PILI, PUTA ADOLESCENTE (17): LA CONVERSIÓN DE MAR
Mar se cuestiona su futuro después de haber sido brutalmente usada por 7 de los miembros del Club..
PILI, PUTA ADOLESCENTE (17)
LA CONVERSIÓN DE MAR
Twitter (X): CarolinaPuta @CarolinaP21112
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Las siguientes dos horas fueron uno de los mejores momentos de mi vida hasta entonces. Una orgía con alguien ajeno al Club. Era la primera vez que podía mostrarle a alguien de fuera mi verdadero yo. Ya no era la niñita recatada del colegio, que sacaba malas notas y recibía las reprimendas de los profesores, incluidas las de Mar. Ahora jugábamos en mi terreno. Yo era una putita rodeada de hombres que sabían tratar de verdad a las mujeres. No había halagos, ni cumplidos, ni convenciones sociales. Los hombres daban órdenes y nosotras las cumplíamos sin discutirlas ni cuestionarlas. ¡Chupa! ¡Ábrete el culo! ¡Traga polla! Órdenes concretas, claras e inequívocas. No había que pensar. Sólo obedecer.
Mar era la primera a la que podía demostrarle lo que debe ser una mujer y no lo que la sociedad nos ha impuesto. Fue tan excitante que ni sé las veces que me corrí. Recuerdo la primera, con la lengua metida en el coño de Mar y Marcial dándome por el culo. A partir de ahí, una amalgama de momentos se mezclan en mis recuerdo. Sé que me follaron algunos, pero no sé si todos. Vi cómo trataban a Mar. Era precioso ver cómo la follaban por todos sus agujeros y en todas las posiciones. Tumbada boca arriba, a cuatro patas, a horcajadas, … La escupían en la cara y la decían lo guarra que era mientras la penetraban sin piedad.
Casi ni podían distinguirse las partes del cuerpo de unos y otros. Recuerdo cómo Antonio y Paco la ensartaron doblemente, por el coño y por el culo a la vez, mientras Arturo le metía la polla hasta la garganta. Cambiaron de postura infinidad de veces, para follarla todos y también recuerdo un par de bofetones en la cara que Alba y yo nos llevamos de Pepe y de mi padre por estar absortas viendo cómo Mar se convertía en el centro de atención de los 7 hombres.
A pesar de que Pepe, Marcial, Antonio y Fernando llevaban pasamontañas que les cubrían el rostro, podía distinguirlos sin dificultad. Conocía su forma de moverse y sus voces. Y sobre todo, conocía muy bien sus pollas.
En cierto momento, alguien pasó una bandeja con rayas de coca y esnifé una mientras alguien me daba por el culo a cuatro patas sobre el suelo. Alba y yo hicimos un sesenta y nueve y Paco nos pidió que nos meáramos a la vez en la boca. Yo estaba debajo, con el coño de Abita en mi cara cuando soltó el chorro y me inundó la boca. Me atraganté y tosí varias veces antes de poder encauzar de nuevo el chorro de meados de Alba en mi boca. No sabía si Mar estaba viendo aquello, ocupada en atender tantas pollas a la vez, pero me hice la ilusión de que sí, de que al verme recibir la meada de Alba en la boca se daría cuenta de mi verdadera naturaleza de puta viciosa sin límites.
Fernando iba de aquí para allá, grabando todo, acercándose para capturar primeros planos de nosotras tres, pero especialmente de Mar. Varios se corrieron en su boca. Lo recuerdo porque lo gritaron a los cuatro vientos mientras, a horcajadas sobre el suelo, Alba y yo votábamos sobre las pollas duras de Arturo y mi padre, respectivamente. Vi cómo Mar tragaba las corridas de Paco, Marcial y Pepe.
Llegó un momento en que perdí la noción de lo que estaba pasando, quizás por la droga y la bebida que también nos ofrecían. Whisky, ginebra, ron, tequila … ya no podía ni distinguir qué botella me pasaban para dar un trago. Sólo sé que era feliz mostrándole a Mar cómo debe comportarse una verdadera mujer.
Al final de la velada, tirada sobre el suelo y borracha de placer, Albita se sentó en mi cara. Lamí su ojete dilatado por las folladas de todos. Ella movía las caderas para facilitar que mi lengua entrase lo más dentro posible de su culo. No sé cuánto tiempo duró aquella comida de trasero, pero cuando aparté a Alba para pedirle que me pasase alguna botella para dar un trago, estábamos ella y yo solas en la habitación. Los hombres se había llevado a Mar de allí.
No quise preocuparme por el destino de Mar. Mi padre y los miembros del Club sabían bien lo que se hacían. Así que le di un trago a una botella al azar y seguí lamiendo el ojete de mi querida Albita.
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Su primer impulso fue abrir la ducha. Se sentía sucia y necesitaba lavarse a fondo. Mientras el agua iba cogiendo temperatura, se miró al espejo, con las manos apoyadas en el lavabo. ¿Cómo podía haberle ocurrido algo así? ¿Cómo podía haberle pasado a ella? Se miró las muñecas, marcadas por la cuerda que la había mantenido atada, y cerró los ojos al recordar lo sucedido. No podía creer cómo la vida le había cambiado por completo en un instante. “¿Por qué he parado el coche cuando he visto a Pili? ¿Por qué he insistido en ir a su casa y hablar con su padre?”, se lamentaba una y otra vez, apretando las mandíbulas, conteniendo la ira.
“Ella me avisó, Pili me advirtió … me lo dijo, me pidió que me fuera … “, sollozó en voz baja al tiempo que rompía a llorar. El vaho se estaba apoderando poco a poco del cuarto de baño y, en un momento, su rostro desapareció del espejo, como su vida se había esfumado en una tarde. Se sentó sobre el retrete y se llevó las manos a la cara, pensando qué hacer con su vida a partir de entonces.
Tenía que contarlo. Debía narrar lo que había sucedido. No podía dejar impune todo lo que ese grupo de hombres le había hecho. Las amenazas, el secuestro, los golpes … la violación. “Me han violado …”, dijo en voz baja mientra el sonido de la ducha ocultaba sus palabras. “Me han violado”, se repitió una y otra vez. A ella, que había flirteado con cientos de chicos en el instituto, en la universidad y, ahora, en el colegio donde trabajaba. Le gustaba gustar. Le encantaba levantar pasiones. Había roto muchos corazones desde que, a los 12 años, se dio su primer beso con un chico dos cursos mayor que ella. ¿Era aquello el karma que venía a hacer justicia? ¿A cuántos hombres había rechazado, después de insinuarse y flirtear con ellos? Esa misma semana, un profesor le había invitado a cenar con evidentes intenciones de que algo más sucediese. ¿Cuántos hombres la habían deseado cuando se paseaba por el gimnasio con mallas ceñidas? ¿Cuántos padres de sus alumnos la miraban con deseo cuando, en las tutorías, se vestía con prendas ajustadas y escotes pronunciados? Lo hacía adrede, para incomodarles con su belleza y con la rotundidad de sus curvas. Para flirtear con ellos y sentir cómo la imaginaban desnuda. ¿Cuántas veces había pensando en los padres de sus alumnos haciéndose pajas con las fotos que ella publicaba en su Instagram?
