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Fantasías / Parodias

Donde la tierra tiene hambre.

Buenas mis estimados. Si han leído mis anteriores relatos ya tienen una idea de por donde va, si no, les advierto, esto es Horrorporn. Si no va contigo no sigas leyendo, de lo contrario bienvenidos. Esto es un Folkhorror sobre una familia de vacaciones en un pueblo que… .

                      Donde la tierra tiene hambre.

 

 1

 

El pueblo no aparecía en los mapas modernos, eso fue lo primero que noté mientras nos adentrábamos por aquellos senderos cubiertos de castaños que se entrelazaban retorciéndose de una peculiar manera.

En la pantalla de mi teléfono, el pequeño punto azul que indicaba la posición flotaba en medio de una extensión gris. No había carreteras, nombres ni símbolos. Solo un vacío cartográfico donde, según las indicaciones debía encontrarse Valdemora.

Mientras meditaba el extraño nombre del dichoso pueblo, una docena de casas de piedra se alzaban tras el espeso follaje. Las casas se agrupaban alrededor de una iglesia sin campanario. Más allá se extendían campos de trigo ennegrecido y, al fondo, un bosque de árboles desnudos, aunque todavía era verano.

Entrábamos por una calzada de piedras blancas cuando vi el cartel de madera y metal oxidado, pensé que alguien se había tomado demasiadas molestias para dar la bienvenida a unos desconocidos pero, el letrero era antiguo, muy antiguo, más que el propio pueblo.

 

BIENVENIDOS A VALDEMORA, DONDE LA TIERRA NOS ALIMENTA Y

NOSOTROS ALIMENTAMOS A LA TIERRA

 

La última frase me pareció extraña.

 

—¿Qué significa eso? —preguntó Lotte desde el asiento trasero.

 

Papá redujo la velocidad mientras observaba las casas que aparecían tras una curva. Eran antiguas, construidas con piedra oscura y techos de tejas rojizas. Una niebla ligera descendía desde las colinas y se acumulaba entre los árboles.

 

—Probablemente sea un lema ecológico —respondió Inés, nuestra abuela—. Ya sabes,

gente que cultiva sus propios alimentos.

 

Lotte, de once años, volvió a mirar por la ventana.

 

—Que extraño. —dijo.

 

Era cierto.

Lo noté cuando cruzaron el puente de piedra que marcaba la entrada al pueblo, sentí que algo nos estaba observando. No supe explicar qué. Quizá fueran las casas. Todas tenían las ventanas cerradas.

Quizá fueran las personas que caminaban por la calle principal: Ancianos, mujeres, niños. Todos vestidos con ropa sencilla, demasiado antigua para parecer moderna y demasiado limpia para ser ropa de trabajo. Pero había algo más.

Todos los habitantes llevaban pequeñas ramas atadas alrededor de las muñecas.

Unos con brotes de hojas verdes y otros una ramilla de espino.

 

—Qué bonito —dijo mamá desde el asiento del copiloto.

 

Yo no estaba tan entusiasmado, llevábamos conduciendo más de cinco horas desde que abandonamos la carretera principal y lo único que veíamos eran campos amarillos, bosques negros y espantapájaros clavados a intervalos regulares.

Estaba prácticamente muerto, era una ventaja que a papá le encantara conducir, yo estaría cuanto menos molesto.

 

—Por aquí no venia papá de vacaciones? —preguntó mamá.

 

—Tienes razón —respondió la abuela—, creo que por aquí hay un lago al que solía venir a pescar en verano. No te acuerdas, Gabriel?

 

—Yo? —Pregunté curioso— no recuerdo.

 

—Te trajo varias veces —consideró la abuela—, claro que eras muy pequeño, puede que por eso no te acuerdes.

 

—Puede ser.

 

—Eso es seguro —concluyó mamá.

 

 

Lo primero que pensé al ver la casa fue que parecía estar esperando. No esperando a que llegáramos. Esperando a que entráramos.

La casa que habíamos alquilado pertenecía a una familia que, según el anuncio, llevaba generaciones cultivando los campos de Valdemora. Era una enorme vivienda de piedra, rodeada de bosque, con un granero y un huerto. Mi padre fue quien firmó el contrato. Lo había encontrado en una página perdida entre anuncios de propiedades rurales. Una casa enorme, tres meses de arriendo por un precio ridículo claro que no había fotografías recientes. Ni reseñas. Ni siquiera una dirección precisa, era prácticamente un tiro en la oscuridad. Al menos nos salido bien, la casa era pintorescamente bella.

 

El propietario se llamaba Elías Varga.

Era un hombre delgado, de unos setenta años, con la piel amarillenta y los ojos extraordinariamente claros.

 

—Bienvenidos —dijo, sonrió pero no mostró los dientes—nos complace que hayan llegado.

 

—No fue fácil —Respondió papá.

 

—Si, puede ser difícil llegar, la primera vez.

 

—Ya lo creo.

 

—Esperamos que se puedan quedar hasta la cosecha —sus ojos brillaron—, la comunidad hace una kermés muy divertida.

 

Papá rió incómodo.

 

—No quisiéramos importunar, no somos de la comunidad.

 

—Una vez que llegas a Valdemora ya eres parte de la comunidad.

 

—Estaríamos encantados —respondió Inés.

 

Mamá recibió las llaves dándole una mirara a la abuela, esta se encogió de hombro y sonrió.

 

—¿Alguna recomendación? ¿Algún sitio que podamos visitar?

 

Elías pensó.

 

—No entren en el bosque después del anochecer.

 

—¿Animales? —preguntó Mamá.

 

—No. —El anciano miró hacia los árboles como eligiendo las palabras antes de marcharse—puede que si.

 

—Vaya paletos —murmuro papá.

 

—Oye —dijo mamá clavándole el codo.

 

Dentro, la casa estaba limpia y completamente equipada. Había muebles antiguos, fotografías en blanco y negro, una enorme mesa comedor de madera cruda y una escalera de gruesas barandas de roble. Todo estaba impregnado con un aroma dulce como a fruta remadura.

