Paco y la vida con su madre 6 – La madre de Paco (Monica), le cuenta a su hijo como fue desvirgada analmente
Monica le cuenta a su hijo como fue desvirgada analmente en su preadolecencia.
Después de esa segunda vez, las cosas cambiaron.
Al principio nos veíamos una vez por semana, como la primera. Pero después de la tercera visita, ya no pudimos aguantar tanto. Empezamos a vernos casi todos los días. Yo llegaba de la escuela, mis papás todavía no habían vuelto del trabajo, y Raúl aparecía a las 2 de la tarde como un reloj. Entraba a mi casa como si fuera suya. Subíamos directo a mi cuarto y nos tirábamos en la cama.
Cada encuentro era más intenso que el anterior.
Raúl se empezó a poner más sucio. Ya no era solo penetración normal. Empezó a follarme más fuerte, más profundo y más rápido. Las embestidas eran más duras. Me agarraba de las caderas con fuerza y me golpeaba contra su pelvis. A veces me cogía tan fuerte que me dejaba moretones en la piel. Yo gemía y lloraba un poco, pero ya no era solo de dolor. Me gustaba. Me gustaba sentirme usada.
Una tarde, mientras me follaba en cuatro, me dio la primera nalgada. Fue fuerte. El sonido resonó en mi cuarto y yo me quejé. Él se rio y me dio otra, más fuerte.
—Así me gusta mi nenita —me dijo mientras me daba otra nalgada—. Con el culito rojo.
Desde ese día, las nalgadas se volvieron parte de casi todos nuestros encuentros. Me daba en el culo mientras me follaba, a veces suave, a veces muy fuerte. Me dejaba la piel roja y caliente. Yo gemía más fuerte cada vez que me pegaba. Me gustaba. Me gustaba sentirme castigada.
También empezó a pedirme que lo llamara de otra forma.
Una tarde, mientras me tenía en cuatro y me follaba con fuerza, me dijo al oído:
—Decime abuelito.
Yo me quedé callada un segundo, sorprendida. Pero él me dio una nalgada fuerte y repitió:
—Decime abuelito mientras te cojo.
Yo obedecí. Empecé a gemir bajito:
—Abuelito… abuelito…
Cada vez que lo decía, Raúl se ponía más salvaje. Me follaba más fuerte, más profundo, y me daba más nalgadas. Me decía cosas muy sucias:
—Así, mi nenita… decile abuelito a tu viejo… decile que te gusta que te coja tu abuelito…
Yo me corrí esa tarde gritando “abuelito”. Fue una de las corridas más fuertes que había tenido hasta ese momento. Desde ese día, casi siempre lo llamaba así mientras me follaba. Me gustaba. Me gustaba la sensación de estar siendo follada por un hombre que podría ser mi abuelo. Me hacía sentir más sucia, más prohibida, más puta.
Además de las nalgadas y de llamarlo abuelito, Raúl empezó a enseñarme posiciones nuevas en cada encuentro.
Una vez me puso de lado, con una pierna levantada, y me folló así mientras me apretaba las tetitas. Otra vez me hizo sentar encima de él, de frente, y me enseñó a moverme yo sola. Otra tarde me puso contra la pared de mi cuarto y me levantó en brazos mientras me penetraba. Cada encuentro era diferente. Cada vez me enseñaba algo nuevo. Yo aprendía rápido y me gustaba complacerlo.
Con el tiempo, nuestras sesiones se volvieron más largas y más intensas. A veces nos quedábamos más de dos horas seguidas en mi cuarto. Raúl me follaba en todas las posiciones que se le ocurrían. Me daba nalgadas, me decía cosas sucias, me hacía llamarlo abuelito y me hacía correrme varias veces antes de correrse él dentro de mí.
Yo ya no tenía miedo como la primera vez. Ahora esperaba con ansias que llegara la tarde. Me duchaba, me ponía mi pijama de ositos o alguna pollerita corta, y lo esperaba sentada en mi cama de princesas. Cuando escuchaba el timbre, mi corazón empezaba a latir más fuerte. Sabía lo que venía. Sabía que me iba a follar fuerte, que me iba a dar nalgadas, que me iba a hacer llamarlo abuelito y que me iba a llenar de su leche otra vez.
Y yo ya no quería que parara.
Modelando para abuelito….
Peka estaba muy callada, pero se notaba que quería seguir escuchando. Después de un rato, le pidió a su mamá:
—Contame más, mami… Raúl te pedía cosas diferentes cada vez?
—Sí. Varias veces. Le gustaba mucho verme vestida de forma infantil. Le daba mucho morbo. Me pedía que me probara diferentes conjuntos y que le modelara como si fuera una pasarela. Después, cuando ya estaba excitado, me desnudaba y me daba besos muy asquerosos. Te voy a contar cuatro escenas de eso.
Peka se acomodó mejor, claramente interesada.
Mónica empezó:
Primera escena:
Una tarde Raúl llegó más temprano de lo normal. Me miró y me dijo: “Hoy quiero que te pruebes varios vestiditos de nena y que me los modeles”. Yo fui a mi ropero y saqué varios conjuntos que ya casi no usaba. Me probé primero un vestidito rosa con ositos y volados. Me lo puse y empecé a caminar por el cuarto, girando y levantando un poco la falda. Raúl se sentó en mi cama y me miraba con cara de loco. Cuando terminé de modelar ese conjunto, me hizo sacármelo. Me desnudó despacio y después me dio un beso muy asqueroso. Me metió la lengua hasta el fondo, babeando mucho. Me escupió un poco en la boca y después me volvió a besar. Me babeó toda la barbilla y el cuello. Ese día me folló después del beso, pero el beso fue lo que más me marcó.
Segunda escena:
Otra vez me pidió que me probara una pollerita celeste con un top blanco que tenía un moño grande. Me hizo caminar de un lado a otro del cuarto varias veces. Me decía: “Date vuelta, nena… levantá un poco la pollerita”. Yo obedecía. Me gustaba que me mirara así. Cuando terminé de modelar, se levantó, me sacó toda la ropa y me tiró en la cama. Me dio un beso muy largo y muy sucio. Esta vez me escupió varias veces en la lengua y me obligó a tragármelo. Después me besó de nuevo, metiéndome toda su saliva en la boca. Me babeó tanto que terminé con la cara y el pelo mojados. Me folló después de eso, pero el beso fue tan asqueroso que casi me corrí solo con eso.
Tercera escena:
Ese día me pidió que me probara un vestidito amarillo que tenía tirantes finos y un lazo grande en la espalda. Me hizo modelarlo varias veces, caminando y girando. Me decía cosas sucias mientras lo hacía: “Qué linda nenita… mirá cómo se te mueve el culito con esa pollerita”. Cuando terminé, me desnudó despacio, besándome cada parte del cuerpo que iba descubriendo. Después me dio un beso muy asqueroso. Me metió la lengua hasta el fondo y me babeó tanto que la saliva me corría por la barbilla y me caía en las tetitas. Me escupió en la boca dos veces y después me besó de nuevo, muy profundo. Ese día me corrí dos veces solo besándolo, antes de que me follara.
Cuarta escena:
La última escena que te voy a contar fue una de las más fuertes. Raúl me pidió que me probara tres conjuntos seguidos. Primero un vestidito rosa con muchos volados, después una pollerita blanca con lunares y un top celeste, y por último un body con falda integrada que tenía estampado de osos. Me hizo modelar cada uno varias veces. Me decía: “Date vuelta más lento, nena… quiero ver bien tu culito”. Cuando terminé de modelar los tres, me desnudó completamente. Me tiró en la cama y empezó a besarme. Ese beso fue el más asqueroso de todos. Me metió la lengua hasta el fondo, me escupió varias veces en la boca y me babeó toda la cara. La saliva me corría por el cuello y me mojaba las tetitas. Me decía mientras me besaba: “Qué rica nenita puta sos… te beso después de que me modelaste toda tu ropita de nena”. Me folló después de ese beso, pero estuve tan excitada por el beso que me corrí casi enseguida.
Con el paso de las semanas, Raúl empezó a pedirme cosas diferentes cada vez que venía a mi casa. Ya no se conformaba solo con follarme. Quería más. Quería verme hacer cosas para él. Una de las cosas que más le gustó fue pedirme que le modelara mi ropa.
Una tarde, después de besarnos un rato en mi cuarto, me miró y me dijo con esa voz ronca y sucia:
—Quiero que me modeles tu ropa de nena. Todos los vestiditos y polleritas que tengas. Quiero verte cambiándote y caminando frente a mí.
Yo me quedé un segundo callada, pero terminé asintiendo. Me gustaba complacerlo. Me gustaba que me pidiera cosas. Fui hasta mi ropero y empecé a sacar toda la ropa infantil que tenía: vestiditos con volados, polleritas cortas, tops con moños, pijamas con ositos, conjuntos con lazos… todo.
Raúl se sentó en el borde de mi cama y me miró con atención. Yo empecé a modelar para él.
Primero me puse un vestidito rosa claro con muchos volados y estampado de ositos. Me lo puse despacio, frente a él. Cuando terminé, caminé un poco por el cuarto, girando para que viera cómo se movía la falda. Raúl se lamió los labios y me dijo:
—Así, nena… date vuelta. Dejame ver ese culito.
Yo obedecí. Me di vuelta y me agaché un poco, dejando que la falda se levantara. No me había puesto bombachita. Él gruñó satisfecho.
Después me cambié por una pollerita tableada celeste con un top blanco que tenía un moño grande en el pecho. Me puse también las medias cortas con lazos. Cuando terminé, caminé frente a él moviendo las caderas. Raúl se tocó la verga por encima del pantalón mientras me miraba.
—Qué rica te ves, mi nenita… —me dijo—. Seguí.
