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Dominación Mujeres, Orgias

UN LIVE CON INTRUSO GUERRILLERO

Una bella presentadora hace un live en su casa de campo y de repente llega un contingente guerrillero.
Relato Erótico – Capítulo 1

 

Melina ajustó la cámara del teléfono, inclinándose ligeramente hacia adelante para que la luz natural que entraba por la gran ventana resaltar aún más su escote. El vestido tie-dye de tirantes se adhería a sus curvas, marcando sus pechos firmes y el contorno de sus caderas. Su cabello rubio caía en ondas suaves sobre sus hombros mientras sonreía con esa mezcla de inocencia y picardía que volvía locos a sus seguidores.

—Hola mis amores… ¿cómo están hoy? —ronroneó con voz suave, moviéndose lentamente frente a la cámara—. Estoy aquí en la terraza de la casa, disfrutando de este paisaje verde que me encanta. Miren qué vista…

Giró un poco el teléfono para mostrar las colinas exuberantes que rodeaban su casa a las afueras de la ciudad. No imaginaba que, en ese mismo instante, otros ojos la observaban con mucha más hambre.

Desde el monte, el pelotón de los “Malandros” bajaba sigilosamente. Eran doce hombres duros, curtidos por meses de combates en la selva. Barbas crecidas, uniformes camuflados sucios, rifles AK-47 colgados al hombro. Llevaban semanas sin probar una mujer. Meses, en realidad. Nada de hembra. Solo sudor, sangre, balas y la mano como única compañía en las noches frías.

El comandante, un hombre alto de barba espesa y mirada feroz llamado Rata, fue el primero en verla a través de la ventana abierta.

—Puta madre… —murmuró, deteniéndose en seco.

Uno a uno, los hombres se fueron deteniendo. Sus ojos se clavaron en Melina como lobos ante una presa. La forma en que el vestido se hundía entre sus tetas, cómo se marcaban sus pezones contra la tela fina, la curva de su culo cuando se movía… Todo eso les pegó como un golpe.

—Hace tanto tiempo que no me como una hembra… —gruñó uno de ellos, apretando el rifle con fuerza.

—Miren esas tetas… —susurró otro, lamiéndose los labios—. Esa puta está pidiendo que la bajemos a la tierra y la follemos hasta que no pueda caminar.

Rata sonrió con malicia, sus ojos oscuros brillando de pura lujuria.

—Tranquilos… Por ahora solo miramos. Pero esa hembra ya nos abrió el apetito. Vamos a entrar. Primero comemos… y después nos la comemos a ella.

Melina seguía ajena a todo, coqueteando con la cámara, girando lentamente para mostrar su cuerpo.

De repente, los comentarios de su live empezaron a explotar:

“MELINA DETRÁS DE TI!!”

“HAY HOMBRES ARMADOS EN LA VENTANA!!

“¡GUERRILLA!! SAL DE AHÍ PUTA”

“Están rodeando la casa!! Corre!!”

Melina frunció el ceño, aún sonriendo, sin entender del todo.

—¿Qué dicen, amores? ¿Qué pasa?

Fue en ese momento que levantó la mirada… y los vio.

Doce hombres armados, sucios, excitados y con hambre animal en los ojos, observándola fijamente desde el otro lado de la ventana. Sus miradas recorrían su cuerpo sin vergüenza, deteniéndose en sus pechos, en sus piernas, en su boca…

Melina sintió que el corazón se le salía del pecho. Al ver a todos esos hombres armados mirándola con esa hambre salvaje a través de la ventana, el pánico la invadió. Sin pensarlo dos veces, soltó el teléfono (que quedó transmitiendo el live) y corrió descalza hacia el interior de la casa, dirigiéndose al garaje.

—¡No! ¡Dios mío, no! —gritó mientras corría.

Afuera, la voz ronca y autoritaria de Rata retumbó como un trueno:

—¡Vamos muchachos! ¡La yegua se asustó! ¡Atrápenla! ¡Cojan a esa hembra grandota! ¡Hoy nos la vamos a comer!

Como una manada de lobos, los hombres saltaron las ventanas y rompieron lo que hizo falta. Ya no eran doce… en pocos minutos eran casi dos docenas de guerrilleros “Malandros” invadiendo la casa. Algunos entraron por la terraza, otros por las ventanas laterales, rifles en mano, botas sucias dejando huellas en el piso.

Melina corría desesperada, su vestido tie-dye subiéndose por sus muslos gruesos mientras sus tetas grandes rebotaban con cada zancada. Podía escuchar las botas detrás de ella, las risas brutales y los gritos llenos de lujuria.

—¡Corre yegua! ¡Corre! —gritaba uno riendo.

—¡Te vamos a violar, mamita! ¡Te vamos a partir ese culo rico! —rugió otro.

Melina llegó al garaje y trató de cerrar la puerta, pero ya era tarde. Dos hombres la empujaron con facilidad y entraron. Ella corrió alrededor del carro, jadeando, el miedo y la adrenalina haciendo que su cuerpo temblara.

Los hombres no la agarraban de inmediato. Jugaban con ella. La correteaban como si fuera un animal en una cacería. Le daban pequeñas esperanzas de escapar, solo para cortarle el paso entre risas y silbidos.

