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Es la versión que el asaltante da de la historia publicada por María P: ·sé que no debo llegar tan tarde».

Es increíble lo que la gente tira a los contenedores. Por eso, y porque todas mis obras están creadas con material de deshecho, acudía a ese callejón todas las noches a la misma hora en que esa mujer pasaba por allí. Pura casualidad, nada premeditado.

Desde el fondo del callejón oía la llegada del último autobús y segundos después el inquieto taconeo de ella aproximándose. Cubierto por la penumbra, la observaba cruzar aprensiva evitando mirar hacia el callejón. Había algo incitante en aquel recelo, y noche tras noche el balanceo de su silueta recortada a contraluz llegaba a excitarme. Hasta que no pude más.

Aquella noche me descubrí inquieto porque el autobús llegaba más tarde que de costumbre. Ansioso, me acercaba a la salida del callejón cuando en ese momento lo vi pasar y vislumbré a la mujer dentro. No sé porqué lo hice pero me quedé en la entrada del callejón oculto tras un contenedor. No tardé en oír el repiqueteo de sus tacones y en cuanto rebasó el contenedor salté tras ella, la aferré por la cintura a la vez que le tapaba la boca y así sujeta la arrastré hacia la oscuridad. Se agitaba tratando de desasirse e incluso intentaba golpearme. Llegados al fondo, con mi cuerpo apreté el suyo contra el muro y, sin soltarla, le susurré a oído que no temiera, que no iba a hacerle daño. Tal vez fue por el tono de voz, tal vez porque estaba agotada de forcejear, sentí como su cuerpo perdía algo de rigidez.

Aún sujetándola contra mi cuerpo, lentamente quité mi mano de su boca deslizándola hacia sus tetas. Las yemas de mis dedos recorrieron su contorno y ya con ambas manos mis palmas las abarcaron en un magreo circular. A la par que las elevaba y sopesaba, busqué pellizcarle los pezones que, aun bajo el sujetador, sentí endurecidos. Contuve mi deseo de rasgarle la blusa y suavemente la fui desabrochando. Mis dedos jugaron aun más con sus pezones, sobre el sujetador, cuando sorprendido noté cómo doblaba el cuerpo hacia delante buscando un mayor contacto de su culo con mi bragueta. De un tirón le bajé el sujetador y percibí cómo sus tetas brincaban fuera. Pellizqué sus pezones, lo retorcí; ahora con delicadeza, ahora con rabia. Su respiración se agitaba y acallaba gemidos mordiéndose los labios.

Tomándola por los hombros la giré hacia mí, y suave pero firme la llevé hacia una pila de neumáticos, inclinándola hasta apoyar su cabeza y sus hombros sobre ellos. Sus blancas tetas destacaban contra el negro de las ruedas y el acre olor a caucho lo impregnaba todo. Subí su falda hasta sus lumbares y con el pie la forcé a abrir las piernas. Por encima de las bragas deslicé la mano de su coño a su culo, de su culo a su coño… Sonreí satisfecho al comprobar que las tenía empapadas. Introduje la mano dentro de sus bragas y penetré su coño con dos dedos. Empapados de flujo, los deslicé hacia su clítoris y jugué con él. Yo tenía la polla a reventar y ella se estremecía con mis caricias. Aparté las bragas a un lado, apoyé el glande en su coño y lentamente la fui penetrando; profundo, hasta el fondo.

Con su respiración entrecortada, con sus jadeos, no podía ocultar que también ella estaba disfrutando. La agarré de las caderas y empecé a bombear; lentamente al principio, más rápido después. Con furia, con rabia, con saña incluso. Sus tetas golpeaban contra los neumáticos y su culo se movía buscando una imposible penetración más profunda. Estremeciéndose, y con sordos gemidos, estalló en un orgasmo que la hubiera hecho caer de rodillas si no llego a tenerla sujeta por las caderas. Desmadejada como la tenía, la follé aun con más fuerza inundando de semen su vientre.

Se la saqué, y mientras me la guardaba y recomponía la ropa, pude ver cómo hilos de semen de deslizaban desde su coño hasta su muslo. Aun derrumbada sobre las ruedas, me acerqué a su oído y le musité: eres una puta deliciosa.

¿Era necesaria esa última humillación?

— Ahora sé que no, Señoría. Las putas no gozan como ella lo hizo.

¡Visto para sentencia!

© A. Marxirant

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