Érase una vez… un Caperucito
Esta es la historia de un Caperucito inocente, un macho carpintero, un motoquero lobuno y un abuelito libidinoso…
Era esa época del año, en la que se deja atrás la primavera y se entra en el verano, empezando ese calor húmedo que hace a los cuerpos transpirar y hacer que la piel se sienta pegajosa y tenga ese sabor salado del sudor. Nuestro “Caperucito”, no es otro que un chico de piel blanca pálida, contextura delgada y algo afeminada, sobre todo al ser tan lampiño. A sus 14 años únicamente tenía una pelusita negra en su pubis y unos cuantos vellitos en las axilas. Su cabello es negro ensortijado, tiene los ojos azules, los labios rosas como sus tetillas, y su bonito rostro está salpicado con muchas pequitas café claras. Ese día llevaba puesto un pantaloncillo muy corto de mezclilla celeste, que acentuaba su redondo y respingado trasero adolescente, con una camiseta blanca de tirantes muy ceñida, que se le marcaban los pezoncitos duros debajo, y tan corta que su plano abdomen y lindo ombligo quedaba expuestos siempre con el más mínimo movimiento. Usaba zapatillas deportivas blancas con medias en juego a media pierna y sobre su cabeza llevaba sin falta su gorra favorita de color rojo.
Salió de la casa y se dirigió a la parte posterior, a un área boscosa donde su papá tiene su taller de carpintería y ebanistería. Cuando llegó, se sorprendió al hallar a su progenitor orinando en medio de unos arbustos cercanos como si nada. El hombre de familia simplemente se había bajado la cremallera y por esta había liberado su miembro masculino, del cual soltaba un poderoso chorro de orina muy amarilla. El chico se quedó boquiabierto al ver las dimensiones de la hombría de su padre, que, aun estando flácida, ésta es muy grande y gruesa, además de ser cabezona por fuera del oscuro prepucio, y por la abertura del pantalón le salían muchísimos pelos púbicos negros, largos y bien enmarañados como símbolos de virilidad.
– ¡Oh, perdón papi! No…no sabía qué… −Se excusó el jovencito sin despegar la vista de aquella entrepierna paterna.
– Ah, hijo, eres tú. −Contestó su papá al darse cuenta de que lo miraba su hijo, pero muy tranquilamente continuó soltando sus poderosas meadas, sosteniéndosela con una de sus rudas manos y con la otra se rascaba el pelo en pecho negro que se le veía, pues andaba con su camisa desabotonada− ¿Ya estás listo para ir a lo de tu abuelo?
– Eh…sí, papi. −Y levantó con las dos manos la mochila anaranjada que traía, mientras observaba como las últimas gotas de orina salían del ojete fálico de la herramienta de su papá y como éste corría su prepucio para escurrírsela.
El señor Rosso es un viudo de 45 años, carpintero y ebanista de profesión, alto y fuerte por trabajar toda su vida con las manos, desarrollando y definiendo así su imponente musculatura. Su piel es blanca, pero bronceada por trabajar siempre bajo el arduo sol; por lo que sólo la tez de su área pélvica es tres tonos más claros que el resto. Él como su joven hijo también tiene el cabello ensortijado oscuro y en juego usa una tupida barba negra; pero en cambio sus ojos son marrones, y tiene un rostro de semblante serio y muy varonil. Su cuerpo es bastante velludo, en especial en contraste con su hijo lampiño. Él tiene sus macizas piernas y fornidos brazos cubiertos de pelos rizados, y también en su ancho pechote y prominente barriga cervecera, que marca un camino de vellos que suben desde su tupido pelo púbico como oloroso matorral viril.
– Bien, quiero que vayas directo a la casa de tu abuelo sin distraerte. Y nada de hablar con extraños. Aún eres algo nene y puedes llamar la atención de algún aprovechado. −Le dijo su padre en lo que se guardaba su recio falo.
– Sí, papi. Lo que usted mande. −Y el chico tragó toda la saliva que se le había llenado en la boca, sintiendo al mismo tiempo como bajo el pantaloncillo su anito tenía un espasmo involuntario.
– Así me gusta. Ve, que se te hace tarde. −Agregó el hombre paternal y le dio una nalgada afectiva a su muchacho; que su escuálido hijo trastabilló y fue a dar contra el torso de su padre, pudiendo así sentir todos esos vellos sudados, y el intenso y penetrante olor a testosterona que le emanaba al transpirar− Y ten cuidado, hijo.
En la mochila naranja su papá le empacó las cosas que tenía que llevarle a su abuelo. Un ‘six-pack’ de cervezas, una botella ambarina de ron, una caja de puros, un frasco de vaselina y una ristra de condones. Estos últimos llamaron la atención del chico, pues antes de que su padre cerrara el bolso, él leyó que eran talla ‘Large’ y decían ser extra resistentes; por lo que en lo que ya había avanzado bastante, estando ya bien lejos, se detuvo a un lado del camino para poder espiar dentro de la mochila y revisar aquello que le causaba tanta curiosidad. Nuestro Caperucito, aun con 14 años es muy inocente y no tiene ningún tipo de experiencia sexual, ni siquiera sabe masturbarse. Cuando se pone durito, lo único que sabe hacer es frotarse contra las cosas, pues con eso siente rico, aunque nunca se ha corrido. Pero en eso el chico de la gorra roja oyó el estruendo de una motocicleta acercarse y acto seguido escuchó una voz ronca de hombre que parecía dirigirse a él.
– ¡Hey, niño! ¿A dónde vas? −Le habló el hombre desde la moto− Una cosita tan bonita como tú no debería andar por aquí solito. Te puede pasar algo si no tienes cuidado.
– Eh…se supone que no debo hablar con desconocidos. −Respondió poniéndose de nuevo en los hombros la mochila.
