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Fantasías / Parodias, Fetichismo, Gays

El Clóset de Itadori

Relato sexual sobre Itadori Yuji y Ryomen Sukuna, dos personajes populares de Jujutsu Kaisen. .

I

—Abuelito…

 

—¿Ah? ¿Qué pasa, Yuji?

 

—Me está viendo otra vez.

 

—Oh, ya veo….

 

Era la cuarta noche consecutiva. Yuji despertaba a su abuelo para decirle que había alguien mirándolo desde el clóset. Decía que podía ver dos pares de ojos rojos observándolo mientras dormía.

 

—Bien, Yuji. Vamos a revisar tu clóset, ¿de acuerdo?

 

Wasuke se levantó de la cama y tomó a su nieto de la mano. Lo llevó de vuelta a su cuarto, donde el niño se quedó mirando desde la puerta cómo su abuelo inspeccionaba el clóset.

 

—¿Ves? No hay nada. —dijo Wasuke—. Fue solo un mal sueño, Yuji.

 

—Pero… estaba ahí… —respondió Yuji, asustado, aún medio escondido tras el marco de la puerta.

 

Wasuke tomó a su nieto y lo llevó de vuelta a la cama. Lo acomodó, lo cobijó y le dio un beso en la frente. —Fue solo un mal sueño, trata de dormir de nuevo, ¿de acuerdo?

 

—¿Puedo dormir contigo?

 

—No, Yuji. Ya tienes cinco años. Debes ser valiente y dejar de tenerle miedo a cosas que no existen. Si vuelves a soñar feo, solo repítete a ti mismo que no es real, y todo se desvanecerá, ¿ok?

 

Yuji tardó en responder, pero al final lo hizo como si estuviera siendo obligado. —O-okay…

 

Antes de que Wasuke saliera de la habitación, Yuji alcanzó a preguntarle una cosa: —Abuelo, ¿puedo tomar un vaso de leche caliente?

 

—No, Yuji. Es demasiado tarde. Te dolerá el estómago. Tal vez mañana en la mañana.

 

—Ohh… —respondió Yuji con decepción.

 

Cerró los ojos para intentar dormir nuevamente.

 

 

II

 

No pasó mucho tiempo para que volviera a pasar. Yuji sintió de inmediato sobre su cuerpo la sensación de que estaba siendo visto; una sensación parecida a un hormigueo.

 

Sacó levemente la cabeza de la sábana para echar un vistazo rápido a su armario, y… Ahí estaban. Dos pares de ojos rojos, viéndolo como si Yuji se tratara de una especie de presa siendo acosada por una serpiente.

 

Volvió a taparse la cabeza con la sábana tan rápido como pudo: —No es real. No es real. No es real.

 

Volvió a asomarse… Esta vez, los ojos se habían movido. Estaban más cerca.

 

—No es real. No es real. No es real.

 

Comenzó a temblar y a sudar de miedo. Formó un puño y apretó su almohada tan duro como pudo, y entonces… Si bien no los pudo ver porque está vez no sacó la cabeza de la sábana, sintió que los ojos estaban más cerca que nunca.

 

Entonces… Escuchó la voz.

 

—Mocoso… ¿Puedes verme?

 

Yuji recorrió la sábana, dejando ver la mitad superior de su cuerpo al completo. Y fue ahí que lo vió por primera vez.

 

Emergió de las sombras como una figura gigante de casi tres metros. Tenía dos pares de ojos de un color carmesí que miraban a Yuji como una especie de animal salvaje que ya había decidido devorarlo.

 

 

Tenía cuatro brazos. Dos pares de extremidades perfectamente simétricas. Los brazos superiores, descansaban sobre su pecho con una elegancia depredadora. Los inferiores descansaban en su cintura. Cada uno de esos brazos parecía un tronco de músculos probablemente más gruesos que el torso de Yuji

 

Y hablando de torsos, su torso era una geografía de músculos perfectamente definidos: pectorales anchos como escudos, abdominales tallados en piedra marcados por tatuajes negros que serpenteaban por sus músculos como ríos de tinta…

 

Yuji no gritó como un niño de su edad debería haber hecho. Solo se quedó mirando con atención al ser que estaba frente a él. Aunque, más que atención, tal vez era admiración.

 

—Ohh… —dijo el ser—. ¿No vas a gritar? No es la clase de reacción esperaba. Hubiera jurado que hasta hace unos segundos podía oler miedo viniendo de ti… ¿A dónde se fue ese miedo?

