EMN | 0-2 | Gorgona
📖 El profesor que secuestró a una estudiante rica de grado 7º.
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Vladimir Nausa es un docente que lucha contra su propia inadaptación al mundo. Conoce a Sofía, niña que vive un infierno en casa. Vladimir debe decidir si amoldarse al sistema o rescatar a Sofía, aunque termine culpado de su desaparición. El Monstruo Nausa retrata la cultura de Internet, la desinformación y la cultura del miedo.
Nota exclusiva para esta edición, sexosintabues30:
Van a cumplirse 10 años de haber terminado y publicado por primera vez esta novela. Entusiasmado por haber podido compartir aquí Relatos Trasmundantes, ahora pongo a vuestra disposición El Monstruo Nausa, inspirada en una mixtura de historias reales que me topé mientras ejercí el ingrato oficio de la docencia, culminada con la fantasía de raptar a una menor para salvarla del infierno de familia narcisista de la que viene.
Comentario recogido en Lektu: «Gran historia (…). Me pareció una historia preciosa, generó en mí una clase de sentimientos que hace años no experimentaba…»
..y pensaba que algún día olvidaría, que con los años y el tiempo la tenía qué olvidar; y ahora que soy un viejo y que mi vida ha transcurrido vanamente, tantos años y tantas mujeres que me han dicho «acuérdate de mí», mismas a las que he olvidado; aún al día de hoy, la única a la que no he conseguido olvidar, es a Malèna.
de Malèna (2000).
✎﹏﹏﹏﹏
1 – Gorgona
Nada parecía lo suficientemente impresionante para alguien que había viajado por el mundo desde chico. Solo sería otro viaje más, del qué tomar miles de fotos y varias horas de video para alimentar las redes de Internet y consecuentemente, su insaciable ego. Nicolás ya había viajado en lancha en el mar, así que eso no era nuevo. Así que ir rumbo a la Gorgona, en su propio país, solo era para él como una salida de domingo. Había dormido durante el vuelo a Cali y después durante el vuelo a Guapi. Luego, él y su esposa cruzaron algunas amables palabras con el conductor del moto-taxi que los estaba esperando, pero no más palabras de la cuenta. Otros pasajeros del servicio de transporte de Guapi se dejaban entretener por sus operarios con sus historias y chistes, y era frecuente ver a los viajeros muertos de risa mientras los moto-taxistas hablaban a buen volumen y daban cabrilla. Pero Nicolás y su esposa se habían limitado a saludar, responder con cortesía el primer comentario del negro jovencito y con sonrisa de oreja a oreja que les había tocado, y después, solo hablaron entre ellos.
Era la primera, primerísima vez que estaban en Guapi, pero, por una condición lamentablemente típica de algunos seres humanos, evitaban impresionarse, pues creían de forma inconsciente y tonta, que aquellas personas que se asombraran por cosas, eran las personas menos asombrosas. Así que el matrimonio simplemente siguió hablando en privado a un volumen muy decente, mientras el moto-taxi pasaba a través de las calles del municipio, delimitadas por casas con comercios ya muy vencidas por el tiempo. También había soldados en servicio, con camuflado gris, chalecos antibalas y portando armas. De una simple fotografía mental del lugar, de Guapi o de cualquier lugar que se visite por primera vez, habría mucho qué decir, inferir, cuestionarse y opinar. Mucho qué admirar y de qué impresionarse. Pero Nicolás no era ese tipo de viajero. No aún. Había, no obstante, algo a pocos minutos de su viaje al Pacífico que, de forma inesperada, llamaría su atención sin que él hubiese de poder pensar ya más en otra cosa. Al abordar la lancha la vio, pero estaba pendiente de su esposa y de sus cosas, y como varios visitantes más, no pudo detenerse a saciar su curiosidad. Diez minutos después, saltando sobre las impetuosas olas, Nicolás había empezado a quitarle de a pocos la atención a su escuálida esposa para ver hacia la proa de la lancha. El grupo era de unos quince visitantes, y todos ellos estaban sentados sobre los tablones del vehículo, bajo la carpa blanca. Llevaban puestos sus salvavidas de color naranja chillón con logos blancos estampados de la agencia de viajes. Por la montonera y el movimiento, Nicolás apenas podía enfocar por cortos instantes a esa interesante persona ahí delante, a quien quería ver. Su esposa, presionando el ceño, lo notó y empezó a impacientarse. La pobre estiró el pescuezo como pudo y descubrió lo que era con un trago de amargura. Nicolás estaba viendo a otra mujer, a una muy bonita que iba en la proa, dialogando con uno de los guapireños que respondían por la lancha. El viento le halaba la cinta blanca con que traía amarado su cabello, como si quisiera robársela. Se veía bonita, en apariencia y en presencia, pues aparte de ir sonriendo, se veía muy confidente con aquél lugareño.
