El metro (Historia gay a hetero)
Sinopsis: Después de una fuerte discusión en la casa de su novio, Marco usa el metro en la noche sin imaginar que ahí experimentaría un nuevo placer de una chica desconocía. .
El metro
(Historia gay a hetero)
La discusión había terminado como siempre terminaban últimamente: gritos, puertas cerradas de golpe y Marco saliendo al pasillo con la verga todavía dura dentro del pantalón. Tres años con Dani y todavía no sabían pelear sin que uno de los dos se fuera. Esa noche se suponía que iban a follar hasta quedarse sin fuerzas. Marco incluso había llegado con el culo limpio y preparado, pero todo se fue a la mierda en menos de diez minutos.
Ahora caminaba hacia el metro con el ceño fruncido, la chaqueta abierta y una erección pesada que se le marcaba de forma indecente. El frío de la noche no ayudaba a bajarla. Cada paso le recordaba lo caliente que seguía.
El andén estaba lleno. Hora pico, aunque ya fuera tarde. Cuando el tren llegó, la gente se empujó como si se les fuera la vida. Marco logró meterse en un vagón y se quedó atrapado en la esquina, justo contra la pared metálica. En segundos el espacio se cerró. Cuerpos pegados por todos lados. Calor. Sudor. El olor a gente apretada.
Intentó pensar en cualquier cosa para que se le bajara. En la pelea. En lo hijo de puta que podía ser Dani cuando se ponía a la defensiva. En que mañana tendrían que hablar. Nada funcionaba. La verga seguía dura, molesta, pidiendo atención.
Entonces lo sintió.
Una presión firme y redonda contra su entrepierna. Caliente. Suave. Inconfundible.
Bajó la mirada.
Era un culo.
Un culo de mujer.
Grande, carnoso, envuelto en una falda negra corta que se le había subido un poco por el empujón de la gente. La chica estaba de espaldas a él, unos centímetros más baja, pelo castaño lacio con mechones teñidos de un morado oscuro. Blusa blanca de manga larga. Piernas desnudas. Y ese culo… pesado, redondo, el tipo de culo que se mueve aunque la dueña esté quieta.
Marco se quedó paralizado. Intentó moverse hacia un lado, pero no había espacio. Cada pequeño intento solo hacía que su bulto se hundiera más entre esas nalgas.
—Perdón… —murmuró, casi sin voz.
La chica giró apenas la cabeza. Lo miró de reojo. No tenía cara de enfado. Tenía una media sonrisa lenta, casi perezosa, como si ya hubiera decidido algo. Sus ojos bajaron un segundo a la evidente erección que se le clavaba en el culo y volvieron a subir hasta los de él. La sonrisa se ensanchó un poco.
Luego volvió a mirar al frente.
Marco pensó que se había librado.
Hasta que sintió las manos de ella detrás de su propia espalda.
Con movimientos pequeños, casi imperceptibles para el resto del vagón, la chica se levantó la falda hasta la cintura. El tejido negro desapareció y de golpe Marco tuvo la visión completa: dos nalgas blancas, firmes, con un tatuaje de pequeñas estrellas negras en la nalga izquierda y un hilo blanco tan fino que casi no existía, perdido entre el surco de su culo.
El aire se le atascó en la garganta.
Ella empezó a moverse.
No eran movimientos grandes. Solo un roce lento, de arriba abajo, de un lado a otro, usando el peso de su propio cuerpo y el vaivén del tren para frotarse contra la verga dura de Marco. El hilo blanco se le hundía más cada vez que empujaba hacia atrás. El calor de su piel se filtraba a través de la tela del pantalón.
Marco no se movió. No podía. La mente le gritaba que esto estaba mal, que él era gay, que tenía novio, que esa no era su zona. Pero la verga le latía como si le estuvieran chupando el alma.
¿Por qué sigue dura?
Soy gay.
Siempre lo he sido.
Entonces ¿por qué se siente tan bien?
Sin darse cuenta, sus caderas empezaron a corresponder. Pequeños empujes. Primero tímidos. Después menos. El roce se volvió más húmedo cuando la humedad de ella empezó a traspasar el hilo y a mancharle el pantalón.
La chica bajó una mano por detrás y le palpó el bulto con los dedos abiertos, midiendo el grosor. Marco soltó un temblor. Ella encontró la cremallera sin mirar, la bajó con una destreza insultante y metió la mano dentro. Cuando sus dedos rodearon la verga desnuda, caliente y ya brillante de precum, Marco tuvo que morderse el interior de la mejilla para no gemir.
Era la primera vez que una mano de mujer lo tocaba así.
Y se sentía… diferente. Más suave. Más pequeña. Pero segura. Como si supiera exactamente qué ritmo usar.