 

 

Pero Yuji no debaba de mirar el increíblemente gigante y musculoso torso del ser. Este se dió cuenta, y soltó una pequeña risa burlona.

—¿Te gusta lo que ves, pequeño?

 

 

Se inclinó. Sus cuatro brazos se movieron con gracia. Una mano superior rozó el mentón de Yuji con uno de sus dedos. La mano inferior izquierda se posó sobre la cama, cerca del muslo del niño. —Así que… Puedes verme, escucharme, e incluso sentir mi presencia. Es raro ver un talento así para la hechicería en un niño tan pequeño.

 

—¿Eres un monstruo? —preguntó el pequeño con una tono demasiado inocente.

 

—Um, no necesariamente.

 

—¿Eres un fantasma?

 

—Tampoco diría eso.

 

—¿Qué eres?

 

El gigante sonrió. —Llámame Sukuna. Ryomen Sukuna. Y tú, pequeño, ¿cómo te llamas?

 

—Y-Y-Yuji.

 

—¿Qué edad tienes?

 

—C-cinco…

 

—Cinco, eh. —sonrió de manera maliciosa. Yuji no lo vió en ese momento, pero uno de sus cuatro brazos fue a parar directamente a su propia entrepierna, acariciando un bulto que comenzaba a formarse en sus pantalones—. Bueno, hubiese preferido un niño más pequeño, pero cinco años no está mal. Sigues estando más cerca de ser un bebé que un adolescente.

 

—¿Qué haces en mi habitación?

 

—Bueno… Verás, niño. Esta casa fue construida sobre el lugar donde morí.

 

—Oh… ¿Entonces sí eres un fantasma?

 

—No. Soy un espíritu maldito. Más que un espíritu maldito, soy el Rey de las Maldiciones. O al menos lo era, cuando estaba vivo.

 

—¿Un espíritu maldito?

 

—Es una explicación larga, muchacho. Pero lo único que tienes que entender es que hay poca gente en el mundo capaz de verme. Tú eres uno de esos. Sabes, eres el primero con el que hablo desde que morí hace más de mil años. Así de rara es la gente con tus talentos.

 

—Oh… ¿y vas a hacerme daño?

 

—Mmm… No. Creo que no. Solo que… Sabes… He estado aquí solo por mucho tiempo, sin amigos y sin nadie con quién pasar el tiempo… Me preguntaba si me podías hacer algunos cuantos favores.

 

—¿Qué clase de favores?

 

—Descuida, mocoso. Serán favores que nos harán sentir bien a los dos. —y su mirada se iluminó de un color rojo intenso.

 

Se acercó más, a tal punto que Yuji logró percibir su olor corporal. Sukuna olía a una especie de combinación de hierbas medicinales, y un olor parecido al látex o cloro.

 

Sukuna tomó la pequeña mano de Yuji, y la llevó directamente a los músculos de su torso. —¿Te gustan?

 

—Oh… Sí… —dijo el niño con tono dudoso.

 

—Puedes tocarlos todo lo que quieras.

 

 

La mano de Yuji temblaba con timidez mientras exploraba los abdominales de Sukuna. La piel era cálida y firme. Yuji no sabía por qué lo hacía, pero tenía una enorme curiosidad por conocer el cuerpo del ser autoproclamado El Rey de las Maldiciones.

 

Sus dedos se deslizaron lentamente, siguiendo los tatuajes negros que serpenteaban como ríos de tinta. Llegó al centro del torso, justo donde el esternón debería estar, y sus dedos encontraron algo que no esperaba.

 

Una grieta. Delgada, apenas visible, casi imperceptible entre los pliegues de los tatuajes. Pero al tacto, era inconfundible: un pliegue de piel que no era piel, un borde que se separaba.

 

Y entonces, sin que Yuji hiciera nada, la grieta se abrió.

 

Una boca. Una boca enorme que se abrió revelando una cavidad con lengua y dientes gigantes.

 

Yuji retrocedió tan rápido que su espalda chocó contra la cabecera de la cama.

 

—No te asustes —dijo Sukuna, y su voz era más suave ahora, casi un arrullo—. Eso es solo otra parte de mí. Vamos, sigue tocando, no te voy a morder.

 

Yuji asintió y prosiguió con su tarea de exploración. Sus ojos recorrieron los brazos de Sukuna, esos cuatro brazos que habían parecido tan aterradores la primera vez que los vio, y ahora lucían… fascinantes.

