Ruth aprueba
Xd?.
La lluvia había regresado, más intensa que antes, golpeando el vidrio con una cadencia hipnótica. El cuarto estaba envuelto en una penumbra cálida, iluminado apenas por una lámpara que parecía resistirse a brillar con fuerza. Todo se sentía contenido, íntimo… como si el mundo hubiera quedado suspendido afuera.
Él seguía ahí, de pie, observándola. Pero ahora ya no había distancia emocional entre ellos, solo un espacio físico que poco a poco dejaba de tener sentido. Ella lo miraba de vuelta, sin desviar la vista, con una mezcla de curiosidad y algo más profundo, algo que no necesitaba nombre.
—Sigues mirándome así… —dijo ella en voz baja, casi como un susurro.
—¿Así cómo? —respondió él, avanzando un paso más.
Ella no contestó de inmediato. Sonrió apenas, ladeando la cabeza, como si estuviera evaluando si valía la pena decirlo o simplemente dejar que él lo entendiera por sí solo. Al final, decidió no explicarlo.
—Como si ya supieras algo que yo todavía no —murmuró.
Él soltó una pequeña risa, pero no apartó la mirada. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para notar cada detalle: la forma en que su respiración subía y bajaba ligeramente más rápido, la manera en que sus dedos jugaban nerviosamente con la tela, el brillo en sus ojos que no estaba ahí hace unos minutos.
Se sentó junto a ella otra vez, pero esta vez sin dejar ese pequeño espacio entre ambos. Sus piernas se rozaron, y ese simple contacto pareció amplificarse en el silencio del cuarto. Ninguno se movió de inmediato.
Fue ella quien respiró más hondo.
—Esto se siente… raro —admitió, sin apartarse.
—¿Raro bien o raro mal? —preguntó él, girándose un poco hacia ella.
Ella lo miró directo, ahora sin rastro de duda.
—Raro bien.
El ambiente cambió con esas palabras. Ya no era solo tensión; era una especie de acuerdo silencioso. Él levantó la mano con cuidado, como si temiera romper algo delicado, y volvió a rozar su rostro. Esta vez no hubo duda en el gesto. Sus dedos recorrieron suavemente su mejilla, bajando hasta su mandíbula.
Ella cerró los ojos, inclinándose apenas hacia su mano, como si ese contacto fuera algo que había estado esperando sin darse cuenta. Su respiración se volvió más lenta, más profunda, como si estuviera dejándose llevar poco a poco.
—No te detengas —susurró.
Él no lo hizo.
Su mano se deslizó hacia su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel. La cercanía entre ellos ya no era algo que pudiera ignorarse. Cuando ella abrió los ojos de nuevo, estaban a centímetros. Tan cerca que podían sentir la respiración del otro.
No hubo prisa. Ninguno parecía querer arruinar ese instante adelantándose demasiado. Sus frentes se tocaron suavemente, y por un momento se quedaron así, compartiendo el mismo aire, el mismo silencio.
—Si esto cambia todo… —empezó ella.
—Tal vez ya lo cambió —interrumpió él, con una voz más suave de lo habitual.
Ella no respondió con palabras. En cambio, acortó la distancia final.
El beso fue lento, casi exploratorio al principio, como si ambos estuvieran aprendiendo el ritmo del otro. No había urgencia, pero sí intención. Sus labios se movían con cuidado, con una delicadeza que contrastaba con la intensidad que iba creciendo poco a poco.
Él llevó su otra mano a su cintura, acercándola más, sintiendo cómo ella respondía sin resistencia. Ella apoyó una mano sobre su pecho, notando el latido firme bajo la tela, como si marcara el compás de ese momento.
El beso se profundizó, sin perder esa suavidad inicial. Era cálido, envolvente… y cada segundo parecía alargarlo más. La lluvia afuera se volvió un murmullo lejano, irrelevante.
Cuando finalmente se separaron, no lo hicieron del todo. Sus rostros permanecieron cerca, sus respiraciones entrelazadas.
—Esto definitivamente no es raro —dijo ella, con una leve sonrisa.
—No —respondió él—. Esto es exactamente lo que debía pasar.
Ella bajó la mirada un instante, pero no por timidez, sino como si estuviera asimilando todo lo que acababa de ocurrir. Luego volvió a mirarlo, esta vez con una seguridad distinta.
—Entonces no te alejes.
Él negó suavemente, acercándose otra vez, pero ahora sin duda alguna. Sus manos encontraron su lugar con naturalidad, y ella se acomodó contra él como si siempre hubiera sido así.
Afuera, la lluvia seguía cayendo. Pero dentro del cuarto, el tiempo ya no importaba. Solo ese momento, esa cercanía… y todo lo que apenas comenzaba a descubrirse entre ellos.


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