En Punta Larga Candelaria
Un buen día llegue a bañarme a la piscina como de costumbre. Extendí mi toalla en una tumbona y me acosté en ella boca abajo. El sol se sentía tan rico que me quité la parte de arriba del bikini..
Vivo en un residencial con piscina. Me vuelve loca bañarme y nadar en ella. No es una piscina muy grande pero siempre esta fresquita porque cambian el agua a diario. No suele ir gente en invierno, así que me gusta hacer top-less.
Tengo unos pechos muy generosos con areolas grandes y rosadas y mi piel es blanca. Mi pelo largo moreno algo ondulado. Mido 1.67 y peso 64 kg. Además, mis labios vaginales son gruesos y lo llevo totalmente depilado.
Un buen día llegue a bañarme a la piscina como de costumbre. Extendí mi toalla en una tumbona y me acosté en ella boca abajo. El sol se sentía tan rico que me quité la parte de arriba del bikini.
Me quedé dormida y me despertaron. Yo, al venir en mi me asusté porque un hombre mayor estaba a mi lado y me decía: “Niña, no puedes estar tanto rato al sol. Te vas a poner muy roja”. En seguida me tapé. Nunca había visto a ese hombre y me extrañó eso.
“Gracias, me he quedado dormida” le dije mientras me incorporaba. Era un hombre como de unos 65 años, muy grueso y panzón pero fuerte. Calculé que debía medir menos de 1.75 y pesar unos 125 kilos. Tenía un bañador tipo bermudas que le quedaba algo estrecho. Le miré de arriba abajo y me impactó la barriga tan grande y dura que tenía. El resto del cuerpo estaba en consonancia.
“Es usted de aquí” le pregunte a la vez que él me pedia permiso para sentarse en la tumbona de al lado. “Sí, pero acabamos de llegar a vivir”, me contesto con una voz grave y profunda.
Cuando se sentó me fijé en lo gruesas y fuertes piernas que tenía, sobre todo los gemelos y, supuse que hablaba con un casado al verle un anillo de oro en un de sus dedos. También de oro, le colgaba una cadena con un cristo. Así sentado como estaba parecía más corpulento y panzón.
“Bueno, voy a volver con mi mujer” me dijo mientras sonreía señalando a una señora de calculo unos 50 años con el pelo corto. Estaba tumbada y nos miraba. Me fijé que al igual que yo tenía unas tetas grandes y era un poco gordita.
Desde la distancia me di cuenta de que el señor tenía el cabello algo canoso y con la raya a un lado le colgaba algo de flequillo. Nunca había visto un hombre tan gordo y bruto. Tenía una nariz aguileña y unos brazos potentes.
No sé que me había ocurrido pero aquel hombre me excitaba mucho e imagine como sería su vida sexual marital. Estaba tan confusa por el interes que me generaba que me vestí y me marché.
Al llegar a casa me me quité lo que llevaba puesto y fui a tomar una ducha. Mientras caía el agua no pude evitar el sentarme y empezar a acariciar mis grandes tetas con una mano y, con la otra, masturbarme pensando como sería en la cama aquel portento de hombre. Mis labios estaban hinchados de lo excitada que estaba y tuve un gran orgasmo.
Pasaron unos días en los que seguí yendo a nadar. Ya me había olvidado de todo aquello cuando al coger el ascensor me encontré con aquel hombre otra vez.
Yo iba vestida con una blusa larga semi transparente y con el bikini debajo y unas sandalias de tacón. “Buenas tardes” nos dijimos mutuamente.
Él iba vestido como un hombre mayor de su edad. Pantalón gris con zapatos negros y camisa celeste con rebeca de botones. Todo le quedaba estrecho debido a su corpulencia. Volví a ponerme muy caliente solo de estar a su lado y, de repente, no pude estar callada y le dije: “Le gusta beber?”.
No sé porque me salió aquello pero él, muy lejos de contrariarse me respondió con absoluta normalidad que sí. “Le gustaría tomar un trago en mi penthouse ahora?” le pregunte. “No tengo tiempo, mi mujer me espera para ir al supermercado”.
Su negativa me puso aún más caliente ya que no tenía costumbre de que me rechazaran así. El ascensor se paró en el cuarto piso y él sonriendo se despidió guiándome el ojo.
