Mi anecdota..se vale reir
Fernanda y stefani, se conocen en el trabajo y terminan intercambiando fluidos.
En la empresa donde trabajo todo el personal usa uniforme, tanto el de oficina como el de taller y almacén. En el área administrativa los hombres andan siempre de traje y corbata y las mujeres vestimos traje sastre de falda y saco, zapatillas de tacón alto y pantimedias. A mí, aprovechando mi estatura y mis piernas notablemente largas y estilizadas, me gusta mucho usar la falda corta a medio muslo y sandalias altas más que zapatillas cerradas; me siento mucho más sensual y provocativa. Las medias siempre las prefiero totalmente transparentes para lucir el contorno de mis muslos.
Estoy acostumbrada a que los hombres de toda la empresa me miren con mucha insistencia las piernas, tanto cuando estoy de pie como cuando estoy sentada, cazando un movimiento descuidado mío para mirar por dentro de mi falda. Lejos de molestarme, eso divierte mi juventud y halaga mi vanidad.
Sin embargo, mi verdadera atención siempre estuvo fija en Fernanda, la encargada de la oficina principal. Ella es una mujer madura, calculo que entre los 40 y 50 años, poseedora de una belleza imponente y sumamente femenina. A diferencia de la rigidez del resto, Fernanda es un espectáculo visual: su biotipo es el de una mujer de curvas masivas y voluptuosas, con una cintura estrecha que contrasta con sus caderas anchas e hipertróficas y un busto de gran volumen que desborda el traje sastre. Su rostro es redondeado, de facciones carnosas y labios tan gruesos que exudan sensualidad con sólo hablar. Aunque las demás mujeres de la oficina suelen mantener su distancia debido a los rumores sobre su magnetismo y sus comentarios audaces sobre nuestros atributos, yo me sentía extrañamente atraída por su presencia dominante.
Cierto día me avisaron que debía permanecer más tiempo del regular en la oficina para ayudar a sacar un trabajo urgente de archivo en la oficina principal. Así lo hice y al final de la jornada, ya de noche, cerca de las 8:30, cuando ya se habían ido todos, Fernanda me pidió que antes de marcharme le ayudara a acomodar unas pesadas carpetas en la parte alta de un estante aprovechando que mis piernas me hacen más alta que ella. Trajimos la escalera móvil con puente y subí. Me paré en lo alto con las piernas abiertas para equilibrar el peso.
Fernanda, colocándose justo debajo de mí, comenzó a pasarme las carpetas una a una. Desde mi posición, sentí cómo sus manos, suaves y firmes, empezaron a deslizarse de manera deliberada por mis pantorrillas y mis tobillos. Miré hacia abajo y me encontré con sus ojos oscuros y una expresión de puro deseo mientras contemplaba la apertura de mi minifalda. Aunque mi primer impulso fue el decoro, la visión de esa mujer tan hermosa y voluptuosa adorando mis piernas me congeló el aliento; dejé que sus manos continuaran subiendo, subiendo con lentitud hasta acariciar la firmeza de mis nalgas.
Al bajar de la escalera, Fernanda me esperaba a ras de suelo. Al primer contacto físico, se apegó por completo a mi espalda. Fue ahí donde sentí, con total nitidez, cómo algo rígido, largo y grueso comenzaba a presionar con fuerza entre mis nalgas a través de nuestras ropas. Sus manos volvieron a meterse por debajo de mi falda, levantándola por completo para acariciar mi piel desnuda y buscar mi intimidad. Me sostuvo así, fundida contra su cuerpo masivo, y me susurró al oído con una voz que me erizó la piel: *»Qué hermosas piernas tienes y qué cálida estás, mamacita»*. Luego, subió sus manos hacia mi saco para apretar mis senos con fuerza, amasándolos con una experiencia que me encendió por completo, humedeciéndome de inmediato. Ella lo notó al instante. *»Vamos a un motel aquí cerca, quiero hacerte toda mía»*, me dijo, y la tensión acumulada en la oficina principal se transformó en una huida absoluta.
Salimos de la empresa y terminamos en la recámara de un motel de paso de 100 pesos, un cuarto sencillo que se sintió ardiente en cuanto cerramos la puerta. Fernanda se sentó en la orilla de la cama y me acomodó de pie justo frente a ella. Con movimientos pausados pero posesivos, me bajó las pantimedias junto con las pantaletas, pero se esmeró en volver a colocarme las sandalias de tacón alto. Me confesó que le excitaba de sobremanera ver el contraste de mi minifalda y las sandalias puestas en mis pies estilizados, queriendo poseerme vestida para acentuar esa deliciosa sensación de vulnerabilidad.