 

—Es muy acogedor, no creen? —dijo la abuela.

 

Entonces llamaron a la puerta.

Una mujer anciana esperaba afuera. Vestía un largo vestido verde y sostenía una cesta llena de frutas y verduras.

 

—Bienvenidos —dijo con una sonrisa demasiado amplia—. Soy Matilde. Vivo aquí al lado.

 

Antes que siquiera termináramos de descargar las maletas la entrada se nos llenó de aldeanos. Todos eran demasiado amables. Eso fue lo segundo que pensé.

Había tres ancianas, dos hombres muy delgados y una muchacha de aspecto frágil que no debía tener más de diecisiete años. Traían pan, leche, verduras y frascos de algo que dijeron era conservas de la comunidad.

 

—Muchas gracias —respondió la abuela.

 

—No se hubieran molestado —continuo mamá.

 

—No es molestia para nada—respondió otra.

 

Mi madre los invitó a pasar. Yo me quedé en la puerta, no podía dejar de mirar a la muchacha. No porque fuera especialmente hermosa, aunque lo era de una manera incómoda, casi enfermiza. Tenía el pelo negro, la piel demasiado pálida y unos ojos grandes que parecían no parpadear.

Me sonrió.

 

—¿Es tu hijo el mayor? —preguntó.

 

Mi madre asintió.

 

—Gabriel.

 

La muchacha siguió mirándome.

 

—Gabriel —repitió.

 

Sentí un escalofrío.

 

—¿Y tú eres?

 

La sonrisa de la muchacha se ensanchó.

 

—Ya me conocerás.

 

Mi padre se echó a reír. Yo no.

 

—Aldara, no seas así —dijo Matilde— esta es mi nieta, Aldara.

 

—Un gusto — saludó mamá—, yo soy Ana; este es mi marido Daniel, mi madre Inés, mi hija Lotte —la niña admiraba una mariposa—, lo siento tiene once años y mi hijo Gabriel.

 

 

2

La primera noche dormí mal, no por el colchón, ni por los extraños ruidos de la casa, que si los había.

Por el olor: Era dulce y húmedo, como flores podridas. Me desperté a las tres de la madrugada y lo primero que hice fue pensar que alguien estaba dentro de mi habitación.

Me incorporé.

Oscuridad.

La ventana estaba abierta, recordaba haberla cerrado.

Entonces escuché un ruido en el pasillo, un roce. Después otro.

Me levanté. No sé por qué, tal vez porque tenía miedo, tal vez porque, desde que era niño, siempre había sentido una curiosidad enfermiza por aquello que me asustaba.

Abrí la puerta.

El pasillo estaba iluminado por la luna. Al final estaba Lotte, de pie. Descalza mirando hacia las escaleras.

 

—¿Lotte?

 

No respondió.

 

—Lotte —volví a llamarla.

 

Entonces giró lentamente la cabeza, tenía los ojos abiertos pero seguía dormida.

 

—Regresa a tu habitación —susurré.

 

Ella sonrió y bajó las escaleras, la seguí, Lotte entró en la cocina.

Allí estaba la chica que nos había recibido. La muchacha de piel pálida.

Estaba sentada sobre la mesa.

Desnuda. La luz de la luna dibujaba líneas blancas sobre su piel, a sus pies había una cesta llena de verduras. Lotte se acercó a ella, la mujer le acarició el cabello.

Yo debería haber entrado, debería haber gritado. En lugar de eso, permanecí detrás de la puerta entreabierta, observando.

La muchacha murmuraba palabras que no entendía. Lotte cerró los ojos, su rostro se relajó, como si estuviera escuchando una canción.

Sentí miedo, pero también otra cosa. Una vergüenza caliente, animal. La sensación de estar mirando algo que no debía ver.

Aldara le dio un beso profundo y con una calma exasperante, le deslizo los tirantes del camisón haciéndolo caer a sus pies. Pasó los largos y delgados dedos recorriendo el cuerpo de Lotte, deteniéndose junto a los pequeños senos puntiagudos apretando los pezones.

Volvió a susurrar algo y se sentó nuevamente en la mesa abriendo las piernas, mi hermana se arrodilló entre los muslos de la chica y hundió su rostro contra el pubis.

Entonces la muchacha abrió los ojos y me miró, a través de la oscuridad, a través de la puerta y sonrió. Y las luces se apagaron, entonces una suave y chillona voz dijo:

 

NO COMAS NADA!

 

Desperté al día siguiente con un fuerte dolor de cabeza, tenía ese recuerdo nuboso, como un sueño vivido o tal vez, una pesadilla.

Salí de mi cuarto al pasillo y caminé al de mi hermana, estaba vació y la cama deshecha, me inquieté, corrí a las escalera y descendí. Cuando llegué al comedor mi madre preparaba café, mi padre leía el periódico, la abuela comía unas galletas y Lotte canturreaba mientras se terminaba la última caja de zumo de naranja, como si nada hubiera pasado. Lo que vi anoche fue real o solo una pesadilla, yo tenía la sensación de que estaba volviéndome loco.

 

—Daniel! —Gritó mamá— te dije que no comieras nada de lo que trajeron los vecinos hasta terminar lo nuestro, no quiero que se descomponga.

 

—Solo fue una galleta con un poco de esa mermelada de arándonos mujer, no es para tanto.

 

—Termínate lo que ya está abierto.

 

—Lo sé, lo sé.

 

Me reí, me rió cada vez que mamá regaña a papá, me rió cada vez que mamá regaña a cualquiera que no sea a mí.

Me devuelvo sobre mis pasos y empiezo a echar un vistazo por la casa, las fotografías en las paredes, la gran chimenea de piedra y las puertas de colores silvestres que daba a un almacén de conservas y otra al lavadero, pero este era húmedo y oscuro, no tan agradable para husmear, fue allí donde me encontró Lotte.

 

—Que haces? —pregunté.

 

—explorar y tú?

 

—También.

 

—Estas bien —indagué—, dormiste bien anoche?

