Un vagabundo despertó deseo en mi madre
Mí madre tenia mucho que no follaba con nadie hasta que un vagabundo se cruzo en su vida.
Me llamo Miguel y tengo 18 años. Mi madre, Andrea, de 38, está bien buena, la verdad. Tiene unas curvas de infarto que se le marcan con cualquier ropa que use. Su figura es voluptuosa, con caderas anchas, una cintura estrecha y piernas largas y tonificadas. Sus senos son grandes, un poco caídos pero deseables.
Tiene el cabello castaño, largo hasta los hombros, y lo usa siempre suelto. Sus ojos son de un color avellana. Su piel es blanca. ella siempre se arregla, se maquilla y usa ropa que resalta sus atributos.
Vivíamos en una pequeña casa con jardín. Éramos muy unidos en la familia, especialmente con mi tía Ana, que vivía como a tres casas de la nuestra. Era común que ella nos visitara o que fuéramos a verla. Mi tía y mi madre se la pasaban horas hablando de chismes, de lo que hacía o dejaba de hacer el vecindario, de las vidas ajenas. Para ellas era divertido; para mí, aburrido.
Hasta ese día.
Una tarde, mientras escuchaba de paso la conversación de mi madre y mi tía en la cocina, una pregunta me llamó la atención. Mi tía, con su típica curiosidad, le preguntó a mi madre sobre sus romances.
No puedo creer que no salgas con nadie, Andrea – dijo mi tía, sorprendida. – ¿De verdad no has tenido ningún novio desde que tu marido murió?
No lo creas, Ana – respondió mi madre, sonrojándose. – No necesito un tipo para ser feliz. Mi vida es completa con mi hijo Miguel.
Vaya, vaya… ¿Y cómo has hecho para echarte un polvo, entonces? – preguntó mi tía sin rodeos, sonriendo con complicidad. – No me digas que no te has tirado a nadie…
Ni a uno solo – admitió mi madre, ruborizándose aún más. – Pero hay otras formas de darme placer…
Ah, ya veo… Un buen vibrador siempre cae bien – dijo mi tía riendo. – Pero la verdad es que nada se compara a tener una verga de verdad, ¿no te parece?
En ese momento me quedé de una pieza, no podía creer que estuviera oyendo eso. Mi madre, mi tía, hablando de sus necesidades sexuales, como si nada. En mi cabeza empezaron a pasar imágenes pervertidas: a mi madre masturbándose con un vibrador, a mi tía siendo culeada por un hombre…
Supongo que tienes razón, Ana – dijo mi madre, aún más sonrojada. – Pero así y todo yo estoy bien con mi vidrador.
Bueno, hermanita, si tú quieres te puedo presentar unos amigos y tú eliges con cual acostarte – ofreció mi tía. Mi madre negó con la cabeza.
No, no como crees, no es necesario – respondió ella. – Mejor hablemos de otras cosas, añadió mi madre.
Me quedé muy pensativo, si en verdad era cierto lo que decía mi madre, que no se había acostado con alguien más. Pero después de ese día ya no le di mucha importancia, pasó el tiempo.
Unos días después, me encontraba con mi tía y mi madre comprando ropa en el supermercado que estaba como a 15 minutos caminando de casa. Mientras ellas miraban las prendas, me di cuenta que varios tipos le echaban miraditas a mi madre, de reojo. Fue cuando entendí que ella aún era muy atractiva y que si ella quisiera podría estar con el hombre que le diera la gana.
Ese día mi madre vestía una blusa rosa escotada, unos jeans muy apretados y unas botas negras. En cambio mi tía llevaba un vestido amarillo holgado y sandalias. De pronto mi tía se acercó a la sección de ropa interior, tomó un juego de lencería y dijo:
Andrea, te quedaría muy bien este conjunto de ropa interior – comentó mi tía sin importarle que yo estuviera presente.
Mi madre hizo un gesto de «baja la voz» y tomó la lencería, mirándola por un momento.
Creo que es muy atrevida – respondió ella.
Atrevida, repitió mi tía – ¿De qué hablas? Está perfecta – dijo mi tía.
Bueno, no acostumbro a usar ese tipo de prendas – argumentó mi madre. – Además tiene una tanga y no me gustan.
Te gustarían si tuvieras con quien usarlas – dijo mi tía, sacando nuevamente el tema.
