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Fetichismo, Gays

Mau se divierte con los grandes

Luego de ver a escondidas los videos de su hermano, Mau no puede creer que los hombres saquen leche. ¿Cómo puede probarla? Bueno, cuando se pierda en una fiesta universitaria encontrará su respuesta….
Daniel abrió los ojos. El cuerpo le pesaba el doble, mover una mano era imposible, como si el esfuerzo se hiciera en un mar de arena. Su cabeza daba vueltas y oía la música retumbar en sus oídos como si estuviera bajo agua. Miro el techo por unos minutos y le pareció la cosa más graciosa del mundo. Comenzó a reírse de forma intensa, hasta que una idea cayó. ¿Dónde estaba su hermanito?

De pronto, ya nada era divertido. Se levantó de golpe, lo que lo mareó. ¿Qué hora era? La fiesta seguía en algunos puntos de la sala y el patio, pero con muchísimas menos personas que cuando llegaron. Palpó su bolsa buscando su celular y lo sacó para ver la hora. ¡¿Las tres de la mañana?! Estuvo dos horas inconsistente.

Tenía que buscar a su hermano o lo asesinaría su madre. «No debí traerlo. Que idea más pendeja»—pensó ya muy tarde.

Corrió al piso de arriba, justo a la habitación donde había dejado a su hermanito. Abrió y estaba vacía, sin ni una pista de dónde había ido ese pequeño mocoso.

Corrió entre los cuartos del segundo piso, abriendo puerta por puerta con el corazón desbordado. «Puta casa laberíntica» —Ya no le parecía genial que fuera tan grande.

La mayoría de cuartos tenían la luz apagada, salvo por uno. El del fondo. La luz brillaba por la abertura bajo la puerta. Se acercó y sin escuchar nada, abrió.

Sintió el cuerpo como cemento, se talló los ojos, creyendo que era lo drogado que estaba y no la realidad. Pero era real.

Su hermanito de cinco años estaba tendido boca abajo, desnudo, con el culito lleno de un líquido blanco y espeso. No. No solo el culito, todo su cuerpo retenía lo que ya había adivinado que era semen. Alguien había abusado de su pequeño hermano. Volteó su mirada y lo encontró a él, quien había dejado el anito de su hermanito abierto, rojo y relleno…

 

Esa mañana…

El pequeño Mau se levantó extrañando a su mami. Había ido a un viaje de negocios por el fin de semana y estaba al cuidado de su hermano Daniel. El niño de cinco años salió de su cuarto, en una pijamita de dinosaurios que le quedaba un poco chica. Le apretaba de su colita, un traserito blanco, regordete y bien firme. Se talló sus ojitos avellanas y se acomodó sus rizos castaños que estaban revueltos por haber dormido chueco.

Ayer antes de que su mamá se fuera, habían discutido porque Daniel quería ir a una fiesta esta noche y había olvidado que su mamá se iba de viaje. Daniel aporreó puertas y culpó a Mau pero ahora estaba a su cuidado.

Subió a buscar a su hermano para desayunar con él y abrió su puerta. Su hermano estaba acostado en su cama, tapado y con la laptop prendida. Solo veía los enormes brazos de su hermano, blancos, fuertes y redondos sobresalir de las mantas.

Mau echó un vistazo a la laptop y vió una escena extraña. Un hombre tenía su pollito por fuera y lo tenía muy grande. Mau no sabía que un pollito podía crecer tanto y ponerse paradito. El suyo no hacía eso.

El hombre en la laptop movía sus grandes manos en su gran pollito, mientras siseaba y le decía a alguien que no se enfocaba: «¿Quieres lechita?»

¿Lechita? Pero si el hombre no tenía ni un vaso o cartón de leche. No entendía. El hombre empezó a abrir su boca gritando y luego enfocaron a su pollito, grande sobre el rostro de una mujer igual de desnuda la cual sacaba su lengua. El hombre se hizo pipí, porque de su pollito salió un líquido, aunque era blanco y espeso. No parecía pipí. Parecía… ¿Eso era la leche que decía?

La mujer comenzó a tragar y lamer lo que se resbalaba de su boca mientras el hombre le decía casi rugiendo: «Eso, cómete mi lechita.»

Volteó a ver a si su gran hermano no lo había descubierto. Tenía veintidós años y amaba el gimnasio. Tenía el cuerpo ancho, musculoso y fuerte. Un abdomen marcado y unas piernas enormes. Siempre le había gustado ver a su hermano cambiarse después del gimnasio, porque su cuerpo parecía brillar por el sudor.

