SANDRA ERA LA NUEVA PROFESORA DE FÍSICA II.
LA NOVATA PROFESORA CAE EN MANOS DE LOS ESTUDIANTES VETERANOS.
Apenas tenía 28 años, pero parecía más joven con esa cara de niña buena y esos ojos grandes llenos de ilusión. Llegó al aula el primer día con una sonrisa ingenua, casi boba, cargando sus libros y sin imaginar lo que le esperaba.
Se había puesto una blusa de suéter turtleneck color rosa claro, muy ajustada. El tejido era fino, ligeramente elástico, y se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Sus pechos generosos, firmes y redondos, quedaban perfectamente marcados. Lo que ella no sabía era que, bajo la luz del salón, el suéter se volvía un poco transparente, dejando ver claramente la silueta de su brasier push-up color nude, las copas que apenas contenían su busto y hasta el leve relieve de sus pezones.
Cuando entró al aula, se hizo un silencio absoluto.
Los estudiantes, todos chicos de último año, la recorrieron con la mirada sin disimulo. Sus ojos se clavaron directamente en sus tetas. Sandra, ajena a todo, se paró frente al pizarrón y comenzó a presentarse con voz dulce y algo nerviosa:
—Hola… soy la profesora Sandra. Es mi primer día aquí, así que espero que tengamos mucha paciencia conmigo…
Un murmullo recorrió el salón. Uno de los chicos de la primera fila, el de cabello rizado, se mordió el labio y susurró lo suficientemente alto para que ella lo escuchara:
—Joder… mira cómo le quedan esas tetas con esa blusa…
Sandra se sonrojó, pero pensó que había escuchado mal. Siguió escribiendo en el pizarrón, dándoles la espalda. El suéter se tensaba aún más, marcando la curva perfecta de su cintura y la forma redonda de su culo bajo la falda.
Los comentarios empezaron a llegar, cada vez más descarados:
—Mira, se le nota el brasier completo…
—Está buenísima la nueva profe, parece que vino pidiendo que la miren…
—Profe, ¿esa blusa es nueva? Se le ve todo…
Sandra se giró, confundida, con las mejillas rojas. Su ingenuidad la hacía aún más deseable. No entendía del todo lo que pasaba, solo sentía que todas las miradas estaban clavadas en su pecho. Sus pezones, traicionados por el frío del salón y la tela fina, se marcaron aún más contra el suéter.
Uno de los estudiantes más atrevidos levantó la mano:
—Profe… ¿puede explicarnos esa fórmula más cerca del pizarrón? Es que desde aquí… se ve mejor.
Los demás rieron con morbo. Sandra, nerviosa pero queriendo caer bien, se acercó a las primeras filas. Al inclinarse ligeramente para señalar algo en su cuaderno, sus pechos pesados se movieron dentro del brasier, y la tela del suéter se tensó peligrosamente.
Los chicos ya no disimulaban. La miraban con hambre, con deseo crudo. Algunos se acomodaban en sus asientos, claramente excitados. Sandra sintió un calor extraño subirle por el cuerpo. No sabía si era vergüenza… o algo más.
—¿E-está todo bien? —preguntó con voz temblorosa, mordiéndose el labio inferior sin darse cuenta.
—No, profe… —respondió uno con una sonrisa lujuriosa—. Con esa blusa que trae, nada está bien… y todo está muy rico.
El aula se llenó de risas bajas y miradas cargadas de intención. Sandra, la profesora nueva e ingenua, acababa de convertirse en el centro de todas sus fantasías más morbosas.
Sandra tragó saliva, sintiendo cómo su corazón latía cada vez más fuerte. El aula estaba llena: 28 estudiantes varones, todos entre 18 y 19 años, la observaban como lobos a una presa. Ya no había disimulo. Sus miradas estaban clavadas en sus pechos, en cómo el suéter fino marcaba cada curva, en cómo el brasier push-up se transparentaba ligeramente bajo la tela.
—Profe… ¿no tiene calor con ese suéter tan apretado? —preguntó uno desde el fondo, con voz burlona.
Otro, sentado en primera fila, se inclinó hacia adelante sin vergüenza:
—Es que se le ven unas tetas increíbles, profesora. ¿Son naturales? Porque se ven bien firmes…
Sandra se puso roja como un tomate. Instintivamente cruzó los brazos sobre su pecho, pero eso solo hizo que sus senos se presionaran más, creando un escote aún más pronunciado.