El extraño fumaba y en lo que arrojaba el humo, el jovencito podía ver sus facciones rudas y masculinas. Su pelo era lacio azabache, de largas patillas que se transformaban en barba a los costados de su mandíbula cuadrada. El resto lo llevaba afeitado, pero con una marcada sombra gris y pelitos que comenzaban a crecer. Tenía una uniceja tupida y debajo de esta sus ojos era cafés cobrizos, que por el humo a veces parecían tornarse rojos y ferales.
– Ja, Ja, Ja… Tú eres el hijo del machote carpintero de aquí cerca, ¿no es así?
– ¡Ah! Sí… −Se sorprendió el inocente muchachito al oír eso− Sí, él es mi papi. ¿Lo conoce?
– Claro, somos buenos amigos desde niños. Por eso te digo que yo puedo llevarte a donde sea que te dirijas.
El misterioso motoquero se llama Volk y tiene 39 años de edad. Traía puesto un pantalón oscuro de mezclilla, todo rasgado y tan ajustado que sobre el asiento de la moto se le marcaba muchísimo el bulto de la entrepierna. Llevaba una chamarra de cuero negro, en juego con sus altas botas y cinturón, el cual tenía una enorme hebilla con una calavera gravada. La chamarra estaba llena de cremalleras y púas metálicas, y la traía abierta sin nada debajo, dejando ver su torso muy musculoso y exageradamente velludo. Su abdomen con cuadritos estaba cubierto de densos pelos y los de su pecho eran tantos que subían a su cuello y se regaban por hombros y espalda. Hablando de cuello, el motoquero usaba en el suyo una gruesa cadena plateada, como para encadenar llantas, y en ésta colgaba un prendedor plateado en forma de cabeza de lobo; muy propio del aspecto lobuno de su dueño.
– ¿Qué dices entonces lindura, te llevo? −Prosiguió con insistencia Volk− Si te subes conmigo te puedo llevar a un lugar que te va a gustar mucho. Siempre llevo nenes de tu edad o más niños y les encanta, ¿qué dices precioso?
– Eh…es que mi papi… −El inocente chico dudaba. Aquel masculino hombre de la moto le llamaba mucho la atención por alguna razón que él no entendía todavía; además, éste tenía ese mismo olor a testosterona de su padre y que a él tanto le gustaba− No gracias, señor. Es que no puedo. Debo ir yo solo a casa de mi abuelito. Y de todas formas ya estoy bastante cerca, al final de la calle.
– Imagino tu abuelo estará esperando con ansias ver tu culito. Nenes tan ricos como tú son lo que mantienen enérgicos a los viejos libidinosos. −Y se estrujó su abultada entrepierna viendo la carita confundida del jovencito.
– De nuevo muchas gracias señor. Le diré a mi papi que me lo encontré y que usted le manda saludos.
– Claro, y dile al grandulón de tu padre que tiene mucha suerte de tener en casa a una lindura usable como tú.
Con eso último el motoquero arrancó y se marchó raudo, levantando una polvareda que el chico de la gorra roja se quedó tosiendo y sacudiéndose el polvo, tratando de entender lo que el hombre de la moto le había insinuado.
Volk conducía su ‘Chopper’, toda cromada y negra, con diseño a los costados de llamas; mientras su recia vergota iba bien erecta y sacudiéndose insatisfecha bajo el pantalón, que le molestaba y hasta dolía.
– ¡Condenado putito que me ha dejado con las ganas! −Habló para sí mismo− Está tan rico e inocente que no sé como no lo han estrenado ya… ¡Joder! Sólo de hablar con el putito me he puesto durísimo. Cómo me habría encantado reventarle el anito y mandárselo lleno de mi leche al macho de su padre. Apuesto que a él también le entran ganas de perforarle el culito a su nene… Pero tengo un plan para salirme con la mía.
El motoquero vestido de cuero parqueó su Chopper entre unos arbustos y a un costado de la vieja casa al final del camino, retirada de todo y rodeada de árboles. Esa era la morada del abuelo de Caperucito. El hombre de la moto había llegado antes que el nieto, por lo que sin tocar a la puerta simplemente entró con sigilo y así encontró al dueño de la vivienda sentado en uno de los sofás de su sala, sin nada de ropa, excepto por su calzoncillo blanco el cual estaba a la altura de los tobillos, puesto que el maduro hombre se estaba haciendo una buena paja mientras veía una porno en la televisión; pero no una cualquiera, una donde dos muchachos de aspecto bien joven estaban de rodillas mamando a la vez a un hombre mayor con ropa ‘BDSM’.
– Vaya coincidencia. Al viejo cerdo le gusta jalársela pensando en jovencitos putos.
– ¡¡OH…SANTO CIELO!! ¡¡¿QUIÉN ERES?!! ¡¡¿QUÉ HACES EN MI CASA?!! −Exclamó el maduro asustado, en lo que se cubría su rolliza erección con un cojín y de un brinco se levantaba del sillón para encarar al intruso.
El abuelo del chico, padre de su mamá, es un hombre mayor de 64 años que vive solo. El viejo es de piel pálida, de complexión robusta y de sobresaliente panza; pero de pecho labrado, y brazos y piernas fornidas, vestigios de su fuerte juventud. Se está quedando calvo, por lo que su arrugada frente es muy prominente, teniendo sólo cabello blanco en las patillas y alrededor de la coronilla. Sus cejas también son blancas y esponjosas como su frondoso bigote, y usa unas gafas en media luna que enmarcan sus ojos azules muy claros. Él también es muy velludo de todo su cuerpo; sólo que casi todos los pelos que lo cubren son canosos, entre grises y blancos como la nieve, por lo que no se echan de ver tanto como cuando eran negros y él era más joven.
– Tranquilo, mi viejo. Soy conocido de su yerno. −Mintió Volk− Y yo también tengo los mismos gustos suyos.
Y luego de decir eso, el motoquero se quitó la chamarra, mostrando mejor su musculoso cuerpo todo cubierto de vellos y se apretó el prominente bulto entre sus piernas, algo que no pasó desapercibido por el maduro.