—Nicolás ¡tómele una foto! ¡O mejor, ahorita tómese una foto con ella! —susurró la esposa ya trastocada por los celos.
Estaba ofendida en especial porque encontró muy bonita a esta chica en la proa. Hubiera querido que fuera una jovencilla, una adolescente quizá, para poder escupirle en la cara a su esposo, acusándolo de “rabo verde”, pero no… La mujer era, sin atisbo de duda, de su mismo rango de edad. Así que la enorme molestia provenía exclusivamente de la enrome atención que robaba de él.
—Ay, Luisa, no moleste. Es que podría jurar que la conozco —repuso Nicolás, apenas regalándole una mirada de medio segundo a Luisa.
—Sí, claro… —renegó ella.
La voz de él era graciosa, a veces ceceaba y aveces no. Su apariencia, también era graciosa: Se trataba de un hombre más o menos cachetón, a pesar de ser flaco, y tenía el pelo ensortijado y rebelde. Parecía estar huyendo permanentemente de interpretar un personaje cómico.
—Ahorita en la isla tengo qué acercármele —le advirtió a Luisa.
—¡No sea descarado! —le reprochó su esposa, casi gruñendo. Le dio un golpe con la punta de la palma, como a un perro, y se giró furiosa.
—¡Ay Luisa, es en serio, muy en serio! Ahorita que se dé cuenta de quién es, se va a sentir ridícula…! —remató Nicolás, en un tono de regaño que ella si apenas conocía.
La isla Gorgona acababa de aparecer en medio del Pacífico, emergiendo de la distancia con su típica majestuosidad verde y húmeda. Solía impresionar a todo quien visitare tierras no continentales por vez primera, pues más que playas paradisíacas, el aspecto de Gorgona era el de una jungla espesa y virgen, mágicamente instalada en medio de la inmensidad del océano. Los demás viajeros estaban hipnotizados por la experiencia, por haber desembocado junto al río Guapi y resultado en mar abierto, luego; haber visto las Yubartas danzando jubilosamente y por último; a una fantástica corona de aves volando en círculos sobre las lanchas. Pero Nicolás y su esposa venían ensimismados en sus pensamientos cuadrados. Ambos, a causa de aquella mujer. Ella, por la horrible sensación, una que jamás había tenido, de que su marido estuviere interesado en alguien más y ni siquiera lo disimulara con ella. Y él, cuyo interés no era romántico sino… ¡forense! Y lo era a tal grado que no quería desperdiciar un mísero segundo, ni siquiera para explicárselo a su ya angustiada esposa.
En la costa de la isla yacía una bella muralla de vegetación, mayormente las palmeras que sonaban y bailaban al fuerte viento. En ella esperaban varios hombres nativos de Guapi, negros fornidos y bien plantados que recibían a los deslumbrados viajeros. Uno de ellos recibió a la misteriosa mujer que viniere sujetada en la proa tragándose todo el ventarrón, y le dio un rápido abrazo. Ella respondió con un beso sobre su negra mejilla medianamente poblada de barba clara. Nicolás trastabilló al dejar la lancha y emprendió una carrerilla hacia la mujer.
—¡Eso, destrómpese! —le reclamó Luisa, con su voz adornada por el pródromo de un dolorido sollozo.
El simpático, casi gracioso marido de Luisa corrió hacia la mujer, que ahora saludaba a otro caucano con el que intercambió amplias sonrisas.