No pude evitar imaginar a mi madre con ese conjunto de lencería atrevida, especialmente la tanga que dejaría poco a la imaginación. Me excitaba pensar en cómo se le vería, en cómo resaltaría sus curvas.
No, no empecemos con eso, Ana – dijo mi madre.
Vamos, Andrea – insistió mi tía. – Comprate ese conjunto. Al menos póntelo y arréglate para ti, hasta que consigas un galán – dijo mi tía, guiñándole el ojo.
Mi madre terminó accediendo y comprando el conjunto de lencería, después de eso, seguimos haciendo otras compras y luego fuimos a comer pollo frito. Pedimos una cubeta grande, pero no nos la terminamos. Mi madre pidió para llevar y empezamos a regresar a casa.
En el camino, mi madre y mi tía seguían platicando de lo que habían comprado, de ropa, maquillaje y otras cosas. Ya estábamos a nada de llegar a casa cuando mi tía se percató de un vagabundo. Solo vestía un pantalón viejo hecho jirones y unas cobijas sucias. Parecía que le hubieran hecho rastas en su cabello largo por la suciedad que traía.
Deberías darle lo que sobró de comida – propuso mi tía. Mi madre estuvo de acuerdo.
Mi madre se acercó a él y le dio la bolsa, pero el hombre parecía no hablar bien, no se le entendía. Le faltaban algunos dientes, tenía una barba descuidada y el cabello largo. El olor que desprendía era muy fuerte, horrible.
De pronto el sujeto se levantó, dejando ver que el pantalón no cubría su pene, el cual cayó flácido. El tipo estaba muy bien dotado, tenía una verga enorme.
Mi madre se echó hacia atrás al verlo, escandalizada. Mi tía, todo lo contrario, dijo riendo:
Mira, Andrea. Uno así te hace falta.
Mi madre no dijo nada, solo apartaba la vista y se cubría la boca con ambas manos.
Si tú no quieres, yo me lo llevo – dijo mi tía con picardía. – Una lavadita y está como nuevo, añadió.
Déjate de decir esas cosas – protestó mi madre. – Vamos, vámonos ya – añadió y comenzamos a caminar nuevamente hacia la casa.
Al llegar a casa, me fui a mi habitación. Mi tía se marchó a su casa poco después. Cuando cayó la noche, me estaba lavando los dientes cuando mi madre entró al baño.
Perdón, hijo – dijo ella, sorprendida. – No me di cuenta que estaba ocupado. Te he dicho que enciendas la luz – añadió.
Me percaté de que se disponía a darse un baño, llevaba unas toallas en la mano y parecía ocultar algo entre ellas. Terminé de lavarme los dientes mientras mi madre esperaba.
Mi tía es toda una loquilla, ¿verdad? – comenté para romper el hielo.
Sí – respondió ella, sonrojándose y apartando la mirada. – Tu tía desde siempre ha sido así.
Bueno, mamá, yo me voy a dormir – dije y salí del baño. Pero en eso, sin querer, jalé las toallas que había dejado mi madre a un lado del lavabo y cayeron al suelo, dejando ver un gran dildo rosa.
Mi madre, de inmediato, se agachó y lo ocultó entre las toallas, sin darme oportunidad de decir nada. Me empujó fuera del baño y cerró con seguro.
Descansa, hijo – me gritó desde adentro. – Duerme bien.
Era evidente lo que se disponía a hacer esa noche mientras se bañaba… algo me dijo que se iba a dar placer con ese gran juguete rosa. Qué sorpresa.
Un poco sorprendido y con la mente llena de imágenes, me fui a mi habitación y me recosté en la cama.
No podía dormir. Me excité al pensar en mi madre masturbándose en el baño, gimiendo de placer. Me imaginaba el dildo penetrando su coño mojado, frotando su clítoris hinchado.
Sin poder evitarlo, metí mi mano dentro de mi pantalón y empecé a acariciar mi verga dura. Me masturbé intensamente, pensando en lo excitante que sería sorprenderla, verla en pleno acto…
Me corrí con fuerza, imaginando a mi madre llegando al orgasmo, gritando mientras su coño apretaba el dildo que la penetraba.