– Pe…pero, ¿qué es lo qué quieres? −Inquirió el aun aprensivo anciano.
– Que nos divirtamos un poco como te gusta. Y señaló la porno en la vieja televisión y de ahí sacó su vergota erecta.
Entonces, a pesar de estar todavía algo confundido, el abuelo sonrió al ver ese otro formidable miembro masculino en plenitud y de ahí el resto de ese viril hombre de aspecto sadomasoquista; por lo que soltó el cojín y dejó a la vista que él también seguía duro y escurriendo de su morcillozo falo.
Mientras tanto… El señor Rosso seguía trabajando en su taller. Se había quitado la camisa manga-cortas y con ella se limpiaba el sudor de la frente y después se la pasó por sus peludos sobacos y el resto de su velludo torso. En eso, no pudo evitar recordar como iba vestido su hijo con ese ajustado pantaloncillo, tan cortito que se le veían parte de sus pálidas, lampiñas y redonditas nalgas. Y esa camisetita de tirantes tan diminuta que siempre provocaba, mostrando sus tetillas rosadas o su vientrecito plano tan pueril. El vergón de aquel padre de familia se había puesto durísimo y tan hinchado imaginando a su propio hijo de 14 años, que tuvo que sacárselo del pantalón y calzoncillo, y se comenzó a masturbar ahí mismo, entre maderos y múltiples herramientas rústicas como él. El pobre señor Rosso había quedado viudo desde hacía muchos años, siendo él único responsable de cuidar y criar a su pequeño, que ahora crecía y se tornaba tan hermoso y femenino que despertaba la lujuria de este macho solitario. El hombre no podía evitar el formar en su cabeza imágenes incestuosas con su vástago, lo imaginaba desnudo hincado abriendo la boquita y él meándolo como había hecho esa mañana ahí mismo en el taller, sólo que ahora en su mente usaba la carita de su hijo como su urinario. Se la jalaba cada vez más rápido y fuerte, dejando que su imaginación depravada dibujara a su muchachito mamándosela y pidiéndole con la boca llena su leche paterna. El señor Rosso sudaba más por el morbo enfermo, el cual controlaba y dirigía su masturbación. Él estaba tan necesitado de placer sexual que hasta su propio primogénito le despertaba esa calentura, que le ardía desde sus pesados y peludos huevos llenos de su semen, hasta la punta de su poderoso instrumento viril por donde ahora arrojaba chorro tras chorro de su esperma paternal, regándola por todo el piso lleno de virutas y aserrín.
– ¡Uff…! ¡Dios, qué buena paja me he hecho! −Habló en voz alta el padre de familia, en lo que con su mano corría el prepucio para cubrir su falo y terminar de escurrir el último hilo espeso de su semen al suelo− Espero que mi hijo haya llegado bien y no se haya metido en ningún problema.
Entretanto… Del otro lado del prado, el chico de la gorra roja ya había llegado a casa de su abuelo materno. Subía por los escalones del pórtico y quitándose la mochila tocó a la puerta. Pero no hubo respuesta, por lo que volvió a tocar y de nuevo otra vez, y al seguir sin respuesta alguna, el joven tímidamente abrió y habló:
– Abuelito, soy yo… ¿Estás en casa…? ¡¡ABUE—!!
Y en lo que nuestro Caperucito entraba y miraba en el interior de la sala, éste se llevó una enorme sorpresa. Sobre la mesita del café se hallaba su abuelo, completamente desnudo, acostado boca arriba y con las piernas peludas bien abiertas y alzadas por el aire. Y detrás de él estaba el hombre de la moto, también sin ropa, excepto por la gruesa cadena en su cuello y las botas de cuero negro que hacían juego con unas braceras del mismo color y material. Ambos estabas empapados en sudor, en lo que Volk sujetaba al maduro por los tobillos y aprovechaba la posición para penetrarlo con feroces embestidas pélvicas.
– Vaya, finalmente llegas putito. −Le dijo al chico el lobuno motoquero, al verlo parado en medio de la sala con su carita boquiabierta− Ya me estaba cansando de coger a este viejo cerdo.
El atónito jovencito veía aquella extraña escena, miraba confundido lo que esos dos adultos hacían. Su abuelo tenía en su boca un calzoncillo sucio a modo de mordaza, por lo que no podía hablar, y se agarraba del borde de la mesita de madera, mientras el otro velludo hombre empujaba adentro y afuera su miembro masculino por el culo del maduro, al mismo tiempo que el de este último se sacudía duro sobre su gran panza con cada movimiento.
– ¡A…abuelito, ¿qué estás haciendo con el señor de la motocicleta?! −Preguntó el inocente Caperucito en lo que se acercaba más y dejaba caer su bolso al piso. Ya estaba a sólo un palmo, que podía oler el sudor salado de esos dos hombres. La verga de su abuelo le resultó sorprendentemente gorda, tan maciza y rolliza como las latas de cerveza que el chico había traído en su mochila, y ésta rebotaba firme y venosa en una tupida cama de pelos púbicos blancos como algodones− ¡Abuelito, ¿qué penesote más grande tienes?!
– Es para que se lo mames mejor. −Contestó Volk y tomó agresivamente al chico por la cabeza y lo obligó para que éste se agachara y terminara metiéndose en la boca el gordo falo de su abuelo.
Así, a la fuerza y sin entender lo que estaba pasando, el chico de la gorra roja terminó mamando su primera hombría, la de su propio abuelo; quien estaba cada vez más caliente y complacido de haberle seguido el juego al desconocido que había irrumpido en su morada. Caperucito mamaba todo lo que podía, atorado y sintiendo como sus ojitos azules se llenaban de lagrimitas a la vez que su boca estaba repleta de la carne viril de su querido abuelito.
– Eso es, que buen putito. Ahora es mi turno. −Dijo el dominante macho, sacando su vergota del culo del anciano y poniéndola frente a la carita colorada de nuestro precioso Caperucito.
