RELATOS TRASMUNDANTES | 7 | Wadith
Relatos de los últimos vestigios de folclor urbano, antes de la esterilización de la imaginación.
Wadith
El firmamento de una ciudad no es algo sobresaliente, a no ser que se califique con algún mérito notorio al smog o al glowing. No obstante, al menos una vez en la vida puede verse un cielo extraordinario. A solo días de las vacaciones de mitad del año 1996, ocurrió un paisaje nocturno de tremenda belleza, visible desde los cerros surorientales de Bogotá. Los últimos rayos solares apenas tocaban la atmósfera y teñían de azul oscuro el cielo, lo suficiente para que pudiera este diferenciarse de un bosque de pesadas nubes que, a esa hora, se veían casi negras. Las nubes cubrían el tercio oriental del cielo y no dejaban ver ni las tetas de Juan Rey ni los altos del Zuque. Parecían una mancha de humedad que se embebe por el borde de un papel azul, solo que de tamaño colosal. Y lo mejor de todo: Un luminiscente plenilunio coronaba el cielo. Los nubarrones se movían como olas hipnóticas sobe las que flotaba el majestuoso astro. Los faros de alumbrado público no se encendieron cumplidamente debido a que la luz lunar era la suficiente para que las fotoceldas se confundieran. Por esa razón, las calles tenían un patrón de luz y sombra no convencional que invocaba los recuerdos inconscientes de los jóvenes, quizá de sus vidas pasadas, sobre tiempos en que los plenilunios tenían aún efecto en la vida.
Wadith andaba calle arriba, a pocas manzanas del Adveniat, al costado del colegio ‘de las monjas’, que por aquella época todavía consistía en un muro de varias cuadras dentro del que se erigía una hilera de enormes pinos. Para una generación que todavía tenía el don de la imaginación, este paisaje resultaba alucinógeno. A Wadith y a cualquiera como él, que por aquél entonces no eran tan pocos, una tarde-noche así les alborotaba la inspiración y, mientras andaban, inventaban historias de vampiros, hombres lobos y brujas. Parecía que el mundo y los seres humanos todavía tenían magia y los bosques ocultaban cosas desconocidas, algunas maravillosas y otras tantas temibles. Wadith elevó los ojos, que estaban achicados por el destello de la imaginación, y concibió legiones de ángeles que volaban caballos alados, con armaduras y armas medievales de impecable color plata; batallando épicamente contra demonios que volaban a pelo de murciélagos gigantes¹.
Como siempre andaba él: Con las mangas del saco rectamente dobladas y recogidas. Su cabello lacio peinado de lado y lo suficientemente largo para tener que usar su oreja derecha como tranca. El joven de 14 años de piel trigueña, espléndido dibujante a mano alzada y aprendiz de karate, era un amor imposible para Marisol. Ambos eran pasajeros desafortunados en el perenne tren de la desventura amorosa, en que Fulano ama Sutana, pero Sutana ama Perencejo, quien a su vez ama a Mengana. Wadith ascendía la pronunciada loma desde casa de su novia rumbo a la propia. El paisaje lo tenía hipnotizado. Su casa correspondía a lo apenas promedio en aquella época, en tal parte de la ciudad. Un piso en medio de un extenso lote, quizá con baño y cocina pero difícilmente con habitaciones independientes. Una familia numerosa, como aquella de la que provenía Wadith, pasaba la noche en un dormitorio común donde se formaban las camas como en un hospital o un contingente. Al ingresar, Wadith saludó a su madre, sin verla, pues otra cosa capturó sus ojos cafés: Serengueti, el enorme gato tuxedo de la familia, estaba haciendo las veces de pachá en uno de los puestos altos del librero. Sus ojos menguantes apenas si estaban abiertos.
—Qué hubo, mamá ¿Por qué el gato está allá subido?
La pregunta era necesaria y justa. La madre de Wadith gustaba de los gatos, aunque no a un punto en el que les permitiera lujos como habitar un lugar alto. Para ella, primero estaba la estricta higiene.
—Ay, Dios bendito, si supiera Wadithcito —respondió la señora, limpiándose el sudor imaginario de la frente en un gesto de alivio por al fin tener a quién contarle lo que le había pasado.
