Una Historia de Incesto 02
Han pasado nueve meses desde el pecado cometido entre los hermanos, muchas cosas sucedieron desde entonces, ahora las consecuencias de ese amor prohibido e inesperado hacen aparición y se revela lo acontecido con los miembros de esta familia que está a punto de vivir un día trágico.
CAPÍTULO 02
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Desaparece por un tiempo el amoroso padre de cuatro hijos, desaparece buscando viejos amigos, desaparece su cuerpo bebiendo y viéndose con gentes pudientes de la zona, comerciando, entablando relaciones, conversando, alejándose del vicio, de la depravación vista en su casa, en su hogar. Desaparece en su mente, él no puede seguir recordando las perversiones percibidas dentro de su familia, a pesar que algo sabía de lo que se hacían en otras zonas, pero ellos no eran así, ellos eran diferentes, eran un pueblo que sí seguía las leyes establecidas hace mucho tiempo. Camina por los pueblos, ahora sí rodeado de depravación real, desaparece en el físico, no solo en su mente, camina por las calles de un pueblo donde hay gente tomando, apostando, conversando con prostitutas, de las de 40 años y de esas de 13. Avanza por allí, toma, come, compra más y mejores armas, se abastece de todo lo que necesita. Se encuentra con un amigo, un comprador en otra parte de la ciudad. Un inglés. Le ofrece la preciada recompensa, el sujeto acepta, un ex combatiente de los conflictos con el Imperio Otomano, le ofrece la mano de la bonita señorita.
INGLÉS. Ciertamente es algo bueno. Una muchacha, de 13…
PADRE. Recién cumplidos, puede casarse con ella cuanto antes, no me molesta, sin embargo lo que me tiene que prometer es cuidar de ella y de su familia, es lo más importante, en caso no acepte, no hay trato.
INGLÉS. Lo habrá. Las gentes de esta zona no son muy amigables y sus crías no son de mi agrado, son rústicas, son muy delgadas, tienen los pies maltratados por el trabajo y las que viven aquí, que ya menstrúan son demasiado experimentadas. No me gustan. Lo que yo quiero es una muchacha joven que me pueda atender y que tenga bonitas caderas, buenas caderas para coger, que sea simpática y que pueda dar hijos que uno pueda decir que son suyos sin tener que ocultarlos por la vergüenza de tener descendencia que se parezca a estos… no se vaya a ofender, las gentes de aquí…
PADRE. Lo entiendo, los otomanos y libaneses no son del agrado de su gente, pero le aseguro que nosotros somos de otra ascendencia, nuestra familia, por mi lado es o fue de las vertientes del Rhin, hace ya tres generaciones, viajaron y se casaron con un terrateniente de aquí, pero al producirse la persecución, tuvieron que repartir la tierra entre los bárbaros y le quitaron a mi abuelo su propiedad, dejándonos con una deuda impresionante. Sin embargo hemos sobrevivido, nos ha ido bien y creo que estamos alcanzando una mayor dignidad dentro del territorio. ¿Le sirvo más vino?
INGLÉS. ¡Por favor!
PADRE. Es que a veces me gusta hablar de mi ascendencia germana, verá, soy un proveniente del centro de Europa.
INGLÉS. Me imagino.
PADRE. Y no tengo ningún problema en reconocerlo, así esté en tierras de los moros.
INGLÉS. Se nota su orgullo.
PADRE. Es que lo estoy, razón por la cual quien le habla y su familia tienen la sangre europea que considero para mí, perdone mi sinceridad, más hermosa, más pulcra.
INGLÉS. Sí, me dice que su niña por la razón de ser europeo como los que viven en este bar es más guapa.
PADRE. Es bellísima.
INGLÉS. Si esto es cierto, encantado estoy de ir a darle una visita y verla, comprobar su ascendencia y casarme con ella. Tener descendencia, pero aquí, sin tener que viajar a mi país de procedencia y arriesgarme al escrutinio. No, mejor es tener una aquí, joven, dispuesta y ahorrarme las tonterías que puedan darse en la capital.
PADRE. Concuerdo.
INGLÉS. Así que si tú me prometes que cumplirás con tu parte del trato, bien, empezamos en los siguientes días, partimos y vamos para tu granja.
