NEGOCIO DE FAMILIA
Prologo.
Nadie le enseñó a Sara Aguilar que la familia también puede ser una condena. La mañana en que todo comenzó, el vestido de novia colgaba aún dentro de su funda de plástico, blanco, intacto, como si no supiera que ya había llegado tarde. En la cocina, el café hervía demasiado tiempo y el sonido era lo único que mantenía a Sara de pie. Su hijo dormía en la habitación contigua. Xiomara, su hermana menor, revisaba el celular con una ansiedad que no se atrevía a nombrar.
Fue entonces cuando sonó el teléfono. Un número sin nombre. Una voz que no preguntó si podía hablar. Un mensaje breve, quirúrgico.
—La deuda no desaparece porque te cases, sobrina. Tienes que pagar. Ahora.
Sara no respondió. No pudo. Porque reconoció esa voz antes de que dijera su nombre, antes incluso de que la amenaza se hiciera explícita. Potro, El Pingüino. El hermano de su madre. El hombre que la familia evitaba mencionar en voz alta, como si el silencio pudiera borrar décadas de sangre y dinero.
Colgó. Durante años, Sara había vivido convencida de que había escapado. Ama de casa, rutina, un futuro predecible. Creyó que había elegido una vida distinta. Pero el pasado no llama para pedir permiso. Llama para cobrar.
Xiomara la miró desde la puerta. —¿Era él, verdad?
Sara asintió. Y en ese gesto entendió algo que nunca nadie le había dicho: no estaba entrando a un mundo nuevo. Estaba regresando al único que siempre había sido suyo.
Esa noche, mientras su hijo dormía y la ciudad seguía girando como si nada, Sara tomó la primera decisión que la alejaría para siempre de la mujer que fue. No lo hizo por ambición. No lo hizo por poder. Lo hizo porque la familia —esa palabra que pesa más que cualquier ley— exige sacrificios.
Se reunió con él en un motel de mala muerte que olía a desinfectante y a resignación. Potro no era un hombre de palabras, sino de hechos. Y su hecho era una moneda de cambio tan antigua como el propio negocio: el cuerpo. Sara sabía lo que se esperaba de ella. No había negociación posible. La deuda se pagaba en carne.
La habitación era un sudario. La luz mortecina de una lámpara de noche dibujaba sombras grotescas en la pared mientras ella se despojaba de la última prenda. Potro la observó desde una silla, sin prisa, como un carnicero que examina la pieza antes del corte. Cuando se levantó, su silueta la eclipsó por completo. No había ternura en sus ojos, solo la fría lógica de la transacción.
La forzó sobre el colchón áspero. Sara cerró los ojos, pero el olor a su colonia barata y el roce de su piel erizada la anclaron a una realidad que no podía ignorar. Sintió el calor de su miembro, pesado y arrogante, presionando contra la entrada de su ano, un territorio virgen para cualquier cosa que no fuera el miedo. No hubo preparación, ni una palabra de aliento. Solo una presión brutal y creciente.
El primer lamento fue de dolor puro, un grito ahogado contra la almohada cuando 24 centímetros de carne la desgarraron sin contemplaciones. Cada embestida era un recordatorio de la deuda, un clavo que la fijaba a su pasado. El dolor se mezcló con un humillante calor que le recorría los muslos, una traición de su propio cuerpo mientras Potro la tomaba a su antojo, grunendo como un animal satisfecho. La penetración a Sara no era un acto de placer, sino la firma de un contrato sellado con sudor y semen. Era el precio.
Cuando terminó, se levantó y se arregló la ropa con la misma indiferencia con la que la había desnudado. —Estamos a mano, sobrina. La familia siempre está a mano.
Sara se quedó allí, inmóvil, sintiendo cómo una humedad tibia le resbalaba por los muslos. El dolor físico comenzaba a ceder, pero la marca en su alma era permanente. Algunas familias heredan apellidos. Otras, deudas. La suya heredaba un negocio. Y el precio de rechazarlo era demasiado alto. Ahora, ella era parte de él. Había pagado la primera cuota.
Capítulo Uno: La Noche de la Llamada
La noche no llegó de golpe. Se fue cerrando lentamente sobre la casa, como si supiera que lo que iba a pasar necesitaba oscuridad. Sara Aguilar doblaba ropa que no iba a usar. El vestido de novia seguía colgado en la puerta del clóset, inmóvil, observándola. En la sala, Mateo Rivas, su prometido, intentaba arreglar una pata coja de la mesa del comedor. Fingía concentración. Fingía normalidad. Ambos sabían que algo estaba fuera de lugar desde que el teléfono había sonado.
—¿Quién era? —preguntó él por tercera vez.
Sara tardó en responder. El silencio fue su primera confesión.
—Mi tío —dijo al fin—. Potro.
Mateo dejó caer el destornillador. Xiomara apareció en el marco de la puerta, descalza, con el celular apretado contra el pecho como si pudiera protegerla de lo que estaba a punto de escuchar.
—¿El Pingüino? —preguntó.
Sara asintió. Durante años, ese nombre había sido una sombra. Una advertencia. Un pasado que no se explicaba, solo se evitaba. Mateo conocía fragmentos, nunca la historia completa. Esa noche ya no había espacio para fragmentos. Sara se sentó. Respiró hondo. Y por un instante, su mente la traicionó, llevándola no a la oscuridad de su pasado, sino a la cálida seguridad de la cama que compartía con Mateo.
Amaba a Mateo con una ferocidad que la asustaba. Lo amaba por su bondad, por la forma en que su risa llenaba la casa, por cómo era un padre para su hijo como si fuera su propia sangre. Y lo amaba en la intimidad de sus noches, en el lenguaje sin palabras de sus cuerpos. Su sexualidad era un refugio. El pene de Mateo, de unos 13 centímetros, era para ella el tamaño perfecto. No era un arma de intimidación, sino una herramienta de conexión, lo suficientemente grueso para llenarla, para hacerla sentir completa y deseada. Disfrutaba de su rutina: el misionero, donde podía mirarlo a los ojos y perderse en ellos; la postura de cuatro, que la hacía sentir salvaje y entregada a la vez; y el ocasional sexo oral, un acto de ternura que él le ofrecía con una devoción que la desarmaba. Con Mateo, el sexo era un hogar.
Pero esa noche, el hogar estaba en llamas.
—Cuando me fui de la casa… —comenzó, arrancándose de ese recuerdo— cuando nos fuimos de casa, quiero decir..
Xiomara se tensó.
—Yo tenía diecinueve —continuó—. Nuestra familia es algo que quizás no entenderías. Lo que puedo decirte es que Potro iba a usar a mi hermana para mover dinero. Yo lo sabía.
Mateo frunció el ceño. —¿Qué hiciste?
—Lo que pude —respondió ella—. Le robé.
La palabra quedó suspendida en el aire. No fue dinero lo que tomé, explicó. Fue una ruta. Una lista de contactos, empresas fantasma, cuentas, nombres protegidos. Información suficiente para hundir a medio cartel del norte o para levantar uno nuevo desde cero. Con eso negocié con él nuestra salida. Con eso compré silencio, protección… y tiempo.
—Me dejó ir —dijo—, pero no me perdonó. La deuda no tenía una cifra. No se medía en pesos ni en dólares. Era una deuda de poder. De información. De control. Potro había perdido territorio esa vez. Había tenido que ceder plazas, matar gente, reorganizar todo su sistema. Y ahora quiere lo único que considera equivalente. A mí.
—Quiere que trabaje para él —dijo Sara—. Eso me ha dicho.
Mateo negó con la cabeza. —No. No vamos a hacer eso. Nos vamos. Denunciamos. Pedimos ayuda.
Sara lo miró con una tristeza serena. —Tú no entiendes. Esto no se denuncia. Estoy cansada de él, de eso. Es el momento de enfrentarlo… o me perseguirá toda la vida. Y no solo a mí. A todos.
Xiomara dio un paso al frente. —¿Y yo? —preguntó—. ¿También me quiere a mí?
Sara no respondió, y esa fue la respuesta.
Minutos después, Sara ya estaba lista. Sin maquillaje. Sin joyas. Sin miedo visible. Tomó las llaves.
—Voy a verlo —dijo—. Sola.
Mateo se interpuso. —No te dejo ir.
Ella lo besó en la frente. Un gesto definitivo. —No me dejes tú —le pidió—. Cuida a mi hijo. Cuida a Xiomara. Pase lo que pase esta noche… yo volveré.
Xiomara lloraba en silencio.
—Esto no me hace valiente —dijo Sara, abriendo la puerta—. Me hace responsable.
