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Fetichismo, Heterosexual, Incestos en Familia

El regalo de Papá

—Eres tan bella como el día que naciste. —Sentí sus brazos atraerme a su cuerpo y el cálido aliento golpear mi rostro. Sin entenderlo todavía, estaba siendo besada por mi progenitor, su vaivén lento y asfixiante tragándome por dentro. Desnuda para él..

Mi padre era un hombre barbudo, de espalda grande y calvo. Sus párpados siempre estaban caídos y acompañado de las arrugas en su rostro, le daban la apariencia de estar cansado siempre.

Su color de ojos almendra eran adictivos de ver y su figura corpulenta era magnifica.

Mamá y Papá se separaron después de que la relación no funcionara y me fui a vivir con mi padre.

Mamá me visita los fines de semana, pero rara vez la hecho de menos.

Mi padre ha sido mi mayor amor y compañía a mis 12 años, cuidándome, enseñándome y comprando lo que necesite.

Sin embargo, un día, descubrí su mayor secreto y la razón por la que se había separado de mi mamá.

Tengo una amiga llamada Patricia. Pelirroja, de cara bonita y cuerpo bien desarrollado pese a su edad.

Sus pechos eran grandes como pequeñas sandias y su trasero voluptuoso, herencia de su familia materna.

Ella venía seguido a visitarme a casa de mi Papá y la pasabamos bien juntas.

Mi padre siempre se iba a su oficina y no salía de ahí hasta la noche.

Por lo que teníamos toda la casa para nosotras.

Un día, mientras jugábamos en la sala un juego de mesa, escuchamos a mi padre salir e ir a su cuarto.

Patricia había estado rara ese día y me pedía ir al baño varias veces, según me explicó, por un problema renal que se estaba tratando.

Indagué un poco para saber que no era nada grave y la dejé ir cada vez que lo pedía.

A veces duraba un par de minutos, otras veces se extendía a quince o media hora.

Todas esas veces iba a ver si estaba bien y ella me contestaba en el baño que no pasaba nada.

Con la puerta cerrada del baño siempre, no me anime a entrar y lo dejé pasar.

Esa vez, mientras mi Papá se fue a su cuarto, mi amiga pidió ir al baño de nuevo y le dí el consentimiento.

Estuve pensando en la escuela mientras esperaba cuando noté que habia pasado quince minutos.

Aguanté las ganas de ir y esperé un poco más. Cuando el reloj marcó la media hora, no pude evitar preocuparme de nuevo.

Fuí al baño encontrando la puerta cerrada, solo que esta vez, la oficina de mi padre estaba abierta y él no estaba adentro.

Supuse que estaría en su cuarto y al ver la puerta abierta me asomé para saludarle.

Mi rostro se extrañó al no estar donde debería y no encontrarlo en su habitación.

Confundida, me acerqué al baño y hablé.

—¿Todo bien, Patricia?

No tuve respuesta por unos segundos que se sintieron inquietantes.

—Me encuentro de maravilla —dijo mi amiga.

El tono de voz era trémulo, como si estuviera aguantando las ganas de gritar.

Me preocupé e intenté entrar al baño, encontrándolo cerrado por dentro.

—No entres, ya salgo. ¡Ah!

La voz de mi amiga se escuchó aguda y soltó un gemido bajo.

Me estremecí de incomodidad pensando en una posibilidad.

«¿Mi amiga se esta masturbando en mi baño?», pensé.

Tragué saliva y retrocedí, escuchando más gemidos detrás de la puerta.

No quería saber más.

Me dí la vuelta y decidí mejor buscar a mi padre en la casa.

Revisé las demás habitaciones sin verlo en ningún lado.

Incluso abrí la puerta de entrada para ver si estaba afuera en una llamada, sin exito.

Regresé adentro, cerrando la puerta de un portazo.

Me asusté por el impacto y me fuí rapido a buscarlo de nuevo en su cuarto.

Pasé a la habitación de mi padre sintiendo su olor característico, sudor mezclado con su colonia.

Fuí a su baño personal abriendo la puerta, al no haber nadie me resigné y aproveché para orinar.

Mientras hacía mis necesidades, la puerta del otro baño se abrió y escuché los pasos de mi amiga, llamándome.

No le respondí sintiéndome todavía incómoda por lo que creía que habia hecho en el baño antes.