 

—Como una piedra. —sonrió y se fue a jugar.

 

Me encontraba mirando por la venta, absorto en esa pesadilla, en el momento en que Lotte se agachaba entre las piernas de la chica, con una sensación tan contradictoria como cachonda.

Cuando algo aleteaba junto con las hojas danzando con el viento, moviéndose bajo la tierra.

 

—Qué amable. Justo estaba pensando en buscarle —dijo mamá. Se encontraba fuera, no la veía pero podía escucharla—, quería preguntarle dónde podríamos comprar provisiones?

 

Matilde, la anciana, dejó escapar una pequeña carcajada.

 

—Oh, aquí no tendrán ese problema. En Valdemora compartimos todo lo que la tierra nos entrega.

 

—¿No hay algún supermercado cerca?

 

—¿Supermercado? No. Aquí no necesitamos esas cosas.

 

—Bueno, ¿una carnicería?

 

La mujer levantó la voz.

 

—No comemos carne.

 

Hubo un silencio incómodo.

 

—¿Por alguna razón religiosa? —preguntó mamá.

 

Matilde tardó en responder.

 

—Digamos que es una cuestión de… supervivencia.

 

Luego se marchó.

 

—No me gusta.

 

—¿Qué cosa? —preguntó papá.

 

—No, nada.

 

Cuando el jardín quedó libre me escabullí por la puerta a investigar que era lo que había visto. Di una vuelta a la casa sin encontrar nada, una alucinación más me decía en el instante que me encontré con una pequeña niña, de unos ocho años, llevaba un vestido amarillo y dos coletas.

 

—¿Vives aquí? —pregunté.

 

Me ofreció una amplia sonrisa y colocó su dedo índice en los labios en señal de silencio.

 

—No comas nada que te ofrezcan —y salio corriendo.

 

 

 

3

 

 

 

La segunda noche no quise dormir, quería estar completamente despierto para no confundirme de nuevo, mirando por la venta, por el pasillo y sobre todo, escuchando.

Eran alrededor de las tres de madrugada y sentía los parpados pesados, cerré los ojos y después de un momento el sonido, un rose en el pasillo, pasos. Abro con cuidado mi puerta viendo al cuarto de mi hermana, esta cerrado y oscuro, pero los pasos continúan, se alejan.

Indeciso, si quedarme o salir fuera, investigar aquellos misteriosos pasos o no. Me acerqué a la ventana, fue entonces cuando vi la luz danzando entre los árboles muertos,  más allá del sembradío. No era luz eléctrica. Parpadeaba con un ritmo orgánico, como un latido.

Raudo bajé las escaleras y atravesé la puerta al exterior, al jardín de césped húmedo por el roció. Avance sigilosamente, descalzo, sintiendo la hierba entre los dedos de los pies.

El voyeurismo siempre había sido mi pecado secreto. Mirar sin ser visto. Observar lo prohibido desde las rendijas. Y allí, entre los robles retorcidos, encontré algo que cambiaría todo. Más allá de la línea de árboles ennegrecido, más allá de la tierra enmohecida y pestilente. Había un claro, un circulo perfecto de tierra negra, húmeda y brillante y el centro se erguía un monolito de piedra negra, de obsidiana tan oscura que parecía tragarse la luz que le rodeaba, a unos metros un altar de piedra gris cubierto por marcas que parecían moverse cuando las mirabas de reojo y junto al altar, una hoguera ardía con una enfermiza luz verde, alrededor de ella seis mujeres bailaban desnudas.  Eran criaturas, no humanas del todo, sus cuerpos eran perfectos de una manera incorrecta, con pechos demasiado firmes, caderas que se ensanchaban en ángulos imposibles, articulaciones demasiado flexibles, piel que brillaba a la luz de las llamas con un tono verdegris, como estatuas de cobre expuestas al tiempo.

 

Fue entonces cuando vi a mi padre.

 

Salió descalzo, vestido solo con los boxers, caminando con pasos rígidos, casi sonámbulos; hacia el linde del bosque, hacia el círculo de tierra negra. Quise gritarle, pero la voz se me atascó en la garganta cuando vi que las mujeres se le aproximaban.

Me acercaba silencioso mientras observaba, mientras las ramas y espinas se clavaban a la piel, dolía, pero no podía evitarlo. La escena tenía esa cualidad hipnótica de las pesadillas eróticas, donde el horror y la excitación se confunden en una misma sustancia pegajosa.

Una de ellas, la más alta, con cabellos negros que se movían como serpientes de sombra, guió las manos de mi padre hacia sus pechos, las otras se movieron alrededor de ellos en una danza lenta, sensual, sus caderas gesticulando círculos obscenos en el aire.

Mi padre avanzó atraído por la mujer al altar, tomó su pecho con la mano y se lo ofreció, mi padre lo chupó y lamió, mordisqueando y besando el pezón de una manera salvaje, la mujer gimió y se estremeció abrazando la cabeza, apretándola contra sus tetas orondas, chillando con un sonido agudo y estridente, como uñas sobre una pizarra.

Y las luces se apagaron.

 

—NO COMAS NADA —volví a escuchar la voz.

 

El dolor de cabeza, los recuerdos nublados, la mañana siguiente no fue mejor que la anterior

Lo extraño lo encontré en el comedor, o mejor dicho, lo normal, ya que todos se comportaban con una normalidad que incomodaba.

 

—Esto es lo último de tocineta que tenemos —dijo mamá quitando la salten del fogón— mañana tendremos que comer vegano.

 

—Que le vamos a hacer —se lamentó papá—, aunque esta mermelada esta buenísima.

 

—Eso es cierto —reforzó la abuela deslizando el cuchillo cargado del brebaje color granate sobre un pan negro.

 

Me detengo, repasando las pesadillas de las noches anteriores, ¿me estaré volviendo loco? Seré de esos casos clínicos de esquizofrenia en donde descubres que las voces que escuchas, no eran las de tus amigos imaginarios cuando te ordenan matar a tus padres con el hacha del sótano.

