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Fetichismo, Heterosexual

El mejor profesor del mundo

La historia relata las aventuras de un tutor privado de 30 años que utiliza métodos muy poco convencionales, rudos y excéntricos para enseñar a sus alumnas .
«Coño, otra vez.» Me palpo los bolsillos vacíos mientras escupo al suelo, sintiendo el sabor amargo de la mierda que me acaban de servir. La directora del colegio tenía esa mirada de perra asustada cuando me dijo que me iba, como si temiera que le arrancara la cabeza de un mordisco.

 

El sol me quema la nuca mientras camino sin rumbo, la mochila llena de porquerías que ni uso golpeándome la espalda. La gente pasa a mi lado como si fuera invisible, o peor, como si apestara. Me limpio la nariz con el dorso de la mano y pienso en lo jodido que es esto: treinta años y otra vez en la calle. Pero coño, no es mi culpa que los profes convencionales sean unos imbéciles que creen que repetir como loros sirve de algo.

 

Una niña pequeña se me queda mirando desde el otro lado de la calle, con sus ojitos curiosos y un helado chorreándole por la mano. Le saco la lengua y ella se ríe antes de que su madre la arrastre lejos. Eso es lo que me gusta de las chiquillas, coño—no tienen esa mierda de filtro que los adultos se creen tan importantes. Les dices «esto es una cagada» y te entienden al toque.

 

 

Me siento en un banco de mierda que parece que se va a romper bajo mi peso y saco el móvil. Tres mensajes de pendejos que no valen la pena y un correo de esa plataforma de mierda para tutores. Lo abro con el dedo sucio de tabaco y ahí está: «¡Oportunidad para enseñar en casa! Flexibilidad horaria y alumnos motivados.» Me río como un cabrón. Motivados mis huevos. Pero coño, algo es algo.

 

Coño, el puto anuncio tenía una foto de una niña sonriendo con unos libros, como si eso fuera la realidad. Le doy al botón de «postúlate» con tanta fuerza que casi rompo la pantalla. Me sale un formulario de mierda que pide «experiencia previa» y «métodos pedagógicos». Joder, ¿qué quieren que ponga? ¿»Sé que la educación tradicional es una cagada y tus hijos necesitan alguien que les hable claro»?

 

Mientras escribo alguna mierda inventada sobre «enfoques dinámicos» y «aprendizaje activo», me llega un mensaje de una desconocida. «Hola, vi tu perfil. Busco alguien para ayudar a mi hija de 9 años con matemáticas.» Le contesto al toque: «Soy el puto amo, pero no voy a hacerle los deberes. Si quieres que aprenda de verdad, hablamos.» La tipa tarda como dos minutos en responder. «Me gusta tu actitud. ¿Puedes venir hoy a las 5?»

 

 

Me levanto del banco que cruje como si fuera a mandarme al carajo y me ajusto los pantalones. Cinco putas horas para matar. Camino hasta un bar de mala muerte donde el dueño me conoce y me sirve un café cargado sin preguntar. Me siento en la esquina más oscura y saco una libreta llena de garabatos de otras veces que intenté «planear lecciones». La hojeo y veo cosas como «EXPLÍCALES QUE LA VIDA ES UNA MIERDA» y «SI NO ENTIENDEN, GRÍTALO MÁS FUERTE». Coño, igual debería suavizarlo un poco.

 

A las 4:30 me presento en la dirección que me mandó la madre. Es un edificio normal, nada de lujos, pero tampoco un puto tugurio. Toco el timbre y me abre una mujer con cara de cansada pero buena onda. «Eres el tutor, ¿no?» Asiento y entro sin esperar invitación. «¿Dónde está la cría?» La mujer parpadea, como sorprendida de que no haya mierdas de saludos. «En su cuarto. Se llama Valeria.»

 

«Valeria, ¡sal de tu cuarto! El profesor está aquí,» grita la madre hacia el pasillo con esa voz agotada de quien ya ha repetido la misma mierda mil veces. Coño, entiendo el sentimiento. Espero sin decir nada, mirando los dibujos de mierda pegados en la nevera—flores, perros, esa clase de cosas que los críos hacen para que los adultos les digan «qué bonito» aunque parezcan cagadas de paloma.

 

 

«Oye, señora,» le digo mientras me rasco la barbilla sin mirarla, como si estuviera hablando con la pared. «Tú te vas a tomar un café o lo que sea, pero no quiero verte ni en pintura hasta dentro de cinco horas.» La mujer abre la boca como pescado, pero la corto antes de que diga alguna estupidez. «La cría no va a aprender una mierda si siente que la estás vigilando como perra guardiana.

 

La madre se queda tiesa, pero coño, se nota que ya ha pensado en esto antes. «Es que Valeria es muy…» empieza a decir, pero le clavo la mirada.

 

«¿Qué? ¿Floja? ¿Tonta? Déjate de mierdas. Las niñas no son nada hasta que alguien les dice que son algo. Ahora vete a hacer la compra o a follarte al vecino, pero fuera de aquí.» El silencio que sigue es tan espeso que casi lo puedo saborear. Joder, a veces me pregunto por qué la gente se ofende tanto cuando les dices la verdad.

 

Finalmente, la mujer agarra el bolso con un gesto entre resignado y aliviado. «Vale. Pero si pasa algo…»

 

«Si pasa algo, te llamo. Pero no va a pasar una mierda que no deba pasar.» Le cierro la puerta en la cara antes de que termine la frase. Coño, a veces hay que ser así de bruto para que entiendan.

 

 

Giro hacia el pasillo y veo a la cría asomando la cabeza por la puerta, mirándome como si fuera un puto alienígena. «¿Qué coño miras? Sal de ahí,» le digo mientras tiro la mochila al sofá. La niña—Valeria, me acuerdo—da un saltito y se queda plantada delante de mí, con esos ojos de perrito abandonado que todas las niñas ponen cuando no saben qué esperar.

 

«¿Eres el profe nuevo?» me pregunta, retorciéndose las manos como si tuviera arañas entre los dedos. Me echo a reír y le señalo el sofá de mierda que tiene más manchas que un puto mapa. «Siéntate, Valeria. Vamos a jugar a un juego.» La cría se queda mirándome como si le hubiera hablado en chino, pero obedece.

 

Coño, le doy una palmada a la mesa de plástico que tienen en el salón y saco un lápiz mordisqueado de la mochila. «Reglas simples: te hago 10 preguntas y tú me haces 20. Comienzas tú. Primero escucho tus 20 preguntas y luego te las contesto, ¿ok?» Sus ojos se agrandan como platos, pero veo esa chispa de curiosidad que todas las niñas esconden debajo del miedo.