El miembro masculino de Volk también impresionó al jovencito, que tragó saliva y los fluidos fálicos de su abuelo. Aquel vergón era sólido y de pura fibra. El color del prepucio venoso era más oscuro que el resto de su piel canela. Pero lo más impresionante era lo velludo de ese vergota; pues los pelos le subían del pubis por la gruesa base y cubrían la mitad de aquella nervuda virilidad, haciéndola ver salvaje y bestial.
– ¡No, alto! Por favor… Le diré a mi papi…
– ¿Tu papi? Ja, Ja, Ja… −Se rio a carcajadas el hombre− Si apuesto a que el grandulón de tu padre quiere que tu seas el ‘chupa-vergas’ que naciste para ser. Todos los papás quieren cogerse a sus hijitos putos.
Y el rudo macho le restregó su recio miembro por la carita al inocente muchachito, reteniéndolo con una pesada manota sobre la gorra roja, y de ahí le puso enfrente su jugoso y gran glande; el cual escurría por el ojete de la uretra, en donde este tenía un ‘piercing’ en forma de gruesa argolla metálica. Sin más remedio el chico engulló aquello, sintiendo como el hombre lo sometía por la cabeza y lo hacía tragar más, que el piercing parecía rozarle las amígdalas, a la vez que empujaba con su pelvis y lo follaba por la boca.
Por su parte, el abuelo panzón se había incorporado y ahora estaba a cuatro sobre la mesita, viendo como el intruso fornicaba oralmente a su lindo nietecito; por lo que él se agarró la gorda verga y se empezó a pajear encantado con la vista, jadeando y babeando con lujuria, tanto que hasta sus gafas de media luna se le empañaban.
– ¡Mmmghh~! ¡Ugh~! ¡Mmmghh~! ¡Blegh~! ¡Mmmghh~! ¡Ugh~! −Se escuchaban las arcadas del jovencito; hasta que Volk se apiadó y lo soltó para que éste recuperara el aliento tosiendo, ya de rodillas en el suelo. Y en lo que el chico alzó la mirada, su vista instintivamente se posó en aquella viril y poderosa entrepierna masculina adulta.
– ¡Señor, ¿qué huevos tan grandes y peludos tiene?! −Dijo sin poder resistir su inocente curiosidad y asombro.
– Son para que me los chupes mejor. −Le contestó el macho− Vamos, se un buen putito y chúpamelos bien.
Entonces el obediente Caperucito comenzó pasando su lengüita rosada por aquel enorme escroto lleno de pelos. El chico sentía lo áspero de esos vellos y su sabor salado; pero ambas cosas le gustaron, que pronto estaba chupándolos muy bien uno por uno, prensadito como un tierno ternerito hambriento.
El lobuno motoquero se dejaba complacido, riéndose satisfecho de que su instinto no le había fallado, pues él sabía muy bien que ese joven era un puto innato. Al cabo de un rato, el chico de la gorra roja se detuvo, tenía la boca seca, y cuando se giró, vio el rostro afable y gozoso de su abuelo, quien lo miraba con su lengua defuera.
– ¡Abuelito, ¿qué lenguota más grande y salivosa tienes?!
– Es para que me beses mejor. −Y el maduro hombre tomó a su nieto y haciendo que éste primero le chupara la lengua, luego se besaron y comieron las bocas en lo que sería el primer beso pasional del muchacho de 14 años.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Nnnghh…qué rico, abuelito! ¡Mmmm…Slurp~! −Confesaba el crío bajo el bigote del anciano.
Aprovechando esa unión especial entre un abuelo y su nietecito, Volk le arrancó la camisetita de tirantes al chico y le sacó el pantaloncillo corto, dejando al descubierto el fino y delicado cuerpo de ese hermoso jovencito; por lo que él le pasó sus rudas manos y lo acarició por completo, le estrujó las tetillas y le apretó las redondas nalgas, sólo para después usar su lengua y deleitarse del sabor y aroma pueril del Caperucito.
– ¡Joder! Pero que buen culo tiene este putito. −Exclamó el velludo hombre de aspecto feral, al mismo tiempo en el que le hurgaba la rajita lampiña y descubría ese terso anito rosado, adornado alrededor por una corona de suaves pelitos negros− Se nota que lo tienes diseñado para recibir vergas de machos… ¡Uff~! ¡Cómo se abre solito!
– ¿Qué está haciendo, señor? −Quiso saber nuestro inocente muchachito, en lo que justo Volk le introdujo uno de sus gruesos dedos en seco− ¡¡AY!! ¡No, alto! ¡Nnnghh~! ¡Duele! Por favor, eso no… ¡Nnnghh~!
– Tranquilo, bebé. Déjate y verás como te va a gustar mucho. −Le susurró su abuelo al oído y luego le metió la lengua, a la vez que el otro hombre le metía el segundo nudoso y velludo dedo por su anito virgen.
– ¡Mmmghh~! ¡Nnnghh~! ¡Agh~! ¡Mmmghh~! −Se oían los quejiditos del joven, pero ahora mezclados con gemidos de gusto; puesto que el hábil Volk le hurgaba justo en la próstata, haciendo que su verga adolescente se irguiera.
Entonces el macho motoquero sacó sus dedos y se puso mejor a frotarle por la raja y el anito su formidable y venoso falo al crío, lubricándoselo con todos los jugos seminales que le escurrían. Y como ahora el viejo se había puesto otra vez boca arriba y de tal forma que podía alcanzar el miembro duro y juvenil de su nieto, mamándoselo en un perfecto ‘69’ sobre la mesita de madera; pues Caperucito también tenía a su alcance la entrepierna peluda y canosa de su abuelo, así que sin que se lo pidieran se puso nuevamente a chuparle el gordo trozo de carne viril. La verdad es que el confundido jovencito no sabía bien lo que pasaba, pero le estaba gustando de todas formas.