—Venga yegua… déjese montar por las buenas —dijo uno, un tipo fornido con pañuelo rojo, lamiéndose los labios mientras la acorralaba contra la pared—. Hace meses que no metemos verga en una hembra. Miren esas tetas cómo le rebotan… ¡están pidiendo leche!

—¡Agárrenla! ¡Quiero ver cómo se menea cuando se la estemos metiendo todos! —gritaba otro.

Melina gritaba y lloraba de terror, intentando esquivar manos que la rozaban a propósito: un manotazo en el culo, un tirón del vestido que casi le baja uno de los tirantes, dedos que le rozaban los pechos al pasar.

Rata entró al garaje caminando tranquilo, con una sonrisa sádica. Se acomodó la entrepierna, donde ya se le marcaba una erección gruesa.

—Tranquila, mamita… entre más corras, más rico nos vamos a poner. Esta yegua grandota nos va a tener que atender a todos hoy.

Melina estaba acorralada contra la pared del fondo del garaje, respirando agitada, el vestido desacomodado, sudor brillando en su escote. Dos docenas de hombres la rodeaban, mirándola como carne fresca, tocándose por encima del pantalón mientras seguían gritándole obscenidades:

—¡Te vamos a violar hasta que pidas misericordia!

—¡Abre esas piernas, puta!

—¡Hoy te vamos a dejar embarazada entre todos!

Melina estaba pegada contra la fría pared del garaje, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que iba a explotarle en el pecho. Sus ojos grandes y llenos de lágrimas recorrían desesperadamente la escena: dos docenas de hombres armados, sucios, barbudos y con miradas de animales salvajes rodeándola completamente. Ya no había por dónde escapar.

“Dios mío… esto no puede estar pasando… Esto no es real…”

Sus manos temblaban mientras intentaba inútilmente cubrirse el escote con los brazos. Sentía cómo el vestido se le había subido por los muslos y uno de los tirantes se le había caído del hombro, dejando casi todo su pecho derecho expuesto.

“Me van a violar… Me van a violar todos… Son demasiados. Son demasiados…”

La voz de Rata y los gritos de los hombres retumbaban en su cabeza:

“¡Te vamos a violar, yegua!”

“¡Hoy te comemos entre todos!”

“¿Por qué yo? ¿Por qué justo hoy? Estaba grabando tranquila… solo quería hacer un live bonito… y ahora estos animales…”

Sentía náuseas de puro terror. Imaginaba lo que venía: manos ásperas rasgándole el vestido, bocas sucias chupándole las tetas, vergas duras y sucias abriéndose paso entre sus piernas, uno tras otro, sin parar. Veía sus bultos marcados en los pantalones, sus manos tocándose mientras la miraban como si ya fuera carne.

“Me van a romper… Me van a dejar destrozada. Van a ser tantos… Me van a follar la boca, el culo, todo… Voy a terminar llena de semen por todos lados. Me van a embarazar… o algo peor.”

A pesar del pánico, su mente no podía dejar de registrar los detalles: el olor a sudor, tierra y pólvora que emanaban de ellos, sus miradas hambrientas clavadas en sus pechos grandes y en sus caderas anchas. Sabía perfectamente lo que estaban pensando. Sabía que para ellos ella era solo una “yegua” para desahogarse después de meses sin mujer.

“Por favor… que alguien me ayude… que el live siga transmitiendo… que alguien llame a la policía… No quiero que me monten como animales. No quiero que me usen entre todos…”

Pero en el fondo, una parte aterrorizada de su cerebro ya entendía la cruda realidad:

Ya no había escapatoria.

Estaba completamente acorralada.

Y esos hombres no se iban a conformar con mirarla.Colaborar…? ¿Colaborar? ¿Qué mierda significa eso? ¿Que me deje follar por todos sin pelear? ¿Que abra las piernas como una puta obediente?”

Su mente era un torbellino de pánico y humillación.

“Si digo que sí… me van a usar igual. Me van a pasar uno detrás de otro como animales. Si digo que no… me van a golpear, me van a forzar más fuerte. Dios mío, no hay salida buena. Me están disfrutando el miedo. Este hijo de puta me está preguntando solo para verme sufrir…”

Sentía las lágrimas corriendo por sus mejillas. Sus piernas temblaban tanto que apenas la sostenían.

“Son demasiados… veinticuatro. Me van a destrozar por dentro. Me van a dejar tirada llena de semen, rota… ¿Y si colaboro? ¿Tal vez sea menos violento? ¿Tal vez termine más rápido? No… sé que no. Estos animales llevan meses sin coger. No van a parar rápido. Me van a follar horas…”

Pensamientos de los hombres (divididos):

Rata (el líder):

“Me vale mierda si colabora o no. Solo quiero ver esa cara de yegua asustada. Si se entrega, la follamos cómodos. Si pelea… mejor todavía. Me gusta más cuando resisten y hay que domarlas.”

Algunos hombres (los que querían pelea):

“Espero que diga que no… Quiero verla forcejear. Quiero agarrarla fuerte, rasgarle ese vestido de una vez, abrirle las piernas a la fuerza mientras grita. Nada mejor que domar a una yegua grande y arrogante como esta.”

Otros hombres (los que preferían que colaborara):

“Mejor que diga que sí… Así abre esa boca rica y nos la chupa por las buenas. Quiero sentir cómo me mama la verga voluntariamente antes de que la empecemos a reventar. Después de meses en el monte, quiero cogérmela rico y tranquilo, no solo a lo bruto.”