La calle la recibió con un frío que no sintió. Mientras el auto se alejaba, Sara entendió algo con una claridad brutal: esa noche no iba a pagar una deuda. Iba a aceptar un negocio. Y una vez que los negocios se hacen en familia, no existe marcha atrás. El amor que sentía por Mateo era el ancla a la vida que estaba a punto de sacrificar, y el recuerdo de su cuerpo, el único consuelo que le quedaba antes de sumergirse en la oscuridad.
Capítulo Dos: El Punto de Encuentro
La carretera se estiraba frente a Sara Aguilar como una herida abierta.
Conducía sin música, sin prisa, con las manos firmes sobre el volante. Las luces de la ciudad quedaban atrás, diluyéndose en el retrovisor, mientras las montañas comenzaban a recortarse contra el cielo negro. Cada curva era un recuerdo. Cada kilómetro, una decisión que ya no podía deshacer.
Pensó en su hijo dormido. En la forma en que respiraba cuando soñaba. Pensó en Mateo, en su voz pidiéndole que no fuera, en la palabra nosotros que había pronunciado como si aún tuviera sentido. Pensó en Xiomara, demasiado joven para heredar silencios que no eligió.
Y, sin quererlo, pensó en su tío.
Potro nunca había sido una figura cercana. Siempre estuvo en los bordes: en conversaciones interrumpidas, en miradas que cambiaban de tema, en ausencias demasiado prolongadas para ser casuales. Era familia solo por la sangre. Por todo lo demás, era otra cosa.
El motel apareció de pronto, como si hubiera estado escondido esperando el momento exacto para revelarse. Un letrero viejo, una sola palabra parpadeando a medias. A un lado, el vacío. Al otro, las montañas, silenciosas, inmóviles, cómplices.
Sara redujo la velocidad.
Vio los vehículos antes de estacionar: camionetas oscuras, grandes, nuevas, alineadas sin desorden. Hombres dentro, algunos fumando, otros hablando por radio. No parecían guardias. Parecían advertencias.
—Claro que viniste —murmuró para sí misma.
Apagó el motor. El silencio fue inmediato, pesado. Bajó del auto y caminó sin mirar a nadie, sintiendo las miradas recorrerla como si ya le pertenecieran. No la detuvieron. No hizo falta. El lugar estaba hecho para que nadie se perdiera… ni escapara.
La habitación estaba al fondo.
La puerta tenía el número justo. Ni uno más, ni uno menos. Sara respiró hondo y giró la manija.
El olor a tabaco y café viejo la recibió primero.
Potro estaba sentado, de espaldas a la ventana, con la luz de una lámpara amarilla marcándole el rostro. Más canas de las que recordaba. La misma calma peligrosa. La misma forma de ocupar el espacio sin moverse demasiado. Sobre la mesa, un vaso a medio llenar y un teléfono que no sonaba.
Él sonrió antes de que ella hablara.
—Llegaste puntual —dijo—. Siempre fuiste responsable, Sara.
Ella cerró la puerta detrás de sí.
—No vine a hablar de virtudes —respondió—. Vine a cerrar una cuenta.
Potro inclinó la cabeza, divertido.
—Las cuentas en la familia no se cierran —dijo—. Se heredan.
El silencio volvió a caer entre ellos. Denso. Antiguo.
Sara dio un paso al frente.
—Dime qué quieres —dijo—. Y dime si, después de esta noche, puedo irme.
Potro la miró largo, como quien evalúa una mercancía valiosa que nunca dejó de ser suya.
—Siéntate —respondió—. Esta conversación… apenas empieza.
Sara obedeció.
Y en esa habitación, lejos de la ciudad, rodeada de montañas y hombres armados, entendió que no había venido a negociar el pasado.
Había venido a abrir el futuro.
Sara se sentó. La silla de plástico crujió bajo su peso, un sonido débil en la tensión densa de la habitación. El olor a colonia barata de Potro se mezclaba con el aire viciado, un aroma que transportaba a Sara a su infancia, a los rincones oscuros de casas donde nunca debió estar. Pero esta vez no era una niña asustada. Era una madre desesperada.
Potro no se movió de su silla. Simplemente la observó, y en esa mirada, Sara comenzó a entender. No hablaba de negocios, ni de rutas, ni de información. La deuda no era algo que se pagara con un favor. Era algo que se pagaba con una sumisión total, una rendición que reafirmara su poder. El poder que ella le había arrebatado años atrás.
—¿Qué quieres, Potro? —repitió, su voz más firme de lo que se sentía.
Él sonrió, una lenta curva de sus labios que no alcanzó sus ojos. —Siempre fuiste lista, Sara. Demasiado lista para tu propio bien. Pero la inteligencia no sirve de nada cuando las reglas las pone la sangre. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. —La deuda no es de dinero. Es de orgullo. Me hiciste ver como un tonto. Me hiciste sangrar. Y la sangre, sobrina, se paga con sangre. O con algo más caliente.
El doble significado golpeó a Sara como un puño. No era una metáfora. Era una orden. El frío que sintió no era por el aire acondicionado, sino el hielo que se formaba en sus venas. Miró a su tío, al hombre que su madre llamaba «hermano», y por primera vez lo vio no como un pariente, sino como un depredador. Y ella era la presa que había vuelto a la jaula.
No hubo más palabras. Potro se recostó en la silla y, con un movimiento lento y deliberado, desabrochó el cinturón y el botón de sus pantalones. El sonido del metal y la tela al rasgarse fue el único sonido en la habitación. Sara no parpadeó. Su mente, en un acto de autodefina brutal, se había desconectado de la emoción y operaba en una lógica fría y escalofriante. Esto es el precio. Esto es lo que se necesita para que Mateo y mi hijo estén a salvo. Esto es lo que se hace para sobrevivir.
Él se liberó de su ropa y Sara contuvo la respiración. Su tío estaba semi-erecto, y ya en ese estado era una visión que desafiaba toda la anatomía que ella conocía. Era descomunal. Una columna de carne oscura y gruesa, con venas marcadas que parecían mapas de un territorio prohibido. A medida que Potro lo tomaba con su propia mano y se masajeaba lentamente, crecía hasta alcanzar una longitud y una circunferencia que aterrorizaban. No eran los 13 centímetros confortables y conocidos de Mateo. Esto era un arma. Una herramienta de dominación diseñada para desgarrar, para marcar, para dejar una huella imborrable.
—Mámalala —dijo su voz, un ronco susurro que no era una petición, sino una sentencia.
Sara se arrodilló en el suelo de moqueta áspera y manchada. El olor se hizo más intenso, a hombre, a poder, a una perversión que siempre había estado latente bajo la superficie de su familia. Acercó la mano con una torpeza deliberada y tocó la base de su miembro. La piel era caliente y tensa, viva. Sentía el peso de él en su palma, una masa pesada y formidable.
Con los ojos fijos en el suelo, cerró la distancia y llevó sus labios a la cabeza ancha y ya húmeda. El sabor era salado, agrio, la esencia misma de su humillación. Abrió la boca, estirando sus mandíbulas hasta el límite para poder acogerlo. La punta de su lengua rozó el pequeño orificio, sintiendo el latido de su pulso en su propio paladar. Potro emitió un gruñido bajo, un sonido de aprobación animal.
Sara comenzó a moverse, no con pasión, sino con la precisión de una máquina. Deslizó sus labios a lo largo del tallo, sintiendo cómo cada centímetro llenaba su boca, cómo le rozaba el paladar y le tocaba el fondo de la garganta, provocándole el reflejo de ahogarse que luchó por suprimir. Usó su mano para lo que no podía alcanzar con la boca, un puño cerrado que subía y bajaba en sincronía, masturbándolo mientras lo succionaba. El mundo se redujo a esa tarea: a la textura de la piel en su lengua, al musgo masculino que llenaba sus sentidos, al sonido rítmico de su propia respiración y los jadeos de Potro por encima de ella. Ya no era Sara Aguilar, la madre, la prometida. Era un instrumento para saldar una deuda, una boca caliente y húmeda pagando el precio de un pasado que nunca fue su elección.
Potro se recostó más en la silla, extendiendo los brazos a los lados como un rey en su trono de plástico y miseria. Sus ojos, dos ascuas amarillas en la penumbra, no se apartaban de la cabeza de Sara, que subía y bajaba con una cadencia monótona y desesperada. No era un acto de placer, sino de tributo. Cada vez que su labio inferior rozaba la corona de su glande, cada vez que su lengua se deslizaba por una de esas venas prominentes, sentía que pagaba un centavo de una deuda infinita. La degradación era el verdadero monedero.