En ese momento, mi padre también levantó la voz y me sorprendí.

«¿Estaba en la casa todavia? Pero ¿En dónde? Registré todo.», pensé.

Después de llamarme varias veces, ambos desistieron y mi padre entró a su cuarto.

Lo supe por el sonido de sus pisadas al caminar, fuertes y firmes.

Acompañado estaban unas pisadas más suaves y delicadas, de mi amiga Patricia.

—Parece que salió a comprar.

—Tenemos unos minutos solo para nosotros.

Con esas palabras complices, escuché el sonido de besos y gemidos.

Mi cara de confusión pasó a consternación.

Mi padre y mi amiga se estaban besando.

Volví a vestirme y me levanté del inodoro.

Tragué saliva, y con miedo, estiré la mano en la perilla intentando abrir un poco la puerta, lo suficiente para ver.

Mi padre tenía a mi amiga montada en su cintura, con sus piernas de niña rodeandolo y agarrándose de sus hombros para mantener el equilibrio.

Mi progenitor la tenía agarrada de los glúteos, amasandolas por debajo de la falda corta que mi amiga siempre usa.

El beso de ambos eran lento. Veía los labios grandes de mi padre estirar y amasar los pequeños de mi amiga.

Los gemidos de Patricia eran muy agudos, abrumada por las caricias.

La saliva de ambos se compartía en cada beso, podía escuchar el gorgoteo de sus bocas, el aire que se escapaba de las esquinas de sus labios al juntarse y el sonido obsceno que hacían al gustarles el beso.

Era la musica de un hombre y una mujer reconociendose para el sexo.

Me extremecí sintiéndome febril. Mi vagina estaba húmeda y me temblaban las manos.

Patricia tenía los ojos cerrados mientras mi padre los mantenía fijos en ella, en sus gestos de placer, sus suspiros entre besos, el brillo en sus ojos.

—Adoro besar sus labios, señor Román —gimió mi amiga.

Mi padre le correspondió metiendo su lengua y ahogandola con su beso.

Cuando se separaron, mi progenitor le dió una suave nalgada.

—Son los únicos que besarás en tu vida. Soy tu hombre.

—Lo eres.

Ambos volvieron a besarse y mi padre se separaba entre besos para hablar.

—Dilo de nuevo.

—Eres mi hombre.

—Más fuerte, estamos solos.

—¡Eres mi hombre, señor Román!

Mi padre se abalanzó con sus labios en el cuello de mi amiga y la acostó en su cama con maestría.

Vi las piernas de Patricia abrirse, dejando que mi progenitor de gran tamaño se pusiera en medio y la montara.

Los minutos pasaron viendo como entre caricias, chupetones y besos húmedos, la ropa se iba desprendiendo, hasta que lo único que los separaba de estar desnudos era su ropa interior.

Mi amiga usando un calzón blanco, manchado por el lubricante.

Mi padre usaba una truza negra que acentuaba sus gluteos y dejaba entrever un pedazo gordo en su entrepierna, de donde goteaba algo húmedo.

Patricia se ofreció a chupar el pene de mi progenitor y mi padre de rodillas en la cama, aceptó de buen grado.

La truza fue bajada hasta las rodillas exponiendo los genitales de mi padre.

Fuí incapaz de ver como era su pene por estar dándome la espalda, pero con solo percibir la bolsa de testículos colgar de mi progenitor, supe que no era algo pequeño.

Esos huevos eran redondos, peludos y gordos, parecía una bolsa apunto de estallar de lo duro que estaban.

La piel estaba tan apretada que podía ver la silueta de uno de los testículos marcarse con claridad.

Arriba estaban los gluteos peludos de mi progenitor, dos masas de carne altiva que se apretaban hacia adentro cuando escuchaba a Patricia ahogarse y mi padre gemir de gusto.

La voz de mi progenitor era ronca, mi amiga hacia sonidos de succión con la boca, chupando y dejando salir gemidos de gusto.

Los brazos de mi padre estaban tensos, lleno de venas, sus manos en la cabeza de mi amiga, entre sus piernas, empujando y jalando en cada penetración oral.

Estuvieron en esa posición por diez minutos hasta que cambiaron.

Mi padre se acostó en la cama, mirando en dirección de la puerta del baño.

Me asusté al notar que dejaba su rostro de placer para mirarme a los ojos consternado.

Patricia notó el cambio y se detuvo.