¿Le había ocurrido aquello por su manera de ser? Presumida, altiva y prepotente. Quizás tenía lo que se merecía, pensó mientras se ahogaba en su propio llanto.
Se desnudó lentamente. Primero, los vaqueros y el polo. Después, el sujetador y el tanga. Lo echó todo a un rincón, con la idea de tirarlo todo a la basura. No soportaría volver a ponerse las prendas que le recordasen lo sucedido. De pronto, justo antes de entrar a la ducha, se detuvo. No podía eliminar los restos de los hombres que la habían violado en grupo. Si quería denunciarlos, debía ir al hospital a que analizasen los vestigios para así poder demostrar que había sido violada e identificar a los autores. De tres de ellos, no había lugar a la duda: Agustín, el padre de Pili, Arturo y Paco. De estos dos últimos no tenía más datos, pero reconocería sus caras de forma indubitada. El resto, Marcial, Pepe, Fernando y Antonio, ocultos bajo unos pasamontañas, podrían ser identificados por el ADN que había dejado en todos su cuerpo. Saliva, líquido preseminal y semen. No podía ducharse, aunque se sentía tan sucia que le resultaba insoportable la idea de no hacerlo de inmediato.
Caminó descalza por el salón y se acercó a la ventana para comprobar si aquellos hombres eran tan peligrosos como parecían. Habían amenazado con vigilarla y acabar con ella, incluso con sus padres y su hermana menor, si contaba algo de todo aquello. Temerosa, separó las cortinas observando cómo el coche gris oscuro en que Pepe y Arturo la habían llevado hasta su Mercedes estaba aparcado en la acera de enfrente. Desde allí, una barriada del extrarradio de Madrid, la habían seguido hasta su casa. Esos hijos de puta iban en serio. Sabían donde vivían sus padres y su hermana. Tenía que denunciarlos aunque le costase la vida. Quizás ella mereciese un final así, por todo los corazones que había roto, por todo el sufrimiento que había causado a sus novios y pretendientes, por disfrutar contoneándose delante de los hombres para llamar su atención y jugar con ellos. Quizás ella lo mereciese. Pero … ¿sus padres? ¿Su hermana? ¿Qué habían hecho ellos para merecer ser horriblemente asesinados? No podía permitirlo. Quizás su castigo fuese vivir con ello el resto de su vida, con el peso de no poder hablar sobre la violación que había sufrido, no ver castigados a sus violadores y condenar a aquellas pobres adolescentes a una vida de abusos y aberraciones.
No podía denunciar. Se metió en la ducha sin pensarlo más. Sintió alivio cuando el agua cayó sobre su rostro. Ya no había vuelta a atrás. No tendría pruebas para demostrar lo sucedido. Tenía que hacer lo que le habían ordenado. Seguir con su vida, como si nada, fingiendo que no había ocurrido y, de cierto modo, siendo cómplice del trato que recibían aquellas adolescentes. Mientras sentía como el agua limpiaba su piel pensó en Pili, en cómo le suplicaba que no denunciase, que era feliz, que se sentía una privilegiada por pertenecer a un club, al que todos se referían como una especie de organización secreta donde a saber qué otras atrocidades cometerían con aquellas chicas. ¿Cómo sus propios padres podían hacer algo tan cruel a sus propias hijas?
Recordó las palabras que le dijo Paco: “no disfrutan leyendo poesía, ni haciendo comentarios de texto, sino follando por todos sus agujeros, que para eso los tienen”. Aquellas palabras, y la complicidad de Pili y Alba, que confirmaban con su actitud estar entregadas a cuanto aquellos hombres les ordenaban, la torturaban. Es cierto que parecían disfrutar de cualquier acto sexual que practicasen con ellas. Había visto cómo las follaban el coño y el culo, habían chupado las pollas de todos ellos, se habían comido el coño y el culo entre ellas, sonreían cuando eran abofeteadas y escupidas … y hasta dieron las gracias cuando alguno de ellos las meó en la cara. Con 13 y 14 años, respectivamente, Alba y Pili parecían putas profesionales, más experimentadas en sexo que la inmensa mayoría de la mujeres. Y por lo que habían contado eso era poco en comparación con lo que hacían en las reuniones. Habían hablado de más chicas, de las hijas de todos ellos. Hablaban de drogas, de prostitución, de pornografía, de follar con perros y con caballos. ¿Qué era aquel club al que tanto elogiaban? ¿Un secta esclavista? ¿Una organización de trata de blancas?
De pronto, le ocurrió algo de lo que se avergonzaría de inmediato. Mientras se frotaba las piernas con gel, notó cómo un escalofrío recorrió su cuerpo al rememorar el momento en que se corrió mientras la violaban. No quería reconocérselo a sí misma, pero se había corrido tres veces, fingiendo todas ellas que no había sucedido. Lo último que quería que pensasen sus violadores es que estaba disfrutando. Pero había pasado. Con la polla de uno de ellos en la boca y otra empujando con fuerza en su culo, se había corrido. Aquello le perturbó tanto que intentó contenerse durante el tiempo que duró la violación, mientras desconocidos encapuchados la iba penetrando boca, culo y coño.
Había fantaseado muchas veces con hacer una doble penetración, como la de alguna de las escenas porno que había visto en su adolescencia. Siempre pensó que sólo era una fantasía que nunca cumpliría. Pero ahora lo había hecho de verdad. Había tenido una polla en el culo, otra en el coño y otra en la boca al mismo tiempo. Un nuevo escalofrío recorrió su cuerpo al rememorar la sensación de plenitud que la invadió cuando sus tres agujeros recibían polla al mismo tiempo. Había hecho algo de lo que no muchas mujeres podían presumir. Y, por más que su mente le dijese que lo que había vivido era algo atroz y aberrante, le excitaba. Y más aún, le excitaba la posibilidad de volver a sentirse así, ensartada por tres hombres que la trataban como un simple trozo de carne con agujeros.
Aquel pensamiento casi le provoca el vómito. Le vino una arcada y la respiración se le detuvo por un instante. Aquellos tipos eran asquerosos por lo que hacían a sus propias hijas y por lo que le habían hecho a ella. Pero quizás ella era tan repugnante como ellos por haber gozado al ser violada y por excitarse al recordarlo.