 

«¿Por qué tienes el pelo así?» suelta de golpe, señalando mi greña grasienta. Me agarro la barriga riendo. «¡Eso es! Sin filtros, coño. Sigue.» La cría se anima y empieza a soltar preguntas como si llevara años guardándolas: «¿Por qué hablas así? ¿De verdad eres profesor? ¿Te gustan los perros? ¿Por qué mi mamá te dejó entrar si siempre dice que no hable con extraños?» Joder, me encanta esta pendeja.

 

 

Cuando termina, cuento en voz alta: «Diecisiete. Faltan tres.» Valeria frunce el ceño y se muerde el labio. «¿…Qué comes en el desayuno?» «Dieciocho.» «¿Te duele el brazo?» Me señala la cicatriz que tengo en el codo. «Diecinueve.» La cría se queda callada un segundo, pensando, hasta que suelta: «¿Vas a gritarme como los otros profes?»

 

Me quedo mirándola un segundo, con el lápiz suspendido en el aire. Coño, esa pregunta sí que me pilló de sorpresa. «No,» le digo, dejando el lápiz sobre la mesa con un clic. «Pero si no aprendes, te voy a decir exactamente por qué eres una pendeja.» La cría se queda tiesa y luego suelta una risita nerviosa. «Veinte. Mi turno.»

 

Le clavo la mirada y empiezo a soltar respuestas como balas: «El pelo así porque me da la puta gana. Hablo así porque odio las mentiras. Sí, soy profesor, pero no de esos mierdas que te hacen memorizar tonterías. Los perros están bien, pero los gatos son más listos. Tu mamá me dejó entrar porque sabe que eres floja en matemáticas y necesita que alguien te haga reaccionar.»

 

Valeria abre los ojos como platos cuando menciono lo de las matemáticas. «¿Cómo sabes eso?» Le señalo el cuaderno que tiene tirado en el suelo, con la tarea a medio hacer y un montón de tachones. «Porque no eres la primera cría floja que veo, coño. Todos los niños odian las matemáticas hasta que entienden que no es magia, solo seguir putas reglas.»

 

 

La cría se rasca la rodilla, pensativa. «Pero es que no le entiendo a la señorita Martínez.» Me echo a reír. «Claro que no, porque la señorita Martínez es una vieja aburrida que solo sabe repetir el libro. A ver, dime qué no entiendes y te lo explico como si tuvieras dos neuronas, que es lo que tienes ahora mismo.»

 

La cría se queda mirándome como si le hubiera pedido que me explicara la teoría de la relatividad. «¿Qué?» me suelta, frunciendo la nariz como si oliera algo raro. Le doy un golpecito en la frente con el lápiz. «No me hagas repetir, pendeja. Primera pregunta: ¿Qué cosa amás más que todo en el mundo?»

 

Valeria se muerde el labio y mira hacia el techo, pensando. «Mi perro Tobi,» dice al fin, con esa voz temblona de las niñas cuando dicen algo que creen que es una tontería. «Bien,» asiento, «pero di la puta verdad completa. ¿Por qué Tobi y no tu mamá o tu abuela o esa mierda?» La cría se sonroja y esconde las manos entre las piernas. «Porque… porque Tobi no me grita nunca.»

 

Coño, ahí está. La verdad cruda como un puñetazo en el estómago. Anoto algo en mi libreta de mierda, solo para verla sudar. «Segunda: ¿Serías capaz de hacer cualquier cosa para que no seas castigada?» Valeria traga saliva y sus ojos se ponen vidriosos. «Sí… una vez me comí toda la tarea para que la señorita Martínez no viera que no la hice.» Me echo a reír como un descosido. «¡Eso es ingenio, coño! Tercera: ¿Eres obediente?»

 

 

La niña mira hacia la puerta, como si esperara que su madre apareciera de la nada. «No,» susurra. «Pero… pero finjo que sí.» Le clavo el lápiz en el costado, suavemente. «Eso es ser más lista que el hambre, pendeja. Cuarta: ¿Miedosa o valiente?» Esta vez responde rápido: «Valiente cuando nadie me ve.»

 

Me levanto de golpe y arrastro la silla hasta quedar frente a ella, tan cerca que veo las pecas en su nariz. «Quinta: ¿Te gusta bailar y escuchar música?» Valeria asiente con entusiasmo, olvidándose por un segundo de estar asustada. «Sí, mucho. En mi cuarto pongo reggaetón y bailo frente al espejo.» Coño, ahora estamos hablando. «Sexta: ¿Te gusta modelar?» La cría se encoge de hombros. «No sé… ¿es como cuando me pruebo la ropa de mamá?»

 

La libreta se me cae al suelo cuando me doblo de la risa. «Sí, algo así, pendeja. Séptima: ¿Qué cosa tu mamá siempre te prohíbe comer demasiado?» Sus ojos brillan con malicia. «Gomitas. Las escondo en mi armario dentro de un calcetín.» Anoto esto subrayándolo tres veces. Información crucial.

 

«Octava: ¿Te gusta ver películas?» Valeria hace un gesto con la mano. «Las de miedo, pero mamá no me deja.» Claro que no. «Novena: ¿Tienes amigas?» Ahí se le apaga la voz. «Una… pero se mudó.» Coño, ese silencio incómodo que solo los niños saben hacer. «Décima: ¿Te gusta que te digan cosas bonitas?» La cría se encoge como si le hubiera preguntado si le gusta que la escupan. «No… es mentira.»

 

 

«Coño, ya está bien de preguntas,» digo, tirando el lápiz sobre la mesa. Valeria se queda mirándome como si esperara que le soltara un examen de matemáticas de golpe. «Antes de empezar con los números, vamos a hacer una cosa.» Me levanto y empujo la mesa de plástico contra la pared con un chirrido que hace que la cría se tape los oídos. «Ponte de pie, pendeja.»

 

Valeria me mira como si le hubiera pedido que se subiera a un tejado. «¿Qué… qué vamos a hacer?» Le señalo el teléfono que tiene tirado en el sofá. «Pon esa mierda de reggaetón que te gusta escuchar a escondidas.» Sus ojos se agrandan como platos. «¿Cómo sabes que lo escucho a escondidas?» Me río y le doy un golpecito en la frente. «Porque todas las niñas de tu edad escuchan esa porquería a escondidas, coño. Ahora ponlo y baila.»

 

La cría titubea, mirando hacia la puerta como si su madre pudiera aparecer en cualquier momento. «Pero… pero mamá dice que esa música es mala.» Me acerco hasta quedar a un palmo de su cara. «¿Y a ti qué coño te importa lo que diga tu mamá? Ponte a bailar o empezamos con ecuaciones de segundo grado ahora mismo.» La amenaza surte efecto al instante. Valeria agarra el teléfono con manos temblorosas y busca entre sus playlists hasta que sale ese ritmo de mierda que a todos los críos les encanta.

