Miranda y su cornudito 9 – Sexo en la escuela y los descubre la maestra
La maestra de Carla descubre su secreto..
Miranda se levantó de la cama con una sonrisa dominante y maternal. Fue hasta el cajón, sacó el arnés con el consolador de 25 cm y se lo colocó con calma alrededor de la cintura. El pene de silicona quedó apuntando hacia adelante, listo para usar.
Eduardo, ya desnudo y con su jaulita de castidad apretando su pene pequeño e inútil, se puso en cuatro patas sobre la cama, ofreciéndole el culo a su esposa. Sabía perfectamente cuál era su rol esa noche.
Miranda se arrodilló detrás de él, escupió en el consolador y apoyó la punta contra el ano de su marido cornudo.
—Miren, nenitas… mamá va a follar al mariquita de papá mientras ustedes participan —dijo con voz ronca y cariñosa.
Empujó lentamente y el consolador entró en el culo de Eduardo. Él soltó un gemido bajo y tembloroso.
—Ahhh… sí… fóllame, mi amor…
Miranda comenzó a penetrarlo con embestidas suaves pero firmes, moviendo las caderas y follándolo como a una puta.
Mientras lo penetraba, miró a sus hijas y dio órdenes claras:
—Carla… vení y besá en la boca a tu padre. Besalo rico, con lengua, como una buena hija.
Carla, nerviosa pero excitada, se acercó a su papá. Eduardo giró la cabeza y madre e hija se miraron un segundo. Carla acercó su boca a la de su padre y lo besó profundamente. Padre e hija comenzaron a besarse con lengua, de forma cada vez más sucia y apasionada. Eduardo gemía dentro de la boca de su hija mientras su esposa le follaba el culo.
Miranda sonrió con morbo y siguió follando a su marido con ritmo constante.
—Así… besá a papá… metele la lengua… que sienta cómo su hija lo besa mientras mamá le rompe el culo…
Luego miró a Juana y le dio la siguiente orden:
—Juana, mi nenita… ponete detrás de tu hermana y metele los deditos en el ano a Carla. Follale el culito con los dedos mientras ella besa a su papá.
Juana obedeció. Se colocó detrás de Carla, le separó las nalgas y empezó a meter un dedito despacio en el ano de su hermana mayor. Carla soltó un gemido dentro de la boca de su padre cuando sintió el dedo de Juana entrando en su culo.
—Así… muy bien, Juana —la animó Miranda mientras seguía penetrando a Eduardo con embestidas más profundas—. Meté los deditos en el culito de tu hermana… follala mientras ella besa a papá… esta es nuestra familia perfecta…
La escena era completamente depravada:
Miranda follaba el culo de su marido cornudo con el arnés, embistiéndolo con ritmo.
Carla besaba apasionadamente a su padre en la boca, intercambiando saliva y gemidos.
Juana, detrás de Carla, le metía los dedos en el ano, follándola analmente con los deditos mientras veía todo.
Eduardo gemía dentro del beso de su hija:
—Hija… qué rico besás… papá te ama…
Miranda aumentó el ritmo, follando más fuerte a su marido mientras hablaba sucio y maternal:
—Miren qué lindo… papá siendo follado por mamá… besando a su hija mayor… y la hija menor follándole el culo a su hermana… Esto es lo que somos ahora… una familia de putos y putas incestuosas.
Carla gemía dentro del beso de su papá, sintiendo los dedos de Juana moviéndose dentro de su ano. Juana, con la carita roja, seguía metiendo los dedos, cada vez más profundo, excitada por obedecer a su mamá.
Miranda seguía penetrando a Eduardo sin parar, mirándolo todo con orgullo y morbo.
—Seguí besando a papá, Carla… meté más la lengua… y vos, Juana, meté dos deditos en el culito de tu hermana… que sienta cómo su hermanita la folla…
El cuarteto incestuoso estaba en pleno desarrollo, cada vez más sucio y entregado.
Escena 1: Miranda follando a Eduardo mientras las hijas lo besan y tocan
Miranda tenía a Eduardo en cuatro patas en el centro de la cama. El consolador de 15 cm entraba y salía de su ano con embestidas firmes y profundas. Eduardo gemía como una puta, la cara roja de vergüenza y placer, mientras su pene pequeño permanecía encerrado e inútil dentro de la jaula de castidad.
—Miren cómo se deja follar el mariquita de papá… —decía Miranda con voz maternal y dominante—. Este es su lugar: recibiendo verga de su esposa mientras sus hijas lo miran.
Carla y Juana se acercaron. Miranda ordenó:
—Carla, besá a tu papá en la boca. Juana, acariciále las tetillas y besale el cuello.
Carla se puso frente a su padre y lo besó profundamente, metiendo la lengua con pasión. Eduardo gemía dentro de la boca de su hija mientras Miranda lo follaba más fuerte. Juana, a su lado, le lamía el cuello y le pellizcaba las tetillas, susurrándole:
—Papá… qué rico te ves siendo follado por mamá…
Miranda aceleraba las embestidas, haciendo que el cuerpo de Eduardo se sacudiera.
—Gemí más fuerte, mariquita… deciles a tus hijas cuánto te gusta que mamá te rompa el culo mientras ellas te besan.
Eduardo, entre gemidos y besos babosos con Carla, lograba decir:
—Hijas… me encanta… soy el cornudito pasivo de mamá… me gusta que me follen mientras ustedes me tocan…
Miranda sonreía satisfecha, follándolo sin piedad, mientras sus hijas besaban y acariciaban al padre sumiso.
Escena 2: Miranda penetrando a Carla mientras Eduardo lame el ano de su hija
Miranda cambió de posición. Hizo que Carla se pusiera en cuatro patas al borde de la cama y la penetró por el coño con el arnés, follándola con embestidas profundas y constantes.
—Miren cómo mamá folla a su hija mayor… —gemía Miranda—. Eduardo, vení acá, mariquita. Ponete debajo de Carla y laméle el ano mientras yo la follo.
Eduardo, obediente y excitado en su rol pasivo, se acostó boca arriba debajo de su hija. Desde abajo, empezó a lamer el ano de Carla con devoción, mientras Miranda seguía penetrándola por delante.
Carla gemía fuerte:
— ¡Ahhh… papá… me estás lamiendo el culo… mientras mamá me folla…!
Miranda le daba palmadas en el culo a Carla y le hablaba sucio:
—Sentí cómo tu padre cornudo te lame el ano como la puta que es… él solo sirve para limpiar y lamer mientras mamá folla a las nenitas de la casa.
Juana miraba todo muy cerca, tocándose el coño. Miranda le ordenó que besara a su hermana mientras ella la follaba. Carla y Juana se besaban con lengua profunda, babeándose mutuamente, mientras Eduardo seguía lamiendo el ano de su hija mayor con la lengua bien metida y Miranda la penetraba sin parar.
Escena 3: Miranda penetrando a Juana mientras Eduardo besa y lame los pies de su hija
Miranda puso a Juana boca arriba, le levantó las piernas y la penetró profundamente con el consolador. La nenita gemía de placer, sintiendo cómo su mamá la follaba cara a cara.
—Mirá a tu hermanita, Carla… mirá cómo mamá le rompe el coñito —dijo Miranda.
Luego miró a Eduardo:
—Mariquita, vení y besale los pies a tu hija mientras yo la follo. Lamelos bien, como la puta sumisa que sos.
Eduardo se acercó obediente, tomó uno de los piecitos de Juana y empezó a besarlo y lamerlo con devoción. Le chupaba los dedos, pasaba la lengua por la planta, todo mientras Miranda follaba a Juana con ritmo constante.
Juana gemía de placer:
—Papá… me estás lamiendo los pies… se siente tan raro… pero me gusta…
Miranda sonreía y follaba más fuerte:
—Ese es tu lugar, cornudito… lamiendo los pies de tus hijas mientras mamá las penetra. Decile a Juana cuánto te gusta ser su putita.
Eduardo, con la voz entrecortada y la jaula apretada, respondía:
—Juana… papá ama lamerte los pies… soy el mariquita de la familia… me encanta verte siendo follada por mamá…
Carla se acercó y empezó a besar a su hermana Juana en la boca mientras Miranda seguía penetrándola.
Escena 4: Miranda haciendo que las hijas se sienten sobre la cara de Eduardo mientras ella las folla por detrás
Miranda ordenó la posición final más humillante para su marido:
—Eduardo, acostate boca arriba en el centro de la cama.
Cuando estuvo listo, hizo que Carla se sentara sobre la cara de su padre, enfrentando hacia los pies de él. Carla bajó su coño sobre la boca de Eduardo, que empezó a lamerla obedientemente.
Miranda se colocó detrás de Carla y la penetró por el culo con el arnés, follándola mientras su hija mayor montaba la cara de su propio padre.
—Lamé bien el coño de tu hija, mariquita… —ordenaba Miranda mientras embestía.
Luego hizo que Juana se sentara también sobre la cara de Eduardo, pero de frente a su hermana. Las dos hermanas quedaron una frente a la otra, besándose con lengua mientras Miranda alternaba: follaba el culo de Carla y luego el coño de Juana, todo sobre la cara del padre cornudo.
Eduardo apenas podía respirar, sofocado bajo los coños y culos de sus hijas, lamiendo todo lo que podía mientras su jaula goteaba inútilmente.
Miranda follaba con fuerza, alternando entre sus dos hijas, y les decía:
—Besense rico, mis nenitas… mientras mamá las folla y su padre les lame el coño y el culo… esta es nuestra familia perfecta… un mariquita cornudo debajo y tres putas arriba.
Los gemidos de las tres mujeres llenaban la habitación mientras Eduardo, completamente sometido, lamía y tragaba todo lo que le caía encima.
Escena 5: Miranda follando a Carla en amazona mientras Eduardo lame el consolador
Miranda se sentó en el borde de la cama y ordenó a Carla que se subiera encima de ella en posición de amazona. Carla obedeció, bajando lentamente hasta que el consolador de 15 cm desapareció por completo en su coño. Empezó a cabalgar a su mamá con movimientos suaves al principio, luego más rápidos.
—Así, hijita… montá la verga de mamá… mostrale a tu padre cómo te gusta que te follen —decía Miranda, agarrando las caderas de Carla y ayudándola a subir y bajar.
Eduardo estaba arrodillado al lado de la cama, mirando todo muy cerca. Miranda lo miró con una sonrisa perversa:
—Mariquita, vení y lamé el consolador cada vez que salga del coño de tu hija. Limpiá los jugos de Carla mientras ella me folla.
Eduardo se acercó obediente, sacó la lengua y empezó a lamer el consolador cada vez que Carla se levantaba. Lamía los jugos frescos de su hija mayor, mezclados con la saliva de Miranda. Carla gemía fuerte al sentir la lengua de su padre rozando el consolador y su coño.
—Papá… estás lamiendo donde mamá me está follando… qué vergüenza… pero no pares…
Miranda aceleraba los movimientos de Carla, follándola desde abajo con embestidas fuertes mientras Eduardo seguía lamiendo como un perro fiel, la jaula de castidad goteando inútilmente.
Escena 6: Miranda penetrando a Juana por el ano mientras Eduardo besa los pies de su esposa
Miranda puso a Juana en cuatro patas y la penetró analmente con el arnés, yendo despacio pero profundo. Juana gemía con esa mezcla de dolor y placer que ya empezaba a conocer.
—Relajá el culito, mi nenita… mamá te está abriendo el ano…
Mientras follaba a su hija menor por el culo, Miranda miró a Eduardo:
—Mariquita cornudo, vení y besale los pies a mamá mientras yo le rompo el culo a tu hija. Chupame los dedos de los pies como la puta sumisa que sos.
