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Fetichismo, Heterosexual, Incestos en Familia

Mates, lechita y dragones…

De cómo se pasa de dibujar dragones a montar pijas… .
Miguel salió a comprar al pueblo. La camioneta arrancó, el portón se cerró. El ruido del motor se perdió en la calle de tierra. Elena se quedó escuchando el silencio que volvía. Un silencio doméstico, de casa de campo, de mediodía sin prisas.

En la casa de los Flores, cuando no hay visitas ni viajes al pueblo, la ropa es un recuerdo lejano. Lara está en el piso de la cocina, panza abajo, las piernas en el aire, dibujando. La piel de su espalda tiene el color de la leche con una pizca de sol. Las nalgitas redondas se mueven cuando ella patalea con el entusiasmo del trazo. Ese agujerito que apenas aparece y desaparece con cada movimiento es hipnótico, tanto para su mamá como para su hermano. Sobre el papel dibuja un dragón. Siempre dragones. La lengua le asoma por la comisura de los labios, roja de concentración. Los crayones desordenados a su alrededor: verde, rojo, amarillo. El morado ya se gastó, hay que sacarle punta.

—Mami, ¿cómo se dibuja una escama que parece fuego?

—Pregúntale a tu hermano —dice Elena, y la voz le sale distinta. Más baja. Más cerca de la garganta.

Elena está en el sillón. El cuerpo se le abre en la penumbra de la tarde. Los pechos hermosos, el vello púbico recortado en triángulo, los muslos blancos y anchos. No usa nada. Nunca usa nada en la casa.

Leo está en el sillón, al otro extremo. También desnudo. El cuerpo de diecinueve años, ancho de hombros, el vello oscuro subiéndole por el vientre. El pene, por ahora, descansa fláccido contra el muslo. Pero no está dormido del todo. Late, crece y se encoge en un ritmo que solo Elena percibe. Leo está mirando el celular. O finge mirar el celular. Elena lo sabe porque él no pasa el dedo por la pantalla. Está quieto. Esperando.

Lara, en cambio, no espera nada. Lara es pura acción. Su dragón ya tiene tres cabezas y una cola que se enrosca en las patas de la mesa.

—¡Ya sé! —grita Lara, sola—. La escama de fuego se hace con amarillo alrededor y rojo adentro. ¡Como el pito de Leo!

Elena suelta una risa corta. Leo también. Lara se ríe porque los ve reírse, aunque ella ya está otra vez concentrada en su dibujo.

—¿Y por qué decís que se parece al fuego? —pregunta Leo, con una voz que intenta ser casual y no lo logra.

—Porque está caliente —dice Lara, sin levantar la vista—. Y porque a veces echa humo blanco.

Elena se queda mirando a Lara. La niña sigue dibujando. No hay malicia en su voz. Hay conocimiento. Un conocimiento que ella misma ha sembrado con sus palabras, con su blog, con los nombres que eligió para los personajes de su propio teatro. Lara lo aprendió todo. Y lo aprendió como se aprende una canción: sin vergüenza, sin filtro, con la alegría de quien repite una letra que le gusta.

Elena agarra el mate. El mate es de palo santo, viejo, curado con cientos de mates. La bombilla es de alpaca, un poco torcida de tanto uso. Elena la revisa con el dedo: pasa la yema por el agujero, siente el aire, no hay tierra. La yerba ya está puesta, la montañita armada.

—¿Tomás? —pregunta, y la pregunta es un ritual en sí misma. No hace falta responder.

Leo levanta la cabeza. Deja el celular apoyado en el brazo del sillón. Se acomoda. Cruza las piernas. El pene, en el cruce, se aplasta contra el muslo y asoma la cabeza rosada. Elena mira un segundo. Desvía la mirada.

Elena hace lo mismo. Cruza las piernas. Quedan frente a frente, los pies descalzos casi tocándose, las rodillas a la misma altura. La mesa ratona entre ellos, pero el mate no necesita mesa. El mate es un puente.

Elena ceba. Agrega agua con cuidado, despacio, hasta que el nivel toca justo el borde. Chupa la bombilla para probar. El agua está en el punto. Ni muy fría ni muy caliente. La yerba, amarga, le llena la boca de un sabor que conoce desde que tiene memoria.

—Tomá —dice, y le pasa el mate.

Leo lo recibe. Sus dedos rozan los de ella. Un roce. Nada más. Pero Elena siente ese roce como si le hubiera pasado una lengua por la muñeca. No se inmuta. Su cara sigue igual. Una máscara de serenidad. La máscara que usa para el Edén.

Leo toma. La bombilla entra en sus labios. Chupa. Una vez. Dos. Elena mira cómo se le hunden las mejillas, cómo traga, cómo el líquido caliente baja por su garganta. El pómulo de Leo tiene una sombra, una pelusa dorada que la luz del mediodía dibuja. Elena quiere tocarla. No lo hace.