—Más profundo —siseó él, sin mover la cadera, dejando que todo el trabajo fuera de ella. —Quiero sentir tu garganta, sobrina.
La orden la golpeó en el estómago. Apretó los ojos, apretando las lágrimas que querían brotar, y se forzó a bajar más. La cabeza de su miembro golpeó el fondo de su boca, y ella sintió el espasmo de su garganta al resistir la invasión. El ahogo fue inmediato, una quemazón en sus pulmones que la obligó a retroceder un instante, tomando aire jadeante. Potrió rio, un sonido bajo y gutural.
—Así se aprende a respetar. A no robar lo que no es tuyo.
Volvió a la tarea, esta vez con más determinación si era posible. Con cada embestida oral, se imaginaba a Mateo sonriendo, a su hijo corriendo por el parque. Eran sus amuletos, sus imágenes sagradas en el infierno. Su saliva se mezclaba con el líquido preseminal que él secretaba, un sabor salado y metálico que la llenaba de asco. Su mandíbula empezaba a doler, un tirantez agudo que se irradiaba hacia sus sienes. Estaba siendo usada, y en ese uso, encontraba una extraña y terrible paz: la paz de saber exactamente lo que se esperaba de ella.
Después de lo que pareció una eternidad, Potro apartó su miembro con un movimiento brusco, dejando un hilo brillante de saliva y fluido que unió su glande al labio inferior de Sara por un instante antes de romperse.
—Basta —dijo su voz, ahora áspera por la excitación. —Levántate.
Sara obedeció sobre rodillas temblorosas, sintiendo el ardor en la moqueta. Se puso de pie frente a él, sintiéndose pequeña y expuesta.
—Quítate la ropa —ordenó. —Quiero verte. Tienes 26 años, Sara. Es hora de que tu tío vea la mujer en la que te has convertido.
La frase la heló hasta la médula. No era solo sobre el poder, era sobre la posesión. La curiosidad perversa de un hombre que siempre la había mirado con una intensidad que ella nunca supo descifrar hasta ahora. Con dedos torpes y casi paralizados, empezó a desabrochar los botones de su blusa. La tela cayó, revelando un sujetador negro y sencillo, de aros, que contenía unos pechos que habían amamantado y que aún conservaban la plenitud de sus 26 años. Eran tetas firmes, con un peso natural que los hacía caer ligeramente, de areolas oscuras y grandes que se erizaron bajo la mirada predatoria de Potro.
Luego vino el pantalón, que se deslizó por sus caderas y cayó a sus pies. Quedó en ropa interior, un juego de encaje negro que parecía ridículo y trágico en ese contexto. Potro hizo un gesto con la cabeza, una orden silenciosa. Desabrochó el sujetador y sus pechos quedaron libres, balanceándose ligeramente con el movimiento. Por último, se bajó los panties, dejando al descubierto un vello púbico oscuro y bien cuidado, y las delgadas marcas que la ropa interior había dejado en su piel.
Él la examinó desde la silla, sus ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo como un tasador. —Muévete. Gira.
Sara giró lentamente sobre sí misma, sintiendo su peso sobre sus pies desnudos. Su espalda era recta, sus omóplatos prominentes bajo la piel pálida. Su cintura se estrechaba para ensancharse en unas caderas de mujer hecha, un marco perfecto para su culo. Y su culo, esa era su joya. Era grande, pero no caído. Firme y redondeado. Un culo hecho para ser agarrado, para ser marcado. Sus piernas, largas y tonificadas, descendían hasta unos tobillos finos y unos pies que se arqueaban con la tensión.
Potro se levantó por fin. Se acercó a ella, y Sara sintió el calor de su cuerpo a centímetros del suyo. No la tocó al principio. Solo rodeó, acercándose por su espalda. Le pasó una mano por la curva de su cintura, sintiendo la temblorosa piel bajo su palma áspera.
—Hermosa —murmuró, y el halago fue más humillante que cualquier insulto.
Su otra mano subió y se aferró a uno de sus pechos, no con ternura, sino con propiedad, apretando hasta que Sara emitió un pequeño grito ahogado. Su pulgar y su índice se cerraron alrededor de su pezón, retorciéndolo hasta que el dolor se mezcló con una punzada de calor indeseado. Su mano descendió por su abdomen, palpando, explorando, hasta que llegó al monte de Venus. Sus dedos se deslizaron entre sus labios, no para buscar su placer, sino para comprobar su humedad, su disponibilidad. Sara se quedó inmóvil, una estatua de carne y miedo, mientras su tío la manoseaba toda. Sus manos recorrían sus muslos, la palma de su mano se apretaba contra la carne firme de su culo, un dedo se atrevió a rozar el orificio de su ano.
La estaba despojando de su identidad, borrando a la mujer que amaba a Mateo para revelar a la mercancía que siempre había sido para él. Y cuando por fin la tomó por los hombros y la giró para que quedara frente a él, Sara supo que la exploración había terminado. El verdadero pago estaba por comenzar.
Potro no la llevó a la cama. La empujó. Un empujón brusco con sus dos manos en el centro de su pecho que la hizo tambalear hacia atrás y caer de espaldas sobre el colchón. El aire escapó de sus pulmones en un bufido. El colchón era áspero, las sábanas parecieron de lija contra su piel desnuda, y el olor a desinfectante y a semen viejo la golpeó como un puñetazo. Era la cama de cientos de otras mujeres antes que ella, y ahora era la suya.Sara cerró los ojos con tanta fuerza que le dolieron los párpados. Intentó construir un muro en su mente, imaginar la cocina de su casa, el olor a café de esa mañana, la risa de su hijo. Pero el olor a su colonia barata, a tabaco rancio y a hombre sudoroso se filtró por cada resquicio de su conciencia, anclándola a una realidad que no podía ignorar. Sintió el peso de Potro sobre ella, sus rodillas separando sus piernas a la fuerza, su cuerpo erizado raspando contra sus senos, su estómago, sus muslos.
Él no dijo nada. No hizo falta. El lenguaje de su cuerpo era una orden inequívoca. Con una mano, la agarró por la nuca y presionó su rostro contra la almohada maloliente. Con la otra, guió su miembro, ya erecto y goteando, hacia el centro de su cuerpo. Sara esperó la invasión en su vagina, preparándose mentalmente para esa violación familiar, esa rendición que, aunque horrible, al menos era conocida.
Pero el calor no se posó donde ella esperaba. Sintió la cabeza ancha y húmeda de su verga deslizarse por el perineo, hacia atrás, hasta detenerse justo en la entrada de su ano. Un territorio virgen para cualquier cosa que no fuera el miedo. El pánico, frío y afilado, recorrió su cuerpo como una descarga eléctrica. ¡No! ¡Allí no! Nadie, ni siquiera Mateo, se había atrevido a tocarla allí. Era su último reducto, la única parte de sí misma que no había sido entregada.
No hubo preparación. Ni una palabra de aliento, ni un dedo que la ablandara, ni una gota de lubricante que aliviara lo que venía. Solo una presión brutal y creciente. Potro apoyó todo su peso sobre su cadera y empujó.
El primer lamento fue de dolor puro, un grito ahogado contra la almohada cuando la punta de su miembro rompió el anillo de músculos con una violencia que le robó el aliento. No era una penetración, era una perforación. Sentía como su carne se desgarraba, como si le estuvieran abriendo con un cuchillo candente. Los 24 centímetros de carne eran una realidad tangible y devastadora que entraban en ella, centímetro a centímetro, sin piedad, sin pausa.
Sara mordió la almohada para no gritar, el sabor a tela áspera y a polvo mezclado con el sabor salado de sus propias lágrimas. Sus manos se cerraron en puños tan apretados que sintió cómo las uñas se clavaban en sus palmas. Cada embestida era un recordatorio de la deuda, un clavo que la fijaba a su pasado. Potro se movía con un ritmo animal, una fuerza inercial que la hacía deslizarse sobre el colchón áspero, rozándole los pechos con cada impulso. El dolor era agudo, profundo, una quemazón que se irradiaba desde su ano hasta el resto de su cuerpo.
Pero entonces, algo peor sucedió. El dolor se mezcló con un humillante calor que le recorría los muslos, una traición de su propio cuerpo. Sus músculos se contraían y relajaban involuntariamente alrededor del intruso, una respuesta neurológica que su mente interpretó como una rendición. Sintió cómo la humedad se extendía entre sus piernas, no por excitación, sino por el trauma, por la sobreestimulación de sus terminaciones nerviosas. Era la traición definitiva de su carne, que parecía aceptar la humillación que su alma rechazaba.