 

—¿Puedo tocarlos? —preguntó.—Eres descarado, pequeño. Pero adelante. Toca todo lo que quieras.

 

Yuji extendió ambas manos hacia el brazo superior izquierdo de Sukuna. Era enorme, tan grueso como el muslo de un hombre adulto, y cuando sus dedos rozaron la piel, sintió una dureza bajo la superficie que lo dejó sin aliento. Era como tocar roca viva, pero caliente, vibrante.

 

—¿Qué sientes? —preguntó Sukuna, con su voz grave y suave al mismo tiempo.

 

—Es muy duro —dijo Yuji, presionando con sus dedos—. Como si tuvieras piedras debajo de la piel.

 

Sukuna rió, y el sonido retumbó en el pecho de Yuji. Luego, sin previo aviso, el brazo que Yuji estaba tocando se flexionó. Los músculos se contrajeron bajo la piel, hinchándose y definiéndose con una claridad que dejó a Yuji boquiabierto. Los bíceps de hicieron aún más grandes.

 

—¿Ahora qué sientes? —preguntó Sukuna, y había un dejo de orgullo en su voz.

 

—Se siente… fuerte —murmuró Yuji, casi para sí mismo—. Muy fuerte.

 

—¿Quieres ver más? —preguntó Sukuna, y sus ojos rojos brillaron con picardía.

 

Yuji asintió con entusiasmo.

 

Los cuatro brazos de Sukuna se movieron en una coreografía lenta de flexiones alternadas, contracciones que hacían bailar los músculos bajo la piel.

 

 

Yuji no podía apartar la mirada. —Eres increíble —dijo Yuji, y la admiración en su voz era genuina, infantil, sin filtros—. ¿Todos los espíritus son así?

 

Sukuna soltó una risa profunda. —No. Solo yo. Soy especial. Y dime, mocoso… ¿Quieres ver algo igual de duro?

 

Sukuna se movió con una lentitud deliberada, posicionándose de manera que dejó ver dos enormes bultos en su pantalón de tela blanca.

Dejó caer sus cuatro manos a los costados de su cintura, y con un tirón seco, el obi de seda se deshizo por sus caderas con un roce áspero.

 

Y entonces las vio.

 

Dos erecciones gemelas, erguidas desde una base común que surgían de un vello púbico rosa. Cada una medía fácilmente veinticinco centímetros de largo y el grosor era tal que sus dedos, si los envolviera, no lograrían tocarse.

 

Los glandes, prominentes y brillantes, tenían un tono carmesí profundo, como el rojo de sus ojos. Una perla de líquido preseminal brotaba de cada meato, deslizándose lentamente por el tronco, trazando un camino húmedo que reflejaba la luz tenue de la habitación.

 

—¿Q-qué son esas?

 

—Son mis dos vergas. —Dijo Sukuna—. Es lo que los hombres adultos usan para hacer bebés. Aunque claro, normalmente tienen sola una, yo tengo dos.

 

—¿Son como mi pene?

 

Sukuna rió. —Sí, exactamente. Tú también tienes uno. Se puede volver duro y grande. Vamos, toca las mías.

 

—Yo… No puedo…

 

—¿Eh? ¿Por qué no?

 

—Mi abuelo dice que nunca debo tocar las partes íntimas de nadie.

 

—Vamos, mocoso. Pero en este caso yo quiero que las toques. Es el favor del que te hablaba hace un rato.

 

—Pero…

 

—TÓCALAS. —Esta vez era una orden.

 

 

Yuji sintió sus manos temblar mientras las extendía hacia adelante. El primer contacto fue un shock. La piel era ardiente y bajo ella latía un pulso tan potente que Yuji lo sintió en sus palmas como un segundo corazón. Sus dedos intentaron cerrarse alrededor del ancho, pero era inútil: la circunferencia era tan vasta que incluso usando ambas manos, una sobre la otra, apenas lograba cubrir dos tercios del grosor.

 

Ese era el tamaño de una de las vergas del Rey de las Maldiciones en las manos pequeñas de un infante humano.

 

—Mueve las manos. —ordenó el Rey—. De arriba a abajo.

 

Yuji obedeció.