Me probé varios conjuntos más. Un vestidito amarillo con tirantes, otro blanco con volados en la falda, un conjunto de shortcito rosa con top celeste… Cada vez que terminaba de cambiarme, salía del baño y modelaba frente a él. Caminaba, giraba, me agachaba “a atarme los cordones” para que me viera el culito. Raúl se ponía cada vez más excitado. Me decía cosas sucias todo el tiempo:
—Mirá qué linda nenita… con esa ropita tan chiquita… me estás poniendo la verga muy dura.
Cuando terminé de modelar todos los conjuntos que tenía, Raúl ya no aguantaba más. Se levantó de la cama, me agarró y me empezó a besar. Esta vez los besos fueron mucho más asquerosos que de costumbre. Me metió la lengua hasta el fondo, babeando mucho, escupiéndome un poco en la boca mientras me besaba. Me agarraba de la nuca con fuerza y me besaba como si me estuviera comiendo. Yo me dejaba hacer. Me gustaba sentirme sucia.
Me sacó toda la ropa que me había puesto para modelar y me dejó completamente desnuda. Me tiró sobre la cama y siguió besándome. Me babeaba toda la cara, el cuello y las tetitas. Mientras me besaba me decía:
—Sos mi nenita puta… me modelaste toda tu ropita de nena y ahora te voy a follar.
Esa tarde me folló muy fuerte. Primero en cuatro, dándome nalgadas mientras me decía “abuelito”. Después me puso de lado y me levantó una pierna. Me folló profundo, con embestidas largas y duras. Me corrí dos veces antes de que él se corriera dentro de mí.
Cuando terminó, se quedó un rato abrazado a mí, besándome despacio. Me dijo que le había gustado mucho verme modelar. Que le había puesto muy caliente verme con toda esa ropa de nena.
Desde ese día, cada tanto me pedía que le modelara otra vez. A veces me hacía probarme varios conjuntos seguidos antes de follarme. Otras veces solo quería que me pusiera uno en particular y que caminara frente a él un buen rato antes de tocarme. Yo siempre aceptaba. Me gustaba verlo excitarse mientras me miraba. Me gustaba sentirme como su muñequita personal.
Y aunque al principio me daba un poco de vergüenza modelar para él… después empecé a disfrutarlo. Me gustaba la forma en que me miraba. Me gustaba sentirme deseada. Me gustaba ser su nenita.
Con el paso del tiempo, Raúl empezó a pedirme cosas cada vez más específicas y más sucias. Una tarde, después de follarme como siempre, me miró y me dijo algo que al principio me sorprendió:
—Quiero que dejes de bañarte antes de que yo venga.
Yo lo miré sin entender muy bien.
—¿Cómo?
—Quiero olerte natural —me explicó con voz ronca—. Quiero sentir tu olor de nenita sin jabón ni perfume. El olor que tenés después de todo el día. El olor de tu cuerpito sucio, de tus pies sudados, de tu concha y de tu culo después de haber estado todo el día con la ropa puesta. Eso me pone muy caliente.
Yo me quedé callada un momento. Al principio me dio un poco de vergüenza. Nunca había pensado en eso. Siempre me bañaba antes de que él llegara porque quería oler rica. Pero ver lo excitado que estaba al pedírmelo me hizo aceptar.
—Está bien… —le dije bajito—. No me voy a bañar más antes de que vengas.
Raúl sonrió satisfecho. Me dio un beso sucio y me dijo:
—Buena nenita.
Desde ese día dejé de bañarme antes de sus visitas. Cuando llegaba de la escuela, me quedaba tal cual estaba. Con el uniforme puesto, los pies sudados dentro de los zapatos, el cuerpo caliente después de todo el día. Cuando Raúl llegaba y me olía, se le notaba en la cara lo mucho que le gustaba.
Empezó a olerme con más intensidad. Me olía el cuello, las axilas, el pecho, el culo y especialmente los pies. Mientras me olfateaba me decía cosas muy sucias:
—Qué rico olor a nenita sucia tenés hoy… me encanta cómo hueles cuando no te bañás… esto es olor de nena de verdad… me pone la verga durísima.
Una tarde me hizo sentar en el borde de la cama, me quitó los zapatos y las medias y me olió los pies durante varios minutos. Los tenía muy sudados después de todo el día caminando. Él los respiraba con fuerza y me decía:
—Mirá qué ricos que huelen tus piecitos… sudaditos, con olor a nena… me encanta este olor.
Después de olerlos, me los chupó uno por uno, babeando mucho. Mientras me chupaba los dedos de los pies me follaba con los dedos la concha. Yo gemía y me dejaba hacer. El olor de mis pies parecía volverlo loco. Me folló esa tarde con más ganas que de costumbre. Me dio nalgadas fuertes mientras me decía:
—Qué rica nenita sucia sos… te huelo toda y me dan ganas de comerte entera.
Otra vez me hizo poner en cuatro y me olió el culo directamente. Me separó las nalgas con las manos y metió la nariz entre ellas. Me dijo:
—Qué rico olor a culito de nena tenés… huele a sucia, a sudor, a nena… me encanta.
Después me lamió el ano con mucha saliva mientras me decía cosas sucias. Me folló más fuerte que otras veces, como si el olor lo hubiera puesto más salvaje.
A mí me daba un poco de vergüenza al principio. Sabía que olía a nena sudada, a cuerpo de chica después de todo un día sin bañarme. Pero ver lo mucho que le excitaba a Raúl me terminaba poniendo caliente también. Me gustaba que le gustara mi olor natural. Me gustaba que me oliera como si fuera algo delicioso. Me hacía sentir más sucia, más puta, más de él.
Con el tiempo, ya ni siquiera me daba vergüenza. Al contrario. A veces llegaba de la escuela y me quedaba esperando a que él llegara, sabiendo que olía fuerte. Y cuando él llegaba y me olfateaba toda, yo me excitaba más rápido. Me gustaba oírlo decirme lo mucho que le gustaba mi olor de nenita sucia.
Raúl me follaba con más intensidad desde que dejé de bañarme. Parecía que el olor lo ponía más salvaje. Me daba nalgadas más fuertes, me follaba más profundo y me decía cosas más sucias mientras me penetraba:
—Qué rica nenita puta y sucia sos… te huelo toda y me dan ganas de romperte la conchita… mirá cómo te gusta que te folle tu abuelito.
Yo gemía debajo de él y le respondía:
—Sí, abuelito… soy tu nenita sucia… usame como quieras…
Y él se ponía aún más loco.
De lunes a viernes…
Después de un tiempo, Raúl empezó a venir a mi casa casi todos los días. De lunes a viernes, sin falta. Mis papás salían temprano a trabajar y yo me quedaba sola. Él llegaba alrededor de las 2 de la tarde y nos encerrábamos en mi cuarto hasta casi las 5. Cada día era más sucio que el anterior. Él se ponía cada vez más morboso y yo me dejaba hacer todo.
Te voy a contar cuatro escenas de esos días.
Lunes
Ese día llegué de la escuela y no me bañé, como él me había pedido. Mis pies estaban muy sudados dentro de los zapatos. Cuando Raúl entró a mi cuarto, lo primero que hizo fue hacerme sentar en el borde de la cama, quitarme los zapatos y oler mis pies directamente. Me los olió con ganas, respirando fuerte.
—Qué rico olor a nenita sucia tenés hoy… —me dijo mientras me olfateaba los dedos de los pies.
Después me los chupó uno por uno, babeando mucho. Me chupaba entre los dedos y me lamía toda la planta. Mientras me chupaba los pies, me bajaba la pollerita y me metía dos dedos en la concha. Yo gemía y me dejaba hacer. Cuando terminó de chuparme los pies, me dio un beso muy asqueroso. Me metió la lengua hasta el fondo, babeándome toda la boca y la barbilla. Después me puso en cuatro y me lamió el culo un buen rato. Me metía la lengua adentro y me chupaba fuerte. Cuando ya no aguantaba más, me folló. Me dio nalgadas mientras me decía “abuelito” y me follaba muy fuerte hasta correrse dentro de mí.
Martes
Ese día Raúl llegó más caliente que de costumbre. Apenas cerró la puerta de mi cuarto, me agarró y me besó de forma muy sucia. Me escupió en la boca varias veces y después me obligó a escupirle yo también. Nos besamos así un rato, pasando saliva de boca en boca. Después me hizo acostar en la cama y me quitó toda la ropa.
Me abrió las piernas y me lamió la concha y el culo sin parar. Me decía cosas muy sucias mientras me lamía:
—Qué rica nenita sucia sos… tenés olor a nena por todos lados… me encanta chuparte el culito y la conchita.
Después de lamerme mucho, me puso de lado y me levantó una pierna. Me folló así, profundo y lento al principio, después más fuerte. Mientras me cogía me chupaba los dedos de los pies otra vez. Me los metía en la boca y los chupaba con ganas. Yo gemía y le decía “abuelito” como él me había enseñado. Me corrí dos veces antes de que él se corriera dentro de mí.
Miércoles
Ese día Raúl quería algo más sucio. Me hizo pararme frente a él y me pidió que me agachara “a atarme los cordones” como hacía cuando era más chica. Yo obedecí. Me agaché con la pollerita puesta y sin bombachita, dejando que me viera todo. Él se quedó sentado en mi cama mirándome y tocándose la verga.
Después me hizo acercarme y me besó de forma muy asquerosa. Me metió la lengua hasta el fondo y me babeó toda la cara. Me escupió en la boca y me obligó a tragarme su saliva. Después me hizo poner en cuatro sobre la cama y me lamió el culo un largo rato. Me metía la lengua bien adentro y me chupaba fuerte. Mientras me lamía me daba nalgadas y me decía:
—Qué rico culito de nenita tenés… me encanta lamerte el ojito sucio.
Cuando ya estaba bien abierto, me folló. Esta vez fue más intenso que otros días. Me follaba fuerte, me daba nalgadas y me hacía decir “abuelito” una y otra vez. Me corrí gritando mientras él me llenaba de leche otra vez.