Potro la tomaba a su antojo, grunendo como un animal satisfecho con cada embestida profunda. Le agarraba las caderas con ambas manos, dejando marcas moradas en su piel, y la usaba como un simple objeto para su placer. Sara dejó de luchar. Dejó de pensar. Se desconectó. Se convirtió en una espectadora de su propia violación, observando desde muy lejos cómo el cuerpo de una mujer, una mujer que se parecía a ella, era usada y desechada. La penetración a Sara no era un acto de placer, era la firma de un contrato sellado con sudor y semen. Era el precio. Y mientras él la desgarraba, ella sintió cómo la mujer que fue, la que amaba a Mateo y creía en un futuro, se moría definitivamente sobre esas sábanas de motel.
El ritmo de Potro se volvió más frenético, más errático. Cada embestida era menos un acto de dominación y más un espasmo de posesión final. Sus manos ya no solo la agarraban, la clavaban, como si quisiera dejar sus huellas en sus huesos. Sara, flotando en una nebulosa de dolor y desconexión, sintió cómo su cuerpo se convertía en un mero receptáculo, un canal para la furia y el deseo de su tío. El calor que la había traicionado antes ahora era una fiebre, una respuesta corporal humillante a la agresión.
Con un rugido gutural que sonó más a triunfo que a placer, Potro se hundió por última vez dentro de ella hasta el fondo. Sara sintió una pulsación caliente y violenta en sus entrañas, una inundación de líquido que la quemaba y la llenaba a la vez. Era la firma final, el sello de tinta ardiente en el contrato de su servidumbre. Se quedó inmóvil dentro de ella durante un largo momento, respirando pesadamente contra su nuca, goteando sudor sobre su espalda. Luego, con una brusquedad que la hizo gritar de nuevo, se retiró.
El vacío fue tan doloroso como la invasión. Sintió el semen correrse por entre sus nalgas, una mezcla pegajosa y caliente de humillación y prueba. Potro se levantó, se arregló los pantalones con una indiferencia insultante. La miró tirada en la cama, temblando, con los muslos manchados y el ano desgarrado y sangrando. Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro.
—Limpia este desorden —dijo, su voz sin el aliento pesado de antes, fría y de nuevo en control. Se acercó a la puerta, y antes de salir, se volvió. —No creas que esto ha terminado, Sara. Esto no era el pago. Era solo el anticipo. Te llamaré cuando necesite a mi puta.
La palabra la golpeó más fuerte que cualquier puñetazo. Mi puta. No era su sobrina, ni su deudora. Era una cosa. Escuchó la puerta cerrarse y el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo. Se quedó allí, en la oscuridad y el mal olor, durante un tiempo que no supo medir. El dolor físico era inmenso, pero el dolor de esa última palabra era lo que la estaba matando.
Cuando finalmente se movió, cada músculo de su cuerpo protestó. Se levantó con dificultad, sus piernas temblaban como si fueran de gelatina. Fue al baño diminuto y se miró en el espejo. La mujer que le devolvía la mirada era una extraña. Tenía los ojos rojos y vacíos, el pelo pegado a la frente por el sudor, una marca morada en forma de dedo empezando a formarse en su cuello. Se lavó con agua fría, tratando de limpiar el sudor, el semen, el olor de él. Pero sentía que nunca volvería a estar limpia.
El viaje de vuelta a casa fue un borrón de luces de neón y asfalto. Cada bache del coche era una punzada en su interior. Llegó como un fantasma, abriendo la puerta sin hacer ruido. La luz de la cocina estaba encendida. Mateo y Xiomara estaban sentados en la mesa, dos tazas de café sin tocar frente a ellos. Levantaron la cabeza al mismo tiempo, y el alivio en sus rostros se transformó instantáneamente en preocupación al verla.
—Sara, ¿estás bien? —preguntó Mateo, levantándose y acercándose a ella con cuidado, como si estuviera hecha de cristal.
Xiomara se quedó atrás, sus ojos llenos de lágrimas conteniendo una pregunta que no se atrevía a formular.
—Estoy bien —mintió Sara, su voz un hilo rasposo. —Estoy cansada. Fue… una conversación difícil. Hablamos. Las cosas están arregladas.
Mateo quería creerla, necesitaba creerlo, pero sus ojos la escudriñaban. Vio la palidez de su piel, la forma en que evitaba su mirada, la rigidez con la que se movía. —¿Te hizo algo? —su voz era baja, peligrosa. —Sara, mírame. ¿Te hizo daño?
Ella finalmente encontró su mirada, y en sus ojos puso toda la convicción que le quedaba. —No, Mateo. No me tocó. Solo hablamos. Es el pasado. Ya no nos va a molestar más. Por favor, créeme. Necesito que me creas.
La desesperación en su voz fue suficiente para que él asintiera, aunque una sombra de duda permaneciera en su rostro. La rodeó con los brazos con una delicadeza que la hizo contener el aliento. El abrazo, que antes era su refugio, ahora sentía como un fuego sobre su piel magullada. Soportó el contacto, apoyando la cabeza en su hombro, oliendo su aroma limpio y familiar, el aroma de una vida que ya no le pertenecía.
Las semanas siguientes fueron una actuación magistral. Sara se convirtió en una experta en la sonrisa falsa, en la evasiva. Dedicó toda su energía a planificar la boda, el futuro que le había prometido a Mateo, el futuro que había vendido para salvarlo. Se obligaba a participar en la sexualidad rutinaria y segura con él, cerrando los ojos y pensando en cualquier cosa menos en el cuerpo de su prometido sobre el suyo. Cada vez que él la penetraba con su tamaño normal y amable, el fantasma de la desgarradora invasión de Potro se apoderaba de ella, y tenía que morderse la lengua para no gritar. El dolor se había curado, pero la cicatriz en su alma era un abismo.
Y así llegó el día de su boda.
El vestido de novia colgaba ya no en una funda de plástico, sino en una percha de seda, blanco y radiante. Sara se lo puso, el encaje frío contra su piel, los botones de espalda cerrándose uno a uno, como si la encerraran en un sarcófago hermoso. Se miró en el espejo. Era la misma mujer de aquella mañana del teléfono, pero completamente distinta. Sus ojos ya no tenían miedo. Tenían una calma helada, la aceptación de un pacto sellado en sangre y semen.
Xiomara le ajustó el velo, sus manos temblando ligeramente. —Estás hermosa, Sara.
—Lo sé —dijo ella, y no era vanidad, era un hecho.
La música del órgano resonó en la iglesia. Las puertas se abrieron. Y allí, al final del pasillo, estaba Mateo. Sonreía, sus ojos brillando de amor y esperanza. Era todo lo que ella había querido, todo por lo que había luchado.
Sara dio el primer paso. El vestido siseaba a su alrededor. Cada paso que daba hacia el altar no era un paso hacia su futuro. Era un paso más profundo en su pasado. Se casaba con el hombre que amaba. Mientras caminaba hacia su prometido, sintió el peso invisible de su tío sobre sus hombros, escuchó el eco de su voz en su mente: mi puta. Y sonrió. Una sonrisa perfecta, radiante, de una novia feliz. La mejor actuación de su vida.
…¿Aceptá?… Las palabras salieron de la boca del sacerdote como un eco lejano, como si pertenecieran a otra lengua. «Sí, acepto». La voz de Sara era firme, clara, una mentira perfecta tallada en mármol. Cuando Mateo la besó para sellar su unión, besó a un fantasma. Sus labios encontraron los de su esposa, pero solo sentían el frío de una tumba recién cerrada.
La fiesta fue un torbellino de falsedad. Familiares de ambos, desconocidos para la vida real de Sara, reían y brindaban por su felicidad. Daniel, su hijo de seis años, con un pequeño traje que se sentía incómodo, corría por el salón con otros niños, una burbuja de inocencia en un mar de secretos. Xiomara, su hermana de honor, la observaba con una mezcla de admiración y terror, como si Sara fuera una funámbula caminando sobre un alambre invisible sobre un precipicio. Sara sonreía, aceptaba felicitaciones, bailaba con su marido, su cuerpo moviéndose con una gracia aprendida, mientras su mente estaba a kilómetros de allí, en una habitación de motel con olor a desinfectante y a desesperación.
Cuando la noche llegó y se subieron al coche rumbo al hotel, el silencio entre ellos fue un alivio. Un hotel de cinco estrellas, una suite con vistas a la ciudad iluminada, la recompensa perfecta para la esposa perfecta. Xiomara se había encargado de que Daniel durmiera en la casa de un amigo, asegurándoles una noche de completa intimidad. Una noche para consumar el amor que Sara ya había vendido.