Eduardo se acostó boca abajo al lado de la cama y empezó a besar y chupar los pies de su esposa. Le lamía los dedos uno por uno, pasaba la lengua por las plantas, todo mientras escuchaba los gemidos de Juana siendo follada analmente por su mamá.
Miranda gemía de placer por las lamidas en sus pies y follaba más fuerte a Juana:
—Miren cómo papá lame los pies de mamá mientras yo le follo el culito a su hijita… este es tu lugar, Eduardo… sirviendo a tu esposa mientras ella convierte a tus hijas en putas.
Juana gemía:
—Mami… duele… pero se siente rico… y papá está lamiendo tus pies…
Escena 7: Miranda haciendo que Carla y Juana se besen mientras ella folla a Eduardo y obliga a las chicas a tocarse
Miranda volvió a penetrar a su marido. Lo puso boca arriba, le levantó las piernas y lo follaba en posición de misionero, mirándolo a los ojos.
—Gemí para tus hijas, mariquita… deciles cuánto te gusta que mamá te folle el culo.
Mientras follaba a Eduardo, ordenó a las chicas:
—Carla y Juana, pónganse una frente a la otra y bésense con lengua. Mientras se besan, métanse los dedos mutuamente en el coño.
Las dos hermanas se besaron apasionadamente, lenguas enredadas y babosas, mientras se metían los dedos en el coño. Miranda follaba a Eduardo con fuerza, haciendo que su jaula se moviera con cada embestida.
—Miren a sus hijas besándose como lesbianitas mientras yo te follo como a una puta… deciles lo que sos, Eduardo.
Eduardo gemía entrecortado:
—Hijas… papá es un mariquita cornudo… me gusta que mamá me folle mientras ustedes se besan y se tocan… soy el pasivo de la familia…
Miranda sonreía y aumentaba el ritmo, follándolo más duro mientras las chicas seguían besándose y tocándose frente a él.
Escena 8: Miranda penetrando a Carla y Juana al mismo tiempo (doble penetración lésbica) mientras Eduardo lame
Miranda se puso el arnés y ordenó a Carla y Juana que se pusieran en cuatro patas una al lado de la otra, culos levantados.
—Ahora mamá va a follar a sus dos nenitas al mismo tiempo.
Empezó penetrando a Carla por el coño, dándole varias embestidas fuertes, luego sacó el consolador y lo metió en el ano de Juana. Alternaba entre las dos, follándolas por diferentes agujeros mientras ellas gemían y se besaban de lado.
—Eduardo, mariquita… ponete debajo y lamé todo lo que puedas. Lamé el consolador cuando salga, lamé los coños y anos de tus hijas.
Eduardo se metió debajo de las chicas como pudo y empezó a lamer todo: lamía el consolador cuando Miranda lo sacaba, lamía el coño de Carla, el ano de Juana, tragando jugos y saliva. Su cara quedaba empapada.
Miranda follaba con ritmo constante, alternando entre sus dos hijas:
—Miren cómo papá lame como un perro mientras mamá folla a sus hijas… este es el rol perfecto para el cornudito de la casa.
Carla y Juana gemían fuerte, besándose y diciendo entrecortado:
—Mami… fóllanos más… papá nos está lamiendo todo…
Miranda, sudada y dominante, seguía penetrando a sus hijas mientras su marido cornudo lamía obedientemente debajo de ellas.
Escena 1: Miranda follando a Carla mientras Eduardo lame los pies de su hija
Miranda tenía a Carla en cuatro patas sobre la cama y la penetraba por el coño con embestidas profundas y constantes. Carla gemía con la cara contra las sábanas.
—Mirá cómo mamá folla a tu hija mayor, mariquita —dijo Miranda con voz burlona—. Y vos… vení acá abajo.
Eduardo se arrodilló al lado de la cama. Miranda levantó uno de los pies de Carla y se lo acercó a la cara de su marido.
—Lamele los pies a tu hija mientras yo la follo. Chupale los deditos como la puta sumisa que sos. Quiero oír cómo tragás tu propia vergüenza.
Eduardo, rojo de humillación, tomó el pie de Carla y empezó a lamerlo. Le chupaba los deditos uno por uno, pasaba la lengua por la planta suave y blanca, saboreando el leve sudor de la noche. Carla gemía más fuerte al sentir la lengua de su padre en sus pies.
—Papá… estás lamiendo mis pies… mientras mamá me folla… qué asco… pero no pares…
Miranda se reía suavemente y follaba a Carla con más fuerza:
—Mirá qué bajo caíste, cornudito. Lamiendo los pies de tu propia hija mientras yo le doy verga de mamá. Decile a Carla lo que sos.
Eduardo, con la boca llena de dedos de su hija, murmuraba humillado:
—Soy… un mariquita cornudo… me gusta lamer los pies de mi hija mientras vos la follás… soy patético…
Miranda sonreía satisfecha y seguía penetrando a Carla sin piedad.
Escena 2: Miranda haciendo que Juana pise la cara de Eduardo mientras ella la folla
Miranda puso a Juana boca arriba y le levantó las piernas para penetrarla profundamente por el coño. Mientras la follaba cara a cara, miró a Eduardo:
—Vení acá, mariquita. Acostate en el piso al lado de la cama.
Cuando Eduardo obedeció, Miranda ordenó a Juana:
—Juana, mi nenita… poné tus piecitos sobre la cara de tu padre. Písale la cara mientras mamá te folla.
Juana, excitada y obediente, colocó sus pies suaves sobre la cara de Eduardo. Uno sobre la boca y otro sobre la nariz y ojos. Empezó a restregarlos lentamente, aplastándole la cara.
Eduardo gemía sofocado debajo de los pies de su hija menor. Miranda follaba a Juana con ritmo fuerte, haciendo que los pies de la nenita se movieran y presionaran más contra la cara de su padre.
—Así… písale la cara al cornudito… que sienta el peso de su propia hija mientras yo te doy placer —decía Miranda—. Eduardo, lamé los pies de tu hija mientras te pisa. Tragá su sudor.
Eduardo sacaba la lengua y lamía las plantas de Juana mientras ella lo pisaba. Su cara estaba roja, humillada y excitada. La jaula de castidad le dolía de lo apretada que estaba.
Juana gemía de placer:
—Papá… tu cara está debajo de mis pies… se siente raro… pero me gusta…
Miranda se reía:
—Qué humillado te ves, mariquita. Pisado por tu propia hija mientras mamá la folla.
Escena 3: Miranda follando a Eduardo mientras Carla y Juana le meten los pies en la boca
Miranda puso a Eduardo boca arriba, le levantó las piernas y lo penetró analmente con el arnés. Lo follaba con embestidas fuertes, mirándolo a los ojos.
—Gemí como la puta que sos, cornudito.
Luego miró a sus hijas:
—Carla, Juana… vengan y metan sus piecitos en la boca de su padre. Quiero que le llenen la boca con sus pies mientras yo le rompo el culo.
Las dos hermanas se acercaron. Carla metió los dedos de su pie derecho en la boca de Eduardo. Juana hizo lo mismo con el izquierdo. Eduardo tenía la boca abierta al máximo, chupando y lamiendo los pies de sus dos hijas al mismo tiempo mientras su esposa lo follaba sin piedad.
—Chupá bien, mariquita —ordenaba Miranda—. Sentí el sabor de los pies de tus propias hijas. Esto es lo que merecés: ser follado y tener la boca llena de pies.
Carla y Juana se reían nerviosamente y empujaban más los pies dentro de la boca de su padre. Eduardo bababa, gemía y chupaba obedientemente, completamente humillado.
Miranda aceleraba las embestidas:
—Miren cómo se traga los pies de sus hijas… qué cornudo más patético y feliz.
Escena 4: Miranda sentada sobre la cara de Eduardo mientras las hijas le lamen los pies a su madre
Miranda se sentó directamente sobre la cara de Eduardo en posición de facesitting. Su coño y ano cubrían completamente la boca y nariz de su marido. Empezó a moverse lentamente, ahogándolo con su sexo.
—Lameme el coño y el ano, mariquita. Limpia a tu esposa mientras ella dirige todo.
Mientras Eduardo lamía desesperadamente debajo de ella, Miranda ordenó a sus hijas:
—Carla y Juana, vengan y lamen los pies de mamá. Chupenlos bien mientras yo uso la cara de su padre como asiento.
Las dos hermanas se arrodillaron a los pies de Miranda y empezaron a lamerle los pies. Carla chupaba los dedos de un pie, Juana lamía la planta del otro. Miranda gemía de placer, moviéndose sobre la cara de Eduardo y sintiendo las lenguas de sus hijas en sus pies.
—Así… mis nenitas lamiendo los pies de mamá… y el cornudito ahogado debajo de mi culo… esta es la jerarquía perfecta de la familia. Papá abajo, lamiendo. Hijas en el medio, sirviendo. Mamá arriba, dominando.
Eduardo apenas podía respirar, lamiendo el coño y ano de su esposa mientras escuchaba cómo sus hijas lamían los pies de Miranda. Su jaula de castidad estaba empapada de precum, completamente inútil.
Miranda seguía moviéndose sobre su cara, gimiendo de placer:
—Seguí lamiendo, mariquita… y vosotras, nenitas, chupad más fuerte los pies de mamá… esta noche papá solo sirve para ser humillado y usado.
Escena 1: Miranda penetrando analmente a Carla mientras Eduardo lame el consolador
Miranda colocó a Carla en cuatro patas sobre la cama, con el culo bien levantado y abierto. Se puso detrás de ella, escupió en el consolador de 15 cm y apoyó la punta contra el ano virgen de su hija mayor.
—Relajá el culito, hijita… mamá te va a follar por el ano ahora.
Empujó lentamente. Carla soltó un gemido agudo cuando el consolador empezó a abrirle el ano. Miranda fue metiéndolo centímetro a centímetro hasta enterrarlo por completo.
— ¡Aaaahhh… mami… me está entrando por el culo… duele… pero seguí!
Miranda comenzó a follarla analmente con embestidas firmes y profundas. Mientras lo hacía, miró a Eduardo, que estaba arrodillado al lado de la cama mirando todo.
—Vení acá, mariquita cornudo. Acercate y lamé el consolador cada vez que salga del culito de tu hija. Limpiá los restos de su ano mientras mamá la rompe.
Eduardo obedeció humillado. Cada vez que Miranda sacaba el consolador casi por completo, él sacaba la lengua y lo lamía, saboreando el gusto del ano de su propia hija. Carla gemía más fuerte al sentir la lengua de su padre rozando su ano abierto.
—Papá… estás lamiendo el consolador que mamá me mete por el culo… qué vergüenza…
Miranda se reía y follaba más fuerte:
—Mirá qué bajo caíste, cornudito. Lamiendo el consolador que abre el culito de tu hija mientras yo la sodomizo. Decile a Carla lo que sos.
Eduardo, con la boca llena del sabor del ano de su hija, murmuraba:
—Soy un mariquita cornudo… me gusta lamer el consolador que te folla el culo, hija… soy patético…
Miranda siguió penetrando analmente a Carla sin piedad, mientras su marido cornudo lamía obedientemente.
Escena 2: Miranda penetrando analmente a Juana mientras Eduardo es pisado por los pies de su hija
Miranda puso a Juana boca abajo, le levantó las caderas y penetró su ano con el arnés. La nenita gemía fuerte mientras su mamá le metía toda la verga de silicona por el culo.
—Así… mi nenita… mamá te está rompiendo el culito… sentilo todo…
Mientras follaba analmente a Juana con ritmo constante, Miranda ordenó a Eduardo:
—Acostate en el piso, mariquita. Juana, poné tus piecitos sobre la cara y el pecho de tu padre. Písalo mientras mamá te folla el ano.
Juana, entre gemidos de placer anal, colocó sus pies suaves sobre la cara de Eduardo, aplastándole la nariz y la boca. Empezó a restregarlos, pisándolo mientras Miranda la penetraba por detrás.