Finalmente, decidió seguir las instrucciones que le habían dado. Salió de la ducha y se puso el albornoz. Cogió toda la ropa de aquel día y la metió en una bolsa de basura negra. A continuación, sentada sobre la cama, encendió su móvil. Eran las 11 de la noche. Un par de llamadas de profesores del colegio, varios e-mails sobre cambios de horarios y proyectos académicos y notificaciones de Instagram reaccionando a las fotos que periódicamente subía para subirse el ego con likes y comentarios. Nada importante, a pesar de que había faltado a las clases vespertinas. Escribió un mensaje al director del colegio, explicando que se había encontrado mal y se había ido a casa.
Se tumbó en la cama y, a pesar de no poder quitarse la imagen de aquellas dos adolescentes siendo brutalmente folladas por sus propios padres, sonriendo y dando las gracias frente a cualquier acto que practicasen con ellas, consiguió conciliar el sueño un par de horas.
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Mientras tanto, en casa de Antonio.
– ¡Ruth, hija de la gran puta! ¡Ven aquí ahora mismo! – gritó Antonio al entrar por la puerta.
– ¿Qué quieres, papi? – preguntó Ruth, acudiendo al salón a recibir a su padre, totalmente desnuda y con un cigarrillo humeante entre los dedos – ¿Quieres que te la chupe un rato, papi?
– ¡Zasssss! – sonó el primer bofetón, que la tumbó en el suelo – ¡Zorra estúpida! – le gritó Antonio.
– ¿Qué ha hecho esta vez, papi? – preguntó Sole, también desnuda, asomando por la puerta del salón-comedor.
– Seguro que estás al tanto también – dijo al tiempo que propinaba a Ruth una patada en el estómago, mientras ella se retorcía de dolor en el suelo.
– ¡No he hecho nada, joder! – gritó Ruth, protegiéndose la cabeza con los brazos. Una nueva patada, dirigida a la cabeza, impactó en sus manos, entrelazadas para evitar más golpes.
Antonio se puso en cuclillas y tomó el cigarrillo, aún encendido, que su hija había dejado caer al suelo al recibir el primer golpe.
– Esta perra subnormal nos ha metido en un lío de tres pares de cojones – explicó a Sole – ¿Qué sabes tú de eso?
– Sé que ha hecho pellas con Pili y que han estado por ahí bebiendo y fumando … – dijo Sole.
– ¿Sabes lo de la profesora de Pili? – preguntó Antonio, observando el cigarrillo humeante.
– Sí, sí – respondió Sole con rapidez – Que una profe ha reconocido a Pili y la ha llevado a su casa en coche …
– Que no ha pasado nada, ¡joder! – gritó Ruth.
– Un día nos van a meter en la cárcel a todos por tu puta culpa, zorra – dijo Antonio, presionando el cigarrillo sobre la planta de uno de los pies de Ruth.
– ¡Ahhhhhh! – gritó al sentir cómo su piel se quemaba con el cigarrillo.
– ¡Estás castigada! – gritó Antonio, poniéndose nuevamente en pié y soltando el cigarrillo sobre el suelo – Una semana sin porno, sin tabaco, sin bebida, sin drogas y sin sexo. Si me entero de que te fumas un cigarro o de que te haces una paja … ¡te mato, hija de puta! – sentenció Antonio.
– Pero si no ha pasado nada, papi – se disculpó Ruth, recomponiendo la postura y mirándose la quemadura del pié – La vieja esa se la ha llevado en coche y ya está. No ha pasado nada más.
– ¿Quién más sabe esto? – preguntó Antonio a Sole, que ayudaba a Ruth a sentarse sobre el suelo.
– Lo hemos hablado en el grupo – explicó – Lo saben todas menos Elenita que no está agregada. Pero … ¿ha pasado algo más?
– La zorra esa ha subido a casa de Agustín – dijo Antonio.
– ¡No jodas! – exclamó Ruth, sorprendida – Papi, te juro que no lo sabía.
– Agustín ha tenido que atarla y amordazarla porque no podía explicar qué coño hacía su hija con otra niñata a plena luz del día vestidas como fulanas, borrachas, oliendo a porro y fumando por la calle – explicó, visiblemente enfadado – Eso por no hablar de que lleva faltando 5 días seguidos a clase. Y al parecer … ¿de quién ha sido la brillante idea? – añadió en tono sarcástico.
– Solo quería fumarme unos petas en lugar de ir a clase – reconoció Ruth – Pero en cuanto ha aparecido la vieja esa, me he ido de allí para no meterme en líos.
– ¿Y qué habéis hecho con ella? – preguntó Sole.
– ¡Eso ya no es asunto vuestro! – atajó Antonio, para no dar más explicaciones – De momento, parece que está solucionado. ¡No quiero una puta palabra de esto a nadie! ¡Ni en el chat ese con las otras chicas! ¿De acuerdo?
– Sí, papi – respondieron ambas al unísono.
– Os tengo dicho que me importa una puta mierda lo que hagáis, pero con discreción – explicó Antonio – Podéis hacer pellas, beber hasta el coma etílico, colocaros hasta perder el conocimiento, … pero que no se entere nadie, ¡joder!
-Sí, papi – repitieron Sole y Ruth con obediencia.
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Mientras, en el coche de Paco.
– ¿Tú qué opinas?
– Está buena, la muy perra. Y folla de puta madre – dijo Arturo, mirando la ventana del piso de Mar desde el coche.
– ¡Qué salido estás, cabrón! – exclamó Paco, riendo – No me refiero a eso.
– Ya lo sé. Entrará en razón – dijo Arturo, muy seguro – Creo que hasta le ha gustado un poco todo lo que la hemos hecho. Ha fingido, pero he notado cómo se corría.
– No lo sé – dijo Paco – Estas guarras empoderadas saben actuar muy bien. Están acostumbradas a fingir, engañar y traicionar a cualquiera. Está en su naturaleza.
– Si no hace nada hoy, podemos estar tranquilos – añadió Arturo – Seguro que ahora se está duchando y se irá a dormir. Mañana irá a clase y Pili nos dirá si actúa con normalidad en el colegio. Por cierto … – dijo cambiando de tema – … quería comentarte algo.
– Dispara – dijo Paco, sin quitar ojo de las ventanas del piso de Mar.
– Es por mi hija …
– ¿Qué le pasa? ¿Está bien? ¿Es por el adiestramiento?
– Sí, sí … pero no es eso – respondió Arturo – Es que ya está preparada.
– Preparada … ¿para qué?
– Para su presentación – respondió Arturo.
– Venga … ¡no me jodas, Arturo! – exclamó Paco de mala gana – Que le ha bajado la regla hace cuatro días …
– Te digo que está preparada – aseguró Arturo, encendiéndose un cigarrillo.
– Eso es que te la estabas follando desde antes, capullo.
– Como tú a Sonia.
– ¿Desde cuándo?
– Hace unos ocho meses.
– Acabamos de presentar a Pili – explicó Paco – Y Elenita lleva tres reuniones. Deberíamos dejar pasar un poco de tiempo y espaciar las presentaciones.