A decir verdad esa fue la primera vez que me masturbe pensando en mi madre y lo disfruté mucho, Por la mañana me fui al colegio y mi madre a trabajar. Nos volvimos a ver ya por la tarde. Yo llegué primero a casa y me percaté de que el vagabundo que habíamos visto ahora estaba en la esquina, acostado. Entré a casa sin darle mucha importancia, pensando en lo extraño que era verlo por ahí de nuevo.
Más tarde llegó mi madre. Vestía una falda ajustada negra, medias negras y una blusa blanca con un saco negro. Dejó su bolso, me saludó y de pronto mencionó el tema:
Oye, hijo. Cuando llegaste, no viste al mismo vagabundo de la vez pasada, ¿verdad?
Sí, mamá. También lo vi. ¿Por qué lo preguntas?
No, por nada – respondió ella. – Solo se me hizo curioso verlo por acá.
En realidad no tanto, mamá. Vivimos muy cerca del lugar donde lo vimos la primera vez – le dije. – Lo más seguro es que ronde por la cuadra y sus lugares aledaños.
Sí, tienes razón en eso – aceptó mi madre. – Sonó un trueno. Vaya, va a llover – dijo mirando hacia la ventana.
Mi madre se sentó en el sillón de la sala a mi lado mientras se quitaba sus tacones. Una vez se los quitó, se sacó su saco y arremangó las mangas de su blusa. Se dirigió a la cocina.
¿Cómo que se te antoja para comer, hijo? – me preguntó. La verdad, no tengo nada en mente – respondí. – Lo que gustes hacer está bien, mamá.
Ella se puso a cocinar, preparando algo mientras yo me quedaba en la sala, poco a poco empezó a llover, miré por la ventana.
Lo que había comenzado como una leve lluvia, se fue intensificando hasta que empezó a llover fuerte con granizo. Los truenos retumbaban en el cielo, la lluvia azotaba contra las ventanas. Me levanté y me acerqué a mi madre en la cocina.
Vaya, sí que llueve fuerte – comenté, mirando el exterior. – Qué bueno que estamos a salvo en casa.
Mire a mi madre, un poco distinta, mirándola por la ventana.
Oye, hijo – dijo de pronto. – ¿Crees que el señor vagabundo esté bien? Lo más seguro es que ya buscó donde refugiarse – respondí.
Iré a ver – dijo ella, apagando la estufa. Tomó un paraguas y salió en plena tormenta, a pesar del granizo y la lluvia.
¡Pero qué haces! – le grité. Y no me quedó de otra que ir detrás de ella, sin pensar en el frío ni el agua.
La seguí, hasta donde el vagabundo había estado antes. Alcancé a mi mamá y, como había pensado, ya no estaba en ese lugar. Me acerqué a ella.
Venga, mamá – le dije. – Regresemos. Ya no está.
En eso, no sé cómo, pero ella lo vio. Ahí abajo, bajo un árbol, encogido, cubierto con sus cobijas viejas, todo empapado.
Mi madre se acercó a él, intentando cubrirlo con el paraguas para protegerlo de la lluvia.
¿Qué hacemos? – me preguntó, mirándome con preocupación.
¡No lo sé! – le grité, porque con el ruido del agua y el granizo apenas nos escuchábamos.
El vagabundo temblaba de frío, empapado hasta los huesos. Mi madre lo tomó del brazo, intentando levantarlo. Pero él estaba débil, casi no se sostenía.
Fue cuando decidí ayudarlo yo también. No quedaban de otra.
Mamá – dije. – Hay que llevarlo a casa. No podemos dejarlo así.
Mi madre asintió, de acuerdo. Entre los dos, lo sostuvimos y lo llevamos adentro de casa. Temblaba mucho, estaba muy frío. Lo sentamos en el sillón, cubrimos su cuerpo con una manta seca.
Mi madre y yo lo mirábamos, no sabiendo qué hacer. Era una situación incómoda y extraña, su olor era muy fuerte. Pero él solo nos miraba, con una expresión perdida, casi animal.
Hijo – dijo mi madre. – Hay que secarlo, cambiarlo de ropa. No puede quedarse así.
Estoy de acuerdo, dije. Y fue cuando noté cómo mi mamá miraba de reojo el pene del vagabundo.
Sería mejor que se diera un baño de agua caliente – le sugerí. – Además le va a servir para mitigar un poco el mal olor.
¿Crees que se pueda bañar él solo? – preguntó mi madre, dudando.