Jueves
Ese día Raúl llegó con más ganas que nunca. Me hizo sentar en el borde de la cama, me quitó los zapatos y empezó a oler mis pies con mucha intensidad. Me dijo que ese día olían especialmente rico porque hacía mucho calor en la escuela. Me chupó los dedos de los pies con mucha baba, después me lamió toda la planta.
Después me besó. Fue uno de los besos más asquerosos que me había dado hasta ese momento. Me babeó toda la boca, la barbilla y el cuello. Me escupió varias veces y después me obligó a escupirle yo también. Nos besamos así un buen rato, pasando saliva.
Luego me puso en cuatro y me lamió el culo y la concha sin parar. Me metía la lengua en ambos agujeros y me chupaba fuerte. Cuando ya no aguantaba más, me folló. Esta vez me cogió en varias posiciones. Primero en cuatro, después me puso de lado y finalmente me hizo sentar encima de él. Me daba nalgadas todo el tiempo y me obligaba a llamarlo abuelito. Me corrí tres veces esa tarde antes de que él se corriera dentro de mí.
Viernes
Ese día Raúl llegó muy excitado. Apenas entramos a mi cuarto me empujó contra la pared y me besó de forma muy sucia. Me metió la lengua hasta el fondo y me babeó toda la cara. Después me hizo arrodillar y me obligó a chuparle la verga. Me la metía hasta el fondo de la garganta y me hacía arcadas. Mientras yo se la chupaba, me decía:
—Qué rica nenita puta sos… chupándole la verga a tu abuelito en tu cuarto de princesa.
Después de chupársela un rato, me levantó y me tiró en la cama. Me abrió las piernas y me lamió el culo un largo rato. Me metía la lengua bien adentro y me chupaba fuerte. Después me folló. Esta vez fue más salvaje que otros días. Me daba nalgadas fuertes, me follaba muy profundo y me hacía decir “abuelito” una y otra vez. Me corrí varias veces antes de que él se corriera dentro de mí.
Cada día era más intenso. Raúl se ponía más sucio, más exigente y más morboso. Y yo… yo me dejaba hacer todo. Me gustaba. Me gustaba sentirme sucia, me gustaba que me oliera, me gustaba que me lamiera los pies sudados, me gustaba que me besara de forma asquerosa y me gustaba que me follara como si fuera su nenita puta personal.
Y esto recién estaba empezando.
Raúl descubrió algo que le volvió completamente loco.
Como yo era muy nena, todavía no sabía limpiarme bien después de hacer caca. Muchas veces me limpiaba rápido y mal, y siempre quedaba un poco sucio mi anito. Al principio me daba vergüenza cuando él me lo chupaba, pero Raúl se excitaba muchísimo con eso. Me decía que le encantaba el olor y el sabor de mi “culo sucio de nena”. Que le ponía más caliente saber que era una nena que no se limpiaba bien. Desde ese día, casi siempre me lamía el culo con mucha más ganas.
Te voy a contar tres escenas donde esto pasó.
Primera escena:
Un lunes después de clases fui directo a mi casa sin bañarme, como él me había pedido. Ese día había hecho caca en la escuela y me había limpiado muy rápido. Cuando Raúl llegó y me puso en cuatro sobre la cama, me abrió el culo con las manos y se quedó mirando un segundo. Me dijo con voz ronca:
—Mirá cómo tenés el ojito sucio hoy, nena… se te nota que no te lavaste bien después de cagar.
Yo me puse roja de vergüenza, pero él se rio y se metió la cara entre mis nalgas. Empezó a lamerme el anito con mucha saliva y mucha fuerza. Me chupaba y me metía la lengua adentro sin importarle que estuviera sucio. Mientras me lamía me decía cosas muy sucias:
—Qué rico culo sucio de nenita tenés… me encanta lamerte cuando estás así… sabés a nena sucia.
Yo gemía y me dejaba hacer. Me daba mucha vergüenza, pero también me ponía muy caliente que le gustara tanto. Después de lamerme un buen rato me folló. Me dio nalgadas mientras me decía “abuelito” y me corrí más fuerte que otras veces.
Segunda escena:
Otro día fui a verlo después de haber estado toda la tarde jugando afuera. Ese día tampoco me había limpiado bien después de hacer caca. Cuando Raúl me puso en cuatro y me abrió el culo, se quedó oliendo un momento. Me dijo:
—Hoy estás bien sucia, mi nenita… se te nota que no te lavaste el culito después de cagar.
Yo quería morirme de vergüenza, pero él se puso más caliente. Me lamió el anito con mucha ganas, babeando mucho y metiendo la lengua bien adentro. Mientras me chupaba me decía:
—Qué rico sabor a nena sucia tenés… me encanta tu ojito cuando está así… me pone la verga durísima.
Después de lamerme mucho me folló en cuatro. Me daba nalgadas fuertes y me hacía decir “abuelito” una y otra vez. Me corrí dos veces antes de que él se corriera dentro de mí. Esa vez me dejó el culo muy rojo de las nalgadas y muy húmedo de su saliva.
Tercera escena:
Una tarde llegué a casa después de haber estado mucho tiempo en la escuela. Ese día había hecho caca y me había limpiado muy mal. Cuando Raúl llegó y me desnudó, me hizo poner en cuatro y me abrió las nalgas con las dos manos. Se quedó mirando y oliendo un buen rato. Me dijo con voz muy excitada:
—Mirá cómo tenés el culo sucio hoy… se te nota que sos una nena que no se lava bien el ojito después de cagar. Me encanta esto.
Yo me tapé la cara de vergüenza, pero él se metió la cara entre mis nalgas y empezó a lamerme con mucha fuerza. Me chupaba el anito y me metía la lengua adentro sin ningún asco. Mientras me lamía me hablaba muy sucio:
—Qué rico culo sucio de nenita tenés… me encanta lamerte cuando estás así de sucia… sabés a nena por todos lados.
Después de lamerme un largo rato me folló. Esta vez fue más intenso que otras veces. Me daba nalgadas fuertes, me follaba profundo y me decía “abuelito” una y otra vez. Me corrí gritando mientras él me llenaba de leche otra vez.
Raúl me decía que lo que más le gustaba era que yo fuera una nena de verdad. Que no me limpiaba bien como una mujer grande, y que por eso mi culo siempre tenía ese olor y sabor a “nenita sucia”. Eso lo ponía más cachondo que cualquier otra cosa. A mí me daba vergüenza cuando me lo decía, pero al mismo tiempo me excitaba mucho. Me gustaba que le gustara algo tan sucio y tan íntimo de mí.
Con el tiempo, ya ni siquiera me daba tanta vergüenza. Al contrario. A veces llegaba a casa y ni siquiera me limpiaba después de hacer caca, sabiendo que a Raúl le iba a gustar más así. Y cuando él llegaba y me ponía en cuatro para lamerme, yo ya sabía lo que iba a decir:
—Qué rico culo sucio de nena tenés hoy…
Y yo me mordía la almohada mientras él me chupaba con ganas.
Pasaron varios días desde que Raúl me empezó a lamer el culo con más frecuencia. Una tarde, después de haberme chupado el anito un buen rato, se levantó y me miró con esa cara que ya conocía cuando quería algo nuevo.
—Quiero desvirgarte el ojetito —me dijo sin rodeos.
Yo me quedé sorprendida. Me di vuelta y lo miré.
—¿El culo? —pregunté bajito.
Él asintió.
—Sí. Ya te chupo mucho ahí… y quiero metértela. Quiero ser el primero en cogerte el culo.
Yo me quedé callada un momento. La verdad es que ya me había metido deditos y algunas verduras pequeñas antes, cuando me masturbaba sola. Pero nunca una verga. Mi ojetito seguía virgen. Me daba un poco de miedo, porque sabía que la verga de Raúl era grande y gruesa. Pero al mismo tiempo… me excitaba la idea. Quería que él fuera el primero en todo.
Acepté.
—Está bien… —le dije—. Pero vamos despacio.
Raúl se puso feliz. Me dio un beso sucio y me dijo:
—Vamos a hacerlo la semana que viene. El miércoles. Así tenés tiempo de prepararte.
Yo asentí. Durante toda esa semana estuve nerviosa y excitada al mismo tiempo. Me tocaba el anito con los deditos cuando estaba sola, tratando de abrirme un poco más. Quería que no me doliera tanto cuando Raúl me lo metiera.
El miércoles llegó.
Mis papás se fueron a trabajar como siempre. Yo me duché, pero no me limpié demasiado el culo. Sabía que a Raúl le gustaba cuando estaba un poco sucio. Me puse un vestidito corto amarillo y me quedé esperando. A las 2 de la tarde tocaron el timbre.
Cuando abrí la puerta, Raúl entró y me besó de inmediato. Fue un beso largo y sucio. Me metió la lengua hasta el fondo y me babeó la boca. Yo le correspondí con ganas. Después de besarnos un rato en el pasillo, subimos a mi cuarto.
Una vez adentro, me hizo poner en cuatro sobre la cama. Me levantó el vestidito y me bajó las bragas. Como siempre, empezó por lamerme el culo. Esta vez lo hizo con más ganas que otras. Me abrió las nalgas con las manos y me metió la lengua bien adentro, babeando mucho. Mientras me chupaba me decía cosas sucias:
—Hoy te voy a romper este ojetito virgen, mi nenita… mirá cómo lo tenés de apretado… te lo voy a abrir despacito.
Yo gemía contra la almohada. Me gustaba cómo me lamía, pero también tenía miedo. Sabía que después de esto ya no iba a ser virgen por ningún lado.
Raúl me lamió el culo durante varios minutos. Me metía la lengua, me chupaba y me babeaba mucho. Después metió un dedo, despacio. Luego otro. Me abrió con cuidado, usando mucha saliva. Yo me quejaba un poco, pero ya estaba más relajada que la primera vez que me había tocado ahí.
