El fruto Prohibido
La ventana sin cortinas del departamento estaba de frente a él, dándole la espalda a su hombre quien estaba ocupado moviendo su pelvis en embestidas más profundas. Mientras el adulto se inclinaba y subía en cada arremetida, el niño miró al otro lado de la ventana. Había alguien mirando..
En el interior de un templo de meditación la serenidad se vio perturbada por el sonido de golpes de piel.
Los gemidos graves de un hombre iban acompañados de los quejidos de un niño.
Detrás del templo, acostados en un colchon, estaban un hombre corpulento a finales de sus veinte y un pequeño de cinco años, desnudos teniendo sexo.
El hombre estaba montado en el menor, golpeando sus caderas como un animal.
Sus gluteos se apretaban en cada arremetida y el trasero del menor rebotaba en cada golpe de piel.
La carne infantil estaba roja mientras los pliegues de las nalgas dejaban entrar una polla morena llena de venas.
El grosor era tal que el ano se había estirado de forma circular, el largo abarcaba desde la base de los testículos arrugados y cargados de semen hasta la punta del glande en forma de flecha.
La carne viril del adulto perforaba sin contemplaciones y sus caderas se mecían con la cadencia de la experiencia.
Repeticiones exactas, constantes, fuertes y crudas.
Era el amor masculino en su máxima expresión.
El hombre jadeaba con una sonrisa de par en par. Sus pupilas brillaban mirando con deseo al niño bajo su cuerpo.
Tan abierto, lloriqueando y gimiendo por él.
El golpeteo de pieles era hipnótico y el poderío del hombre iba en aumento.
El niño gemia con la cara roja, sus ojos estaban nublados mientras jadeaba en cada arremetida.
A pesar de su estado, una pequeña sonrisa adornaba sus dulces labios.
Su expresión era de total placer.
El cuerpo inclinado perfectamente y su movimiento en sincronía con las embestidas de su hombre le confirieron el estado de un experimentado sexual.
No era su primera vez teniendo sexo con el hombre, ni tampoco la última.
Las horas pasaron hasta que el adulto liberó su carga de semen en fuertes embestidas.
Sacando su polla del culo infantil, el hombre miró como el ano se estiraba y fruncía en espasmos.
Con sus dedos, el adulto acarició el agujero del niño deleitandose con su forma de capullo de flor.
Arrugado, supurando semen y rojo por la fricción.
El adulto le dio unas cuantas nalgadas al menor antes de levantarse e irse caminando con soltura hacia el interior del templo.
—Vuelve mañana.
Con esa orden, el hombre cerró la puerta corrediza.
El menor se quedó acostado con la mirada perdida.
Todavía podia sentir el calor del hombre en su cuerpo, su ano punzaba y el semen se sentía como un bálsamo en su interior ardiente.
Con dificultad se levantó, tomando su ropa de escuela y vistiéndose con quejidos de dolor.
Totalmente vestido y oliendo a hombre, el niño se fue del jardín, cruzando unos matorrales.
Al otro lado, la calle de un barrio estaba a la vista, sin nadie en los alrededores.
El menor de cinco años ajustó su ropa con su mochila y se fue caminando chueco todo el camino a casa.
Pasó por calles concurridas hasta detenerse en una zona departamental de mala muerte.
Abriendo la puerta de entrada, el menor subió las escaleras hasta el 4to piso.
Una vez arriba, giró el pomo de la primera puerta, entrando.
Siempre estaba sin llave.
En el interior, escuchó a sus padres discutir, el menor pasó de largo dejando sus cosas en la cama.
Cerró la puerta de su cuarto amortiguando el ruido de la pelea que iba en aumento.
Empezó a quitarse la ropa quedando desnudo.
Con su cuerpecito todavia adolorido, el menor sacó de una caja debajo de su cama, un vaso de plastico con forma de elefante.
Lo puso en el suelo e inclinó su trasero en él, empujando con fuerzas. De su ano, semen se escurrió, llenando la taza hasta un tercio.
Una vez se sintió descargado, el niño dejó la taza encima de su mesa de noche.
Salió del cuarto desnudo y corrió al baño para ducharse.