Lara sigue dibujando. No mira. Está metida en su dragón, en las escamas que no le salen, en el rojo que se corre fuera de la línea. El silencio se alarga. Solo el ruido del crayón sobre el papel y el vapor de la pava.

Leo devuelve el mate. Elena lo recibe. Prepara otra vez. Ceba. Chupa la bombilla para probar la temperatura. Y entonces pasa. Pasa siempre, pero esta vez pasa más fuerte.

Cuando chupa la bombilla, Elena cierra los ojos. La bombilla es fina, de alpaca, más larga que una bombilla común. Sus labios la abrazan. La punta metálica entra en su boca. Y mientras chupa, mientras el líquido amargo le llena la boca, la memoria le dispara una imagen que no es un recuerdo: es una reviviscencia.

Ve a Leo. No al de ahora, sino al de entonces. Dos años. Tres. Cuatro. Lo ve desnudo, corriendo por el patio, el sol en su espalda. Lo ve en la bañadera, el agua hasta la cintura, las burbujas pegadas en el pelo. Lo ve durmiendo, boca arriba, las piernas abiertas.

Recuerda el tamaño exacto. La forma. Cómo se le paraba a la mañana, pequeño y erecto, apuntando al techo como un dedito acusador. Lo ve tan claro como si estuviera ahora mismo delante de ella. La piel rosada, casi transparente. La cabecita del glande asomando, diminuta, perfecta.

Eso era todo, piensa. Eso era suficiente.

Pero no es suficiente. Porque el recuerdo no se queda quieto. El recuerdo se retuerce, se estira, crece. Aquella pija de dos años se convierte en la de cuatro, en la de siete, en la de doce. Ella la ve cambiar año tras año, como una película acelerada. Ve el vello que empieza a asomar. Ve la piel que se oscurece. Ve el tamaño que se alarga, que se engrosa, que se vuelve el de ahora.

Y entonces el recuerdo se funde con el presente.

Elena abre los ojos.

Leo la está mirando. La mira fijo, sin parpadear. La bombilla todavía en los labios de ella. Él ha visto que ella cerró los ojos. Ha visto algo en su cara. No sabe qué, pero algo. Y su verga, que estaba fláccido, ahora está semierecta. Ella lo nota. Él también.

Inmediatamente, Elena ceba otro mate. Se lo pasa a Leo. Los dedos se tocan otra vez. Ella lo sostiene un instante más de lo necesario. Un instante nada más. Leo la mira. Hay algo en su mirada que ella reconoce: deseo, confusión, necesidad. Las tres cosas juntas, revueltas, como un yuyo mal cebado.

—¿Está rico? —pregunta Elena, y su voz es apenas un hilo.

—Sí —dice Leo, y la voz le sale ronca.

—¿Amargo?

—Como a vos te gusta.

Elena sonríe. Una sonrisa pequeña, de costado. Sigue cebando. El mate va y viene. La bombilla pasa de una boca a otra. Beso indirecto. Beso a través del metal. Beso que no es beso pero que calienta igual.

Lara sigue dibujando. El dragón ya tiene forma, pero ella sigue agregando detalles: rayas en el lomo, dientes puntiagudos, una lengua de fuego que sale de las tres cabezas.

—Mami —dice, de repente, y se sienta en el piso con el dibujo terminado. Las piernas estiradas, los pies juntos. El crayón rojo todavía en la mano—. Creo que me aburrí de dibujar.

Elena la mira. Después mira a Leo. Leo mira a Elena. La bombilla del mate queda en el aire, entre los dos, como una pregunta.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Lara.

—Ahora nada —dice Elena, y suena a promesa o a alivio, no se sabe bien—. Ahora nosotros estamos tomando mate.

Pero mientras ceba otra vez, mientras la bombilla vuelve a sus labios, Elena ya está pensando en cómo contará esta tarde. En las palabras que usará. En cómo convertirá este silencio en poesía para sus seguidoras.

La belleza de la espera, piensa. La belleza de no hacer nada.

Afuera, el sol sigue subiendo. La pava deja escapar un último hilo de vapor. Lara vuelve a estirarse en el piso, ahora boca arriba, los brazos en cruz, mirando el techo. Canta una canción de gatitos, bajito, con la letra inventada.

Leo toma el mate. Lo devuelve. Sus dedos vuelven a rozarse.

Pero esta vez, cuando los dedos de Elena tocan los de Leo, ella no retira la mano de inmediato. Deja que el roce dure. Un segundo más. Un latido. Leo no se mueve. Su dedo índice, el mismo que sostiene la bombilla, se queda apoyado sobre el dorso de la mano de ella.

La pava silba. Un silbido bajo, continuo, como una advertencia.