Se fijó en su hermano dormido en la cama y se dió cuenta que cruzando su abdomen, había algo parado, cubierto por las sábanas. Formaba una carpa alta. Inclinó la cabeza con curiosidad y le quitó despacio las mantas a su hermano, solo para descubrir algo interesante. Estaba completamente desnudo y su pollito era lo que sobresalía. Era grande, casi como el del video en la laptop, solo que el suyo era blanco y con pelitos pequeños en la base. Mau se quedó boquiabierto. La cabecita de su propio pollito estaba cubierta por su prepucio, pero el de su hermano estaba descubierto y era rosita la punta. Le seguía sorprendiendo como se mantenía recto sin que nadie lo sostenga.

¿También él sacaría lechita como el del video? La señora abría su lengua y se lo había tragado todo. Entonces estaría rica, ¿no? ¿A qué sabría? ¿Sabría al vasito con leche que tomaba todas las noches antes de dormir?

Con su pequeño dedito, el niño tocó la cabecita de su hermano y sintió la piel de su pollito, suave y duro a la vez. El miembro se rebotó a su toque y eso le gustó.

Suponía que su hermano también sacaría lechita. ¿Pero, cómo lo podría sacar? ¿Cómo se hacía? ¡Claro! Moviendo el pollito de su hermano, arriba y abajo.

Colocó una manita en el tronco de Daniel, aunque no era suficiente, necesitaba las dos para poder agarrar ese pollito tan grande. Se sentía duro y caliente en su manitas. Comenzó poquito a poquito a bajar y subirlas esperando la lechita.

Escuchó la voz de su hermano quejarse muy suavemente. «Creo que le está gustando»—recordó como el hombre del video se quejaba igual pero en voz alta. ¿Cuánto iba a tardar en salir? Ya quería probar como sabía esa leche, pues él solo conocía la de caja.

Siguió subiendo y bajando hasta que su hermano comenzó a mover los dedos de sus pies. Eso asustó a Mau y salió corriendo del cuarto.

Daniel bajó unos minutos después y desayunó con Mau, aunque sí, seguía molesto con el pequeño de cinco años por no poder ir a esa fiesta.

 

Ya en el carro, pasaron por Raúl, el mejor amigo de su hermano. Un chavo que le gustaba a Mau. Raúl era alto, más alto que su hermano, con la piel bronceada, los ojos verdes, el pelo rizado como él y una actitud divertida. Siempre abrazaba y cargaba a Mau, lo besaba en la mejillas y le compraba cosas. Lo trataba mejor que su hermano.

Raúl entró el coche y saludó a Mau con un beso en el cachete lo que lo hizo sonrojar.

— Oye, tengo una idea sobre la fiesta…

— Ya te dije que no iré. Tengo que cuidar a ese escuincle. —interrumpió Daniel.

— Por eso. Le marcas a tu mamá a las nueve de la noche a decirle que ya se van a dormir y te escapas a las diez.

— Ajá, ¿y dónde dejó a ese niño?

— Lo llevas. Lo dejamos en un cuarto donde nadie lo moleste con películas, dulces y que se duerma ahí. Ya luego te lo llevas dormido. Y él no va decirle nada a mami, ¿verdad, duendecito? —le guiñó el ojo a Mau.

Mau sonrió y le prometió a Raúl que no diría nada. A Raúl le prometería cualquier cosa.

Ya en la noche, los dos se habían bañado esperando la última parte del plan de Raúl.

Mau corrió a la puerta de su hermano cerrada con llave.

— Dani. ¿No me vas a vestir?

— Ya no eres un bebé. Ya tienes cinco, ponte lo que veas. —gritó su hermano desde el otro lado de la puerta—. Y apúrate, porque ya le marqué a mamá que nos dormiremos y ya nos vamos.

Mau regresó desnudito a su cuarto, con su gran culito rebotando. Tomó una playera de dinosaurios y se la puso, pero no logró alcanzar su cajón de trusitas, así que solo se puso un short.

Cuando bajó para subirse al carro, Daniel entornó los ojos.

— No te sabes ni poner una camisa. —dijo acomodando su ropa mal puesta. Aunque lamentablemente no se dió cuenta que no llevaba nada bajo el short y tampoco lo dijo, ya era tarde y Daniel se enojaría.

