Mirtha
Mirta, de vuelta en casa de su madre, siente una atracción prohibida por Fran, el novio de su prima Angélica. En una tarde cargada de tensión, Mirta seduce a Fran con una provocativa rutina de ejercicios, llevando su deseo al límite en un encuentro apasionado y clandestino..
El calor de la ciudad se pegaba a la piel como una segunda capa de ropa, una humedad densa y asfixiante que Mirta había aprendido a ignorar durante sus años en la universidad. Pero ahora que estaba de vuelta en casa de su madre, el ambiente parecía cargar una electricidad diferente. Una semana había pasado desde su llegada, siete días observando la rutina de la casa, y más específicamente, observando a Fran. Cada vez que él venía a buscar a Angélica, su prima, el aire se volvía denso para Mirta. No era solo que fuera atractivo; era la forma en que sus brazos llenaban las camisas, la seguridad con la que caminaba, el contraste de su estatura elevada dominando cualquier espacio. Sabía que era el novio de su prima, una línea roja brillante y prohibida que le provocaba un hormigueo en la parte baja del abdomen, un fuego que no se apagaba con agua fría.
Esa tarde, el timbre resonó con un eco metálico que recorrió el pasillo. Carmen no estaba, y Angélica había salido corriendo hacía un rato, dejando la casa en un silencio expectante. Mirta se acercó a la puerta, sabiendo perfectamente quién estaría al otro lado. Se había preparado, o al menos eso le decía su cerebro mientras se ajustaba la ropa. Abrió la puerta y la luz del sol golpeó su pequeño marco de metro cincuenta. Fran estaba allí, más alto que nunca, su sombra cubriéndola casi por completo.
—Hola, Fran —dijo ella, recostándose en el marco. La voz le salió más suave de lo que pretendía—. Angélica no está. Se fue al centro y no sé cuándo regrese.
Fran parpadeó, desorientado por un segundo, y luego sus ojos bajaron. Mirta llevaba un top deportivo de color negro que apenas cubría sus pechos, dejando al descubierto la piel morena y suave de su abdomen y hombros. Abajo, una licra color neón brillante se adhería a sus caderas y muslos como una segunda piel, marcando con obscena claridad el contorno de sus nalgas y la hendidura entre sus piernas. El sudor de la tarde ya comenzaba a brillar en su clavícula.
—Ah, vaya —murmuró él, desviando la mirada con dificultad, aunque su cuerpo permanecía inmóvil, clavado en el lugar—. Pensaba que…
—Puedes esperar si quieres —lo interrumpió Mirta con una sonrisa que tocaba la malicia pero fingía inocencia. Sus ojos oscuros lo escanearon, deteniéndose en la entrepierna de sus pantalones de mezclilla, donde ya se empezaba a notar un abultamiento incipiente—. O… puedo entretenerte mientras tanto.
Fran se aclaró la garganta, el sonido rudo en el silencio del porche.
—¿Entretenerme? —preguntó, la voz ronca.
Mirta giró sobre sus talones descalza, sabiendo que él estaba mirando cómo la licra se tensaba sobre sus glúteos al moverse.
—Estaba haciendo mi rutina de ejercicios —dijo sobre su hombro, caminando hacia el patio trasero sin verificar si él la seguía—. Necesito alguien que me cuente las repeticiones. ¿Te animas?
El patio trasero estaba bañado por la luz dorada de la tarde, rodeado por un muro de bloque que garantizaba la privacidad de los vecinos. El césped estaba un poco alto, vibrando con el zumbido de los grillos. Mirta se detuvo en el centro de la zona de cemento y comenzó a estirarse. Levantó los brazos, arqueando la espalda, dejando que el top se levantara y mostrara un destello de piel suave y oscura debajo de sus senos. Luego, se inclinó hacia adelante desde la cintura, manteniendo las piernas rectas, bajando hasta que sus palmas tocaron el suelo. La postura empujó su culo hacia el aire, la licra estirada hasta su límite, transparentándose ligeramente sobre la tela húmeda que cubría su coño.
Fran estaba de pie junto a la puerta de la cocina, observando. Mirta lo miró al revés, entre sus piernas, y vio cómo su mano se iba inconscientemente a su entrepierna, ajustándose el pantalón. El fuego en su vientre se convirtió en una ola de calor que bajó hacia sus muslos. Sabía que tenía el control.
—¿Vienes? —susurró, enderezándose lentamente y frotándose el muslo como si le doliera.
Fran dio un paso hacia adelante, luego otro. La resistencia se derritió ante la imagen de esa pequeña morena retorcándose frente a él. Cuando llegó a su lado, la diferencia de tamaño era abrumadora; ella apenas le llegaba al pecho. Mirta se giró, dándole la espalda, y se inclinó nuevamente para tocar sus tobillos, exponiendo su trasero a su mirada directa.
—Ayúdame a estirar —sugirió con voz de caramelo.