Cuando sintió que estaba lo suficientemente abierta, se puso de rodillas detrás de mí. Escupió en su mano y se untó la verga. Me apoyó la cabeza gruesa contra el ano y empezó a presionar.
Yo me tensé.
—Tranquila, nena… —me dijo con voz ronca—. Respirá. Te la voy a meter despacito.
Empezó a empujar. La cabeza de su verga era muy gruesa. Al principio solo entró un poco y me dolió bastante. Me quejé y agarré las sábanas con fuerza. Raúl se quedó quieto un momento, besándome la espalda y murmurando:
—Agüantá… ya va a pasar… tu ojetito se va a abrir.
Poco a poco siguió empujando. Centímetro a centímetro. Yo lloraba un poco, una mezcla de dolor y nervios. Sentía cómo me abría más de lo que nunca me había abierto antes. Era mucho más grande que los deditos o las verduras que había usado antes.
Raúl seguía hablando bajito mientras me penetraba:
—Así, mi nenita… dejate abrir… tu culito virgen es mío ahora… mirá cómo te lo estoy rompiendo despacito.
Cuando por fin la cabeza pasó y entró un poco más, yo solté un gemido largo. Me dolía, pero ya no era ese dolor agudo del principio. Era un ardor profundo, caliente. Raúl se quedó quieto otra vez, dejándome acostumbrar. Me besaba la espalda y me acariciaba las nalgas.
—Buena nena… —me dijo—. Ya entró la cabeza. Ahora vamos a meter un poco más.
Y siguió empujando, muy lento, muy paciente.
Raúl siguió empujando muy despacio. Centímetro a centímetro. Su verga era gruesa y mi ano estaba muy apretado. Cada vez que avanzaba un poco más, yo sentía como si me estuviera partiendo por la mitad. El ardor era fuerte, constante, y me costaba respirar. Me quejaba bajito y agarraba las sábanas con fuerza.
—Tranquila, nena… —me decía Raúl con voz ronca pero paciente—. Respirá hondo. No te apures. Tu ojetito se va a abrir.
Yo intentaba relajarme como él me decía. Trataba de soltar el cuerpo, de no tensar los músculos. Pero era muy difícil. Su verga era mucho más grande que cualquier cosa que me hubiera metido antes. Sentía cómo me abría por dentro, cómo mi ano se estiraba alrededor de su grosor. Me dolía. Me ardía. Pero no quería que parara.
Raúl no se apuraba. Se quedaba quieto varios segundos cada vez que avanzaba un poco, dejándome acostumbrar. Me besaba la espalda, me acariciaba las nalgas y me hablaba bajito:
—Así… buena nena… dejate abrir despacito… tu culito virgen es mío ahora.
Pasaron varios minutos. Yo seguía llorando, pero ya no era un llanto fuerte. Eran lágrimas silenciosas que me corrían por la cara mientras intentaba relajarme. Raúl seguía empujando poco a poco. Cada vez que metía un centímetro más, yo soltaba un quejido. Él se detenía, me besaba y esperaba.
Después de un rato largo, empecé a sentir que el dolor iba bajando un poco. Seguía doliendo, pero ya no era ese dolor cortante del principio. Era más un ardor profundo, más tolerable. Mi ano se iba acostumbrando poco a poco a la intrusión.
Raúl notó el cambio. Vio que ya no me quejaba tanto y que mi cuerpo se había relajado un poco más. Entonces siguió empujando con más decisión. Centímetro a centímetro, sin apurarse, pero sin detenerse tanto como antes.
Pasaron casi treinta minutos desde que empezó a metérmela hasta que por fin logró enterrar toda su verga dentro de mí. Veinte centímetros de verga gruesa y caliente dentro de mi recto. Yo sentía cómo me llenaba por completo. Sentía la presión profunda, la sensación de estar completamente abierta y llena. Era una sensación muy extraña, muy intensa. Dolía, pero ya no era insoportable.
Raúl se quedó completamente quieto cuando por fin estuvo todo adentro. Me besó la espalda varias veces y me habló al oído:
—Ya está, mi nenita… ya te la metí toda. Tu ojetito virgen ya no es virgen. Ahora es mío.
Yo lloraba en silencio contra la almohada. Sentía su verga palpitar dentro de mí. Era mucho. Demasiado. Pero al mismo tiempo… me gustaba. Me gustaba sentirme tan llena. Me gustaba saber que él había logrado metérmela entera.
Raúl esperó un buen rato sin moverse. Me acariciaba las nalgas y me besaba la espalda. Me hablaba bajito:
—Respirá… dejá que tu cuerpo se acostumbre… ya pasó lo peor.
Después de varios minutos, cuando notó que yo ya no me quejaba y que mi ano estaba más relajado alrededor de su verga, empezó a moverse. Muy despacio. Un vaivén lento, casi suave. Sacaba solo un poco y volvía a meterla hasta el fondo. Era un mete y saca muy lento, muy controlado. Cada vez que entraba completo, yo soltaba un gemido bajo. Ya no era de dolor. Era de una sensación nueva, profunda, que me recorría todo el cuerpo.
Raúl siguió follándome así durante un largo rato. Lento. Profundo. Sin apurarse. Me besaba la espalda y me decía cosas sucias mientras se movía:
—Mirá cómo te gusta ahora… tu culito ya se está acostumbrando a mi verga… buena nenita…
Yo gemía contra la almohada. El dolor había bajado mucho. Ahora sentía más presión y calor. Cada vez que él me metía la verga hasta el fondo, sentía cómo me llenaba por completo. Era intenso. Muy intenso. Pero ya no me dolía como antes.
Raúl siguió moviéndose lento durante varios minutos más. Me daba tiempo. Me dejaba acostumbrar. Me besaba y me hablaba bajito mientras me follaba con ese ritmo lento y profundo.
Y yo… yo empezaba a entender por qué a algunas personas les gustaba esto.
Raúl notó que mi cuerpo ya no se tensaba tanto. El dolor había bajado muchísimo. Mi ano se había dilatado alrededor de su verga y ya no ofrecía tanta resistencia. Entonces empezó a moverse más rápido.
Al principio el cambio fue gradual. Dejó de hacer ese vaivén tan lento y empezó a meterla y sacarla con un ritmo más constante. Cada vez que empujaba hasta el fondo, yo sentía cómo me llenaba por completo. El ardor seguía ahí, pero ya casi no dolía. Era más una sensación de presión intensa, caliente, que empezaba a volverse placentera.
Yo gemía contra la almohada. Ya no eran quejidos de dolor. Eran gemidos más largos, más bajos, que salían de mi garganta sin poder evitarlo. Mi cuerpo empezaba a moverse solo, empujando un poco hacia atrás cada vez que él entraba.
Raúl se dio cuenta y aumentó más el ritmo.
Empezó a follarme como se debe. Sus embestidas se volvieron más largas, más profundas y más fuertes. La cama de princesas crujía con cada movimiento. Mi culito ya estaba bien abierto y su verga entraba y salía con más facilidad. El sonido húmedo de su carne golpeando contra la mía llenaba el cuarto.
—Así… —gruñó Raúl mientras me follaba más fuerte—. Ahora sí… tu ojetito ya se abrió para mí… mirá cómo te gusta ahora, mi nenita.
Yo gemía más fuerte. El placer ya era mucho más grande que el dolor. Cada vez que él me metía la verga hasta el fondo, sentía una oleada de calor que me recorría desde el culo hasta el estómago. Mi conchita estaba empapada y goteaba sobre las sábanas. Nunca había sentido algo así. Era intenso, profundo, y me estaba volviendo loca.
Raúl no paraba. Me follaba con un ritmo constante y fuerte. Sus manos grandes me agarraban de las caderas, clavando los dedos en mi piel mientras me penetraba. De vez en cuando me daba una nalgada y yo gemía más fuerte.
—Buena nena… —me decía entre gruñidos—. Tu culito está apretando mi verga… se siente rico… muy rico…
Yo no podía contestar. Solo gemía y lloraba de placer. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no eran de dolor. Era todo demasiado. Demasiado intenso. Demasiado sucio. Demasiado bueno.
Raúl seguía disfrutando. Me decía que las paredes de mi recto lo estaban apretando muy rico. Que mi culo era caliente, estrecho y suave. Que le encantaba cómo se sentía por dentro. Cada vez que entraba hasta el fondo, soltaba un gruñido de placer y me daba una nalgada más fuerte.
Yo me corrí otra vez. Esta vez fue más fuerte que la anterior. Mi cuerpo se tensó debajo de él y mi ano se contrajo alrededor de su verga. Gemí largo y fuerte mientras me corría, y Raúl soltó un gruñido satisfecho.
—Así… corréte con la verga en el culo —me dijo mientras seguía follándome sin parar—. Buena nenita… mirá cómo te gusta que te cojan el ojetito.
Yo seguía temblando cuando él aumentó más el ritmo. Ya no había nada de lento. Me estaba follando con fuerza, con profundidad, con ganas. Su pelvis golpeaba contra mi culo una y otra vez. Yo gemía sin control, con la cara hundida en la almohada y las manos agarrando las sábanas.
Raúl no paraba de hablarme sucio mientras me follaba:
—Qué rico culito de nenita tenés… me está apretando la verga… voy a llenártelo todo de leche… vas a quedar bien llena por dentro.
Yo solo podía gemir y asentir. En ese momento ya no me importaba nada. Solo quería seguir sintiendo su verga moviéndose dentro de mí. Quería que siguiera follándome. Quería que se corriera dentro de mi culo.
Y Raúl seguía haciéndolo. Sin parar. Sin cansarse. Disfrutando cada centímetro de mi recto virgen.
Raúl ya no se detenía. El vaivén se había vuelto constante, profundo y fuerte. Su verga entraba y salía de mi culo sin parar, una y otra vez. Con cada embestida, el sonido húmedo y sucio llenaba mi cuarto. Yo gemía sin control, con la cara hundida en la almohada y las manos agarrando las sábanas con fuerza.