Sin embargo, algo dentro mí, muy en el fondo me decía que algo iba mal. Espero que no me diga donde encontrar el hacha.

Me comí dos lonchas de jamón y un poco de agua, por si acaso.

 

El día la pasamos recorriendo el pueblo en familia, jugamos en un prado verde sobre una suave colina hasta entrada la tarde.

 

 

 

 

 

4

 

 

 

 

Era la tercera noche y mi cabeza daba vueltas pensando en la renovación del carro deportivo de mi psiquiatra a mi costa, cuando, la puerta principal se abrió.

Debería haberme quedado en la cama, pero la curiosidad era más fuerte.

 

Mientras la figura se alejaba corriendo por entre los árboles grises le seguí a distancia, conocía el camino, conocía a la figura.

Como la noche anterior mi padre se coló entre las mujeres que bailaban desnudas junto a la hoguera, también estaba desnudo, con la cara roja y los ojos brillantes. Se acercó a una de las mujeres, tenía pechos pequeños y empezó a besarla.  Ella le respondió mordiéndole el cuello, y yo sentí cómo mi pene se endurecía. Me sentí avergonzado, pero no podía mirar hacia otro lado. Las mujeres se acercaron al monolito y empezaron a cantar una canción en un idioma que no entendía. Su voz era profunda y grave, como el rugido de un toro. Papá coloco frente al monolito a la mujer delgada y la tomó brutalmente desde atrás mientras ella se agarraba al monolito, sus uñas se aferraban a la piedra aguantando las acometidas, los glúteos rebotaban violentamente, no aguante más, me saqué la polla y comencé a masturbarme viendo el espectáculo, viendo a las mujeres contorsionándose al rededor de la pareja follando, viendo sus tetas rebotar al compás de la danza, escuchando los gemidos, gruñidos mezclados con risas agudas que no parecían humanas.

Los golpes de pelvis más profundos, más espasmódicos indicaban que mi padre estaba alcanzando el clímax, las otras cinco mujeres se retiraron, entonces papá gritó y eyaculó dentro de la mujer. Cayó tendido sobre su espalda, exhausto. Al mismo tiempo que yo también me corría.

La mujer de pechos grande se le acercó y le ofreció una jarra con un líquido verde.

 

—Bebe, come — susurró la mujer.

 

Papá la bebió, gotas de sudor le corrían por la frente, después el sudor era verde y no era solo sudor, brotaba de la frente, de los ojos, de la boca. Papá gritó, un sonido agudo y desgarrador que cortó la noche, pero las criaturas se reían, cuando tosía y convulsionaba, cuando vomitaba litros de fluido verde, cuando el suelo se encharcaba del líquido.

 

—Que son ellas? —pregunté en susurros.

 

—Criaturas del bosque —respondió una voz al lado mió—, antiguas, criaturas que eran viajas cuando la humanidad era joven.

 

La niña estaba al lado mió, agazapada igual que yo.

 

—Quien ere tú?

 

—Mi nombre es Mari y soy una de ellos.

 

—Eres de esas criaturas?  Porqué me ayudas?

 

—Tengo mis motivos.

 

—Que le hacen a mi padre?

 

—Lo devoran, lo asimilan, pasa cuando comes su comida, te vuelves apetecible para ellos —me entregó una rama de Espino—, átate esto en la muñeca, creerán que eres uno de ellos.

 

—Y mi padre?

 

—Ya no puedes hacer nada por él.

 

—Pero que dices?

 

Voltee a la derecha, al monolito, al altar. Había un charco de baba verde donde yacía mi padre, las mujeres de rodillas comían aquel potaje, pero ya no eran mujeres. Eran algo más, algo amorfo, algo monstruoso.

Quise voltear la vista; quise gritar, quise huir, pero no podía moverme, no podía apartar la mirada. Ni cuando las criaturas masticaban, devoraban el fluido ni cuando, de entre las sombras del monolito surgió otra criatura. Esta era diferente. Masculina, si es que podía llamarse así. Su piel era de un verde pálido, escamoso, con protuberancias que parecían hongos creciendo por todo su cuerpo. Entre sus piernas colgaba un miembro desproporcionado, grueso como mi muñeca y de un color púrpura enfermizo, con venas negras que pulsaban viscosamente.

La criatura se acercó a donde yacía el cuerpo destrozado de mi padre y recogió un trozo de lona flácido o eso creí al principio, luego me di cuenta ese trozo de lona era mi padre o mejor dicho, la piel de mi padre.

Estuve allí, temblando, durante minutos que parecieron horas, viendo como la criatura se colocaba la piel, se acomodaba los pliegues, se vestía a mi padre.

Me quedé allí, cuando las criaturas se fueron, cuando la hoguera se apagó, cuando todo terminó. Me quedé allí, hasta que el sol apareció y se hizo tarde.

 

Cuando finalmente regresé la casa estaba en silencio, una nota sobre la mesilla al lado de la puerta indicaba que Lotte y la abuela habían ido al pueblo a ayudar con la fiesta. Fueron todos? Por qué se comportaban con tanta normalidad, sería yo? Yo solo veía eso y todo estaba en mi mente?

Entonces lo escuché; un sonido, lo seguí, fue el sonido lo que me guió. Gemidos, gemidos de mi madre.

La encontré en el dormitorio principal, la que ella compartía con mi padre. Estaba desnuda sobre las sábanas de lino blanco, pero no estaba sola. La criatura verde estaba encima de ella, su cuerpo repugnante presionando contra el de mi madre. Y ella… ella lo recibía. Sus piernas estaban abiertas, envolviendo la cintura de la bestia, sus uñas arañando la espalda escamosa mientras, aquel miembro monstruoso entraba y salía de ella abriéndole el coño de una manera descomunal. Como un pozo que era taladrado con una fuerza brutal. La cama crujía escandalosamente y junto con ello, los gemidos, no eran sonidos normales. Era el sonido de la tierra misma gimiendo, de las raíces frotándose en ritmos obscenos, de la savia corriendo por tubos vegetales en pulsaciones orgásmicas. La criatura gruñó y vi el momento exacto en que su semilla, un líquido verdoso y espeso, luminoso en la oscuridad, inundó a mi madre. Pero siguió embistiendo, siguió moviéndose entre los bramidos de mi madre, una mezcla de placer y dolor, una mezcla de lujuria y terror.