 

Arriba y abajo. Lento al principio, luego con más ritmo. La piel se deslizaba bajo sus palmas lubricada por el líquido preseminal que brotaba constante del glande, un hilo viscoso que caía sobre los dedos de Yuji y se escurría entre sus nudillos. Sintió las venas como cordones gruesos que se enroscaban bajo la superficie.

 

Sukuna cerró los ojos y dejó llevar por el placer.

 

 

—Eres un niño muy lindo, Yuji —dijo Sukuna, y su voz era un murmullo que vibraba en el pecho del niño—. Desde la primera noche que te vi, pensé eso. Pequeño, frágil, con esos ojos grandes llenos de preguntas. Me pregunto si tú también me encuentras lindo.

 

Yuji parpadeó.. —¿Lindo? —repitió Yuji, con la voz pequeña—. Tú eres… raro. Muy raro.

 

—Raro —repitió Sukuna, saboreando la palabras del niño que lo masturbaba—. Sí, supongo que lo soy. Pero no respondiste mi pregunta.

 

Los ojos rojos se inclinaron, bajando al nivel de los de Yuji. La cercanía era abrumadora. Sukuna podía haberlo devorado con un solo movimiento, pero en lugar de eso, se quedó quieto, esperando, con una paciencia que no encajaba con su apariencia.

 

 

—Eres… —Yuji tragó saliva—. Eres muy guapo..

 

—¿Ah, sí? —Sukuna rió. —La mayoría de los niños que me cogía en la Era Heian me tenían miedo. Y tú me dices que te parezco guapo, si que eres interesante…

 

—¿Coger?

 

—Sí… Lo que los hombres hacen con las mujeres para hacer bebés. Pero yo no lo hacía con mujeres. Yo lo hacía con pequeños como tú.

 

—¿Los niños pueden hacer eso?

 

—Pueden porque yo los obligo. Dios… Solía cogerme a mocosos de todas las edades. Pero mis favoritos… Eran los bebés.

 

—¿Bebés?

 

—Sí… —seguía llevándose por el placer de las manos de Yuji—. Son tan pequeños, y tan apretados… Normalmente pensarías que un bebé siendo penetrado por una de mis vergas lo mataría… Pero no, jaja. Los pequeños bastardos se abrían para mí siempre.

 

Y aunque no se lo dijo en ese momento a Yuji para no asustarlo, aproximadamente la mitad moría antes de que Sukuna llegara siquiera al orgasmo.

 

 

—Chúpala —ordenó Sukuna, y su voz era un trueno.

 

Yuji abrió los ojos y vio el glande frente a él, del tamaño de su puño cerrado, carmesí y brillante, goteando un hilo de líquido preseminal que ya había manchado su barbilla. Tragó saliva, pero su garganta estaba seca. Sabía que era imposible. Sabía que su boca no podía abarcar aquello, que sus mandíbulas se dislocarían antes de llegar siquiera a la mitad.

 

Pero Sukuna no le dio opción.

 

Empujó su cadera hacia adelante, y el glande rozó los labios de Yuji, dejando un rastro viscoso y caliente. El joven sintió el peso, la densidad, la promesa de violencia contenida en aquella carne ardiente. Cerró los ojos y abrió la boca todo lo que pudo, estirando sus mandíbulas hasta que los músculos de su rostro protestaron.

 

El glande entró, y fue como intentar tragar una manzana entera.

 

—Ahhh… —gimió Sukuna—. Eso es, pequeño.

 

 

Yuji sintió cómo sus labios se estiraban hasta el límite. El sabor era salado, metálico, con un regusto dulzón que se pegaba a su lengua como la miel amarga.

 

Sukuna dejó escapar un gruñido profundo, y su cadera se movió apenas un centímetro más, forzando más de su carne dentro de la boca de Yuji.

 

—Solo la punta —dijo Sukuna, y su voz era un filo de placer—. Y ya estás al borde de tu límite. Vamos, mocoso. Han habido bebés de 1 año que llegan más profundo. Tú puedes.

 

 

Yuji lloriqueó, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras intentaba obedecer. Sus mandíbulas chillaban de dolor, estiradas hasta el límite absoluto de lo humanamente posible. El glande de Sukuna ocupaba completamente su cavidad oral, bloqueando su respiración, presionando contra su campanilla con una fuerza que bordeaba la ruptura.

 

—Por favor… —intentó decir, pero el sonido salió como un gemido ahogado.