Después de varios minutos follándome así, noté algo. La verga de Raúl ya no estaba limpia. Se había manchado. Con cada salida, se veía un poco más sucia, con restos marrones de mi interior. El olor también había cambiado. Ya no era solo el olor a sexo. Ahora había un olor más fuerte, más sucio, a culo. A mi culo.
Raúl también lo notó. Miró su verga mientras salía de mí y sonrió con satisfacción.
—Mirá cómo se me manchó la verga, nena… —me dijo con voz ronca—. Tu culito te está dejando todo sucio… qué rica nenita sucia sos.
Yo no contesté. Solo gemía. Me daba vergüenza, pero ya no tenía fuerzas para sentir asco. El placer era demasiado fuerte.
Raúl siguió follándome. Cada vez más rápido, cada vez más profundo. Yo sentía cómo mi ano ya no se cerraba tanto alrededor de su verga. Estaba dilatado, abierto, y cada vez que él entraba hasta el fondo, yo sentía una presión intensa que me recorría todo el cuerpo.
Y entonces pasó.
Sentí cómo Raúl se tensaba detrás de mí. Sus manos me agarraron más fuerte de las caderas y empujó hasta el fondo. Un gruñido largo y profundo salió de su garganta mientras se corría. Sentí cómo su verga palpitaba dentro de mi recto y, de repente, un chorro caliente y espeso empezó a llenarme. Era mucho. Mucho más de lo que imaginé. Ese líquido caliente me inundaba muy profundo, llenando mi intestino. Cada vez que su verga palpitaba, soltaba más semen dentro de mí.
Yo también me corrí.
Fue un orgasmo diferente a todos los que había tenido antes. Empezó desde muy adentro, desde el lugar donde su verga me estaba llenando. Una ola de placer intenso me recorrió desde el culo hasta el estómago y me hizo arquear la espalda. Gemí largo y fuerte mientras mi ano se contraía alrededor de su verga. Mi cuerpo temblaba. Nunca había sentido algo así. Era profundo, caliente y me dejaba sin fuerzas.
Raúl siguió empujando mientras se corría, como si quisiera enterrar su leche lo más adentro posible. Yo seguía gimiendo debajo de él, con el cuerpo sacudido por el orgasmo. Cuando finalmente terminó, se quedó quieto, con su verga todavía adentro de mí. Ambos estábamos sudados, respirando agitados.
Poco a poco se acostó a mi lado y me abrazó. Su verga salió de mi culo con un sonido húmedo y sucio. Sentí cómo su semen empezaba a escaparse de mi interior y me corría por el culo y los muslos. Yo estaba temblando. Tenía la cara mojada de lágrimas y saliva. Mi culo estaba abierto, sensible y lleno de su leche.
Raúl me abrazó por detrás. Me besó la nuca, el hombro y la mejilla. Sus besos ya no eran tan agresivos. Eran más suaves, más lentos. Me habló al oído con voz ronca:
—Buena nena… muy buena nena… me diste tu culito virgen… me encantó.
Yo no contestaba. Solo respiraba agitada mientras sentía su semen goteando de mi interior. Mi mente estaba en blanco. Solo sentía calor, cansancio y una sensación de vacío placentero.
Nos quedamos así un buen rato, abrazados en mi cama de princesas. Su cuerpo grande y pesado pegado al mío. Su respiración calmándose poco a poco. Yo seguía sintiendo cómo su leche se escapaba de mi culo y me manchaba las sábanas.
Después de un rato, Raúl se levantó. Se limpió un poco con una de mis medias y se vistió. Yo me quedé acostada, sin fuerzas para moverme. Antes de irse, se acercó a la cama y me dio un último beso. Fue un beso sucio, con lengua, pero también con cierta ternura.
—Nos vemos pronto, mi nenita —me dijo—. Quiero volver a cogerte el culo.
Yo asentí en silencio. Ya no tenía fuerzas para hablar.
Raúl se fue antes de que mis papás llegaran. Cerré la puerta con llave y me quedé sola en la casa. Subí a mi cuarto, me tiré en la cama y me quedé mirando el techo. Mi culo seguía doliendo un poco, pero era un dolor sordo, tolerable. Sentía su semen todavía dentro de mí, caliente y espeso.
Algo había cambiado.
Ya no era la misma.
Me había dejado desvirgar el culo por un hombre de 60 años en mi propia cama. Y lo peor era que ya quería que volviera a hacerlo.
Esa noche, mientras me bañaba, me toqué el ano suavemente. Estaba dilatado, sensible y todavía un poco abierto. Metí un dedo y sentí el semen de Raúl todavía adentro. Me corrí otra vez solo con eso.
Y supe que esto no iba a parar.
Pasaron varias semanas después de que Raúl me desvirgara el culo por primera vez. Desde entonces, casi todas las semanas venía a mi casa al menos una vez. A veces dos. Siempre a la misma hora, cuando mis papás no estaban. Me follaba el culo con más intensidad cada vez. Ya no me dolía tanto como la primera. Mi cuerpo se había acostumbrado a él. A su grosor, a su forma de follarme y a cómo me llenaba cuando se corría dentro.
Pero un día todo cambió.
Estábamos en mi cuarto. Yo estaba en cuatro, con la cara hundida en la almohada, mientras Raúl me follaba el culo con embestidas largas y profundas. Me daba nalgadas de vez en cuando y me hacía llamarlo abuelito, como siempre. De pronto, sin detenerse, me habló al oído con voz ronca:
—Nena… ¿te puedo preguntar algo?
Yo gemí y asentí con la cabeza, sin dejar de mover las caderas hacia atrás.
—Quiero invitar a un amigo —dijo mientras seguía follándome—. Un amigo mío. Se llama Norberto. Es mi mejor amigo. Tiene 57 años, es robusto… igual que yo. También vive en la calle. ¿Te gustaría que venga una vez?
Yo me quedé paralizada. Dejé de moverme. Raúl también se detuvo, con su verga todavía adentro de mi culo.
—¿Un amigo? —pregunté bajito, sin saber muy bien qué decir.
—Sí —respondió él, sin sacármela—. Los dos te podríamos follar. Uno en el culo y el otro en la boca… o turnarnos. Nunca lo has hecho con dos hombres al mismo tiempo, ¿verdad?
Yo no contesté. Mi mente estaba dando vueltas. ¿Dos hombres? ¿Al mismo tiempo? Nunca había hecho algo así. Ni siquiera lo había pensado. Siempre había sido solo con Raúl. La idea me daba miedo… pero también me excitaba. Mucho. Sentí cómo mi conchita se mojaba solo de imaginarlo.
Raúl notó mi silencio y empezó a moverse otra vez, follándome más despacio, como si quisiera convencerme con su verga.
—Te lo suplico, nena —dijo con voz más suave—. Es mi mejor amigo. Confío en él. Y sé que a vos te va a gustar. Imaginate… dos vergas para vos sola. Dos hombres grandes y sucios usándote. Sé que te gusta sentirte puta… esto te va a poner todavía más caliente.
Yo seguía sin hablar. Tenía la cara roja y la respiración agitada. La idea me daba vergüenza, pero también me estaba poniendo muy mojada. Nunca había estado con dos hombres. Nunca había tenido una verga en la boca mientras otra me follaba. Y la idea de que fueran dos hombres grandes, ancianos y sucios… me excitaba más de lo que quería admitir.
Raúl siguió follándome mientras me hablaba:
—Decime que sí… la próxima semana puede venir. Los dos te vamos a tratar bien. Te vamos a follar rico. Te vamos a llenar de leche por los dos lados. ¿Qué decís, mi nenita?
Yo me mordí el labio. Seguía teniendo dudas. Mucha vergüenza. Pero en el fondo… quería probarlo. Quería saber cómo se sentía. Quería sentirme aún más sucia de lo que ya me sentía.
Después de un rato en silencio, asentí.
—Está bien… —susurré—. Que venga.
Raúl sonrió satisfecho y me dio una nalgada fuerte.
—Buena nena… vas a ver que te va a gustar. Norberto es igual que yo. Le va a encantar tu culito y tu boquita.
Siguió follándome un poco más, pero ya no con la misma intensidad de antes. Parecía contento con mi respuesta. Cuando terminó de cogerme y se corrió dentro de mi culo, se quedó un rato abrazado a mí, besándome la nuca.
—Te va a gustar —me susurró otra vez—. Vas a ver qué rico se siente tener dos vergas al mismo tiempo.
Yo no contesté. Solo me quedé callada, con su semen goteando de mi interior y la cabeza llena de pensamientos.
Esa noche, cuando me quedé sola, no pude dejar de imaginarlo. Dos hombres grandes y sucios encima de mí. Uno en el culo y otro en la boca. O turnándose. Me tocaba pensando en eso y me corrí varias veces.
Y aunque me daba vergüenza admitirlo… estaba ansiosa por que llegara el día.
La diferencia de tamaño era muy notoria. Tanto Raúl como Norberto eran hombres grandes, corpulentos y altos. Mónica, en cambio, era pequeña y delgada. Para besarla, los dos hombres tenían que agacharse bastante. Ella, por su parte, tenía que ponerse de puntitas de pie y estirar el cuello todo lo que podía. Aun así, los besos salían torpes al principio, pero eso mismo los volvía más intensos y más sucios.
Raúl fue el primero en besarla de nuevo. Se inclinó hacia abajo, le agarró la cara con sus manos grandes y la besó con lengua. Mónica se puso de puntitas y le rodeó el cuello con los brazos. El beso fue largo y baboso. Raúl babeaba mucho y ella se dejaba hacer, tragando su saliva sin problema.
Mientras Raúl la besaba, Norberto se acercó por detrás. Le subió la pollera con las manos y empezó a apretarle las nalgas por encima de las bragas. Mónica gimió contra la boca de Raúl cuando sintió las manos grandes de Norberto tocándola.