A medida que reducía su distancia con ella, Nicolás se apresuraba más y su sospecha más se confirmaba. Estaba muy nervioso, como si estuviera por descubrir la piedra filosofal y temiera que en el último paso, un dragón emergiera del suelo y diera un injusto fin a su travesía. Estaba tan ansioso, y así lo dejaba notar, que hasta un par de guías caucanos se contagiaron de intranquilidad y se pusieron alerta. Les pareció que el visitante estaba loco y tenía intenciones de atacar a su camarada. Ya casi jadeando, rodeó a la mujer para verla de frente y cuando vio su rostro, se atrevió a hablarle. Ya estaba libre, cuando menos, de estorbosas dudas. Tenía el corazón a mil y la respiración agitada, no por esfuerzo físico alguno, sino por nervios, igual que le pasa a alguien cuando está ante un enorme público. Pero aún así, con su cara y voz cómicas, entonó con firmeza, casi como una aguda acusación:
—¿Sofía? ¿SOFÍA GARAVITO?
La asombrada mujer tensionó las órbitas de sus ojos de inmediato y dirigió su mirada al raro viajero. Se quedó congelada viéndolo e igual que él, dejó que se le notaran los nervios que le acababan de transmitir como a través de un cable.
—¡Sofía, sí es usted! —agregó él, en tono de celebración.
Un ligero impulso proveniente de su intuición le decía, desde su estrecho interior, que si en efecto ella era Sofía Garavito, ella debería reconocerle sí o sí, pues no había muchas personas como él, que lucieran como un payaso despintado. Concluía, sabiendo eso, que los notorios nervios de ella ya eran suficiente confirmación de su identidad. Pero la mujer retiró sus ojos negros y brillantes de inmediato. Inclusive dio un par de pasos para alejarse.
—Ella no é Sofía, ella é Yuri Miché —aclaró amablemente uno de los guías.
Al oírlo, ella se alisó el chaleco que la identificaba como guía de la agencia de viajes. Carraspeó, se llenó de valor y habló:
—Yuri Michelle Luna, y le serviré de guía en este viaje, señor.
Momentos después, el apesadumbrado alma de Luisa había vuelto a su lánguido cuerpo de joven casada y adinerada. Nicolás al fin le explicó lo de su sospecha de e interés en aquella extraña, no tan extraña a fin de cuentas.
—…Pero no puede ser, si tiene otro nombre… —razonó Luisa, cuchicheándole a su esposo.
—Pues tiene otro nombre, pero es que no se parece… ES Sofía.
—Eso no tiene sentido, Nico; Si fue secuestrada y desaparecida ¿cómo iba a resultar aquí? Psss ¿precisamente aquí?
—No sé, pero es ella.
—Según lo que usted me cuenta, Nico; esa tal Sofía está muerta. Esta es una vieja que se parece un montón, o que a usted se le parece un montón, pero ya. No vaya a atormentarse ¿si? —le frotó la espalda.
Llevaban susurrándose mutuamente varios minutos y parecían viejas rezanderas soltando ceceantes aves marías. Quien los oyere, imaginaría al instante que tenían la camándula en la mano. Estaban formándose lentamente entre su grupo de visitantes. Uno de los guías, de los amigos de la supuesta Sofía, empezó a hablar en voz alta. Iban a adentrarse en la isla y a hacer, lo que para los viajeros era un delicioso paseo; para los guías, rutina; y para Luisa y Nicolás, una jornada de cotillo.
Lo que había en la pantalla de su laptop, cuando estuvo de regreso en Bogotá, no eran sus fotos al lado de su esposa, ostentando los lugares cuyo aire había respirado, como siempre, en alguna pose de éxtasis o gratitud a la vida. No. Esta vez, su viaje hubo virado inesperadamente y lo que estaba viendo, eran páginas viejas de noticias, entradas de blog de diversos autores, algunos videos y el artículo en Wikipedia sobre el trágico episodio que había él vivido de cerca hacía casi diez años:
La desaparición de Sofía Garavito
Sofía Garavito y Vladimir Nausa redirigen aquí
Sofía Garavito (2007—?), fue una menor colombiana, raptada y presuntamente abusada y asesinada por uno de sus profesores, en lo que los medios llamaron, ‘el caso más horrible de depredación sexual y desaparición forzosa de la historia Nacional’[1]. Los hechos ocurrieron entre Abril y Mayo de 2019, cuando Sofía cursaba grado séptimo en las afueras de la Ciudad de Bogotá. Uno de los docentes nuevos en el prestigioso colegio Global Bilingual School, ese año, que impartiría el área de Química, identificado como Vladimir Nausa Sierra, fue hallado responsable de haber extraído a la menor del edificio del colegio. Se comprobó que Nausa explotaba a la menor para producir contenido visual ilegal. Aunque Nausa fue capturado y sentenciado, Sofía Garavito nunca apareció y fue declarada muerta por medicina legal en 2024. El caso Nausa, es reconocido internacionalmente por estudiosos del crimen [cita requerida] no solo como uno de los más escalofriantes, ya que el perpetrador era un profesor de la víctima, sino como uno de los más controversiales, debido a la falta de pruebas en diversos aspectos del caso y la polémica desatada por la inusitada defensa de Nausa que hicieron algunas personas, entre ellas una agente que hacía parte del equipo de investigación. Se dice que estas personas fueron blanco de amenazas y censura. Dicen algunas teorías marginales[2] que, el caso Nausa solo es un lamentable ejemplo de histeria colectiva, en torno a los casos donde la presunta víctima es una menor. No obstante, estas teorías han sido desestimadas por las autoridades por ser consideradas una apología al abuso de menores.