 

Daniel condujo tarareando, feliz de que se cumplió su objetivo. Su mamá se creyó que ya estaban dormidos y ahora tendría toda la noche para él.

Llegó a la casa de Raúl. Una mansión casi casi. Sus papás eran políticos y tampoco estaban, así que la casa de dos plantas y centenares de cuartos eran suyas.

Bajó al molestó de su hermano y tuvo que cargarlo, porque le daba miedo el montón de personas en la casa, gritando, tomando y besándose.

Raúl los vio y los saludó con una sonrisa de lado a lado. Los llevó arriba hacia el penúltimo cuarto de la casa. Ahí dejaron a Mauricio, viendo películas en Disney plus y con la cama llena de jugos y galletas.

Raúl le pidió un beso en el cachete a Mau y Daniel tuvo que poner los ojos en blanco. A ese vato le faltaba un hermanito, por lo visto. Con gusto le regalaba a Mauricio con tal de no cuidarlo más.

— Listo, cabrón. En un rato se duerme y te lo llevas. La noche es joven. —dijo Raúl tomando a Daniel de los hombros.

Dos horas después, se había cogido a una morrita en el baño y bebido más de lo que nunca había hecho.

Se sentó en un sofá, cachondo otra vez y con ganas de encontrar a otra tetona a quién cogerse. Solo necesitaba tomar aire.

Aldo se sentó a su lado y le ofreció un cigarrito bien relleno de mota. Su amigo se veía bien happy y aunque Daniel no solía fumarlo porque su mamá siempre sentía el olor, esta vez, su mamá no volvería hasta días después. Le aceptó el cigarro y sin darse cuenta, acabó fumando cada vez más en ese sofá. Riendo, aguantándose la verga cachonda y haciendo más y más rollitos.

 

Mau no podía dormir. Aunque con la puerta cerrada y en el segundo cuarto más lejos, la música casi no se escuchaba, era suficiente para no dejarlo dormir. Tenía sueño. No sabía cómo funcionaban la horas, pero si se le cerraban sus ojitos, era porque ya era tarde. Extrañaba su vaso con leche antes de dormir, extrañaba a su mami.

Tanto jugo le dió ganas de ir al baño, así que se puso sus zapatitos y salió.

Bajó ante las miradas de cientos de hombres y mujeres que lo veían extrañado. Se asustó y la música a todo volumen no ayudaba. Con los ojos vidriosos y una ganas de llorar profundas, corrió de vuelta al cuarto. Antes de entrar, escuchó las risas de Raúl en el cuarto del fondo. Él lo llevaría al baño.

Entró al cuarto y se dió cuenta que Raúl no estaba solo. Habían dos hombres más que voltearon a verlo.

— Duendecito. ¿Qué haces despierto a esta hora? —Raúl estaba sentado en el piso.

— No encuentro el baño y quiero hacer pis. —dijo con la voz cortada

— No llores, mi vida. Ven. —tomó a Mau de la mano y lo sentó en su pierna.

El cuarto olía raro, como a lo que siempre olía Raúl, pero más intenso. Tenía los ojos rojos.

— Miren, cabrones.—continúo Raúl—. Él es el hermanito de Daniel, Mau. Tiene cinco.

Raúl le presentó a los dos hombres. Alexander era un chavo tatuado de los brazos y con el pelo rapado. Tenía el cuerpo trabajado, aunque menos que su hermano. Misael era un chavo más pequeño, blanco de ojos verdes y una bonita sonrisa, con el cuerpo rellenito, aunque no era ni de cerca gordo.

— Hola, chiquito. —lo saludó Misael.

— H..hola.

— Pero si está bien bonito el canijo. —dijo Alexander.

— Sí, cabrón. Hermoso. —coincidió Raúl.

Mau se sonrojó, bajando su carita y escondiéndola en el pecho de Raúl.

En eso se quejó y se acomodó el short.

— ¿Te mojaste, Mau? —le preguntó Raúl tocando su shortcito.

— Sí. —bajó su rostro apenado. Se había hecho pipí, aunque un poquito.

El amigo de su hermano metió su manita por sus piernas para ver si se había mojado mucho y luego se detuvo sonriendo.

— Mau, ¿por qué no tienes trusita?

— ¿En serio? —preguntó Alexander acercándose e intentando jalar su short.

Mau abrazó su piernas apenado.

— Es que no alcanzaba el cajón de mis trusitas y Daniel no me quiso ayudar. —sus ojos se le habían llenado de lágrimas por la vergüenza de haberse hecho pipí.