Ella lo sacó por completo. El aire frío del vagón le golpeó la piel sensible un segundo antes de que el culo de ella volviera a cerrarse sobre su longitud. Ahora no había tela de por medio. Solo el hilo blanco y la carne caliente de sus nalgas atrapando su verga.
Marco cerró los ojos.
La chica tomó su muñeca derecha y se la llevó hacia adelante, guiándola bajo la blusa. Primero el estómago liso y caliente. Después más abajo. Hasta que los dedos de Marco tocaron tela mojada.
El hilo.
Y debajo, labios hinchados, resbaladizos, abiertos.
Marco se quedó sin aire.
Nunca había tocado una vagina. Ni siquiera por curiosidad. Siempre había sabido que los hombres eran lo suyo. Pero ahora tenía dos dedos presionando ese calor húmedo y el cerebro se le estaba cortocircuitando. La textura era distinta a cualquier culo que hubiera follado. Más suave. Más abierta. Y tan jodidamente mojada que sus dedos resbalaban sin esfuerzo.
Ella soltó un temblor casi silencioso cuando él empezó a frotar el clítoris a través de la tela. Su culo empujó más fuerte hacia atrás, atrapando mejor la verga de Marco entre las nalgas.
El tren avanzaba. Nadie miraba. O si miraban, fingían no ver. El vagón seguía demasiado lleno como para que alguien pudiera girarse del todo.
La chica movió la cadera de tal forma que la cabeza de la verga de Marco bajó y quedó justo contra la entrada de su coño, separada solo por el hilo empapado. El calor que salía de ahí era brutal. Cada pequeño movimiento hacía que el glande se deslizara entre los labios, untándose de jugos.
Marco ya no pensaba en Dani.
Ya no pensaba en que era gay.
Solo pensaba en lo fácil que sería empujar un poco más y entrar.
Ella pareció leerle la mente. Con la mano libre tiró del hilo hacia un lado, dejándolo completamente expuesto. Después tomó la verga de Marco por la base y la alineó.
El tren frenó de golpe.
No fue del todo un accidente.
El empujón general hizo que los cuerpos se movieran hacia adelante, pero fue ella quien se empujó hacia atrás al mismo tiempo. La verga de Marco se hundió de un solo movimiento, gruesa y dura, abriéndola hasta el fondo.
Los dos se quedaron quietos.
Ella con la boca abierta en un gemido mudo. Él con los ojos muy abiertos, sintiendo cómo un coño apretado y caliente lo devoraba por primera vez en su vida.
Era distinto.
Más suave que un culo. Más profundo. Más… correcto, de una forma que le daba miedo admitir.
La chica empezó a moverse. Pequeños círculos al principio, después embestidas cortas y controladas, follándose contra él mientras el resto del vagón seguía ajenos o fingiendo estarlo. Marco no pudo evitar corresponder. Sus manos subieron bajo la blusa y agarraron sus tetas. Grandes, pesadas, con los pezones duros. Las apretó mientras empujaba hacia adelante, enterrándose más.
Cada vez que entraba hasta el fondo sentía que se le iba un poco más la cabeza.
Esto no debería sentirse tan bien.
Soy gay.
Tengo novio.
Entonces ¿por qué me quiero correr dentro de ella como un animal?
La chica giró la cara lo suficiente para que sus bocas se encontraran. El beso fue desordenado, húmedo, desesperado. Ella le chupó la lengua mientras su coño lo ordeñaba con contracciones pequeñas. Marco sintió que se le venía encima demasiado rápido.
Intentó frenar.
No pudo.
La última embestida lo enterró hasta los huevos y se corrió con un temblor violento, disparando chorros calientes dentro de ella. Ella apretó alrededor de su verga y lo sostuvo ahí, recibiendo todo, temblando en silencio contra su pecho.
Por unos segundos el mundo desapareció.
Cuando el tren volvió a frenar, esta vez en una estación, ambos se separaron con movimientos rápidos y prácticos. Ella se acomodó el hilo y la falda. Él se metió la verga todavía medio dura y se subió la cremallera. Nadie dijo nada. Nadie miró directamente.
Las puertas se abrieron.
La gente empezó a salir.
La chica caminó hacia la salida sin mirarlo. Marco se quedó unos segundos clavado en el sitio, el semen todavía goteándole un poco dentro del bóxer, la cabeza hecha un caos.
El móvil vibró en su bolsillo.
Dani.
La pantalla iluminó su nombre.
Marco miró el teléfono. Después miró la espalda de la chica que se alejaba entre la gente del andén.
El pulgar se quedó suspendido sobre el botón de contestar.
Un segundo.
Dos.
Colgó.
Guardó el móvil.
Y salió del vagón siguiéndola…

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!