La puerta de la suite se cerró con un suave chasquido, aislando el ruido de la ciudad. Mateo se giró para mirarla, sus ojos brillando con un amor tan puro que a Sara le dolió verlo. La rodeó con los brazos, un gesto tierno y esperado. Pero esta vez, el abrazo fue distinto.
No fue el abrazo de consuelo de la noche de la llamada. Fue un abrazo con una alta índole sexual, una reclamación. Sus brazos la envolvieron con una fuerza que no era brutal, pero sí posesiva. Una mano se deslizó por la espalda sedosa del vestido, sintiendo el corsé y la forma de su cuerpo debajo, mientras la otra se anclaba en la base de su cuello, los dedos entrelazándose en el pelo recogido, no con violencia, sino con una autoridad que le decía: eres mía. Su cuerpo presionó contra el de ella, y a través de las capas de tela y tules, Sara sintió la erección de Mateo, dura y urgente contra su vientre. No era la pregunta tímida de otras noches; era la afirmación de un marido en su noche de bodas.
—Por fin —susurró él en su oído, su voz caliente y áspera por la emoción. —Por fin eres mi esposa.
Sara cerró los ojos y apoyó la cabeza en su hombro, inhalando su aroma. Aroma a hombre bueno, a seguridad, a todo lo que ella había perdido. Quería a Mateo. Lo amaba con una desesperación que era su única ancla a la cordura. Quería desaparecer en sus brazos, olvidar todo, fundirse con él y renacer. Pero no podía. Porque en el momento en que su mano empezó a bajar por su espalda, en el instante en que su cuerpo reclamó el suyo, la imagen de Potro irrumpió en su mente como un fantasma putrefacto.
Sintió el peso de Potro sobre ella, no el de Mateo. Sintió el olor a colonia barata, no a perfume caro. Sintió la presión brutal en su ano, no el cariñoso roce en su vientre. Su cuerpo, que debía responder a su marido, se tensó. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, un escalofrío de pánico, no de deseo.
Mateo lo sintió. Aflojó el abrazo ligeramente, apartándose lo suficiente para mirarla a los ojos. —¿Sara? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Ella lo miró, forzando una sonrisa que le tembló en los labios. —Estoy bien —mintió, su voz apenas un susurro. —Es solo… es mucho. Todo. Tú. Esta noche. Soy tan feliz.
Levantó una mano y le tocó la mejilla, su piel temblando ligeramente. —Estoy tan feliz, Mateo.
Él sonrió, creyéndola, porque necesitaba creerla. Se inclinó y la besó, un beso profundo y lleno de promesas. Sara le devolvió el beso, con todo el amor que sentía, con toda la desesperación de su situación. Se entregó a su boca, a sus manos que volvían a recorrerla, mientras una parte de ella, la parte que Potro había matado esa noche en el motel, observaba desde la oscuridad. Sabía que debía entregarse a Mateo, debía cumplir su papel, ser la esposa amante. Pero mientras su marido la desnudaba con una delicadeza que la hacía llorar por dentro, ella solo podía pensar en una cosa: no importa a dónde vayas, a quién ames, o con quién te cases, siempre serás mía. Y la noche de bodas se convirtió en la primera noche de su condena.
Mientras Sara y Mateo consumaban su amor en una suite de lujo, en la casa que ahora era oficialmente de ambos, Xiomara esperaba. La casa estaba en silencio, un silencio pesado que amplificaba cada crujido de la madera y cada zumbido del refrigerador. Ya era tarde. Había llamado a los padres del amigo de Daniel, su sobrino, y le confirmaron que el niño de seis años ya dormía plácidamente, feliz en su pijama de superhéroes. La noche era de los novios. O eso debería ser.
Xiomara estaba en el sofá, con las piernas recogidas bajo una manta, viendo una serie que no entendía. Las imágenes parpadeaban en la pantalla, pero su mente estaba en otro lugar. No podía quitarse la imagen de Sara de la cabeza. No la Sara radiante del vestido de novia, sino la Sara que había vuelto aquella noche del motel, pálida, distante, con una sombra de pánico en los ojos que intentaba ocultar con una sonrisa forzada. Xiomara sabía. O más bien, sospechaba con una certeza que le revolvía las tripas. Sabía que su hermana no había «hablado» con Potro. Sabía que el precio de la deuda no se pagaba con palabras. Pensaba en el cuerpo de Sara, en su valentía, en el sacrificio que había hecho por todos ellos, y una mezcla de admiración y náusea la invadía.
De pronto, dos faros cortaron la oscuridad de la calle, su luz barría la sala antes de detenerse frente a la casa. Xiomara se incorporó, el corazón latiéndole un poco más deprisa. Un coche. A esa hora. Apagó la televisión con el mando y se quedó quieta, escuchando. El motor se apagó. Silencio. Esperó que se oyera una puerta, pasos alejándose, pero no fue así. Pasó un minuto. Dos. Entonces, el timbre sonó, estridente y autoritario, rompiendo la quietud de la noche.
Era demasiado tarde para una visita normal. Un escalofrío recorrió su espalda. Se levantó lentamente, como si el movimiento pudiera hacerla invisible, y se acercó a la puerta. No encendió la luz del porche. Se acercó al ojo de buey y miró.
El pánico, puro y paralizante, se apoderó de ella. No lo veía con claridad, la oscuridad y el cristal empañado distorsionaban la imagen, pero no había duda. Era él. Potro. El Pingüino. La sombra de la que toda su vida habían huido. No lo veía desde que era una niña muy pequeña, una figura imponente y aterradora en reuniones familiares que terminaban a gritos. Sus manos empezaron a sudar. ¿Por qué estaba aquí? ¿Qué quería? ¿Dónde estaba Sara?
Y entonces, como si una cuerda invisible la jalara, abrió la puerta sin pensar. Un acto de estupidez pura, impulsado por el mismo terror que le decía que corría y se escondiera.
Allí estaba, enmarcado en la oscuridad de la noche, más grande y más imponente que en su memoria. Vestía un traje oscuro, impecable, que contrastaba con la crudeza de su sonrisa.
—Xiomara —dijo su voz, un ronco susurro que parecía arrastrar décadas de poder. —Creciste, sobrina. La última vez que te vi, apenas llegabas a mi cintura.
Xiomara no pudo responder. Se quedó allí, en el umbral, temblando, como un ratón frente a una serpiente.
Potro entró en la casa sin ser invitado, su presencia llenando el pequeño espacio con una autoridad aplastante. Cerró la puerta detrás de él, el chasquido resonando como la de una celda. Se detuvo en medio del salón y la observó de arriba abajo, una lenta mirada de appraisal que la hizo sentir desnuda y humillada.
—Siempre fuiste la tímida del grupo, ¿verdad? —continuó, paseando la mirada por los muebles, por las fotos de Sara y Mateo en la repisa. —La doncella del castillo. Mientras tu hermana… bueno, tu hermana siempre tuvo más agallas.
Sus ojos volvieron a posarse en ella, y Xiomara sintió que la atravesaban.
—Supongo que te estarás preguntando qué hago aquí. —No era una pregunta. —Tu hermana y yo cerramos un trato. Un buen trato. Ella pagó una parte importante de lo que nos debía. Pero las deudas familiares… son como las raíces. Se extienden.
Se acercó un paso más. Xiomara retrocedió instintivamente, chocando contra la pared.
—Sara está ocupada esta noche. Disfrutando de su esposo. Necesito alguien que me complazca está noche. Alguien de confianza.
Se detuvo justo frente a ella, tan cerca que Xiomara podía sentir el calor de su cuerpo y oler el mismo aroma a colonia barata y poder que aterrorizaba a Sara.
—Tu hermana es valiente, pero es impulsiva. Piensa que con un solo sacrificio, todo se arregla. Es adorable, ¿verdad? Pero ingenua. Ella me pagó con su cuerpo. Una cuota inicial, podríamos decirla. —Hizo una pausa, dejando que las palabras se pudrieran en el aire. —Pero necesito más que eso. Necesito ojos y oídos. Necesito a alguien dentro de esta casa, dentro de su nueva vida feliz. Alguien que me diga todo. Con quién habla, a dónde va, qué piensa. Alguien que… me ayude a proteger mi adquisición.
Levantó una mano y, con una lentitud tortuosa, le apartó un mechón de pelo de la cara. Sus dedos eran ásperos y fríos contra su piel. Xiomara se estremeció, conteniendo el llanto.