Y en eso sintió un tirón en el esfínter, como de desgarro, seguido de un intenso dolor y calor que lo invadía por dentro, así como algo muy grande, grueso y sólido ensartado en su interior, justo en sus entrañas intestinales. Nuestro Caperucito ya no era virgen, Volk acababa de penetrarlo y lograr metérsela entera de una clavada, hasta rozarle las respingadas y pálidas nalgas con su matorral negro de pelos púbicos. El chico de la gorra roja quiso gritar, pero tenía la boca llena con el trozote de su abuelo y cuando quiso dejar de mamársela para pedir que se la sacaran, Volk con su mano lo mantuvo sometido contra aquella entrepierna madura, que todo el gordo miembro masculino de su abuelo le llenaba hasta la garganta y sus ojitos azules se le nublaban; todo acompañado de las placenteras mamadas del viejo y las dolorosas embestidas ferales que el hombre de la moto le estaba propinando ya.
– ¡Mmmghh~! ¡Ugh~! ¡Mmmghh~! ¡Blegh~! −Se atoraba el aturdido crío, moqueando y salivando con fuertes arcadas, teniendo aquel rollizo y cabezón falo hasta la faringe, junto al roce de las canas púbicas en su nariz y labios.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Nnnghh…qué delicia! ¡Mmmm…Slurp~! −Se escuchaba al macho maduro mientras se deleitaba lamiendo y chupando ávidamente toda la joven virilidad de su nieto. Aquel falo adolescente estaba durísimo, y tenía un sabor y aroma a hombría nueva que enloquecía al libidinoso abuelo, a quien siempre le habían fascinado los menores por eso, que él también aprovechó para mamarle los huevitos lampiños al crío.
Volk, por su parte, arremetía con todo contra ese traserito tierno y virginal, gozando cada segundo de estrenarlo y abrírselo bien, ano y recto, hasta el colon. Sus recias caderas se movían como un lobo embramado montando a su hembra, rápido y vicioso. Cuando le sacaba su vergota venuda para contemplar la bella vista de ese agujerito juvenil todo abierto, enrojecido y con el interior rosado y húmedo, el anciano soltaba la de su nietecito sólo para poder engullirse la velluda y recia herramienta del intruso lobuno, ahora saborizada con el culo del muchachito.
– ¡Eso es! ¡Ahh~! Así me gusta… Que par de putos son los dos… ¡Ahh~! El nieto salió al abuelo… Ja, Ja, Ja…
Así estuvieron por un buen rato, los tres sudando a chorros toda la calentura morbosa que los invadía. El anciano boca arriba, sobre la mesita en medio de su sala, con la carita de su dulce nieto enterrada en su entrepierna, atorándose con toda su rolliza verga; mientras él se turnaba mamando a su nietecito o al dotado y peludo macho que afortunadamente había irrumpido su morada ese día. Y Volk disfrutaba entre resoplidos y jadeos ferales a ese par de putos generacionales, al joven por su estrecho y cálido culito, y luego al viejo por la boca, en lo que le follaba viciosamente la garganta. Pero de súbito la puerta principal se abrió y por ella entró el señor Rosso, quien quedó estupefacto con lo que encontró en la casa de su suegro:
– ¡¡¿PERO QUÉ DEMONIOS ESTÁ PASANDO AQUÍ?!! ¡¡¿HIJO?!! ¡¡¿CON TU ABUELO…?!! −Dijo primero mirando a sus familiares en pleno 69 y de ahí al tercero− ¡¡¿QUIÉN DIABLOS ERES TÚ?!!
– Mmmghh…p…api…Ugh… −Trató de hablar Caperucito al girarse y ver a su papá parado ahí, viéndolo a él desnudo, con la verga de su abuelo aún metida en su boquita, mientras un macho extraño le desvirgaba su culito de 14 años.
– ¡¡QUÍTATE DE ENCIMA DE MI HIJO!! −Continuó el fornido carpintero, en lo que a la fuerza separaba a Volk.
El rudo motoquero se hizo a un lado, teniendo su instrumento sodomizador todavía bien erguido e inyectado a tope, con todas les venas brotadas y arrojando jugos seminales al piso. El padre de familia bajó a su hijo y para su sorpresa notó como éste también tenía una erección, en lo que de pie se limpiaba la boca con el dorso de la mano.
– ¡Perdón, papi…! −Se disculpó, aunque no sabía muy bien porque, puesto que su propio abuelo lo había incitado a todo eso; aunque sí tenía claro que en ese momento su padre estaba fúrico.
– ¡Viejo asqueroso! −Se dirigió el señor Rosso al papá de quien fue su esposa− ¡¿Cómo pudo permitir esto? ¡¿Y hacer algo así con su propio nieto?! ¡¡ÉL ES MI HIJO!!
– Tranquilízate, macho. −Intervino Volk sonriendo y con su verga velluda sacudiéndose en el aire de lo dura− El nene lo estaba gozando antes de que llegaras. Sólo mira lo tiesa que tiene su verguita.
– ¡¡TÚ CÁLLATE O TE ROMPERÉ EL HOCICO!! −Le espetó el tosco carpintero al otro velludo hombre y con una manotada lo apartó para acercarse y tener bien acorralados a su joven vástago y suegro− Hijo, ¿es eso cierto?
– Eh…sí, papi… −Contestó Caperucito con voz suave y con cierta vergüenza− No…no sé porque, pero lo que hacíamos con abuelito y tu amigo me gustó mucho…me dolió un poco, pero se sentía rico también.
El hombre de familia se quedó inmóvil y en silencio, comprendiendo que su único y joven hijo no había estado siendo abusado por ese par de machos aprovechados, sino que en verdad lo había estado disfrutando.
– ¿Ya habías hecho esto antes, hijo? −Siguió el padre interrogando a su vástago.
– No, papi. Te juro que esta es la primera vez que hago estas cosas… ¿Está mal?