No lo sé – respondí. – Primero hay que llevarlo al baño.
Así que lo dirigimos hacia allí. Él no quería apartarse de sus cobijas sucias, así que no nos quedó de otra que llevarlo con todo y eso.
Mi mamá lo puso debajo de la regadera, abrió el agua caliente y cayó sobre él.
¿Qué haces, mamá? – pregunté, Primero hay que quitarle su pantalón – dije.
Sí, tienes razón. Pero… dijo mi madre
Se quedó callada unos segundos. Vi que miraba la entrepierna del vagabundo.
Mejor bañalo tú, hijo – me dijo. – Yo no me siento cómoda, añadió.
¿Qué? – protesté. – No, mamá. No pienso bañar a otro hombre – dije, negándome rotundamente.
Mi madre se molestó por mi decisión y, a pesar de sus insistencias, mi postura era clara: no lo haría. Ella, sin otra opción, se arrodilló frente al vagabundo, comenzó a desatar con dificultad el lazo que le sostenía el pantalón.
Una vez lo consiguió, le bajó el pantalón. Mi madre hacía gestos de disgusto ya que el pantalón apestaba más al estar mojado.
Luego, se levantó, tomó el champú y lo aplicó en el cabello del vagabundo. Pero era imposible lavarlo, por las rastas de mugre que tenía. Al final, desistió.
Tomó la barra de jabón y comenzó a lavar el cuello, los hombros, el pecho y el abdomen del vagabundo.
¿Qué haces ahí parado? – me dijo mi madre. – Ya que no me quieres ayudar, ve y busca algo de ropa que ya no uses – me instruyó.
De acuerdo – respondí. – Buscaré algo.
Me alejé, pero en verdad quería seguir viendo. Así que solo me quedé detrás de la pared, mirándolos con cuidado, sin ser visto.
Mi madre lavaba el cuerpo del vagabundo, acariciándolo con sus manos. Sus dedos resbalaban sobre su piel, recorriendo su torso. Apretaba el jabón contra su piel, enjabonándolo.
El vagabundo no decía nada, solo se dejaba hacer. Pero su cuerpo respondía a los movimientos de mi madre. Su pene empezaba a endurecerse, a ponerse erecto.
Mi madre se dio cuenta y dio un paso atrás. «¿Qué grande es?», dijo, sorprendida. La verdad, yo igual me quedé sorprendido al ver el tamaño de su miembro erecto.
Mi madre se volvió a arrodillar para lavarle las piernas y los pies, evitando todo contacto con su pene. Pero su curiosidad era más fuerte. Se quedó mirándolo fijamente, como si no pudiera creer lo que veía.
Tomó el pene del vagabundo con dos dedos, como si fuera algo peligroso. Lo levantó y comenzó a enjabonarlo. Primero los testículos, con delicadeza.
Aunque parecía que no quería, comenzó a enjabonarle el pene. Parecía más que lo estaba masturbando, pasando sus dos manos por él, una con jabón y la otra con una esponja.
El vagabundo gemía, de placer. Su respiración se aceleraba, su cuerpo temblaba. Mi madre no apartaba la mirada del pene. Sus manos se movían más rápido, frotando su miembro con más fuerza.
Cuando miré el reflejo del espejo, vi que mi madre se mordía los labios. El vagabundo estaba a punto de correrse. Mi madre lo notó y se detuvo, a regañadientes.
Ya está, suficiente – dijo, con voz entrecortada. – Ahora hay que enjuagarlo.
Mi madre volvió a pasar sus manos por el cuerpo del vagabundo, pero ahora sin jabón. Acariciaba su piel, resbaladiza por el agua. Recorría sus músculos, su torso, su abdomen.
Para este punto, mi madre ya estaba empapada. Se veía a través de su blusa, su sostén rosa. estaba por terminar de enjuagarlo, solo le faltaba una vez más el pene del vagabundo.
Okay – dijo mi madre. – Hagámoslo rápido.
Enjuagó sus testículos, con suavidad. Luego, tomó su pene, endurecido y palpitante. Lo masajeó con delicadeza, con movimientos lentos, mientras retiraba el jabón.
A pesar de que ya no tenía jabón, mi madre seguía. Ya no lo estaba bañando literalmente. Lo masturbaba.
