El Precio de una Familia (Gay a Hetero)
Piero y Gael quieren un hijo, pero los intentos de inseminación fallan y el dinero se acaba. Desesperado, Piero hace un trato secreto con su mejor amiga: embarazarla de la forma más natural y prohibida. Un sacrificio que se convierte en un secreto imposible de olvidar..
El Precio de una Familia (Gay a Hetero)
Piero y Gael llevaban siete años juntos. Se habían conocido en una fiesta de amigos, se habían enamorado con esa mezcla de risa fácil y complicidad silenciosa que solo aparece unas pocas veces en la vida, y desde entonces habían construido un hogar pequeño pero cálido. Se amaban con la naturalidad de quien ya no necesita demostrar nada. Y como muchos que se aman, un día quisieron más.
Querían un hijo.
La idea nació una noche cualquiera, mientras veían una película en el sofá. Gael fue quien lo dijo primero, casi en broma. Piero no se rio. Al contrario: se quedó callado un rato y después tomó la mano de su esposo.
—Yo también lo he pensado.
A partir de ahí todo se movió rápido. Investigaron métodos, hablaron con médicos, calcularon costos. Y cuando le contaron a su mejor amiga y vecina, Fabiola, ella no dudó ni un segundo.
—Yo lo cargo —dijo, como si estuviera ofreciendo prestarles azúcar—. Con cariño. De verdad.
Los tres se abrazaron esa noche. Parecía perfecto.
Pero la realidad fue otra.
Dos intentos de inseminación artificial. Dos resultados negativos. El dinero se esfumaba con cada procedimiento y Gael, que siempre había sido el más optimista de los dos, empezó a apagarse. Ya no reía igual. Ya no se despertaba con ganas de planear el futuro. A veces Piero lo encontraba mirando por la ventana en silencio, con esa expresión de quien está perdiendo algo que todavía no tiene.
Una noche, después de que Gael se durmiera temprano otra vez, Piero cruzó el pasillo y tocó la puerta de Fabiola. Ella lo recibió con una botella de vino ya abierta. Hablaron de todo y de nada. Hasta que el tema inevitable salió.
—Está destrozado —admitió Piero—. Y yo también. Pero él… él se lo toma peor.
Fabiola suspiró.
—Ojalá hubiera una forma más barata. Más simple.
Se miraron. Y los dos soltaron una risa nerviosa al mismo tiempo, porque la idea absurda y prohibida había cruzado sus mentes al mismo tiempo.
—Sería raro —dijo ella.
—Asqueroso, incluso —añadió él.
Pero la risa se les quedó atragantada. Porque debajo de la broma había algo peligroso: una posibilidad real.
Pasaron los días. Piero vio a su esposo cada vez más callado. Y una noche tomó la decisión.
Volvió a casa de Fabiola. Esta vez no había vino. Solo la propuesta clara, directa, desesperada. Ella se negó al principio. Dijo que era una locura. Que no podían. Que Gael nunca lo perdonaría si se enteraba. Pero Piero habló con la voz de quien ya no tiene muchas salidas. Le explicó que solo sería hasta que quedara embarazada. Que no habría besos. Que no habría caricias de más. Que Gael no se enteraría nunca.
Fabiola calló mucho rato. Después asintió, apenas.
—Solo hasta que funcione —susurró—. Y nada más.
Tres noches después, Piero esperó a que Gael se durmiera profundamente. Se levantó en silencio, cruzó el pasillo y tocó la puerta de Fabiola. Ella lo hizo pasar sin decir palabra. Fueron directo al cuarto.
Se desvistieron frente al otro por primera vez. Piero tenía un cuerpo atlético, de gimnasio constante: pecho marcado, abdomen definido, brazos fuertes. Su polla, gruesa y larga, colgaba pesada entre sus piernas. Fabiola era más delgada de lo que él recordaba, con pechos firmes de pezones oscuros y un coño prolijo que ya empezaba a brillar por los nervios.
Se miraron en silencio.
—¿Estás seguro? —preguntó ella.
—Sí
Fabiola se recostó en la cama y abrió las piernas. Piero se arrodilló entre ellas. Por un momento solo observó. Después se inclinó y pasó la lengua una sola vez entre sus labios. El sabor lo sorprendió: más dulce, más intenso de lo que había imaginado. Volvió a lamer, más lento, abriendo un poco con los dedos. Fabiola soltó un gemido tembloroso y agarró las sábanas.
Piero chupó su clítoris con cuidado, metió la lengua lo más profundo que pudo, la preparó hasta que estuvo empapada y temblando. Cuando se levantó, su polla estaba completamente dura. Se posicionó, frotó la cabeza gruesa contra la entrada resbaladiza y empujó.
Entró despacio. Fabiola apretó los dientes y soltó un gemido largo. Era estrecha, caliente, diferente a todo lo que Piero había sentido antes. Siguió hundiendo centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro. Se quedó quieto un segundo, respirando agitado.
Después empezó a moverse.
Al principio con cuidado. Después con más fuerza. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo del coño de Fabiola llenó la habitación. Ella gemía bajito, girando la cara hacia un lado, agarrándose a las sábanas. Piero la miraba desaparecer bajo él, miraba cómo su verga se hundía una y otra vez en aquel lugar prohibido, y sentía una culpa que se mezclaba peligrosamente con placer.
—Más fuerte… —pidió ella de pronto.
Piero la agarró por detrás de los muslos y aceleró. La folló con ganas, profundo, constante. Cada embestida sacaba un gemido más alto de Fabiola. Cuando ella se corrió, lo hizo apretándolo con fuerza, arqueándose, soltando un sonido roto. Ese apretón fue demasiado. Piero se hundió hasta el fondo, gruñó y se vació dentro de ella. Chorros calientes y espesos, uno tras otro, llenándole el útero mientras ambos temblaban.
Se separaron en silencio. Se vistieron en silencio. Y cuando Piero ya estaba en la puerta, Fabiola dijo, sin mirarlo:
—La próxima vez avísame con un día de anticipación.
Volvieron a hacerlo cuatro veces más en las siguientes semanas. Siempre de noche. Siempre con las mismas reglas. Cada vez era un poco más fácil. Cada vez Piero duraba más. Cada vez el coño de Fabiola lo recibía más húmedo, más abierto, más necesitado. Y cada vez que terminaban, ambos evitaban mirarse demasiado tiempo.
Hasta que una mañana Fabiola le mandó un mensaje:
“Ven. Tengo noticias.”
El test fue positivo.
Esa misma tarde Piero le dijo a Gael que el último intento de inseminación (el que habían pagado en secreto) había funcionado. Gael lloró de alegría. Lo abrazó con fuerza. Lo besó una y otra vez mientras repetía “vamos a ser papás” contra su boca.
Piero correspondió el abrazo y escondió la cara en el cuello de su esposo para que no le viera los ojos.
Habían conseguido lo que querían.
A un precio que solo él y Fabiola conocerán para siempre.
Y aunque la casa volvió a llenarse de planes y sonrisas… cada vez que Piero miraba el vientre todavía plano de su mejor amiga, recordaba el calor prohibido de haber estado dentro de ella. Y sabía que ese recuerdo no se iría nunca.
Hola a todos, espero que les haya gustado la historia, habrán muchas más historias con el tiempo, si gustan pueden seguirme en X (Twitter), en donde hay mas contenido gay a hetero. Mi cuenta es @homo2straight

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