—Chicos… por favor… esto no es apropiado —dijo con voz temblorosa, intentando sonar autoritaria, pero sonando más bien como una chica inocente y abrumada.
Las risas bajas llenaron el salón. Uno de los más altos y musculosos se levantó de su asiento y se acercó lentamente al escritorio, mirándola de arriba abajo.
—Profe Sandra… no se cubra. Todos aquí estamos fascinados con sus tetas. Lleva diez minutos dando clase y nadie ha mirado el pizarrón… solo sus pechos.
Los demás asintieron y empezaron a hablar casi al mismo tiempo:
—Se le marcan los pezones, profe…
—Esa blusa es una provocación…
—Son bien grandes… ¿qué talla usa?
—Se ven pesadas… me imagino cómo se sentirán…
Sandra retrocedió hasta que su espalda tocó el pizarrón. Sentía 28 pares de ojos devorándola, especialmente su busto. El deseo era casi palpable en el aire. Algunos estudiantes ya no se molestaban en esconder cómo se acomodaban la entrepierna, claramente excitados.
El chico del cabello rizado que había hablado primero se levantó también y se acercó por el otro lado, acorralándola suavemente contra el pizarrón.
—Tranquila, profe… solo estamos siendo honestos. Desde que entró, todos pensamos lo mismo: “Qué par de tetas más ricas tiene la nueva profesora”. Y con esa blusa… es imposible no mirar. Se le transparenta el brasier completo, ¿sabía?
Sandra sintió un calor intenso subirle por el cuello y las mejillas. Sus pezones, traicionados por la situación y el roce de la tela, se endurecieron visiblemente bajo el suéter. Eso no pasó desapercibido.
—Mírenla… ya se le pararon —dijo otro entre risas.
Ella apretó los muslos, avergonzada, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a toda esa atención cruda y colectiva. Nunca se había sentido tan expuesta, tan deseada… y tan intimidada. Eran demasiados. Todos la querían. Todos fantaseaban con sus pechos.
—P-por favor… siéntense —suplicó con voz suave, casi un gemido nervioso—. Esto no está bien…
Pero los chicos no se movieron. Uno de ellos, desde su asiento, habló alto y claro:
—Profe, si quiere que prestemos atención en clase… va a tener que acostumbrarse a que le miremos las tetas. Porque con esa blusa, vamos a pasar todo el semestre así… imaginando cómo se sentirán en nuestras manos.
Sandra respiró agitada, con los labios entreabiertos, sintiendo el peso de los 28 deseos concentrados en su busto generoso. Su ingenuidad se estaba quebrando poco a poco bajo la presión de tanto morbo descarado.
El ambiente en el aula se había vuelto denso, cargado de tensión sexual. Los 28 estudiantes ya no fingían interés en la clase. Todos tenían la mirada fija en el pecho de Sandra, en cómo sus tetas generosas se movían con cada respiración agitada bajo el suéter fino.
Uno de los más atrevidos, el del cabello rizado, sonrió con descaro y dijo en voz alta:
—Profe… si quiere que realmente prestemos atención, ¿por qué no se quita esa blusa? Así podemos ver mejor lo que nos tiene distraídos todo el tiempo.
Varios rieron y secundaron la idea inmediatamente:
—¡Sí, profe! Quítese el suéter.
—Solo un rato, para que sea justo.
—Se le transparenta todo igual, no pasa nada…
Sandra abrió los ojos como platos, horrorizada. Retrocedió contra el pizarrón, cruzando los brazos con fuerza sobre su busto.
—¡No! ¡De ninguna manera! —respondió con voz firme, aunque temblorosa—. Esto es completamente inapropiado. Soy su profesora y esto no va a pasar. ¡Siéntense ahora mismo y guarden silencio!
Su negativa rotunda solo avivó más el morbo. Los chicos se miraron entre sí con sonrisas burlonas. Entonces uno de ellos, sentado en la segunda fila, se puso de pie y habló con tono provocador:
—Ah, ¿sí? ¿Usted no se quiere quitar la blusa? Está bien… entonces nosotros nos vamos a quitar los pantalones para que vea el efecto que nos causa, profe. Así quedamos en igualdad, ¿no?
Antes de que Sandra pudiera reaccionar, varios estudiantes se levantaron casi al mismo tiempo. Con movimientos descarados y risas bajas, empezaron a desabrocharse los pantalones y bajárselos frente a ella.