Eduardo gemía sofocado debajo de los pies de su hija menor. La jaula de castidad le dolía terriblemente.
—Papá… estoy pisándote la cara… mientras mamá me folla el culo… —gemía Juana.
Miranda sonreía y follaba más fuerte:
—Pisale la cara al cornudito, hijita. Que sienta el peso de su propia hija mientras yo te abro el ano. Eduardo, lamé los pies que te pisan. Tragá tu humillación.
Eduardo sacaba la lengua y lamía las plantas de Juana mientras ella lo pisaba y su esposa lo humillaba verbalmente.
Escena 3: Miranda penetrando analmente a Carla mientras Eduardo besa y lame los pies de Miranda
Miranda tenía a Carla en posición de misionero anal: piernas levantadas y abiertas, follándola por el culo cara a cara. Carla gemía y lloriqueaba de placer mientras su mamá la penetraba profundamente.
—Mirá cómo mamá te abre el culito, hijita… gemí para tu padre.
Luego miró a Eduardo:
—Mariquita, vení y besale los pies a mamá mientras yo le rompo el ano a tu hija. Chupame los deditos como la puta sumisa que sos.
Eduardo se arrodilló a los pies de su esposa y empezó a besar y lamer sus pies con devoción. Le chupaba los dedos uno por uno, pasaba la lengua por las plantas, todo mientras escuchaba los gemidos de Carla siendo follada analmente por su mamá.
Miranda gemía de placer por las lamidas en sus pies y follaba más fuerte a Carla:
—Qué cornudo más patético… lamiendo los pies de su esposa mientras ella sodomiza a su hija mayor. Decile a Carla lo mucho que te gusta verte humillado.
Eduardo, con la boca llena de los pies de Miranda, respondía entre lamidas:
—Carla… papá ama ver cómo mamá te folla el culo… me excita ser humillado… soy solo un mariquita inútil…
Escena 4: Miranda alternando penetración anal entre Carla y Juana mientras Eduardo lame todo
Miranda puso a Carla y Juana una al lado de la otra, en cuatro patas, culos levantados. Empezó penetrando analmente a Carla con embestidas fuertes, luego sacaba el consolador y lo metía directamente en el ano de Juana, alternando entre las dos hermanas.
—Miren cómo mamá les folla el culo a sus dos hijas… una después de la otra.
Mientras follaba a una, ordenaba a Eduardo:
—Mariquita, ponete debajo y lamé todo: el consolador cuando salga, los anos abiertos de tus hijas, todo. Limpiá como la puta que sos.
Eduardo se metió debajo de las chicas y lamía desesperadamente: lamía el consolador cubierto de jugos anales, lamía el ano abierto de Carla cuando Miranda lo sacaba, luego el de Juana. Su cara quedaba empapada de saliva y restos anales.
Carla y Juana gemían al unísono:
—Mami… nos estás follando el culo a las dos… y papá nos está lamiendo todo…
Miranda follaba alternando sin parar, humillando verbalmente a su marido:
—Mirá qué asqueroso te ves, cornudito. Lamiendo los anos de tus propias hijas mientras mamá se las abre. Esto es lo máximo que vas a tener: limpiar los culos que yo follo. Deciles a tus hijas lo que sos.
Eduardo, humillado y excitado, respondía con la boca llena:
—Hijas… papá es un mariquita cornudo… me gusta lamer sus culos mientras mamá los folla… soy el limpiador de la familia…
Miranda seguía alternando penetraciones anales entre sus dos hijas, mientras su marido cornudo lamía todo obedientemente debajo de ellas.
Escena 1: Miranda follándola analmente a Carla
Miranda tenía a Carla en cuatro patas sobre la cama, el culo bien levantado. Había lubricado bien el consolador y lo empujaba lentamente dentro del ano de su hija mayor. Carla gemía fuerte mientras el arnés de 15 cm entraba centímetro a centímetro hasta quedar completamente enterrado.
—Así… mi nenita… mamá te está abriendo el culito otra vez —susurraba Miranda con voz ronca, empezando a follarla con embestidas profundas y constantes.
Carla gemía y apretaba las sábanas:
— ¡Aaaahhh… mami… se siente tan lleno por el culo…!
Miranda miró a Eduardo, que estaba arrodillado al lado de la cama mirando todo, con su jaula de castidad bien apretada.
—Mirá bien, cornudito —le dijo con tono firme y humillante—. Aunque te mueras de ganas, vos nunca vas a poder follarte a tus propias hijas por el ano. No tenés derecho. Ese culito apretado de Carla es solo para mamá y para los machos sucios como Beto y Groncho. Vos lo máximo que podés hacer es chuparle el culo después de que yo o ellos se lo follen… y lamerle los pies como un perro.
Eduardo tragó saliva, humillado, mientras veía cómo su esposa follaba analmente a su hija.
—…Sí, mi amor… yo solo puedo chupar… —murmuró avergonzado.
Miranda aceleró las embestidas, haciendo que Carla gimiera más fuerte, y siguió hablando:
—Repetilo, mariquita. Decile a tu hija que vos no tenés permiso para sodomizarla.
Eduardo, con la voz quebrada:
—Carla… papá no puede follarte el culo… aunque quiera… solo mamá y los indigentes pueden… yo solo puedo chuparte el ano y lamerte los pies…
Carla gemía de placer anal y miró a su padre con una mezcla de lástima y excitación.
Escena 2: Miranda follándola analmente a Juana
Miranda puso a Juana boca arriba, le levantó las piernas hasta los hombros y penetró su ano con el consolador. La nenita soltó un gemido largo y agudo cuando su mamá se la metió toda por el culo.
— ¡Mami… me la estás metiendo toda por el ano… duele… pero me gusta!
Miranda empezó a follarla con ritmo constante, mirándola a los ojos mientras la sodomizaba.
Luego miró a Eduardo, que estaba sentado en una silla cerca de la cama, con las manos atadas detrás de la espalda para que no pudiera tocarse.
—Escuchá bien, cornudito inútil —le dijo Miranda con voz clara y cruel—. Aunque te pongas de rodillas y supliques, vos nunca vas a tener el derecho de meterle la verga a Juana por el culo. Ese culito virgen y apretado es solo para mamá y para los viejos asquerosos del refugio. Vos lo máximo que podés hacer es chuparle el ano después de que esté bien follado y lamerle los piecitos como el mariquita sumiso que sos.
Eduardo bajaba la mirada, completamente humillado, mientras veía cómo su esposa le rompía el ano a su hija menor.
Juana gemía entrecortado:
—Papá… escuchaste a mamá… vos no podés follarme el culo… solo chupar…
Miranda sonreía y follaba más fuerte:
—Decilo vos también, Juana. Decile a tu padre cuál es su lugar.
Juana, entre gemidos de placer anal:
—Papá… solo mamá y los indigentes pueden sodomizarme… vos solo podés chuparme el culo y los pies…
Escena 3: Miranda alternando entre Carla y Juana
Miranda tenía a las dos hermanas en cuatro patas, una al lado de la otra. Penetraba analmente a Carla durante un rato con embestidas fuertes, luego sacaba el consolador y lo metía directamente en el ano de Juana, alternando entre las dos.
—Miren cómo mamá les folla el culo a sus dos nenitas… —gemía Miranda.
Mientras follaba a una, miraba a Eduardo, que estaba arrodillado detrás de ellas.
—Cornudito… mirá bien. Estos culitos tan ricos que ves abrirse con mi verga… nunca van a ser para vos. Aunque sueñes con metérsela a tus hijas por el ano, eso nunca va a pasar. Solo mamá y los machos vergones pueden sodomizarlas. Vos lo único que podés hacer es quedarte ahí, mirando, y después chuparles los anos bien abiertos y lamerles los pies como el limpiador de la familia.
Eduardo, con la cara roja y la jaula goteando, respondía humillado:
—Sí, mi amor… yo solo puedo chupar sus culos y sus pies… no tengo derecho a follarlas…
Miranda seguía alternando penetraciones anales, haciendo que ambas hermanas gimieran al unísono.
Escena 4: Miranda penetrando analmente a Carla mientras Juana pisa la cara de Eduardo
Miranda tenía a Carla en posición de amazona anal: la chica sentada encima de ella, bajando y subiendo sobre el consolador que le llenaba el culo. Carla gemía fuerte mientras su mamá la sodomizaba desde abajo.
Miranda miró a Eduardo, que estaba acostado en el piso al lado de la cama.
—Juana, mi nenita… poné tus piecitos sobre la cara de tu padre y písalo fuerte mientras yo le follo el culo a tu hermana.
Juana obedeció y colocó sus pies sobre la cara de Eduardo, aplastándole la nariz y la boca. Empezó a restregarlos mientras Miranda follaba analmente a Carla con fuerza.
—Mirá, cornudito —dijo Miranda entre embestidas—, mientras yo le rompo el ano a Carla, tu otra hija te está pisando la cara. Y aunque te mueras de ganas de follarle el culo a alguna de las dos, nunca vas a poder. Ese privilegio es solo de mamá y de los indigentes sucios. Vos lo máximo que podés hacer es chuparles los culos después de que estén bien follados y lamerles los pies como un esclavo.
Eduardo gemía debajo de los pies de Juana, la voz ahogada:
—…Sí… solo puedo chupar… solo puedo lamer sus pies… no tengo derecho a sodomizarlas…
Carla gemía de placer anal mientras cabalgaba el arnés de su mamá y veía a su padre humillado debajo de los pies de su hermana.
Miranda sonreía con morbo y follaba más fuerte:
—Esa es la verdad, mariquita. Aprendétela bien.
Miranda tenía a Juana boca arriba, con las piernas bien levantadas y abiertas. El consolador de 15 cm entraba y salía del ano de la nenita con embestidas profundas y constantes. Juana ya no sentía dolor, solo un placer intenso y abrumador que crecía desde lo más profundo de su culo.
— ¡Mami… ahí… más fuerte… se siente muy rico por el culo! —gemía Juana con voz aguda y entrecortada.
Miranda aceleró el ritmo, follándola analmente con fuerza, golpeando el fondo de su ano con cada embestida. El consolador entraba y salía completamente, abriendo el culito de la nenita.
—Así, mi nenita… dejá que mamá te folle bien el culito… vas a correrte solo por el ano como una buena putita —le susurraba Miranda mientras la penetraba sin piedad.
Juana empezó a temblar. Sus gemidos se volvieron más altos y desesperados. De repente, su cuerpo se puso rígido y tuvo un orgasmo intenso y largo. Su coñito se contrajo sin que nadie lo tocara, soltando jugos claros, mientras su ano apretaba fuertemente el consolador de su mamá.
— ¡Aaaahhh… mami… me estoy corriendo… por el culo…! —gritó Juana entre lágrimas de placer.
Miranda siguió follándola durante todo el orgasmo, prolongándolo hasta que la nenita quedó temblando y sin fuerzas.
Cuando finalmente sacó el consolador del ano de Juana, este salió cubierto de restos marrones de caca. El ano de la nenita quedó ligeramente abierto, rosado y un poco sucio, con restos visibles alrededor del agujero.
Miranda miró el consolador sucio y luego a su hija, sonriendo con morbo maternal.
—Mirá cómo quedó tu culito después de que mamá te follara tanto tiempo… todo sucio y abierto.
Luego miró a Eduardo, que estaba arrodillado al lado de la cama, observando todo con la jaula de castidad dolorosamente apretada.
—Vení acá, mariquita cornudo. Es hora de que cumplas tu rol.
Eduardo se acercó gateando. Miranda le acercó el consolador sucio a la cara.
—Primero limpiá el consolador. Chupá todos los restos del culo de tu hija.