Aquella casa en La Victoria, estaba construida hasta una de sus mitades. La otra parte, consistía de construcción irregular levantada con material reciclado de otras casas echadas al piso. Material de salvamento recopilado por el padre de Wadith en su oficio de albañil. Justo en medio de la parte de ladrillo y la parte de palo, el padre de Wadith había parado una vara metálica de casi tres pisos de alto, cuya función era levantar y dejar fuera de alcance los cables por donde entraba la luz eléctrica de contrabando. Al principio, aquella fortaleza de palos fue buena, pero el paso de los años, los inviernos inmisericordes y una inundación tras otra, hicieron que cada paso que se diera sobre ella, produjera crujidos que se asemejaban a agónicos lamentos de dolor. Allí habitaba junto a Wadith, sus tres hermanos y sus padres, uno o más entes desprovistos de cuerpo físico. Espíritus que a lo mejor viajaron en el camión con el salvamento de piso, encielado y tablas viejas. Puede que se tratara de algún espectro tan miserable que después de desencarnarse, siguió aferrado a lo que había sido su casa, y ni muerto superó verla ser demolida y sus partes llevadas a un lugar lejano para convertirse en choza.
Durante un par de décadas, esta invisible compañía se había vuelto habitual en casa, manifestándose con ruidos, voces o apariciones como sombras inofensivas. Una vez, Wadith se levantó de entre la sucesión de camas para atravesar la sala y usar el baño. Este tenía una ventana alta que daba contra una escalera. Wadith entró, aún adormilado, y vio la luz de la ventana momentáneamente interrumpida, por el obvio paso de alguien. Ese alguien, no podía ser otro que su perro, Abejón. Un gato no tendría la suficiente masa para obstruir la luz por aquella ventana. Habiendo vaciado la vejiga, Wadith regresó a la sala y saludó a su perro, Abejón, que dormía profundamente, antelando la puerta principal. Quizá, el responsable de la sombra fue un intruso, un ladrón a lo mejor, que pudo subir casi volando sin hacer chirrear los escalones de madera. O quizá sí sonaron pero Wadith no los escuchó porque estaba adormilado. Incluso pudo ser el mismo abejón, que subió y bajó tan rápido para quedar profundamente dormido otra vez. O tal vez fue un ave enorme, un cóndor, a lo sumo, que se había metido a conocer la enramada y vuelto a salir justo cuando Wadith entró a orinar. O, lo más improbable también era válido: Fue un fantasma.
En diversas ocasiones, sonaban objetos cayendo y a la sazón, rompiéndose, en medio de la noche, despertando a uno o dos miembros de la familia. Los sonidos eran tan claros que ellos podían proponer y no discutir en cuanto a qué cosa había caído. Pero siempre se asomaban y nunca encontraban nada en el piso ni fuera de lugar. Estas entidades también gustaban de imitar voces humanas. Como la de algún niño pequeño llamando a su madre. Tan pequeño que todavía se vería cabezón y barrigón. Al igual que con los objetos, Wadith podía imaginar con suma nitidez, al niño que habría emitido el llamado. Generalmente sería un niño desarrapado y desposeído, quizá en meros pantalones. Y, como en todas las ocasiones, no había nadie en el lugar de donde claramente había emergido la entonación. Al principio les daba miedo, pero tanta repetición al cambiar una y otra vez de calendario, les imprimió la fuerza de la costumbre. Aún cuando las entonaciones los imitaban a ellos mismos. La primera vez, Wadith oyó a su madre gritar de dolor y amargura. El corazón se le puso a mil, corrió descalzo hasta donde ella estaba. Pero ella estaba haciendo tranquilamente su costura. Era eso o, uno y otro levantándose de noche, jurando que acababa de escuchar el llamado de uno de sus hermanos.
No obstante, al inicio del último lustro del milenio, esta entidad en casa de Wadith hubo de volverse insoportable. Aquello que moraba amargamente la enramada, estaba haciendo berrinches a veces aparatosos y otras, tocaba el índice de lo escalofriante. Todo, por el vaticinio inequívoco de que era el fin de la enramada. Esta sería tirada al cabo de pocos meses y en su lugar se erigirían muros decentes con materiales nuevos. En otras palabras, el ente sería desalojado.