El grupo en general:

La mayoría tenía la verga dura como piedra solo de imaginar ambas posibilidades. Algunos ya se estaban tocando por encima del pantalón, impacientes. La tensión sexual en el garaje era asfixiante.

Rata dio un paso más cerca, casi rozándola, y repitió con voz baja y amenazante:

—¿Entonces, yegua? ¿Vas a colaborar… o vamos a tener que montarte por las malas?

Melina solo pudo sollozar, sin saber qué responder, mientras decenas de ojos hambrientos esperaban su decisión.

Melina levantó la mirada hacia Rata, con el rostro bañado en lágrimas, los labios temblando y la respiración entrecortada. Estaba completamente acorralada, con dos docenas de hombres mirándola como lobos. Tras unos segundos de silencio angustiante, logró balbucear con voz rota y débil:

—P-por favor… —sollozó—. No me hagan daño… Yo… yo colaboro… Haré lo que quieran, pero por favor no me lastimen…

Su voz se quebró al final y bajó la mirada, avergonzada y derrotada.

Lo que realmente pensaba Melina en ese momento:

“Colaborar… Dios mío, estoy diciendo que sí. Me estoy entregando como una puta. Pero ¿qué más puedo hacer? Si digo que no, me van a golpear y me van a violar igual, pero más fuerte y más tiempo. Quizás… si me porto bien, si les hago caso… no me lastimen tanto. Tal vez se conformen más rápido.”

“Me odio… me odio por decir esto. Pero tengo tanto miedo. Son demasiados. Me van a follar de todos modos. Mejor que no me rompan, mejor que no me peguen… Voy a tener que dejar que me usen. Voy a tener que abrir las piernas. Voy a tener que chupársela a todos estos animales sucios…”

Sentía una humillación profunda. Sus mejillas ardían de vergüenza al darse cuenta de que acababa de aceptar su destino delante de todos ellos.

Reacción de los hombres:

Un murmullo de satisfacción recorrió el garaje. Algunos sonrieron con malicia, otros se rieron abiertamente.

Rata soltó una carcajada baja y oscura, acercándose más hasta casi rozar su cuerpo.

—Así me gusta, yegua… —dijo mientras le pasaba un dedo sucio por el escote, bajándolo lentamente entre sus pechos—. Inteligente. Vas a colaborar. Eso significa que vas a ser una buena puta para todos nosotros hoy.

Uno de los hombres más agresivos protestó entre risas:

—Jefe, yo quería que se resistiera un poco… quería domarla.

Otro, más práctico, ya se estaba desabrochando el cinturón:

—Pues yo prefiero que colabore. Así nos mama la verga rica y sin dientes.

Rata levantó la mano para callarlos y miró a Melina directamente a los ojos, con una sonrisa sádica:

—Entonces, mamita… demuéstranos que de verdad vas a colaborar. Arrodíllate.

Melina cerró los ojos con fuerza, nuevas lágrimas cayendo por sus mejillas, mientras el peso de lo que acababa de aceptar caía sobre ella.Rata miró a Melina con una sonrisa satisfecha y cruel. Su dedo todavía descansaba entre sus pechos, bajando lentamente por el escote.

—Bien, yegua… ya que vas a colaborar, demuéstralo. Arrodíllate.

Melina cerró los ojos con fuerza, tragando saliva. Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas mientras lentamente se dejaba caer de rodillas sobre el piso frío y sucio del garaje. Su vestido se subió aún más por sus muslos gruesos.

Rata levantó la voz y dio la orden al resto:

—¡Todos en fila, hijueputas! ¡Orden! ¡La yegua nos va a dar un buen abre bocas para empezar! ¡Que nos quite un poco de presión!

Los hombres explotaron en un caos de ansias. Hubo empujones, codazos y maldiciones mientras todos intentaban ser los primeros.

—¡Yo primero, carajo!

—¡Quítate, hijueputa, llevo más tiempo sin coger!

—¡La verga me va a reventar!

Finalmente, entre risas brutales y forcejeos, lograron formar una fila irregular de casi dos docenas de hombres parados frente a Melina, casi todos ya con los pantalones bajados y sus vergas duras, gruesas y sucias apuntando hacia su cara.

Pensamientos de Melina mientras estaba arrodillada:

“Esto es una pesadilla… Estoy de rodillas frente a todos estos animales… Huelen horrible, a sudor, a monte, a macho sucio. Sus vergas están tan hinchadas… algunas son enormes. Dios mío, me van a ahogar.”

Sentía un asco profundo, pero también un terror mayor: quedar embarazada. Esa era su peor pesadilla. Por eso, aunque le repugnaba, prefirió esto a que la penetraran inmediatamente.

“Si les chupo… quizás se corran rápido en mi boca y no me llenen por adentro. Tengo que hacer que se acaben aquí… no puedo dejar que me follen el coño. No puedo quedar preñada de uno de estos malparidos…”

Con las manos temblando, Melina tomó la primera verga que tenía enfrente. Era gruesa, venosa y olía fuerte. Hizo una mueca de asco, pero abrió la boca.

—Así, puta… chúpala rico —gruñó el primero, agarrándola del cabello.