Fran exhaló un jadeo ahogado. Sus manos grandes y pálidas se posaron en las caderas de Mirta, cubriendo casi toda el área de la licra. Sus dedos se hundieron en la carne firme, sintiendo la temperatura de su piel a través de la tela delgada. Lentamente, deslizó las manos hacia abajo, siguiendo la curva de sus nalgas hasta llegar al borde inferior de la licra. Sin pensarlo dos veces, sus dedos se deslizaron por debajo del elástico, encontrando la piel desnuda y húmeda de sus muslos.
Mirta soltó un gemido suave, arqueando la espalda para empujar su contra contra sus manos. Los dedos de Fran exploraron más profundo, separando los pliegues de la licra hasta encontrar el centro de su calor. Su mano se mojó al instante.
—Estás mojada —dijo él, su voz cargada de asombro y deseo brutal, sus dedos deslizándose sin esfuerzo entre los labios húmedos de ella.
—Toda por ti —respondió Mirta, girando la cabeza para mirarlo a los ojos, su respiración entrecortada—. He estado esperando esto desde que llegué.
Eso fue todo lo que Fran necesitó escuchar. La paciencia se rompió. Giró a Mirta bruscamente y la empujó contra el muro de bloque del patio. La piedra rugosa raspó la piel de sus brazos, pero ella no se quejó; al contrario, se envolvió alrededor de él, levantando una pierna para envolver su cintura. Fran desabrochó el pantalón con movimientos torpes, urgente, liberando su miembro que palpitaba duro y grueso. Con un movimiento brusco, apartó la tela de la licra que cubría su entrada y se hundió dentro de ella en un solo empuje profundo.
—¡Ah! —gritó Mirta, clavando sus uñas en sus hombros, sintiéndose llena, estirada hasta el límite por su tamaño.
Fran no esperó a que ella se acostumbrara. Comenzó a follarla contra la pared, con golpes secos y profundos que hacían que sus nalgas golpearan el bloque con cada embestida. El sudor de sus cuerpos se mezclaba al instante. Mirta mordió el cuello de él, lamiendo la sal de su piel, gemiendo sin vergüenza mientras él la usaba, la tomaba con una ferocidad que ella le había provocado.
El sol seguía golpeando, pero el calor ya no importaba. Después de unos minutos, Fran la levantó, separándose de la pared, y la llevó hacia el césped. La tiró suavemente sobre la hierba fresca y picante. Mirta se abrió de piernas, la licra todavía enrollada en sus tobillos, invitándolo de nuevo. Él se arrodilló entre sus muslos, levantando sus caderas para penetrarla de nuevo, esta vez mirando cómo su polla desaparecía y reaparecía en el coño oscuro y brillante de Mirta. El sonido de la piel mojada chocaban era obsceno, llenando el patio.
—Más —suplicó ella, retorciéndose en el pasto, manchándose la espalda de tierra y hierba—. No pares.
Se movieron como animales, cambiando de posición en el césped. Ella se puso a cuatro patas, y él la tomó por detrás, agarrándole el pelo y obligándola a arquear el cuello. El sudor le goteaba desde la nariz hasta la espalda de ella. La intensidad subió, los golpes se hicieron más rápidos, más duros. Mirta sentía que el orgasmo se acumulaba en sus tobillos, subiendo como una marea, lista para romper.
Pero Fran no había terminado. Antes de que ella pudiera colapsar del todo, la levantó del suelo, llevándola de nuevo hacia la casa, con su polla todavía dentro de ella o goteando entre sus muslos. Cruzaron la puerta corrediza hacia el cuarto de lavado, donde el olor a suavizante y el calor de la secadora los envolvió. Fran cerró la puerta con un pie y empujó a Mirta contra la lavadora, que estaba vibrando con el ciclo de centrifugado.
El zumbido de la máquina se sumó al ritmo de sus cuerpos. Fran la subió a la tapa de la lavadora fría, abriendo sus piernas con fuerza. La altura era perfecta. Volvió a entrar en ella, y esta vez Mirta gritó, la vibración de la máquina recorriendo todo su cuerpo mientras él la follaba sin piedad. Sus manos apretaban sus tetas pequeñas y firmes a través del top deportivo, pellizcando los pezones endurecidos que se marcaban contra la tela.
—Te quiero toda —gruñó él, cambiando el ritmo, haciendo movimientos circulares con su cintura que la hacían ver estrellas—. Eres una zorra pequeña, ¿verdad?
—Soy tu zorra —gemía Mirta, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, tirándolo hacia dentro, queriendo que llegara más profundo, hasta el fondo de su garganta.
Pasaron horas así, perdidos en una neblina de sudor, fluidos y gemidos. Exploraron cada rincón del cuarto de lavado: en el suelo, sobre los cestos de ropa sucia, de pie contra la puerta. El tiempo se distorsionó, marcado solo por los orgasmos que sacudían el cuerpo pequeño de Mirta y las eyaculaciones de Fran que la llenaban una y otra vez, corriendo por sus muslos, manchando la licra y el suelo. Cuando finalmente se detuvieron, exhaustos y temblando, el sol ya se había puesto y la casa estaba sumida en la penumbra violeta del atardecer. Mirta, con el cabello pegado a la cara por el sudor y el cuerpo marcado por las manos de Fran, sonrió en la oscuridad, sabiendo que la línea roja no solo había sido cruzada, sino borrada completamente.


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