En cuestión de segundos, más de una docena de chicos quedaron en calzoncillos, algunos bóxers ajustados y otros más sueltos. Se podía ver claramente el estado de excitación en casi todos: bultos prominentes, telas tensas y algunas erecciones muy evidentes marcándose sin disimulo.
—Mire, profe Sandra… —dijo uno de ellos, señalando su entrepierna—. Esto es por culpa de sus tetas y esa blusa transparente. ¿Ve cómo estamos de firmes?
Otro giró un poco para que ella viera mejor:
—Todos tenemos la verga dura por usted. ¿Esto sí le parece que estamos prestando atención?
Sandra estaba completamente roja, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta. No podía evitar que su mirada bajara un segundo hacia las entrepiernas de los estudiantes. Ver a tantos chicos jóvenes, excitados y en calzoncillos, solo por mirarla a ella, le provocó una mezcla abrumadora de vergüenza, miedo y un calor incómodo entre las piernas.
—Esto… esto es una locura… —balbuceó, apretando más los brazos contra su pecho—. ¡Vuelvan a ponerse los pantalones ahora mismo! ¡No voy a quitarme nada!
Pero los estudiantes no obedecieron. Se quedaron allí, burlones, algunos incluso acariciándose discretamente por encima de la tela mientras la miraban con hambre.
—Mientras usted no se quite la blusa, nosotros nos quedamos así, profe… —dijo uno con una sonrisa arrogante—. Total, ya vio el efecto que causa en los 28. ¿O prefiere que nos acerquemos más para que lo vea mejor?
Sandra respiraba agitada, sintiéndose completamente acorralada contra el pizarrón, con sus pechos aún más marcados por la presión de sus propios brazos y 28 miradas lujuriosas devorándola sin piedad.
El pánico comenzó a apoderarse de Sandra cuando vio cómo más de quince estudiantes, todavía en calzoncillos, empezaron a levantarse de sus asientos y a acercarse lentamente hacia ella. Sus miradas eran depredadoras, llenas de deseo y diversión cruel.
—Profe… no se vaya tan lejos —dijo uno con una sonrisa burlona.
Sandra retrocedió rápidamente, pegada contra el pizarrón, pero ellos seguían avanzando, rodeándola poco a poco. Intentó moverse hacia la puerta, pero otro grupo de chicos se interpuso, cerrándole el paso con sonrisas arrogantes. No corrían… la estaban cazando como una jauría de lobos, cerrando el círculo lentamente, disfrutando de su miedo.
—¡No! ¡Aléjense! ¡Esto ya es demasiado! —gritó ella, con la voz quebrada por el terror. Su corazón latía desbocado. Sabía que la estaban acorralando. Eran 28 contra 1, y ya no había escapatoria fácil.
De repente, el primer chico del cabello rizado se acercó por detrás y, con rapidez, le pellizcó una nalga con fuerza por encima de la falda. Sandra dio un respingo y soltó un grito ahogado.
—¡Ah! ¡No me toquen!
Apenas se giró para empujarlo, otro estudiante por el lado derecho estiró la mano y le apretó uno de sus pechos pesados, sintiendo su suavidad y peso a través del suéter fino. El contacto fue rápido, pero firme. Sandra se estremeció violentamente.
Antes de que pudiera reaccionar, otro chico le pellizcó la otra nalga con fuerza, riendo. Luego otro le rozó las tetas por el frente, pasando la mano rápidamente sobre el pezón endurecido. Los toques se volvieron por turnos, cada vez más rápidos y descarados.
Pellizco en la nalga izquierda.
Manos apretando sus tetas desde el costado.
Otro pellizco fuerte en el culo.
Dedos que rozaban y apretaban sus pechos generosos, sintiendo cómo rebotaban.
—¡Por favor… basta! ¡Deténganse! —suplicaba Sandra, casi llorando, girando desesperada de un lado a otro. Cada vez que intentaba cubrirse, manos de diferentes chicos la tocaban por turnos, sin darle tregua. Su cuerpo se sacudía con cada contacto repentino. Estaba aterrorizada, respirando entrecortadamente, con los ojos muy abiertos por el miedo.
—Tranquila, profe… solo estamos jugando —decía uno mientras le apretaba una teta con descaro.
—Mira cómo se le mueven… están bien jugosas —comentaba otro pellizcándole la nalga con fuerza.