 

Mi eyaculación me sorprendió, violenta y dolorosa, manchando la pared frente a mí mientras las lágrimas corrían por mi rostro. En que mierda estaba pensando? como podrías estar masturbándome con las imágenes de mi madres siendo follada por un monstruo vegetal. Aparté el rostro y escapé de la casa en silencio, al llegar a la puerta aún podía escuchar los quejidos de mi madre.

 

 

 

 

5

 

 

 

 

Me fui corriendo en dirección al pueblo, No sé por cuanto tiempo estuve dormido en el bosque ya que el Sol se ponía en el horizonte al despertar. Metros antes de llegar recordé las palabras de la niña y me até la barita a la muñeca. Respiré hondo, intentando tranquilizarme mientras avanzaba a la plaza principal, frente a la iglesia sin campanario.

Me encontré con una decena de mesas dispuestas en circulo al rededor de un triangulo negro dibujado en el piso de adoquines. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos. La comida ocupaba casi toda la mesa: sopas de verduras, pasteles rellenos de hongos, frutas de colores extraños, pan negro y un guiso espeso que olía a tierra mojada. Mi abuela, Lotte y otros aldeanos ya estaban sentados. Me acerqué a la abuela pero ya era demasiado tarde, estaba devorando una hogaza de pan negro.

 

—Ya estas aquí —me saludó—, deberías probar esto, esta riquísimo.

 

—Después —dije.

 

—Tus padres siguen durmiendo?

 

—He… si.

 

—No quise molestarles esta mañana y como Matilde me invitó a la verbena me traje a Lotte

 

—Yo… —no alcancé a pronunciar otra palabra.

 

—Aquí están —dijo mamá.

 

Me sorprendí al verlos, mamá y la criatura que se disfrazaba de papá se sentaron a mi lado y se sirvieron un plano de ensalada de hongos.

 

—Come —ordenó—, está muy bueno, disfruta lo que la tierra proporciona.

 

Me serví un poco de pastel relleno que fingía comer mientras me miraban, cuando apartaban la atención de mí, lo botaba al suelo.

 

El sol se ocultaba proyectando sombras sobre la terraza de adoquines y ya con todo el pueblo en sus asientos, la chica, Aldara se levantó lánguida caminando por entre las mesa hasta llegar al triangulo pintado.

 

—Aquí nadie está perdido —dijo—, aquí todos somos comunidad, porque todo regresa a la tierra, regresa al vientre, la que duerme bajo las raíces espera.

 

—La que duerme bajo las raíces espera —gritaron en coro.

 

El aire apestaba a hierba recién cortada y fruta podrida a penas soportable. Por instantes daba pequeñas miradas furtivas en todas direcciones, acrecentando en mi un terror primordial, me aferraba a la barita amarrada a mi muñeca esperanzado que me protegiera como dijo la niña. A mi lado, mi familia disfrutaba de la comida ignorantes del veneno que ingerían, pero había algo, llevaban bocados y nada pasaba, entonces recordé; la niña mencionó que la comida los prepara, si es así, el liquido verde es el que los transforma en comida, si puedo evitar que lo beban puede que los salvé.

Entonces, desde algún lugar bajo la plaza, se escuchó un golpe. Todos los habitantes del pueblo guardaron silencio. Otro golpe, esta vez fue más fuerte. La tierra bajo los pies tembló ligeramente.

Aldara se quitó la ropa. Su piel brillaba con la luz de las farolas de aceite ubicadas en las esquinas de la plaza. Se dejó caer sobre una mesa, con las piernas abiertas enseñando el coño, los dedos de su mano derecha resbalaron por la tez lentamente; por el cuello, por su pecho, sobre su pezón, el estomago, el pubis, presionando el clítoris y frotándolo con lentitud. La chica se masturbaba delante de mí, delante de todo el pueblo y entre todo ese demencial acto, mi pene reaccionó. Apreté los dientes maldiciéndome, me dolía la polla, dura y colocada en un mal ángulo pero no podía evitarlo. no podía evitar excitarme con aquella visión.

Aldara tenía el coño húmedo y parecía adsorber los dedos; el sudor recorriendo la piel, los pezones rosados se veían duros, erectos y los gemidos se hacían más y más altos. Hasta que su cuerpo se tensó recibiendo un fuerte orgasmo, las personas aplaudieron y vitorearon.

 

—Ya es hora —gritó—, es hora que la que duerme bajo las raíces despierte y coma.

 

Mi padre y otros hombres se levantaron de sus sillas y delante de mis ojos, se arrancaron las pieles quedando al descubierto como esas abominables criaturas de musgo. Entonces las seis mujeres del monolitos desnudas avanzaron por entre las mesa cogiendo a cada una de las personas que llevaban las ramas de brotes verdes, los desnudaron y los recostaron sobre el piso de adoquines. A las mujeres, los hombres- musgo se les lanzaron encima penetrándolas con fiereza, a los hombres, ellas misma se les montaban cabalgándolos con ímpetu.

La sinfonía caótica de gemidos, roses y golpeteos era desquiciante pero lo peor era ver a mamá, la abuela y Lotte comiendo inmutables.

 

—Que es todo esto? —pregunté intentando reaccionar.

 

—La fiesta de la cosecha —respondió Aldara tras de mi, su voz sonaba diferente, más profunda, con un eco, como si hablara desde el fondo de un pozo—, esta es la noche en que, la que duerme bajo las raíces despierta.

 

Un atroz estruendo provino del bosque acompañado de un temblor bajo mis pies, tras la línea de árboles muerto un cegador resplandor cortó la oscuridad, no tenía que verlo para saber que provenía del monolitos, todo el pueblo grito y arrecio los embistes de la copula.

 

—Por qué hacen esto?