Eduardo abrió la boca y empezó a lamer y chupar el consolador, tragando los restos marrones de caca de Juana mezclados con los jugos anales. El sabor era fuerte y humillante.
Mientras él limpiaba el dildo, Miranda señaló el ano de Juana, que seguía abierto y sucio.
—Ahora bajá y limpiá el culito de tu hija. Lamele todo, meté la lengua bien adentro y dejá su anito limpio. Ese es tu trabajo, cornudito. Vos no podés follarla, pero sí podés limpiar lo que mamá le hace.
Eduardo acercó su cara al ano abierto de Juana y empezó a lamerlo con devoción. Pasaba la lengua por todo el agujero, metiéndola dentro para limpiar los restos de caca, saboreando el sabor intenso del ano de su propia hija. Juana gemía bajito, todavía sensible por el orgasmo.
—Así… lamé bien el culito de tu nenita —le decía Miranda—. Chupá todo lo que mamá le dejó adentro. Mientras tanto, le toca el turno a Carla.
Miranda se giró hacia Carla, que estaba esperando su turno, mirando todo excitada.
—Vení, hijita… ahora mamá te va a follar el culito a vos. Ponete en cuatro patas.
Carla obedeció rápidamente, levantando el culo y ofreciéndoselo a su mamá. Miranda se colocó detrás de ella, el consolador todavía húmedo por la limpieza de Eduardo, y apoyó la punta contra el ano de su hija mayor.
Eduardo seguía lamiendo el ano de Juana, humillado y excitado, mientras escuchaba cómo su esposa se preparaba para sodomizar a su otra hija.
Miranda miró a su marido cornudo y le dijo con una sonrisa cruel y maternal:
—Seguí limpiando el culito de Juana… y mirá bien cómo mamá le abre el ano a tu otra hija. Recordá siempre cuál es tu lugar.
Miranda se colocó detrás de Carla, que ya estaba en cuatro patas con el culo bien levantado y ofrecido. El consolador de 15 cm, todavía húmedo por la boca de Eduardo, presionó contra el ano de su hija mayor. Miranda empujó con firmeza y el dildo entró lentamente en el culo de Carla, abriéndola centímetro a centímetro.
— ¡Aaaahhh… mami… se siente tan grande por el culo…! —gimió Carla, apretando las sábanas.
Miranda empezó a follarla analmente con embestidas profundas y constantes, moviendo las caderas con ritmo dominante. Cada vez que sacaba casi todo el consolador y volvía a clavarlo hasta el fondo, Carla soltaba un gemido más fuerte.
Mientras tanto, Eduardo seguía arrodillado al lado, con la cara hundida entre las nalgas de Juana. Su lengua trabajaba sin descanso, lamiendo y chupando el ano todavía abierto y sucio de su hija menor. Metía la lengua lo más profundo que podía, tragando los restos de caca que habían quedado después de la larga penetración. El sabor era intenso, terroso y humillante, pero él seguía obedeciendo como el mariquita cornudo que era.
Miranda miró hacia abajo mientras follaba a Carla y sonrió con morbo al ver a su marido limpiando el culo de Juana.
—Mirá cómo lame, Carla… tu padre está comiendo el culito sucio de tu hermana mientras mamá te rompe el ano a vos. Ese es su único rol.
Carla gemía de placer anal y miró de reojo a su padre:
—Papá… estás chupando mi hermana… mientras mamá me folla el culo…
Miranda aumentó el ritmo, follándola más fuerte y profundo. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación. Mientras embestía sin parar, le habló directamente a Eduardo con voz clara y humillante:
—Cuando termines de limpiar bien el culito de Juana… cuando lo dejes bien limpito con tu lengua… te autorizo a besar a Juana con tu boca sucia. Podés meterle la lengua llena de su propia caca si ella quiere. Pero solo si ella te da permiso, cornudito. Vos no decidís nada.
Eduardo levantó un segundo la cara, la boca y la barbilla manchadas de restos marrones, y respondió sumiso:
—Gracias, mi amor… voy a limpiar muy bien…
Siguió metiendo la lengua con más devoción en el ano de Juana, lamiendo cada rincón, tragando todo lo que encontraba.
Juana, todavía sensible por su orgasmo anterior, gemía bajito mientras su padre le limpiaba el culo con la lengua.
Miranda seguía penetrando analmente a Carla con fuerza, haciendo que la chica gimiera más alto con cada embestida.
—Mirá cómo te follo el culito, Carla… mientras tu padre lame el de tu hermana como un perro… Esta es nuestra familia. Mamá follando, papá limpiando.
Carla jadeaba de placer:
—Fóllame más fuerte, mami… me gusta que papá esté limpiando mientras vos me das por el culo…
Eduardo seguía trabajando con la lengua en el ano de Juana, limpiándolo a fondo, sabiendo que después, si su hija se lo permitía, podría besarla con la boca todavía sucia.
Miranda sonreía satisfecha, follándole el ano a Carla sin piedad, mientras su marido cornudo cumplía su humillante tarea al lado.
Eduardo seguía con la cara hundida entre las nalgas de Juana, lamiendo con devoción el ano de su hija menor. Su lengua entraba y salía, recogiendo los últimos restos de caca que habían quedado después de la larga penetración de Miranda. El sabor era fuerte, amargo y terroso, pero él no se detenía. Chupaba, lamía y tragaba todo, limpiando el culito de Juana hasta dejarlo lo más rosado y limpio posible.
Juana gemía bajito, todavía sensible, sintiendo la lengua caliente de su padre moviéndose dentro de su ano.
Miranda, mientras seguía follándole el culo a Carla con embestidas profundas y constantes, miró hacia ellos y sonrió con morbo.
—Creo que ya está suficientemente limpio, mariquita. Terminá de una vez.
Eduardo sacó la lengua del ano de Juana y levantó la cara. Tenía los labios y la barbilla manchados de restos marrones. Miró a su hija menor con vergüenza y excitación, la voz temblorosa:
—Juana… ya terminé de limpiarte el culito… ¿me das permiso para besarte? Mamá dijo que solo si vos querés…
Juana dudó un momento. Miró la boca sucia de su padre, todavía con restos visibles, y se sonrojó intensamente. Sabía que era asqueroso… pero también sentía una extraña excitación por la humillación y el incesto.
—Está bien, papá… podés besarme —dijo con voz bajita y duditativa.
Eduardo se acercó rápidamente. Juana cerró los ojos y abrió la boca. Padre e hija se dieron un beso profundo y asqueroso. Eduardo metió la lengua llena del sabor del ano de su propia hija dentro de la boca limpia de Juana. Ella sintió inmediatamente el gusto fuerte y terroso de su propia caca mezclada con la saliva de su padre.
El beso fue largo, baboso y sucio. Lenguas enredándose, saliva intercambiada, restos marrones pasando de la boca de Eduardo a la de Juana. Juana gemía bajito dentro del beso, asqueada pero excitada al mismo tiempo. Eduardo besaba con desesperación, como si ese fuera el único contacto sexual que se le permitía con sus hijas.
Miranda, que seguía penetrando analmente a Carla con fuerza, miró la escena y se rio suavemente:
—Miren cómo se besan… padre e hija compartiendo el sabor del culito de Juana…
Mientras tanto, las embestidas de Miranda sobre Carla se volvieron más rápidas y profundas. El consolador entraba y salía del ano de Carla sin piedad.
Carla empezó a temblar. Su respiración se volvió entrecortada y sus gemidos subieron de tono.
— ¡Mami… ahí… me estoy por correr… por el culo…!
Miranda la agarró fuerte de las caderas y la folló con más intensidad, clavándole el consolador hasta el fondo con cada embestida.
—Corréte para mamá, hijita… córrete solo con el culito mientras tu padre besa a tu hermana con la boca sucia…
Carla soltó un grito agudo y tuvo un orgasmo anal intenso. Su ano se contrajo fuertemente alrededor del consolador, su coño soltó jugos claros sin que nadie lo tocara, y todo su cuerpo tembló violentamente. Se corrió largo y fuerte, gimiendo sin control mientras su mamá seguía follándola durante todo el orgasmo.
Cuando finalmente bajó de la ola de placer, Carla quedó jadeando y temblando, con el ano todavía abierto y palpitando alrededor del consolador de su mamá.
Miranda sacó lentamente el dildo del culo de Carla y miró a su familia con orgullo y morbo.
—Qué noche más hermosa estamos teniendo…
Al día siguiente – Mañana
Carla y Juana se despertaron temprano. El sol apenas entraba por las ventanas. Ambas se levantaron con el cuerpo todavía sensible por la noche anterior. Se ducharon rápido y se vistieron con el uniforme escolar: pollerita tableada gris corta que apenas les cubría la mitad del muslo, camisa blanca ajustada con corbatita roja, medias hasta la rodilla y zapatitos negros.
Se miraron en el espejo y se sonrieron con complicidad. Sabían que debajo de esa apariencia de colegialas inocentes escondían una realidad mucho más pervertida.
Bajaron a la cocina. Miranda ya estaba preparando el desayuno. Las dos se acercaron a su mamá y le dieron un piquito suave pero prolongado en los labios.
—Buenos días, mami —dijo Carla con voz dulce.
—Te queremos mucho —agregó Juana, dándole otro besito en los labios.
Miranda sonrió con cariño y morbo, acariciándoles el cabello.
—Mis nenitas hermosas… que tengan un buen día en la escuela. Comportense bien… por fuera.
Luego las chicas fueron a despedirse de sus machos.
Dogoberto todavía dormía profundamente con Camilita abrazada a su cuerpo gordo y apestoso. Juana le dio un beso rápido en la mejilla y salió.
Carla entró al cuarto donde dormía Beto. El viejo estaba despierto, sentado en la cama con solo unos boxers sucios. Al ver a Carla con la pollerita corta, la camisa ajustada y la corbatita, sus ojos se llenaron de lujuria.
Carla se acercó y le dio un beso en los labios.
—Chau, mi macho… me voy a la escuela.
Beto la agarró de la cintura con fuerza y le metió la lengua en la boca por unos segundos, besándola groseramente. Cuando la soltó, tenía una sonrisa perversa.
—Andá nomás, colegiala puta… portate bien.
Pero en su mente ya se estaba formando una idea sucia. Miró la pollerita tableada, las medias y la corbatita, y pensó: “Esta tarde me voy a escabullir hasta la escuela. Quiero sorprender a esta nenita en algún rincón y follármela con el uniforme puesto”.
Carla no sospechaba nada. Salió del cuarto sonrojada y se reunió con Juana en la puerta.
Eduardo, por su parte, se preparaba para ir al trabajo. Apenas podía sentarse del dolor que sentía en el ano después de la follada de Miranda la noche anterior. Cada movimiento le recordaba cómo su esposa lo había usado como una puta mientras sus hijas participaban. Se despidió de Miranda con un beso tímido y salió cojeando levemente hacia el trabajo, con la jaula de castidad todavía puesta.
Miranda se quedó sola en la casa, sonriendo satisfecha. Sabía que la noche anterior había sido solo el comienzo.
Mientras tanto, en la mente de Beto ya giraba su plan sucio: escabullirse hasta la escuela, encontrar a Carla y sorprenderla en algún lugar apartado para usarla con el uniforme escolar puesto.
Durante el recreo en la escuela
El patio de la escuela estaba lleno de ruido y risas. Carla y Juana, con sus uniformes escolares impecables —polleritas tableadas cortas, camisas blancas con corbatita roja y medias hasta la rodilla— estaban en diferentes grupos.
Juana estaba sentada en un banco con sus amiguitas de siempre. Las cuatro niñas reían y hablaban animadamente de dibujos animados.
— ¡No, el nuevo episodio de «Las Chicas Superpoderosas» estuvo genial! —decía Juana con voz aniñada, riéndose—. Cuando Buttercup le dio una paliza al monstruo…
Sus amigas se reían y comentaban entre ellas. Juana parecía una niña normal e inocente.