– Para ti es fácil de decir, llevas años ganando pasta con Sonia – replicó Arturo – Quiero sacar rendimiento de Tania ya. Y ella lo está deseando. Me ha suplicado que le consiga clientes … y solo por las reglas del Club no lo he hecho ya – explicó, conteniendo su impaciencia – Deja que la presente y empiece a ganar dinero para todos.
– ¿De verdad está preparada?
– La tengo en casa con un bate de béisbol en el culo, no te digo más – respondió Arturo.
– No sé … – dijo con aire de resignación – Quería esperar al menos un año más, a que tuviera doce … y a que Sole, Yoli y Mamen hayan dado a luz. Así podríamos tener ya preñadas a Pili, Ruth y Albita – explicó entre caladas a su cigarrillos humeante.
Enrabietado, Arturo tomó su móvil y marcó. Después de un par de tonos de llamada, apareció el rostro de Tania en la pantalla. Se trataba de una videollamada.
– ¡Hola, papi! – exclamó Tania, con voz infantil – ¿Pasa algo?
– Sí, nena – dijo Arturo visiblemente contrariado por las evasivas recibidas de Paco – ¡Grábate metiéndote algo por el coño y por el culo a la vez … y me mandas el vídeo!
– Papi, ahora mismo estoy con un bate metido en mi culito, como me has ordenado que haga para dilatarlo más y más – explicó Tania alargando la mano con que sujetaba el móvil y que pudiera entrar en el ángulo de visión.
Arturo le mostró su móvil a Paco, que observó con detenimiento cómo Tania estaba abierta de piernas sobre una cama, con las piernas recogidas hacia atrás, en posición fetal, y con un gran bate de béisbol dentro de su ojete, por el extremo más ancho.
– ¡Mirala, Paco! – exclamó Arturo mostrando a su hija a través del móvil, queriendo demostrarle que ya estaba preparada para ser toda una puta al servicio del Club – ¡Métete algo en el coño ahora mismo! – Ordenó – Cualquier cosa, lo que tengas a mano.
Tania alargó el brazo hasta salir del ángulo de visión y tomó un consolador de látex, se lo llevó a la boca y lo ensalivó durante unos momentos. De inmediato, se lo apuntó hacia el coño y se lo metió poco a poco hasta introducir unos 10 ó 12 centímetros. Lo hizo con dificultad, ya que no podía soltar el móvil y debía manejarse con una sola mano. Enfocó hacia su entrepierna. Podía verse perfectamente cómo albergaba los dos enormes objetos en sus agujeros.
– ¿Así, papi? – preguntó, con inocencia.
– Sí, nena. Muy bien – respondió su padre, sin dejar de mostrar la pantalla a Paco, que observaba sin decir nada – Voy a colgar ya. Sigue con el bate en el culo, ¿vale?
– Sí, papi – dijo con obediencia – ¿Volverás tarde? Me apetece mucho que me folles antes de irme a dormir.
– Ponte a ver porno hasta que llegue – ordenó Arturo – Si quieres colocarte, hay algo de maría en la mesilla de mi habitación. Pero no te saques el bate del culo hasta que yo llegue – añadió antes de colgar.
– Ya veo que estás haciendo un buen trabajo – reconoció Paco cuando Arturo colgó la videollamada.
– Puedo pasarte vídeos de ella chupándomela, recibiendo por el culo, tragando mi pis o pinchándose heroína … para que veas que estamos perdiendo tiempo y dinero al retrasar su presentación – le ofreció Arturo.
– Creo que deberías invitarme a tu casa … – insinuó Paco.
– ¡Cuando quieras! Te va a encantar follarte a mi hija, ya lo verás.
– Seguro que sí – dijo Paco con sonrisa pícara – Ya sabes que todas deben pasar por mí antes de su presentación.
– Eso no está en los Estatutos del Club … – comentó Arturo, frunciendo el ceño.
– Es una regla no escrita – explicó Paco – Alguna ventaja tenía que tener ser el Presidente, ¿no crees?
– Por mí no hay problema – concluyó Arturo, finiquitando su cigarrillo de una calada intensa y arrojando la colilla por la ventanilla – Esta misma noche, si quieres, puedes probarla. La nena lo está deseando.
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A la mañana siguiente, en el colegio.
La imagen de Pili y Alba, follando y chupando pollas como si de actrices porno se tratase, no se le quitó de la cabeza en toda la noche. Ni siquiera en el par de horas que logró conciliar el sueño pudo librarse de lo sucedido la tarde anterior.
Se había vestido con más recato del que solía. Pantalones anchos, blusa holgada y zapatos planos. Ya no le apetecía llamar la atención de alumnos y profesores, ni atraer sus lascivas miradas hacia su sinuosa figura. Por primera vez desde que era capaz de recordar, hizo todo lo posible para pasar desapercibida.
Tenía marcada la tercera clase de la mañana: Lengua y Literatura en 3º B, la clase de Pili. Ya había decidido obedecer a los miembros del Club, no denunciar y callar todo lo ocurrido la tarde anterior. A pesar de no querer enfrentarse a la realidad y coincidir con Pili, las dos primeras clases se le hicieron eternas y aburridas. A la hora del recreo, fue a la cafetería del colegio. Allí se encontró con un grupo de profesores sentados en torno a una mesa, tomando cafés y bollería variada.
– Mar, ¿qué te pasó ayer? – preguntó uno, haciendo el gesto de cederle de su silla.
– Me encontraba mal, me fui a casa y me quedé sin batería – explicó, rehusando sentarse con ellos y dirigiéndose hacia la barra, donde pidió una infusión. No quería socializar con nadie ni tener que dar explicaciones.
Pasados unos minutos, una oleada de alumnos se agolpó hacia la barra. Las chicas, la saludaban con la cabeza y la miraban extrañadas por su nueva forma de vestir. Los chicos, reían entre ellos, comentando lo buena que estaba, se pusiera lo que se pusiera. No fue ajena a los comentarios. Estaba acostumbrada a ellos. Normalmente, se sentía halagada, pero aquel día no sintió más que vergüenza y temor de que alguien más pudiera saber lo que había ocurrido la tarde anterior en casa de una de sus compañeras de clase.
Evitó como pudo al resto de profesores que se acercaban a preguntar si se encontraba bien, especialmente a uno de ellos con el que solía flirtear y con el que había salido a cenar algunas veces. Se sentía observada, más de lo habitual. Y tenía tanto miedo que creyó ver la cara de Paco y Arturo en un par de ocasiones tras una columna, vigilándola. Era producto de su mente y del temor que no la permitía pensar en otra cosa que en aquellos siete hombres tocándola, follándola, golpeándola y abusando de ella.
Las 11:30, vio en su Apple Watch último modelo, color rosa. Era el momento de enfrentarse a la cruda realidad y compartir con Pili toda una hora de clase.