PADRE. No te vas a arrepentir. Es tan guapa…
INGLÉS. ¿Es tan guapa como ella?
PADRE. Más.
Señala el inglés a una chica tal vez de unos 11 o 12 años que estaba atendiendo en este bar, su polo estaba rasgado en la parte superior por lo que medio pecho pequeño y nada desarrollado se veía ante los comensales de este lugar. Llevaba las tazas y jarras, mientras el hombre del bar ordenaba su espacio de trabajo, una cortesana caminaba por allá, tendría esta y las otras entre 16 y 20 años, era así en este lugar. Se asegura el padre y su socio, el inglés, así un trato de primer nivel para que ambos obtengan lo que querían, uno el dinero necesario para subsistir como familia o el otro una señorita joven para follar a todo dar.
Pasaron los diez meses de ley, sí, diez, durante los cuales la panza de la chica se infló, junto con los síntomas normales de un embarazo, uno que otro mareo, uno que otro vómito u otro más, pero nada grave. No crean que fue algo sencillo. En verdad lograr que la niña terminara el embarazo no fue algo fácil, se estaba enfrentando a obstáculos constantemente, ya sea su padre, ya sea su hermano, ya sea su madre o ya sea ese barbón británico que la había venido a visitar tiempo atrás. Recuerda esa noche, cómo su padre la había desnudado, cómo él mismo había tocado sus carnes mientras el británico observaba, cómo la miraba con hambre a esta nena sin saberlo embarazada de un mes. Recordaba a su hermano ignorante de todo lo ocurrido jugando con sus hermanitos afuera mientras ella era tocada por los dos varones, cómo su madre lloraba fuera de la casa, desconsolada frente a toda esta ofensa brutal, triste y con la cara enrojecida por la vergüenza y la pena, saber que su hija iba a ser vendida a tan poca edad. Las manos de los hombres la tocaban, su papá orgulloso de su hija, de sus tetas y de su trasero, el británico abriendo los cachetes de su culo y oliendo su sexo no virgen y su ano lavado con flores, recuerda los labios partidos de ese tipo en su trasero, su lengua hurgando en su orificio por donde le salían cosas feas mientras su padre la sujetaba con fuerza y la miraba con una deformación en sus pantalones.
Ahora la niña, la chica de escasos 14 años estaba echada mientras hacía el trabajo de parto, su panza era gigantesca, su madre estaba a su costado con dos matronas, una joven y otra no tanto, tan solo unos cuantos años más que ella quien hace rato jugaba con los hermanos afuera, para distraerlos. Su padre trabajaba en el campo con su peón, uno momentáneo que se pudo conseguir gracias a los ingresos económicos que ahora su familia tenía, gracias a las diversas ventas que el progenitor de esta familia había realizado en los meses anteriores. Ahora tenía que esperar a que el bebé salga de su útero, bebé que aparentemente ha salido de su esposo el británico pero que según su padre también son de su propio hermano, algo imposible, pues ella solo ha tenido sexo con un solo hombre, con el barbón inglés. Ahora tiene que pujar, sus señoras la ayudan, ahora tiene que trabajar para dar a luz el hijo que su padre amenazó con vender una vez que nazca, ese bebé por el que sus padres se han peleado todos estos meses, ese bebé que ha provocado tanta destrucción en su familia, ese bebé que ha ocasionado la muerte de su hermano.
MATRONA. Puja.
ADANA. Ahhhh.
MATRONA. Puja Adana.
ADANA. Ahhhhh!
