Glory Hole – parte 1 (Gay a Hetero)
Jake busca placer anónimo en un glory hole. Una noche recibe la mejor mamada de su vida… y del otro lado no había un hombre. El error más caliente lo deja obsesionado y cuestionando todo..
Glory Hole – parte 1
(Gay a Hetero)
Jake tenía 34 años y una rutina sagrada los fines de semana. Viernes y sábado, después de las once, entraba al Black Hole, un bar sótano con poca luz, música baja y el olor a alcohol barato mezclado con sexo. Al fondo, detrás de una cortina negra, estaban las cabinas del glory hole: seis espacios estrechos, paredes de madera oscura, un agujero perfectamente circular a la altura de la cadera y suficiente oscuridad para que nadie viera caras.
Él no iba por caras. Iba por bocas, por manos, por culos calientes que se ofrecían sin preguntar nombres. A veces se quedaba solo con la mamada. Otras veces arrastraba al tipo hasta su departamento y lo follaba hasta el amanecer. Nunca había sentido la necesidad de más.
Esa noche de domingo todo estaba más vacío de lo normal. Tomó dos whiskies en la barra, miró de reojo a un par de tipos que ya se estaban tocando en un rincón y decidió que no valía la pena. Cruzó la cortina.
Eligió la tercera cabina. Se bajó los jeans y el boxer de un tirón. Su polla, gruesa y pesada, ya estaba medio dura solo de anticipar. La empujó a través del agujero y esperó.
Del otro lado, Shirley llevaba casi veinte minutos limpiando. Era la sobrina del dueño, 25 años, morena clara, cuerpo delgado pero con caderas marcadas y un trasero que siempre escondía bajo pantalones holgados. Trabajaba en el almacén y la limpieza precisamente porque casi nadie la veía. Ese domingo sus planes se habían cancelado y, aburrida, había decidido venir.
Llevaba audífonos con música alta. Por eso no escuchó cuando la cabina de al lado se ocupó. Estaba de rodillas recogiendo una toalla sucia cuando sintió algo rozarle la nuca. Se giró.
Una polla grande, gruesa, con venas marcadas y la cabeza ya brillante, sobresalía del agujero a centímetros de su cara.
Se quedó quieta. El corazón le golpeó el pecho. No gritó. No se levantó. Solo miró. Era hermosa. Gruesa en la base, ligeramente curva, con ese olor a hombre limpio y excitado. Sin pensarlo demasiado, se quitó un audífono.
Dudó dos segundos. Después se acercó y le dio un beso suave en la punta.
Del otro lado, Jake soltó un suspiro bajo.
Shirley pasó la lengua por el glande, lenta, saboreando. Luego abrió la boca y lo recibió. Era más gruesa de lo que esperaba. Le costó un momento acomodarla, pero cuando lo hizo, empezó a mover la cabeza con calma. Chupaba profundo, dejando que la saliva bajara por el tronco. A veces se detenía solo en la cabeza, jugando con la lengua, y después se lo tragaba casi entero hasta que le rozaba la garganta.
Jake apoyó la frente contra la madera. “Joder… qué boca”, pensó. Había recibido cientos de mamadas en ese mismo agujero, pero esta era distinta. Más húmeda. Más concentrada. Más… hambrienta. El tipo del otro lado no tenía prisa. Parecía disfrutarlo de verdad.
Shirley sentía el sabor salado en la lengua y el calor subiendo entre sus piernas. Nunca había hecho algo así. Nunca había tenido una polla tan gruesa en la boca. Cada vez que Jake empujaba un poco más, ella gemía bajito alrededor de él, y el sonido vibraba en la cabina.
Jake empezó a mover las caderas, follándole la boca con cuidado. Shirley no se apartó. Al contrario: abrió más la garganta y lo dejó llegar más profundo. Lágrimas le picaban los ojos, pero no paró. Una de sus manos subió y le acarició los huevos mientras chupaba. La otra se metió entre sus propias piernas, por encima del pantalón, buscando alivio.
Cuando Jake sintió que estaba cerca, advirtió en voz baja:
—Voy a correrme…
Shirley no se apartó. Al contrario, aceleró. Lo tomó más profundo, más rápido, hasta que él se tensó y empezó a disparar. Chorros calientes llenaron su boca. Ella se trago todo lo que pudo. Parte se le escapó por la comisura de los labios y le cayó por la barbilla.
Jake se quedó temblando, respirando agitado, todavía con la polla dentro de aquella boca que seguía lamiendo suavemente, limpiándolo.
Cuando por fin se retiró, Shirley se levantó rápido. Se limpió la boca con el dorso de la mano, recogió sus cosas y salió de la cabina antes de que él pudiera reaccionar. Caminó directo al almacén, el corazón todavía desbocado, las piernas temblando y un calor extraño entre las piernas.
Jake se acomodó la ropa y salió. Miró la cabina de al lado. Estaba vacía. No había nadie. Solo el olor a sexo y un poco de saliva en el borde del agujero.
Se quedó unos segundos mirando el espacio vacío.
Esa mamada no se parecía a ninguna otra.