Melina empezó a chupar con los ojos cerrados, tratando de no vomitar. Movía su cabeza lentamente mientras escuchaba los comentarios obscenos a su alrededor:

—¡Mírenla cómo mama!

—¡Qué boca tan rica tiene la yegua!

—¡Trágatela toda, mamita!

Rata observaba cruzado de brazos, disfrutando el espectáculo.

—Buena chica… Sigue así. Tienes que atender a todos. Cuando terminemos con tu boca, veremos qué tan bien colaboras con el resto del cuerpo.

Melina seguía arrodillada, pasando de una verga a otra, con la cara cada vez más sucia de saliva y lágrimas, mientras los hombres gemían y la insultaban de placer.Melina seguía de rodillas sobre el piso frío y sucio del garaje, con el vestido tie-dye completamente desacomodado y uno de sus pechos casi al descubierto. Tenía la cara enrojecida, los ojos hinchados de llorar y la barbilla ya brillando por la saliva que le chorreaba.

Uno a uno, los hombres fueron pasando frente a ella, formando una fila desordenada pero controlada por la voz autoritaria de Rata.

—Tranquilos, hijueputas —gruñía el comandante cada vez que alguien intentaba agarrarla más fuerte del pelo o empujar demasiado profundo—. No quiero dañar a la yegua. Tiene que alcanzar para todos. Dejen que ella controle el ritmo… por ahora.

Melina, con profundo asco, mantenía la mirada baja la mayor parte del tiempo. No quería verles las caras. Eran grotescos: barbas sucias, dientes amarillos, ojos vidriosos de lujuria animal y sonrisas depravadas que le revolvían el estómago. Prefería concentrarse en las vergas que tenía delante, gruesas, venosas y oliendo a sudor y macho encerrado durante meses.

El primero se corrió rápido, casi a los dos minutos. Melina sintió cómo la verga palpitaba en su boca y, apenas notó el primer chorro caliente y espeso, sacó la cabeza hacia un lado y escupió con asco sobre el piso. Parte del semen le cayó en el escote.

—Puta, traga —le ordenó el tipo, agarrándola del pelo—. ¿A qué sabe, mamita? ¿Te gustó?

Melina no respondió, solo respiró agitada, con arcadas. El siguiente ya estaba listo, golpeándole la cara con su verga dura.

—Chúpala, yegua. Y esta vez quiero que lo pruebes —dijo riendo.

Ella obedeció, cerrando los ojos con fuerza. Lo chupaba con movimientos mecánicos, tratando de no saborear demasiado, pero era imposible. Eran salados, amargos, algunos más espesos. Cada vez que sentía que iban a correrse, intentaba sacar la boca, pero varios la sujetaban un segundo más para obligarla a recibirlo.

—¿Cuál sabe mejor hasta ahora, puta? —le preguntó uno con barba rala mientras le metía la verga hasta la garganta—. Dime… ¿la mía te gustó más?

Melina solo sollozaba alrededor de la verga, escupiendo de nuevo cuando terminó. Tenía la cara cada vez más manchada de semen y saliva. Algunos hilos blancos le colgaban de la barbilla y caían sobre sus tetas.

Rata observaba todo desde un lado, con los brazos cruzados y una sonrisa satisfecha.

—Así, mamita… bien despacito. Mira cómo colaboras. Buenísima puta estás siendo —decía para humillarla más—. Escupe si quieres, pero vas a tener que tragarte algunos, ¿oíste?

Los hombres se reían y seguían pasando. Algunos no duraban ni un minuto; llevaban tanto tiempo sin una mujer que apenas resistían el calor y la humedad de su boca. Otros intentaban ser más bruscos, follándole la cara con fuerza, pero Rata los frenaba inmediatamente:

—¡Calma, carajo! Si la lastimas ahora, después no va a servir. Hay que repartirla bien.

Melina sentía que el tiempo se estiraba de forma horrible. Ya había pasado por más de diez. Tenía la mandíbula adolorida, la lengua pesada y el sabor de todos ellos mezclado en la boca. Cada vez que escupía, los hombres la insultaban y se burlaban:

—Trágatelo todo, mamita. No seas malagradecida.

—Esto es lo único que vas a comer hoy, puta.

—Miren cómo le chorrea por las tetas… se está poniendo rica.

En su mente, Melina repetía una y otra vez:

“Qué asco… qué asco… Son repugnantes. Huelen horrible. Sus vergas están sucias… Por favor que se terminen rápido. Que se corran todos en mi boca y no me toquen más abajo… No quiero que me follen. No quiero que me llenen por dentro…”

Pero sabía que era solo una ilusión. Apenas terminaran con su boca, el verdadero infierno comenzaría.

Ya iban por el decimocuarto hombre cuando Rata se acercó, se bajó el pantalón y sacó su verga gruesa y oscura, más grande que la mayoría.

—Mi turno, yegua —dijo con voz ronca, agarrándola firmemente del cabello—. Abre bien esa boca. Y esta vez… quiero que tragues todo. Sin escupir.

Melina levantó la mirada por un segundo, temblando, y vio la sonrisa cruel de Rata antes de que le metiera la verga hasta el fondo…Rata se paró frente a ella con esa sonrisa sádica y superior, mirándola desde arriba como si ya fuera solo una herramienta para su placer.