 

Sukuna gruñó, un sonido profundo y animal que reverberó en las paredes de la habitación. Sus cuatro manos se movieron simultáneamente: dos agarraron la cabeza de Yuji con firmeza gentil pero inquebrantable, mientras las otras dos buscaron su propia segunda erección, comenzando a masturbarla con movimientos rápidos y brutales.

 

—Vas a tragártelo todo, pequeño —susurró Sukuna, su voz un rugido contenido—. Cada gota. Es el favor que te pedí, ¿recuerdas?

 

Yuji sintió que perdería el conocimiento. La falta de oxígeno combinada con el sabor abrumador—salado, amargo, metálico—hacía que su visión se nublara en los bordes. Pero Sukuna lo sostenía con sus manos gigantes, manteniéndolo consciente, presente, forzándolo a sentir cada segundo.

 

Entonces Sukuna comenzó a moverse.

 

No era un empuje completo—sería imposible, fatal—sino un movimiento de cadera diminuto, controlado, deslizando ese enorme glande dentro de la boca de Yuji con fricción constante. Cada retroceso dejaba un hilo de saliva y preseminal que caía sobre el pecho del niño. Cada avance hacía que Yuji sintiera que sus dientes rasparían contra la piel, aunque Sukuna parecía no sentir dolor, solo placer.

 

—Tan caliente… —murmuró Sukuna—. Tu boca es perfecta, mocoso. Tan pequeña, tan apretada… Exactamente como me gustan.

 

El ritmo se aceleró. Las manos de Sukuna en su propia segunda verga se movían frenéticamente, creando un sonido húmedo y obsceno que competía con los gemidos del propio Rey de las Maldiciones.

 

—Estoy cerca —anunció Sukuna, y sus cuatro ojos brillaron con un rojo intenso, casi luminoso en la oscuridad—. No sueltes. No escapes. Recibe todo lo que soy.

 

Yuji sintió la primera erección de Sukuna endurecerse aún más dentro de su boca, si eso era posible. La piel se tensó, las venas palpitaron con fuerza contra sus labios estirados. Y entonces…

 

Sukuna tiró de su cabeza hacia atrás, liberándose de su boca con un sonido obsceno de succión.

 

—¡Abre la boca! ¡Ahora!

 

Yuji obedeció por instinto, demasiado asustado para resistir.

 

El primer chorro golpeó su rostro con la fuerza de un puñetazo líquido. Fue caliente—escalofriantemente caliente—y espeso, salpicando sus ojos, su nariz, sus mejillas. Sukuna rugió, un sonido que sacudió la casa, mientras su primera verga descargaba sobre el rostro del niño.

 

Pero no había terminado.

 

Sukuna apuntó su segunda erección, la que había estado masturbando, directamente hacia el torso de Yuji. El segundo chorro fue aún más potente, un torrente blanco y espeso que impactó contra el pecho del niño con fuerza suficiente para manchar completamente su camisón en segundos.

 

—¡Sí! —gritó Sukuna—. ¡Recibe la semilla del Rey de las Maldiciones!

 

La cantidad era inhumana, imposible. Chorro tras chorro salía disparado de ambos miembros, cubriendo a Yuji por completo. Su rostro desapareció bajo una máscara blanca y viscosa. Su camisón se pegó a su cuerpo, empapado, pesado con el fluido. La cama debajo de él formó un charco que crecía rápidamente, empapando las sábanas, goteando al suelo.

 

Sukuna no dejaba de gemir, su cuerpo de tres metros arqueándose en éxtasis, sus cuatro brazos temblando mientras continuaba descargando. Diez segundos. Veinte. Treinta. El flujo no cesaba.

 

Yuji estaba sentado, congelado, cubierto de pies a cabeza en la semilla del espíritu maldito. No podía ver—sus ojos estaban sellados por el espeso líquido—, no podía hablar—su boca estaba llena del sabor abrumador—, apenas podía respirar por la nariz debido al olor intenso, a hierbas medicinales y cloro concentrado.

 

Cuando finalmente Sukuna terminó, cuando los últimos espasmos dejaron de sacudir su cuerpo musculoso, el Rey de las Maldiciones se quedó mirando su obra.

 

Yuji era irreconocible. Un monumento blanco y goteante. La cama era un charco. El suelo tenía un rastro de líquido que se extendía hasta el clóset.

 

—Hermoso —susurró Sukuna, recuperando el aliento—. Absolutamente hermoso.