Sandra estaba completamente rodeada. La jauría la había encerrado contra el pizarrón. Sentía docenas de ojos y manos ansiosas por tocarla. Sus pechos y su culo eran el centro de atención, y los estudiantes no paraban de manosearla por turnos, cada vez más atrevidos, disfrutando de su miedo y de cómo su cuerpo reaccionaba a pesar del terror.
Estaba temblando, asustada hasta el límite, mientras las risas y los comentarios morbosos llenaban el aula.
Los muchachos estaban eufóricos, con sonrisas descaradas y llenas de lujuria mientras rodeaban a Sandra. Ella intentaba cubrirse los pechos con ambos brazos, presionándolos contra su cuerpo, pero cada vez que la correteaban de un lado a otro del aula, sus tetas generosas brincaban con fuerza dentro del suéter fino. El brasier push-up apenas podía contenerlas, y en uno de los giros bruscos, uno de sus senos casi se salió por completo, dejando ver parte de la areola por el escote del suéter.
—¡Mírenla! ¡Casi se le sale una teta! —gritó uno entre carcajadas.
—¡Jajaja! Brincan como gelatina, profe. Esa blusa y ese brasier no dan abasto —se burlaban otros.
Sus risas eran crueles y cargadas de morbo. Sandra estaba al borde de las lágrimas, jadeando de miedo, con el rostro completamente rojo y el cabello rubio revuelto.
De pronto, como si hubieran llegado a un acuerdo silencioso, los 28 estudiantes se bajaron los calzoncillos al mismo tiempo. Sus vergas jóvenes, duras y erectas quedaron completamente expuestas, apuntando hacia ella. Muchas estaban hinchadas, rojas y palpitantes, algunas ya con gotas de líquido preseminal en la punta. El ambiente se llenó de un olor fuerte a excitación masculina.
Sandra abrió los ojos con puro terror al ver el mar de penes erectos rodeándola.
Uno de los líderes, el del cabello rizado, se acercó más, acariciándose lentamente la verga mientras hablaba:
—Bien, profesora Sandra… ya vio lo que provocó con esa blusa transparente y esas tetas ricas. Ahora todos estamos listos para descargarnos encima de usted. Le vamos a dar una sola oportunidad de elegir:
Señaló con la mano a sus compañeros y continuó con una sonrisa sádica:
—¿Quiere que lo hagamos organizados, de uno en uno? O… ¿prefiere la estampida? El primero que la agarre se la folla primero, y los demás caen encima como animales. Usted decide, profe.
Todos los chicos la miraban con hambre salvaje, algunos masturbándose lentamente mientras esperaban su respuesta. Sus tetas seguían subiendo y bajando agitadamente con cada respiración entrecortada.
Sandra, temblando de pies a cabeza, con lágrimas en los ojos y la voz rota por el miedo, solo pudo suplicar:
—P-por favor… no lo hagan…
—Les ruego que me dejen en paz…
—Yo no quería esto… por favor… no me hagan nada… déjenme ir…
No eligió ninguna de las dos opciones. Solo repetía una y otra vez entre sollozos:
—No… por favor… no… déjenme… no me toquen más…
Los estudiantes se miraron entre sí con sonrisas cada vez más amplias. Su negativa y su miedo solo parecían excitarlos más.
La paciencia de los 28 estudiantes se agotó por completo.
—¡A la mierda! ¡Ella no eligió, así que nos toca a nosotros! —gritó uno.
Como una jauría desatada, cayeron en estampida sobre Sandra. El aula se convirtió en un caos de cuerpos jóvenes, duros y excitados. Ella apenas tuvo tiempo de gritar antes de que docenas de manos ansiosas la rodearan.
—¡Nooo! ¡Por favor! ¡Auxilio! —chilló aterrorizada mientras la levantaban entre varios y la tiraban sobre el escritorio del profesor.
Con deseo salvaje y sin ninguna delicadeza, comenzaron a despojarla de su ropa. Le arrancaron el suéter turtleneck por la cabeza, rasgándolo en el proceso. Sus tetas grandes y pesadas saltaron libres, aún dentro del brasier push-up. Luego le bajaron la falda de un tirón, dejándola solo en bragas y brasier. Las manos no paraban de manosearla: le apretaban las tetas, le pellizcaban las nalgas y le metían dedos entre las piernas.
En medio del forcejeo, alguien logró desabrocharle el brasier. Cuando se lo quitaron, el brasier color nude salió volando y cayó directamente en la cara de Richard, uno de los chicos de primera fila. Él lo agarró con una sonrisa triunfal, olió las copas aún calientes y lo guardó rápidamente dentro de su maleta.