—Estos malparidos no saben cómo disfrutarte, yegua —dijo con voz ronca y burlona—. Píllen cómo se hace, hijueputas.

Sin darle tiempo a prepararse, agarró la cabeza de Melina con las dos manos y le encajó la verga gruesa de un solo empujón. Ella abrió mucho los ojos por la sorpresa y el asco. Instintivamente levantó las manos y las puso sobre la pelvis de Rata, empujando con fuerza para que no se la metiera hasta el fondo de la garganta.

Pero Rata no buscaba ahogarla… todavía. Solo quería jugar.

Empezó a mover las caderas con movimientos cortos y fuertes, follándole la boca sin piedad. Su verga gruesa y venosa se marcaba obscenamente en el interior de la mejilla izquierda de Melina, creando un bulto visible que se movía de un lado a otro con cada embestida.

Los hombres estallaron en risas brutales.

—¡Jajajaja! ¡Miren eso!

—¡Huy jefe! Se le ve el cabezón aquí —gritó uno, acercándose y tocando con el dedo el bulto que se marcaba en la mejilla de Melina—. ¡Está bien gordo el hijueputa!

Melina gemía ahogada alrededor de la verga, con los ojos llenos de lágrimas y las manos todavía intentando frenar las caderas de Rata. El roce de esa verga caliente y sucia contra su lengua y el interior de su mejilla le provocaba arcadas constantes.

Rata soltó una carcajada oscura y agarró su cabello rubio con más fuerza, usándolo como riendas. Empezó a marcar un ritmo más constante y profundo, tirando de su cabeza hacia adelante mientras empujaba.

—Así, mamita… chupa rico. Usa esa lengua. No te hagas la difícil ahora que ya estás colaborando.

Melina pensaba, mientras sentía cómo esa verga gruesa le deformaba la cara:

“Dios mío… qué humillación… Me están viendo la verga marcándose en la cara como si fuera una puta barata de burdel. Todos se están riendo de mí… Me siento tan sucia, tan degradada. Huele tan fuerte, sabe amargo y salado… Me está usando la boca como un agujero. Ni siquiera me deja controlarlo. Sus manos son tan fuertes… me duele el cuero cabelludo. Por favor que se acabe rápido… que se corra de una vez.”

Rata aceleró el ritmo, respirando más pesado. Sus huevos golpeaban contra la barbilla de Melina con cada movimiento. De repente se detuvo, enterrando la verga lo más profundo que pudo sin llegar a la garganta, y soltó un gruñido largo y gutural:

—Uuuuughhh… ¡Toma, yegua!

Empezó a correrse con fuerza. Chorros largos, espesos y calientes salían directamente dentro de su boca. Melina sintió cómo le llenaba la lengua, el paladar, la garganta. Era mucho más semen que los anteriores. Rata se quedó ahí, sosteniéndola firmemente por el pelo, obligándola a recibir todo sin escapatoria.

—Traga… Trágatelo todo, puta —gruñó sin sacarla todavía.

Melina, con los ojos muy abiertos y lágrimas cayéndole por las mejillas, tragó visiblemente. Se oyó el sonido húmedo de su garganta al bajar el semen espeso. Tuvo que tragar dos veces más para poder respirar.

Los hombres aplaudieron y silbaron, fascinados.

—¡Eso sí es tragar, carajo!

—¡Miren cómo le bajó por la garganta!

—¡Bien, yegua! ¡Buena puta!

Rata sacó lentamente su verga todavía semi-dura de la boca de Melina, dejando hilos gruesos de semen y saliva colgando de sus labios. Le dio una suave cachetada con la verga en la mejilla, esparciendo más semen por su cara.

—Buena chica… —murmuró—. Ese es el primero que te tragas entero hoy.

Pensamientos de Melina en ese momento:

“Qué asco… qué asco tan horrible. Todavía lo siento bajando por mi garganta, espeso y caliente. Sabe tan fuerte… Me dan ganas de vomitar. Me obligó a tragármelo todo delante de todos. Me siento tan humillada… como una verdadera puta. Todos vieron cómo tragué. Todos se rieron. Ya no soy Melina la de los lives… solo soy la yegua que les está chupando la verga a unos guerrilleros sucios. Y esto apenas empieza… todavía faltan muchos. Cuando terminen con mi boca van a querer follarme de verdad… y yo ya dije que colaboraba.”Después de Rata, los hombres restantes intentaron imitar la técnica que acababa de mostrarles su jefe. Uno tras otro se pararon frente a Melina, agarrándola del cabello con más fuerza y follándole la boca con movimientos laterales, buscando que se les marcara el bulto en la mejilla.

Algunos lo lograban mejor que otros. Melina sentía cómo sus vergas gruesas y calientes le deformaban la cara de lado a lado, mientras los hombres se reían y comentaban:

—¡Mírenla! ¡Se le ve el cabezón moviéndose!

—¡Jajaja, parece que tiene un ratón dentro de la boca!

Cada mamada duraba entre dos y cuatro minutos. Algunos se corrían rápido, otros intentaban aguantar más para disfrutar. Melina ya no tenía fuerzas para resistir mucho. Su mandíbula le dolía horriblemente, tenía los labios hinchados y la cara completamente cubierta de saliva, semen y lágrimas. De vez en cuando tragaba por obligación, pero la mayoría de las veces escupía sobre sus propias tetas, que ya estaban brillosas y pegajosas.