—Tú eres tímida como una doncella, Xiomara. Pero las doncellas en los cuentos de hadas siempre conocen todos los secretos del castillo. Ven todo. Escuchan todo. —Su sonrisa se ensanchó. —A partir de hoy, tú eres mis ojos y mis oídos en este castillo. Me mantendrás informado. O la deuda que tu hermana acaba de empezar a pagar… se volverá infinita. Para las dos.
La amenaza flotaba entre ellos, densa y sofocante. Potro no era un hombre que pedía. Tomaba. Y acababa de tomar también a ella.
—Ahora sé una buena niña —dijo, dándole una pequeña palmadita en la mejilla que sentía como una bofetada—. Y prepárate. Tu hermana no será la única en la familia en tener que hacer sacrificios por el bien de todos.
Xiomara no decía nada. Las palabras se habían disuelto en su garganta, convertidas en un nudo de pánico helado. Estaba pasmada, paralizada por un miedo tan primario que anulaba cualquier instinto de huida o defensa. Sus ojos, fijos en el nudo de la corbata de Potro, eran dos pozos de terror.
Potro lo notó. Disfrutó de ese poder absoluto, el poder de convertir a un ser humano en una estatua de miedo. Con una lentitud calculada, bajó una mano desde su hombro, recorriendo su espalda temblorosa hasta detenerse en la curva de su trasero. La apretó, y la carne, joven y firme, cedió bajo su palma. El culo de Xiomara era el de una joven de 20 años, más pequeño que el de su hermana, más alto, con una redondez perfecta y tensa. Era un trasero virgen, no solo para la violencia, sino para la experiencia.
—Guíame a su habitación —le ordenó, su voz un murmullo bajo y absoluto—. La de tu hermana.
La orden atravesó el bloqueo de pánico de Xiomara como una descarga eléctrica. Sus pies se movieron solos, como si estuvieran conectados a la voluntad de él. Caminó como una autómata, con el torso rígido y la vista al frente, subió por la escalera. Sintía el peso de su tío detrás de ella, su presencia opresiva, y su mano que no abandonaba su posada, apretando y masajeando su trasero con una familiaridad que la nauseaba. Cada escalón era un paso más hacia el infierno.
Entraron en la habitación de Sara y Mateo. El olor a perfume de Sara y a colonia de Mateo aún flotaba en el aire, un fantasma de la felicidad que estaba a punto de ser profanado. Xiomara se detuvo en medio de la habitación, sin saber qué hacer.
Potro no necesitaba más indicaciones. Con una mano en el hombro, la empujó suavemente hacia adelante. Sin mediar palabra, sus otras manos fueron a la cintura de Xiomara. Desabrochó el botón de sus jeans y bajo la cremallera con un sonido metálico que resonó como una sentencia. La tela cayó, y luego sus panties, hasta quedar en un charco a sus pies. Xiomara no hizo nada por evitarlo. Se quedó allí, inmóvil, con la parte superior de su cuerpo aún vestida y su culo desnudo y temblando expuesto en el aire frío de la habitación.
Entonces lo sintió. Notó y sintió la barra de carne desnuda chocar contra sus nalgas. No se atrevió en ningún momento a mirarla, pero la sintió grande e imponente, caliente y viva, deslizándose por el surto de sus nalgas. Era una sensación ajena, aterradora, la prueba física de que esto era real y estaba sucediendo.
Con un empujón brusco, la tumbo contra la cama. Cayó de bruces sobre el edredón, la cara hundida en las almohadas que olían a su hermana. Sintió el peso de Potro sobre ella, sus rodillas separando sus piernas, y sintió cómo el miembro de él, enorme y erecto, buscaba su entrada. La punta se posó en los labios de su vagina, y el mundo de Xiomara se rompió.
—¡NOOO! —lanzó un grito tan fuerte, tan desgarrador, que provenía de lo más profundo de su alma. Un grito de pura violación.
Potro se detuvo. El grito la había traspasado, no por piedad, sino por la sorpresa. No estaba acostumbrado a que le dijeran que no.
Xiomara comenzó a llorar, un llanto incontrolable y convulsivo que sacudía todo su cuerpo. —Por favor, tío, no… por favor, no me hagas esto… te lo ruego… no, no, no… —imploraba, las palabras ahogadas en la almohada y en sus propios sollozos.
Su tío se detuvo, pero solo por un momento. Se levantó de encima de ella, y Xiomara sintió un fugaz alivio, la esperanza de que su ruego hubiera surtido efecto. Fue una esperanza tonta. Escuchó sus pasos hacia el baño contiguo, el sonido de un cajón abriéndose, y luego volvió. En su mano llevaba un bote de crema corporal, el de Sara, con olor a vaina y lavanda.
Se arrodilló en la cama detrás de ella. Sin demora alguna, comenzó a amontonar una cantidad generosa de la crema fría en el culo de Xiomara, que se contrajo al contacto. La blancura de la crema contrastaba con el tono moreno de su piel. Potro no se dirigió a su vagina. Con un dedo, empezó a untar la crema alrededor de su ano, un círculo frío y resbaladizo que anunciaba su verdadera intención.
—No… por ahí no… por favor, Potro, no… —volvió a implorar Xiomara, su voz rota.
Él no hizo caso. Con un movimiento lento y deliberado, introdujo su dedo pulgar. Xiomara lanzó un nuevo grito, más ahogado esta vez. El dolor era agudo, una sensación de desgarro y llenado extraño y violento. Potro empezó a moverlo, adentro y afuera, dilatándola poco a poco, preparando el terreno para la invasión principal. La crema facilitaba el paso, pero no eliminaba el dolor ni la humillación. Cada movimiento de su dedo era una nueva violación, una nueva afirmación de su poder. Xiomara dejó de luchar. Se quedó allí, llorando en silencio, sintiendo cómo su tío la abría con sus dedos, cómo la convertía en un objeto para su uso, mientras el olor a vaina y lavanda se mezclaba con el olor a su terror y a la crema que la estaba preparando para ser destruida.
Potro retiró su dedo con un sonido húmedo y obsceno. Xiomara sintió un vacío momentáneo, una falsa sensación de alivio que duró apenas un segundo. La cabeza de su miembro, ya engrasada con la crema, reemplazó al dedo. Era mucho más grande, más ancha, una amenaza redondeada y caliente.
—Esto es para que aprendas, sobrina —dijo su voz, un rugido bajo junto a su oído—. En esta familia, no se grita. Se obedece.
Presionó. La cremallera de carne de Xiomara, ya preparada pero aún así tensa por el pánico, cedió con una resistencia que hizo que Potro emitiera un gruñido de satisfacción. La cabeza entró, y Xiomara sollozó, un sonido animal de dolor puro. Era como si le clavaran un hierro al rojo vivo.
—¡Ahhh, no, por favor, sácalo! ¡Quítalo! —gimió, sus manos agarrando las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Potro no le hizo caso. Con una lentitud tortuosa, siguió introduciéndose, centímetro a centímetro, para que ella sintiera cada milímetro de su desgarramiento. —¿Lo ves? —siseó él, disfrutando de cada espasmo de dolor de su cuerpo—. Tu hermana aprendió rápido. Tú eres un poco más lenta. Pero aprenderás.
El dolor era insoportable, una quemazón que se extendía desde su ano hasta el resto de su cuerpo, haciéndola temblar. Sentía sus entrañas desplazarse, acomodándose a la fuerza a la intrusión brutal. Se sentía sucia, rota, usada. Lloraba sin consuelo, las lágrimas mojando la almohada de su hermana.
—Por favor, Potro… yo haré lo que quieras… te daré dinero… lo que sea… solo para que pare —suplicó, su voz un hilo roto y patético.
Él rio, un sonido bajo y cruel. —No necesito dinero sobrina. Tú… tú eres de otra categoría. Eres el colateral. La garantía.
Finalmente, con un embestida final que la hizo gritar contra la almohada, se hundió hasta el fondo. Sus testigos golpearon contra su piel. Se quedó allí, inmóvil, disfrutando del calor y de la contracción de sus músculos a su alrededor.
—Aprieta más de lo que pensaba —dijo, como si comentara el tiempo. —Eres muy joven, muy apretada. Es un placer.
Y entonces comenzó a moverse. No hubo ritmo, solo embestidas brutales y profundas. Cada movimiento era un recordatorio de su poder, un clavo que la fijaba a su nueva realidad. La cama crujía, el sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con los sollozos de Xiomara.
—¿Sientes eso, Xiomara? —preguntó entre jadeos, su aliento caliente en su nuca—. Ese es el precio de la lealtad. El precio de ser una Aguilar.