 

 

 

«Baila para mí, bien pegadita, ¿ok?» Le digo mientras me quito la chaqueta y la tiro al sofá. La cría se queda paralizada, con el teléfono temblando en la mano y esa cara de «esto no me lo esperaba». Coño, siempre reaccionan igual. «No me mires como si te hubiera pedido que te lanzaras por la ventana, pendeja. Baila o te pongo a resolver raíces cuadradas hasta que se te caiga el cerebro.»

 

El reggaetón empieza a sonar, ese ritmo de mierda que solo sirve para mover el culo, y Valeria da un saltito nervioso. «Pero… pero no sé bailar bien,» murmura, retorciéndose las manos como si esperara que la tierra se la tragara. Me acerco y le agarro las muñecas. «Mira, cría, bailar es como cagar: todos saben hacerlo, solo que algunos lo disimulan mejor. Suelta el cuerpo y muévete como si nadie te estuviera viendo.»

 

La cría respira hondo y empieza a mover las caderas, tímidamente al principio, como si tuviera un palo metido en el culo. «Coño, más suelto,» le digo, dándole un ligero empujón en los hombros. «Imagina que eres una marioneta y alguien te cortó los hilos.» Valeria suelta una risita nerviosa pero sigue el ritmo, poco a poco soltándose, hasta que de repente da un giro torpe y casi se cae.

 

 

 

Me echo a reír como un cabrón. «¡Eso es! Ahora dime, ¿qué sientes?» La cría se detiene, jadeando, con las mejillas coloradas. «No sé… como si… como si estuviera haciendo algo malo pero divertido.» Le doy una palmada en la espalda que casi la tira al suelo. «Exacto, pendeja. Así es como se siente aprender de verdad: como hacer travesuras sin que te pillen.»

 

«Coño, hora de iniciar la clase de verdad,» digo mientras agarro el teléfono de Valeria y bajo el volumen de esa mierda de reggaetón. La cría queda ahí parada, jadeando como un perrito después de correr, con la cara roja y los ojos brillando de una manera que no había visto antes. «Usaremos algo que te guste… Tobi.»

 

Valeria frunce el ceño. «¿Mi perro?» Asiento y saco de la mochila un plato de plástico de esos que usan los críos para jugar. «Hoy vamos a ver las porciones de Tobi. Si su plato lleno es ‘un entero’…» Dibujo un círculo grande en una hoja de papel y lo relleno de rayajos, «y en la mañana se come 1/3…» Corto un pedazo de papel y lo pego al lado con saliva, «y en la tarde otro 1/3…» Hago lo mismo con otro pedazo idéntico.

 

La cría se acerca curiosa, olvidándose por completo de estar nerviosa. «¿Qué fracción del plato se ha comido en total?» Le clavo el dedo en la frente. «Piénsalo, pendeja. Si juntas los dos tercios…» Valeria junta los papeles con cuidado y los pone uno al lado del otro. «Dos… tercios?» La voz le sube al final como si fuera una pregunta.

 

 

«¡Exacto, coño!» Le doy una palmada en la nalga que la hace chillar y reír al mismo tiempo. «Dos tercios. Ahora dime, ¿qué fracción queda?» Valeria mira el círculo grande y los dos pedazos pegados al lado. Se muerde el labio, concentrada. «Uno… tercio?» Esta vez suena más segura. «¡Carajo, sí!» Le arranco los papeles de las manos y los tiro al aire como confeti de mierda. «¿Ves? Las matemáticas son solo un juego de pedazos, pendeja.»

 

«Siguiente ejercicio,» digo mientras arranco otra hoja de la libreta y la clavo en la mesa con el puño. Valeria se estremece como si le hubiera gritado, pero ya no se esconde. «Vamos a planear el mes de Tobi. Imagina que tenemos $100 para él.» La cría parpadea y se acerca, olvidándose de fingir desinterés. «¿De verdad?» Le clavo el lápiz en la mano. «No, pendeja, es mentira. Claro que de verdad. ¿O qué, crees que los perros comen aire?»

 

Valeria se ríe, ese sonido de chiquilla que todavía no sabe disimular. «¿Y qué compramos?» Dibujo una tabla de mierda en el papel, haciendo las líneas tan torcidas que parecen electrocardiograma de muerto. «Un bulto de comida de $45,» escribo con letras que parecen arañas aplastadas. «Un collar nuevo de $18.» La cría se inclina sobre el papel, oliendo a gomitas escondidas y champú barato. «¿Uno con piedritas? A Tobi le gustan los que brillan.»

 

 

«Coño, no me interesa lo que le gusta a tu perro de pijo,» le digo mientras le paso el lápiz. «Haz la cuenta para ver si nos alcanza para ese juguete de $20 que le gustó.» Valeria agarra el lápiz como si fuera un cuchillo y empieza a morder el labio, haciendo cuentas en el aire con el dedo. «Cuarenta y cinco más dieciocho…» murmura, frunciendo la nariz como si le hubieran puesto limón en la lengua.

 

«Coño, esto no es difícil» le digo mientras le arrebato el lápiz y escribo los números como si estuviera tallando piedra. «45 + 18.» Le clavo el papel en la cara. «¿Qué mierda da?» Valeria mira los números como si fueran jeroglíficos, hasta que de repente sus ojos se iluminan. «¡Sesenta y tres!» grita, saltando en el asiento como si hubiera ganado la lotería.

 

«¡Exacto, pendeja!» Le doy una palmada en la cabeza que la hace tambalear, pero ahora se ríe en vez de asustarse. «Y si tenemos 100, ¿cuánto nos queda después de gastar 63?» Valeria se queda callada un segundo, los ojos recorriendo los números como si estuvieran escritos en chino. Le arranco el papel y lo rompo en pedazos. «Coño, no necesitas papel para esta mierda. Imagina que tienes 100 gomitas en tu calcetín secreto…»

 

Sus ojos se iluminan. «¡37!» grita casi saltando del sofá. «Pero… pero el juguete cuesta 20…» Su voz se apaga cuando ve mi sonrisa de lobo. «¿Y?» La empujo suavemente con el pie. «¿Nos alcanza o no?» Valeria mira hacia arriba, haciendo cálculos mentales con los dedos. «Sí… sobran 17.» Coño, esta cría aprende rápido cuando le hablan en su idioma.

