Su depósito de leche
Esa espera era lo que más me calentaba. Con los ojos tapados, cualquier ruido me ponía en alerta total. El ascensor que subía, los pasos en el pasillo, una puerta que se cerraba… el corazón me latía a mil..
Esto se dio durante casi un año, cuando alquilaba sola en ese depto. Él era un hombre casado de cuarenta y pico, un oso con todas las letras: grandote, peludo, con esa panza que me volvía loco y unas manos fuertes. La pija no era grande, era más bien chica, pero la compensaba de sobra con su actitud dominante y la mente bien abierta para fantasear cualquier mierda.
Trabajaba de guardia de seguridad, así que pasaba por mi depto antes o después de los turnos noche, escapándose un rato de la mujer. Entre todas las cosas que hicimos, hay una que todavía me pone la pija dura como fierro cada vez que me acuerdo.
Era una fantasía que armamos por chat mientras él laburaba, y que después repetimos varias veces. Antes de salir para mi departamento me avisaba: “Preparate que voy en 20”.
Yo ya sabía cómo quería encontrarme. Me ponía lencería de encaje negro, bien puta, la tanguita que apenas aguantaba mi pija ya medio parada. Labios pintados de rojo intenso y los ojos vendados con una tela negra. Dejaba la puerta sin llave y me arrodillaba en el living, frente a la entrada, con las manos en las rodillas y la boca abierta, lista para ser el depósito de leche de mi macho.
Esa espera era lo que más me calentaba. Con los ojos tapados, cualquier ruido me ponía en alerta total. El ascensor que subía, los pasos en el pasillo, una puerta que se cerraba… el corazón me latía a mil. Mi pija durísima se escapaba por el costado de la tanguita, palpitando, goteando. A veces me pasaba los dedos apenas por la cabeza para torturarme más, imaginando lo que venía.
De repente escuchaba sus pasos pesados acercándose. La puerta que se abría despacio. El sonido del cinto al desabrocharse, el cierre bajando lento. No decía ni una palabra. Como el dueño que viene a usar a su puta, se acomodaba tranquilo delante mío. Sentía su presencia, el olor a hombre sudado del laburo, a colonia barata que se mezclaba con el calor de su cuerpo.
Su mano grande me agarraba fuerte de la nuca y me empujaba contra su pija. La tragaba toda sin problema, hasta sentir el pubis peludo apretado contra mi nariz. Me encantaba cómo me la metía hasta el fondo, cómo succionaba con fuerza mientras él empezaba a mover las caderas, cogiéndome la boca con ritmo posesivo, agarrándome del pelo. Usaba mi cara sin apuro, profundo, disfrutando del calor húmedo y de cómo mi garganta lo apretaba.
Yo gemía alrededor de su pija, babeando, con los ojos vendados y completamente entregado. Sentía cómo se hinchaba en mi lengua, cómo latía más fuerte, y de repente los chorros calientes y espesos me llenaban la boca. Tragaba todo lo que podía, pero a veces un poco se me escapaba por la comisura de los labios y me corría por el mentón.
Después, en silencio total, se acomodaba el pantalón, me daba una palmada firme en la cara o un último tirón de pelo y se iba cerrando la puerta. Yo me quedaba ahí arrodillado unos minutos más, respirando agitado, con el sabor de su wasca todavía fresco en la boca, la pija dura como piedra y los huevos doliendo de lo excitado que estaba. Recién cuando llegaba a su casa me escribía y seguíamos hablando sucio.
Mucho tiempo fui su depósito de leche, como él me decía.


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