— Ese canijo. Muy mal por Daniel. —dijo Misael poniendo sus brazos en forma de X.

— No llores, no pasa nada. —Raúl le dió varios besitos en el cachete para calmarlo.

— Hay que quitarte el shortcito, sino vas a oler a pipí—Alexander se acercó aún más.

Mau solo negó con la cabeza. Le daba pena.

— Dale, Mau. No te puedes quedar con tu shortcito mojado y apestando—respondió Raúl masajeando lentamente sus muslos.

Mau no respondió. Se escondió más en el pecho de Raúl, mientras él seguía sobando sus piernas.

— Tiene pena. ¿Quieres que nos quitemos el short también para que veas que no pasa nada? —preguntó Alexander.

Mau lo miró y dudando, asintió al final.

Alexander fue el primero en levantarse y quitarse la camisa. Mostró su pecho tatuado, marcado y muy atractivo. Mau tuvo que bajar su mirada, porque se había puesto nervioso, pero no tardó en subirla cuando escuchó a Alexander quitarse el cinturón y bajarse de un tirón el pantalón.

Los ojos del pequeño se abrieron como dos lagunas llenas de curiosidad.

Alex tenía muchísimos pelitos arriba de su pollito ya parado y apuntando hacia arriba. Era gruesa, más que la de su hermano y morena con una cabecita rosa y ovalada. Lo que Mau no sabía, era que se monstruo medía diecinueve centímetros.

Alex sonrió a la expresión del pequeño asombrado.

— Viste, nene. No pasa nada.

Misael se levantó y siguió el ejemplo de su amigo. Se bajó un pantalón caqui, mostrando un pollito blanco, cubierto por el prepucio como el de Mau. Era delgada, pero muy larga. Dieciocho centímetros de carne blanca.

Mau veía ambas pasando sus ojitos rápidamente, como si no creyera esos tamaños. Raúl lo tomó de los cachetitos sonrojados y lo obligó a mirarlo.

— ¿Ya tienes menos pena, duendecito?

Mau estiró la boquita, bajó su mirada del agarre.

— Faltas tú. —dijo el pequeño casi inaudible.

Raúl sonrió.

— Que envidia, cabrón. Como le encantas a ese niño. —dijo Misael.

Raúl bajó al nene de sus piernas y se levantó. Sin quitarle la mirada al pequeño, se levantó la camisa. Su cuerpo era muy delgado, por eso sorprendió a Mau verle cuadritos adornados de vello y un caminito que se perdía entré el short que llevaba. Raúl se bajó el short y bóxer juntos, aventándolos a un lado. En esa entrepierna, rebotó un pollito muy grande, tan grueso y venoso que colgaba con la cabecita rosa viendo al suelo. Era el más grande, no solo del cuarto, sino el que hubiera visto jamás.

— Ya estoy yo también. —dijo Raúl sosteniendo su verga desde abajo.

El niño aún apenado, pero ya decidido a cumplir su promesa, se quitó la camisita. Y ahí, escuchando a los tres hombres con las vergas paradas y suspirando, se bajó el shortcito.

Tenía una pancita que sobresalía, un cuerpecito blanquito, lampiño y suave. Su pollito era pequeño, como el meñique de un adolescente.

No sabía porqué, pero los tres hombres tocaban su vergas paradas sin dejar de verlo. La de Alexander apuntando arriba, la de Misael curvada al frente y su favorito, la blanca y venosa verga de Raúl apuntando al piso.

Raúl tomó su manita y lo volvió a sentar en su pierna, esta vez a su lado estaba su verga descansando en el piso. ¿Tan pesada era?

— Así ya no apestas a pipí como tu shortcito. ¿Quieres que durmamos contigo los tres?

Mau negó.

— ¿Y eso, duendecito? —Raúl acariciaba sus muslos muy cerca de sus huevitos–. ¿No tienes sueño?

— Es que siempre antes de dormir, mi mamá me daba un vasito de leche calientita para dormir.

— ¿Lechita? ¿Calientita? —preguntó Alexander sentándose cerca de Mau.

— Ah, pequeñín. Eso se puede arreglar. Nosotros tenemos lechita. ¿Verdad Raúl? —preguntó Misael.

— Así es. ¿Sabes dónde está la lechita, duendecito?

— Aquí. —con un dedito, Mau punteó el glande de Raúl, lo que hizo que suspirara.

