#BlancaNieves, #Deseo y #Venganza
La Madrastra de Blanca Nieves tiene pensamientos pervertidos con ella.
Bajo los arcos de piedra de su sombría recámara, la corona dorada brillaba con altivez sobre su frente, pero su mente ardía en una hoguera de celos y una lujuria tan retorcida como dominante. Para la Reina, pensar en Blancanieves no era solo contemplar su juventud, sino saber que la muchacha y su propio padre —el difunto rey— habían mantenido en secreto un romance erótico prohibido que perduró intensamente hasta el último suspiro y la muerte de él.
—Miren a la pequeña ramera y a su adorado padre… amándose sin tregua hasta que la muerte los separó, justo bajo mis narices —susurró con una sonrisa fría y venenosa frente al espejo.
Una memoria particularmente sucia y depravada cruzó por su mente, encendiendo su sangre con una furia febril: recordaba perfectamente aquella madrugada en que, espiándolos por una rendija, vio al monarca desnudo sobre la alfombra, con la respiración pesada y el rostro sudoroso, obligando a la muchacha a arrodillarse frente a él mientras le sujetaba el cabello con brusquedad para introducirse en su boca con embates crudos y despiadados, exigiendo que tragara cada gota de su semen entre arcadas y lágrimas silenciosas. Pero el recuerdo más vívido, aquel que hacía latir con violencia sus sienes, era escuchar cómo Blancanieves gemía desbocada bajo cada embestida salvaje que su padre le propinaba por la espalda, retorciéndose y suplicando más a medida que la carne chocaba sin compasión, entregándose por completo a los envites bestiales de su propio progenitor entre jadeos llenos de un placer prohibido que llenaban las paredes de la alcoba real. Saber que el monarca había poseído carnalmente a su hija de manera ininterrumpida hasta su lecho de muerte era un ultraje que al principio encendía su furia, pero que rápidamente se transformaba en una excitación perversa; lejos de detenerlos, la Reina había permitido deliberadamente que ese vínculo incestuoso creciera y floreciera bajo su techo hasta el final, sabiendo que la degradación absoluta de la joven aumentaba su propio placer al contemplar la escena.
—Gime todo lo que quieras para él en tus recuerdos, pequeña puta… pronto aprenderás que la única dueña y soberana de tus gemidos soy yo —siseó con deleite, relamiéndose los labios con la mirada perdida en su propio reflejo.
Imaginarse el cuerpo de Blancanieves marcado por los deseos incesantes de su propio padre hasta el final, y pensar en la forma en que ahora ella misma gobernaba sobre esa carne codiciada y corrompida, desataba en su interior una marea de fuego insaciable. Su mano enfundada en el delicado guante de encaje negro comenzó un recorrido lento, posesivo y desesperado por su propia piel, queriendo emular el tacto de aquel pasado oscuro.
Subió para apretar su garganta y rozar sus labios, antes de descender con furia para amasar con fuerza sus pechos. Los pezones, tensos y adoloridos por la fricción, reaccionaron a las punzadas de placer mientras su otra mano descendía sin tregua por el vientre hasta encumbrarse en su centro húmedo y palpitante.
—Todo lo que él probó hasta el último día, todo lo que ella le entregó… ahora me pertenece por entero —siseó con el aliento espeso por la lujuria, arqueando la espalda.
Los dedos se deslizaron sobre su clítoris con una fricción voraz y desatada, imitando el ritmo furioso de sus pensamientos dominantes y de las imágenes prohibidas que la consumían. Cada roce contra esa zona incandescente multiplicaba el calor hasta volverlo una presión insoportable, un éxtasis denso que le nublaba la razón.
—Nadie más reinará sobre este cuerpo… ¡mía, absolutamente mía! —exclamó con la voz rota, perdiendo el control al compás de sus propias caricias.
El ritmo se volvió salvaje y frenético, exigiendo una entrega total mientras el reflejo del espejo devolvía la imagen de una soberana entregada al desenfreno. La tensión acumulada estalló de golpe en un espasmo violento y desgarrador que sacudió cada fibra de su ser, detonando un orgasmo explosivo y cegador que la hizo arquearse con fuerza mientras las olas de un placer desmedido la atravesaban. Las piernas le temblaron y el pulso se le desbocó por completo, dejándola jadeante, con la piel perlada de sudor y sumida en un éxtasis absoluto de triunfo y satisfacción visceral.
—Disfruta de tu dulce y frágil vida mientras puedas, pequeña zorra; te haré suplicar de rodillas que te tome, convirtiendo cada ruego tuyo en el más dulce y perverso deleite para mi venganza.—

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