La tarde en que Valencia dejó de tener prisa
Bea llevaba semanas sintiendo que todo ocurría demasiado deprisa. Una tarde en Valencia decidió apagar el teléfono, olvidarse del reloj y regalarse unas horas en las que no tuviera que responder ante nadie..
Bea tenía treinta y ocho años y una extraña habilidad para llenar cada minuto del día.
El despertador sonaba antes de las siete. Después llegaban los mensajes, las llamadas, los correos, el tráfico de Valencia y esa sensación permanente de estar llegando tarde a algún sitio.
Incluso los sábados parecían haberse convertido en una lista de tareas.
Aquella tarde decidió hacer algo diferente.
Salió del trabajo, guardó el móvil en el bolso y caminó sin rumbo durante un rato. El cielo comenzaba a adquirir ese tono dorado que Valencia reserva para determinadas tardes y el aire todavía conservaba algo del calor del día.
Se detuvo frente a una cafetería, pidió algo frío y se sentó junto a la ventana.
Por primera vez en semanas no tenía nada que hacer.
O, al menos, nada que tuviera que hacer.
Había descubierto días antes un lugar que le había llamado la atención. No tanto por lo que prometía, sino precisamente por la manera tranquila en la que lo explicaba. Hablaba de privacidad, de tiempo, de bienestar y de diferentes experiencias de masaje para adultos.
Lo había cerrado rápidamente la primera vez.
Después volvió.
Y aquella tarde lo buscó de nuevo.
Era Sadhana, un centro de masajes para adultos en Valencia.
Clara permaneció unos segundos mirando la pantalla.
No esperaba encontrar una respuesta a nada. Tampoco quería convertir aquello en una aventura extraordinaria. Simplemente sentía curiosidad por descubrir qué ocurriría si, por unas horas, dejaba de controlar absolutamente todo.
Reservó.
Cuando llegó la hora estaba más nerviosa de lo que quería admitir.
La calle seguía llena de gente regresando a casa, parejas buscando una terraza y turistas consultando mapas. Valencia continuaba con su ritmo habitual mientras ella tenía la sensación de estar atravesando una pequeña frontera invisible.
Al entrar encontró un ambiente muy distinto al ruido exterior.
Todo parecía diseñado para bajar unas cuantas revoluciones.
La iluminación era suave. El ambiente, tranquilo. Nadie parecía tener prisa.
Eso fue probablemente lo primero que le gustó.
No hubo preguntas incómodas ni situaciones forzadas. Le explicaron las distintas opciones y Clara escuchó con una mezcla de curiosidad y pudor.
Había oído alguna vez hablar del masaje Nuru, del masaje cuerpo a cuerpo o de experiencias pensadas para parejas, pero hasta ese momento habían sido palabras que pertenecían a un universo bastante lejano al suyo.
Escogió sin pensar demasiado.
Durante los primeros minutos todavía seguía mentalmente fuera de allí.
Pensaba en el trabajo.
En una llamada pendiente.
En si debería haber contestado aquel mensaje.
Hasta que, poco a poco, dejó de hacerlo.
La música apenas se escuchaba.
La habitación tenía una temperatura agradable y una luz tenue que hacía difícil calcular cuánto tiempo llevaba allí.
Clara descubrió algo que había olvidado hacía años: la extraña sensación de no tener que hacer absolutamente nada.
Ni hablar.
Ni decidir.
Ni anticipar lo que ocurriría después.
Simplemente estar.
La experiencia tenía algo íntimo, pero también inesperadamente sereno. No se parecía a las escenas exageradas que había imaginado antes de llegar. Había cercanía, atención y una sensualidad lenta, construida más sobre los pequeños detalles que sobre cualquier exceso.
Clara cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo dejó de pensar en cómo la veían los demás.
No era la responsable de un equipo.
No era la hija que siempre contestaba.
No era la amiga que solucionaba problemas.
Ni siquiera era la mujer que llevaba años diciendo que estaba demasiado ocupada para conocer a alguien.
Era simplemente Clara.
Y aquello le produjo una sensación de libertad inesperada.
Cuando volvió a abrir los ojos no sabía cuánto tiempo había pasado.
La ciudad seguía exactamente donde la había dejado.
Las terrazas estaban llenas. Algunos coches circulaban lentamente por la avenida y una pareja discutía sonriente delante de un semáforo.
Clara caminó varias calles antes de volver a sacar el móvil del bolso.
Tenía doce mensajes.
Dos llamadas perdidas.
Tres correos marcados como importantes.
Los miró durante unos segundos.
Después volvió a guardar el teléfono.
No había ocurrido nada extraordinario aquella tarde.
Valencia seguía siendo Valencia.
Su trabajo seguiría esperándola al día siguiente.
Los problemas tampoco habían desaparecido.
Pero había descubierto algo bastante más sencillo.
Que podía detenerse.
Que podía sentir curiosidad.
Que todavía podía sorprenderse a sí misma.
Y que, de vez en cuando, dedicar unas horas únicamente a uno mismo no necesitaba ninguna explicación.
Continuó caminando mientras las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.
Esta vez, sin ninguna prisa.

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