 

«Coño, siguiente ejercicio, pendejita.» Arranco otra hoja de la libreta y la clavo en la mesa con tanta fuerza que Valeria salta en el sofá. Dibujo unos perros de mierda que parecen patatas con patas. «En el parque, Tobi está jugando con sus amigos. Si contamos todas las orejas de los perros hay 16 y si contamos todas las patas hay 32.» Le clavo el dedo en la frente. «Todos los perros tienen 2 orejas y 4 patas, ¿cuántos amigos tiene Tobi en el parque sin contarlo a él?»

 

Valeria se queda mirando los garabatos como si fueran mensajes alienígenas, frunciendo esa nariz llena de pecas. «Pero… pero Tobi no tiene amigos,» murmura, retorciéndose el pelo entre los dedos. Le doy un golpecito en la rodilla con el lápiz. «Coño, no me vengas con películas. Esto es matemática, no terapia para perros solitarios.»

 

 

La cría se ríe, ese sonido agudo de niña que todavía no sabe fingir indiferencia. «Es que es verdad, profe. A Tobi solo le gusta mi vecina, la Lulú.» Coño, ahora me toca a mí fruncir el ceño. «¿Y qué puta importancia tiene eso? Imagina que Tobi es un puto perro popular con más amigos que tú.» Valeria hace un puchero, pero sus ojos ya están contando mentalmente.

 

«Orejas… patas…» murmura, dibujando perros imaginarios en el aire con el dedo. De repente se ilumina como un foco. «¡Siete! No, espera…» Se muerde el labio hasta casi hacerse sangre. «¿Ocho?» Le arranco el lápiz de las manos y escribo los números como si estuviera tallando en piedra. «16 orejas dividido entre 2 por perro = 8 perros en total.» Valeria asiente tan rápido que parece que le duele el cuello. «32 patas dividido entre 4 por perro = 8 perros. Coño, coinciden los números, ¿no?»

 

«¡Exacto, pendeja!» Le clavo el lápiz en el papel tan fuerte que se rompe la punta. Valeria salta como si le hubiera pinchado, pero ahora se ríe en vez de lloriquear. «Ahora resta uno porque Tobi no cuenta, ¿o qué, crees que tu perro es dos perros?» La cría hace esa mueca de concentración que solo ponen los niños cuando están a punto de entender algo. «¡Siete! ¡Son siete amigos!» Grita tan fuerte que me tapa los oídos.

 

 

 

«Coño, no me chilles en la puta cara,» le digo mientras le arranco la hoja de las manos y la rompo en pedazos. «Pero sí, siete. Ahora dime, ¿qué mierda aprendiste hoy?» Valeria se queda callada, mirando los pedazos de papel en el suelo como si fueran pistas. «Que… que las matemáticas son como Tobi?» Su voz sube al final, insegura. Me echo a reír tan fuerte que el vecino de arriba golpea el techo.

 

«Algo así, pendeja. Las matemáticas son solo pedazos de mierda que tienes que juntar, como cuando divides la comida de tu perro.» Saco otro lápiz de la mochila, este tan mordido que parece que lo mascó un perro. «Ahora, última puta prueba.» Dibujo un círculo en el aire con el dedo. «Si el plato de Tobi es un círculo y lo divides en cuatro pedazos iguales…» Valeria interrumpe antes de que termine. «¡Cuartos! ¡Como cuando mamá corta la pizza!»

 

«Ya que estás aprendiendo,» digo mientras recojo los pedazos de papel del suelo, «ya no te diré pendejita.» Valeria se queda mirándome como si le hubiera dicho que el cielo es verde. «Ahora te diré princesa,» termino, escupiendo al suelo para limpiarme el sabor a tabaco de la boca.

 

La cría abre los ojos como platos y suelta una risita nerviosa que se convierte en carcajada. «¿Princesa?» repite, como si la palabra le quemara la lengua. Le doy un pisotón suave en el pie. «Sí, puta princesa de los cojones. Porque las princesas también tienen que aprender matemáticas, ¿o qué, crees que en los castillos solo se dedican a cantar con pajaritos?»

 

 

Valeria se retuerce en el sofá, todavía riéndose, pero ahora con ese brillo en los ojos que solo aparece cuando un niño siente que ha ganado algo. «Pero… pero las princesas no dicen groserías,» murmura, jugando con el borde de su falda. Me inclino hasta quedar a un palmo de su cara. «Esta sí, pendeja. La princesa Valeria dice ‘coño’ cuando suma mal y ‘mierda’ cuando resta peor.»

 

Le clavo la mirada a Valeria y de pronto la agarro del brazo con fuerza suficiente para que sienta que no es broma, pero sin hacerle daño. «Me parece que la princesa ya está aprendiendo,» le digo mientras me levanto y empujo la silla hacia atrás con un chirrido que hace que la cría se estremezca. «Hora de irme. Aún nos quedaban 3 horas de clase, pero me voy.» Suelta un gemidito de protesta que corto de raíz con una mirada. «Pero si quieres que me quede, tendrás que arrodillarte y bailarme ese reggaetón bien pegadito a mí.»

 

Valeria abre los ojos como platos y se queda paralizada, como si le hubiera pedido que se lanzara por la ventana. «¿Qué…?» empieza a decir, pero la interrumpo agarrando mi mochila y dando media vuelta hacia la puerta. «Tu decisión, pendeja. Tres segundos. Uno…»

 

 

«¡Espera!» grita la cría, saltando del sofá tan rápido que casi se tropieza con sus propios pies. Me doy vuelta lentamente, fingiendo indiferencia mientras ella se retuerce las manos como si estuviera decidiendo entre robarle dinero a su madre o confesar. «Dos…» Cuento, mirando el reloj de mierda que siempre anda cinco minutos atrasado.

 

Valeria respira hondo, se muerde el labio y de pronto se arrodilla en el suelo de madera con un golpe seco que me hace arquear una ceja. «Joder, no era literal lo de arrodillarte,» le digo, pero la cría ya está buscando el teléfono con manos temblorosas. El reggaetón empieza a sonar, ese ritmo de mierda que solo sirve para mover el culo, y Valeria se levanta como un resorte, acercándose a mí con pasitos cortos como si estuviera caminando sobre lava.

 

Valeria se para frente a mí, tan cerca que puedo oler el champú barato que usa. Sus manos están sudando y se retuercen como gusanos al sol. «Baila, pendeja,» le digo, cruzando los brazos y mirándola como si fuera un experimento raro. La música sigue sonando, ese ritmo de mierda que solo sirve para mover el culo, y Valeria empieza a balancear las caderas tímidamente, como si estuviera intentando no cagarse encima.

 

 

Coño, qué patético. Le doy un empujón suave en el hombro. «Más fuerte, princesa. Como cuando estás sola en tu cuarto.» Valeria se sonroja hasta las orejas, pero de pronto suelta un gemidito y empieza a mover el cuerpo con más fuerza, siguiendo el ritmo como si ya no le importara nada. Sus brazos se alzan torpemente, sus piernas se separan un poco, y de pronto está ahí, bailando como una puta pequeña que acaba de descubrir su cuerpo.