Mientras puja se acuerda del barbón, sus pelos en su vagina mientras él olía su cuerpo desnudo, su padre estaba allí de frente, mirando como un zorro o un lobo, su mamá estaba afuera, llorando. Se acuerda la niña de la primera vez que tuvo sexo, hace nueve meses, con un barbón inglés que la penetró en su cama, con su papá vigilando. Recuerda sus gritos, a su progenitor bebiendo, a su hermano peleando afuera con su madre y a esta llorando pidiéndole que se quede afuera. Recuerda ese líquido blanco en su rostro, también rememora el pene del inglés ingresando en su coño virgen aunque ambos hombres decían que no lo era. La niña siente de nuevo ese palo blanco entrando a su cuerpo, lo recuerda todavía, era una sensación terrible, era algo que no quería recordar pero al ver a las mujeres tocando su vulva tenía que pensar de nuevo en esas cosas. Lo peor que tiene que recordar es a su hermano, recuerda cuando ambos sembraban afuera de su casa y habían tenido que ir donde una luz, recuerda vagamente haberle contado a su mamá lo que vivió en el campo con su hermano, cuando ambos despertaron, según su madre después de un mes de inconsciencia. Tiembla ante el hecho de tener rota su vagina al despertar tras tanto tiempo, de despertar en su cama medio desnuda junto a su hermano quien también había estado tanto tiempo inconsciente. Se preocupa por pensar que su hermano sea el padre de esta criatura, no cree que sea esto lo que pase, tenía miedo, sería de él o del barbón, cómo saberlo, se serena, la matrona hace lo suyo, los bebés nacen con varones, no con hermanos, eso dice su madre, pero ella no mentiría, verdad, ¿verdad?
MATRONA. ¡Puja más!
ADANA. ¡Ahhhhh!
La mamá escucha a lo lejos los gritos de su hija, gracias a ella es que ahora está en trabajo de parto, pues si no fuera por su intervención ahora su hija tendría el vientre plano o estaría esperando la llegada de los vástagos del británico. Rememora el día que su esposo vino con la noticia, el barbón británico estaba a su costado, su amado hombre había vendido a su única hija con edad de boda a este señor desconocido, tal como su papá había hecho con ella a su edad. No quería reconocerlo, era su hombre amado, ahora era un varón cualquiera, uno de los tantos que aparecen en cualquier plantación. Piensa en los primeros días en los cuales ella tuvo que rogarle a su esposo el que le permitiera a su hija esperar un tiempo para la boda, pues era muy pequeña para estar casándose, su esposo le hace acordar que en otros lados niñas más pequeñas ya demuestran su disponibilidad para ser mujeres a temprana edad. La madre se escandaliza, se enoja al escuchar al padre comparando a su hija con las pequeñas de las zonas comerciales, él se ríe, no puede evitar ridiculizar a su mujer comparándola con su hija, la madre se molesta, golpea a su marido, una sola vez, no fue suficiente nada más.
PADRE. Tú me vas a escuchar a mí. Soy tu esposo, me juraste amor eterno y hacer lo que mejor crea, de puertas para adentro tú eres la que manda pero afuera YO soy el que decide y he tomado la decisión más inteligente. Tu hija, la puta barata que se abre de piernas a su hermano va a ser entregada a ese hombre, a él no le importa que ella ya ha sido tocada, lo que le importa es que sea hermosa y gracias a mí ella lo es.
MADRE. ¿Qué cosas dices?, mi papá es…
PADRE. Silencio! Tu ya no eres nadie para decirme cómo es que debo criar a mi hija, ya te dejé consentir a esos dos guiñapos según tu conveniencia, pero ahora va a haber un cambio, ahora verán lo que pasa cuando las reglas se rompen, ahora van a ver quién es su padre y quién es la que los ha llevado a la perdición. A partir de ahora van a hacer lo que te voy a dictar, así que prepárate, que las cosas van a cambiar para bien, para bien, dejaremos a un lado esta pobreza y pondremos a esos vagos a trabajar como se debe, el uno con su virilidad ya que ha comenzado a usar esa hombría, y la otra con su femineidad, que ya está muy dispuesta a usarla con su hermano, pues ahora que la use para el bien de su familia.
MADRE. No…
PADRE. Ahora las cosas serán mejores, ahora será una nueva etapa para esta familia, ahora podrán hacer algo con sus vidas. Dejarán a un lado su mediocridad, dejarán de ser miembros inútiles dentro de esta casa para convertirse en algo útil para todos.