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Me comporté con normalidad, aunque noté que Mar evitaba mi mirada. A pesar de ello, durante la clase sus ojos se encontraron con los míos en alguna ocasión. Me sentí dichosa y afortunada de que alguien fuera del Club hubiera visto quién había bajo la apariencia de una tierna una adolescente, llena de la inocencia y la ingenuidad propias de una chica de 14 años. Era capaz de realizar toda suerte de actos sexuales con la soltura de una prostituta experimentada y que alguien fuera del estrecho círculo del Club lo supiera me hacía sentir feliz. De pronto, Mar pareció ruborizarse y, en plena clase, nos mandó hacer unos ejercicios en el iPad. Parecía que iba a desmayarse.
Mar se había propuesto sacar de su mente la imagen de Pili, desnuda y de rodillas, mientras su propio padre la orinaba en la cara y ella tragaba el cálido pis, dando gracias por tamaño privilegio. Muy al contrario de lo que pretendía, recordó cómo Pili y Alba le hablaron de follar con perros y caballos, como si fuera lo más normal del mundo. Y de pronto, volvió a suceder. Del mismo modo que la noche anterior en la ducha, cuando pensó en aquellos actos depravados, notó cómo el coño se le humedecía y sintió el deseo de tener 14 años, como Pili y Alba, para poder experimentar en su propias carnes aquella felicidad de la que hacían gala como sin ni hubiera nada mejor en todo el mundo. La tranquilidad de no tener que pensar más que en abrirse de piernas y follar con quien los miembros del Club ordenasen. Quiso reprimir esa turbadora sensación pero, en ese instante, Pili levantó la cabeza de su pupitre y, sin que nadie más en la clase se diera cuenta, las dos se miraron con gesto cómplice. Se corrió. La respiración se le descontroló tanto que ya todos los alumnos levantaron la cabeza. Apretó los muslos uno contra otro y movió ligeramente la pelvis para dejar escapar el orgasmo, mientras apretaba los dientes con el rostro entre las manos.
– Me encuentro mal, chicos – se apresuró a comentar a la clase antes de que alguien advirtiera lo que le había ocurrido. Tenía la piel de gallina y la respiración entrecortada – ¿Me traéis un vaso de agua, por favor?
Rápidamente, varios alumnos salieron corriendo del aula hacia los servicios. Otros se acercaron a la mesa.
– ¿Qué te pasa, Mar? – dijo la delegada de clase, Silvia.
– Creo que me ha dado una bajada de tensión, pero ya estoy mejor – se disculpó Mar, tratando de disimular lo que le había ocurrido. Bebió el agua que le trajeron y dio por finalizada la clase.
Algunos alumnos salieron del aula, comentando en voz baja el extraño comportamiento de Mar. La delegada, junto con un grupito de las alumnas más destacadas de la clase, insistieron en el estado de salud de la profesora. Mar les aseguró a todos que ya se encontraba mejor y que podían abandonar el aula. Obedecieron. Excepto Pili, que se acercó lentamente a la mesa de la profesora, asegurándose de que el resto de alumnos habían salido.
– Pili, no voy a contar nada … ¡te lo juro! – susurró Mar cuando estuve lo suficientemente cerca.
– Gracias – dije – Es lo mejor que puedes hacer. Yo me voy a comportar con la mayor normalidad, como si nada hubiese pasado – expliqué – Es lo que me han ordenado.
– Tienes que decirle a tu padre … y al resto … – balbució, nerviosa y precipitada – … que haré lo que ellos me pidan.
– Ya se lo dijiste ayer – respondí – Ahora solo tienes que demostrarlo.
– ¡Lo haré, te lo juro por Dios!
Un silencio incómodo se apoderó del momento. Después de aquello, no sabía qué hacer, si debía marcharme o seguir hablando con Mar. Al fin y al cabo, la clase había terminado. Me dispuse a salir de clase.
– ¡Espera! – exclamó – ¡No te vayas todavía!
Me giré y la miré.
– Estoy preocupada … no sé lo que me pasa … debería sentir asco por todo lo que ocurrió ayer … ya sabes … – explicó, llena de dudas – … pero … no sé … hay algo dentro de mi que …
– ¿Que te gusta? – completé la frase, ya que ella misma era incapaz de hacerlo.
– Eh … debería sentirme horrorizada … pero … ¿sabes por qué me he puesto así?
– Una bajada de tensión.
– No, María del Pilar … digo … Pili – corrigió, e inmediato – Me he corrido.
– ¿En serio? – pregunté dibujando una sonrisa pícara en mi cara.
– No sé lo que me pasa … es pensar en todo lo de ayer … e imaginarte con Alba … Me excita – reconoció.
– Para mí es normal – dije – Me han educado así.
– Quiero saber más, quiero participar en esas reuniones, quiero conocer a otras chicas como tú … y al resto de hombres de ese Club … – susurró, avergonzada, mirando al suelo.
– Eso es genial, Mar – exclamé – Se lo diré a mi padre. Aunque creo que, de momento, no se fían mucho de ti. Piensan que puedes denunciarlos en cualquier momento y destrozarnos la vida – expliqué – No debería contarte nada más de nuestras cosas. Es lo que me han ordenado. Quizás podrías hacer algo que les convenciese de que tus intenciones son buenas.
– Esas reuniones … ¿son como lo de ayer?
– Mucho mejores – respondí – Vamos más chicas y hay mucha diversión. ¡No te imaginas!
El timbre del final de la hora interrumpió nuestra charla.
– Dime, Pili … ¿qué puedo hacer? – suplicó Mar.
– No lo sé – dije acercándome a la puerta o llegaría tarde a la clase de educación física – Haz algo que no les haga dudar y … no sé … quizás piensen en algo para ti …
Salí de clase con una sonrisa en la cara. Mar había probado el paraíso y ya no podía vivir fuera de él.
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Por la tarde, en casa de Agustín.
– ¡Cada día la chupas mejor, nena! – dijo mi padre mientras le lamía los huevos y meneaba su dura polla.
– ¡Gluurrp, glurrp! – exclamé al meterme el cipote hasta la garganta. Después de ensalivar bien su polla me senté sobre ella, a horcajadas, metiéndomela directamente en el ojete y comencé a cabalgar.
– Y dices que se ha puesto mala …
– Sí, papi – asentí – Le ha dado como un mareo, se ha sentado en su mesa y, al poco, ha mandado a todos fuera de la clase – expliqué botando sobre la polla de mi padre, que me agarraba con fuerza las nalgas.
– ¿Y qué has hablado con esa puta?
– Dice que se ha corrido en plena clase al pensar en lo de ayer … No sé si creérmelo, pero la verdad es que algo raro le ha pasado – expliqué, sintiendo la polla de mi padre entrando y saliendo de mi recto.