—¿Qué ocurre, señor Román?

Mi padre dejó de verme para observar a mi amiga y parecía dudar, luego se levantó de la cama.

—Recordé que debo hacer algo. Vistete y vete. Cuando venga mi hija, le diré que tuviste una emergencia.

La voz de mi progenitor era autoritaria, pero su nerviosismo se le delataba al entonar la voz.

Patricia se bajó de la cama desilusionada y se vistió de mala gana.

Mi padre se puso su ropa y la despidió saliendo del cuarto con ella.

Con miedo de salir, me quedé en el baño por varios minutos, hasta que escuché la voz de mi padre.

—Casandra, sal del baño. Tenemos que hablar.

Confundida, me quedé quieta.

—No tengo nada de que hablar —dije.

Escuché los pasos de mi progenitor acercarse, abrió la puerta y me miró con atención.

—¿Vas a desobedecerme?

Su tono grave y autoritario daba miedo, pero mi mente ahora lo reconocía de otra manera, como algo seductor y digno de escuchar.

Mi cara se puso roja por lo que sentía y bajé la cabeza.

Mi padre suavizó el gesto y me tomó en brazos, llevandome como princesa a su cama.

Quitó las sabanas mojadas y me dejó encima del colchón, él recostado de lado, acariciando mi cabello.

Nos quedamos en silencio por varios minutos que se sintieron horas.

—Dime algo cariño, cualquier cosa. Quiero saber como te sientes después de lo que viste.

Le miré y noté su expresión preocupada.

—Papá, tengo miedo.

Mis palabras le hicieron abrazarme y besarme la cabeza.

—No lo tengas. Jamás te haría eso. Tú eres mi hija.

Me acurruqué en sus brazos sintiéndome reconfortada.

—¿Y por qué con Patricia sí? Es mi amiga.

Mi padre se quedó en silencio un rato antes de hablar, su tono de voz se había vuelto seductor, como si disfrutara decir cada palabra.

—Soy un hombre con necesidades. Necesito mujeres para mantenerme en forma sexualmente, y normalmente esas mujeres son de mi edad, pero hay excepciones, como tu amiga.

Mi padre me separó y me hizo mirarle a los ojos, sosteniendo mi rostro con sus manos. Se veía un brillo de deseo en el iris almendra, algo intoxicante de observar.

Me sentía abrumada por eso, era como ver a través de su alma y darme cuenta que mi padre deseaba con todo su cuerpo tener sexo con alguien de mi edad.

—¿Qué tiene de excepcional? —dije sin entender.

Mi padre sonrió y soltó un suspiro.

—Seguro has notado que se ha desarrollado más rápido que tú.

Asentí con la cabeza.

—Eso la hace una candidata perfecta para un hombre como yo. Mi cuerpo responde sin que yo lo quiera porque ve en ella las mismas características que vería en una mujer. Para mí, ella es una mujer.

Sus palabras se entonaban con un entusiasmo vibrante.

—Pero ella sigue siendo una niña como yo.

—Lo sé.

Miré el rostro de mi padre y su sonrisa me causó escalofríos en la espalda.

Sus manos dejaron de abrazarme y se quedaron a los lados de su cuerpo.

Nos observamos mutuamente en lo que parecía un silencio incómodo.

—¿Crees que es malo lo que hago con ella?

Sus palabras me hicieron apretar los labios y juntar las cejas en concentración.

—No lo sé. En la escuela dicen que tengamos cuidado de ser abusadas, pero mi amiga no parece haber sufrido eso.

—Por que no ha sido abusada. Yo no he hecho nada que ella no quiera. Ha sido consensuado.

Mi cuerpo empezó a temblar de nuevo y me sentía excitada al pensarlo.

Siempre asumí que esas cosas no las vería tan pronto, pero ahora que lo había hecho, no podía olvidarlas.

Pero sobre todo, quería probarlo.

Mi padre esperaba mi respuesta.

—Papá…

—¿Sí, hija?

Le miré y tomé sus manos grandes con las mías.

Las apreté y le sonreí lo mejor que pude, mirándole con un deseo ardiente.

—Si te pidiera lo mismo ¿Lo harías conmigo?

Mi voz sonó temblorosa y nerviosa, la expresión de mi padre se volvió tensa, parecía enojado y se limitó a observarme por varios minutos.