Así fue, con las palabras del padre ellos se vieron obligados a seguir con un nuevo estilo de vida, comenzaron a portarse “educadamente”, no tenían otra alternativa, el sujeto se desespera, no respeta más a su pareja, la trata de forma despectiva. Aparentemente estaba poseído por una especie de furia visceral, ya no parecía una persona normal, algo había cambiado en él, su bondad y comprensión aparente ha sido afectada, trastocada, ya nada tenía sentido para la madre de familia. Su esposo trataba de forma seca y fría a sus hijos, tanto aquellos que cometieron el pecado como aquellos que todavía eran inocentes, si bien el varón era ligeramente más comprensivo y tolerante con los más chicos, de repente recordaba que estos pequeños algún día crecerían y harían las cosas que sus hermanos mayores practicaban. Los enviaba lejos, los obligaba a trabajar cada vez más, mientras el menor de los varones se resignaba a tener una mayor carga laboral y su hermana hacía trabajos internos, la menos pequeña tenía que conformarse con pasar algo más de tiempo con el hombre barbudo que su padre había traído y hacer quehaceres comunes y corrientes. Caminaba vigilada, estaba obligada a tener un hombre a su costado, ella no entendía el porqué pero sus padres le decían que era una niña mala, su padre con violencia y ella, su madre, al borde del llanto, la pequeña tenía que soportar estar lejos de su hermano, según se decía ellos estaban manchados pues hicieron algo malvado, algo que un hombre para su caso y un trabajo sacrificado en el caso de su hermano estarían condenados a realizar para sanarse.
MATRONA. ¡Puja!
ADANA. ¡Ahhh!
ASISTENTE. Ya sale, ya sale, puja, puja más, ¡puja!
ADANA. Mmmmm… ahhhhhhh!
Piensa en su hermano, recordando el fatídico día que su gemelo se molestó por el exceso de trabajo que su padre le había obligado a cumplir, por lo que el anciano sin mediar una palabra se largó al pueblo cercano durante algunos días, su madre sabia de lo que era capaz, por lo que lloraba todo el día descuidando sin querer su labores. La niña piensa en su hermano, piensa en el día en que se tuvo que retirar, después del viaje de su padre, este sin hablarle lo lleva al poblado cercano y hace un negocio, mientras ahora las señoras la hacen parir al niño o niña que está en su interior, recordaba todo lo vivido. Lágrimas aparecían en su rostro, el ser humano atraviesa su vagina, abriendo su cerviz de una manera nunca antes sentida por ella, pero su llanto no era solo por esto, en parte era por el recuerdo terrible que todavía la aquejaba, el recuerdo de su padre volviendo del pueblo con unas monedas y una mula, la tristeza de su madre al comprender que su hermano había ahora desaparecido para siempre y que estaban solas ante la ausencia de su hijito. Ahora pensaba en él con el dolor de todo lo vivido, con el dolor que sintió al ver a su padre despreciarla, de su madre llorando la partida de su hijo, de ella misma al recordar los meses de soledad que estaba viviendo tras la supuesta ofensa que le hizo a su familia y, dicen, a su virginidad.
MADRE. Vamos Adana, tú puedes.
Puja, puja, ignorante de los deseos de su madre, tiembla ante las nuevas sensaciones vividas, su cerviz se extiende pasando la cabeza de su primogénito, lo difícil está pasando, resiste, tiene que pelear, luchar, su padre se lo dijo, ahora tendría que soportar estas situaciones que supuestamente ella vivió. Se aguanta, tiene que soportar el dolor, lucha, respira, grita, se queja, gime, siente todo el dolor, sobrevive. Muerde el interior de su boca, tensa los brazos, las señoras meten sus manos, facilitando el paso del feto, el recién nacido, la niña expulsa a su primera criatura, las señoras lo agarran, la menor de ellas se prepara para su labor, es nueva en esto, hace su tarea lo mejor que puede. Sigue la labor, el dolor se mantiene en ella, tiene que aguantar, se siente explotar, las señoras modifican los genitales de la niña, no le queda otra opción, la madre espera afuera.
MATRONA. Sigue, sigue que hay más.
ADANA. Más qué, ahhh!
MATRONA. ¡Puja!
ADANA. ¡Ahhhh!