Con una mano, la agarró por el pelo, levantándole la cabeza. —Mírame —ordenó.
Xiomara forzó sus ojos llorosos a girar hacia un lado, a verlo de reojo. Su rostro era una máscara de placer sádico.
—Ahora vas a ser mi ojo y mi mano en esta casa. Me dirás todo. Y cada vez que me falles, cada vez que dudes, recordarás esta noche. Recordarás cómo te sentiste conmigo dentro de ti. ¿Lo entiendes?
—S-sí… lo entiendo —logró decir ella, la palabra saliendo en un sollozo.
—Bien. Porque esto —dijo, dándole una embestida especialmente profunda que la hizo gritar— es solo el principio. Esto es lo que pasa cuando me desobedeces. Imagina lo que pasa cuando me complaces.
Aceleró su ritmo, sus caderas moviéndose como un pistón, buscando su propia liberación sin importarle el daño que causaba. Xiomara dejó de suplicar. Se rindió. Su cuerpo se convirtió en un muñeco de trapo, sacudido por la fuerza de su violación. El dolor se convirtió en un fondo constante, una nota sorda en el concierto de su humillación. Sentía la crema mezclada con un ligero sangrado, una prueba de su desgarro.
Potro empezó a gemir más alto, su respiración se volvió entrecortada. —Sí… sí… así… aprieta, perra… aprieta…
Con un rugido final, se hundió con una fuerza que la desplazó por la cama. Sintió la pulsación caliente de su semen inundándola por dentro, una marca humillante y final. Se quedó encima de ella, pesado y sudoroso, recuperando el aliento.
Luego, se retiró con la misma brusquedad con la que había entrado. Xiomara sintió el vacío de nuevo, y el semen caliente correrse por sus muslos. Se quedó tirada en la cama, sin poder moverse, llorando en silencio.
Potro se arregló la ropa. Se acercó al espejo y se arregló el pelo. —La habitación de tu hermana es cómoda —dijo, como si nada hubiera pasado—. Limpia esto antes de que vuelvan.
Se acercó a la puerta y antes de salir, se volvió a mirarla, tirada y desnuda en la cama. —Y recuerda, Xiomara. A partir de ahora, cada noche que duermas en esta casa, dormirás conmigo. Aunque no esté aquí.
Y se fue, dejándola sola en la oscuridad, rota, manchada y para siempre atada a él.
Dos noches después, la rutina intentaba imponerse por la fuerza.
No fue hasta que el silencio volvió a la casa cuando Xiomara se atrevió.. Se levantó, con el cuerpo rígido, y caminó hasta el salón. Sara estaba allí, de pie frente a la ventana con una taza de té en las manos, mirando la oscuridad del jardín. Llevaba una bata de seda, y su pelo estaba suelto sobre los hombros. A la luz de la luna, parecía una estatua rota.—No Ha terminado —dijo Xiomara, su voz un hilo casi inaudible.Sara se giró lentamente. Su rostro estaba en calma, pero sus ojos eran dos pozos vacíos. Asintió.
Xiomara se acercó, sus pasos silenciosos en la alfombra. Se detuvo a un metro de su hermana, como si el aire entre ellas estuviera cargado de vidrio roto.
—¿Te ha hecho daño? —la pregunta flotó, cargada de un terror que no se atrevía a nombrar.
Sara bajó la vista hacia su taza. La respuesta tardó, y en esa espera, Xiomara sintió que el mundo se detenía.
—Sí —dijo Sara al fin, su voz plana, sin emoción—. Mucho.
Las lágrimas de Xiomara brotaron sin previo aviso, quemándole las mejillas. No eran lágrimas de tristeza, eran de furia y de impotencia.
—¿Qué… qué te ha hecho, Sara? —suplicó, su voz quebrada—. Dímelo. Necesito saberlo.
Sara la miró de nuevo, y por primera vez, la máscara de calma se resquebrajó. Vio el terror en los ojos de su hermana, el mismo terror que ella había sentido. Y supo que ya no podía protegerla con silencios.
—No es como crees —comenzó Sara, su voz tan baja que Xiomara tuvo que acercarse más para oírla—. No es solo un golpe, o una amenaza. Es… es una marca. Es arrancarte algo por dentro para que él pueda poner lo suyo.
Hizo una pausa, buscando las palabras que no existían.
—Me ha llevado a un motel. Uno de esos que huelen a abandono —continuó, su mirada perdida en el pasado—. Me ha hecho desnudarme. Me ha mirado como… como si no fuera una persona. Como si fuera un objeto que le pertenecía desde que nací.
Xiomara tragó saliva, sintiendo un nudo de angustia en su garganta.
—¿Te… te ha violado?
Sara negó lentamente con la cabeza, y Xiomara sintió un alivio efímero que se convirtió en pánico al ver la expresión de su hermana.
—Peor —susurró Sara—. O diferente. Primero… con la boca. Me arrodillé en el suelo y… y lo hice. Tenía que hacerlo. Cada segundo me sentía morir un poco más. Y luego… —su voz se quebró, y tuvo que cerrar los ojos—. Luego me tiró en la cama. Y no… no fue por delante.
Xiomara frunció el ceño, sin entender al instante. Y entonces, el horror la golpeó con una fuerza que le robó el aire. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿No… no?
Sara los abrió de nuevo, y en su fondo había un dolor tan antiguo y profundo que parecía haber estado allí siempre.
—Por detrás —dijo Sara, la frase final, sentenciando el mundo de ambas—. Sin nada. Solo para que yo sintiera el dolor. Para que supiera que me rompía. Que me rompía por dentro.
El silencio que siguió a la confesión de Sara fue pesado, denso, un manto de dolor compartido. Xiomara, con las lágrimas aún secas en sus mejillas, sintió el peso de la verdad de su hermana como una losa sobre el pecho. La rabia que había sentido por la violación de Sara se mezcló ahora con un veneno de culpa y un terror helado que la paralizaba.
—Yo también —dijo Xiomara, su voz un susurro rasgado, tan bajo que Sara apenas la oyó—. También… me pasó.
Sara se quedó inmóvil. La taza de té tembló en su mano, y un pequeño charco oscuro cayó sobre la alfombra. Se giró lentamente para mirar a su hermana, y sus ojos se llenaron de una pregunta que no necesitaba palabras.
—¿Qué? —preguntó Sara, su voz apenas un hilo de aire.
Xiomara bajó la cabeza, sus manos entrelazadas en un nudo blanco sobre su estómago. Las palabras salieron a borbotones, empujadas por el trauma que había guardado en silencio.
—La noche de tu boda —comenzó, y cada sílaba era un esfuerzo—. Cuando te fuiste… cuando Mateo te llevó. Yo estaba aquí, sola. Y… y él vino.
El rostro de Sara se endureció. El nombre no se pronunció, pero flotaba entre ellas como un fantasma.
—Potro —dijo Sara, no como una pregunta, sino como una sentencia.
Xiomara asintió, sin poder mirarla. —Sonó el timbre. No sé por qué abrí. Debería haber corrido, escondido… pero me quedé helada en la puerta. Y entró. Dijo que… que tu sacrificio había sido solo una cuota inicial. Que las deudas familiares se extendían como raíces.
Se detuvo, tragando saliva, el recuerdo demasiado vivo, demasiado doloroso. —Dijo que necesitaba ojos y oídos en esta casa. Que necesitaba a alguien para vigilaros. Que… que yo sería su espía. O la deuda se volvería infinita para las dos.
Sara la tomó por los hombros, sus dedos apretando con una fuerza desesperada. —¿Xiomara, qué te hizo? ¿Te hizo daño?
Xiomara finalmente levantó la vista, y sus ojos eran dos pozos de desesperación. —Me llevó a tu habitación, Sara. A tu cama. Dijo que me preparara.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sara, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.
—Me desvistió —continuó Xiomara, su voz rota en sollozos silenciosos—. Me tiró en tu cama. Y yo… yo grité. Grité cuando intentó… cuando intentó entrar por delante. Le rogué. Lloré como una niña.
Por un instante, una chispa de esperanza se encendió en el corazón de Sara. ¿Se había detenido? ¿Había tenido piedad?
—Se detuvo —dijo Xiomara, leyendo el pensamiento de su hermana—. Pero no por piedad. Fue… peor. Fue calculado. Fue a tu baño, Sara. Cogió tu crema, la que huele a vaina… y volvió.
La esperanza se extinguió, reemplazada por una náusea fría y oscura.
