De verle una noche la vagina a mi mamá a espiarla masturbándose
Viendo a mi mamá masturbarse.
De verle una noche la vagina a mi mamá a espiarla masturbándose
Para empezar, mi madre tiene 42 años y yo 20, somos de Colombia y vivimos en una zona rural, en una finca grande y ruidosa con sus gallinas, sus perros y siempre algo haciendo. Somos una familia de cuatro hermanos, dos mujeres y dos hombres, donde yo soy el mayor. Antes de que todo esto pasara, mi mamá era solo mi mamá, nada más. No veía nada raro ni fuera de lo normal en ella, todo transcurría con la calma del campo, entre el trabajo de la finca y los viajes de mi papá al pueblo.
Recuerdo que en pandemia, una noche que nos quedamos viendo tele hasta tarde, salí al corredor y vi la luz de su cuarto encendida, entreabierta. Me acerqué y estaban los dos durmiendo, se habían olvidado apagar. Al entrar a apagarla, mi mamá se movió en el sueño y con su pijama de pantaloneta y la postura en que tenía las piernas, se le veía todo. Me llamó la atención, la vi un rato, pero no pasó a más, se me olvidó con el tiempo.
Pero ya para el 2023, yo estaba en la universidad y viajaba los fines de semana o vacaciones. Y en esas vacaciones de junio y julio es cuando empieza a suceder lo que me inclinó a hacer. Mis hermanos se fueron a la ciudad con unas tías, así que en la casa solo quedábamos mis papás y yo. Como de costumbre, mientras yo salía al campo a trabajar desde las 6 am hasta las 5 pm, mi papá se iba al pueblo a hacer de albañil, dejándonos a solas.
Todo cambió cuando un día en las primeras horas de la mañana, por las 10:30 am, tuve que regresar a casa por una herramienta que se me había olvidado. Al llegar por la parte trasera, fui directo al cuarto de herramientas. Estuve ahí al menos diez minutos revisando, pero al salir algo me llamó la atención: no escuchaba ningún ruido normal, ni música ni conversaciones. Me quedé pensando que tal vez estaba haciendo algo en los alrededores, así que me acerqué a la puerta de mi habitación.
Fue entonces cuando escuché gemidos bajos y un sonido húmedo, como un splah, proveniente de adentro. En ese momento, el único pensamiento que cruzó por mi mente fue que mi mamá era infiel. Muy despacio, me acosté en el suelo y me asomé por debajo de la puerta. Solo veía los pies y piernas de ella, moviéndose arriba y abajo. Eran ella, masturbándose en pleno día.
Me quedé escuchando durante unos minutos, observando esa escena íntima que jamás había imaginado. Luego, lentamente, me retiré hacia afuera de la casa y comencé a llamarla. A los minutos salió en toalla, diciendo que iba a traer leña para la fogata. Al entrar a su cuarto, miré hacia la esquina debajo de la cama y vi sus ropa interior mojada, con fluidos blancos y un desodorante con un condón.
Esa imagen me dejó con mucha curiosidad. Así que en los siguientes días, cuando salía a trabajar, me aseguraba de pasar por cerca de la casa para espiarla. Sabía que mi mamá siempre tenía la costumbre de bañarse antes del almorzo, así que aprovechaba ese horario. Los primeros días no pasó nada, pero casi una semana después, la vi entrar a su cuarto y tardarse. Me acerqué nuevamente a escuchar y vi cómo se bajaba la ropa interior, se acostaba y empezaba a tocarse.
No era algo muy raro, pero cada vez que tenía la oportunidad, lo hacía. Yo me quedaba ahí, pensándolo y pensando en lo interesante que sería verla más de cerca. Pasaron varias semanas y ella empezó a molestar de que quería cambiar su habitación con la de mi hermana, que era más grande. Al principio le dije que no por la pereza de mover todo, pero un día, pasando por detrás de esa habitación, noté que entraba un cable del techo con la señal de la TV e internet. Me acerqué a mirar y quedaba un pequeño espacio justo debajo de la ventana que permitía ver hacia esa habitación con total claridad.
Así que decidí ayudarla a mover su cama y la insistí tanto para que la ubicara en un lugar preciso, justo frente a ese pequeño agujero. Ya con la cama en su lugar, volví a ponerme a la espera. Volví a casa y, cuando la vi entrar a su cuarto y demorarse, fui directamente al pequeño espacio que me había preparado.
Allí estaba ella, recostada en la cama que yo mismo le ayudé a poner en ese lugar perfecto, con las piernas semiabiertas. Se quitó la blusa lentamente, dejando al aire sus tetas que se caían un poquito pero con unos pezones duros y oscuros que me provocaban solo de verlos. Luego se bajó el pantaloneta del pijama, y ahí la tenía, con su tanga de un color llamativo que se le hundía en el culo, marcándolo todo.
Empezó a tocarse por encima de la tela, pasando sus dedos con suavidad, como si se conociera al dedillo. Se la quitó y me quedé helado: su vagina peluda, con los labios ya hinchados y brillosos de humedad. Se echó saliva en los dedos y empezó a frotarse el clítoris con circularidad, cerrando los ojos y moviendo la cadera al ritmo de su mano. Se metía dos dedos, los sacaba y se los chupaba, para volver a meterlos más profundos, más rápido. Su respiración se cortaba, y yo podía escuchar desde mi escondite sus pequeños gemidos, como si me los susurrara al oído.
Lo mejor fue cuando agarró el desodorante. Con una calma que me puso la piel de gallina, le desenvolvió el condón, como si fuera un experto. Lo lubrificó con su propia saliva y su jugo, y se recostó de nuevo, abriendo más las piernas. Vi cómo se lo metía poco a poco, primero la punta, luego toda la base, moviendo las caderas para recibirlo. Su cuerpo se arqueó, sus pies se tensaron, y un fluido blanquito empezó a salir de su vagina, corriendo por entre sus pelos y manchando la sabana. Mientras se la metía, se tocaba los pezones, se los retorcía, y su cara era una mezcla de dolor y placer que me tenía loco. Yo me la jalaba como un loco, tratando de no hacer ruido, mientras veía cómo mi mamá se corría, temblando toda, con el desodorante todavía adentro. Cuando terminó, se quedó así un rato, con las piernas abiertas, respirando agitado, y yo me corrí en mi mano, sin poder creer lo que acababa de ver.
Parte 2 próximamente,ya aproveche el agujero para verla coger con papá


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