De repente, mientras hablaba, Juana levantó la vista y su sonrisa se congeló.
A lo lejos, en una parte alejada del patio, cerca de los contenedores de basura y semioculto detrás de un árbol grande, estaba Beto. El viejo gordo, sucio y desalineado, con su ropa rota y olor a sudor que se podía imaginar incluso desde lejos. La miraba fijamente con una sonrisa lasciva.
Juana se asustó. El corazón le dio un vuelco. Miró rápidamente a sus amigas para ver si alguien se había dado cuenta, pero ellas seguían riendo y hablando de dibujos. Juana sintió pánico. «¿Qué hace Beto acá? ¡Si alguien lo ve…!»
Beto, al notar que Juana lo había visto, no se movió. En cambio, levantó la mano discretamente y le hizo una seña a Carla, que estaba a unos metros hablando con otras compañeras.
Carla sintió la mirada y giró la cabeza. Cuando vio a Beto, su cara palideció. El miedo la invadió inmediatamente. «No… no puede ser… aquí no…»
No quería que nadie descubriera su relación secreta con ese viejo asqueroso. Sabía que si alguien lo veía hablando con ella, todo podía explotar.
Respiró hondo, fingió normalidad y le dijo a sus amigas con voz casual:
—Chicas, voy un segundo al baño. Ya vuelvo.
Sus amigas ni siquiera le prestaron mucha atención y siguieron hablando.
Carla caminó discretamente, tratando de no llamar la atención. Dio un rodeo para que pareciera que iba hacia los baños, pero en realidad se dirigió hacia la zona alejada del patio donde estaba Beto. El corazón le latía con fuerza. Miraba constantemente hacia atrás para asegurarse de que nadie la seguía.
Cuando llegó cerca de los contenedores, Beto la esperaba con una sonrisa grosera y triunfal. Su olor a sudor y pies sucios ya se sentía desde varios metros.
—Mirá qué linda colegiala… —murmuró Beto con voz ronca cuando Carla se acercó—. Me escapé un rato para verte con esa pollerita corta… se te ve el culito cuando caminás.
Carla estaba nerviosa y asustada. Miraba hacia todos lados, temiendo que alguna profesora o compañera los viera.
—Beto… ¿qué hacés acá? —susurró con voz temblorosa—. Si alguien te ve… van a preguntar quién sos… no podés estar en la escuela…
Beto soltó una risita baja y le puso una mano callosa en la cintura, atrayéndola un poco más hacia los contenedores para que quedaran más ocultos.
—Tranquila, nenita… solo vine a ver a mi putita colegiala… esa pollerita me tiene loco. Vení un poquito más atrás… nadie nos va a ver.
Carla tragó saliva, temerosa pero también sintiendo esa mezcla de miedo y excitación prohibida que Beto siempre le provocaba.
Mientras tanto, Juana seguía en el banco con sus amigas, fingiendo que nada pasaba, pero mirando de reojo hacia donde estaba su hermana y Beto, con el corazón acelerado.
Carla llegó hasta donde estaba Beto, casi pegada a los contenedores de basura. Miró nerviosamente hacia todos lados antes de hablar en voz baja pero furiosa:
—Beto… ¿qué carajo hacés acá? ¡Esto es una locura! Estamos en la escuela, hay profes, hay compañeras… ¡Si alguien te ve hablando conmigo van a preguntar quién sos! ¿Querés que todo se descubra?
Beto soltó una risa ronca y grave, mostrando sus dientes amarillos y torcidos. No parecía preocupado en absoluto.
—Jajaja… mirá cómo se queja la nenita… Venís toda arregladita con tu pollerita corta y la corbatita como si fueras una santa… y ahora me retás porque vine a ver a mi putita.
Carla estaba roja de rabia y miedo.
—Esto no es un juego, Beto. Si mi mamá se entera de que viniste hasta la escuela…
No pudo terminar la frase.
Beto se abalanzó sobre ella de repente. La agarró fuerte de la cintura con sus manos callosas y sucias, atrayéndola contra su cuerpo gordo y apestoso. Antes de que Carla pudiera reaccionar, le estampó un beso brutal en la boca.
Carla intentó resistirse. Puso las manos sobre el pecho de Beto y empujó, girando la cara.
— ¡Beto… no… acá no…! —susurró desesperada contra sus labios.
Pero él era mucho más fuerte. La apretó contra la pared de los contenedores y le metió la lengua gruesa y babosa en la boca.
El beso fue asqueroso. La boca de Beto sabía a cigarrillo barato, comida podrida, cerveza rancia y dientes sucios. Su saliva era espesa y tenía un sabor nauseabundo que hubiera hecho vomitar a cualquiera. Pero Carla… Carla no sentía náuseas. Al contrario, aunque su mente gritaba de miedo a ser descubierta, su cuerpo reaccionó con esa excitación prohibida que solo Beto le provocaba.
Poco a poco dejó de resistirse. Sus manos dejaron de empujar y se aferraron a la camisa rota de Beto. Abrió más la boca y empezó a responder el beso, enredando su lengua limpia con la lengua sucia y babosa del viejo.
El beso se volvió cada vez más intenso y morboso. Beto le chupaba los labios, le metía la lengua hasta la garganta y babeaba sobre la boca de la colegiala. Carla gemía bajito dentro del beso, sintiendo cómo el sabor repugnante de Beto le llenaba la boca. Sus rodillas temblaban.
Pasaron varios minutos besándose de forma sucia y desesperada detrás de los contenedores. La pollerita tableada de Carla se levantaba un poco por la forma en que Beto la apretaba contra él.
De repente, sonó la campana que anunciaba el fin del recreo.
Carla se separó bruscamente, jadeando, con los labios hinchados y brillantes de saliva. Tenía la cara roja y la corbatita un poco torcida.
—Tengo que irme… —susurró nerviosa—. La clase va a empezar… Si no vuelvo ahora, mis amigas van a preguntar.
Beto la miró con cara de enojo y frustración. Su verga ya estaba dura dentro del pantalón sucio.
—Andá nomás… pero no tardes mucho, putita. Vine hasta acá para verte y no pienso irme con las manos vacías. Volvé en cuanto puedas… aunque sea unos minutos. Si no, voy a entrar a buscarte yo mismo.
Carla tragó saliva, todavía con el sabor asqueroso de la boca de Beto en la suya.
—Está bien… voy a volver… pero tenés que esconderte mejor —dijo temerosa.
Se acomodó rápidamente la pollerita y la corbatita, se limpió la boca con el dorso de la mano y salió corriendo discretamente hacia el edificio de clases, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Beto se quedó oculto detrás de los contenedores, con una sonrisa enojada y lujuriosa, esperando que su colegiala volviera.
Carla volvió corriendo a su aula, todavía con el corazón latiéndole fuerte y el sabor asqueroso de la boca de Beto en la lengua. Se sentó en su banco e intentó concentrarse, pero no podía. Tenía la pollerita un poco arrugada y los labios todavía hinchados.
Pasaron unos minutos de clase cuando Carla levantó la mano.
—Profesora… ¿puedo ir al baño? Me duele mucho la panza.
La profesora, una mujer madura de unos 40 años llamada Laura, la miró por encima de sus anteojos. Era una hembra voluptuosa: cabello castaño largo y ondulado, tetas enormes y pesadas que colgaban como ubres maduras dentro de su blusa ajustada. Se notaban claramente los pezones anchos y grandes marcándose contra la tela.
—Andá, Carla, pero no tardes —le dijo con voz cansada pero amable.
Carla asintió y salió del aula lo más rápido que pudo sin correr. Caminó por el pasillo vacío y se dirigió directamente hacia la zona alejada del patio, cerca de los contenedores donde Beto la esperaba.
Cuando llegó, Beto ya estaba impaciente. Apenas la vio, sonrió con esa sonrisa grosera y la agarró del brazo, tirándola detrás de los contenedores para que quedaran ocultos.
—No tengo mucho tiempo… —susurró Carla nerviosa, mirando hacia todos lados—. La profesora me dio permiso solo para ir al baño… si tardo mucho van a sospechar.
Beto soltó una risa baja y se bajó los pantalones sucios de un tirón. Su verga gruesa y corta saltó hacia afuera. Estaba cubierta de una capa espesa de esmegma blanco-amarillento, acumulado por días sin lavarse. El olor fuerte y rancio a queso podrido y sudor viejo golpeó la nariz de Carla inmediatamente.
—Entonces no perdamos tiempo, colegiala puta —gruñó Beto—. Chupá. Limpiame la verga con esa boquita linda que tenés.
Carla miró la verga sucia con una mezcla de asco y excitación. Todavía no se había acostumbrado del todo al sabor fuerte y repugnante del esmegma. Le daba náuseas… pero en el fondo, esa náusea la mojaba.
Se arrodilló rápidamente sobre el piso sucio, levantó la pollerita tableada para no ensuciarla y acercó su cara a la verga de Beto. El olor era intenso. Dudó un segundo, pero abrió la boca y metió la cabeza del pene dentro.
El sabor fue inmediato y fuerte: amargo, salado, ácido, con ese gusto rancio y pastoso del esmegma acumulado. Carla hizo una mueca de asco y tuvo una pequeña arcada, pero no sacó la verga. Empezó a chupar con torpeza al principio, pasando la lengua alrededor de la cabeza, recogiendo el esmegma espeso.
—Así… chupá más profundo, nenita —gruñó Beto, agarrándola de la cabeza con una mano—. Sacame toda esa mugre de la verga… sabés que te gusta aunque te dé asco.
Carla gemía bajito mientras chupaba. Su lengua trabajaba tratando de limpiar la capa blanca-amarillenta. El sabor era horrible, pero cuanto más chupaba, más se le mojaba la bombachita. Sentía vergüenza de excitarse con algo tan sucio, pero no podía evitarlo.
Beto empujaba suavemente su cabeza, follándole la boca con lentitud.
—Qué rica boquita tenés… mirá cómo la colegiala me limpia la verga llena de esmegma… seguí chupando, putita… tragate todo.
Carla chupaba con más ganas, aunque todavía hacía pequeñas arcadas cada vez que tragaba un pedazo grande de esmegma. Su saliva se mezclaba con la mugre y le chorreaba por la barbilla.
De repente escucharon voces lejanas de alumnos. Carla se asustó y sacó la verga un segundo, jadeando.
—Tengo que volver… la clase…
Beto la miró con frustración pero la soltó.
—Andá… pero esto no termina acá. Volvé en el próximo recreo o te voy a buscar yo mismo dentro del colegio.
Carla se levantó rápido, se limpió la boca con el dorso de la mano y se acomodó la pollerita y la corbatita. Todavía tenía sabor a esmegma en la lengua cuando volvió corriendo hacia su aula.
La profesora Laura la miró cuando entró, pero no dijo nada.
Carla se sentó en su banco, con las mejillas rojas y la bombachita mojada, sabiendo que Beto seguía esperándola afuera.
Carla pasó el resto de la clase extremadamente nerviosa. No podía concentrarse en nada de lo que explicaba la profesora Laura. Tenía la mente en otro lado: el sabor fuerte del esmegma de Beto todavía le impregnaba la lengua, y sabía que él la estaba esperando afuera. Cada vez que se movía en el banco sentía la bombachita mojada pegada a su coño. Sus mejillas estaban permanentemente sonrojadas.
Cuando por fin sonó la campana del segundo recreo, Carla sintió un nudo en el estómago. Sus amiguitas la invitaron a jugar, pero ella inventó una excusa rápida:
—Voy al baño de nuevo… me sigue doliendo la panza. Ya las alcanzo.