El vagabundo sin duda lo disfrutaba. En eso, mi madre giró hacia la puerta como para asegurarse que no la vieran. Alcancé a retirarme para que no me viera. Pero gracias al espejo vi cuando volvió a poner su atención en el pene, volví a asomarme.
Mi madre aceleró sus movimientos. El vagabundo hacía ruidos guturales, como si fuera un animal. En eso, sin previo aviso, el vagabundo se corrió, soltando y salpicando su semen directo a la cara de mi madre.
Ella soltó de golpe el pene del vagabundo y comenzó a escupir, «Mierda, mierda. Me cayó en la boca» decía mi madre.
La cual enseguida se retiró el semen de la cara con la misma agua de la regadera.
Mi madre se enjuagaba, enojada, disgustada. Pero yo sabía que en el fondo le había gustado, que lo había disfrutado.
El vagabundo, por su parte, tenía una sonrisa de felicidad. Mi madre lo había dejado satisfecho.
No pensé que te fueras a correr tan pronto – dijo mi madre
Tomó la toalla que usamos para secarnos las manos y la pasó por su cara, limpiando el semen que había quedado en ella. Cerró el agua de la regadera y, tomando una toalla más grande, comenzó a secarlo.
Una vez terminó de secarlo, mi madre dio un grito.
¡Miguel! ¿La ropa que te pedí? – preguntó.
Así que salí corriendo a mi habitación. Sinceramente, agarré lo primero que encontré: una sudadera y un short. Fingiendo que no había visto nada, entré al baño y le di la ropa a mi mamá.
Ella lo vistió.
Miguel, cuida de él, en lo que yo me doy un baño – dijo mi mamá.
Así que lo llevé a la sala. Lo senté y le puse el televisor para que se entretuviera.
Poco después, mi madre salió de bañarse. Se fue a cambiar y regresó poco después a la sala con su bata de dormir y su cabello húmedo. Se sentó con nosotros.
Bueno, ¿qué haremos contigo? – dijo mi madre.
Bueno, mañana te llevaremos a un refugio para personas sin hogar – añadió.
Cuando anocheció más, mi mamá hizo una cama provisional juntando los sillones. Lo acostó y lo cubrió con una sábana. Luego, ella y yo nos fuimos a nuestras habitaciones.
Mientras transcurría el tiempo, el silencio y la calma se apoderaron de la casa. Fue cuando empecé a masturbarme, recordando cómo mi madre masturbó al vagabundo. Fue en esos momentos que se escuchó un golpe, como si se rompiera algo.
Me levanté y salí a ver qué sucedía. Mi madre hizo lo mismo. Ambos bajamos a ver. Era el vagabundo, el cual había tirado un jarrón donde mi madre ponía flores.
No puede ser – dijo mi madre al ver los pedazos del jarrón en el suelo.
Para sorpresa de los dos, el vagabundo tenía el short abajo con su pene erecto. Estaba de pie, jugando con su pene.
Mi mamá, molesta, fue por la escoba y comenzó a barrer. Era más su enojo por el jarrón que por lo que estaba haciendo el vagabundo.
Vete a dormir, hijo – me dijo. – Yo me quedaré a cuidar que no rompa algo más.
Yo me fui, pero no pude dormir. Me moría de curiosidad de saber qué pasaba abajo, de que pudiera suceder algo más.
Al ver que no podía conciliar el sueño, decidí dar un vistazo a la sala. El vagabundo estaba otra vez acostado, pero desnudo de la cintura para abajo. Había dejado el short en el suelo.
Mi madre lo masturbaba con más intensidad, más deseo. Su mano resbalaba sobre su pene, lubricado por su propio líquido. El vagabundo se retorcía de placer, su cuerpo se tensaba.
Ella soltó su pene y se bajó de los sillones. El vagabundo parecía no entender por qué se detuvo.
Fue cuando mi madre se dirigió a un mueble de la sala, sacó una bolsa del cajón de abajo. Era la bolsa de la lencería que había comprado días atrás.
Se quitó la bata de dormir. Luego se quitó su brasier y su calzon. Comenzó a ponerse la lencería que había comprado.
El vagabundo la miraba, excitado, con deseo. Mi madre se ponía un conjunto de lencería negra, de encaje. Un sujetador que resaltaba sus grandes pechos, una tanga que se hundía entre sus nalgas.