Lara, desde el piso, canta: «Los gatitos toman mate, los gatitos toman mate…»

Elena retira la mano. Lentamente. Como quien se arranca una espina.

—Voy a cambiar el agua —dice, y se levanta.

Su sexo, húmedo, deja un rastro apenas visible en la funda del sillón. No lo mira. Pero sabe que Leo sí lo mira.

En la cocina, Elena abre la canilla. El agua de cae dentro de la pava. El ruido llena la cocina. Elena se queda mirando el chorro, la forma en que golpea el metal y salpica en gotitas minúsculas. Piensa en nada. O piensa en todo. No sabe bien.

En la sala, Lara, boca arriba en el piso, deja de cantar. Sus ojos, que hace un momento miraban el techo, ahora miran a Leo. No de frente. De costado. Con esa forma de mirar que tienen los niños cuando creen que no los ven.

Leo sigue en el sillón. El mate, vacío, descansa sobre su muslo. No se mueve. Escucha el agua correr en la cocina. Calcula los segundos.

Lara se incorpora. Lentamente. Apoya las manos en el piso, empuja el torso hacia arriba, queda sentada. Las piernas abiertas. La rajadita, apenas visible, roza el mosaico frío. No le importa. Hace calor.

—Leo —dice. No pregunta. Nombra.

Leo la mira. Él también mira de costado. Su pija, que estaba semierecta, ahora está completamente erecta. Se levanta, se curva apenas hacia la izquierda. La piel del glande, brillante, asoma por completo. El prepucio se ha retirado del todo.

Lara ve eso. Como quien mira una cosa que ya conoce, que ya ha visto muchas veces, pero que igual la sorprende. La pija de Leo. El mástil. El fuego que tiene humo blanco adentro.

—Está parada —dice Lara, y su voz es un susurro alegre—. Como el dragón.

Leo no responde. El agua en la cocina sigue corriendo. Elena tarda. Más de lo que debería.

Lara se levanta del piso. Los crayones quedan desparramados, el dragón terminado boca abajo. Da dos pasos. Tres. Llega hasta el sillón de Leo. Se para frente a él, entre sus rodillas. Él tiene las piernas abiertas. La verga queda a la altura de la cara de ella.

Lara la mira de cerca. Puede ver los poros de la piel. Puede ver una gota de líquido transparente que asoma por la punta, igual que esta mañana, igual que siempre. Le encanta.

—¿Te duele? —pregunta.

Leo no niega. No afirma. Se queda quieto.

Lara extiende la mano. El dedo índice, pequeño, la uña redonda y limpia. Toca la punta del pene. Justo donde está la gota. El dedo se humedece. Lara lo mira. Luego lo chupa.

—Me encanta —dice, y hace una mueca—. Quiero lechita.

Elena, en la cocina, cierra la canilla. La pava está llena. Pero no vuelve. Se queda apoyada en la mesada, la cadera contra el borde de granito, escuchando.

Escucha el silencio. Escucha lo que no se dice.

Lara ahora tiene la mano entera sobre la pija de Leo. La palma pequeña, los dedos extendidos, no puede abarcarlo. La cabeza del glande sobresale por arriba. El líquido sigue saliendo, ahora más abundante, y resbala por los dedos de Lara.

—Está caliente —dice Lara, maravillada—. Como el agua del mate.

—Lara —dice Leo, y su nombre es un freno—. Mejor no.

—¿Por qué? —pregunta ella, y suena sincera—. Es un ratito… hasta que venga mami.

Leo cierra los ojos. Su respiración cambia. Se hace más honda, más lenta, como la de alguien que está conteniendo algo.

Lara aprieta la mano. La verga se mueve, se levanta más, late contra su palma.

Elena, desde la cocina, apoya la frente contra el azulejo. El azulejo está frío. Su frente está caliente. Siente cómo el corazón le late en la garganta. Siente cómo su concha se le humedece otra vez. Siente cómo las piernas le tiemblan.

Y no entra.

Espera.

En la sala, Lara suelta el pene. Da un paso atrás. Se sienta en el piso, justo entre las piernas de Leo. Queda mirando hacia arriba. La cara de él, tensa, los ojos cerrados, la boca entreabierta. La cara de ella, tranquila, los ojos abiertos, la boca sonriente.

—¿Te gusta que te mire? —pregunta Lara.

—Sí —susurra Leo.

—¿Te gusta que te toque?

—Sí.

—¿Te gusta que mami mire?

Leo abre los ojos. La mira. Hay algo en su mirada que no es solo deseo.

—Sí —dice, y la voz se le quiebra.

Lara asiente, seria, como si acabara de resolver un problema difícil.

—Bueno —dice—. Entonces voy a llamar a mami.