—¡Esto me lo llevo de trofeo! —exclamó riendo.
Sandra quedó completamente desnuda sobre el escritorio, intentando cubrirse con los brazos, pero era inútil. Los muchachos rifaron rápidamente sus prendas: el suéter rosa se lo quedó el del cabello rizado, la falda otro, y las bragas fueron cortadas en pedazos como souvenir.
Sin esperar más, declararon victoria penetrándola simultáneamente.
Dos chicos la sujetaron por las piernas, abriéndoselas de par en par. El primero, el líder del grupo, se colocó entre sus muslos y la penetró de una sola estocada profunda, gruñendo de placer al sentir lo apretada que estaba.
—¡Por fin! ¡Me la estoy cogiendo! —gritó mientras empezaba a embestirla con fuerza.
Sandra sollozaba y gemía de dolor y miedo, pero su cuerpo traicionero se mojaba por la fricción. Apenas habían pasado dos minutos cuando el primero se corrió dentro de ella con un gemido fuerte. Apenas se retiró, otro tomó su lugar inmediatamente.
Los turnos eran rápidos pero intensos. Casi ninguno duraba más de tres minutos. Cada uno entraba con ansia, la follaba con golpes fuertes y profundos mientras le apretaba las tetas y le pellizcaba los pezones. Algunos le metían la verga en la boca al mismo tiempo, follándola por ambos extremos.
—Uno… dos… tres… ¡siguiente! —contaban burlonamente mientras la usaban como un objeto.
Sandra estaba completamente abrumada: lágrimas corrían por sus mejillas, su cabello rubio estaba desparramado sobre el escritorio, y su cuerpo se sacudía violentamente con cada nueva penetración. Sus tetas rebotaban con fuerza mientras la follaban uno tras otro, sin piedad.
Algunos se corrían dentro, otros le eyaculaban sobre las tetas, la cara o el abdomen, marcándola como su puta personal.
La estampida continuaba, y aún quedaban muchos esperando su turno…
La estampida no tuvo piedad. Durante más de una hora, los 28 estudiantes usaron a Sandra sin descanso, follándola en varias poses como si fuera su juguete personal.
Primero la mantuvieron sobre el escritorio, con las piernas abiertas en V mientras la penetraban uno tras otro. Luego la pusieron de cuatro patas sobre el suelo, follándola por detrás como a una perra mientras otros le metían la verga en la boca. Sus tetas grandes colgaban y se balanceaban con cada embestida fuerte.
Más tarde la levantaron entre varios y la follaron de pie, sujetándola en el aire como un muñeco sexual: uno la penetraba por el coño mientras otro le entraba por el culo al mismo tiempo. Sandra solo podía gemir y llorar, completamente llena y abrumada.
La pusieron contra el pizarrón, de espaldas a ellos, aplastando sus tetas contra la superficie fría mientras la cogían por detrás. Después la tiraron boca arriba sobre varias mesas juntas, con la cabeza colgando hacia un lado para que le follaran la garganta mientras otros le abrían las piernas.
Cada uno tomó su turno, algunos repitiendo dos veces. La llenaron de semen por dentro y por fuera: en su coño, en su culo, sobre sus tetas, en su cara y en su cabello rubio. El escritorio y el piso quedaron empapados de fluidos.
Cuando finalmente sonó la campana del final de la jornada, los estudiantes se vistieron rápidamente entre risas y comentarios burlones.
—Buena clase, profe Sandra. Mañana repetimos, ¿eh?
—Gracias por la bienvenida tan rica.
Richard guardó el brasier como trofeo en su maleta, y varios se llevaron pedazos de su ropa como recuerdo. Salieron en masa hacia los buses, todavía comentando lo apretada y caliente que estaba la nueva profesora.
El aula quedó en silencio.
Sandra yacía tirada en el suelo, completamente desnuda, exhausta y destruida. Su cuerpo estaba cubierto de semen seco y fresco, sus tetas enrojecidas por tanto manoseo, el cabello revuelto y pegajoso, y sus piernas abiertas temblando sin fuerzas. Del coño y el ano le chorreaba semen abundantemente.
Se quedó allí, tirada entre los pupitres, respirando débilmente, con la mirada perdida en el techo. Lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas mientras procesaba lo que acababa de pasar en su primer día como profesora.
La ingenua y boba profesora Sandra había sido completamente usada y abandonada por sus 28 estudiantes.


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