Después de un rato, Raúl se separó. Norberto fue el siguiente. Se agachó también y la besó. Su beso fue diferente al de Raúl: más lento al principio, pero también más profundo. Le metió la lengua hasta el fondo y la movió con ganas. Mónica se puso de puntitas otra vez y le correspondió. Mientras Norberto la besaba, Raúl se puso detrás de ella y le metió las manos por debajo de la camisa. Le tocó las tetitas pequeñas y le pellizcó los pezones con los dedos.
Se turnaban sin decir nada. Uno la besaba mientras el otro la manoseaba. Luego cambiaban. Los besos se volvían cada vez más sucios. Más babeados. Más intensos. A veces uno de los dos le escupía un poco en la boca antes de besarla. Otras veces le chupaban la lengua o le mordían los labios. Mónica ya tenía la cara brillante de saliva. Le corría por la barbilla y le mojaba el cuello.
En un momento, Raúl la besó de forma especialmente asquerosa. Le metió la lengua hasta el fondo y babeó mucho dentro de su boca. Cuando se separó, un hilo grueso de saliva quedó unido entre sus labios. Norberto se acercó inmediatamente y la besó también, chupando la saliva que Raúl le había dejado. Mónica gemía bajito mientras los dos se turnaban para besarla de esa forma tan sucia.
Norberto le subió la camisa y le tocó las tetitas directamente. Raúl, mientras tanto, le metía la mano por detrás de la pollera y le acariciaba el culo por encima de las bragas. Ella se dejaba tocar por los dos al mismo tiempo, besando a uno mientras el otro la manoseaba. Sus besos eran cada vez más largos, más húmedos y más intensos. La saliva le corría por la barbilla y le mojaba la camisa blanca del uniforme.
En un momento, Raúl le habló al oído con voz ronca:
—Besalo más rico, mi nenita… quiero ver cómo lo besas.
Mónica obedeció. Se puso de puntitas y besó a Norberto con más ganas. Le metió la lengua, le chupó la saliva y lo besó de forma muy sucia. Norberto gruñó de placer y le apretó más fuerte las nalgas. Mientras tanto, Raúl le subía la pollera por detrás y le tocaba la concha por encima de la tela.
Los tres seguían así, parados cerca de la puerta. Besos sucios, manos recorriéndola por todos lados, saliva chorreando por su barbilla. Mónica ya tenía la respiración agitada y las piernas un poco temblorosas. Sentía cómo su conchita empezaba a mojarse solo con los besos y las caricias de los dos hombres.
Raúl se separó un momento y le habló con voz baja:
—Subamos a la cama, mi nenita. Hoy vas a estar muy ocupada.
Mónica asintió, todavía con la cara brillante de saliva. Los tres subieron las escaleras. Ella caminaba adelante, con la pollera un poco subida y la camisa desabotonada. Detrás de ella iban Raúl y Norberto, mirándola con hambre.
Cuando entraron a su cuarto, Raúl cerró la puerta con llave. Se acercó a ella por detrás, le rodeó la cintura con un brazo y le habló al oído:
—Ahora sí, mi nenita… ahora empezamos de verdad.
Una vez dentro del cuarto, Raúl cerró la puerta con llave. Sin decir nada, la tomó de la mano y la llevó hasta la cama. Norberto los siguió. Apenas Mónica se sentó en el borde, los dos hombres se le acercaron.
Empezaron a desnudarla entre los dos. Raúl le desabotonó la camisa blanca mientras Norberto le bajaba la cremallera de la pollera. Entre besos y manoseos, le fueron quitando la ropa pieza por pieza. La camisa, la corbatita, la pollera de cuadros, las medias blancas… todo terminó en el piso. Cuando le sacaron las bragas, Mónica quedó completamente desnuda frente a ellos.
Raúl fue el primero en empezar a chuparla. Se arrodilló frente a la cama, le levantó las piernas y le empezó a lamer los pies. Le chupaba los dedos uno por uno, babeando mucho. Mientras tanto, Norberto se subió a la cama y se inclinó sobre ella. Le besó el cuello, después bajó hasta sus tetitas planas e incipientes. Se las chupó con ganas, lamiendo y mordisqueando los pezones pequeños.
Mónica gemía bajito. Sentía las dos lenguas en su cuerpo al mismo tiempo. Una en los pies, otra en las tetas. Era una sensación nueva y muy intensa.
Raúl siguió subiendo. Le lamió las pantorrillas, las rodillas, los muslos internos. Cuando llegó a su concha, la abrió con los dedos y le pasó la lengua despacio. Mónica arqueó la espalda y soltó un gemido más fuerte. Norberto, mientras tanto, seguía chupándole las tetitas y le metía la lengua en la boca de vez en cuando.
Después de un rato, Raúl le levantó más las piernas y le separó las nalgas. Sin decir nada, le pasó la lengua directamente por el anito. Mónica se tensó y gimió. Raúl la lamió con ganas, metiendo la lengua y babeando mucho. Norberto se movió también y se colocó a su lado. Ahora los dos hombres estaban entre sus piernas: uno le chupaba el culo y el otro la concha. Se turnaban, a veces se encontraban las lenguas, a veces uno le metía un dedo mientras el otro chupaba.
Mónica tenía la cabeza echada hacia atrás y gemía sin parar. Nunca había sentido algo así. Dos lenguas trabajando en su cuerpo al mismo tiempo. Dos hombres grandes y viejos lamiéndola como si fuera un postre.
Poco a poco, entre besos y caricias, ellos también se fueron desnudando. Se sacaron las camisas sucias, los pantalones, la ropa interior. Cuando terminaron, los tres quedaron completamente desnudos en la cama de Mónica.
El contraste era brutal.
La piel de Mónica era blanca, tersa y suave. Su cuerpo era delgado, casi sin curvas todavía. Sus tetitas eran planas e incipientes, apenas dos pequeños montículos con pezones rosados. Su concha y su culo eran de una nena, suaves y casi sin vello.
En cambio, los cuerpos de Raúl y Norberto eran viejos, maltrechos y pesados. Tenían barrigas grandes, piel flácida y llena de manchas. Estaban muy peludos: pecho, espalda, brazos y piernas cubiertos de vello grisáceo y negro. Sus vergas eran gruesas, venosas y oscuras. La de Raúl ya la conocía. La de Norberto era similar: grande, gruesa y con un olor fuerte.
Mónica estaba en medio de los dos, pequeña y clara, rodeada de dos cuerpos grandes, oscuros y ásperos. El contraste se notaba incluso en el tacto: las manos de ellos eran grandes, ásperas y callosas. Las de ella, pequeñas y suaves.
Raúl se subió encima de ella y la besó con un beso muy sucio. Le metió la lengua hasta el fondo mientras Norberto le chupaba las tetitas. Después de un rato, Raúl se apartó un poco y le habló con voz ronca:
—Ahora te vamos a follar entre los dos, mi nenita. Vas a tener verga en la boca y en el culo al mismo tiempo. ¿Estás lista?
Mónica lo miró con los ojos brillantes y asintió bajito.
—Sí… abuelito.
Norberto se rio satisfecho y le dio una nalgada.
—Buena nena.
Raúl se colocó entre sus piernas y apoyó su verga contra su concha. Norberto se arrodilló cerca de su cabeza y le acercó la suya a la boca. Mónica abrió la boca sin que se lo pidieran.
Y entonces empezó de verdad.
Raúl se colocó entre las piernas de Mónica y apoyó su verga contra su concha. Sin decir nada, empujó y empezó a penetrarla. Mónica soltó un gemido cuando sintió cómo la abría. Mientras Raúl la follaba, Norberto se arrodilló cerca de su cabeza y le acercó su verga a la boca. Ella la tomó con las dos manos y empezó a chuparla.
Era la primera vez que chupaba una verga mientras otra la follaba. El contraste era intenso. Por un lado sentía la verga gruesa de Raúl entrando y saliendo de su concha, y por el otro tenía la de Norberto dentro de su boca. Chupaba con ganas, babeando mucho, mientras Raúl le daba embestidas constantes. Norberto le agarraba la cabeza con una mano y la ayudaba a moverse.
Después de un rato, se cambiaron de lugar. Norberto se puso entre sus piernas y metió su verga en la concha de Mónica. Esta vez fue él quien la folló mientras ella se inclinaba hacia un lado y empezaba a chuparle la verga a Raúl. Los dos hombres se turnaban sin decir mucho, solo gruñendo y gimiendo mientras usaban su cuerpo.
Mónica estaba completamente entregada. Gemía con la boca llena, babeaba sobre la verga de Raúl y movía las caderas contra Norberto. Su concha estaba muy mojada y hacía sonidos húmedos cada vez que Norberto la penetraba.
Después de un rato follándola así, los dos hombres se miraron entre sí. Norberto sacó su verga de la concha de Mónica y Raúl también se apartó un poco. Los dos la miraron.
Raúl fue quien habló primero:
—Mi nenita… ¿estás lista para tu primera doble penetración?
Mónica los miró a los dos. Tenía la cara roja, la boca brillante de saliva y la respiración agitada. Sabía perfectamente lo que le estaban preguntando. Una verga en la concha y otra en el culo al mismo tiempo. Nunca lo había hecho. Nunca había tenido algo así.
Pero en ese momento, con el cuerpo caliente y la cabeza nublada de placer, no dudó.
Asintió.
—Sí… —respondió con voz baja pero clara—. Estoy lista.
Norberto sonrió con satisfacción. Raúl también. Se miraron entre ellos como si ya hubieran hablado de esto antes.
—Buena nena —dijo Raúl, dándole una nalgada suave—. Vamos a ir despacio al principio.
La hicieron cambiar de posición. Norberto se acostó boca arriba en la cama. Mónica se subió encima de él, con las piernas abiertas. Norberto agarró su verga y la apoyó contra su concha. Ella bajó lentamente hasta que lo sintió entrar por completo. Una vez que estuvo bien sentada sobre él, Raúl se colocó detrás.