Escuchó cosas romperse en la sala y gritos de dolor antes de que la puerta de entrada se cerrara de un portazo.
Mientras el agua caía de la ducha, la voz ahogada de su madre habló tras la puerta del baño.
—Cariño, mamá ira a visitar a Jessica, no olvides cenar e irte a dormir temprano que mañana tienes escuela.
El menor metió sus deditos en su ano abierto para limpiarlo a fondo.
—Sí, mami.
La mujer le hizo un cumplido y se fué, abriendo y cerrando la puerta de entrada.
El menor terminó de limpiarse.
Salió del baño mojando el suelo y fue a su cuarto a secarse con su toalla de dinosaurios.
Una vez seco, el menor corrió descalzo y desnudo por el departamento hasta la encimera de la cocina.
Con ayuda de su banquito, logró estirar sus manitas por encima de la mesa y tomar la caja de galletas de chocolate.
Antes de irse, tomó el teléfono inalambrico de casa y se fue corriendo a su cuarto.
Con dificultad, el niño se subió a su cama sin soltar la caja de galletas y el teléfono.
Una vez arriba, acomodó todo en sus piernitas bronceadas, mientras agarraba el vaso con semen en su mesita.
El menor sacó una galleta de chocolate de la caja y la sumergió en el semen, mojándola de leche.
Una vez hecho, se lo llevó a la boca, chupando y masticando.
—Rico —dijo el niño de cinco años con las mejillas llenas.
Masticó la galleta con una sonrisa y con la otra dejó su vaso en sus piernitas para tomar el teléfono y tararear una canción.
La canción era un conjunto de números que él menor tecleó en orden y una vez hecho tocó al boton de llamar.
Se escuchó el pitido de la llamada, y mientras esperaba, el niño sumergió otra galleta en el vaso con semen, esta vez, llevandose la mitad de lo que había.
—Hola.
Una voz ronca y varonil contestó del otro lado de la llamada.
El niño habló con la boca llena y una risa corta se escuchó del otro lado del teléfono.
—Antony, termina de comer y luego habla.
El menor hizo caso, tragando lo que tenía en la boca.
—Mami y papi se pelearon de nuevo y estoy solo.
Se escuchó un sonido de afirmación con la boca de parte del hombre.
—¿Tienes miedo de dormir solo, pequeño?
—Sí —respondió el menor com vergüenza.
—¿Deseas que vaya y te cuide? —la voz del adulto era sugerente y grave. Como una invitación a lo prohibido.
—Quiero que me cuides.
Se escuchó una suave risa seguido de una afirmación.
—Parece que nuestro encuentro en mi casa no fue suficiente. Llegaré en 30 minutos. Prepárate para cuando llegue.
Con esas palabras, la llamada se cortó.
El menor terminó de comer su galleta con semen y dejó la caja vacia junto al vaso en su mesita de noche.
Corrió a poner el teléfono en su lugar y luego fue al cuarto de su madre.
Abrió el armario de pared encontrando algunas vestimentas viejas y una bolsa que decía «Ropa para donaciones».
El menor abrió la bolsa, sacando prendas de distintos tamaños.
Se quedó con una tanguita de niña, una faldita corta y una camiseta femenina que le llegaba al ombligo.
Guardó el resto de la ropa y empezó a vestirse usando el espejo de su madre para mirarse.
Su cabello cobrizo le tapaba el rostro, su carita no era agraciada, pero tenía un encanto infantil dulce, con rasgos finos en los labios y mejillas.
Su trasero era pequeño, pero firme.
El resto de su cuerpo era delgado, desde sus bracitos hasta sus piernitas.
Escuchó la puerta abrirse y corrió a su cuarto.
Por el sonido de las pisadas, sabía quien era.
Un hombre corpulento llegó a la habitación del niño y se arrecostó en el marco de la entrada, viéndole.
—Que lindo te vez para mí, pequeño.
El menor sonrió apenado.
El hombre hizo un gesto con la mano en círculos.
—Da una vuelta lentamente, dejame verte bien.
El menor hizo caso mostrando su faldita, su tanguita y camiseta femenina.