Se escabulló discretamente del grupo y caminó rápido hacia la zona alejada del patio, cerca de los contenedores. El corazón le latía con fuerza. Sabía que estaba arriesgando mucho, pero no podía resistirse.
Beto la esperaba impaciente, oculto detrás de los contenedores. Apenas la vio aparecer con su pollerita tableada corta, los ojos se le encendieron de lujuria.
—No perdí el tiempo, putita… —gruñó con voz ronca.
Sin darle tiempo a decir nada, Beto la agarró fuerte de la cintura, la empujó contra la pared de los contenedores y le subió la pollerita tableada hasta la cintura de un tirón. Con la otra mano le bajó la bombachita blanca de colegiala hasta las rodillas, dejando su culito blanco y redondo completamente expuesto.
Carla jadeó asustada:
—Beto… rápido… no tenemos mucho tiempo…
Beto escupió groseramente en su mano, se untó la verga gruesa y sucia, y apoyó la cabeza directamente contra el ano de Carla. Sin preámbulos, empujó con fuerza.
— ¡Aaaahhh…! —gimió Carla cuando sintió cómo la verga del viejo le abría el ano de golpe.
Beto la penetró analmente de una sola embestida profunda, metiéndole más de la mitad de la verga en el culo apretado de la colegiala. Carla tuvo que morderse el labio para no gritar. El ardor era intenso, pero ya conocía esa sensación.
—Qué culo más rico tenés, nenita… —gruñó Beto mientras empezaba a follarla con embestidas brutales y rápidas—. Todo el recreo pensando en cogerte con el uniforme puesto…
La follaba con fuerza contra la pared, una mano agarrándole la cadera y la otra tapándole la boca para que no hiciera mucho ruido. La pollerita tableada se movía con cada embestida, dejando ver cómo la verga gruesa entraba y salía del ano de Carla.
Carla gemía contra la mano de Beto, las lágrimas de placer y dolor cayéndole por las mejillas. Su bombachita colgaba en sus rodillas mientras era sodomizada por su macho viejo y sucio en pleno recreo de la escuela.
Beto le hablaba al oído con voz ronca y grosera mientras la penetraba sin piedad:
—Tomá toda la verga por el culo, colegiala puta… mientras tus amiguitas juegan a las muñecas, yo te estoy rompiendo el ano… decime que te gusta…
Carla, con la voz ahogada contra la mano de Beto, solo podía gemir y asentir con la cabeza, completamente entregada al placer prohibido.
El tiempo del recreo corría peligrosamente…
Beto follaba el ano de Carla con embestidas brutales y rápidas, aplastándola contra la pared de los contenedores. Su verga gruesa entraba y salía del culo de la colegiala sin piedad, haciendo que la pollerita tableada se moviera violentamente con cada golpe.
—Mirá vos… —gruñó Beto cerca de su oído, con voz ronca y burlona—. Qué diferencia hay entre vos y tus amiguitas, ¿no?
Carla gemía contra la mano de Beto, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras sentía cómo le abrían el culo una y otra vez.
Beto continuó humillándola mientras la sodomizaba con más fuerza:
—Mientras tus amiguitas están allá sentadas, riéndose como nenas buenas, hablando de dibujos animados, jugando con muñecas y contándose secretos de princesas… vos estás acá, con la pollerita levantada y la bombachita en las rodillas, dejando que un viejo indigente asqueroso te rompa el culito en el recreo de la escuela.
Empujó más profundo, haciendo que Carla soltara un gemido ahogado.
—Ellas son nenas de verdad… inocentes… sueñan con besitos de príncipes y con ir a fiestas de cumpleaños. Y vos… vos sos una putita disfrazada de colegiala. Una nenita que se deja follar el ano por un viejo sucio y feo como yo. ¿Te imaginás si tus amiguitas te vieran ahora? ¿Si vieran cómo abrís el culito para que te meta toda la verga?
Carla negó con la cabeza, sollozando de placer y vergüenza, pero su ano apretaba la verga de Beto con cada embestida.
Beto se rio bajito y siguió humillándola sin piedad:
—Mientras ellas comen golosinas y saltan la soga, vos estás tragando verga por el culo como una puta barata. Ellas juegan a las casitas… y vos dejás que un indigente te use el orto como si fuera un agujero público. Qué vergüenza, ¿no? Tan linda con tu corbatita y tu pollerita… y tan puta por dentro.
Le dio una palmada fuerte en el culo y aceleró el ritmo, follándola más salvajemente.
—Decime… decime la verdad mientras te follo el culo… ¿te gusta más que tus amiguitas te vean como una nenita buena, o que sepan que en realidad sos una colegiala que se deja sodomizar por un viejo apestoso en el recreo?
Carla, con la voz entrecortada y ahogada por la mano de Beto, logró balbucear entre gemidos:
—Me… me gusta… que me folles el culo… aunque sea asqueroso… aunque seas un indigente…
Beto soltó una risa cruel y le mordió el lóbulo de la oreja mientras seguía penetrándola analmente sin descanso.
—Exacto… porque vos no sos como ellas. Vos naciste para que te rompan el culito en lugares sucios mientras tus amiguitas siguen siendo nenas puras. Qué putita más rica sos, Carla…
La follaba cada vez más fuerte, el sonido húmedo de su verga entrando en el ano de la colegiala se mezclaba con los gemidos ahogados de Carla y las humillaciones constantes de Beto.
El recreo seguía corriendo… y Beto no parecía tener intención de terminar pronto.
Beto seguía follándola analmente con fuerza salvaje, aplastando a Carla contra la pared de los contenedores. Su verga gruesa entraba y salía del ano de la colegiala con embestidas brutales, haciendo que las nalgas de Carla se sacudieran y enrojecieran.
—Jajaja… mirá vos —gruñó Beto cerca de su oído, con la voz cargada de burla y morbo—. Mientras tus amiguitas están allá sentadas como princesitas, hablando de los dibujitos que vieron anoche y peleándose por quién tiene la muñeca más linda… vos estás acá, con la pollerita levantada y el culito abierto, tragando verga de un viejo indigente asqueroso.
Le dio una palmada fuerte en el culo y siguió:
—Ellas todavía creen que los besos son con la boca cerrada y que los chicos de su edad son “lindos”. Y vos… vos ya sabés lo que es tener una verga sucia y llena de esmegma metida hasta el fondo del orto. Mientras ellas sueñan con un príncipe que les regale flores, vos te mojás cuando un viejo feo y apestoso te dice que le limpies la verga con la boca.
Carla gemía contra la mano de Beto, las lágrimas de placer y vergüenza cayéndole por las mejillas.
Beto continuó con comparaciones cada vez más asquerosas:
—Imaginate a tus amiguitas ahora… sentadas en el banco, comiendo alfajorcitos con las manos limpitas, riéndose porque una se tiró un pedito. Y vos… vos estás acá dejando que un indigente te abra el culo como si fueras un baño público. Ellas todavía se limpian el culito con papel perfumado después de cagar… y vos dejás que yo te lo ensucie con mi verga y después te lo haga limpiar con la lengua a tu propio padre.
Empujó más profundo, clavándole toda la verga hasta el fondo.
—Mientras tus amiguitas sueñan con su primer besito romántico en la mejilla… vos ya sabés lo que es tener la boca llena de esmegma rancio y saliva de un viejo que no se bañó en semanas. Ellas se cambian las bombachitas porque se les mojó un poquito jugando… y vos tenés la bombachita bajada porque te estás dejando sodomizar como una puta barata en el recreo de la escuela.
Beto se rio bajito y cruel, acelerando las embestidas:
—Decime la verdad, nenita… ¿te imaginás si tus amiguitas te vieran ahora? ¿Si vieran a la “buena” de Carla con la pollerita levantada, el culo rojo y una verga de indigente entrando y saliendo de su orto? Ellas seguirían siendo nenas inocentes… y vos ya sos una colegiala pervertida que se corre cuando un viejo sucio le dice guarradas mientras le rompe el culo.
Carla sollozaba de placer, el ano apretando la verga de Beto con cada embestida. Beto siguió humillándola sin piedad:
—Ellas van a llegar a casa y le van a contar a su mamá que jugaron a las muñecas… y vos vas a llegar con el culito lleno de semen de indigente, oliendo a verga sucia y con la boca todavía sabiendo a esmegma. Qué diferencia, ¿no? Tus amiguitas son nenas… y vos sos mi putita colegiala personal.
Beto le mordió el cuello y le susurró con voz ronca:
—Decime… decime mientras te follo el culo… ¿te gusta más ser como tus amiguitas… o te gusta ser la nenita que se deja romper el orto por un viejo asqueroso en el recreo?
Carla, completamente entregada, gimió contra su mano:
—Me… me gusta… ser tu putita… aunque sea asqueroso…
Beto soltó una risa triunfal y siguió follándola con más fuerza, disfrutando cada segundo de la humillación.
De repente, la campana del fin del recreo sonó fuerte por todo el patio.
¡Riiiiiing! ¡Riiiiiing!
Carla se sobresaltó violentamente. El pánico la invadió.
— ¡Beto… la campana! ¡Tengo que volver ya! —susurró desesperada, tratando de separarse.
Pero Beto no la soltó. Al contrario, la agarró más fuerte de las caderas y le dio tres embestidas brutales y profundas, clavándole toda la verga hasta el fondo del ano.
—Todavía no, putita… —gruñó con voz ronca y enojada—. Primero vas a llevarte mi leche.
Con un último gruñido animal, Beto se corrió violentamente dentro del culo de Carla. Chorros calientes y espesos de semen inundaron su ano, llenándola por completo. Carla sintió el calor espeso disparándose dentro de ella, marcándola por dentro. Beto siguió empujando mientras se vaciaba, asegurándose de que ni una gota se perdiera.
Cuando terminó, sacó la verga lentamente. El ano de Carla quedó abierto, rojo e hinchado, y un hilo grueso de semen blanco empezó a chorrear lentamente de su agujero.
Beto le dio una última palmada fuerte en el culo y le subió la bombachita de un tirón, tapando el desastre. La tela blanca de la bombachita se manchó inmediatamente con semen y restos anales.
—Andá… corre a clase, colegiala puta —le dijo con una sonrisa cruel—. Y caminá normal… no quiero que se te caiga mi semen del culo delante de tus amiguitas.
Carla estaba temblando. Se acomodó la pollerita tableada lo más rápido que pudo, sintiendo cómo el semen caliente de Beto se movía dentro de su ano y empezaba a filtrarse hacia la bombachita. Cada paso que daba sentía el líquido espeso chorreando y mojándole la entrepierna.
—Te odio… —susurró Carla con la voz quebrada, pero sus ojos brillaban de excitación prohibida.
Corrió de vuelta hacia el edificio de clases lo más rápido que pudo sin llamar demasiado la atención. Sentía el culo lleno, caliente y resbaladizo. Cada vez que daba un paso, el semen se movía dentro de ella y un poco más se escapaba hacia la bombachita, dejando una sensación húmeda y pegajosa.
Cuando entró al aula, la profesora Laura la miró con el ceño fruncido.
—Carla, ¿estás bien?.
Carla se sentó rápidamente en su banco, con las mejillas ardiendo y las piernas apretadas.
—Sí, profesora… solo me dolía mucho la panza —mintió, con la voz temblorosa.
Se sentó con mucho cuidado. Inmediatamente sintió cómo el semen de Beto se aplastaba contra la bombachita y empezaba a filtrarse. La tela se humedeció y se pegó a su coño y ano. Cada vez que se movía en el asiento sentía el semen espeso moviéndose dentro de su culo y chorreando lentamente.
Sus amiguitas la miraron extrañadas.
—¿Estás bien, Carla? Estás toda colorada…
Carla forzó una sonrisa nerviosa y apretó las piernas.
—Sí… solo… me duele un poco la panza todavía.