Para la tarde en que el cielo inspiraba las mentes sensibles con escalofríos artísticos, la madre de Wadith pasaba de la cocina tipo tugurio a la sala, vieja pero de ladrillo. Los tablones crujían y se hundían con sus pasos. Todo el que se parara allí, corría el riesgo de terminar caído sobre un montón de arena húmeda y herramienta oxidada que el padre de Wadith guardaba ahí debajo. Una fábrica de pesadillas. Si había algo peor que un acumulador compulsivo, solo podría ser un acumulador compulsivo muy pobre. Desde aquél helado y oscuro agujero, la entidad emergió y atravesó el tablado cual filtración de vapor de la tierra en un cementerio. La mujer sintió que toda la temperatura del cuerpo se le apagó y que los vellos se le erizaron. Fue tanta la energía que perdió en un santiamén, que hasta sufrió de parálisis repentina. La sensación de compañía era clarísima, inequívoca, casi palpable. Aquella presencia inmunda estaba parada detrás de ella. A continuación, Serengueti salió también de la cocina y reaccionó a la perturbadora entidad. Él, que sí veía al ente, se erizó y encorvó el lomo. Con bigotes y orejas recogidos, el gato amenazó con una garra en posición de zarpazo.
—Echaba ajíces y miraba fijamente. Yo le decía —contaba la señora— que ¿qué le pasa? ¿se volvió loco? Yo bien asustada y el gato gruñéndome… pero ahí mismo até cabos y el gato no me echaba ajíces a mí sino a algo entre él y yo —se persignó—. ¡Qué cosa tan horrible! Se sintió algo muy… ¡espantoso!
Con “espantoso”, ella quería describir la vibra del ente, que estaba de muy mal humor, como un loco que patea y tira todo.
—Entonces me traje el gatico para que me acompañe, ya que él, antes, estaba era defendiéndome. Es más, ya que llegó, Wadith, acompáñeme a terminar de recoger la ropa que no fui capaz de subir a la terraza sola.
Allí arriba, Wadith vio que las nubes ya estaban muy disipadas, casi desaparecidas y la luna llena hacía ver magnífica a la montaña de Altos del Zuque. Ya no se veía su forraje, sino un abismo de negritud infinita, pero la luna detrás de él hacía refulgir la silueta del gigantesco cerro. El alumbrado público al fin se encendió. Entre Wadith y su madre, descolgaron ropa y la arrojaron dentro de un platón hasta llenarlo.
—Juemadre, toca traer otro platón. Vaya tráigase el rojo, pero no se demore, por favor Wadith.
Wadith bajó la vieja escalera de madera. De ida y vuelta pasó junto a los refuerzos de madera vieja que su padre había instalado para la vara que elevaba la entrada de la energía eléctrica. Estos refuerzos existían tanto en la tierra viva bajo la escalera, como en el primer piso y en la terraza. Por asemejarse a mesas, se les daba tal uso. Wadith inició el ascenso con el platón rojo encargado por su madre. Pero tuvo qué detenerse porque un jabón cayó de aquél soporte en forma de mesa. Lo alzó, lo reubicó y siguió su camino, pero luego tuvo qué regresar otra vez, por la caída de nuevo del jabón de barra pero esta vez junto con el cepillo y la tasa de plástico. Súbitamente empezó aquél soporte en forma de mesa empotrada a sacudirse con tal violencia que Wadith pensó que había empezado un terremoto. Sin embargo, nada más a la vista se sacudía. Pudo oír como en la terraza, caían palos, palos de los que acumulaba su padre al rededor del soporte de la vara. Preocupado por los cables de la luz, Wadith estuvo por abrir el gañote y gritar “¡Mamá, deje de sacudir la vara que está botando todo aquí!”. Pero su madre se le adelantó:
—¡Wadith, deje de sacudir la vara que está botando todo aquí!
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¹Relato disponible en «La Alianza Sobrenatural»
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