La mirada del adulto se oscureció ante la vista y dejó de arrecostarse en la entrada.
A los minutos, los gemidos empezaron a escucharse en el departamento.
El menor estaba en cuatro en la cama, con sus bracitos siendo agarrados en dirección a su espalda con firmeza por las grandes manos del hombre.
El adulto, desnudo, arremetía con embestidas furiosas.
La carne estaba roja por los golpes y se escuchaba el gorgoteo del ano al ser profanado una y otra vez por una polla.
El pequeño tenía los ojos cerrados mientras se sentía incomodo en aquella posición.
Tener los brazos agarrados por las manos del hombre en su espalda le daban la sensación de estar siendo sujetado como un animal con correa.
El impulso masculino de su hombre le daba de lleno en su ano, inundando sus paredes internas de niño con la carne viril más caliente que podía sentir.
El cuerpo del mayor era inmenso y se estrellaba con fuerza contra su figura infantil, como una bestia en celo.
Los golpes de pieles eran sonoros y dolorosos.
El ano estaba abierto totalmente y la polla se movía sin contemplaciones.
El vaivén de caderas se mantuvo por una hora hasta que la primera descarga de semen detuvo la arremetida del hombre.
Los bracitos del niño fueron soltados y el menor cayó en la cama bocabajo jadeante.
Su culo quedó en alto mientras se escuchaba los pasos firmes del hombre salir del cuarto por agua.
La noche empezaba a estar presente y la luz de la luna llegaba levemente desde una ventana cubierta por cortinas.
El hombre volvió de la cocina con el cuerpo sudado.
Cada fibra de músculo húmedo rojo e hinchado por el esfuerzo, haciendo ver al adulto más voluminoso de lo que era.
De pie, el hombre tomó agua de un vaso, mostrando su polla dormida con semen en la punta.
El niño miró el agua que bebía el adulto y levantó la mano para pedir.
—¿Quieres agua, pequeño? Toma un poco.
Con parsimonia, el adulto acercó su polla a la boquita del niño.
El menor apretó sus dulces labios en el glande, chupando como un bebé.
El hombre descargó sus ganas de orinar y se vio como la manzanita de Adán del niño subía y bajaba.
Tragándose sus orines, el niño se mantuvo quieto esperando que su hombre terminara.
Una vez el adulto soltó un jadeo de culminación, sacó su polla erecta de los labios del niño y le dio unos suaves golpecitos en la cara al menor con ella.
—Es hora de nuestra segunda ronda.
El hombre dejó el vaso en la mesita de noche y tomó el cuerpo del niño entre sus brazos.
Cargado como un bebé, el menor enredó sus piernitas en la cintura estrecha de su hombre y se sujeto de sus grandes bíceps con sus manitas.
Las manos adultas abrieron las nalguitas del menor y metieron el pene viril de una estocada.
Siendo penetrado en el aire, el pequeño escondió su carita en el hombro fornido de su macho.
Las embestidas iniciaron con rapidez, inundando la habitación con jadeos, gemidos y choques de piel.
En cuestión de minutos, el menor estaba rojo de placer y con la expresión perdida.
Sin perder el ritmo, el hombre caminó fuera del cuarto iniciando penetraciones en movimiento.
El vaivén se volvió incomodo y las penetraciones empezaron a golpear zonas distintas del ano del niño.
Mientras llegaban a la sala, el pequeño se aferró con fuerza a su hombre, usando sus bracitos como apoyo en los brazos musculosos del adulto, gimiendo de placer.
Se sentía dichoso, con la magnitud del adulto penetrandolo y siendo cargado por él.
Con la mirada vidriosa, el pequeño logró distinguir la sala de su departamento.
La ventana sin cortinas del departamento estaba de frente a él, dándole la espalda a su hombre quien estaba ocupado moviendo su pelvis en embestidas más profundas.
Mientras el adulto se inclinaba y subía en cada arremetida, el niño miró al otro lado de la ventana.
Había alguien mirando desde el balcon del otro edificio.
Era un hombre afroamericano, de 40 años, padre de familia. Todavía llevaba su traje de policía mientras había salido a fumar al balcón de su apartamento.