—No lo hizo por delante —sollozó Xiomara, hundiendo la cara en el hombro de su hermana—. Me puso la crema en… en el culo. Y me lo mete por ahí, Sara. Me violó por el culo en tu cama, con tu crema, mientras yo le suplicaba que parara.
El cuerpo de Sara se tensó como una cuerda de violín a punto de romperse. Abrazó a Xiomara con una ferocidad que era a la vez protectora y destructiva, como si quisiera fundirse con ella para absorber su dolor. El horror era demasiado grande, demasiado perverso. No solo había violado a su hermana; lo había hecho en el santuario de su nueva vida, usando las posesiones más íntimas de Sara como armas contra su propia sangre.
—Me dijo —gimió Xiomara contra el cuello de Sara— que me convertía en su colateral. En su garantía. Que cada noche que durmiera en esta casa, dormiría con él. Que esto era lo que pasaba cuando se desobedecía.
Sara soltó a su hermana, tomándole el rostro entre sus manos. Las lágrimas finalmente brotaban de sus ojos, lágrimas de furia, de impotencia, de un odio tan puro y profundo que la quemaba por dentro.
—No —dijo Sara, su voz temblorosa pero cargada de una determinación que no estaba allí antes—. No es una deuda, Xio. No es un negocio. Esto es una guerra.
Miró hacia la puerta de la habitación, como si pudiera ver a través de ella hasta el corazón de la oscuridad que las amenazaba. El sacrificio que había hecho, el dolor que había soportado, no había servido para nada. Solo había extendido la enfermedad, había contagiado a la única persona que juró proteger.
—Él pensó que nos rompería —continuó Sara, su voz ganando fuerza, cada palabra una piedra angular de una nueva resolución—. Que nos convertiría en dos esclavas asustadas. Pero no nos conoce. No sabe lo que es la sangre de verdad.
Bajó las manos de la cara de Xiomara y las tomó de las de ella, entrelazando sus dedos.
—Ya no se trata de pagar, Xiomara. Se ha acabado eso. Ahora se trata de cobrar. Y le cobraremos todo.
Las lágrimas se secaron en el rostro de Xiomara, reemplazadas por una dureza que Sara nunca antes había visto. El miedo no había desaparecido; se había transformado, se había endurecido como el acero en un frío horno. El dolor compartido se había convertido en un catalizador. El abrazo se rompió, pero no se alejaron. Se quedaron una frente a la otra, dos mujeres en la penumbra de un salón, unidas por un horror que ahora era su arma.
—Una guerra —repitió Xiomara, su voz sin lágrimas, baja y filosa—. ¿Cómo?
Sara empezó a caminar, un paso lento y medido. Su mente, antes un torbellino de dolor y culpa, ahora operaba con una claridad escalofriante. Se detuvo frente a la ventana, mirando la oscuridad como si fuera un mapa.
—Él nos ha violado porque cree que nos ha robado el poder. Nos ha convertido en sus cosas, en sus secretos sucios. Su mayor error es pensar que guardaremos ese secreto por vergüenza. Su mayor error es que ahora tenemos un secreto que él no sabe que compartimos.
Se giró, sus ojos brillando con una luz febril.
—Potro es un hombre de negocios, Xio. Un negocio se basa en el control, la información y el miedo. Él nos ha dado a nosotras la información más valiosa de todas: su debilidad.
—¿Su debilidad? —preguntó Xiomara, escéptica—. Es un monstruo.
—Es un hombre —corrigió Sara—. Un hombre que cree que su poder es absoluto porque nadie se atreve a desafiarlo. Pero su poder se basa en un edificio que yo misma construí para él: la red de información que robé. Conozco sus rutas, sus contactos, sus empresas fantasma. Sé por dónde entra el dinero y por dónde sale la sangre.
Xiomara se acercó, capturando la visión de su hermana.
—¿Qué hacemos? ¿Se lo damos a la policía?
Sara negó con la cabeza, una sonrisa cruel torciendo sus labios. —No. La policía es lenta, es burocracia. Él se escaparía, o nos mataría antes de que tocaran puerta. No queremos justicia. Queremos venganza. Y la venganza tiene que ser personal, tiene que ser quirúrgica. Tiene que destruirlo desde dentro.
El plan comenzó a tomar forma en la conversación que siguió, un murmullo febril en el corazón de la noche.
El Plan:
El Cebo (Xiomara): —Tú serás su confidente —dijo Sara—. Serás exactamente lo que él quiere: una espía asustada. Le darás información verdadera, pero inútil. Mis citas con Mateo, mis compras, mis rutinas. Le harás creer que te tiene controlada. Pero en medio de esas verdades, plantarás las semillas de la mentira. Le dirás que Mateo está cada vez más preocupado por el dinero, que está preguntando, que ha empezado a husmear en mis cosas antiguas. Le harás creer que mi marido, el hombre bueno e inocente, es su nueva amenaza.
El Arma (Sara): —Yo usaré lo que él cree que me ha robado —continuó Sara, golpeando ligeramente su propia cabeza—. Mi conocimiento. Reactivaré un contacto viejo, uno de los que yo misma gestionaba. Un contador de un cartel rival en la frontera, al que Potro le robó un cargamento hace años. Le pasaré una información. No toda, solo la pieza clave: la ubicación y la fecha del próximo traslado más grande de Potro. Un movimiento de producto y dinero que lo dejaría arruinado si se intercepta.
La Trampa: —La jugada final será una reunión —concluyó Sara—. Tú le dirás a Potro que tienes algo urgente, algo sobre Mateo.
Xiomara asintió, sus ojos fijos en los de su hermana. El miedo seguía ahí, pero ahora era un combustible.
La Ejecución:
La semana siguiente fue una obra de teatro macabra. Xiomara, con el teléfono temblando en su mano, enviaba mensajes de texto a un número desconocido. «Sara está rara, tío. Mateo encontró una vieja agenda y no para de hacer preguntas». «Cree que hay dinero escondido». Cada mensaje era una dosis de veneno que Potro bebía con avidez, respondiendo con frases cortas y autoritarias: «Mantente alerta. Dime todo».
Mientras tanto, Sara se encerraba en el estudio de Mateo, con el portátil encendido. Usaba redes de proxy y cuentas borradas, rastreando al fantasma de su pasado. Encontró al contador, un hombre llamado «El Fósil», y le envió un mensaje anónimo: «El Pingüino mueve pieza el viernes. Punto A: Bodega del Cañón. Punto B: Cruce Seco. 23:00. Es por ti». No hubo respuesta. No la hacía falta. La semilla estaba plantada.
El jueves por la noche, Xiomara ejecutó el último movimiento. Llamó a Potro, su voz temblorosa de forma genuina.
—Tío… necesito que vengas. Es sobre Mateo. Creo que… creo que va a hacer algo estúpido. Por favor, ven.
Hubo una pausa. Sara imaginó a su tío sonriendo, disfrutando de su poder.
—De acuerdo. Estaré allí. Y que no me hagás perder el tiempo.
El Encuentro:
Las mismas camionetas oscuras estaban aparcadas frente a la casa, los mismos hombres advertían con sus miradas. Pero esta vez, Sara y Xiomara estaban juntas. Vestidas de negro, no de luto, sino de sombra. Sus rostros estaban impenibles, sus pasos firmes.
Potro timbró y Xiomara rapidamente le abrió. Pero esta vez, no estaba solo. A su lado había otro hombre. Mayor, de cara arrugada y ojos vivos como ratas. Sara no lo reconocía, pero Xiomara sí lo había visto en fotos antiguas. Era El Verdugo, el hombre de confianza de Potro, su verdadera mano derecha.
—Me alegro de que esten juntas —dijo Potro, su voz goteando condescendencia y sin absoluta sorpresa—. Xiomara dice que tenemos un problema con el novio.
Sara y Xiomara se miraron, sin sentarse.
—No hay ningún problema con Mateo, tío —dijo Sara, su voz helada y clara—. El problema eres tú.
Potro se mantenía sereno.
—Digo que sé lo que hiciste con mi hermana —dijo Sara, mirándolo a los ojos—. Y digo que esta noche, todo termina.
Potro soltó una carcajada, un sonido ronco y falso. —¿Termina? ¿Tú vas a decirme a mí cuándo termina algo? ¿Con qué? ¿Con la lengua afilada de una puta y las lágrimas de su hermanita?
Se acercó, y el hombre a su lado hizo lo mismo. La atmósfera se cargó de una violencia inminente.
—No, tío —dijo Xiomara, y su voz ya no temblaba. Estaba firme, cargada de un veneno dulce—. No es con eso.
Sacó su móvil del bolsillo y lo colocó sobre la mesa, sin desbloquearlo.


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