Pasaron más de una hora y media.

Hora y media arrodillada, chupando verga tras verga. Veinticuatro hombres en total. Cuando terminó con el último, Melina estaba exhausta, con la mirada perdida y respirando por la boca. Su vestido tie-dye estaba completamente arruinado, bajado hasta la cintura, dejando sus grandes tetas al aire, rojas por los manoseos y salpicadas de semen.

Pero apenas terminó el último, los primeros ya estaban duros otra vez.

—Jefe… ya quiero más —dijo uno, tocándose la verga—. Esta yegua me dejó con ganas de coño.

—Igual yo —gruñó otro—. La boca estuvo buena, pero ahora quiero rajarle ese culo y ese coño.

Rata sonrió con malicia, se acercó y agarró a Melina fuertemente del cabello rubio, tirando hacia arriba.

—Hora de cambiar de escenario, mamita. Vamos a ponerte más cómoda.

Sin esfuerzo, la levantó del piso jalándola del pelo. Melina soltó un grito de dolor. Rata empezó a arrastrarla por los corredores de la casa. Sus rodillas raspaban el piso mientras intentaba seguirlo a rastras.

—¡No! ¡Por favor… me duele! —suplicó con voz ronca.

Los demás hombres los siguieron riendo. En el pasillo, varios la levantaron entre varios como si fuera un bulto de papas: dos la agarraron de las piernas, otros de los brazos y uno más la tomó de la cintura. La cargaron así, con el vestido subido hasta la cintura, el culo y el coño expuestos, mientras le metían mano libremente por el camino.

—¡Qué culo tan rico tiene esta puta!

—¡Mira cómo le cuelgan las tetas!

La llevaron entre risas y manoseos hasta la alcoba principal, la habitación más grande y lujosa de la casa. Sin ninguna delicadeza, la tiraron sobre la enorme cama king size.

Melina rebotó en el colchón, quedando boca arriba, con las piernas abiertas y el vestido hecho un desastre alrededor de su cintura. Respiraba agitada, mirando al techo con los ojos vidriosos.

Rata se paró al pie de la cama, ya completamente desnudo, con la verga dura apuntando hacia ella.

—Ahora sí, yegua… se acabó lo fácil. Ahora te vamos a follar como Dios manda. Y tú vas a seguir colaborando, ¿verdad?

Melina solo pudo sollozar, sabiendo que lo peor apenas comenzaba.

Pensamientos de Melina mientras la arrastraban y tiraban en la cama:

“Dios mío… me duele todo. La mandíbula me arde, la garganta me raspa, tengo el sabor de todos ellos pegado en la lengua… Hora y media chupando verga como una puta barata. Ya no puedo más… y ellos todavía están duros. Me van a destrozar. Me van a follar como animales ahora. Van a ser tantos… uno detrás de otro, sin parar. Me van a abrir el coño y el culo. Tengo tanto miedo de quedar embarazada… pero ya no puedo hacer nada. Soy suya. Solo soy su yegua.”

Rata estaba sentado al borde de la gran cama king size, completamente desnudo. Su verga gruesa y venosa se mantenía completamente erguida, dura como una asta de bandera patriótica, palpitando con anticipación. Tenía las piernas abiertas y una sonrisa arrogante mientras esperaba.

Los hombres sacaron a Melina del baño, todavía mojada, con el cuerpo brillando por el agua y el jabón. A sus 38 años, su figura madura —tetona, caderona y de muslos carnosos— se veía aún más imponente y vulnerable completamente desnuda frente a dos docenas de hombres excitados.

Al verla, Rata levantó una ceja y preguntó con voz ronca:

—¿Lista para colaborar de verdad, yegua?

Melina, con la mirada baja y la voz temblorosa, respondió visiblemente sumisa:

—Sí… voy a colaborar.

Se acercó lentamente a Rata, derrotada. Abrió sus piernas gruesas y se colocó de pie frente a él. Luego, con las manos temblando, se agachó, tomó la verga gruesa del comandante y la alineó con su entrada. Su vagina ya estaba dilatada y resbaladiza por los dedos que le habían metido antes en la bañera.

Bajó lentamente.

Los hombres guardaron silencio unos segundos, disfrutando el espectáculo. Se veía claramente cómo la gruesa cabeza de la verga de Rata abría los labios hinchados de Melina y se iba clavando poco a poco dentro de ella. Centímetro a centímetro desaparecía en su interior.

—Ufff… qué apretada sigue la puta… —gruñó Rata.

Cuando Melina terminó de bajar completamente, su culo carnoso descansó sobre los muslos de Rata. La verga estaba enterrada hasta el fondo, como un enchufe conectándose perfectamente en la toma de corriente. Soltó un gemido ahogado al sentirlo tan profundo.

Rata le soltó una fuerte palmada en el culo que resonó en toda la habitación.

—¡A trabajar, mamita! Muévete.

Melina, con el rostro lleno de vergüenza y contrariada, comenzó a mover las caderas. Al principio con movimientos torpes y lentos, pero pronto su cuerpo maduro tomó ritmo. Empezó a subir y bajar, haciendo que su culo grande y carnoso rebotara de forma hipnótica. Ese movimiento de pura yegua —amplio, pesado y ondulante— volvió locos a todos.