Durante toda la clase siguiente, Carla no pudo concentrarse en nada. Sentía el ano palpitante y lleno del semen de Beto. Cada vez que se movía, un poco más de semen se escapaba y mojaba su bombachita. Podía oler ligeramente el aroma a sexo y a hombre sucio que desprendía su entrepierna.
Sabía que en cualquier momento podía empezar a chorrearle por las piernas si no tenía cuidado.
Y lo peor… en el fondo, esa humillación la tenía completamente mojada.
Carla estaba sentada en su banco, intentando mantener la compostura. La clase de Matemáticas había empezado, pero ella no podía concentrarse en nada de lo que decía la profesora. Su ano palpitaba, todavía abierto y sensible después de la follada salvaje de Beto. Lo peor era que el semen caliente y espeso del viejo seguía moviéndose dentro de ella.
Cada vez que se movía un poco en la silla, sentía cómo un chorro grueso de semen se escapaba de su ano y se filtraba hacia la bombachita. La tela blanca ya estaba empapada y pegajosa. Podía sentir la humedad cálida extendiéndose entre sus nalgas y mojándole también el coño.
Intentaba disimular como podía. Mantenía las piernas bien apretadas, la espalda recta y la mirada fija en el pizarrón, pero su cara estaba roja y tenía la respiración entrecortada.
La profesora Laura preguntó algo. Carla ni siquiera escuchó la pregunta.
—Carla, ¿me estás escuchando? —dijo la profesora con tono serio.
Carla dio un respingo y sintió cómo, con ese movimiento brusco, un chorro más abundante de semen salió de su ano y empapó completamente la bombachita. Ahora la tela estaba totalmente mojada y empezaba a transparentarse ligeramente.
—S-sí, profesora… perdón… me duele un poco la panza todavía —balbuceó, con la voz temblorosa.
Sus amiguitas sentadas cerca la miraron extrañadas.
—¿Estás bien? Estás toda transpirada —le susurró una de ellas.
Carla asintió sin mirarla, apretando aún más las piernas. Sentía cómo el semen de Beto seguía chorreando lentamente. Un hilo caliente ya había bajado por su muslo izquierdo y estaba llegando casi a la media. Intentó secarlo disimuladamente con la mano por debajo de la pollerita, pero solo consiguió esparcir más la humedad.
Cada vez que respiraba profundo, sentía el olor leve pero inconfundible a sexo y semen saliendo de su entrepierna. Tenía terror de que alguien más lo notara.
La profesora siguió explicando en el pizarrón. Carla apretó el culo todo lo que pudo para intentar contener el semen, pero fue peor: el movimiento hizo que otro chorro espeso escapara y mojara aún más la bombachita. Ahora sentía la tela completamente pegada a su coño y ano, fría y pegajosa.
Intentó cruzar las piernas, pero eso solo presionó más el semen contra su piel sensible. Un pequeño gemido se le escapó sin querer. Inmediatamente tosió para disimularlo.
Una de sus amigas se inclinó hacia ella y le susurró:
—Carla, de verdad… estás rara. ¿Querés que te acompañe a la enfermería?
Carla negó rápidamente con la cabeza, muerta de vergüenza.
—No… estoy bien… solo… necesito ir al baño otra vez después de clase.
Por dentro estaba desesperada. Sentía cómo el semen de Beto seguía saliendo lentamente de su ano abierto, empapándole la bombachita y comenzando a bajar por el interior de sus muslos. La pollerita tableada era tan corta que tenía miedo de que, si se levantaba, se viera alguna mancha.
Se quedó sentada, inmóvil, apretando las nalgas y rezando para que la clase terminara pronto. Cada minuto que pasaba era una tortura húmeda y pegajosa. El semen del viejo indigente seguía chorreando de su culo follado, recordándole constantemente lo puta que había sido en el recreo.
Y lo más humillante… a pesar del miedo y la vergüenza, su coño estaba completamente mojado por la excitación.
Los días siguientes…
Los días pasaron y lo que empezó como un riesgo loco y puntual se convirtió rápidamente en una costumbre peligrosa y adictiva.
Casi todos los recreos, Beto se escabullía hasta la escuela. Ya conocía los horarios, los rincones más ocultos y cómo moverse sin que lo vieran los profesores o el personal de seguridad. Se escondía cerca de los contenedores de basura, detrás del galpón viejo o en el fondo del patio, donde casi nadie iba.
Carla vivía en un estado constante de nervios y excitación. Cada mañana, cuando se ponía el uniforme escolar, sabía que era muy probable que Beto apareciera en algún momento del día. Ya ni siquiera necesitaba que él le hiciera señas. En cuanto sonaba la campana del primer recreo, Carla inventaba una excusa (ir al baño, buscar algo en la mochila, hablar con una compañera) y se escabullía hacia el lugar donde Beto la esperaba.
La rutina se volvió casi mecánica, pero cada vez más intensa:
Durante el primer recreo, Beto la esperaba impaciente. Apenas Carla llegaba, él le subía la pollerita tableada, le bajaba la bombachita y la penetraba analmente contra la pared o apoyada sobre los contenedores. La follaba rápido y duro, llenándole el culo de semen espeso mientras le susurraba humillaciones:
—Mirá cómo venís corriendo a que te rompa el orto… mientras tus amiguitas saltan la soga como nenas buenas.
A veces solo alcanzaba a correrse dentro de ella antes de que sonara la campana. Carla volvía a clase con el ano lleno, el semen chorreándole por las piernas y la bombachita empapada, intentando disimular como podía.
En el segundo recreo, Beto era más exigente. La obligaba a arrodillarse y chuparle la verga sucia (a veces todavía con restos del primer polvo), o la follaba analmente en posiciones más riesgosas, tapándole la boca para que no gritara. Carla aprendió a correrse solo con la verga en el culo, mordiéndose el labio para no hacer ruido.
Con el paso de los días, Carla ya no solo aceptaba… lo necesitaba. Se despertaba pensando en Beto, se mojaba en clase imaginando que él aparecería, y cuando sonaba la campana sentía un cosquilleo nervioso y excitado en el estómago.
Juana lo notaba. Sabía perfectamente lo que pasaba, pero no decía nada. Solo miraba a su hermana con una mezcla de preocupación y curiosidad cuando Carla volvía al aula con las mejillas rojas, la pollerita un poco arrugada y caminando con las piernas algo abiertas.
Una tarde, después de varios días de esta rutina, Beto la tuvo contra la pared durante casi todo el recreo largo. La folló analmente con tanta fuerza que Carla tuvo un orgasmo anal intenso, temblando y mordiéndose la mano para no gritar. Cuando Beto se corrió dentro de ella, le dejó el ano tan lleno que el semen empezó a chorrear abundantemente por sus muslos antes de que pudiera volver a clase.
Carla tuvo que caminar por el pasillo con cuidado, sintiendo cómo gruesos hilos de semen blanco bajaban por sus piernas y se metían dentro de las medias. Llegó al aula con la cara roja y se sentó con mucho cuidado, rezando para que nadie notara el olor a sexo ni las manchas húmedas en la parte de atrás de la pollerita.
Esa noche, cuando llegó a casa, todavía tenía restos de semen seco en la bombachita y en el interior de los muslos.
Miranda, al verla llegar, solo sonrió con complicidad y le preguntó en voz baja:
—¿Cómo te fue hoy en la escuela, hijita?
Carla se sonrojó intensamente y solo pudo responder:
—Bien, mami…
Pero las dos sabían la verdad.
La costumbre se había instalado. Beto seguía escabulléndose en la escuela casi todos los días, y Carla, aunque muerta de miedo a ser descubierta, no podía (ni quería) parar.
Ese día – Durante el segundo recreo
Beto había cambiado de estrategia. Ya no quería esperar afuera cerca de los contenedores. Quería algo más riesgoso, más prohibido. Se escabulló por una de las puertas laterales del edificio y entró directamente a los baños de las niñas.
El lugar estaba vacío en ese momento. Beto entró en el último cubículo, el más alejado, cerró la puerta con pestillo y se sentó en la tapa del inodoro a esperar. El olor a desinfectante mezclado con su propio olor corporal llenaba el pequeño espacio. Sonreía con anticipación, su verga ya semi-dura dentro del pantalón sucio.
Minutos después, la campana del recreo sonó. Carla se dirigió hacia los baños. Apenas entró, sintió que algo no estaba bien. El ambiente se sentía más pesado.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta del último cubículo se abrió de golpe. Una mano callosa y fuerte la agarró del brazo y la metió dentro bruscamente.
Era Beto.
Carla soltó un pequeño grito ahogado, pero Beto le tapó la boca inmediatamente con su mano sucia.
—Shhh… calladita, putita —le susurró al oído con voz ronca y excitada—. Vine a buscarte yo mismo hoy.
La empujó contra la pared del cubículo y cerró la puerta con pestillo. El espacio era estrecho, apenas cabían los dos. El olor a pies sucios, sudor viejo y verga sin lavar de Beto llenó el cubículo inmediatamente.
Carla estaba aterrorizada.
—Beto… ¡no! ¡Acá no! Estamos en los baños de las niñas… ¡alguien puede entrar en cualquier momento!
Beto no le hizo caso. La presionó más contra la pared, su cuerpo gordo y apestoso aplastándola. Le subió la pollerita tableada con una mano y con la otra le agarró la cara.
—Justo por eso me calienta más… —gruñó.
Y se abalanzó sobre su boca.
El beso fue sucio, brutal y asqueroso. Beto le metió la lengua gruesa y babosa hasta el fondo de la garganta, babeándola sin control. Su boca sabía a cigarrillo viejo, comida podrida y dientes sin lavar. La saliva espesa le chorreaba por la barbilla a Carla mientras él la besuqueaba con hambre.
Carla intentaba resistirse al principio, girando la cara y empujando el pecho de Beto con las manos.
—Beto… por favor… no acá… —suplicó contra sus labios.
Pero él la presionaba más fuerte. Una mano le apretaba el culo por debajo de la pollerita, la otra le sujetaba la nuca para que no pudiera escapar del beso. Su verga ya dura se frotaba contra el vientre de Carla por encima de la pollerita.
El beso se volvió cada vez más baboso y repugnante. Beto le chupaba los labios, le metía la lengua hasta casi ahogarla y gemía dentro de su boca. Carla sentía el sabor nauseabundo llenándole la lengua, pero su cuerpo, traicionero, empezaba a responder. Sus rodillas temblaban y su coño se mojaba a pesar del miedo.
Beto separó un segundo los labios, un grueso hilo de saliva conectando sus bocas, y le susurró con voz ronca:
—Besame como la puta que sos… aunque te dé asco… abrí bien la boca.
Y volvió a besarla con más violencia, metiéndole la lengua hasta la garganta mientras le apretaba el culo con fuerza, metiendo un dedo por debajo de la bombachita y rozándole el ano todavía sensible de días anteriores.
Carla gemía dentro del beso asqueroso, presionada contra la pared del baño de niñas, con la pollerita levantada y el viejo indigente besuqueándola salvajemente.
El riesgo de que alguien entrara al baño en cualquier momento hacía que todo fuera aún más peligroso… y más excitante.
Beto estaba completamente descontrolado. Con una mano le tenía la pollerita levantada y con la otra ya le había bajado la bombachita hasta las rodillas. Su verga gruesa, sucia y dura como piedra rozaba el ano todavía sensible de Carla.
—Ahora sí, putita… te voy a romper el culito acá mismo —gruñó bajito mientras escupía en su mano y untaba la cabeza de su verga.
Carla temblaba, aterrorizada y excitada.
—Beto… por favor… no acá… —suplicó en un susurro.
Pero era tarde. Beto ya estaba posicionando la punta contra su ano cuando…
¡Cric! ¡Cric!
La puerta del baño de niñas se abrió. Se escucharon risas y voces de varias chicas entrando.