— ¿Cómo sabes, pequeñín? —preguntó Alexander con una sonrisa tan ancha.

— Lo vi en el video que veía mi hermano en la mañana.

— Ay, pequeño. ¿Dani te dió lechita? —preguntó Misael insistente.

— No. Solo lo ví. Pero quiero probarla. ¿A qué sabe? —preguntó el pequeño con suma curiosidad.

– Haberlo dicho antes, duendecito. Aquí tienes tres biberones llenos de leche muy caliente, ¿verdad, cabrones?

Los otros dos asintieron.

— Sabe rica, Mau. Pero, solo sale la lechita si lo metes a tu boca y lo lames como un helado. —Alexander sostuvo su tronco viendo al pequeño.

Raúl tomó a Mau y lo cargó acostándolo en la enorme cama del fondo. El pequeño usualmente risueño y muy curioso, estaba apenado.

Los hombres desnudos y erectos, siguieron al pequeño, subiendo a la cama y andando por la cama con las rodillas hasta dejar al niño en medio y ellos a su alrededor.

— ¿A quién se la quieres chupar primero, Mau? —preguntó Alex a su lado con la verga babeada.

— A…a Raúl.

— Claro que sí, amor. —Raúl se acercó más a él y alzó su gruesa verga a la boquita de Mau.

El pequeño abrió su boquita para recibir el trozo de carne. Raúl antes de cualquier movimiento, tomó la lengüita del niño y la sacó para que cubriera sus dientitos.

Ahora sí, insertó la cabecita rosa y gorda en la boca de Mau. Cerró sus ojos nada más sentir la humedad y calidez del pequeño de cinco años.

El niño tomó el tronco con sus dos manitas y comenzó a mover su lengua al rededor de la cabecita. Raúl comenzó a bufar.

Los otros hombres tomaron las manitas del pequeño y las unieron a sus troncos, pidiéndole a Mau que los masturbara. Sus manitas tan pequeñas, apenas podían sostener los grosores de aquellos hombres calientes.

Raúl abrió los ojos y vio una escena que lo llenó de un morbo delicioso. Un pequeño de poco más de un metro, viéndolo fijamente con unos ojitos bellos, mientras sostenía dos vergas en sus manitas y se metía la suya a su boca.

— A la verga. —suspiró—. Es un pendejo el Daniel si nunca aprovechó esto.

Alex y Misael solo sonrieron viendo al pequeño.

Sentir la boca húmeda de Mau traía a Raúl con una calentura abismal.

Cuando se la sacó de su boca, chorros de saliva caían de su tronco a las sábanas y el pequeño perseguía su premio con la boquita. «Que niño más putito. Y solo cinco años…»

Quería más, quería a ese niño solo para él. Pero sabía que así de grifo solo lo haría correrse más rápido, por eso tuvo que dejar que los otros hombres en la habitación disfrutaran al pequeño.

Mau apartó su ojos de Raúl cuando Alex lo jaló y sin más le clavó su verga en la boca. Mau luchaba por respirar cuando Alex recobró la cordura y dejó que el pequeño lamiera a su ritmo. Eso sí. Alex cerraba sus ojos y abría grande la boca cuando sintió la lengua de ese pequeño moverse en su glande. Raúl entendía aquella reacción. El niño no era un experto mamador, pero había algo en él, un talento natural.

Misael se masturbaba con una mano y acariciaba el culito del pequeño. Su sonrisa se borró cuando el pequeño Mau se metió su verga a la boca, ahora solo insultaba lleno de desesperación.

— Ya me lo quiero coger. —suplicó Alex.

Raúl tomó a Mau del cuello y lo apartó de la verga que devoraba.

— Oye, duendecito. Conozco una forma más fácil de hacer que la lechita salga. ¿Quieres saberlo?

— ¡Sí! –gritó el niño.

Raúl acostó al pequeño boca abajo, luego alzó su cadera dejando al pequeño en cuatro. ¡Qué imagen!

El culito blanco de Mau se veia enorme en esa posición, su anito rojo y estrecho se veía exquisito y sus huevitos colgaban como dos uvitas.

Alex y Misael suspiraban masturbándose detrás de él.

Mau volteaba su carita curiosa para ver qué le harían.

Raúl tragó saliva y hundió su rostro en el culito del pequeño, tuvo que mantenerlo firme porque Mau se reía por las cosquillas.

Sabía a gloria. Solo sentía el sudor del pequeño, sin ni un mal olor.