Mi madre se ponía la lencería con sensualidad, con provocación. Se acariciaba, se tocaba. El vagabundo la miraba, con hambre, con deseo.
Mi madre se acercó a él, con paso lento, sensual. Se sentó a su lado, en el sillón. Lo acariciaba, lo tocaba.
Te gustaría follarme, ¿verdad? – dijo, con voz sensual. – Te gustaría meterme tu gran verga, llenarme de tu semen.
Mi madre sonreía, excitada. Se frotaba contra él, lo provocaba.
Mi madre lo seducía con su cuerpo, con sus movimientos. Se inclinaba sobre él, acariciando su pecho, sus brazos. Lo besaba en el cuello, en el oído, susurrándole palabras de deseo.
Se sentaba a horcajadas sobre él, rozando su pene con su entrepierna. Se frotaba contra su miembro, excitándolo más. Él gemía, de placer, de deseo.
Mi madre se levantaba, lentamente. Se daba la vuelta, mostrándole su trasero, su tanga. Se agachaba. Se levantaba, despacio, mirándolo por encima del hombro, con deseo en sus ojos.
Se pasaba las manos por el cuerpo, tocándose, acariciándose. El vagabundo comenzó a acariciar su trasero.
¿Te gustan mis nalgas, verdad? – preguntó ella, con voz sensual. Se giró nuevamente, quedando de frente a él. – Eres un suertudo. Desde mi esposo, nadie me había tocado así.
En un arrebato de lujuria, el vagabundo le arrancó el brasier, dejando sus pechos al descubierto. Tomó sus senos, apretándolos, masajeándolos. Mi madre gemía de placer, de excitación.
¿Te gustan, verdad? – preguntaba ella, con voz entrecortada. – ¿Te gustan mis pechos, mis pezones? – Tomó sus manos, guiándolas para que apretara más, que pellizcara más.
El vagabundo obedecía, excitado, hambriento. Apoyaba su cara en el valle de sus senos, besándolos, lamiendo los.
Mi madre se levantaba, lentamente. Se ponía de pie sobre el vagabundo. Él tenía la mejor vista desde abajo. Mi madre se movía sensualmente y, poco a poco, se retiraba la tanga, la cual dejaba caer sobre su cara.
Ella volvía a bajar, quedando sobre él una vez más. Comenzaba a frotar su vagina con el enorme pene del vagabundo.
Si dejo que me lo metas, ¿me prometes que no me vas a contagiar con algo? – preguntó, con voz entrecortada.
El vagabundo, a decir verdad, no entendía lo que mi madre decía. Al final, la excitación de ella pudo más. Se levantó, tomó el pene del vagabundo y, bajando lentamente, lo introdujo en su vagina.
Ella comenzó a gemir, mientras se movía, cabalgando adelante y atrás. El vagabundo la sujetaba por las caderas, empujándola contra su miembro. La penetraba profundamente, con fuerza.
Ahhh, sí, así, así – gemía mi madre, con voz sensual. – Métemelo todo, lléname por completo.
Mi madre se movía más rápido, más fuerte. Gemía de placer, de excitación. El vagabundo la penetraba más profundo, más fuerte. La llenaba por completo, la hacía suya.
Sí, así, así – gemía ella, con voz entrecortada. – Más duro, más rápido papi.
Después de unos minutos mi madre se puso a cuatro, con el culo levantado. El vagabundo no sabía qué hacer, solo la miraba. No entendía lo que ella quería.
Mi madre tomaba su pene, lo guiaba hacia su entrada. Se frotaba contra él, provocándolo, excitándolo.
Venga, métemela por el culo – decía, con voz sensual. – Quiero sentir tu verga grande dentro de mí, llenándome por completo.
El vagabundo, excitado, empujaba su miembro contra ella. Penetraba su ano, poco a poco. Mi madre gemía de placer, de excitación.
Sí, así, más fuerte – decía, con voz entrecortada. – Métemela toda, lléname el culo con tu verga.
El vagabundo la penetraba más profundo, más fuerte. Mi madre gemía de placer, de excitación. Se movía contra él, buscando más, queriendo más. la sujetaba por las caderas, la empujaba contra su miembro, penetrándola profundamente. Mi madre soltaba algunos gritos.