Los hombres explotaron en gritos y animaciones:

—¡Así, jefe! ¡Mírenle ese culo cómo rebota!

—¡Qué yegua tan rica, carajo! ¡Mira cómo se menea!

—¡Muévete más rico, puta! ¡Que se te vea bien ese culo!

—¡A los 38 y todavía cogiendo como una perra en celo!

Rata gemía de placer, agarrándola fuerte de las caderas mientras ella cabalgaba sobre él.

—Así… así, mamita. Muévete con ganas. Ese culo tuyo está hecho para esto.

Pensamientos de Melina mientras cabalgaba:

“Dios mío… qué humillación tan grande. Me estoy follando yo misma a este animal… moviendo el culo como una puta barata delante de todos. Me duele por dentro, lo siento tan grueso y profundo… Pero solo quiero que termine pronto. Que se corra rápido. Que esta pesadilla acabe. No quiero mirarles las caras… solo miro al techo, como si pudiera escaparme por ahí. Tengo 38 años y estoy siendo usada como una yegua por una banda entera de guerrilleros… Por favor que se acabe… que se acabe ya…”

Sus caderas seguían moviéndose en ese vaivén continuo, haciendo que sus tetas grandes rebotaran pesadamente y que su culo chocara contra los muslos de Rata con cada bajada. La euforia en la habitación era palpable.Rata soltó un gruñido animal y, agarrando fuertemente a Melina por las caderas con sus manos grandes y callosas, comenzó a taladrarla con fuerza desde abajo. Sus embestidas eran brutales, profundas y rápidas. Levantaba el culo de la cama para clavarle la verga gruesa hasta el fondo con violencia, haciendo que sus huevos chocaran contra el culo de Melina con cada golpe.

Melina dejó de mover las caderas, abrumada por la intensidad. Solo podía gemir y jadear, sosteniéndose como podía sobre él.

Inmediatamente los hombres reaccionaron:

—¡Sigue moviendo ese culo, puta! —gritó uno, dándole una fuerte nalgada.

Otro le pellizcó con fuerza una nalga, retorciéndole la carne.

Un tercero le metió dos dedos sin piedad en el ano, abriéndolo mientras Rata la follaba.

—¡A ver, sigue trabajando, yegua! ¡Mueve esas caderas o te vamos a partir!

Melina soltó un quejido y, entre lágrimas, intentó retomar el movimiento de sus caderas, aunque ahora era mucho más difícil por las fuertes embestidas de Rata.

Rata, completamente encarnizado, se lanzó sobre sus tetas grandes y pesadas. Agarró una con las dos manos, la apretó con fuerza y se metió casi todo el pezón y parte de la areola en la boca, chupando con hambre salvaje, mordisqueando y tirando como si quisiera devorársela. Pasaba de una teta a la otra, dejando marcas rojas y saliva por toda su piel madura.

—Ufff… qué tetas tan hijueputas más ricas —gruñía con la boca llena, sin dejar de taladrarla abajo—. A los 38 y todavía tienes unas ubres que dan ganas de mamar toda la noche.

Melina tenía la cabeza echada hacia atrás, mirando al techo, con la boca abierta y lágrimas corriendo por sus mejillas. Sus tetas rebotaban violentamente con cada embestida.

Pensamientos de Melina:

“Dios mío… me está partiendo… me está rompiendo por dentro. Es demasiado fuerte, demasiado grueso… me duele. Y ahora me chupa las tetas como un animal, me las está dejando marcadas… Me siento tan usada, tan humillada. Tengo 38 años y estoy siendo follada como una perra en celo por este salvaje mientras los demás me pellizcan, me meten dedos en el culo y me nalguean… Solo quiero que se corra. Que termine. Que esta pesadilla acabe pronto. No aguanto más… pero sé que apenas está empezando.”

Rata aceleró aún más, follándola como un loco, succionando sus tetas con fuerza bruta mientras los hombres seguían animándolo y tocándola por todos lados.Rata soltó un gruñido gutural y profundo, clavándose hasta el fondo dentro de Melina. Su verga palpitó con fuerza y la llenó completamente de semen caliente y espeso. Melina sintió cada chorro inundándola por dentro, lo que le provocó una mezcla de asco y dolor.

Apenas Rata terminó, Melina, dolida y rabiosa, usó toda su fuerza para empujarlo por el pecho y quitárselo de encima.

—Quítate… ¡quítate de encima, hijo de puta! —gruñó con voz ronca y entrecortada.

Rata se rio mientras se apartaba, su verga todavía goteando semen.

Pero Melina no tuvo ni un segundo de descanso.

Los dos guerrilleros más jóvenes del grupo —apenas de 19 y 20 años— se abalanzaron sobre ella como lobos hambrientos. El primero, un muchacho flaco pero lleno de energía, la agarró por las piernas y la tiró de espaldas en la cama. Se subió encima de ella en posición misionera, colocándose entre sus muslos carnosos.

—Ahora me toca a mí, señora… —dijo con voz excitada y temblorosa, casi con reverencia.

Sin perder tiempo, alineó su verga dura y joven y la penetró de un solo empujón. Melina soltó un gemido fuerte al sentirlo entrar. El muchacho no era tan grueso como Rata, pero tenía un vigor impresionante y una resistencia de juventud. Aprovechando los resortes de la cama, empezó a embestirla con rapidez y profundidad, haciendo que todo el colchón se moviera violentamente.