– Claro que no. −Intervino otra vez Volk jalándosela y corriéndose todo el prepucio− Y tu padre lo sabe. Él sabe que las cositas ricas como tú están para el goce de los machos adultos como nosotros tres.
– Bebé, ¿por qué no le muestras a papá lo que aprendiste recién? −Finalmente habló el abuelo, mientras con una mano se ajustaba sus gafas y con la otra también se pajeaba su gorda verga erecta− Bésalo como nos besamos.
Entonces el chico de la gorra roja eso hizo y antes de que su progenitor pudiera objetar. Se abalanzó contra su fuerte padre y abrazándolo de puntillas estiró su cuello y así alcanzó los labios de su papá y los besó con pasión. El señor Rosso pensó en detener aquello, pero el sentir los suaves labios rosas de su tierno muchachito contra los suyos y luego esa jugosa lengüita jugando con la suya carnosa, hizo que su propio miembro masculino comenzara a crecer y endurecerse bajo el pantalón; por lo que abrazó a su crío y con ambas manos callosas le estrujó las tersas y torneadas nalgas, dejándose llevar por sus deseos reprimidos por años hacia su hijito.
– ¡Qué hermosa escena! Déjenme traer mi cámara. −Comentó el maduro canoso en lo que no paraba de masturbarse.
– ¡Eso! Ahora métete el vergón de tu papi en la boca y chúpaselo, putito. −Agregó Volk relamiéndose con la deliciosa escena incestuosa entre ese macho padre y su hermoso y femenino hijo adolescente.
Nuestro adorable Caperucito se arrodilló frente a su progenitor y le desabrochó el pantalón, le bajó ansioso la cremallera y luego hurgó dentro del calzoncillo sudado y la frondosa maraña de pelos púbicos dentro, y sacó la herramienta viril con la que le habían dado vida 14 años atrás. El falo del señor Rosso ya estaba empalmado a plenitud y éste era enorme, el más grande de ese grupo de machos. Su vergota era la más larga por varios centímetros, pero sobre todo muy gruesa, incluso más que la del viejo, del diámetro del mismísimo antebrazo de su hijo. Además, su hombría se veía poderoso al ser tan venosa, recia y también muy peluda, superada sólo por la del feral Volk. Por su parte, el padre de familia ya estaba decidió a romper todo tabú, algo que él había deseado desde la infancia de su primogénito, así que se sacó la camisa transpirada y dejó a su heredero manosearle todo su enorme vergón y pesados par de huevos rugosos y velludos. Caperucito agarraba con ambas manos la verga de su papá, se sentía pesada y olía muy fuerte, y le dio un par de lamidas juntando el salado requesón que se le formaba en el glande tras haberse corrido, lo degustó y fascinado se puso a mamársela todo lo que pudo. Se llenó la boca y se puso a succionarle la punta y poco más, mientras con sus manos lo estrujaba por el tronco de abajo hacia arriba.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Nnnghh…qué grandota que la tienes, papi! ¡Mmmm…Slurp~!
Su padre lo sujetaba de la cabeza, por sobre la gorra roja, y lo presionaba contra su olorosa entrepierna llena de testosterona, haciendo que el jovencito engullera más, atorándolo y casi que desencajándole la mandíbula.
– ¡Mmmghh~! ¡Ugh~! ¡Mmmghh~! ¡Blegh~! ¡Mmmghh~! ¡Ugh~! −Se oían las arcadas guturales del chico.
– Hmmm…eso es bebé, cómete bien la vergota de tu papá… −Dijo el anciano corpulento de gorda verga, al tiempo que se ponía a la par de ese macho, para estar más cerca y ver mejor, así como oler el hedor a sobaco de su yerno.
– ¡Uff~! Sólo miren como el putito se toca a la vez que mama la verga de la que nació. −Agregó el lobuno de Volk colocándose detrás del crío, apoyando su maciza virilidad sobre uno de los hombros de Caperucito.
Éste estaba a merced de ese trío de machos embramados y sus viriles instrumentos de sodomía, los cuales palpitaban en el aire caliente y no paraban de escurrir sus jugos seminales sobre el muchacho. Todo eso le estaba gustando demasiado al joven, quien minuto a minuto perdía su inocencia y la remplazaba por sus instintos sexuales innatos. Caperucito se deleitaba con la carne viril de su progenitor, se la restregaba por su rostro colorado, le chupaba los pelos y lamia los huevos sudados, y luego alcanzaba la de su abuelo y también se la comía; sólo para girar su cabeza y tomar la velluda verga de Volk e igualmente mamársela, a pesar de haber salido hacia poco de su culo, jugando con el arete del glande con su lengüita. Ya nadie hablaba, los tres hombres sólo transpiraban, jadeando y resoplando al unísono, tocándose y esperando el turno para que el joven les diera delicioso placer oral. Casi que ellos se peleaban por meter sus falos en la boquita hambrienta del crío, como si fueran bestias salvajes embramadas y enloquecidas por la lujuria y el morbo, que en un punto suegro y yerno metían sus glandes a la vez en la estirada boca de su muchachito. Caperucito primero usaba sus manos para ayudarse y masturbar esas tres vergotas, mientras también las mamaba; pero cuando esos machos se las restregaban y por turnos lo atragantaban, él empezó a usar una de sus manos para pajear su firme miembro y con la otra se hurgaba dentro del anito, pues al crío le había gustado ese dolorcito mezclado con placer que sintió cuando el velludo de la moto se la había metido.
Su padre notó eso. Así que el señor Rosso se apartó y se colocó detrás de su hijo, lo puso en cuatro, pies en el piso y manos contra los muslos del anciano, luego apoyó su vergón entre las hermosas y pálidas nalgas de su vástago, y hallando su anito abierto y sonrosado comenzó a hacer fuerza con su poderosa hombría contra aquel agujerito adolescente; el cual no ofreció resistencia y se estiró para dejar pasar casi de una la mitad de ese formidable falo. El culito de Caperucito con espasmos incitaba a la verga de su papá para entrar más, entera, hasta el pegue peludo, y que éste lo fornicara con lascivia. Ese traserito juvenil casi que pedía a gritos ser copulado por su propio padre.