¡Joder, cómo duele! – decía mi madre, mientras le reventaban el culo. – Ya había olvidado cómo se sentía, dijo mi madre.
Ella tomaba un cojín del sillón y lo mordía, mientras era embestida por el culo. No aguantaba más y se aparto de un golpe.
¡Tiempo fuera, cariño! – decía, con voz entrecortada. – Me está rompiendo el culo y ya no aguanto.
Mi madre se colocó en la misma posición, pero esta vez dirigió el enorme pene del vagabundo hacia su húmeda y cálida vagina. Él, a pesar de su gran tamaño, se deslizaba con facilidad dentro de ella, ayudado por los abundantes fluidos que escapaban de su entrepierna.
Mmmm, sí… así… Métemela hasta el fondo – susurraba mi madre, con voz entrecortada por el placer. – Quiero sentirte por completo dentro de mí.
El vagabundo obedecía, empujando su miembro con fuerza, penetrándola profundamente. Mi madre gemía de placer, de excitación. Se movía contra él, buscando más, queriendo más.
Ahhh, sí… así… Más fuerte – gemía ella, con voz sensual. – Más duro, más rápido.
El vagabundo la sujetaba por las caderas, la empujaba contra su miembro, penetrándola profundamente. Mi madre se aferraba mientras sentía su enorme pene invadiendo su interior.
Mmmm, qué rico… No pares… Más duro – jadeaba ella, con voz entrecortada. – Lléname con tu verga, hazme tuya.
Yo me tocaba, con más fuerza, con más intensidad. Me imaginaba en su lugar, recibiendo esas penetraciones, esos placeres. Quería follar a mi madre, llenarla de semen, hacerla gritar de placer.
El vagabundo la penetraba más duro, más rápido. Mi madre gemía, de placer, de excitación. Se movía contra él, buscando más, queriendo más.
Sí, así, así… No pares cariño- decía ella. – Métemela toda, lléname por completo con tu enorme verga. Siento cómo llega hasta mi útero. Sigue así, papi. ¡Ahhh, sí, así!
.El vagabundo se corría dentro de ella, inundando su vagina con su caliente y espeso semen. Mi madre gemía de placer, de excitación, sintiendo cómo su miembro pulsaba y se vaciaba dentro de ella.
Ahhh, sí… Córrete dentro de mí – jadeaba ella, con voz entrecortada. – Lléname por completo con tu semen caliente. Quiero sentirte todo, hasta la última gota.
Después de correrse, el vagabundo se dejaba caer sobre mi madre, abrazándola, besándola. Mi madre lo abrazaba también, acariciándolo, besándolo.
Mmmm, eso fue increíble – susurraba ella, con voz sensual. – Gracias, cariño. Me hiciste sentir tan bien.
Yo estaba fascinado de haber sido testigo de cómo el vagabundo hizo suya a mi madre esa noche. Regresé a mi habitación, dejando a mi madre y al vagabundo solos mientras se besaban.
En mi habitación, me masturbé y me corrí como nunca. Al día siguiente, me levanté y el vagabundo estaba desayunando, comiendo con las manos, dejando el tenedor a un lado. Mi madre cocinaba y estaba más feliz de lo normal, cantando y bailando mientras cocinaba. Al verme, me saludó.
Siéntate, hijo – me dijo y me sirvió el desayuno. Le pregunté si llevaríamos al vagabundo a un centro para personas sin hogar, pero mi madre negó con la cabeza.
Lo pensé mejor – dijo. – Y sería mejor que se quedara con nosotros. Estará mejor aqui.
Así pasaron unos días. Para ese entonces, mi madre ya le había contado a mi tía que folló con el vagabundo. Incluso mi tía fue a verlo a casa, pensando que era una broma de mi madre.
De ese día en adelante, el vagabundo se la follaba cada noche. Pero desafortunadamente, ahora se encerraba en la habitación de mi madre, por lo cual no podía ver lo que sucedía detrás de esas paredes.
Pero para mala suerte de mi madre, un día, regresando del colegio y del trabajo, llegamos a casa y no estaba. se había salido de la casa. Mi madre se alteró y, junto con mi tía, fueron a buscarlo, pero no tuvieron suerte.
Al pasar las semanas, ya no dieron con él, pero otra noticia llenaba nuestro hogar: mi madre estaba embarazada, acompañada con una infección.


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