 

—Valdemora no es un pueblo —susurró Aldara—. Es una herida.

 

El triangulo del centro comenzó a brillar.

 

—Hace siglos encontramos esta cosa bajo la tierra. Nos prometió cosechas, salud y larga vida.

 

Observé a los habitantes, entonces comprendí. No eran jóvenes, eran antiguos.

 

—Y qué le dieron a cambio? —grité.

 

Aldara sonrió.

 

—Visitantes.

 

El suelo en donde estaba el triangulo se separó en dos enormes placas de piedra y, desde las profundidades, surgió un olor insoportable: raíces podridas, sangre seca y vegetación en descomposición, entonces, gruesas raíces verdes emergieron, ondulando igual a tentáculos furiosos.

Aldara me tomó de la mano viendo con atención la barita de espino.

 

—Interesante —dijo dando ordenes con un movimiento de cabeza.

 

El hombre musgo que usurpo la identidad de papá levantó a mamá de la silla y la desvistió de un movimiento. Ella, la abuela y Lotte permanecían inmóviles junto a la mesa. Tenían los ojos abiertos, pero no parecían conscientes.

—Qué les hicieron? —grité

 

Antes que pudiera hacer algo, otros aldeanos y hombres-musgo las tomaron y se las llevaron.

 

—Por qué no te rindes, por qué no comes? —sentencio Aldara soltándome la muñeca.

 

Me levanté raudo buscando a mi familia, la escena era repugnantemente excitante, una orgía demencial entre aquellos entes verdes que penetraban con pollas enormes de una mezcolanza de hierbas, hogos y cortezas de algo que no podía identificar, a las aldeanas que yacían gimiendo cadenciosamente. Entonces, vi a mi abuela, de pie, a unos metros de mí. Desnuda, me quedé admirando su figura, nada mal para una mujer de sesenta y cinco años y a pesar de los cuantos kilos de más que se acumulaban en el vientre, dejaba ver sin problemas la oscuridad de su vello púbico y la pesadez de sus pechos maduros que intentaban desafiar a la gravedad. Caminaba hacia una mesa desocupada guiada por una de las mujeres del monolito, allí la esperaban dos humanoides, altos, delgados, con piel de corteza de árbol y miembros erectos que parecían ramas retorcidas, negras y nudosas. Mi abuela no mostró miedo. Se acostó en la mesa con un movimiento fluido, se abrió de piernas, mostrándome desde donde me encontraba su sexo maduro, húmedo, palpitante.

 

 

 

 

6

 

 

Los hombres-musgo se acercaron, y uno de ellos, el más alto, con una erección del tamaño de mi antebrazo que goteaba savia dorada, se inclinó sobre ella.

La penetración fue violenta, audible desde donde yo estaba. Mi abuela gritó y se retorció, sus manos se aferraron al borde de la mesa, y pude notar de algún modo que ella estaba conciente de lo que ocurría solo que, no podía evitarlo. El hombre-musgo la tomó con ferocidad, moviéndose en ella con sonidos húmedos de carne golpeando algo vegetal.

Vi como el otro se le acercaba y abriendo lo que podría llamares boca, un agujero musgoso húmedo y pestilente en el centro de un rostro informe, engullo en pezón marrón de mi abuela chupando, succionando tan profundo que media teta entraba en su boca.

Mi mente quedó en blanco, la visión de la brutal follada me inundó inconscientemente, en mi infinita lujuria me encontraba solo y solo sentía el placer morboso de aquella violación profana, de aquella morbosa orgía demoníaca. Un calor insoportable me apresaba la polla, apreté los ojos y me dejé llevar. Esa sensación era tan agradable que me obligó a eyacular impetuosamente. Cuando volví a abrirlos ojos me encontré con la mano de Aldara estrujándome el pene del que salían hilillos de semen espeso.

 

—Eres un pequeño mirón pervertido —dijo riendo.

 

Me solté de un manotón y corrí tropezando con los pantalones a media pantorrilla, caí junto a una pareja follando a mi izquierda. Me levante con la poca dignidad que me quedaba.

 

—Son unos despreciables hijos de puta —grité.

 

Comprobé que a la abuela la seguían follando, tomé un vaso de la mesa inmediata a mí y lo lancé estrellándolo contra una lámpara de aceite. Las llamas alcanzaron las raíces que salían del suelo y por primera vez, algo bajo la plaza gritó. No era un sonido humano era como si la tierra entera se estremeciera.

 

Corrí hacia la puerta de la iglesia esquivando las raíces convulsionantes. La abrí.

Desde el otro lado el lugar olía a tierra húmeda y descomposición iluminado por una luz tenue que parecía provenir de todos lados y de ninguno al mismo tiempo. Allí me encontré  a Lotte. La niña estaba atada a una mesa de piedra, no con cuerdas, sino con enredaderas vivas que se movían con voluntad propia, apretándose contra sus pechos adolescentes, introduciéndose entre sus piernas con movimientos de penetración vegetal.

Y encima de ella, la criatura más grande que había visto. No tenía forma humana. Era una masa de tentáculos y ojos, con una abertura central que funcionaba como boca y sexo simultáneamente. Los tentáculos exploraban el cuerpo menudo y desnudo de Lotte, introduciéndose en su boca, su vagina, su ano, mientras ella gemía en éxtasis forzado, su cuerpo convulsionando en orgasmos incesantes.

 

—Gabriel —gritó cuando me vio—, ayúdame, por favor ayúdame me hace daño.

 

La criatura se volvió hacia mí y sentí su mente tocando la mía. No eran palabras, sino sensaciones. Hambre. Lujuria. Transformación. La promesa de placeres más allá de lo humano, de límites físicos destrozados por la carne.

Retrocedí, pero no antes de ver cómo un tentáculo grueso, cubierto de ventosas que secretaban un líquido rosado, se introducía profundamente en mi hermana, ensanchando las paredes de su ano de una manera imposible, entrando y entrando sin parar. Su espalda se arqueó, sus ojos se pusieron en blanco y una lágrima resbaló por su mejilla al tiempo que el otro extremo del tentáculo emergió por su boca.