 

Se inclinó, usando una de sus manos inferiores para limpiar parcialmente los ojos de Yuji, permitiéndole ver de nuevo. El niño parpadeó, aturdido, mirando hacia abajo hacia su propio cuerpo cubierto de semen.

 

—Hace un rato —dijo Sukuna, y su voz tenía un tono casi conversacional—. Le pediste a tu abuelo un vaso de leche caliente. ¿Recuerdas? Y él te dijo que no. Que era demasiado tarde.

 

Yuji asintió lentamente, confundido, su cuerpo pequeño aún temblando bajo la capa de fluido.

 

—¿Aún la quieres? —preguntó Sukuna—. ¿La leche?

 

El niño no respondió. No sabía qué decir, no entendía a dónde iba esto.

 

Sukuna sonrió, mostrando aquella segunda boca en su torso que se abrió en una sonrisa paralela. Se enderezó a su altura completa de tres metros y extendió sus cuatro brazos. Con las dos manos superiores, comenzó a recoger su propio semen del cuerpo de Yuji, raspándolo de aquel pecho pequeño, de aquella barriga infantil, acumulando grandes porciones de aquel líquido blanco y espeso en sus palmas gigantes.

 

—Tu abuelo no quiso darte leche —dijo Sukuna, mientras sus manos inferiores sostenían la cabeza de Yuji, inclinándola hacia atrás suavemente pero con firmeza—. Pero yo sí te voy a alimentar. Abre la boca.

 

Yuji obedeció, demasiado agotado para resistir, su mente en blanco por el trauma.

 

Sukuna acercó sus manos superiores, llenas de su semen, directamente sobre la boca abierta del niño. Inclinó las palmas, dejando que el líquido viscoso cayera en hilos gruesos, en torrentes que llenaron la cavidad oral de Yuji.

 

—Traga —ordenó Sukuna—. Esto es mejor que la leche de vaca. Esto es el néctar del Rey de las Maldiciones. Llenará tu estómago, te dará fuerzas. Traga.

 

Yuji tragó. Una vez. Otra vez. El sabor era abrumador—salado, amargo, metálico, con un fondo dulzón que se pegaba a su garganta. Era espeso, difícil de deglutir, como tragar pegamento caliente. Pero Sukuna no paraba; cada vez que Yuji tragaba un par de bocanadas, Sukuna recogía más de su cuerpo, de la cama, de donde hubiera caído, y se lo llevaba a los labios del niño.

 

—Más —insistía Sukuna—. Quiero que tu barriguita esté llena de mí.

 

Yuji tragó y tragó, sintiendo cómo su estómago se llenaba,

 

Cuando Sukuna finalmente estuvo satisfecho, cuando consideró que el niño había tragado suficiente—tres, cuatro, cinco veces la cantidad que un vaso de leche habría contenido—, retiró sus manos. Yuji jadeaba, su pequeño torso subiendo y bajando con la respiración agitada, su boca aún llena del sabor persistente.

 

Sukuna se inclinó más, hasta que su rostro quedó a nivel del de Yuji.

 

—Ahora —susurró—. Un beso de buenas noches.

 

Sin esperar respuesta, Sukuna presionó sus labios contra los de Yuji. Fue un beso profundo, invasivo, su lengua entrando para recoger los últimos restos de semen en la boca del niño, para explorar aquel interior que acababa de llenar. Una de sus manos superiores sostuvo la nuca de Yuji, manteniéndolo inmóvil, mientras las otras tres acariciaban su cuerpo pequeño, extendiendo el semen restante, marcando cada centímetro de piel.

 

El beso duró eternidades. Cuando Sukuna se separó, un hilo de saliva y semen conectó sus bocas por un instante antes de romperse.

 

—Duerme bien, Yuji —dijo Sukuna— Ahora. somos amigos, y los amigos hacen favores. Volveré mañana por la noche. Y pasado mañana. Y todas las noches. Y cada vez, me harás este favor… ¿O prefieres que me lo cuente a tu abuelito?

 

Yuji negó con la cabeza frenéticamente, el semen salpicando de su cabello.

 

—Eso pensé —sonrió Sukuna—. Duerme ahora, pequeño.

 

Sukuna se retiró hacia las sombras del clóset, desapareciendo gradualmente, dejando a Yuji solo en la cama empapado.

2 Lecturas/27 julio, 2026/0 Comentarios/por Evermore2099
Etiquetas: abuelo, amigos, joven, mayor, metro, oral, orgasmo, semen
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