Y por primera vez en años, Jake no quería irse a casa solo. Quería encontrar a quien estuviera del otro lado.
Jake volvió el viernes siguiente. Y el sábado. Y el domingo.
Cada vez que empujaba la polla por el agujero, esperaba esa misma boca. Esa forma tan particular de chupar, lenta al principio y después voraz, como si quisiera sacarle el alma. Pero no apareció. Recibió mamadas buenas, incluso una que terminó en una follada rápida contra la pared de la cabina, pero ninguna se acercaba a aquella.
El domingo siguiente, a las once y media de la noche, Shirley volvió a aparecer en el bar. Había mentido a su tío diciendo que necesitaba horas extra. En realidad no podía dejar de pensar en esa polla. En el sabor. En cómo le había temblado las piernas mientras se la tragaba. En cómo se había corrido en su boca sin siquiera verle la cara.
Esa noche limpió las cabinas más despacio. Cuando escuchó pasos del otro lado, se quitó los audífonos y esperó.
Jake entró a la misma cabina de siempre. Bajó los pantalones. Su polla ya estaba dura solo de la esperanza. La empujó a través del agujero.
Del otro lado, Shirley la miró unos segundos, respirando agitada. Después se arrodilló y la recibió de nuevo.
Jake soltó un gemido bajo casi de inmediato.
—Mierda… eres tú otra vez…
No obtuvo respuesta, solo el calor húmedo de aquella boca envolviéndolo. Shirley chupaba con más confianza esta vez. Usaba las dos manos: una en la base, la otra acariciándole los huevos. Cada tanto se apartaba solo para lamerlo de abajo hacia arriba, dejando un hilo de saliva, y después se lo volvía a tragar hasta el fondo.
Jake apoyó ambas manos contra la pared y empezó a mover las caderas con más fuerza. Ella no se apartó. Al contrario, abrió más la garganta y lo dejó follarle la boca. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenaba ambas cabinas.
Cuando sintió que estaba cerca, Jake advirtió otra vez:
—Me voy a correr…
Shirley no se quitó. Lo tomó más profundo y se lo tragó todo, gimiendo alrededor de él mientras los chorros le llenaban la boca. Esta vez no dejó que se le escapara casi nada.
Jake se quedó temblando, con la frente pegada a la madera.
—Quédate… —pidió en voz baja—. Quiero devolverte el favor.
Shirley dudó. El corazón le latía tan fuerte que le dolía. Al final, se levantó un poco, se bajó los leggins y la tanga hasta media pierna, y se acercó al agujero de espaldas. Apoyó las manos en la pared de su cabina y empujó las caderas hacia atrás.
Jake sintió primero el calor de un cuerpo, después algo suave y húmedo rozándole la polla todavía sensible. Pasó los dedos por lo que creía que era un culo… y se detuvo.
No era un culo.
Sus dedos se deslizaron entre pliegues calientes y resbaladizos. Una vagina. Apretada. Empapada.
Se quedó helado un segundo.
Del otro lado, Shirley susurró, con la voz temblando:
—Por favor…Esa palabra lo rompió.
Jake no preguntó nada. Alineó la polla y empujó despacio. La cabeza se abrió paso con dificultad. Shirley soltó un gemido largo y agudo, agarrándose a la pared. Él siguió entrando centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro.
Era distinto. Más suave. Más caliente. Más estrecho de una forma que no había sentido nunca. Empezó a moverse con cuidado, sacando casi toda la polla y volviendo a hundirla hasta el fondo. Cada embestida sacaba un gemido ahogado de Shirley.
Jake agarró las caderas que podía alcanzar a través del agujero y aceleró. El sonido de piel contra piel, húmedo y obsceno, llenó el espacio. Shirley empujaba hacia atrás al mismo ritmo, buscando más profundidad.
—Más fuerte… —pidió ella, casi sin voz.
Jake obedeció. La folló con ganas, sin piedad, mientras ella se mordía el labio para no gritar demasiado. Cuando sintió que ella se apretaba alrededor de él en oleadas, supo que se estaba corriendo. El coño le latía, succionándolo. Eso lo mandó al límite. Se hundió hasta el fondo y se corrió dentro, disparando chorro tras chorro mientras gemía contra la madera.
Se quedaron así un rato, conectados solo por la polla y el agujero, respirando agitados.
Cuando Jake se retiró, Shirley se acomodó la ropa con manos temblorosas y salió rápido otra vez. Esta vez Jake fue más rápido. Salió de su cabina justo cuando ella doblaba el pasillo hacia el almacén.
Alcanzó a verla de espaldas: pelo oscuro recogido, cuerpo delgado, caderas que se movían con prisa.
No era un hombre.
Jake se quedó parado en medio del pasillo, la polla todavía húmeda dentro del boxer, el corazón golpeándole las costillas.
Por primera vez en su vida, el placer que acababa de sentir no venía de un hombre.
Hola a todos, espero que les haya gustado la historia, con el tiempo habrán muchas más, por si quieren ver mas material relacionado al «gay a hetero» pueden seguirle en mi cuenta de X (Twitter), mi cuenta es @homo2straight

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!