Mónica sintió cómo Raúl le separaba las nalgas con las manos. Escupió en su ano y empezó a frotar su verga contra él. Poco a poco empezó a presionar. Mónica se tensó. Ya tenía una verga dentro de su concha y ahora otra intentaba entrar en su culo. El estiramiento era intenso.
—Relajate, nena… —le dijo Raúl por detrás—. Respirá.
Mónica obedeció. Trató de soltar el cuerpo. Raúl empujó con paciencia. Centímetro a centímetro, su verga fue entrando en su ano ya dilatado. Mónica soltó un gemido largo cuando sintió cómo la llenaba por detrás. Ahora tenía las dos vergas adentro. Una en la concha y otra en el culo. La sensación era abrumadora. Se sentía completamente llena, estirada, usada.
Los dos hombres se quedaron quietos un momento, dejándola acostumbrar. Norberto le besaba el cuello y las tetitas mientras Raúl le acariciaba la espalda. Después de un rato, Raúl empezó a moverse primero. Muy despacio. Entraba y salía de su culo con movimientos cortos. Poco a poco, Norberto también empezó a moverse debajo de ella.
Pronto los dos hombres encontraron un ritmo. Uno entraba mientras el otro salía, y viceversa. Mónica gemía sin control. Nunca había sentido algo así. Las dos vergas moviéndose dentro de ella al mismo tiempo la estaban volviendo loca. El placer era intenso, profundo y constante.
Raúl le daba nalgadas de vez en cuando y le hablaba al oído:
—Así, mi nenita… ahora sí estás completa… dos vergas dentro de ti… mirá qué buena putita sos.
Norberto, desde abajo, le apretaba las nalgas y la ayudaba a moverse. Mónica ya no pensaba. Solo sentía. Gemía, sudaba y se dejaba follar por los dos hombres grandes y sucios en su propia cama.
Y aunque el estiramiento era fuerte… aunque le dolía un poco… no quería que pararan.
Raúl y Norberto aumentaron el ritmo al mismo tiempo. Ya no eran movimientos lentos ni cuidadosos. Ahora la follaban con maestría. Cada uno sabía exactamente cómo moverse para que ella sintiera todo. Mientras Norberto empujaba desde abajo, metiendo su verga hasta el fondo de su concha, Raúl la follaba por detrás con embestidas largas y profundas. Entraban y salían casi al mismo tiempo, llenándola completamente en cada movimiento.
Mónica estaba atrapada entre los dos cuerpos. Su espalda pegada contra el pecho ancho y sudoroso de Raúl, y su pecho contra el torso peludo y gordo de Norberto. Los dos hombres eran grandes, pesados y olían fuerte. Sudor, calle, sexo viejo y suciedad. El olor llenaba toda la habitación. Era un olor denso, masculino y sucio que se mezclaba con el de su propio cuerpo.
Ella gemía sin parar. Cada vez que los dos la penetraban al mismo tiempo, sentía cómo la estiraban por dentro. Su concha y su culo estaban completamente abiertos, recibiendo las dos vergas sin descanso. El placer era intenso, casi abrumador. Nunca había sentido algo así. Nunca había estado tan llena. Nunca había tenido dos hombres usándola al mismo tiempo.
Raúl le hablaba al oído mientras la follaba por detrás. Su voz era ronca y su aliento caliente contra su cuello:
—Así, mi nenita… mirá cómo te gusta… dos vergas dentro de ti… qué buena putita sos…
Norberto, desde abajo, le apretaba las nalgas con sus manos grandes y la ayudaba a moverse. También le hablaba sucio:
—Qué rico culito y conchita tenés, nena… los dos te estamos rompiendo… y te encanta.
Mónica ya no respondía con palabras. Solo gemía y lloraba de placer. Su cuerpo estaba completamente entregado. Sudaba entre los dos hombres, su piel blanca y tersa contrastando con los cuerpos viejos, peludos y maltrechos que la rodeaban. Sus tetitas planas se apretaban contra el pecho peludo de Norberto cada vez que Raúl empujaba desde atrás.
El olor en la habitación era cada vez más fuerte. Sudor, sexo, saliva, y el olor natural de los dos hombres. Mónica lo respiraba todo y, en vez de asquearle, le excitaba más. Se sentía rodeada, usada, dominada. Y le gustaba. Le gustaba mucho.
Raúl y Norberto seguían follándola sin descanso. Cambiaban ligeramente el ritmo a veces, pero siempre manteniendo las dos vergas dentro de ella. Uno entraba mientras el otro salía, y viceversa. El sonido de piel golpeando contra piel, mezclado con los gemidos de Mónica y los gruñidos de los dos hombres, llenaba el cuarto.
Ella se corrió varias veces. Eran orgasmos fuertes, profundos, que la hacían temblar entre los dos cuerpos. Cada vez que se corría, su concha y su culo se contraían alrededor de las vergas, apretándolas más. Los dos hombres gruñían de placer cuando la sentían correrse.
Mónica ya no pensaba en nada. No pensaba en sus padres, en sus amigas, en lo que era correcto o incorrecto. Solo sentía. Sentía las dos vergas moviéndose dentro de ella, los cuerpos sudorosos pegados a los suyos, las manos ásperas tocándola, las voces roncas diciéndole cosas sucias. Y le gustaba. Le gustaba sentirse así de sucia. Le gustaba ser usada por dos hombres grandes y viejos. Le gustaba su primer trío.
Raúl le mordió el hombro y le habló al oído con voz entrecortada:
—Esto recién empieza, mi nenita… hoy te vamos a llenar bien… por los dos lados.
Norberto, desde abajo, le sonrió con picardía y le dio un beso sucio en los labios.
—Buena nena… muy buena nena…
Mónica solo pudo gemir en respuesta. Estaba completamente perdida entre los dos cuerpos, sudada, babeada, follada sin descanso… y disfrutando cada segundo de su primer trío.
Raúl y Norberto estaban completamente entregados. Mientras la follaban en doble penetración, no paraban de hablarle. Sus voces roncas y sucias llenaban el cuarto, mezclándose con los gemidos de Mónica y el sonido de sus cuerpos golpeando contra el de ella.
Raúl, follándola por detrás, le hablaba al oído con una mezcla de morbo y crueldad:
—Mirá la suerte que tenemos, Norberto… una nena que podría ser nuestra nieta… y está aquí, con nuestras vergas dentro de ella. ¿Te das cuenta? Mientras sus amiguitas del colegio están en sus casas jugando con muñecas o haciendo la tarea… esta nenita está siendo perforada por los dos agujeros por dos ancianos malolientes.
Norberto, desde abajo, soltó una risa ronca y le apretó más fuerte las nalgas a Mónica mientras la follaba.
—Es verdad… —dijo con voz gruesa—. Mirá esta putita… tan chiquita, tan blanca, tan de nena… y ya tiene dos vergas de viejos adentro. Tus compañeritas todavía se besan con chicos de su edad, tímidos y sin experiencia… y vos estás acá, gritando mientras dos indigentes te rompen la concha y el culo.
Mónica gemía más fuerte. Las palabras le daban mucha vergüenza, pero también la excitaban de una forma que no podía controlar. Sentía cómo su cuerpo respondía a esas frases. Su concha y su culo se apretaban más alrededor de las vergas cada vez que ellos le decían algo sucio.
Raúl siguió hablando, follándola sin parar:
—Imaginate si tus amigas te vieran ahora… con la cara toda babeada, sudada, entre dos hombres grandes y gordos… ¿qué dirían? “Miren a Mónica, la más calladita del curso… resulta que es una puta que se deja follar por ancianos”. Te compararían con ellas y dirían que sos una degenerada.
Norberto le dio una nalgada fuerte y le habló también, mirándola a los ojos desde abajo:
—Tus amiguitas todavía juegan a las casitas y sueñan con tener novio… y vos ya estás acá, siendo usada como un juguete por dos viejos que podrían ser tus abuelos. ¿Te das cuenta de lo puta que sos, nena? Ellas todavía tienen la conchita virgen y el culo cerrado… y vos ya tenés leche de dos hombres distintos chorreando de adentro.
Mónica soltaba gemidos entrecortados. Las lágrimas le corrían por la cara, pero no eran solo de vergüenza. También era de placer. Cada frase que le decían le recordaba lo sucia que era, lo diferente que era de las otras niñas de su edad. Y eso la ponía más caliente.
Raúl se inclinó más sobre ella y le habló más cerca del oído:
—Mientras tus compañeritas todavía se tocan por encima de la ropa y se mueren de vergüenza si alguien las ve… vos estás acá, gritando “abuelito” mientras te cojo el culo y mi amigo te destroza la concha. Sos la más puta del colegio y ni siquiera lo saben.
Norberto le mordió un pezón y le dijo con voz gruñona:
—Deciles, nena. Deciles cómo te gusta. Deciles que preferís que te folle un viejo sucio antes que un chico de tu edad. Deciles que sos una nenita puta que necesita verga de abuelo.
Mónica gemía sin poder contestar. Estaba completamente perdida entre los dos cuerpos, entre las dos vergas que la follaban sin descanso y entre las palabras sucias que le decían sin parar. Su mente estaba nublada de placer y de vergüenza.
Raúl y Norberto seguían follándola y hablándole. No paraban. Cada frase era más sucia, más humillante, más excitante. Le recordaban una y otra vez lo diferente que era de las otras niñas. Le decían que era una degenerada, una puta precoz, una nena que ya estaba arruinada para siempre.
Y Mónica… Mónica se corría una y otra vez entre los dos, llorando de placer mientras ellos la follaban y le decían lo puta que era.
Raúl y Norberto no bajaban el ritmo. Seguían follándola en doble penetración con movimientos constantes, profundos y coordinados. Uno entraba mientras el otro salía, manteniendo a Mónica completamente llena en todo momento. Sus cuerpos pesados y sudorosos la apretaban por ambos lados, y el olor a sexo, sudor y suciedad era cada vez más fuerte dentro del cuarto.