 

«Ahí está,» murmuro, viendo cómo sus ojos se cierran un segundo, como si se olvidara de que estoy mirando. La música se mete en sus huesos y la cría empieza a girar, torpemente al principio, pero luego con más confianza. De pronto se acerca a mí, rozándome con su cuerpecito, y yo no me muevo, dejando que esta pendejita aprenda lo que es el poder de no pedir permiso.

 

«Quítate esa falda, déjame ver esas braguitas,» le digo sin pensarlo dos veces, señalando el elástico que asoma bajo su uniforme escolar. Valeria se congela como un ciervo frente a un coche, con los ojos tan abiertos que puedo verle las pestañas temblar. «¿Qué…?» balbucea, agarrando el dobladillo como si fuera un salvavidas.

 

«No me hagas repetir, princesa,» digo mientras saco otro lápiz mordisqueado de la mochila. «Regla número uno: cuando el profe pide algo, lo haces sin preguntar.» La cría mira hacia la puerta cerrada, tragando saliva como si le hubieran puesto una pistola en la espalda. Sus dedos se enganchan en la falda plisada, tironeando sin decidirse.

 

 

Coño, esto va a tardar. Me inclino hasta quedar a su altura, oliendo el sudorcito de niña nerviosa. «¿O prefieres que te la quite yo?» Sus manos se mueven como autómatas, desabrochando el botón de la cintura mientras tiembla como hoja al viento. La falda cae al suelo con un susurro de tela barata, dejando al descubierto esas braguitas de algodón con estampado de perritos que huelen a jabón de lavandera.

 

«Coño, no sabía que eras tan obediente,» le digo mientras le clavo el lápiz en el ombligo, haciéndola retroceder un paso. Valeria mira hacia abajo, con las piernas juntas y los brazos cruzados sobre el pecho como si intentara desaparecer. «No… no te burles,» murmura, con esa voz temblona que se quiebra en las vocales.

 

Me río y le doy un pellizco en el muslo, justo donde termina la braguita. «¿Burla? Esto es un puto cumplido, pendeja. La mayoría de las crías lloran antes de llegar a este punto.» Valeria respira hondo y de pronto se suelta, dejando caer los brazos a los lados como un soldado en posición de firmes. «¿Y… y ahora qué?»

 

«Ahora te hago mujer de verdad, princesa,» digo mientras me quito la camisa de un tirón y la tiro al sofá. Valeria se queda mirando mi torso como si nunca hubiera visto a un hombre antes, con esos ojos de niña asustada que todavía no saben fingir indiferencia. «Quítate esas bragas de perritos o te las arranco yo mismo.»

 

 

 

La cría traga saliva y se muerde el labio, mirando hacia la puerta como si esperara que su madre apareciera de la nada. «Pero… pero…» Le corto el rollo agarrando el elástico de sus bragas y tirando hacia abajo hasta que las rodillas le hacen tope. «No hay peros, pendeja. O te las quitas o empezamos con ecuaciones diferenciales.»

 

Valeria gime como un cachorro pero levanta un pie y luego el otro, dejando que las bragas caigan al suelo junto a su falda. Se queda ahí, temblando como hoja en noviembre, con las manos tratando de cubrirse y descubrirse al mismo tiempo. «No mires,» susurra, con esa voz quebrada que solo tienen las crías cuando están a punto de llorar.

 

Me río y me bajo el pantalón de una patada, dejando ver la verga ya dura como un palo. «Mira esto, pendeja. Así es como se ve un hombre de verdad.» Valeria abre los ojos como platos y se tapa la boca con ambas manos, pero no aparta la mirada. «Es… es muy grande,» murmura, retrocediendo hasta chocar contra la mesa.

 

«Grande es el coño de tu madre,» le digo mientras agarro su muñeca y la acerco a mí, sintiendo cómo tiembla como un pájaro atrapado. Valeria intenta retroceder, pero mis dedos se cierran más fuerte alrededor de su brazo delgado. «Toca, pendeja. No te va a morder.»

 

 

La cría extiende un dedo tembloroso y lo acerca como si mi verga estuviera hecha de lava. Cuando la punta de su dedo roza la piel, suelta un chillido agudo y retrocede, pero no la suelto. «Otra vez,» le ordeno, guiando su mano hasta que toda la palma queda aplastada contra mi verga. Valeria respira rápido, con esos ojos llenos de lágrimas que no se atreven a caer.

 

«9 años tienes y ya eres así de putita,» digo mientras su mano caliente sigue apretada contra mi verga. Valeria traga saliva y sus ojos saltan entre mi cara y mi polla como si no supiera dónde mirar. «¿Quién lo diría? Dime, princesa, ¿quieres que te quite la virginidad o prefieres que solo te roce mi pene?»

 

La cría abre la boca pero no sale ningún sonido, solo un gemidito de perrita asustada. Noto cómo su manita empieza a sudar contra mi piel. «Coño, contesta cuando te pregunto algo,» le digo dándole un pellizco en la oreja que la hace chillar.

 

«Yo… yo no sé,» murmura Valeria, retorciéndose como gusano en anzuelo. Sus piernas están tan juntas que parece que tiene miedo de que se le caiga algo.

 

«Claro que no sabes, pendeja. Por eso pregunto,» le digo mientras le agarro la otra mano y la coloco sobre mis huevos. La cría intenta retirarla como si le hubiera puesto un hierro caliente, pero no la suelto. «Si te quito la virginidad, va a doler. Pero si solo te rozo, te vas a quedar con las ganas. Decide rápido.»

 

 

Valeria traga saliva con un sonido que parece un grifo oxidado. Sus dedos se enganchan en mi piel como garritas de gato asustado. «Yo… yo solo quiero que me roces,» murmura, tan bajo que casi no la escucho sobre el reggaetón de mierda que sigue sonando de fondo.

 

«Ya veremos, princesa,» le digo mientras le agarro las caderas y la levanto como si fuera un saco de papas. La cría grita y se aferra a mis hombros con esas uñas cortadas que parecen de hamster. La tiro boca arriba sobre el sofá, que cruje como si estuviera a punto de romperse. Valeria se queda mirándome con los ojos como platos, respirando tan rápido que parece que se va a desmayar.

 

Me arrodillo entre sus piernas, que todavía intenta cerrar como una almeja asustada. «Abre, pendeja,» le digo dándole un pellizco en el muslo interno que la hace chillar. Sus rodillas caen a los lados como puertas rotas, dejando ver ese coñito rosado que parece un botón mal cosido. Huelo ese aroma a jabón infantil mezclado con algo dulce, como gomitas derretidas.

