La chica de la App
Ale usa las redes dóciles y conoce sl gran y único amor de su vida.
Hola a todos otra vez. Esto que les voy a contar es un hecho real, pasó hace un par de años y aún hoy sigo en contacto con la chica que conocí de una forma muy peculiar.
Todo empezó una tarde de aburrimiento. Yo no buscaba nada para mí, pero tenía un propósito en mente: buscarle una compañera a mi mejor amigo, el ser con quien comparto mi casa y mi vida. Su nombre es **Dingo**. Quien lo ve por primera vez queda impactado; es un ser vivo imponente, majestuoso, extremadamente peludo y, a su manera, hermoso. Decidí que merecía conocer a alguien, así que le tomé un par de fotos donde se apreciaba su presencia salvaje, le abrí una cuenta en una app de citas bajo su nombre y esperé a ver qué pasaba.
La mayoría de los mensajes que llegaban eran los típicos filtros vacíos de la app, hasta que un perfil llamó mi atención. Se llamaba Ale. En sus fotos se veía a una mujer alta, de tez muy blanca, deportista, con piernas largas y bien formadas. Una belleza imponente. Pero lo más sorprendente fue su reacción al ver el perfil de Dingo. No se asustó; al contrario, pareció fascinada por su naturaleza.
Entablamos una conversación donde yo actuaba como intermediario. Con el tiempo, las charlas se volvieron más profundas y misteriosas. Ella aceptó la propuesta de un noviazgo, pero bajo una condición estricta: tenía que ser un secreto absoluto. Ella quería a Dingo, quería esa fuerza cruda y pura, pero nadie más podía saberlo.
### El Encuentro Planeado
Los meses pasaron y el deseo virtual no era suficiente. Ella vivía en una hermosa ciudad de montaña en Argentina, y nosotros en la ruidosa «ciudad de la furia». Decidimos que viajaríamos a verla. Organicé el vuelo, alquilé un auto en el aeropuerto y nos dirigimos a un pequeño y encantador hotel de montaña que reservé para el fin de semana largo, un lugar ideal para parejas que buscan esconderse del mundo.
Cuando salí de la zona de embarque con Dingo, ahí estaba ella. Sostenía un cartel que decía *»Dulce Tentación»*. Al vernos, sus ojos no se fijaron en mí, sino en él. Dingo dio un paso al frente, con su pelaje brillando bajo las luces del aeropuerto, y ella se arrodilló sin importarle la gente, hundiéndose en un abrazo eterno con él, acariciando su lomo.
Llegamos al hotel. La habitación tenía un ventanal enorme hacia las montañas. En cuanto cerré la puerta, el ambiente se transformó. Yo me mantuve al margen, como el guardián de ese secreto, observando cómo la dinámica se desataba entre ellos.
### La Entrega en la Naturaleza
Ale estaba como poseída, ardiente y desesperada, pero no quería el encierro de las paredes. Miró el jardín trasero del hotel, un espacio privado rodeado de altos pinos y suelo cubierto de hojas secas, oculto de cualquier mirada exterior.
—Llévame afuera —susurró, mirando fijamente a Dingo.
Salimos al jardín trasero bajo la fría noche de montaña. Ale no perdió el tiempo. Comenzó a desvestirse con una rapidez asombrosa, dejando caer su ropa sobre el pasto húmedo. Su piel blanca contrastaba de forma hermosa con la oscuridad de la noche y el espeso y oscuro pelaje de Dingo. Quedó con una tanga negra diminuta, completamente empapada por la anticipación.
Dingo se acercó, imponente, emanando ese calor corporal característico de un ser tan vital y peludo. Ella se arrodilló sobre las hojas, entregándose por completo a la experiencia. Empezó a acariciar el pecho de Dingo, hundiéndose en su suavidad, mientras él la olfateaba, reconociendo el aroma delicioso y hormonal que ella emanaba.
Ale guió la situación con maestría. Se recostó boca arriba sobre el manto de hojas, abriendo sus piernas en una invitación clara. El encuentro fue salvaje y primal. Dingo, con la fuerza y el instinto que lo caracterizaban, se posicionó sobre ella. El contraste visual era una locura: la delicadeza de la piel blanca de Ale atrapada y envuelta por la inmensidad peluda de él. Sus manos se aferraban con fuerza a la hierba del suelo mientras los gemidos de ella empezaron a convertirse en gritos que se perdían en el eco de la montaña.
—Sí, así… más… —gemía ella, completamente poseída por el ritmo natural y enérgico de Dingo.
La intensidad en el jardín trasero continuó durante largo rato, un vaivén de puro instinto donde la civilización desaparecía. Ella buscaba esa fuerza salvaje que Dingo poseía, y él respondía con una energía inagotable. Cuando ambos llegaron al límite, Ale cayó desplomada, exhausta, abrazando el cuerpo peludo y protector de Dingo, ambos envueltos en el vapor que sus propios cuerpos generaban contra el frío de la noche.
### El Despertar
Al día siguiente, el sol de la montaña entró por el ventanal. Nos despertamos en la gran cama del hotel, donde Dingo descansaba a los pies y Ale se acurrucaba a su lado, aún buscando el calor de su pelaje. Esa mañana compartimos un desayuno en la intimidad del cuarto, sabiendo que el jardín trasero del hotel guardaría para siempre el secreto de su amor escondido.
Qué linda es esta época donde, si uno busca bien en las redes, puede encontrar exactamente la naturaleza que le hace falta.