Sintiendo el rechazo en sus acciones, le escuché suspirar.

—No puedo negarme. Eres mi hija. Ven con Papá.

Con esas palabras, sentí sus brazos atraerme a su cuerpo y el cálido aliento golpear mi rostro. Sin entenderlo todavía, estaba siendo besada por mi progenitor, su vaivén lento y asfixiante tragandome por dentro.

Me dejé llevar cerrando los párpados y todo se sintió distinto.

Mi cuerpo dejó de temblar ante las caricias de mi padre. El calor febril se volvió templado, acompañado del de mi padre, empezaba a ser placentero.

Fuí desnudada por él, beso tras beso iba perdiendo una prenda entre su toque y suaves cumplidos.

—Mi niña hermosa.

Sus ojos denotaban adoración al verme debajo suyo, desnuda para él.

Me avergoncé al pensar que mi cuerpo todavía en desarrollo podría no gustarle tanto como el de mi amiga Patricia, pero mi progenitor se limitó a observarme con fascinación.

—Eres tan bella como el día que naciste.

Sus palabras me hicieron llorar y sentí su consuelo en sus besos por mi cuerpo.

Amasó mis pezones en sus labios, jugó con la carne abultada de mis senos en crecimiento, acarició la curva de mis caderas con sus dedos.

Sus manos tocaron mi vagina y el pliegue de mis nalgas.

Mi rostro nervioso hizo que mi padre me mirara y se preocupara.

—Tranquila. Te haré sentir bien.

Le ví levantarse y tomar algo de un cajón del ropero.

Se comió una pastilla azul y la otra me la dió para que la chupara.

—No la muerdas, deja que se disuelva con tu saliva. Te ayudará a disfrutar lo que haremos.

Estaba dudosa al pensar que podría ser una droga. Mi progenitor me miró con ojos suplicantes.

—Hazlo, hija. Dejame ser un buen padre para ti.

Sus palabras me convencieron y la metí en mi boca.

Era dulce con toques agrios, se disolvía en mi boca rápidamente causandome picazón en los labios.

Mi padre se alejó y empezó a desnudarse para mí.

Observé sus pectorales macizos y gordos, su abdomen abultado por la cerveza, sus hombros largos y rectos, espalda ancha y curva, caderas regordetas, piernas musculosas, brazos fórnidos, todo cubierto por pelo.

Su pubis eran rizos negros con un pene largo sin circuncidar, los pliegues de la carne estaban cubriendo el glande, dándole la apariencia de un pedazo de carne húmedo y apetitoso.

El tamaño era exuberante, 8 pulgadas de carne blanca, larga, gruesa y venuda, con un glande cabezón de color rojo.

Mi lengua pasó por mis labios al imaginar tener ese trozo viril en mi boca y chuparlo.

Mi progenitor se subió a la cama y metió su cabeza entre mis piernas.

Sentí su boca besar el contorno de mi vagina en toques suaves y electrizantes, su barba hacia cosquillas y causaba picazón por igual.

Con una de sus manos sostenía una de mis piernas para que no la cerrara y la otra estaba jugueteando con mi clítoris.

Mi mente empezó a sentirse mareada y un calor desgarrador llegó a mi cuerpo.

La piel se sentía como si hormigueara y me costaba aliviarlo con mis manos.

Sin embargo, los únicos lugares que no se sentían así eran donde mi padre me tocaba.

Sus roces aliviaban el calor como un bálsamo frío.

Mis ojos le observaban jugar con mi vagina y sonreí feliz.

—Te quiero, Papi.

Mi padre dejó de besar mi vagina y levantó la mirada.

—Yo tambien te quiero, hija.

Sin dejar de mirarme, bajó su rostro hasta la altura del agujero vaginal, y sacó su lengua para penetrarme.

Gemí de placer agarrando la cabeza de mi padre.

Él soltó un gruñido y siguió metiendo su lengua en mi agujero, abriendolo y llenandolo con su saliva.

—Olvidaste limpiarte después de orinar. —Dijo mi padre saboreando sus labios. Me reí y él hizo lo mismo.

Con mi cara mirando al cielo, solté cada gemido en voz alta.

Mi boca estaba entreabierta, la vista nublada y mis manos presionaban la cara de mi padre en mi entrepierna.

Escuché cada succión, el sonido sucio de sus labios chupando los labios de mi vagina, el gorgoteo de su lengua entrando y saliendo, el chapoteo de nuestras pieles humedas al separarse.