 

«Joder, no te has bañado en toda la semana,» le digo mientras le meto dos dedos en la boca sin avisar. Valeria hace un ruido ahogado y los lame por instinto, mojándomelos con esa saliva caliente de niña. Los saco brillantes y los deslizo por su coño, que se abre como una flor de mierda bajo la presión.

 

 

«Ahí está,» murmuro mientras mis dedos se hunden en ese coñito apretado que parece hecho para muñecas. Valeria grita tan agudo que me tapa los oídos, sus manos agarrando el sofá como si se estuviera cayendo de un precipicio. «Coño, no grites, que tu madre va a pensar que te estoy matando,» le digo mientras le doy una palmada en el muslo que deja una marca roja.

 

La cría solloza y trata de cerrar las piernas, pero mis rodillas las mantienen abiertas como pinzas de cangrejo. Mis dedos siguen moviéndose ahí dentro, sintiendo cómo su carne caliente se contrae como un puño diminuto. «Joder, estás más seca que el Sahara,» le digo mientras saco los dedos y los vuelvo a meter en su boca. «Lame, pendeja, que no soy tu puto servicio de lubricación.»

 

Valeria llora en silencio ahora, con lágrimas que le corren por las orejas y se pierden en el sofá. Sus labios se cierran alrededor de mis dedos y los chupa como si fuera un caramelo, mojándolos bien. Cuando los saco, brillan con su saliva infantil y vuelvo a frotarlos contra ese coñito que apenas tiene pelo.

 

«Ahora sí,» gruño mientras empujo dos dedos adentro de un golpe. Valeria arquea la espalda y suelta un alarido que seguro escucharon hasta en el apartamento de al lado. Sus uñas me clavan en los brazos, pero no me detengo. Muevo los dedos como si estuviera buscando algo perdido en esa carne tibia. «¿Duele, princesa?» Le pregunto mientras le meto el pulgar en el clítoris y lo aplasto como un botón de ascensor.

 

«¡Ahhh! ¡Para, para!» Valeria patalea como insecto volteado, sus pies golpeando mis costillas con la fuerza de un hamster enojado. Le meto los dedos más hondo hasta que siento ese tejido delgado que separa su infancia de lo que viene después.

 

«Coño, no llores ahora,» le escupo mientras clavo los dedos más adentro, sintiendo ese himen delgado que se resiste como un plástico mal pegado. Valeria grita y se retuerce, las piernas temblando como gelatina bajo mis rodillas. «Si te vas a poner así, mejor empezamos con las ecuaciones diferenciales, pendeja.»

 

La cría sacude la cabeza tan rápido que el pelo le vuela como un ventilador roto. «No… no quiero matemáticas,» solloza, tragando mocos que le brillan en el labio superior. Sus manos pequeñas se aferran a mis muñecas, intentando sin fuerza detener el movimiento de mis dedos dentro de su coño apretado.

 

«Joder, ya está bien de jueguitos,» gruño, sacando los dedos mojados de su coñito con un sonido húmedo que hace que Valeria estremezca todo su cuerpecito. La cría sigue sollozando, con las piernas abiertas de par en par como una muñeca rota, ese coñito rosado ahora brillante y un poco hinchado.

 

Le agarro las caderas con fuerza y alineo mi verga en su entrada, sintiendo cómo ese agujerito minúsculo se contrae como si tuviera vida propia. «Esto va a doler, princesa,» le digo sin ningún tipo de suavidad, y antes de que pueda responder, empujo hacia adentro de un solo movimiento.

 

Valeria grita como si la estuvieran descuartizando, un sonido tan agudo que me deja medio sordo. Sus uñas me clavan en los brazos como garras de gato, y siento cómo su coñito se cierra alrededor de mi verga con una presión que casi me hace venirme ahí mismo. «Coño, no te muevas,» le escupo, aguantando el impulso de embestirla como animal.

 

«Ah—» Valeria exhala el sonido como si se le hubiera roto algo por dentro, un gemido corto que se convierte en un «ahhhhhh» largo cuando me muevo apenas un centímetro hacia atrás. Sus ojos están tan abiertos que puedo ver el temblor en sus pupilas, como dos gotas de agua negra a punto de caer.

 

«Ah—» vuelve a gemir, esta vez más fuerte, cuando empujo otra vez hacia adentro hasta el fondo. Su coñito apretado se contrae alrededor de mi verga como una bolsa de plástico caliente, tan ajustado que casi no me deja moverme. «Ahhhhhh—» el sonido se alarga, quebradizo, mezclado con sollozos que parecen salirle sin permiso.

 

«Valeria sigue así, gime más putita, así me gusta,» le escupo al oído mientras clavo la verga hasta el fondo de su coñito apretado. La cría sacude la cabeza como si intentara negarlo, pero su cuerpecito no miente—sus caderas se levantan un centímetro, buscando más sin que ella lo sepa.

 

«Ah—ahhh—» los gemidos le salen cortados, como si alguien le estuviera apretando la garganta. Sus manos siguen aferradas a mis brazos, las uñas clavadas tan hondo que siento la sangre corriendo. «Profe… duele…» murmura con esa voz quebrada que parece salir de un pozo.

 

«Claro que duele, pendeja,» le digo mientras le meto una palmada en el culo que deja la marca de mi mano en su piel blanca. El golpe la hace arquearse, y de paso me clava más adentro. «¿O pensaste que perder la virginidad era como bailar reggaetón?»

 

Valeria llora en serio ahora, con lágrimas gruesas que le chorrean por las mejillas y se pierden en el sofá mugriento. Pero sus piernas—joder, sus piernas no se cierran. Se quedan abiertas como puertas rotas, temblando como hojas pero sin moverse.

 

«Ahhh—ahhh—» Valeria sigue gimiendo, cada sonido más húmedo que el anterior, como si se le estuviera rompiendo algo por dentro. Sus muslos tiemblan contra mis caderas, pegajosos de sudor infantil. Noto cómo su coñito se abre un poco más, esa carne rosada estirándose alrededor de mi verga como un guante de látex.

 

«Coño, ya está,» gruño, clavándome hasta el fondo y quedándome ahí, sintiendo cómo late ese coñito apretado alrededor de mi polla. Valeria respira con la boca abierta, esos labios rosados temblando como mariposas mojadas. Le agarro una teta diminuta y la aprieto como si fuera de goma, sintiendo ese pezón duro bajo mi pulgar.

 

«Ah—no—» la cría intenta apartarse, pero solo consigue que mi verga se mueva más dentro de ella. Sus uñas me clavan en los hombros, dibujando líneas rojas que seguro no desaparecerán en días. «Profe… para…» murmura con esa voz que ya no suena a niña, sino a algo roto y nuevo.