Los ojos del policia no se despegaban de lo que estaba viendo.
La carita de un niño en el hombro de un adulto corpulento de piel canela.
La espalda ancha cubría en su totalidad el cuerpo del menor, solo mostrando sus brazos y piernas colgando a los lados.
Mientras tanto, el vaivén de caderas era hipnotizante. El hombre subiendo y bajando sus caderas en profundas penetraciones.
Los gemidos no se podían escuchar, pero el rostro feliz del menor y sus expresiones eran suficientes para saber al policía que lo estaba disfrutando.
El pequeño no tuvo tiempo de decir nada porque rápidamente su hombre lo acostó en el sillon enfrente de la ventana de la sala.
Encima del niño, el cuerpo fornido del adulto lo cubrió, llenándolo con su polla.
El policia veía como el enorme cuerpo de un hombre musculoso estaba montando a un niño de 5 años como si de una mujer se tratara.
Lo penetraba con tal vileza que parecía querer romperle el ano con su polla.
El culo del adulto se apretaba en cada embestida y los testículos arrugados saltaban en cada golpe de piel, colgando de entre sus piernas.
Era un espectáculo pecaminoso que duró media hora.
Bañados en sudor y afrodisíaco masculino, el adulto y su pequeño dejaron de gemir al mismo tiempo.
La segunda descarga de semen inundó el culo del niño.
Cansado, el menor cerró los párpados, siendo cargado por su hombre de vuelta al cuarto.
Desde la ventana, el policía vio al niño ser llevado lejos después de haber aguantado el poderío de un adulto como si nada.
Tragando saliva, el policía volvió en si y entró a su apartamento.
Los gemidos y golpes de pieles duraron hasta las 2 de la mañana y luego todo se sumió en silencio.
Se escuchó la puerta del departamento abrirse y los pasos erráticos de un borracho.
El padre del niño pasó por el cuarto de su hijo al baño y se quedó orinando un buen rato.
Una vez terminó, salió dando pasos lentos e incómodos hasta toparse con el cuarto de su hijo.
Abrió la puerta para ver como estaba y lo encontró descansando desnudo en la penumbra.
El padre miró con la vista borrosa a su hijo sin entender porque parecia dormir más arriba de lo que debería. Como si estuviera montado encima de algo.
Con un gruñido, el padre se encogió de hombros cerrando la puerta.
En la cama, el niño y su amante dormían ajenos a lo sucedido.
A la mañana siguiente, ambos se despertaron y salieron del cuarto, encontrando al padre del niño durmiendo en el sillon de la sala.
El menor desayunó con su hombre entre besos y mimos.
Se bañaron en una sesión rápida de sexo y luego salieron del departamento, el niño por la entrada principal y el hombre por la salida de emergencia trasera.
Una vez lejos, y en una calle conocida, se despidieron.
—Recuerda venir en la tarde, pequeño.
El menor sonrió feliz.
—Lo haré, señor.
—Puedes llamarme por mi nombre, Antony.
—Sí, señor David.
El adulto sonrió y miró en los alrededores para asegurarse que nadie lo miraba.
Agachándose, el adulto le robó un beso a su niño.
Ambos gimieron de gusto y se separaron con ganas de más.
—Vete a la escuela.
El niño hizo caso y se fue corriendo.
Viéndolo irse, el hombre dio un vistazo rapido a su alrededor antes de meterse en unos matorrales cercanos rumbo a su templo.
En una esquina cubierta por un árbol, un policia observó todo con una creciente erección en su entrepierna.
Minutos pasaron mientras el niño iba caminando por una calle hacia la escuela.
En eso, un auto policíaco se estaciono al lado del niño y el cristal de la ventana se bajó lentamente.
El menor se detuvo confundido.
El rostro de un hombre afroamericano se mostró, usando lentes de sol y enfundado en su uniforme de policia.
La cara del adulto era de incomodidad sin saber que decir.
El menor habló.
—¿Se le ofrece algo, oficial?
La voz del niño era baja y un poco cansada, como si le doliera la garganta.
Recordando el rostro gimiendo del menor, el adulto reaccionó.