Contenido
1. Vladimir Nausa, infancia y antecedentes
2. Sofía Garvito, infancia
3. Ingreso de Nausa al GBS
4. Desaparición de Sofía
5. Captura de Nausa, judicialización y sentencia
6. Consecuencias sobre el colegio
7. Impacto en la comunidad
8. Teorías sobre el paradero de Sofía
9. El incidente Matasaurano
10. Polémica y teorías marginales
11. Sofía Garavito en la cultura popular
12. Véase también
(…)
Los ojos de Nicolás ya estaban enrojeciéndose, pasando una y otra vez sobre los textos, que ya casi se aprendía de memoria, y las fotos de quien fuere su compañera hacía 10 años. Hizo clic en ‘Teorías sobre el paradero de Sofía’ y saltó de palabra en palabra que le parecía importante. “Su cuerpo fue arrojado al río Bogotá”, “Fue vendida a extranjeros por muy poco dinero”, “fue estrangulada, su cuerpo fue desmembrado y arrojado en diferentes puntos de la ciudad”, “Sofía Garavito se convirtió en la hoy famosa actriz porno Antonella Love…” en fin. Luego, en ‘Teorías marginales’, leyó un aparte que no parecía tener nada que ver con todo lo demás que se tejía sobre ella: “Sofía Garavito no fue raptada, violada ni forzada a ninguna cosa. Vladimir Nausa era inocente y Sofía vive en algún rincón del país…”. Nicolás saltó de su asiento tan intempestivamente que este quedó varios pasos atrás de él, girando sobre su base. Pasmado, se metió la huesuda mano al bolsillo y agarró su teléfono con temblor y torpeza. Empezó a deslizarle los dedos frenéticamente hasta que encontró lo que buscaba. Eran fotos de la mujer que había visto en Gorgona, tomadas a una distancia cautelosa y sin permiso, una vez estuvieron en el recorrido en el interior de la isla. Sintió que se le salía el corazón del pecho.
—Amor ¿qué vamos a pedir para comer…? —le llamó su esposa— ¿…amor?
Ella apareció detrás de él y dedujo instantáneamente lo que pasaba. Se asomó a la pantalla del computador y, con un palmo en la frente, lamentó lo que encontró.
—Estás obsesionado con eso —se quejó.
Luego se paró y frente a él dio un castrense zapatazo.
—¿Qué quieres? ¿Qué quieres hacer? —agregó— ¡No estás seguro de nada! Esa vieja no se dejó ver de ti en todo el resto del viaje.
—¡Precisamente! —respondió él, creyendo echar por el piso el punto de ella.
—¡No! Si un desconocido se me va corriendo y me rodea y me mira así como tú la miraste a ella, yo también me escondería… —apuntó Luisa casi apretando el puño, pero de inmediato suavizó el tono—: Yo sé que no tienes malas intenciones, pero no tienes pruebas y no las vas a conseguir —lo tomó por los brazos—. Además, a todo el mundo dejó de importarle eso el 10 de mayo.
Cuando dijo «10 de mayo», usó un notorio tono contextual, así como se usa con cualquier fecha histórica.
—Sí —se resignó él—, no se encuentra casi nada de información, ni videos de noticieros ni nada, sino hasta el 10 de mayo de 2019 —luego volvió a imprimir perentoriedad en sus palabras—: Pero ella es Sofía Garavito y no puedo quedarme callado.
Ya que su conversación se había convertido en una batalla de tonos, ella usó el de resignación piadosa:
—¿Por qué cargas con esto? ¿Sufriste mucho cuando ella desapareció?