 

No tuve más alternativa que regresar a la plaza, a la orgía.

Durante unos segundos no comprendí que ocurría, el tumulto de personas y humanoides ya no estaba, solo una fila, una fila de hombres-musgo y pobladores que terminaba en una cama de enredaderas carnosas que pulsaba como un corazón agitado. Allí se encontraba mamá. Estaba siendo follada por dos criaturas al mismo tiempo, una por delante y otra por detrás.

 

 

 

 

 

7

 

 

 

De pie, a vista de todos yacía inmóvil, absorto con las imágenes frente a mí. Y me quedé allí. Paralizado, no por el miedo, sino por la excitación más profunda, más oscura, que jamás había sentido. En mi mente sabía que tenía que moverme, correr, esconderme, huir o buscar ayuda. Cualquier cosa  menos quedarme en medio de todas esas demenciales criaturas, pero no podía apartar la vista, no podía dejar de observar.

 

Vi como esas criaturas movían sus caderas o lo que podrían ser sus caderas, como entraban y salían esas gruesas pollas de brotes, enredaderas y hongos expandiendo los  agujeros de mamá en cadencia coordinada, uno entraba mientras el otro salía una y otra vez para volver a comenzar.

Cuando uno terminaba soltando lefa verde pastosa otro ocupaba su lugar y seguía perforando las entrañas de mi madre.

Los observé formar una cadena alrededor de ella. Entonces, una de las mujeres del monolito, la de senos grandes, ahora convertida en una criatura con tres pechos enormes, se acostó debajo de mi madre, lamiendo su ano mientras era penetrada por otro. La criatura femenina le apretujaba las tetas de mi madre, estirándole y pellizcando los pezones mientras, desde los suyos, emergía un líquido que olía a miel y a podredumbre.

Mi pene estaba más duro que nunca, llorando en silencio, mientras mi madre era sodomizada por la mano de la mujer, en tanto, pollas musgosas entraban por su coño una tras otra, tras otra, avanzando en la fila sin cesar.

Aldara me empujo al suelo, no me resistí, me arrancó los pantalones, tomó mi verga apuntando a su coño y me cabalgó con frenesí. Aparté la mirada y me dejé hacer.

 

Cuando desperté, estaba desnudo en el bosque, cubierto de savia y semen y algo más.

Recostado en el claro de tierra negra y húmeda y en el centro, sobre el altar estaba mi madre, mi abuela y mi hermana, continuaban siendo folladas, empotradas con violencia contra la roca gris. Restos de líquido verde chorreaba desde su coño escurriendo por sus piernas.

Dos manos se posaron sobre mis hombros, me di cuenta que estaba flanqueado por dos de las sacerdotisas del monolito, me sujetaban suave pero firmemente. Los seres con apariencia de mujer me miraban inmóvil.

 

—Ya has despertado? —Retumbó una voz desde el interior del monolito—Ya has mirado en tu interior?

 

El monolito pareció romperse por la mitad con un tronar que desgarro el silencio y de la grieta emergió una figura que reconocí al instante. Era la niña.

 

—Tú — susurré, y mi voz sonó extraña.

 

La niña se acercó con un andar depredador, se detuvo frente a mi e inclinó levemente, tomó mi polla con sus pequeños y estilizados dedos y alargando la lengua de una anormal manera, engulló mi pene flácido, chupando con fruición. Y entonces, como un relámpago que ilumina un paisaje olvidado, los recuerdos regresaron.

El lago. Hacía once años. El agua estaba quieta, negra como el aceite, y el abuelo me había llevado antes del amanecer.

 

—Vamos a pescar la trucha más grande que hayas visto —dijo.

 

Pero no había truchas en aquellas aguas estancadas. Solo raíces que se movían bajo la superficie como dedos sedientos.

Recuerdo la caña cayendo al agua.

Recuerdo al abuelo durmiendo en la orilla con una botella de cerveza en la mano.

Recuerdo a una niña ofreciendo ayuda.

Recuerdo que entró al agua a recogerla.

Recuerdo que me ofreció un zumo de manzana.

Recuerdo que era verde y apestaba a moho.

Recuerdo beberla.

Recuerdo que la niña era Mari.

Recuerdo el dolor cuando algo que salio del agua me agarró del tobillo y tiró.

La tierra del fondo del lago tenía boca. No era una pesadilla. Eso fue lo que creí durante todos estos años. Pensé que esos malos sueños los había dejado muy atrás, enterrados en los años de desarrollo, oculto bajo los miedos infantiles.

Pero ahora, viendo la criatura que emergía desde el interior del monolito, sintiendo el placer de su lengua envolviendo mí pene. Comprendí la verdad.

El niño que salió del lago ese día no fui yo.

 

—Nunca te fuiste —dijo la voz de Mari, resonando en mi cráneo como un gusano cavando—. Solo te pusiste la piel del que se quedó abajo.

 

Miré mis manos. La piel comenzaba a agrietarse, a desprenderse en escamas verdes. No era sudor lo que cubría mi cuerpo en el bosque. Era savia, era el fluido de despertar.

Aldara apareció detrás de mí, ya no como la muchacha de piel pálida, sino como una entrelazadora de raíces vivas, de pechos que goteaban resina dorada.

 

—Llevamos décadas esperando —susurró, y su aliento olía a tierra fértil—. El niño que reemplazaste creció, se reprodujo, trajo más carne fresca. Has sido nuestro anzuelo más perfecto, Gabriel. Nuestro cebo humano.

 

Fui yo. Me derrumbé soltándome del agarre de las mujeres, de la lengua de Mari y mis rodillas golpearon la tierra negra, fui yo quien encontró la casa dentro de los anuncios de propiedades rurales, fui yo quien se la mostró a papá. Siempre fui yo.

 

La ramita de espino en mi muñeca se marchitó de repente, volviéndose negra y quebradiza. Nunca me había protegido. Era solo un marcador, una etiqueta para que las criaturas supieran quién era yo en realidad. Un recluta. Un sembrador.