Sin poder aguantar, tuve varios orgasmos que hicieron estremecer mi cuerpo.

Mi padre me sostuvo con sus fuertes manos y se levantó de donde estaba.

Acercó su rostro húmedo y se quedó enfrente mío, mirándome.

Gotas de lubricante y saliva caían de sus labios a los míos, su respiración robándome el aliento.

Su cuerpo se presionó contra mí, sintiendo su pene en mi vagina, a nada de entrar.

—Besame y te daré un regalo —dijo mi padre con la voz ronca.

Su tono seductor era tan grave que me hizo gemir de gusto.

—Papi —con esa palabra, junté mis suaves labios con los belfos gruesos de mi padre.

La punta de su pene se presionó contra mi vagina, y mientras sus besos iban dominandome, sentía como hacía fuerza para entrar.

La tela del himen se rompió con un sonido seco, sentí un cosquilleo y algo escurrirse de mi vagina, mi padre evitó que lo viera, centrando mi mirada en él.

—Soy tu hombre ahora. No tienes permitido desviar tu vista de mí.

—Sí, papi.

Con esas palabras iniciaron sus penetraciones.

La cama rebotaba haciendo ruido y las pieles chocando eran audíbles.

El calor en mi piel era sofocado por el calor del cuerpo de mi padre y me restregue en cada ocasión que tuve, sin importarme arañarlo con mis dedos.

Mi padre solo soltaba gruñidos, moviendo su pelvis de arriba abajo, ondulando su abdomen en suaves penetraciones y empujando su pene hacia adentro con ímpetu.

Mi vagina se sentía abierta y humeda, a veces, aire entraba entre las penetraciones causándome escalofríos, pero el calor del pene de mi padre era suficiente para detenerme de gemir incomoda.

El sexo fue suave, pero las penetraciones iban en aumento a cada minuto que pasaba, hasta que el sonido de pieles se escuchaba segundo a segundo.

Mi padre estaba sudado, con el semblante extasiado y sosteniendome con sus dos manos de las piernas.

Podía ver su pubis moverse en vaivenes curvos, como si bailara para mí.

El roce de pieles era placentero y finalmente noté como estaba mi vagina.

Había manchas de sangre, algo que me asustó, pero al percibir que no había más sangre, no le di tanta importancia.

Mi vagina estaba estirada a los lados, formando un circulo alrededor del pene de mi padre.

Parecía un cilindro de carne amoldandose al falo viril de mi progenitor en cada embestida.

Mi padre notó mi rostro curioso y gruñó de gusto.

—¿Te gusta lo que ves, hija?

Observé lo que hacía con mi cuerpo sometido al suyo y sonreí.

—Lo adoro, papi.

Escuché un sonido de gusto de sus labios, luego me cambió de posición.

Estaba bocaabajo en la cama con el trasero en alto.

Mi padre arrodilló una de sus piernas y la otra la inclinó hacia un lado de mis caderas, su pene entró de una en mi vagina continuando con las penetraciones en aquella nueva posición.

Parecía que estaba empujando con su pelvis hacia abajo mi trasero, metiendo con fuerza su pene en mi vagina y generando que mi clítoris se estremeciera de gusto.

La nueva postura aumentó los golpes de piel y me hizo sentir el pene de mi padre entrar de otra manera.

Gemí todo el rato que duró en esa posición, sintiendo sus nalgadas entre arremetidas y sus palabras de amor.

Mi padre no se detuvo mucho tiempo en esa postura. Luego, me puso de rodillas, usando mis manos de apoyo, él detrás mío, sosteniendome con sus manos de las caderas y embistiendome con fuerza.

Sus vaivenes eran certeros, no parecía cansarse y no paraba de cambiar de postura cada pocos minutos.

Ahora estaba de pie, conmigo montándolo, mi boca abierta y mis párpados cerrados.

Sus penetraciones eran profundas en aquella posición, era como si su pene llegará más lejos y podía sentir cada entrada como un logro.

Era extrañamente intoxicante de sentir, una mezcla entre tener algo extraño metido y aún así querer meterlo más.

Mi padre tuvo sexo conmigo en esa posición por diez minutos y luego pasó de vuelta a la cama.

Esta vez a la orilla de la cama, él de pie golpeando mi pelvis y yo bocaarriba recibiendo sus penetraciones.