– ¡Oh…Dios! ¡Qué rico culo tienes, hijo! −Habló el carpintero de pura fibra, en lo que finalmente había introducido toda su herramienta sexual dentro de las tibias y estrechas entrañas de su provocativo primogénito.
– Es para que se lo rompas completo, cabrón. −Le alentó Volk, sonriéndole con malicia y camaradería de machos.
El jovencito de la gorra roja no podía gritar ni gemir abiertamente, puesto que su abuelo lo tenía atorado con su morcillozo y maduro miembro pasándole la campanilla, de pie, empujándoselo con sus grandes caderas y al mismo tiempo que con ambas manos sobre la cabeza de su nieto, lo hacía enterrarse más en su entrepierna canosa. Entonces el lobuno hombre que había incitado todo eso, se acomodó en el suelo boca arriba, debajo del cuerpecito de Caperucito, de manera que los colgantes huevos del viejo le quedaban en el rostro y el culito del chico sobre su verga; así que empinando su pelvis empujó su vergota contra el esfínter del joven. El piercing de su glande pronto encontró el agujero anal y ayudado por las embestidas paternas del señor Rossso, Volk también alcanzó a penetrar a quien ahora era el dócil putito de ese trío de machos perversos.
Nuestro Caperucito estaba siendo follado con un tremendo doble anal por su progenitor y el extraño de la motocicleta, mientras su garganta era cogida una y otra vez por su abuelito querido. Los tres hombres no paraban de sudar de todos los pelos de sus cuerpos, jadeando como fieras, en lo que su tierna presa deliraba con todas esas nuevas y maravillosas sensaciones, a merced de todo ese placer, que ahí mismo tuvo un orgasmo directo de su próstata; por lo que los chorritos de su esperma terminaron embarrados entre los vellos del torso de Volk.
– ¡Santo cielo! ¡No puedo más! ¡¡AAAHH!! −Oyeron al macho maduro decir, a la vez que sacaba su rollizo falo de la boca de su nieto y con un par de jalones comenzó a arrojar todo su semen espeso sobre aquella carita colorada, llena de gotitas de sudor, los ojitos azules vidriosos y la boquita abierta y la lengua defuera para recibirlo todo.
– ¡Eso es, viejo cerdo! −Dijo el más velludo de los tres, en lo que parte de esa corrida caía en su rostro y boca− Dale lechita al putito…Mmmm… ¡Cuanta leche de macho tiene este viejo cabrón! ¡Mmmm…Slurp~!
Y el señor Rosso también contempló extasiado esa excitante visión, mirando como su joven hijo tragaba a gusto toda esa descarga seminal blanquecina y grumosa, como se relamía y chupaba la verga del viejo para extraerle más; todo mientras él sentía el delicioso y ardiente interior del culo de su vástago, y como el recio falo del otro macho se rozaba con el suyo dentro, friccionándose entre sí con cada embestida y estocada de ellos dos.
Ya no había decencia alguna, solo depravación incestuosa y el deseo carnal entre esos machos y su jovencito adolescente, quien había perdido ya toda inocencia y ahora sólo quería experimentar más de todo ese placer sexual.
– Muy bien, bebé. Y como te tomaste toda la lechita, ahora abuelito te daré un premio. −Y el maduro se ajustó las jafas con una mano, mientras con la otra sujetaba su falo semierecto y lo apuntaba a la cara de su nieto para dispararle un torrente de meados amarillos directo en la boca abierta.
Caperucito se sorprendió por unos segundos, pero al momento que sintió ese tibio y dorado líquido contra su piel, y sobre todo su sabor entre amargo y salado en su lengua y paladar, presuroso hizo todo lo posible para beberse cada uno de los chorros de rica orina que su abuelo le arrojaba a cuál urinario.
– ¡Mmmm…Gulp~! ¡Mmmm…Gulp~! −Se escuchaba el tragar de la garganta del crío; pero como no podía con toda esa cuantiosa orinada de macho, gran pante caía en cascada sobre Volk, quien también se refrescaba la sed con ella; sin dejar de enterrar su vergón en el trasero del putito, empujándoselo con su pelvis hacia arriba, al mismo tiempo que el padre carpintero lo perforaba también con salvajes arremetidas por detrás.
– Oh, hijo…voy a preñarte el culo con tus hermanitos de leche. −Habló el papá entre resoplidos y embestidas, hasta que estos se tornaron en alaridos orgásmicos que retumbaron por toda la sala− ¡Oh…Dios! ¡¡OOOHH!!
– ¡Ay…sí, que rico papi! ¡Agh~! ¡Nnnghh~! −Le respondía Caperucito; pero en eso Volk no lo dejó seguir, pues le robó un beso apasionado, entrelazando sus lenguas y compartiendo los restos de los meados del anciano panzón, al mismo tiempo que él también se corría e inyectaba su esperma sodomizadora dentro del afeminado joven.
Sudor, saliva, semen y orina se intercambiaban en ese mágico encuentro. Fluidos de fornicación forjaban los lazos de esa familia: suegro y yerno, abuelo y nieto, y padre e hijo; en lo que un chico era iniciado como puto de la forma más maravillosa, en lo que también una nueva amistad y camaradería de machos surgía entre los tres adultos.
El par de machos fornicadores, una vez habían acabado de fecundar al muchachito, le sacaron sus miembros complacidos de ese inundado culo juvenil, viendo como del anito estirado brotaba su semen mezclado, desde el interior del recto hasta escurrirle por el perineo y llegar a sus huevitos lampiños. Por su parte, Caperucito sentía un vacío en su trasero, pero sus ganas no habían cesado todavía, quería más de ese placer adictivo.