 

—Tu familia ya no existe —continuó Mari ahora moviendo los labios, ya fuera de mi mente mientras las placas de piedra se abrían más, revelando un pozo sin fondo lleno de raíces que se retorcían en éxtasis y agonía—. Solo queda la cosecha. Solo queda alimentar a la tierra hambrienta. Solo queda alimentarme.

 

—La que duerme bajo las raíces esta despierta —gritó Aldara.

 

—La madre esta despierta —gritaron en conjunto.

 

Los hombres-musgo que habían estado violaban a las mujeres toda la noche se apartaron, haciendo una reverencia. Aldara tomó mi mano y me condujo al altar.

Yo sentía el cambio completándose. Mi piel se desprendía en largas tiras, revelando la corteza verdosa debajo. Mi pene, antes instrumento de mi lujuria humillada, ahora se alargaba, se retorcía, se cubría de esporas que palpitaban con vida propia.

 

—Ven —dijo Aldara—, completa el ciclo. La tierra te dio forma, te prestó piel y huesos. Ahora devuélvele lo que es suyo.

 

No resistí, no quise resistir. La mente humana que creía tener era solo un recuerdo implantado, una personalidad prestada para que el cebo pareciera real.

Mi verdadero yo, el que yacía bajo el lago durante once años, esperando, creciendo, aprendiendo a imitar, finalmente emergía.

Caminé hacia el altar donde yacían las mujeres de mi familia. No como su hijo, no como su nieto, no como su hermano, sino como sacerdote. Como el verdadero hijo de Valdemora.

Lotte abrió los ojos y apretó los dientes cuando mis dos miembros, gruesos como un puño, de musgo y vástagos retorcidos le penetraban el coño y el culo al mismo tiempo.

La tomé con furia, con violencia revolviéndome dentro suyo, follando, asiéndome de sus caderas para embestir con más fuerza en cada embestida. Lotte gemía y temblaba curvando su espada.

 

—Hermanito… —trato de decir entre sus lágrimas.

 

Pero ya era tarde, había eyaculado dentro de ella. Profusos chorros de cuajado verde que hedía dulce, a miel y fruta descompuesta, a clorofila y flores en descomposición.

Lotte chilló; un grito gutural, tan profundo que su garganta se desgarró, tosiendo y convulsionando, rezumando un líquido verde por su boca, su nariz, sus ojos, su coño y ano.

Pero no me importó, ya no me importaba.

 

—Bienvenido a casa —dijeron todas las voces a la vez.

 

Me acerqué a mi abuela y las lágrimas arreciaron en su rostro, mostrando terror, pero, no me importo. La penetré. Comenzó a gemir, sabiendo con toda claridad lo que ese horror significaba.

Mis pollas vegetal entraban y salían de sus carnes, ensanchando túneles entre sus piernas.

Pasé mis manos sobre sus hombros aferrándome al borde del altar, acción necesaria para impulsarme con más ahínco dentro de ella, haciendo que con cada acometida levantara su culo unos centímetros de la piedra gris.

Su cuerpo se sacudía en espasmos orgamiscos que duraban minutos al compás del movimiento de mis caderas y sin poder contenerlo más, me corrí dentro.

Sin esperar el desenlace previsto me dirigí donde mi madre. Pasé mi mano, su pubis era calido, mis dedos recorrieron sobre su alfombrilla de vello color miel. Pero no eran mis dedos, no eran mis manos, eran masas verdes de musgo y hongos, ramas y moho. Solté un grito; de ira, de impotencia, de redención, de aceptación.

Soy esto, soy un engendro ancestral, soy un ser de la naturaleza, soy un demonio del infierno.

Acerqué mi boca a su pecho, pero no era una boca, era un agujero que apestaba a tierra podrida y dientes como agujas demasiado afiladas. Con mi mano acaricié su seno, lo estrujé, acariciando el hinchado pezón, retorciéndolo con saña. Lamí la areola con mi lengua áspera como lija y entonces se lo chupé, hundiendo los dientes en su piel, succionado el pezón de maneras imposibles y sin apartarme la penetré.

 

Mi piel humana terminó de desprenderse como una cáscara innecesaria y en mi mente vi por última vez el cartel de la entrada al pueblo.

No decía «Donde la tierra nos alimenta y nosotros alimentamos a la tierra».

Decía: «Donde la tierra tiene hambre, y siempre tiene hambre».

Mis ojos se cerraron al momento que eyaculaba dentro de mi made y finalmente, después de once años, dejé de fingir ser humano, deje de fingir.

 

El nuevo Gabriel, el verdadero Gabriel, hecho de musgo y memoria, se levantó del altar. Alrededor de él, el pueblo de Valdemora celebraba en silencio otra cosecha, mientras devoraban los fluidos verdes que fueron mi familia. Mari ya trasformada en un ser amorfo, una enorme forma borrosa de tentáculos, bocas y ojos se alimentaba insaciablemente de mi madre.

Otra cosecha completada. Otra familia devorada. Otra semilla plantada para el futuro.

Y en algún lugar del bosque, cerca de un lago negro y quieto, un niño nuevo, un cebo nuevo, emergía del agua, tosiendo savia verde, con los ojos brillantes y la piel perfecta, listo para crecer, para reproducirse, para traer más carne al lugar donde la tierra siempre tiene hambre.

 

Fin

 

 

 

Gracias por haber llegado hasta el fina, si te ha gustado, cuanto me alegro.

Un saludo a mi amigo Lobo85 si estas leyendo esto, va por el especial de halloween, ya que, es posible que no pueda subir nada el próximo mes. Espero poder leer el tuyo.

Por cierto, si adivinaron en que me inspire, les deberé una estrellita dorado.

Saludos.

 

       Antes que yo no hubo nada creado, a excepción de lo eterno, y yo permanezco eternamente. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!   

 

8 Lecturas/18 septiembre, 2026/0 Comentarios/por v1rgilio
Etiquetas: amigos, hermana, maduro, maduros, mayor, recuerdos, sexo, vacaciones
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