—¡Todos sufrimos y lloramos mucho! —se defendió él.
—¡0K, 0K! —pero como sea, no puedes ni debes cargar con esto… piensa: Si esa vieja no es Sofía Garavito, estarás cometiendo un crimen por calumnia, acoso o algo parecido.
—¿Y si sí es? —contrapunteó Nicolás.
Luisa relajó el rostro y exhaló.
—¿Te das cuenta que estás pensando solo en ti? ¿Qué es esa muchacha para ti? ¿Una oportunidad para encontrar atención?
Nicolás se dio la vuelta, enfurecido.
—Haz lo que quieras —siguió ella—, arma un salón en metaverse, haz realidad tu sueño de tener un video viral, o escribe un libro, si quieres… supón por un instante que ella sí es Sofía Garavito. Obviamente no quiere que nadie lo sepa y ahora se hace llamar… ¿Yuri Michelle? ¿Quién eres tú para ponerla al descubierto? Estás arriesgando a una persona, sea que sí sea quien tu crees o no, todo por tu gloria personal.
Nicolás cayó sentado y se tapó la cara con las manos. Giró en el asiento hasta darle la espalda a su esposa, que terminaba la discusión de brazo cruzado y punteando con el pie:
—Haz lo que te haga feliz, pero no cuentes conmigo —dijo, y salió del apartamento.
2 – Mirador de Boca Alta
Bogotá tenía tantos niveles como una pirámide, aunque geográficamente fuera más como una mancha de concreto desparramada sobre la sabana y los cerros. En algunas partes de la ciudad, existían barrios en los que las rudimentarias casas se tendían desordenadamente, tanto que sus estrechas calles escalonadas parecieran estrías dibujadas sobre desfiladeros. Eran favelas. Pero también había zonas donde ostentosos edificios hurgaban los cielos, irguiéndose en medio de una aceitosa nube de humo. También hacían parte de la misma ciudad, las gigantescas planicies urbanizadas y conquistadas por dueños que casi nadie conocía: Los barrios populares de clase media. Pero había, además, un pequeñísimo grupo que hacía parte de la ciudad, tan pequeño que pasaba convenientemente inadvertido. Eran las quintas construidas en las frías praderas del límite norte, por donde no había transeúntes ni tráfico, comercio y ni siquiera vecinos. Eran casas de ensueño a las que solo se acercaban y entraban los residentes y empleados. Tenía lugar, en esa parte de la ciudad, un disperso grupo de quintas, ubicado en un terreno que alguna vez había sido de una finca llamada Mirador de Boca Alta y que, debido a ella, tenía nombre el sector. En una de estas casas, vivía Sofía.
Sofía Garavito tenía doce años. En su colegio, era la mejor de su clase, pero lo que en verdad tenía de especial era que no gustaba de serlo. El de Sofía era uno de esos casos en que padres normales podrían alardear de sus hijos. Aunque era un regalo de la vida que la familia de la niña pudiera pagar un costoso colegio como el GBS, los ‘regalos’ nunca son gratis: La familia de Sofía no podía calificarse de ‘normal’. Lo que por un lado era una bendición de parte de sus genes, era una condena por otro. Una ironía, toda vez que el mismo cóctel genético, pero expresado en su lado perverso, su misma familia, constituyera su maldición.
Sofía era una chiquilla de cautivadora hermosura. Si hasta las muchachas de grados superiores le cargaban bronca, porque Sofía llamaba la atención de los muchachos más que ellas —y sería precisamente por una situación derivada de ello, que todo se desencadenaría—. El encanto de la niña era, paradójicamente simple de entender: Su negro cabello era abundante, no solo largo sino frondoso, y bien cuidado. Sus pupilas estaban hechas de fino cristal color negro, muy negro, y aparte, eran bien grandes. La expresividad de su rostro, debida a la proporción de sus ojos en él, ya era algo que le añadía grados a lo llamativo de su apariencia. Las personas no suelen brillar mucho, a menos que tengan ojos enormes y limpios, y Sofía tenía ambos. Tenía la mandíbula bien afilada y el mentón partido como por el acción de un hacha. Entre las demás niñas de séptimo grado del GBS, Sofía Garavito no pasaba desapercibida. No se mimetizaba, no podía. Y, Sofía Garavito, sería secuestrada por un ‘monstruo’.