Mientras la follaban, no paraban de hablarle. Sus voces roncas y sucias le llegaban por delante y por detrás, sin descanso.
Raúl, follándola por el culo, le hablaba al oído con tono burlón y excitado:
—Mirá la diferencia, nena… mientras tus compañeritas del colegio todavía juegan a las casitas y sueñan con tener un noviecito tímido que las bese en la mejilla… vos estás acá, con dos vergas de viejos adentro. Una en la concha y otra en el culo. ¿Te das cuenta de lo puta que sos?
Norberto, desde abajo, le apretaba las nalgas y le hablaba también, mirándola a los ojos:
—Tus amiguitas todavía se ruborizan si alguien les dice una palabra subida de tono… y vos estás gritando mientras dos ancianos te rompen por los dos agujeros. Ellas todavía tienen miedo de que las descubran tocándose… y vos ya estás siendo usada como una puta por hombres que podrían ser tus abuelos.
Mónica gemía más fuerte. Cada frase le daba vergüenza, pero su cuerpo respondía con más intensidad. Su concha y su culo se apretaban alrededor de las vergas cada vez que ellos le decían algo humillante.
Raúl siguió hablando, follándola sin parar:
—Imaginate si tus compañeritas te vieran ahora… con la cara toda babeada, sudada, llorando de placer mientras te cojo el culo. ¿Qué dirían? “Miren a Mónica… la más calladita y obediente del curso… resulta que es una degenerada que se deja follar por dos viejos malolientes”. Te odiarían. Te dirían que sos una enferma.
Norberto soltó una risa baja y le dio una nalgada fuerte:
—Es verdad… ellas todavía sueñan con su primer beso romántico bajo un árbol… y vos ya estás acá, siendo perforada por dos vergas gruesas y sucias. Mientras ellas todavía tienen miedo de que las vean en ropa interior… vos estás desnuda, sudada y llena de leche de dos hombres distintos. Sos la más puta del colegio y ni siquiera lo saben.
Raúl se inclinó más sobre ella y le habló más cerca del oído, con voz ronca y cruel:
—Decime, nena… ¿qué dirían tus maestras si te vieran así? La señorita que siempre te decía que eras una niña buena y educada… ¿qué pensaría si supiera que estás siendo follada por dos indigentes en tu propia cama? ¿Qué dirían tus padres si supieran que su princesita se corre gritando “abuelito” mientras le rompen el culo?
Mónica lloraba y gemía al mismo tiempo. Las lágrimas le corrían por la cara, pero su cuerpo se movía solo, buscando más. Cada palabra humillante le recordaba lo diferente que era de las otras niñas de su edad. Y eso la ponía más caliente.
Norberto le mordió un pezón y le habló también:
—Tus compañeritas todavía se tocan por encima de la bombachita y se mueren de vergüenza… y vos ya estás acá, siendo usada como un juguete por dos viejos que te tratan como la puta que sos. Ellas todavía tienen la conchita cerrada y el culo virgen… y vos ya tenés dos vergas adentro al mismo tiempo. Mirá lo pervertida que sos, nena. Mirá lo temprano que te corrompiste.
Raúl le dio otra nalgada fuerte y siguió hablando sin detenerse:
—Mientras tus amiguitas todavía hablan de chicos de su edad y sueñan con casarse algún día… vos ya estás siendo follada por dos hombres que tienen la edad de tus abuelos. Y te gusta. Te encanta. Te corres más fuerte cuando te decimos lo puta que sos. Sos una degenerada precoz, mi nenita. Una nena que ya está arruinada para siempre.
Mónica ya no podía hablar. Solo gemía y lloraba de placer. Su cuerpo temblaba entre los dos hombres. Cada frase que le decían le provocaba una mezcla de vergüenza profunda y una excitación que le recorría todo el cuerpo. Sabía que tenían razón. Sabía que era muy diferente a sus compañeritas. Y esa diferencia la ponía más caliente que cualquier otra cosa.
Raúl y Norberto seguían follándola sin descanso, manteniendo el ritmo de la doble penetración mientras le decían cosas cada vez más sucias y humillantes. No paraban. No le daban respiro. La obligaban a escuchar, una y otra vez, lo pervertida que era por disfrutar de algo tan prohibido a su edad.
Y Mónica… Mónica se corría una y otra vez entre los dos, llorando de placer mientras ellos la follaban y le recordaban lo puta que era.
Raúl y Norberto ya no podían más. Después de follarla durante un largo rato en doble penetración, su ritmo se volvió más errático y desesperado. Mónica estaba completamente perdida entre los dos cuerpos, sudada, babeada y temblando. Sentía cómo las dos vergas se hinchaban dentro de ella al mismo tiempo.
Primero fue Raúl, follándola por detrás. Se tensó, le clavó los dedos en las caderas y empujó hasta el fondo con un gruñido largo y profundo. Mónica sintió cómo su recto se inundaba de semen caliente. Era mucho. Cada palpitar de su verga soltaba más leche dentro de su culo. Norberto, desde abajo, también se corrió apenas sintió cómo Raúl se vaciaba dentro de ella. Su verga palpitó fuerte dentro de la concha de Mónica y la llenó con chorros espesos y calientes.
Los dos hombres se corrieron al mismo tiempo dentro de ella.
Mónica también se corrió. Fue un orgasmo intenso y profundo. Sentir las dos vergas latiendo y llenándola de semen al mismo tiempo la empujó al límite. Su cuerpo se sacudió entre los dos hombres y soltó un gemido largo y ahogado mientras su concha y su culo se contraían alrededor de las vergas. Nunca había sentido algo así. Nunca se había sentido tan llena.
Cuando terminaron, los tres se quedaron quietos, respirando agitados. El semen de los dos hombres empezaba a escaparse lentamente de su cuerpo, chorreando por sus muslos y manchando las sábanas de princesas.
Raúl se inclinó sobre ella y le besó la nuca con cansancio. Norberto, desde abajo, le acarició el pelo y le habló con voz ronca:
—Buena nena… muy buena nena. Te portaste como una putita de primera.
Raúl también le habló, todavía dentro de su culo:
—Nos diste mucho placer, mi nenita. Te dejamos bien llena por los dos lados. Sos una nenita muy puta… y nos encanta.
Mónica no tenía fuerzas para contestar. Solo respiraba agitada, con la cara hundida en el pecho peludo de Norberto. Su cuerpo estaba completamente agotado.
Poco a poco, los dos hombres se salieron de ella. El semen de ambos empezó a salir con más fuerza de su concha y de su culo. Mónica soltó un gemido débil cuando sintió cómo se le escapaba todo. Raúl y Norberto se vistieron en silencio. Antes de irse, Raúl se acercó a la cama y le dio un último beso sucio en los labios.
—Nos vemos la próxima semana, mi nenita —le susurró—. Y esta vez vendremos los dos otra vez.
Los dos hombres salieron de la casa antes de que llegaran sus padres. Mónica se quedó sola, desnuda, sudada y con las piernas temblorosas. Se limpió lo mejor que pudo con una toalla y se metió bajo las sábanas. Estaba tan cansada que se durmió casi al instante.
Desde ese día, las visitas de Raúl y Norberto se volvieron más frecuentes. Casi siempre venían los dos juntos. A veces dos veces por semana, a veces tres. Mónica ya no se sorprendía cuando escuchaba dos timbres en la puerta. Se había acostumbrado a ser usada por los dos hombres al mismo tiempo. Le gustaba. Le gustaba mucho.
Pero un día, después de follarla entre los dos como siempre, Raúl le habló mientras todavía estaba dentro de su culo:
—Mi nenita… queremos proponerte algo.
Mónica lo miró, todavía jadeando.
—Queremos llevarte a un lugar —continuó Raúl—. Una casa vieja donde vivimos varios de nosotros. Hay más hombres como nosotros. Viejos, solos… que hace mucho que no tienen a una mujer. Queremos que vayas para que todos puedan usarte. Tendrías muchas vergas solo para ti.
Norberto, desde abajo, también habló:
—Sería todas las noches que quieras. Te trataríamos bien. Te daríamos lo que quieras. Pero tendrías que ir vos sola… sin nosotros acompañándote siempre.
Mónica se quedó en silencio. La idea le dio miedo. Mucho miedo. Ir a una casa vieja llena de indigentes ancianos… estar rodeada de varios hombres al mismo tiempo… sin que Raúl estuviera ahí para controlarlo todo. Le daba pánico.
—No… —dijo bajito, sacudiendo la cabeza—. No quiero. Me da miedo.
Raúl y Norberto insistieron. Le hablaron con calma, le dijeron que no le pasaría nada, que ellos estarían ahí también, que la cuidarían. Le dijeron que sería una experiencia que nunca olvidaría. Que le gustaría más de lo que imaginaba. Le suplicaron. Le dijeron que sería especial. Que sería como ser la reina de todos ellos.
Mónica dudó durante varios días. Cada vez que Raúl y Norberto le hablaban del tema, ella se negaba. Pero ellos seguían insistiendo. Poco a poco, el miedo empezó a mezclarse con curiosidad. Y con excitación. La idea de estar rodeada de varios hombres sucios, viejos y desesperados… la idea de ser usada por todos ellos… empezó a darle vueltas en la cabeza.
Al final, aceptó.
Lo hicieron el jueves de la semana siguiente. Ellos vendrían a buscarla a las 12 de la noche, cuando sus padres ya estuvieran dormidos. Ella tendría que escaparse por la ventana de su cuarto. La estarían esperando en la calle.
Mónica pasó toda esa semana nerviosa y excitada. No podía dejar de pensar en lo que la esperaba. Sabía que estaba a punto de cruzar una línea de la que ya no podría volver.
Y aunque le daba miedo… también quería saber cómo se sentiría.

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!