—Entra al vehículo, quiero hablar contigo de lo que hiciste en tu apartamento.
El menor se asustó y reconoció el rostro del oficial.
Era el mismo hombre que lo había estado observando mientras era penetrado por su amante en la sala de su hogar.
Temeroso, el niño hizo caso, abriendo la puerta y subiendo al auto.
Una vez adentro, el adulto condujo fuera de la calle rumbo a una carretera.
Los minutos pasaron sin que nadie dijera nada hasta que llegaron a un motel en medio del camino.
—Agachate por debajo del asiento y no hagas ruido.
El niño se asustó e hizo caso, acomodando su cuerpo y mochila en aquel espacio reducido.
El hombre estacionó cerca de una caseta y tocó la ventana.
Alguien abrió la ventana y miró al adulto conducir solo en su auto.
—Quiero alquilar un cuarto por dos horas.
Pagando el precio que le dieron, el policia condujo su auto hasta la habitación del motel.
Metió su auto en la cochera del cuarto y cerró la enorme puerta con un boton que le dieron al pagar.
El policia bajó del auto llamando al niño que saliera.
Ambos caminaron por el garaje hasta entrar a otra sala, una mejor iluminada, con una cama grande de sabanas blancas, una barra de hierro para hacer ejercicio suspendido en el aire, un sillon y un espejo de cuerpo completo.
El baño de la habitación era solo un inodoro sin papel o lugar para lavarse las manos.
El aire acondicionado estaba encendido y el piso estaba alfombrado de rojo.
El policía empezó a desvestirse y el niño hizo lo mismo por costumbre.
Sin despegar su mirada, el menor contempló por primera vez la piel negra de otro hombre.
La carne era voluminosa y fuerte, pero el color le concedía un atractivo pecaminoso.
El negro convertía los músculos en carne vigorosa y la fisionomía varonil se tornaba osca, salvaje y masculina.
Como si el hombre ante él estuviera cargado de testosterona.
Totalmente desnudos, el niño fue llevado a la cama de la mano por el adulto.
Se acostaron entre las sábanas y se miraron mutuamente.
El adulto observó el cuerpecito menudo del niño y no sintió nada, sin embargo, al recordar a ese pequeño montando la polla de un adulto, sintió como su entrepierna se llenaba de sangre.
—No dire nada de lo que hicieron si prometes hacer lo que te diga y lo mantienes también en secreto.
El niño asintió con la cabeza.
Con un suspiro, el adulto sonrió y se levantó de la cama.
De pie, con su cuerpo musculoso desnudo, le hizo un gesto al niño para que se acercara.
Con una mano agarró su polla semi erecta y con la otra hizo el ademán de que se acercara.
El pequeño hizo caso y abrió su boquita para chupar la polla negra de su nuevo hombre.
Durante varios minutos, se escuchó el sonido de succiones y gemidos roncos.
Las arcadas fueron frecuentes y varios jadeos ahogados resonaron de manera intermitente.
La polla negra del adulto estaba metida hasta la mitad en la boquita del niño, la saliva del infante caía al suelo y la expresión de éxtasis del hombre era intoxicante.
El menor trataba de safarse empujando sus manitas en las varoniles piernas del hombre sin éxito.
Lo tenían bien agarrado de la cabeza, metiendo y sacando aquella polla negra en suaves embestidas.
El proceso se repitió por diez minutos más hasta que el adulto se cansó.
Dejó salir su polla mojada y erecta de la boca del niño escuchandose un jadeo acompañado de una fuerte tos.
El menor respiró varias bocanadas de aire sintiendose débil.
El adulto sostuvo su pene con una mano sin entender porque no se habia descargado.
Al recordar lo que habia visto del niño, su ano pálpito de placer y su pene se levantó en un espasmo.
Con una nueva idea, el adulto se dio la vuelta y llamó al niño con su voz ronca.
—Ven y chupa mi culo. Si lo haces seré gentil en el sexo y terminaremos rápido.
El niño hizo caso con la cara roja y se acercó a las nalgas lampiñas y negras del hombre.