 

«Para qué, pendeja,» le escupo, metiéndole otra palmada en el culo que la hace saltar sobre mi verga. «Si ya te la metí toda.» Valeria llora sin lágrimas ahora, con esos ojos vidriosos que miran hacia ningún lado. Su cuerpecito sigue temblando bajo el mío, esas costillas delgadas subiendo y bajando como un acordeón.

 

«Coño, no llores ahora, putita,» le digo mientras le clavo la verga más hondo, sintiendo cómo ese coñito infantil se ajusta como un guante alrededor de mi polla. Valeria gime como gatito enfermo, sus uñas clavadas en mi espalda dibujan caminitos de sangre que me corren como sudor. «Si ya estás aquí, aguanta como una princesa.»

 

La cría traga saliva con un sonido de cloaca tapada, sus piernas temblando como gelatina en terremoto. Noto cómo su coñito empieza a soltarse un poco, esa carne rosada cediendo bajo mis embestidas como plastilina caliente. «Ah—ahhh—» cada gemido suena más húmedo, más roto, como si le estuviera saliendo de las entrañas.

 

Le agarro las caderas con fuerza y la levanto un poco, cambiando el ángulo para clavar más profundo. Valeria grita tan fuerte que me deja medio sordo, sus manos agarrando el sofá como si se estuviera cayendo de un rascacielos. «Profe—duele—» murmura con esa voz que ya no suena a niña, sino a mujer rota.

 

«Claro que duele, pendeja,» le escupo mientras le meto una mano en la boca para callarla. «¿O pensaste que tu primera vez sería como un maldito cuento de hadas?» Sus dientes pequeños me muerden los dedos sin fuerza, como cachorro asustado. Noto cómo su coñito empieza a ponerse más caliente, más húmedo, esa sangre virginal mezclándose con sus juguitos infantiles.

 

«Ah—ahhh—» Valeria sigue gimiendo como gatito atropellado, esos sonidos cortados que ya no suenan a dolor sino a algo más raro. Joder, su coñito está tan caliente que siento la polla arder como si me la hubieran metido en agua hirviendo. La cría se retuerce bajo mí, sus caderas levantándose sin querer cada vez que clavo hasta el fondo.

 

Joder, no aguanto más. Ese coñito apretado me está chupando la verga como una aspiradora de mierda. «Ahí va, pendeja,» le gruño a Valeria, que sigue gimiendo como gatito ahogado bajo mí. Siento cómo la leche sube por mi polla como lava caliente, listo para reventar dentro de esa vaginita infantil.

 

Empujo hasta el fondo una última vez, clavándome entero en ese agujerito rosado que ya no es tan virgen. La cría grita cuando siente mi verga palpitar dentro de ella, esos chorros calientes llenándola como si fuera un vasito de yogur. «Profe—ahhh—» balbucea, con los ojos tan abiertos que parecen a punto de salírsele de las órbitas.

 

Coño, qué buena está esta niña. Le doy dos embestidas más, sacando los últimos hilos de leche que me quedan en los huevos. Valeria llora en silencio ahora, con lágrimas que le corren por las sienes y se pierden en el sofá mugriento. Su cuerpecito tiembla como hoja en huracán, esas piernas delgadas todavía abiertas de par en par como puertas rotas.

 

«Joder,» respiro, sacando mi verga mojada de su coñito con un sonido húmedo que hace que la cría estremezca todo su cuerpo. Mi leche empieza a chorrear por sus muslos, mezclada con esa sangre virginal que mancha el sofá de mierda. Valeria mira hacia abajo, con esos ojos de niña asustada que no saben procesar lo que acaba de pasar.

 

«Esto no le vas a decir a nadie,» susurro, limpiando mi verga con su falda escolar antes de tirársela encima. Valeria sigue tirada en el sofá como un muñeco roto, con las piernas abiertas y esa mirada de conejo atropellado. «Supongo que ya aprendiste matemáticas y ya no eres tan pendeja como antes.»

 

La cría traga saliva con un sonido de tubería tapada. Sus manos pequeñas se mueven torpemente hacia su coñito, tocando la mezcla de leche y sangre que le chorrea por los muslos. «Eres muy linda,» digo mientras le agarro la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarme. Sus ojos están rojos como los de un hámster enfermo. «Y no me resistí a esa carita hermosa y ese tu cuerpito.»

 

Valeria abre la boca pero solo sale un sollozo agudo. Le paso el dedo por el labio inferior, recogiendo una lágrima salada. «Vamos, princesa, no me mires como si te hubiera matado,» le digo mientras le doy una palmadita en la mejilla que hace eco en el cuarto silencioso. El reggaetón dejó de sonar hace rato, dejando solo el sonido de su respiración entrecortada.

 

La cría intenta cerrar las piernas pero gime cuando el movimiento le estira el coñito adolorido. «Ah—» el sonido sale cortado, como si alguien le hubiera apretado la garganta. Noto cómo mira hacia la puerta cada dos segundos, como si esperara que su madre apareciera para salvarla.

 

«Coño, ya está bien de lloriqueos,» le digo mientras me ajusto el pantalón y echo un vistazo al reloj. Valeria sigue tirada en el sofá como un trapo mojado, con las piernas abiertas y ese coñito rosado ahora hinchado y chorreando mi leche. «Levántate y vístete, pendeja. Tu madre llega en media hora.»

 

La cría intenta cerrar las piernas pero vuelve a gemir, ese sonido agudo de gatito lastimado que ya me está poniendo nervioso. «Ah—duele…» murmura, intentando sentarse pero cayendo hacia atrás como muñeca de trapo. Sus manos temblorosas buscan la falda escolar que le tiré encima, pero no logran agarrarla bien.

 

«Joder, qué inútil,» gruño, agachándome para recoger su ropa del suelo. Las braguitas de perritos huelen a miedo infantil y jabón de lavandería. «Aquí, putita.» Le lanzo la ropa a la cara, dándole con la falda en los ojos. Valeria parpadea como si le hubiera tirado ácido, pero obedece y empieza a vestirse con movimientos lentos de robot averiado.

 

Se pone las bragas primero, conteniendo el aliento al pasarlas por sus muslos pegajosos. Cada movimiento le arranca un gemidito que suena a bisagra oxidada. «Deja de hacer ese ruido de mierda,» le escupo mientras me pongo la camisa. Valeria asiente con la cabeza, pero sigue emitiendo esos soniditos entrecortados mientras intenta abrocharse la falda con dedos que no dejan de temblar.

 

«Profe…» murmura, mirando la mancha de sangre y semen que dejó en el sofá. Sus ojos son dos pozos negros llenos de algo que no sé nombrar. «¿Y… y eso?» Apunta con un dedo tembloroso hacia el cojín arruinado.