Y antes de que Leo pueda decir nada, Lara gira la cabeza hacia la cocina y grita:

—¡Mami! ¡Vení! ¡Leo tiene el mástil duro y yo la toqué y está caliente y quiere que mires!

El grito corta el aire. Elena, en la cocina, se endereza. La pava en la mano. El agua tibia.

Respira hondo.

Y vuelve a la sala.


Lara está sentada en el piso, entre las piernas de Leo, con las manos apoyadas en sus propias rodillas. Parece una niña buena esperando un premio. Leo, en cambio, tiene los brazos cruzados sobre el pecho, pero el pito erecto, imposible de ocultar, sobresale por debajo de sus antebrazos.

Elena se queda en el umbral de la sala. Mira la escena. El mate vacío en el sillón. El dragón boca abajo en el piso. Los crayones desordenados. Los dos cuerpos desnudos, el grande y el chico, el erecto y el inocente, el tenso y el relajado.

—¿Qué pasa? —pregunta Elena, y la voz le sale neutra. Profesional. La voz de la cronista.

—Leo quiere que lo mires —dice Lara, señalando con el dedo—. Y yo ya lo toqué. Y dijo que sí le gusta. Pero no dijo si quería que lo siga tocando. Eso preguntale vos.

Elena se acerca. Deja la pava en la mesa ratona. Se sienta en el sillón de enfrente. El mismo donde estaba antes. Cruza las piernas. Apoya las manos en los muslos.

Quedan los tres en triángulo. Lara en el piso, en el centro. Leo en un sillón. Elena en el otro.

—Leo —dice Elena—. ¿Querés vos qué querés?

Leo no responde. Mira a Elena. Mira a Lara. Mira otra vez a Elena.

—No sé —dice.

—Claro que sabés —interviene Lara, con la impaciencia de los niños—. Si no supieras, no se te pararía.

Elena sonríe. Es una sonrisa amarga. Una sonrisa que Lara no entiende pero que Leo sí.

—Tu hermana tiene razón —dice Elena, sin mirar a Lara, mirando solo a Leo—. El cuerpo no miente. El cuerpo sabe lo que quiere. La pregunta es: ¿vos sabés lo que querés?

Leo se queda en silencio. Su pene, que había empezado a bajar un poco, vuelve a levantarse. Más erecto que antes. Más duro.

—Quiero —dice al fin, y la voz es un hilo—.

—¿Lara, vos qué querés?

—Lo que sea —dice Lara, antes de que Leo pueda responder—. Yo quiero. Me gusta cuando Leo me hace cosquillas. Me gusta cuando me puntea. Me gusta cuando me mira. Quiero que me toque. Quiero que me mire. Quiero todo.

Elena asiente. Como si Lara hubiera dicho algo perfectamente razonable.

—Entonces —dice Elena, y su voz es ahora un susurro—, ¿qué van hacer?

Nadie responde.

El silencio se llena de otra cosa. De calor. De respiración. De los tres latidos distintos.

Lara se pone de pie. Se acerca a Leo. Se para frente a él, igual que antes. Pero ahora no espera. Ahora mete una rodilla en el sillón, a un lado de la cadera de él. Después la otra rodilla. Queda montada sobre él, a horcajadas, las piernas abiertas, el sexo infantil rozando la verga erecta.

Leo la sostiene por la cintura. Lara se apoya en sus hombros.

—Así —dice Lara—. Así me gusta.

Y empieza a moverse. Adelante y atrás. Adelante y atrás. La pija de Leo se desliza entre los labios vaginales de ella, no entra, no puede entrar, pero roza, presiona, calienta.

Elena mira.

Mira cómo la hija se mueve sobre el hermano mayor. Mira cómo el hijo cierra los ojos y abre la boca. Mira cómo las manos de él aprietan la cintura de ella. Mira cómo el sexo de ella, pequeño y rosado, se abre y se cierra contra la verga de él.

Y no dice nada.

No dice nada porque no hay nada que decir.

Esta es la imagen. Esta es la escena que merece ser contada. La que sus lectoras van a devorar. La que van a leer con una mano entre las piernas, con los ojos muy abiertos, con la boca seca.

Elena sonríe.

Se recuesta en el sillón.

Afloja los músculos.

Y mira.

Afuera, el sol sigue subiendo. La pava, llena de agua caliente, empieza a enfriarse sobre la mesa ratona.

En el piso, el dragón de tres cabezas mira al techo con sus ojos de crayón rojo.

Y en el sillón, Lara cabalga a Leo con la misma naturalidad con la que dibuja, con la misma concentración, con la misma lengua asomando por la comisura de los labios.

—Mami —dice Lara, sin dejar de moverse—. Esto está tan bueno, mami…

18 Lecturas/25 abril, 2026/0 Comentarios/por Mercedes100
Etiquetas: hermana, hermano, hija, hijo, leche, mayor, sexo, verga
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