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La noche en la que conoció al barbudo de otro país al parecer la había marcado más de lo que ella recordaba, sus manos y su vello recorriendo su inocente cuerpo ese día la habían agobiado, su padre el día que la entregó a él tuvo que quedarse en la habitación. Su objetivo no era evitar que el hombre barbudo le hiciera daño o la penetrara muy bruscamente al ser su primera vez, su objetivo al estar allí junto a ella era el corroborar que el extranjero de abundante vello facial cumpliera su cometido. La niña recordaba al sujeto mencionar que ella era bellísima a pesar de haber sido manchada, otra vez esa palabra, manchada, no la entendía, si ella nunca había estado con ningún otro, siempre había seguido la ley al pie de la letra, no se había unido a ninguna persona como se decía hacían las chicas de los pueblos o las aglomeraciones de casas donde vivían más personas. Igual su padre y madre se esmeraban en culparla, en señalarla, en decirle lo malvada que era, lo pervertida que se había vuelto al aceptar a un hombre encima de ella, siempre con lo mismo, siempre diciéndole esas cosas que no eran ciertas, pero no tenía otra opción. Ella debía cumplir con lo que le ordenaban sus padres y si era aceptar que un tipo adulto la afectara y besara su desnudez con semejantes actos grotescos encima de ella entonces lo haría pues sus padres habían designado esta labor por algún motivo y no tenía intenciones de decepcionarlos, acepta la humillación, acepta la vergüenza.
MATRONA. Listo, ahí está, prepárate para lo que venga.
ADANA. Ahhhhh…
Sigue con su labor, los demás hacen lo suyo, las señoras hacen lo que les pidieron, su madre se para al costado corroborando la salud del primero de los niños, ella solo mira, su padre está lejos. Recuerda que el día que el hombre la tomó desnuda fue exactamente al revés, la mamá estaba afuera, lejos, y era su padre el que veía al anciano sacar su miembro viril, lleno de pelos y algunas venas decorando su figura. Sentía la cosa caliente y pegajosa intentando acariciar su entrepierna, mira cómo el sujeto se emociona viéndola desnuda allí tirada ante la complacencia de su padre, se sentía entre una espada extranjera y una pared cercana. Recuerda al sujeto poniéndose encima de ella, moviéndose frenéticamente, ingresando a su orificio que creía santo a pesar de lo que decían sus padres, recuerda al individuo gruñendo y gimiendo ante lo apretado de las paredes, recuerda sus palabras, su aliento. Recuerda al padre mirando el espectáculo, cómo ella era sometida por semejante animal mientras la mamá se encontraba lejos y su hermano era designado como un peón en alguna plantación lejana o era reclutado por alguna tropa local. Las imágenes del sujeto encima de ella bufando mientras se movía frenéticamente, sus ojos pegados a sus incipientes tetas, la mirada fija en los pezones bamboleantes, su pene ingresando y saliendo, provocando más que dolor o excitación algo diferente, algo que ella no entendía. No le gustaba estar allí, el sujeto seguía con los movimientos mecánicos, acelerando su embiste, provocando que ella grite por el roce y la intensidad del acto amatorio. Recordaba haber pedido ayuda, recordaba las manos de su padre intentando sujetar sus brazos que trataban de empujar al anciano, recuerda ver a este en complicidad con el otro, recuerda la tristeza, el terror sentido ese día y las noches que tuvo que estar con él para traer según él un hijo europeo al mundo.
ASISTENTE. Tenemos que pensar en otra cosa señora.
ADANA. Ahhhhhhhh! ¡Ahhhhhhhhh!
Mira encima suyo al hombre barbudo introduciendo su miembro, la salchicha se ensanchaba cada vez que el tipo se concentraba en ella y miraba sus pezones. Agarraba sus brazos, senos y caderas con tanta fuerza que le dejó marcas al día siguiente, recuerda mirar a su padre también agarrándola, evitando que huya y no cumpla con sus obligaciones de mujer. Siente al extranjero chupando y mordiendo sus tiernos pezones, recuerda gritar en un momento y llamar a su mamá, el hombre se excitaba aún más y empujaba más profundamente. El calor era notorio, el aliento rozaba su piel, murmullos paternales celebraban el hecho que ahora era una mujer legítima, una que no iba a ser manchada por el pecado. Ya no lo escuchaba, no podía aguantar más lo que estaba viviendo, la presión y los rugidos de los hombres la distraían, ya no sentía más, se sentía mareada y no podía escapar de allí. Ahora la situación al parecer se volvía a repetir, los hombres fueron reemplazados por matronas y el ingreso de la pieza de carne viril ahora era una expulsión de una persona. Gritaba, también de dolor pero la situación era diferente, nueve meses después volvía a condenarse ante una persona de fuera, alguien que no la iba a comprender, alguien que solo utilizaba su cuerpo para sus propios fines. Se siente desfallecer, siente que ya no resiste más, siente que tiene que soltarlo todo, debe rendirse ahora, la situación se descontrola para ella, ya no aguanta más.