– Quiero más papi… −Pidió el muchacho de rodillas en el sucio suelo, desnudo, excepto por su fiel gorra roja, todo bañado en fluidos masculinos, con su verguita otra vez dura y hurgándose el ano abierto con dos de sus dedos.
Y como el señor Rosso es tan buen padre, siempre pensando en cubrir todas las necesidades de su querido hijo, se paró frente a éste y sujetando su formidable falo, pues aún semierecto era imponente, lo apuntó justo a su carita.
– Pero primero tienes que hidratarte más, hijo. −Y su torrencial chorro de orina no se hizo esperar, igual de caliente y de sabor fuerte como el de su suegro; por lo que el chico contento se puso a recibirlo con la lengua de fuera, tragando sin cesar toda la meada de su progenitor y mirando con deseo a su papá, en lo que se pajeaba rápido.
El señor Rosso apuntaba bien y disparaba su orina amarilla con cuidado, pues su vergón nuevamente se endurecía, asegurándose así de darle tiempo a su hijo para bebérsela toda, observando en sus hermosos ojos azules la lujuria enferma que recientemente había despertado. Finalmente, su vástago de 14 años era todo un putito sumiso y a partir de ese momento sería siempre de él; pudiendo éste siempre tragarse su orina, saborear su saliva y sudor, y recibir su esperma paterna por la boquita y el culo precioso. Volk también había recuperado la erección viendo eso; por lo que se acercó a su nuevo amigo y de pie junto a él se puso igualmente a mear al crío, quien no paraba de jalársela excitado de sentir esos flujos cálidos regarse por todo su transpirado cuerpecito juvenil. Mientras el abuelo de Caperucito se había movido para buscar y abrir la mochila de su nieto y hurgaba su contenido. Sacó la botella de ron, le dio un buen trago y la compartió con su yerno y el motoquero velludo, luego encendió uno de los puros para fumárselo y sosteniendo el gran frasco de vaselina dijo:
– Vamos a ver ahora bebé cuanto puede aguantar tu culito.
– Excelente, viejo cerdo. −Respondió el macho lobuno, escurriendo por el piercing fálico las últimas gotas de su orina al crío− Veamos que tanto podemos estirarle el hoyo al nene…
– ¿No hablaran en serio? −Cuestionó el fornido carpintero, viendo como su hijo ahora le lamía y chupaba la vergota erecta para poder limpiársela luego de haberlo meado entero.
– ¡Sí papi! ¡Quiero más! −Habló el putito de Caperucito siempre de rodillas sobre aquella poza de orina de machos, sólo que ahora él se separaba bien las nalgas con ambas manos para exhibir su enrojecido y súper dilatado ano, todavía escurriéndole semen− ¡Porfa papi…se siente bien rico! ¡Denme más por el culito por favor!
Momentos después… Como el señor Rosso no pudo rehusarse a las suplicas de su querido primogénito, ahora a éste lo tenían acostado boca arriba sobre el mojado y frío piso, apoyando sólo los hombros y la espalda superior en el suelo, con el resto suspendido en el aire y el trasero bien elevado. Casi que Caperucito estaba encorvado como camarón, con su verguita erecta apuntando hacia abajo a su cara colorada y sobre la misma tenía todo el gordo y peludo culo de su abuelo sentado en él.
– Eso es bebé… ¡Ohh~! Cómeme todo el sucio y sudado culo… ¡Ohh~! −Le decía el anciano entre jadeos de gusto.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Nnnghh…qué rico es, abuelito! ¡Mmmm…Slurp~! −Contestaba el chico en lo que usaba su lengüita para lamer todos los pelos del perineo de ese maduro y con la misma también le hurgaba dentro del apretado y cálido esfínter, saboreando todo el trasero transpirado y lleno de testosterona de su abuelo favorito.
Y al mismo tiempo, los otros dos sádicos y masculinos machos usaban la vaselina para hacerle ‘fisting’ al jovencito de la gorra roja. Para sorpresa de todos, ese par de rudos y velludos hombres por turnos podían meter sus puños completos por el anito roto del crío, introduciéndoselos por todo el recto caliente hasta el colon, manipulando desde adentro todas las entrañas del sodomizado chico.
– ¡Dios! No puedo creer que estoy haciéndole esto a mi hijo. −Confesó el carpintero en lo que le metía dentro su puño derecho hasta el brazo, mientras se jalaba su vergón venoso y ganoso con la otra mano.
– Vamos cabrón, disfruta de destruirle el agujero de puto a tu nene; así como él lo está gozando. −Le alentó Volk, también masturbándose con desenfreno al poder estar haciendo eso tan extremo con un jovencito y su papá.
Caperucito tenía múltiples orgasmos anales, uno tras otro, que luego del segundo de esa forma ya no eyaculaba; sólo se retorcía y convulsionaba en la poza de meados de esos tres machos perversos, sintiendo sus entrañas arder y revolverse, que su verguita dura arrojaba disparos de orina sin parar con cada orgasmo seguido.
– ¡Mmmghh~! ¡Agh~! ¡Ay…sí, papi! ¡Nnnghh~! ¡Agh~! ¡Más! ¡Mmmghh~!
– No puedo esperar a mi turno…Ooohh… −Y el abuelo de Caperucito se vino sentado sobre el rostro de su nieto.
– ¡Oh…Dios que enfermo y morboso es esto, joder! −Decía el padre corriéndose ahí mismo por segunda vez.
– Sí cabrón, es increíble como le caben nuestros musculosos brazos hasta el codo en su primera vez, sí que tu hijo es un puto. −Y el motoquero de aspecto lobuno también se corrió de nuevo sobre el adolescente emputecido.
Ese sexo salvaje y depravado continuó, los tres machos siguieron usando a su Caperucito una y otra vez todo el resto de ese día, corriéndose incontables veces; pero nuestro relato de cuento de hadas llegó a su final…
―Colorín culito colorado, este cuento se ha acabado.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!