Celeste la esposa infiel
Celeste está casada pero túvo sexo con su compañero de trabajo .
cuando empujé los primeros centímetros delató lo mucho que la excitaba el dolor mezclado con placer.
Celeste jadeaba en rápidas bocanadas de aire, sus músculos internos luchando entre rechazarme y atraerme más profundamente. La vi arquearse cuando finalmente la llené por completo, sus uñas rasgando la tela de las sábanas. «Dios… es más grande que—,» la frase se quebró en un gemido cuando comencé a moverme, cada embestida sacando un sonido húmedo que nos empapaba a ambos en vergüenza y lujuria.
«Es la primera vez que la meten completo» —su voz era un jadeo roto, las palabras saliendo entrecortadas mientras su cuerpo se adaptaba a cada centímetro de mí. Sentí cómo sus músculos internos se contraían en ondas, como si intentaran expulsarme y atraerme más profundo al mismo tiempo. Sus manos buscaron las mías entre las sábanas, entrelazando nuestros dedos con una urgencia que me sorprendió. «No pares,» susurró, volviendo la cabeza para mirarme con esos ojos oscuros ahora empañados de lágrimas y deseo.
El ritmo al que nos movíamos era diferente ahora—más lento, más deliberado, cada empujón hacia adentro dibujando un gemido gutural de su garganta. Me incliné sobre su espalda, sintiendo el calor de su piel contra mi pecho mientras mis labios encontraban la marca de un lunar justo bajo su omóplato. El sabor salado de su sudor en mi lengua, la manera en que su pelo se pegaba a su cuello—todo era intoxicante. «Te gusta así, ¿verdad?» murmuré contra su piel, sintiendo cómo su cuerpo respondía con un estremecimiento que recorría todo su torso.
Despues de 5 minutos no podia mas su ano era muy apretado, y me obligaba terminar rapido, no queria eyacular dentro pero ella insistio «Adentro… quiero sentirte adentro» jadeó, apretando mis manos con una fuerza que me sorprendió. Sus palabras salían entrecortadas, mezcladas con gemidos que vibraban en su garganta. Sentí cómo sus músculos se tensaban alrededor de mí en espasmos irregulares, como si su cuerpo no pudiera decidir si expulsarme o succionarme más profundo.
El calor era insoportable, la presión casi dolorosa. Mis caderas chocaron contra sus nalgas con un sonido húmedo que reverberó en la habitación. «Celeste… no voy a—», intenté advertirle, pero ella solo arqueó la espalda más, empujando hacia atrás con una urgencia que borró cualquier pensamiento de retirada.
Termine de llenar su ano con mi semen, al retirarme podia ver como finas lineas salian de ella. Celeste se derrumbó sobre el colchón con un gemido largo, sus músculos todavía temblorosos. Rodé a su lado, nuestro sudor mezclándose en las sábanas arrugadas mientras tratábamos de recuperar el aliento. El aire olía a sexo y piel caliente, espeso como la miel. Ella giró la cabeza hacia mí, su pelo pegado en mechones húmedos a su cuello, y sonrió con esa sonrisa de gata satisfecha que ya empezaba a conocer demasiado bien.
«Tengo que volver a la casa mi hijo me espera» me dijo mientras se levantaba de la cama tambaleándose un poco, sus piernas todavía temblorosas. Observé cómo caminaba desnuda hacia el baño, admirando el vaivén de sus caderas y las marcas rosadas que mis dedos habían dejado en sus muslos. El sonido del agua corriendo me llegó distorsionado, como si estuviera escuchando a través de algodón.
Cuando salió, ya vestida con esa blusa blanca otra vez—ahora arrugada y manchada—me miró mientras se abrochaba el sostén con gesto pensativo. «Mi esposo llega el viernes,» dijo de pronto, metiéndose las llaves del auto en el bolsillo trasero de sus jeans ajustados. «Pero se va otra vez el lunes.» Sus ojos oscuros me midieron mientras pronunciaba cada palabra, como si estuviera soltando carnada en aguas revueltas.
«Quieres que nos volvamos a ver el jueves?» le pregunté, todavía recostado en la cama mientras ella se recogía el pelo frente al espejo del armario. Me miró por el reflejo, esos ojos oscuros que ahora conocían cada uno de mis gemidos. «Jueves es día de junta escolar para mi hijo,» murmuró, pasándose la lengua por los labios como si aún pudiera saberme. «Pero el miércoles… el miércoles puedo quedarme hasta más tarde.»
El eco de la puerta cerrándose tras ella resonó en mi departamento como un aplauso final. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el sudor se secaba en mi pecho mientras el olor a sexo y a su perfume barato se entrelazaban en el aire. Mi teléfono vibró contra el piso donde había caído horas antes—era ella, ya desde el auto: «Olvidé decirte que me encanta cómo gruñes cuando te corro la lengua por los huevos.»
Abjuanta a eso un foto, al pareser se la tomo en mi baño, el espejo empañado por el vapor mostraba su cuerpo desnudo, un pezon entre sus dedos mientras la otra mano sostenia el telefono. «Para que no me olvides,» decía el mensaje. La imagen tenía algo crudo, no por lo explícito, sino por cómo la luz del baño capturaba las gotas de agua corriendo por su vientre hasta perderse entre sus piernas. Era una postal íntima, pero también una promesa.


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