– ¡Zorra mentirosa! – exclamó papá.
– Quería que le contase más cosas – dije – Me ha preguntado por las reuniones y qué hacemos en ellas.
– No le habrás contado nada, ¿no?
– ¡No! – exclamé tajantemente – Pero me ha pedido que te dijese que no va a denunciar y que quiere hacer algo para que la creáis.
– ¡Qué hija de la gran puta! Ojalá me equivoque, pero esa zorra nos va a traer problemas – dijo papá acompañando el movimiento de mis caderas con suaves embestidas en mi culo – No sé por qué Paco no quiere llamar a los rusos … ¡y asunto resuelto!
– ¡Rinnnggg! – sonó el interfono.
– ¡Su puta madre! – exclamó papá – ¿Y ahora quién cojones será? Anda, nena … ve a ver – me ordenó.
Me saqué la polla del culo y descolgué el auricular del telefonillo.
– ¿Quién es? – pregunté.
– ¿Pili? Soy yo, Mar.
– ¿Qué quieres? – pregunté extrañada.
– Se me ha ocurrido una manera de que confíen en mí – explicó – ¿Está tu padre? Déjame subir.
– Es Mar – le dije a papá, tapando el auricular – Dice que sabe cómo hacer para que confiéis en ella.
– Viene sola, ¿no? – me preguntó papá.
– ¿Vienes sola?
– ¡Sí!
– ¡Ábrela! A ver que se le ha ocurrido a esa cerda …
Medio minuto después, Mar estaba en el salón de mi casa. Ya no iba vestida como aquella mañana en el colegio, sino que había vuelto a sus habituales pantalones vaqueros ceñidos, unas zapatillas deportivas y una camiseta. Traía consigo un bolso negro.
– ¡Hola! – dijo, tratando de ser simpática.
– ¿Qué quieres? – preguntó mi padre, que se había subido los pantalones. Yo seguía desnuda.
– Quería hablar contigo, Agustín – explicó, mucho más segura de si misma que aquella mañana en clase – De hecho, me gustaría que estuvieran Paco y los demás.
– ¿Para qué? – respondió papá, reticente – Lo que tengas que decir, dímelo a mí. ¡Y dame tu móvil! No vayas a grabar la conversación.
– Para nada, Agustín – dijo, tratando de mostrar confianza y entregando el teléfono a mi padre, como si realmente no le importase.
– ¿Qué llevas en el bolso? – inquirió papá, desconfiado.
– Nada … de verdad – dijo abriendo el bolso y mostrándoselo a mi padre – Solo esto – añadió sacando un abultado sobre blanco.
– ¿Qué es eso?
– Es para vosotros … para el Club ese … – explicó, tratando de elegir bien las palabras – Pero … ¿puedo explicarme antes?
Mi padre hizo un gesto con la cabeza invitándola a sentarse en el mismo butacón donde apenas hacía 24 horas Mar había sido drogada, atada y amordazada. Se sentó. Papá hizo lo propio sobre el sofá. Volvió a bajarse los pantalones.
– ¡Nena, sigue chupando mientras esta perra se explica! – me ordenó. Obedecí de inmediato. Me coloqué entre sus piernas, de rodillas, y volví a la tarea de chuparle la polla.
– ¿Ves, Agustín? – dijo con voz solemne – Lo que acabas de hacer me excita muchísimo.
– ¿Ah, sí? – preguntó mi padre, extrañado.
– Sí, llevo pensando en ello desde ayer … la normalidad con la que tratáis el sexo … la facilidad para disfrutar de cada momento … el no reprimir los instintos más básicos … – explicó.
Se hizo el silencio durante unos segundos.
– Verás … – prosiguió – … no voy a denunciar nada, no voy a contar nada a nadie. ¡Lo juro! Ayer lo juré una y mil veces por miedo. Estaba aterrorizada. No quiero morir ni quiero que hagáis daño a mi familia.
– ¡Sigue! – exigió mi padre, impaciento por ver adónde quería llegar.
– Ahora de lo que tengo miedo es de no volver a sentir lo que sentí ayer – explicó – No podría vivir más sin repetirlo una y mil veces. No pienso en otra cosa. Esta mañana me he corrido en clase, delante de todos los alumnos, pensando en ello. ¡Quiero más! Quiero ir a esa reuniones que escuché que hacéis. Quiero conocer a otras chicas como Pili y Alba. ¡Quiero ser una de ellas!
– ¡No puedes! – exclamó papá – ¡Eres un vejestorio comparado con ellas!
– Sólo tengo 27 años – dijo Mar, en tono de súplica.
– Eres muy mayor, ¡joder! – sentenció mi padre, acariciando mi pelo mientras se la chupaba.
– Podría … podría … no sé … – titubeó por primera vez en toda la tarde – … podría conseguir chicas para vuestro club. Soy profesora y trato con chicas de 12 a 16 años. Sé quienes son malas estudiantes, quiénes tienen mala fama, las que tienen problemas en casa, … Piénsalo – suplicó.
– Es mucho riesgo – dijo papá, aunque yo estaba seguro de que si eso mismo lo escuchaban Paco o Arturo, aceptarían de inmediato – Además nunca podrías ser tan rentable como nuestras chicas.
– ¿Cuánto ganan? – preguntó.
– Sonia, por ejemplo, se saca unos 4.000 euros al mes – dijo mi padre – Y las gemelas más.
– ¡Toma! – le dijo extendiendo el brazo y ofreciendo a mi padre el sobre – Ahí van 8.000 Euros. Son todos mi ahorros. Para el club, para vosotros. Es el doble de lo que gana esa tal Sonia.
Papá cogió el sobre, apartándome de su polla. Pude ver los billetes de 100 y de 50 Euros que rebosaban del sobre.
– ¡No es suficiente! – dijo con desprecio, tirando el sobre la mesa – A los 16 vendemos a nuestras putas. Y estamos sacando una media de cien mil por cabeza.
– Gano 2.800 Euros al mes – dijo – La mitad para vosotros. Me basta con tener para el alquiler, comida y gasolina. Las pagas extraordinarias … ¡enteras para vosotros! – ofreció, desafiante.
– Es como para pensárselo, papi – apunté, tímidamente.
– ¡Calla, puta! – me dijo con desdén, pensativo – Tendría que consultarlo. Aquí las decisiones las tomamos entre los miembros del Club.
– Pregúntales … – sugirió Mar. Mi padre cogió su móvil.
– Pero debes entender que si aceptan, no solo tu dinero será nuestro, sino tu vida – explicó – Tendrás que estar disponible siempre para nosotros o para quien te quiera contratar. No hagas planes para las tardes ni los fines de semana. ¡Se acabó tu puta vida social! ¡Nada de Instagram y de redes sociales! ¡Nada de novios! ¿Entiendes?
Mar asintió. Papá cogió el móvil y marcó el teléfono de Paco.