No se detuvo y pasó a ponerme bocabajo, esta vez acostada con las rodillas aplastadas por mi cuerpo.

Mi culo estaba muy abierto sobresaliendo de la cama. El pene de mi padre entró con facilidad en mi vagina y continuó follandome en esa extraña posición.

Sentía como si tuviera ganas de orinar y lo hice sin pensar.

Chorros amarillos mojaron el pene y el suelo del cuarto de mi padre, manchando tambien sus piernas, donde hilos de orines bajaban de sus músculos.

Él se limitó a soltar un gemido grave y seguir penetrandome, sin importarle el desastre que había hecho.

A los minutos estaba él en la cama, de rodillas y yo todavía en esa extraña posición de antes.

Mi padre me veía desde lo alto con una mirada de fascinación, su pene entraba y salía con facilidad de mi vagina. Sus caderas se mecían de arriba abajo de manera mecanica, con una experiencia digna de un semental, sin perder el ritmo ni la fuerza.

Me sostenía de las nalgas con sus manos y me hacía subir y bajar para penetrarme, mientras él movía su cuerpo al mismo tiempo.

Fue lo más placentero que sentí y volví a tener un orgasmo.

El lubricante salpicó el colchón de la cama y me quedé jadeando en la cama, todavía recibiendo las embestidas de mi padre.

Me sentía desorientada y cansada, escuchando el sonido de pieles y los gemidos que profería mi padre y yo.

Mi cuerpo se movía en fuertes empujones hacia adelante y atrás, con la cama temblando debajo mío y amortiguando la fuerza de las penetraciones.

Con un último golpe, mi padre descargó su semen en mi interior.

Le sentí inclinarse apoyando su figura y manos en mi cuerpo, escuchando sus jadeos de placer al liberarse.

—Voy a preñarte.

—Papi.

—¿Quieres que lo haga, bebé? ¿Deseas ser madre de mi hijo?

Asentí anonada y mi padre me besó los labios.

Me dió una nalgada y negó con la cabeza.

—Todavía no. Mereces vivir el resto de tu juventud. Cuando seas una adulta funcional, y solo en ese caso, te preñaré con mi hijo.

Sus palabras me hicieron mirarle y su expresión de arrogancia me hizo sonreir.

Se veía tan dominante y seguro encima mío, con su cuerpo de macho sudado después de tener sexo conmigo.

El olor que desprendía su cuerpo era la gloria, con ese sudor picante con su colonia mezclada. Se había vuelto mi aroma favorito.

—¿Te gusta la idea, hija? ¿Crees que sería un buen regalo de Papá?

—¡El mejor! —dije.

Mi padre volvió a besar mis labios, esta vez, acostándose conmigo y sosteniendome en sus brazos.

Nos acomodamos en la cama, limitándonos a compartir nuestros besos y caricias.

Él con mi vagina recien estrenada y yo con su pene semierecto.

—Te amo, Papá.

—Yo te amo más, hija. Tanto que no puedes imaginar.

 

Gracias por leer. Si desean charlar, estoy en telegram. Voy a continuar con las sagas que dejé pendientes para terminarlas. Si tienen alguna en mente no duden en dejarla en los comentarios o al charlar conmigo.

@Remaster64TL28.

Nos leemos luego.

1511 Lecturas/24 enero, 2026/3 Comentarios/por Remaster64
Etiquetas: amiga, baño, hija, hijo, madre, mayor, padre, sexo
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3 comentarios
  1. Gabe0006 Dice:
    25 enero, 2026 en 8:05 pm

    ¡Que delicioso regale! A los 12 años vi la verga de papá bien erecta y después de eso me mansturbe muchas veces Imaginando que la chupaba y que me la metía estando yo en 4. De las mejores pajas que he tenido.

    Accede para responder
  2. rolo1980 Dice:
    26 enero, 2026 en 10:45 am

    Que delicia como iniciaste a tú hija, espero más relatos.

    Accede para responder
  3. Regueton Dice:
    6 febrero, 2026 en 1:48 pm

    Que regalo nos haces tú. El relato es sensacional y queremos más relatos de esta serie. A lo mejor aprende a compartir con su amiga y un trio muy caliente con las dos. Y pueden incorporar más actores, el padre de la amiga, otras compañeras, …

    Accede para responder

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