La chica no era consciente completamente de su singular apariencia. Lo sería algún día. Por lo pronto, solo lo intuía, pues le agradaba bastante lo que veía en el espejo y dedicaba varios minutos de más a contemplarse y admirarse. A veces hacía pasarelas cuyo público era ella misma a través del espejo, luciendo las prendas que adquiría cuando iba de compras con Ximena, la muchacha de servicio.
En pocas semanas, sus rutinas de espejo subieron de tono tremendamente. Primero modelaba las prendas que tenía. Luego, modificaba la ropa o la usaba de forma diferente, por ejemplo, dejándose la falda muy alta, escotándose o destapándose los hombros y la espalda. Solía jugar mucho con su melena y hasta hacía fantasiosas sesiones de pasarela sin soltarse la cabellera para lucir su larga nuca. De ese estadio, pasó a seleccionar la ropa que compraba específicamente para verse más bella. Leggins, pantalones más ceñidos, faldas más cortas, blusas más pequeñas, botas con tacón, etc.
—Esta blusa está linda —le dijo Ximena, sosteniendo la prenda en un almacén.
Era una blusita blanca de florecillas azules.
—Sí —dijo Sofía desinteresadamente, mientras veía a otra parte— échala.
Y Ximena la puso en el Canasto. Mientras la empleada se embobaba con otras prendas, Sofía se las arreglaba para escoger las suyas sin necesidad de asesoría, como sí solía ser antes. Rápidamente y sin esfuerzo, Sofía estiró el piquito y asintió disimuladamente, aprobando una prenda que tenía en la mano. En el empaque, se veía una modelo luciendo sensualmente un peto que dejaba la espalda descubierta, excepto por un cordoncillo que se amarraba en cruces como un corsé. En la fotografía de al lado, se veía el frente de la prenda, adornada con brillantes rojos. El paquete fue entonces lanzado al carrito de compra.
Esa misma tarde, Sofía se deleitó estirándose y contoneándose frente al espejo, como casi siempre, levantándose la melena sobre la cabeza. Licía ese peto rojo, su espalda descubierta y su estilizada silueta en un leggins negro brillante. Se paraba de perfil y apuntaba una rodilla, o de espaldas, sacando cola y volteando a ver con su amplia sonrisa.
Luego adquirió el hábito de fotografiarse con su celular. La lente de su aparato estaba recorriéndola por todas partes mientras la blusita de florecitas azules seguía sobre la cama sin ser sacada de su empaque. Nunca iba a ser sacada de su empaque, de hecho. Ella estaba rechazando paulatinamente las manifestaciones infantiles y de igual manera, adoptando más y más feminidad y sensualidad.
Pero ese, solo era otro estadio intermedio en el ascenso de niveles de sus sesiones de espejo y fotografía. Pronto, el vaho en el gran espejo de su baño privado sería el efecto primordial en sus nuevos sets. Su melena envuelta en una toalla y su cuerpo en una toallita que sujetaba con un mísero nudo a la altura de su pecho. Bailaba y posaba. Un espectáculo privado, solo para ella. Cosas de niñas.
—¿Y Sofía? —preguntó Clara Lucía Layton, en medio del lujoso lobby de la casa Garavito.
—La niña se acostó hace una hora, más o menos, mi Señora —respondió Ximena.
Pero Sofía no estaba dormida. Estaba jugueteando con su celular sobre su cama, con la pijama a medio poner. Cuando oyó la voz de su madre, lo poco que quedaba de niña en ella, se lanzó hacia afuera, como un último síntoma de inocencia. Se le salió una sonrisa infantil, sin permiso. Se acomodó la ropa, tiró el celular sobre el montón de cobijas y corrió a la puerta de su habitación. Oír la voz de su madre le provocaba alegría y, en suma, la ilusión de ser una vez más abrazada y mimada. Pero tan pronto llegó a la puerta y la abrió, Clara Lucía volvió a hablar:
—Perfecto, Ximena. Yo me voy a dormir ya, estoy exhausta. Por favor, cuando saque la niña por la mañana, haga el menor ruido posible.
—Por supuesto Señora.
Al oírlo, Sofía se congeló y exhaló decepcionada. Cerró otra vez la puerta, tan lento y silenciosamente que la puerta pareció ser inmaterial. Volvió su cama, agarró el celular y se desabrochó otra vez la parte superior de la pijama.
Siguientes: Vladimir Nausa & Rosana.



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