Eran las amiguitas de Carla.
Beto se congeló un segundo, pero en lugar de detenerse, una sonrisa perversa se dibujó en su cara sucia. Rápidamente tapó la boca de Carla con su mano callosa y grande, ahogando cualquier sonido. Con la otra mano la apretó fuerte contra la pared del cubículo.
—Ni un ruido… —le susurró al oído con voz amenazante.
Y empujó.
La verga gruesa de Beto entró de golpe en el ano de Carla, abriéndola sin piedad. Carla abrió los ojos como platos y soltó un grito ahogado que quedó completamente silenciado por la mano de Beto. El dolor y el placer la atravesaron al mismo tiempo.
Sus amiguitas estaban justo al lado, en los lavabos y en los otros cubículos, hablando como nenas normales:
— ¿Viste el nuevo capítulo de “My Little Pony”? ¡Rainbow Dash estuvo increíble!
— Yo quiero que me regalen la muñeca de Twilight para mi cumpleaños…
— ¿Vamos a jugar a la soga después de clase? Mi mamá me compró gomitas nuevas…
Mientras tanto, dentro del último cubículo, Beto follaba a Carla con embestidas duras y profundas, pero en completo silencio. Solo se escuchaba el leve sonido húmedo de su verga entrando y saliendo del ano de la colegiala. Cada embestida hacía que el cuerpo de Carla se sacudiera contra la pared.
Carla tenía los ojos llenos de lágrimas. La mano de Beto le tapaba la boca con fuerza, ahogando todos sus gemidos y gritos. Solo se escapaban pequeños sonidos ahogados que quedaban cubiertos por las risas inocentes de sus amiguitas.
Beto le hablaba al oído con voz ronca y baja, follándola sin piedad:
—Calladita… calladita, puta… mientras tus amiguitas hablan de muñecas y dibujitos, yo te estoy rompiendo el orto… ¿sentís cómo te abre el culo mi verga?
Carla asentía desesperada, las lágrimas cayéndole por las mejillas. El ano le ardía, pero el placer prohibido era tan intenso que su coño goteaba. Beto la follaba duro, con embestidas cortas pero fuertes, haciendo que su pollerita se moviera con cada golpe.
Una de las amiguitas entró al cubículo de al lado y se puso a orinar, hablando todavía:
—Carla hoy está rara… ¿no? Se fue como tres veces al baño…
Beto sonrió contra la oreja de Carla y aceleró las embestidas, follándola más profundo y rápido, pero siempre en silencio. La mano sobre su boca era como una mordaza. Carla sentía que iba a explotar. El contraste era brutal: sus amiguitas hablando de cosas de nenas inocentes a solo unos metros, mientras ella era follada analmente por un viejo indigente sucio dentro del baño.
Beto le susurró con voz cruel:
—Escuchalas… ellas siguen siendo nenas buenas… y vos estás acá, con el culo lleno de verga de indigente… calladita como una puta obediente.
Carla temblaba entera, el orgasmo acercándose peligrosamente mientras Beto seguía follándola duro pero en absoluto silencio, con la mano firmemente tapándole la boca.
Las amiguitas seguían hablando y riendo inocentemente del otro lado de la puerta.
Los días siguientes, Beto siguió escabulléndose en la escuela casi todos los recreos. La rutina se había vuelto peligrosa pero adictiva. Carla ya no podía negarse. Cada vez que sonaba la campana, su cuerpo reaccionaba antes que su mente. Beto la follaba analmente en rincones cada vez más arriesgados: detrás de los contenedores, en el galpón viejo, e incluso una vez en las escaleras de emergencia.
Pero un día todo cambió.
Era el segundo recreo. Beto había llevado a Carla al baño de niñas otra vez. La tenía contra la pared del último cubículo, con la pollerita levantada y la bombachita en los tobillos. La estaba follando analmente con embestidas fuertes y profundas, tapándole la boca con una mano mientras le susurraba guarradas al oído.
Carla gemía ahogada, el culo lleno de la verga gruesa del viejo, cuando de repente…
¡Clic!
La puerta del baño se abrió.
La profesora Laura entró. La mujer de 40 años, con su cabello castaño ondulado y sus enormes tetas colgantes marcándose bajo la blusa, se detuvo en seco al escuchar los sonidos húmedos y los gemidos ahogados.
Sus ojos se abrieron como platos cuando vio la escena: Carla, su alumna ejemplar, con la pollerita levantada, la bombachita baja y un hombre viejo, gordo, sucio y desalineado follándola por el ano contra la pared del baño.
—¿¡Qué demonios…!? —exclamó Laura, horrorizada.
Beto se quedó congelado con la verga todavía enterrada en el culo de Carla. Carla abrió los ojos aterrorizada y soltó un gemido de pánico cuando Beto, por instinto, se movió una última vez antes de quedarse quieto.
Laura sacó rápidamente el celular del bolsillo, temblando de indignación.
—Esto es inaceptable… ¡Voy a llamar a seguridad ahora mismo! ¡Esto es abuso! ¡Ese hombre es un…!
—¡No! ¡Profesora, por favor! —suplicó Carla desesperada, con la voz quebrada y lágrimas en los ojos. Todavía tenía la verga de Beto dentro del ano—. ¡No llame a nadie! ¡Por favor! ¡Se lo suplico!
Laura se detuvo, el dedo sobre el botón de llamada. Miró a Carla con una mezcla de shock, confusión y preocupación.
—¿Qué estás diciendo, Carla? ¡Ese hombre te está…!
—Es mi novio… —soltó Carla de golpe, la voz temblando—. Beto es mi novio… No me está obligando… yo quiero… por favor, no llame a seguridad… se lo ruego…
Laura se quedó muda varios segundos. Miró al viejo sucio, gordo y apestoso que seguía con la verga metida en el culo de su alumna de 14 años, y luego a Carla, con la cara roja, lágrimas en los ojos y la pollerita levantada.
—¿Tu… novio? —repitió Laura, incrédula—. ¿Este hombre… es tu novio?
Carla asintió frenéticamente, todavía empalada.
—Sí… por favor… no llame a nadie… se lo explico todo… pero no aquí… por favor…
Laura respiró hondo, visiblemente alterada. Guardó el celular lentamente y miró hacia la puerta del baño para asegurarse de que nadie más entrara.
—Está bien… —dijo con voz baja y tensa—. No voy a llamar a seguridad… por ahora. Pero tú y ese… “novio” tuyo vienen conmigo ahora mismo a mi oficina. Quiero que me expliquen qué demonios está pasando aquí. ¡Ahora!
Beto sacó lentamente la verga del ano de Carla. Un hilo de semen empezó a chorrear. Carla se subió la bombachita con manos temblorosas y se acomodó la pollerita como pudo.
Laura los miró con una mezcla de asco, incredulidad y curiosidad morbosa.
—Vamos. Y ni una palabra hasta que estemos en mi oficina. Si alguien pregunta, diré que Carla se sentía mal y la estoy llevando a la enfermería.
Los tres salieron del baño en silencio. Laura caminaba delante, Carla y Beto detrás. Carla sentía el semen de Beto chorreándole por las piernas mientras caminaban por los pasillos.
Llegaron a la oficina de la profesora Laura. Era un lugar pequeño, con escritorio, dos sillas y estantes llenos de libros. Laura cerró la puerta con llave y se giró hacia ellos, cruzándose de brazos. Sus enormes tetas se movieron con el gesto.
—Ahora sí… explíquenme. ¿Cómo es posible que este hombre… sea tu novio, Carla? Quiero la verdad completa.
Carla estaba roja como un tomate, con las piernas todavía temblando y el ano palpitante lleno de semen. Beto, a su lado, solo sonreía con esa expresión grosera y sin vergüenza.
La profesora Laura esperaba, con los brazos cruzados bajo sus enormes ubres colgantes, mirando alternadamente a la colegiala y al viejo indigente.
El secreto ya no era solo de ellos.
Carla estaba de pie frente al escritorio, con las piernas todavía temblando y el semen de Beto chorreándole lentamente por el interior de los muslos. Bajó la mirada, avergonzada, y empezó a hablar con voz baja y entrecortada:
—Profesora… conocí a Beto cuando hacía trabajo comunitario con mi familia en el refugio de indigentes. Íbamos todos los domingos a servir comida… y él siempre estaba ahí. Al principio solo nos mirábamos… pero después empezamos a hablar. Me di cuenta de que me gustaba. Es… es mi novio. Nos enamoramos.
Laura abrió mucho los ojos. No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Enamoraron? ¿Tú… una chica de 14 años… te enamoraste de este hombre? —señaló a Beto con la mano, que estaba sentado en una silla con las piernas abiertas y una sonrisa grosera—. ¿De este señor que parece tener más de 60 años, que está sucio, que huele… así?
Carla asintió, mordiéndose el labio.
—Sí… sé que parece raro… pero es verdad. Me trata bien… a su manera. Y yo… yo lo quiero.
Laura se pasó una mano por la cara, intentando procesar la historia. Estaba claramente asombrada y disgustada.
—No puedo digerir esto, Carla. Eres mi mejor alumna. Siempre sacaste las mejores notas… y ahora estás metida en esto. ¿Te das cuenta del peligro? Si alguien más los hubiera visto hoy… podrían haber llamado a la policía. Ese hombre podría ir preso. Tú podrías tener problemas serios. ¿Cómo se te ocurre dejar que te… haga eso en el baño de la escuela?
Carla bajó la cabeza, avergonzada.
—Lo sé… lo siento mucho, profesora. Vamos a tener más cuidado… se lo prometo.
Laura suspiró profundamente. Miró a Carla durante un largo rato. A pesar de todo, la quería mucho. Carla siempre había sido su alumna favorita: inteligente, educada, responsable. Ver cómo sus notas habían bajado últimamente le dolía.
—Está bien… —dijo finalmente, con voz cansada—. No voy a llamar a seguridad. Ni a tus padres. Pero con una condición: van a tener muchísimo más cuidado. Nada de hacer esto dentro de la escuela. Es demasiado peligroso. ¿Entendido?
Carla asintió rápidamente, aliviada.
—Sí, profesora… gracias… muchas gracias.
Laura miró a Beto con evidente disgusto.
—Y usted… si realmente quiere estar con ella, al menos tenga un poco de decencia. No la ponga en riesgo de esta forma.
Beto solo sonrió y se encogió de hombros, sin decir nada.
Carla, todavía nerviosa, añadió con voz baja:
—Profesora… mis notas bajaron porque… Beto es muy insaciable. Me pide sexo todo el tiempo. Le cuesta mucho eyacular… por eso me folla casi todos los recreos. A veces me duele y no puedo concentrarme en clase…
Laura se quedó muda por unos segundos. Sus enormes tetas subieron y bajaron con una respiración profunda. La confesión la había impactado profundamente.
—¿Todos los recreos…? —repitió, casi sin voz—. Dios mío, Carla…
Se quedó mirando a su alumna durante un largo momento. Finalmente suspiró y se frotó las sienes.
—Está bien… entiendo que estás metida en algo complicado. Pero por favor… cuídate. Si necesitas hablar, mi puerta siempre está abierta. Ahora vayan… y por favor, tengan más cuidado.
Carla asintió, aliviada pero todavía temblando. Beto se levantó sin decir una palabra.
Cuando salieron de la oficina, Carla sintió que las piernas le fallaban. El semen de Beto seguía chorreando lentamente por sus muslos mientras caminaban por el pasillo.
Beto, a su lado, solo sonrió con esa expresión lasciva y le susurró:
—Qué suerte tenés de tener una profesora tan comprensiva… pero esto no cambia nada, putita. Mañana te espero igual.
Carla no respondió. Solo caminó en silencio hacia su aula, con el culo lleno, la bombachita empapada y la mente hecha un lío.



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