo todos sus jugos. La lengüeteé durante lo que pareció una eternidad, alternando succiones firmes y lengüetazos lentos hasta que ella temblaba y me apretaba la cabeza contra su concha.
—Vení… no aguanto más. Quiero tu pija. Metémela. Cógeme a tu mamá.
Me puse encima. Ella misma agarró mi verga y la colocó en su entrada. Empujé y entré de una. Estaba completamente dentro de la concha de la que yo había salido. Empecé a bombear, primero lento, sintiendo cómo me apretaba, después más fuerte y profundo.
—Sí, pendejo… cógeme con fuerza como hacía tu papá. Cógeme, hijo de puta. Cógeme como la puta desesperada que soy. Dale… esta es la concha de donde saliste y ahora es tuya. Usame.
La cogía con todo, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba la pieza. Ella llegó a un orgasmo fuerte, apretándome por dentro y mojándome entero.
—Te amo… quiero que cojamos toda la vida así…
—Yo también, mamá…
—Quiero tu leche adentro… pero primero en cuatro.
Se dio vuelta, se puso en cuatro patas, arqueó la espalda de forma obscena y levantó el culo. Tuve la vista perfecta: su concha hinchada y chorreante… y justo arriba, su ano rosado, apretado y limpio, que se contraía un poco con cada respiración. Me dieron unas ganas locas de inclinarme y chupárselo, de meterle la lengua y saborearlo, pero no lo hice. En cambio acerqué la pija a su concha y empujé, penetrándola de una en posición de perrito. El calor y la presión me hicieron gemir.
Empecé a cogerla fuerte, agarrándola de las caderas, cuando ella miró por encima del hombro y empezó a hablar más sucio todavía:
—Dale, pendejo… cógeme como si fuera tu hermanita. Imaginá que este culo es el de Layla… que esta concha apretada es la de tu hermanita de 9 años. Cógeme como la cojerías a ella. Más fuerte… usame como usarías a Layla. Decile cosas a tu hermanita mientras me cogés.
El morbo me subió de golpe a la cabeza. Seguía embistiéndola con fuerza mientras ella insistía:
—Sí… así… cojete a tu hermanita. Llenale el culo de leche a Layla. Decile que es una putita… que le vas a acabar adentro. Más duro, pendejo… tu hermanita quiere toda tu leche.
No pude aguantar más. El pensamiento de estar cogiendo a mi propia hermana mientras realmente estaba dentro de mi mamá me hizo explotar. Le clavé la pija hasta el fondo y le vacié toda la leche caliente adentro, chorro tras chorro, temblando y gimiendo su nombre (o el de Layla, ya no sabía). El orgasmo fue tan fuerte que se me nubló la vista.
—Perdón, mamá… acabé adentro…—Está bien, hijo… no pasa nada.
Nos separamos jadeando. Me acerqué, le acaricié la cara y le dije con la voz rota de placer:
—Mamá… eso estuvo increíble. Te amo.
Ella me miró a los ojos, todavía con mi semen escurriéndole entre las piernas, y sonrió con ternura y lujuria al mismo tiempo.
—Te amo también, hijo. No quiero que paremos nunca. Quiero que seamos unos pervertidos juntos…Nos besamos apasionadamente, lenguas lentas y profundas, mientras nos abrazábamos desnudos. Poco a poco el cansancio nos ganó y nos dormimos así, pegados, con el olor a sexo impregnándolo todo y mi pija todavía descansando contra su muslo.
Espero hayan disfrutado esta parte del relato y el anterior también. No duden en comentar que les pareció y si quieren hablar conmigo pueden hacerlo por Telegram.
Mi Tl es: @Laxtare

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!