 

«¿Eso?» Me río y le doy una palmada en la nuca que casi la tira al suelo. «Eso es tu certificado de que ya no eres una pendeja virgen.» Valeria traga saliva con un sonido de cloaca tapada y sigue abrochándose la falda como si fuera la cosa más importante del mundo.

 

El teléfono vibra en mi bolsillo. Es la madre, diciendo que llega en 20 minutos. «Coño, tenemos que limpiar este desastre,» digo, mirando alrededor como si el departamento fuera un campo de batalla. Valeria sigue sentada en el borde del sofá, con las piernas juntas y las manos sobre la falda como monja en misa.

 

«Agarra eso,» le ordeno, señalando el paquete de toallitas húmedas que siempre llevo en la mochila. La cría obedece, caminando como si le hubieran roto las caderas por dentro. Cuando se inclina para recogerlas, suelta un gemido que me hace girarme. «¿Qué mierda te pasa ahora?»

 

«Nada,» murmura Valeria, apretando los dientes mientras abre el paquete con manos que siguen temblando. Noto cómo evita mirar el sofá directamente, como si la mancha fuera un monstruo que la va a atacar.

 

«Limpia, pendeja,» le digo mientras reviso mi teléfono de nuevo. La madre está a diez cuadras. Valeria frota el sofá con movimientos torpes, esas manos pequeñas apretando la toallita como si fuera un salvavidas. La sangre se mezcla con el semen formando una espuma rosada que huele a hospital y sexo sucio.

 

«Profe…» Valeria mira hacia arriba con esos ojos de perrito golpeado. «¿Y si mi mamá se da cuenta?» Su voz suena a papel de lija mojado.

 

«¿Se da cuenta de qué?» Le agarro la muñeca y la obligo a mirarme. «¿De que aprendiste matemáticas? ¿De que dejaste de ser una pendeja?» La cría abre la boca pero no dice nada. Sus labios están secos y agrietados como si hubiera pasado una semana en el desierto.

 

El teléfono vuelve a vibrar. Cinco minutos. Joder. «Termina de limpiar y siéntate como una niña buena,» le escupo mientras me ajusto el cinturón. Valeria sigue frotando ese cojín como si quisiera borrar la mancha con la piel de sus dedos. Noto que tiene los nudillos blancos de tanto apretar la toallita.

 

«Ya está,» murmura, tirando el paño sucio al suelo como si estuviera envenenado. Se sienta en el borde del sofá, con las piernas juntas y las manos sobre la falda, mirando fijo al piso como si allí estuviera escrito su sentencia. Su pelo está pegado a la cara por el sudor, esos rulos negros que antes saltaban cuando bailaba ahora parecen trapos mojados.

 

La puerta suena. Tres golpes secos que hacen saltar a Valeria como si le hubieran pegado un tiro. «Abre, princesa,» le digo mientras me acomodo la camisa para esconder los arañazos que me dejó en la espalda. La cría se levanta como si le pesaran cien kilos, caminando hacia la puerta con pasos de muñeca a la que le cortaron los hilos.

 

Valeria abre la puerta con manos que tiemblan como hojas en tormenta. Su madre entra sonriendo, cargando bolsas de mercado que huelen a pollo frito y plátanos maduros. «¿Cómo les fue, mi amor?» pregunta mientras deja las bolsas en la mesa, mirando alternativamente entre Valeria y yo. La cría se queda paralizada, los labios temblando como si intentara recordar cómo hablar.

 

«Perfecto,» digo antes de que la niña pueda balbucear algo estúpido. «Esta princesa resolvió ecuaciones que ni los de sexto saben hacer.» Le doy una palmadita en la cabeza a Valeria, que se estremece como si le hubiera metido un cuchillo. Su madre sonríe, orgullosa, sin notar cómo la falda de su hija está arrugada y mal abrochada.

 

«Señora, su hija aprende rápido,» digo mientras me ajusto la mochila con el mismo movimiento brusco que uso para liar cigarrillos. Valeria se queda pegada a la pared como una cucaracha a la luz, esos ojos hinchados todavía brillando con lágrimas no secas. «Ya no necesitará de mis servicios. Valeria es un angelito muy obediente.»

 

La madre sonríe como si le hubieran dicho que ganó la lotería, esos dientes amarillos de café brillando bajo la luz del pasillo. «Ay, qué bueno, profe,» dice mientras le pasa una mano por el pelo a Valeria, que se estremece como si le hubieran escupido. «Mi niña es muy inteligente, ¿verdad, mi amor?»

 

La cría abre la boca pero solo sale un sonido de bisagra oxidada. Noto cómo sus piernas siguen pegadas, caminando como si le hubieran puesto yeso en las ingles. «Claro que sí,» respondo por ella, dándole una palmada en el hombro que la hace saltar como cable pelado. «Tan inteligente que hasta aprendió lecciones… extras.»

 

La madre ni pestañea, demasiado ocupada contando el dinero que me va a pagar de su bolso de plástico mugriento. Valeria me mira con esos ojos que ya no son de niña, sino de algo roto y rehecho en media hora. Le guiño mientras su madre no ve, y noto cómo se le eriza el vello de los brazos.

 

«Muchas gracias, profe,» dice la señora, entregándome los billetes sudados que huelen a perfume barato y cebolla frita. Los guardo sin contar, como si me diera igual, aunque sé que me alcanza para tres cajas de cerveza y un paquete de condones. «¿Seguro que ya no la necesita más?»

 

«Segurísimo,» digo mientras me ajusto la mochila que lleva mis libros manchados de semen seco. «Su angelito ya sabe todo lo que tiene que saber.» Valeria traga saliva con un sonido de tubería tapada, sus manos pegadas a la falda como si temiera que se le fuera a caer.

 

Salgo al pasillo sin mirar atrás, pero siento los ojos de Valeria clavados en mi espalda como dos agujas de hielo. El ascensor huele a orina y muerte, pero me da igual. Apoyo la cabeza contra la pared metálica y me río solo, imaginando la cara de esa pobre pendeja cuando le explique a su mamá por qué le duele al sentarse.

 

«Esa pobre señora ni se imagina que su hija no solo aprendió matemáticas,» pienso mientras el ascensor baja tan lento como mi verga después de correrme. «Aprendió biología práctica, la muy putita.» La puerta se abre con un chirrido que me hace pensar en los gemidos de Valeria, agudos como grito de ratón.

2 Lecturas/12 mayo, 2026/0 Comentarios/por GuardiaRealAzul
Etiquetas: amigos, colegio, hija, madre, maduros, mayor, sexo, vecina
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