– ¡No os quedéis ahí paradas, putas de mierda! – exclamó papá mientras se escuchaban los tono de llamada – ¡Vamos, chupádmela!
Mar se apresuró a sentarse junto a mi padre y le trincó la polla con la mano, mientras yo me arrodillaba en el suelo. Comencé a lamerle los huevos, mientras Mar le mamaba el capullo.
– Paco, tengo algo que comentarte – dijo poniendo el manos libres.
– Dime, Agustín.
– Tengo aquí a Mar comiéndome la polla – explicó – Me ha traído un sobre con ocho mil pavos y nos ofrece la mitad de su sueldo todos los meses. Dice que quiere ser una chica más del Club, aunque tenga 27 años. Dice que puede conseguirnos chicas de 12 a 16 años del colegio.
– ¿Es en serio? – preguntó Paco sorprendido.
– Que te lo diga ella misma … – sugirió papá acercando el móvill a Mar.
– Quiero ser vuestra puta, Paco – dijo Mar, sacando la polla de mi padre de la boca por un momento – Podéis confiar en mi.
– Voy para allá – añadió Paco, colgando a continuación.
Separé ligeramente las piernas de papá y le lamí la parte interna de los muslos, buscando alcanzar su ojete peludo. Enseguida se dio cuenta de mis intenciones y me facilitó la labor recogiendo ligeramente las piernas.
– ¡Eso es, nena! ¡Cómeme el culo! – ordenó – ¡Y tú, zorra de mierda, no pares de mamar! – le indicó a Mar.
Metí la lengua en el culo de mi padre y lamí con glotonería. No solo quería darle el máximo placer, sino que era el momento ideal para mostrarle a Mar todas mis habilidades.
– ¡Qué gusto me dais, putas! – exclamó papá.
– ¡Chúpale bien la polla a mi padre! – le ordené a Mar, presionando su cabeza contra el rabo de papá. Quería que se la engullese por completo, que la sintiera en la garganta y que incluso la hiciese devolver.
– ¡Agggh, aghhh, aggghhh! – era el sonido gutural que emitía Mar, atragantada por la polla de mi padre.
– ¡Eso es, Pili! – agradeció papá – A ver si hacemos potar a esta golfa de mierda. Que se entere cómo debe comportarse un coño.
– ¡Sólo eres un coño, Mar! – le susurré a escasos centímetros de su cara, con la respiración entrecortada y los ojos abiertos de par en par. Un hillillo de líquido preseminal y saliva resbalaba por la comisura de sus labios. Lo capturé y lo mezclé con mi propia saliva. Después escupí en su cara – ¡Puajjj!
– ¡Escupe a esta puta barata, cariño! – me animó mi padre.
– ¡Puahhhjjjj! – volví a escupirla – Esta vez tuvo que cerrar un ojo porque el escupitajo le cayó en la frente y resbalaba hacia sus párpados – Así me educó mi padre y no pienses que por que tenga solo 14 años no sé como tratar a una vulgar zorra como tú – le dije apretando su cabeza contra la polla de mi padre – ¡Trágatela toda, hija de puta! ¡Perra!
– ¡Agggghhh, aghhhh! – emitía Mar, casi sin respiración y con la cara roja por falta del oxígeno.
En ese momento, mi padre la agarró por el pelo y tiró hacia él, deslizando hacia atrás la polla en su boca y sacándola por completo. Mar cogió aire como si estuviera a punto de morir asfixiada.
– ¡Respira, hija de la gran puta! – ordenó mi padre – Así se chupa una polla, ¿entiendes?
– ¡Aggghh, uffff, ahhh! ¡Sí! – balbució, tomando aire.
– Debería darte vergüenza con 27 años y no saber satisfacer a un hombre – le dijo, para humillarla más aún – Hay chicas en el Club que con 12 la maman mejor que tú, zorra inútil.
– Ah, ahmmm, ufff … aprenderé – dijo con dificultad.
– Como llegue Paco y no se la chupes como a él le gusta, te mete una paliza … que lo sepas – comenté.
– Ahora … ¡cómeme el culo! – ordenó mi padre.
Cambiamos de postura, colocándose Mar entre la piernas de mi padre, que volvió a levantar las caderas recogiéndose las piernas con las manos desde las corvas. Mar metió la lengua en el culo de papá.
– ¡Mete bien la lengua, Mar! – le indique.
– ¿A cuántos hombres les has comido el culo, cerda? – preguntó mi padre. Antes de que pudiera decir nada, mi padre se anticipó – ¡Responde sin sacarme la lengua del culo!
– A dingundo – pudo decir con la dificultad propia de tener la lengua en el culo de mi padre.
– ¡Qué puta retrasada! – dijo mi padre.
– Ya te digo, papi. Tiene mucho que aprender – dije para echar más leña al fuego de su humillación.
– ¡Venga sacadme la leche ya de una puta vez! – ordenó papá – Tengo que ira a hacer unas gestiones y no puedo quedarme aquí toda la tarde enseñando a esta puta inútil. Si luego viene Paco, le abres y que haga con vosotras lo que quiera – concluyó.
– ¡Tú la polla y yo los huevos, Mar! – le indiqué.
Mar se esforzó esta segunda vez y se metió la polla de mi padre forzando su garganta, babeando y gimiendo, al tiempo que se la meneaba. Mientras, desde abajo, yo masajeaba los huevos de papá con la lengua, lamiendo de vez en cuando su ojete para empujar la leche caliente desde sus pelotas hasta el capullo. Las babas de Mar resbalaban y yo las recogía entre mis labios. Sentí la contracción en los huevos de mi padre. Conocía muy bien todas sus reacciones. Era el anuncio inminente de que la boca de Mar iba a ser colmada con su néctar cálido y pastoso.
– ¡Me corro, zorras! – exclamó papá.
– ¡Guarda su leche en la boca, Mar! – aconsejé – Quiero que la compartas conmigo.
– ¡Ahh, ahh, ahh! – gimió papá mientras la boca de Mar se inundaba de su lefa.
Seguir mamando polla con la boca llena de lefa, sin tragarla, no es tarea fácil. Me había costado meses aprender a hacerlo sin tragar y, al propio tiempo, sin derramar la leche desde mi boca. Así que supuse que Mar no sabía hacerlo del todo bien y me propuse ayudarla. Acerqué mi boca al capullo de papá, que seguía entre los labios de Mar y la aparté ligeramente para que la leche se derramase sobre mis labios entreabiertos.
– ¡Aprende, puta subnormal! – dijo mi padre al darse cuenta de mi sabia maniobra – Mi nena te da mil vueltas con la mitad de edad.
Una vez que tragamos la lefa de papá, le indiqué a Mar que siguiera chupando para limpiarle bien la polla. Entre las dos lamimos y relamimos el rabo de mi padre, hasta que poco a poco fue perdiendo vigor.