Obviamente le empecé a desear. Con su actitud me dejaba ver que era un hombre de su casa y conservador. Cualquier otro se me hubiera insinuado desde el minuto uno, pero aquel hombre tenía principios inquebrantables y eso me encantaba.
Es más, noté como si mi coqueteo le asustara. Nunca imagine que desearía a un hombre gordo pero tengo que reconocer que sus modales eran muy atractivos.
Averigué en que pent-house vivía y busqué de tocarle en la puerta cuando estuviera solo. “Hola, disculpe. Me he quedado sin azúcar”. Él sorprendido me invitó a pasar y me dijo “Por supuesto. Mi nombre es Antonio. Encantado”. Cuando le dije mi nombre sonrió y me llevó al salón. “En seguida le traigo el azúcar, siéntese por favor”.
Era tan educado y formal que me puse a mil cuando volvió de la cocina sentándose a mi lado en el sillón. Yo ya estaba húmeda y mis pezones bien parados. Un silencio incómodo nos envolvió y a mi se me ocurrió acercarme a él y darle un beso en la mejilla.
Cuando lo hice me sonrió y yo loca de deseo empecé a desabrocharle la camisa. Metí la mano dentro sobándole sus tetas que estaban hinchadas y duras y le volví a besar, esta vez en los labios.
Me asombró ver como quieto y serio no me tocó y esperó acontecimientos. Me quité la blusa para mostrarle mis desnudos y sugerentes pechos y ni se inmutó. Aquello era demasiado para mi y, ni corta ni perezosa, me senté en su fuerte y voluminosa pierna y le volví a besar para excitarlo.
Lleve mi pecho izquierdo a su boca mientras sacaba de sus pantalones la camisa. Entonces empezó a besar mis tetas con los ojos cerrados. Sus labios eran finos, casi ni se apreciaban, pero besaban tan bien que sentí que aquel formidable señor tenía que ser mio.
Él me pidió permiso para bajarse los pantalones y los calzoncillos pero le dije que los dejara en sus tobillos. Cuando los bajo pude ver que estaba dotadísimo. Su polla era muy gruesa y no muy grande. Me pareció preciosa.
Sin poder evitarlo me abalancé sobre ella y me la metí en la boca que subía y bajaba por aquella gorda verga. De rodillas en el suelo se la chupe un buen rato. Él, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás se dejaba hacer inmóvil.
No pude más y me senté encima de sus piernas dándole la espalda. Agarré el tronco de aquel pepino y puse el grueso glande en mi vagina toda hinchada. La golpeé varias veces en mi raja. Era muy gruesa y pensé que era imposible meterme aquello. Pero poco a poco y en cuclillas, fui sentándome encima y bajando por aquel pollón.
Así fui cabalgándolo. Me llenaba toda. Empecé a acariciar sus grandes pelotas ante su impasibilidad ya que ni me tocaba. Mientras cabalgaba cogí sus gruesas manos y las posé en mi excitadas tetas. Él respondió y bajo una de ellas hacia mi cadera acariciándomela a la vez que pellizcaba mis pezones con la otra.
Me impresionó su potencia sexual porque después de 20 minutos subiendo y bajando por ese badajo, no eyaculaba dentro de mi. Me levanté y de rodillas me propuse que lo hiciera mamándosela. Al cabo de un rato y al ver que no se corría dude de mis encantos. Prácticamente lo estaba violando con mi coño y mi boca y él, con su pollón hinchado y duro, se mantenía impertérrito.
Aquel hombre gordo, fuerte y mayor era un semental disfrazado de jubilado y yo gemía de placer devorando su verga de rodillas.
Tuve tres orgasmos antes de que se viniera porque su masculinidad y su sexo estaban a una altura inimaginable cuando le conocí.
Aún no se corría y decidí volver a sentarme encima, esta vez con mis piernas bien abiertas y a su frente.
Lo besaba mientras subía y bajaba y él se dejaba hacer hasta que me inundó con unos potentes chorros de sémen.
Yo seguí subiendo y bajando largo rato para provocar mi tercer orgasmo y él lejos de desinflarse la tenía más dura dentro de mi.
Finalmente y en éxtasis empapé aquella gruesa polla y aquellas grandes pelotas con mis flujos y le di las gracias por haberme hecho más mujer. La mujer que a partir de entonces se cayó rendida a sus pies.
telegram: @tempo539


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