Con ayuda del adulto, los dos monticulos de carne fueron separados exponiendo un agujero arrugado y marchito.
La piel era de color violacea y parecía cerrado en una fina linea vertical.
El menor acercó su rostro y sacó su lengua para lamer.
El primer bocado causó un escalofrío en el cuerpo del hombre y jadeó.
La boquita del niño hizo otra lamida y la descarga se intensificó.
El hombre gimió al sentir el aliento del pequeño en su culo, la lengua infantil jugando con su perineo y los labios del menor besando su ano con cariño.
Durante varios minutos, el sonido de besos y succiones se hizo más evidente.
Los gemidos graves del adulto eran constantes, su pene colgaba entre sus piernas totalmente erecto, chorreando presemen en cada espasmo de placer.
Con deleite, el policia tenía agarrada la cabeza del niño con una mano, obligándolo a mantenerse metido en su ano, chupando y lamiendo.
El menor no se quejó, empezando a disfrutar de jugar con el agujero fruncido del hombre.
La carne violacea se abría ante sus caricias infantiles y los gemidos graves eran adictivos de escuchar.
Se mantuvieron de pie en esa posición hasta que el hombre se cansó.
Volvieron a la cama, el adulto acostado bocaarriba en las sabanas blancas.
Con sus dos manos sujetaba sus musculosas piernas, mostrando su trasero, ano, pene y testículos negros.
El menor tuvo la vista del adulto abierto para él y sus ojitos brillaron de emoción.
Con cariño, metió su carita en el culo del adulto.
Durante una hora, se esforzó por chupar, lamer, escupir, amasar y jugar con aquel agujero fruncido.
Los gemidos del hombre eran altivos y poderosos, casi animales.
Era algo único el tener a un niño chupándole el culo como una puta.
Sonrió sintiendo ganas de descargar su semen, pero se contuvo.
—Deja mi ano y ven a montarte, voy a cumplir mi promesa.
El niño hizo caso dejando el agujero fruncido del adulto.
Sentados en la esquina de la cama, el hombre sostuvo las caderas del niño mientras este se dejaba caer lentamente en su polla negra.
Cada centímetro de carne viril y llena de venas fue un logro, hasta que el jadeo de ambos terminó por meter todo lo que faltaba.
Amasando las nalgas del pequeño, el hombre subió y bajó al niño en su regazo, sacando y hundiendo su enorme polla maciza negra en el agujero infantil.
La carne se abría ante aquel monstruo viril y el sonido obsceno de pieles empezó a sonar.
Durante varios minutos, solo se escuchaba el sonido de una polla negra entrando y saliendo de un culo infantil.
Los gemidos eran casi inaudibles, siendo solo respiraciones cortas y pesadas.
Sudados y apestando a zorrillo, el pequeño y el hombre se miraron.
El menor estaba tranquilo mientras era subido y bajado en el regazo de aquel negro de gran tamaño.
El adulto tenía una expresión serena disfrutando del momento.
De finalmente tener a ese niño sometido bajo su polla negra.
Las últimas embestidas fueron lentas y la descarga de semen fue asfixiante.
Jadeando y cansados, ambos se quedaron quietos durante varios segundos.
Sus respiraciones sincronizandose, la piel de sus cuerpos sudados fusionadas desde la pelvis y él culo, el sudor cubriéndolos a ambos y un olor nauseabundo de sexo crudo impregnando sus pieles.
Pasados unos minutos se separaron y vistieron sin bañarse.
Solo tomaron sus cosas, fueron al vehículo y salieron.
El regreso fue tranquilo.
Nadie dijo nada, el policía dejó al pequeño en la calle donde lo vio besarse con su hombre.
El menor estaba por bajarse cuando escuchó al adulto hablar.
—Si necesitas que te acompañe como lo hace tu hombre, puedes avisarme por la ventana de tu sala. Te veré si lo haces.
El niño le miró y sonrió feliz.
—Gracias, señor. Lo haré, Adiós.
El pequeño se bajó y corrió a los matorrales para meterse rumbo al templo.
El policía se fue con una sonrisa en la cara.
Gracias por leer. Si desean charlar, pueden encontrarme en Telegram.
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