Su lengua llenaba de saliva ese culito tierno, brillaba a la luz del cuarto y las risas de Mau se transformaron en pequeños gemiditos. ¡Nunca había escuchado a un pequeño gemir!

Salió del culito tomando aire, con una sonrida y la verga goteando precum en su piso.

Sus amigos no se aguantaron y juntos los empujaron para lamer el culo del pequeño, sin importarles si sus lenguas se cruzaran. Eso hacía la mota. Ir por lo que querías con tanta excitación que no pensabas más allá.

Fue a su cajón un poco mareado, dejando detrás suyo al niño de cinco y sus dos amigos gimiendo al unísono, devorando ese culito.

Tomó un pequeño bote rosado con la leyenda: Ámsterdam, poppers chill.

Con un diente le quitó la envoltura dejando la tapa negra lista para abrirse y le dió un gran suspiro. Se sintió aún más vivo que con sus rollitos.

Se acercó al pequeño y le levantó la cara llevando el popper a su nariz.

— No mames. —dijo Misael.

— ¿No que ya se lo querían coger? No se las va a aguantar así sin más.

A Mau le ardió la nariz y sintió poco a poco, ¿sueño? No. Era relajación.

Sintió que lo cargaran y pusieran boca arriba, pero no podía mover su cuerpecito.

Le pusieron las piernitas arriba y sintió que algo entraba en su anito.

Era la verga de Raúl, que con un poco de saliva luchaba con entrar en ese pequeño agujero.

Estaba sudando y se sentía tan caliente.

Se la tuvo que sacar porque no entraba, estaba muy gruesa para el pequeño. Lamentablemente, tuvo que seder su lugar a Misael.

Alexander escupió en el ano de Mau, lo siguió Raúl y luego la verga de Misael.

— A la verga. —gruñó el hombre. —No mames, siento que me succiona la verga.

Mau se mantenía inmutable, con la carita perdida por los poppers. Pero gracias a eso, sus enfinteres relajados dejaban pasar la verga del hombre robusto.

Se paró dejando a Misael taladrar a Mau. Alexander se colocó a su lado masturbando su verga con rabia y jadeando.

— La mejor puta fiesta. —dijo tomando su turno en el culito del pequeño.

— ¡Oh sí! ¡Cométela toda!

El niño no respondía, solo gruñía en voz baja. Misael fue el inicio perfecto para que su culito virgen se acostumbrara a tener una verga dentro, porque Alex se la clavó con furia y aquellos diecinueve centímetros llegaron hasta el final del pequeño que ahora sí gemía con mucha fuerza, con la cara roja y los ojos saltones.

Raúl no aguantaba más.

Empujó a Alex quitándolo de la cima del pequeño, se acostó y como si fuera un peluche, cargó a Mau clavándolo en su descomunal verga.

El pequeño gruñó al mismo tiempo que él sintió la fuerza de succión de su anito.

Comenzó a sentar con furia al pequeño, que cerraba sus ojitos y gruñía. Parecía uno de esos muñequitos sexuales, tan pequeño y tan dócil. «Bueno, las jaladas que le obligué a darle a los poppers ayudaron»

Escuchó a sus amigos gruñir y él mismo sentía la leche subir por su tronco.

Dejó al niño acostado y sus amigos se corrieron en su carita.

— !AGGGGHH! —gritaron ambos llenado al pequeño de semen en su boquita y rostro.

Él se levantó casi arrancándose la verga y levantó el culito de Mau viendo los resultados de sus juegos.

El anito blanco, ahora era rojito, con sangre y fluidos blancos al rededor. Suspiró y se corrió en su culito. Cuando la leche comenzó a correr por su anito, levantó la cara y vió a Misael y Alexander recolectando la leche para llevársela a la boca del niño.

– Toma tu lechita Mau, calientita como prometimos.

Raúl se subió a la cama, acomodando al pequeño en su brazos el cual ni se movía. Cerró sus ojos y dejó que su sueño lo envuelva.

Cuando volvió a abrir sus ojos, sus amigos ya no estaban. Él seguía desnudo y en sus brazos dormía Mau tan plácidamente después de recibir dos grandes vergas.

Cuando vio el marco de la puerta, encontró a Daniel viéndolos fijamente.

 

6 Lecturas/20 agosto, 2026/0 Comentarios/por El autor
Etiquetas: amigos, baño, hermanito, hermano, madre, mayor, semen, viaje
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