Cada embestida era rápida y fuerte. El muchacho hundía su cara entre las tetas enormes de Melina, perdiéndose completamente entre ellas mientras las lamía, chupaba y mordisqueaba con hambre descontrolada.

Melina, sin poder evitarlo, terminó abrazándolo. Sus brazos rodearon la espalda del joven guerrillero, apretándolo contra su cuerpo maduro. Sus tetas envolvían la cara del muchacho mientras él succionaba como un animal.

Pensamientos de Melina:

“Dios mío… es tan joven… podría ser mi hermanito pequeño. Y aquí está, follándome como un desesperado, hundiendo su cara entre mis tetas… Me está dando tan rápido, tan profundo… No quiero sentir placer, pero mi cuerpo me traiciona. Me duele, pero al mismo tiempo… ay, no… se siente tan intenso. Lo estoy abrazando como si fuera mi amante. Me odio… me odio por esto. Tengo 38 años y estoy abrazando a este muchacho mientras me taladra. No puedo parar de sentirlo… mi coño está respondiendo aunque no quiera…”

El joven gemía contra sus tetas, acelerando aún más, usando toda su energía juvenil:

—Ay, señora… qué rica está… qué tetas tan grandes… —murmuraba ahogado entre su pecho, sin dejar de chupar y embestir.

Los demás hombres observaban y se reían, animándolo:

—¡Dale duro, chamaquito! ¡Hazla gritar!

—¡Mírenla cómo lo abraza! ¡Ya le está gustando!

Melina tenía los ojos cerrados con fuerza, la boca abierta y gemía sin control mientras el joven la follaba con un ritmo frenético, aprovechando cada rebote de la cama para clavársela más profundo

Después de que los dos jóvenes se corrieron, otros tres guerrilleros más aprovecharon para follarla rápidamente. Uno la montó en misionero sobre la cama, follándola con fuerza mientras le chupaba las tetas. El siguiente la puso de lado y la penetró con embestidas cortas y brutales, llenándola también. El tercero la tomó contra la pared de la habitación, levantándole una pierna y clavándosela de pie hasta correrse dentro.

Melina ya estaba completamente destruida, con las piernas temblando y semen chorreándole por los muslos.

Los demás guerrilleros, incluyendo a Rata, comenzaron a retirarse de la casa entre risas y comentarios obscenos. Pero uno se quedó.

Era un guerrillero negro, flaco, de apenas 20 años, alto y de piel muy oscura. Tenía un cuerpo fibroso y una verga desproporcionadamente grande, larga y gruesa. No quería irse. Llevaba ya seis veces follándosela y todavía seguía con hambre.

La agarró del brazo y la arrastró fuera de la habitación, completamente desnuda y tambaleante, hasta la mesa del comedor.

—Todavía no terminé contigo, mamita… —murmuró con voz ronca.

La dobló sobre la mesa del comedor, empinándole el culo carnoso. Melina quedó con las tetas aplastadas contra la madera fría, la cara de lado y la mirada perdida, completamente pasmada.

El joven negro se colocó detrás de ella y la penetró de un solo golpe brutal. Empezó a follarla con intensidad salvaje, azotando su culo con fuerza mientras entraba y salía.

—Uff… qué rico coño tienes… —gruñía, sin parar.

Tomó una botella de agua que había sobre la mesa, bebió un largo trago sin dejar de embestirla, y siguió taladrándola con ritmo constante y profundo. Sus caderas chocaban contra el culo grande de Melina una y otra vez, produciendo sonidos húmedos y fuertes.

Ya era la sexta vez que la montaba y no parecía cansado. Su verga larga y negra entraba hasta el fondo, golpeándola sin piedad.

Melina solo podía gemir débilmente, con los ojos entrecerrados y el cuerpo sacudiéndose sobre la mesa.

Pensamientos de Melina:

“No puedo más… este muchacho no se cansa… ya van seis veces y sigue follándome como un animal. Me duele todo… estoy llena de semen… solo quiero que termine…”

En ese preciso momento, la puerta principal se abrió.

El marido de Melina entró cargando unas bolsas y se quedó congelado al ver la escena en el comedor:

Su esposa de 38 años, completamente desnuda, doblada sobre la mesa del comedor, siendo follada intensamente por un joven negro flaco y alto. El muchacho seguía embistiéndola con fuerza, sin detenerse ni siquiera al oír la puerta, con la botella de agua todavía en la mano.

El marido se puso rojo de furia y celos. Al ver al tipo tan joven y negro, su mente explotó en la peor interpretación posible:

“¡Hija de puta! ¡Me está poniendo los cachos con un trabajador de la zona! ¡Con un negro! Seguro porque tienen la verga grande… ¡La muy puta!”

—¡MELINA! ¿¡QUÉ ESTÁS HACIENDO!? —gritó con toda su rabia, dejando caer las bolsas al piso.

El joven guerrillero negro solo giró la cabeza, sonrió con arrogancia y siguió follándola sin sacarla, dando un par de embestidas más fuertes como desafío.

 

4 Lecturas/15 junio, 2026/0 Comentarios/por VENKU
Etiquetas: baño, hija, hijo, madre, madura, maduro, mama, mayor
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