MATRONA. No te duermas, no te duermas, niña no…
ADANA. Evelio…
MATRONA. No te duermas, no te duermas, oye despiértala, no, llama a la madre, no, ah…, este es difícil, ahí viene, ahí viene…
La asistente la busca pero la mamá de los adolescentes no sea inmuta. Adana hace su mayor esfuerzo, en sus ensoñaciones llama a su hermano, ellas creen que habla de algún chico del pueblo, mientras la mamá de la embarazada sujeta su ropa con fuerza, ella recuerda ese horrible día, el día que recibió del ángel que supuestamente la visitó en sueños que ella debía ser la guardiana de sus hijos, no los de ella, debe cuidar a los de su propia hija, su propia sangre. Llora, llora al oír a su hija llamando al hermano, a su primer amante, lo escucha, no atiende a la muchacha que regresa a ayudar a la matrona que hace su tarea, recibiendo a los vástagos de la pequeña. La mamá escucha al primer bebé en su familia y se acerca ahora sí, su hija sigue gritando, el trabajo no ha terminado, la mamá ahora entiende, ha tenido que soportarlo todo, debe seguir. Las matronas hacen su labor, la niña se siente sin fuerzas, las madres escuchan sus lamentos pero no permiten más dilaciones, le exigen parir al siguiente. Adana se esfuerza, pare al segundo hijo, ahí mismo, no hay más tiempo. Los hijos de sus hijos están naciendo, frutos de la desesperación y del pecado, producto de una fiebre anormal, tal vez una maldad que debía recaer en su familia después de haber presenciado en su juventud tanta perversión en el seno de su familia. Después de haber permitido tanta perversión en su casa, pensando que era perfectamente normal, ahora lo veía ahí reflejado en sus hijos, los atrapó cuando realizaban sus acciones decadentes y libidinosas y en ningún momento se detuvo, los dejó hacer.
ASISTENTE: No sale…
MATRONA: Cállate.
Se arrepiente, se estremece, calcula que esta vivencias son el producto de los pecados de su familia, de su padre poniendo su pene en su boca cuando bebía, de su madre que le enseñaba a rodear vergas con sus inocentes manos de niña, de sus hermanos penetrando animales en los terrenos vecinos, y de los hijos de éstos que la llevaban a los riachuelos a bañarse y a aprender a hacer lo que los animales hacían para tener más crías y prepararse para cuando quisieran hacerlo de verdad. Todo este pecado la afectaba, todo el miedo recorría su piel, tan solo de recordarlo, tan solo de pensar en la depravación previa, hasta que conoció a su marido y le mostró lo celoso que era con su familia y con su comunidad. Piensa en su familia que tantas cosas malas hizo cuando ella y sus hermanos eran chicos, piensa en cómo se fueron retirando de esas tierras donde ellos vivían, debido a los colonos, como fueron expulsados, como estuvo sola, cómo todos se retiraron de su vida, piensa en su hijo mayor y en su pequeña, que en riesgo ahora estaban, cada uno viviendo sus aventuras, cada uno cayendo en la desgracia, se estremece, esperando volver a verlos, volver a encontrarse con ellos, pero en el fondo sabe que esto es demasiado complicado. Cierra las manos, las aprieta contra ella misma, espera volver a ver a toda su familia unida pero sabe que esto es algo complicado, tiene que esperar, tiene que aguantar, trata de respirar pero se siente agobiada, entiende su pecado y pide perdón, mira a su esposo que está demasiado lejos, mira al cielo esperando por un cambio, algo para cambiar su situación y darle a sus hijos, a su sangre, algo para poder sobrevivir estos tiempos de hambruna y odio interfamiliar. Recuerda las palabras que aparecieron de repente, lo que sus niños decían, que el fruto de este pecado era algo deseado, que no les faltaría nada y tiene esperanzas, aunque en el fondo puede intuir que habrán grandes dificultades, que habrá matanzas, pero que con el tiempo sus nietos, sus pequeños, cumplirán con el destino que les corresponda, ella tiene fe, tiene esperanza en eso.

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