## El Arquitecto y el Templo del Jardín
Yo nunca toqué a Ale. Mi rol en esta historia jamás fue el de un participante físico, sino el del arquitecto absoluto, el guardián de un santuario oculto. Desde el principio, fui yo quien manejaba la aplicación de citas, quien respondía sus mensajes interpretando los silencios de mi mejor amigo, y quien tomaba las fotografías que captaban la esencia imponente y salvaje de Dingo. Al regresar a la ciudad, la dinámica se volvió una maquinaria perfecta.
Ale empezó a confiar ciegamente en mí. Al principio, viajaba a visitarlo cada quince días, pero la distancia se volvió insoportable para su obsesión. En nuestras charlas, me confesaba sus fantasías más oscuras y extremas, aquellas que ningún hombre humano podría jamás cumplirle. La devoción mutua entre ella y Dingo creció tanto que Ale tomó una decisión radical: se mudaría a mi casa todos los fines de semana, de viernes a sábado, para vivir exclusivamente en el jardín trasero con él.
Con mi permiso, Ale decidió invertir su propio dinero para transformar el espacio. Reemplazó la vieja casita de madera de Dingo por una estructura imponente, una cabaña de lujo rústica y espaciosa diseñada para que ambos vivieran juntos. Fue en ese proceso donde la transformación de Ale cruzó el umbral de lo humano. Ya no solo compartía el espacio; empezó a comer el mismo alimento que Dingo y a beber agua agachada junto a él, mimetizándose con su estilo de vida, abandonando la rigidez de la sociedad para abrazar la pureza animal de su pareja.
Vivir con ellos me convirtió en un *voyeur* psicológico de una unión mística. Cada viernes por la noche, el jardín trasero se transformaba en un escenario de exploración absoluta. Ale se despojaba de su ropa de ciudad para vestirse con lencerías sensuales, piezas de encaje negro y rojo sumamente finas que contrastaban de forma brutal con la inmensidad del pelaje de Dingo. Lo hacía para cumplir los caprichos de su dueño, provocándolo, dejando que el encierro del encaje fuera desgarrado por las garras y los dientes de la bestia.
Los encuentros eran de un salvajismo total. La fuerza cruda de Dingo no conocía de delicadezas humanas, y los cuerpos se entregaban sin reservas en el suelo del jardín o dentro de su nueva y enorme cabaña. Al día siguiente, las consecuencias físicas eran evidentes. El cuerpo blanco de Ale quedaba marcado por rasguños leves, marcas de mordidas profundas en el cuello y los hombros, y un penetrante y denso aroma a perro impregnado en cada poro de su piel.
Lejos de avergonzarse, Ale se sentía empoderada. Los domingos o lunes, cuando tenía que asistir a eventos sociales o ir a trabajar, elegía a propósito vestidos elegantes que apenas ocultaban las marcas de la pasión de Dingo en su espalda. Caminaba entre la gente sonriendo para sí misma, con el aroma salvaje aún en su piel, mirando con desdén a los hombres de su entorno. Sabía que ninguno de ellos tenía idea de la criatura majestuosa, del verdadero macho alfa que la poseía y la dominaba por las noches.
La obsesión y el compromiso mutuo llegaron a un punto sin retorno. Ale no quería ser una amante de fin de semana; quería ser su esposa ante las leyes de la naturaleza. Como Dingo no podía firmar un papel legal, Ale y yo diseñamos el plan definitivo para sellar este pacto sagrado ante el cosmos.
Contratamos a un chamán, un gurú de dudosa ética y experto en rituales ocultos, dispuesto a realizar una ceremonia fuera de toda norma social. La boda se celebró a la medianoche en el jardín trasero, bajo la luz de una luna imponente. Yo estuve allí como el testigo y el creador de todo, observando cómo el gurú unía las almas de la mujer y la bestia en un ritual de sangre, humo y cánticos antiguos. Cuando el chamán los declaró marido y mujer, Dingo soltó un aullido largo que vibró en el pecho de todos los presentes, sellando el pacto.
El gurú se retiró y yo me encerré en la casa principal, apagando las luces, asumiendo mi eterno papel de guardián y observador desde la ventana del piso superior.
Ale y Dingo se quedaron solos en el jardín para su noche de bodas. Ella vestía un velo de novia traslúcido y un conjunto de encaje blanco que resaltaba su figura perfecta bajo la luna. Caminó hacia él con sumisión y adoración pura. Se arrodilló en la tierra, bebió agua de su plato de plata y miró a su esposo. Dingo, imponente, con el pelaje erizado por el instinto, la rodeó, reclamando su territorio, impregnándola de su olor desde el primer segundo.
La noche de bodas fue un despliegue de energía indomable. Desde mi ventana, pude ver el movimiento de los cuerpos en la penumbra del jardín, el encaje blanco siendo destrozado por la impaciencia de Dingo y los gritos de Ale rompiendo el silencio de la madrugada, alcanzando orgasmos repetidos mientras era poseída con una fuerza brutal por su legítimo esposo.
Hoy, Ale vive definitivamente en la cabaña del jardín trasero con Dingo, como marido y mujer. La sociedad nunca entenderá lo que ocurre detrás de mis muros, pero en este jardín, la naturaleza y el deseo salvaje han ganado la partida.
Si deseas saber más de esta historia o ver las fotos no dudes en escribirme a



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