– ¡Quitad de en medio, zorras! – exclamó papá apartándonos de un manotazo, poniéndose en pie y subiéndose los pantalones. Cogió el sobre de dinero de Mar y se lo guardó – Me voy. Pili, si viene Paco … ya sabes. Y dale algunos consejos a esta retrasada para que no la muela a palos cuando descubra su torpeza.
A continuación, salió de casa. Mar y yo nos quedamos unos minutos en silencio. Yo disfrutaba de la situación. Si chuparle la polla a mi padre cada día ya era algo excitante, hacerlo ahora con mi tutora de Lengua y Literatura, lo era mucho más. Las tornas se habían cambiado, ahora la maestra era yo. Y ella, a sus 27 años y con un título universitario, no era más que una simple y vulgar alumna a quien enseñarle a ser una auténtica esclava sexual.
– Pili, me da un poco de vergüenza reconocer que me gusta … – dijo tímidamente.
– ¿Comer pollas y tragar lefa? – pregunté, apoyada sobre el sofá.
– Sí … claro … eso también … – reconoció – … pero me refiero a la forma de hacerlo.
– Creo que mi padre tiene razón, tienes mucho que aprender – dije encendiéndome un cigarrillo y dándole otro – ¡Fuma! – ordené.
– Me pareces una Diosa, Pili – dijo con voz temblorosa – Hace apenas 24 horas me parecías una niña tonta más, que no sabía nada de la vida y me creía mejor. Pero ahora me doy cuenta de mi error …
– No te lamentes, Mar – dije dando una calada a mi cigarrillo y encendiéndole el suyo con el mío. Ella le dio una primer calada – Hace una semana no sabía nada del Club. Pensaba que era la mejor puta del mundo, pero conocí a Sonia y las otras chicas, algunas más jóvenes que yo, y me di cuenta de que no soy nadie comparado con ellas.
– Pero, ¿qué dices? – exclamó sorprendida – Si eres … eres … ¡perfecta!
– ¡De eso nada, Mar! – dije quitándole importancia a sus palabras, aunque me halagasen – Mira … la chica con la que me viste ayer …
– Sí, esa tal Ruth – se adelantó.
– ¡Sí! – asentí – ¿Sabes qué hizo este Domingo?
– ¿El qué? – preguntó dando otra calada a su cigarrillo.
– Follar con un caballo.
– ¡Dios! – exclamó sorprendida.
– Sí, Mar … esa chica de 14 años, repetidora de segundo de la ESO, folla con caballos, folla con perros, se bebe los meados de los perros, esnifa lefa, …
– ¡Dios Santo!
– Sí, Mar … ella y todas las del Club – expliqué – Hay una chica que tiene 12 años. Se llama Elena. La semana pasada se la follaron dos perros. ¿Sabes por qué somos así?
– ¿Por qué?
– Porque tenemos coño. Somos carne con agujeros. Somos viciosas por nacimiento. Estamos entregadas al placer, al vicio y la depravación. No tenemos límites – la expliqué mirándola fijamente a los ojos – No tenemos derechos y sólo tenemos una obligación: complacer.
– Yo quiero ser así, Pili … pero no sé si seré capaz de todo eso – me dijo con voz triste.
– Serás capaz de cualquier cosa. Disfrutarás siendo golpeada y escupida porque si eso le da placer a un hombre, entonces tú estarás gozando. Tu dolor, tus sentimientos, tus preocupaciones, … no importan. Solo importa dar placer. Esa debe ser tu único objetivo.
– Joder, Pili … eso que dices es muy bonito, pero yo no he sido adiestrada dese niña para pensar y sentir así – dijo nuevamente con tono apesadumbrado – No sé si seré capaz.
– Mira, Mar … debes dejar de preocuparte por la vergüenza o por el miedo – le expliqué – Si obedeces, estarás bien y será feliz. Es así de simple. No pienses mucho. Actúa. Por ejemplo, ¿qué harás si viene Paco?
– No sé …
– ¡Ofrécete! – exclamé – Así de simple. Tú eres suya. Tu cuerpo y tu alma les pertenece a ellos. Asúmelo. No eres nada. Si acaso una cosa propiedad del Club. ¡Ofrécete! Con sumisión y alegría. Si Paco te usa, siéntete afortunada y dichosa de que quiera hacerlo. Hay muchos coños en el mundo, pero solo unos pocos tenemos este privilegio – expliqué – Si te da su tiempo, su atención … te da mucho más que a ninguna otra. Imagina si te folla o si te da su pis o su lefa … ¡debes estar agradecida!
– Para ti es fácil, pero aunque ponga todo mi empeño … no sé …
– Ahora me doy cuenta de que mi adiestramiento empezó mucho antes de que me viniera mi primera regla, ¿sabes? – dije en tono reflexivo.
– ¿Que quieres decir?
– Que mi padre empezó a follarme cuando me vino la regla, pero ya me trataba como un trozo de carne a su servicio desde mucho antes – expliqué – Llevo años normalizando lo que soy, que solo sirvo para complacer y que debo obedecer al hombre. Así he visto a mi madre siempre, sumisa y obediente. Y así es como siempre he sido tratada. El sexo solo es una extensión de mi naturaleza como mujer.
– A mí no me enseñaron así … y no sé si ahora a mi edad seré capaz de asimilarlo con tanta naturalidad como tú – dijo con pena – Ojalá pudiera, lo intentaré con todas mis fuerzas porque veo en ti la felicidad plena. Y te envidio por ello.
Nuestra profunda conversación se vio interrumpida por una llamada a mi móvil. Era Sonia.
– ¿Qué tal, perra? – me saludó.
– ¡Hola, Sonia!
– Ya me han dicho lo de tu profe …
– ¡Joder! Las noticias vuelan – dije contrariada – Se suponía que era un secreto …
– Ya te dije una vez que aunque mi padre me trate como la perra que soy, me cuenta todo – me explicó – Y un notición como este no ha podido callárselo.
– Ya veo … – dije con prudencia, para que Mar no escuchase la conversación.
– Así que estás en tu casa a solas con esa perra, ¿no?
– Sí.
– Mi padre me ha contado que os ha llevado dinero y que nos cede la mitad de su sueldo para poder ser adiestrada y entrar como otra puta más del Club. ¿Es eso cierto?
– Sí.
– Voy para allá – dijo.
– ¿Cómo?
– Mi padre me ha pedido que compruebe personalmente si la puta esa merece la pena tanto riesgo – me explicó – Llamo a un Uber y voy para allá – dijo antes de colgar.
Me quedé pensativa con el móvil en la mano. Seguramente Sonia querría destrozar a Mar, hacerle todas las perrerías y putadas del mundo para ponerla a prueba. Si su padre era un sádico, ella lo era aún más.
Continuará …
Twitter (X): CarolinaPuta @CarolinaP21112
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