Fue entonces cuando ella se despojó del traje sastre y su ropa interior, revelándose ante mí en toda su impactante madurez ginoide. Mi asombro fue mayúsculo: el pubis de Fernanda era sumamente espeso, pero entre su anatomía femenina no había testículos, sino una abertura vaginal perfectamente definida de la cual emergía un clítoris gigantesco, una verdadera extensión anatómica con cabeza y consistencia firme. Al notar mi sorpresa, me sonrió con calma, explicándome que bajo la intimidad de sus amantes solía llamarse Stefano; que no era ningún fenómeno, sino una condición de desarrollo desde su pubertad que le permitía poseer esa dotación natural con la que ya había vuelto locas a otras mujeres curiosas.
El asombro inicial dio paso a una fascinación erótica incontrolable. Fascinada por la contradicción de su cuerpo ultra femenino y esa poderosa fisionomía, le aseguré que estaba dispuesta a entregarme. Me tomó del cuello, besándome con una boca húmeda de la que emanaba un flujo cálido y denso que tragué con sumisión mientras me recostaba en la cama del motel. Me abrió las piernas de par en par, acomodándose entre mis muslos largos, y comenzó a introducir su clítoris gigante en mi vagina. La sensación de llenado fue total, profunda, rozando mis paredes una y otra vez mientras su cuerpo macizo me aplastaba contra el colchón.
Fernanda —mi Stefano en esa habitación— comenzó a embestirme con un ritmo salvaje y frenético, buscando el fondo de mi anatomía, enterrándose en mí mientras sus manos hipervolumétricas se aferraban a mis caderas anchas. El clímax llegó de golpe cuando sentí que su cuerpo entero se ponía rígido y, de manera increíble, oleadas de un calor espeso inundaron mi interior.
Al terminar, se incorporó sobre la cama mostrando cómo su fisonomía aún se mantenía erecta y triunfante. Me extendió la mano para levantarme y me pidió que permaneciera de pie con las piernas abiertas frente al espejo de la recámara, deleitándose con la vista de sus propios jugos escurriendo por la parte interna de mis muslos estilizados hacia mis pies.
Desde aquella noche en el motel, mi vida cambió. Quedé completamente prendida del magnetismo de esa mujer hermafrodita. He dejado atrás el interés por los hombres; ahora me entrego por entero a mi hermosa Fernanda, quien a pesar de su singularidad me cuida, me mima y me posee con una intensidad y un placer que me tienen perdidamente enamorada. Vivo fascinada por su madurez voluptuosa y el secreto que esconde bajo la falda, enloqueciéndola a mi vez cada mañana en la oficina con el largo y la sensualidad de mis piernas.
El encuentro clandestino en aquel motel de paso no fue un evento aislado, sino el catalizador que reconfiguró nuestras vidas por completo. Al poco tiempo, la tensión de mantener nuestro vínculo bajo el escrutinio de la empresa se volvió insostenible, lo que nos llevó a tomar la decisión de mudarnos juntas. Dejamos atrás las habitaciones separadas para construir un universo propio, un espacio donde la devoción mutua dictaba las reglas.
Años de condicionamiento laboral y de vivir bajo la estricta norma del uniforme empresarial terminaron por moldear nuestra psicología de una manera profunda y peculiar. En lugar de rebelarnos contra la uniformidad al llegar a casa, Fernanda y yo decidimos adoptarla como la máxima expresión de nuestra conexión. Decidimos vestirnos exactamente igual, convirtiendo la mimesis en nuestro lenguaje privado.
Incluso en nuestros días de descanso, nuestro ritual matutino era una coreografía de simetría absoluta. Empezábamos desde la ropa interior, seleccionando los mismos encajes, y continuábamos con las prendas exteriores: faldas cortas idénticas que acentuaban el contraste entre mis piernas estilizadas y macroscélicas, y las caderas masivas e hipervolumétricas de Fernanda. El maquillaje no era la excepción; delineábamos nuestros ojos con el mismo pulso y pintábamos nuestros labios con el mismo tono carmesí exacto, logrando que su boca carnosa y la mía reflejaran una sincronía perfecta ante el espejo del tocador. Éramos dos versiones de una misma voluntad estética, unidas por el orden y el deseo.
Nuestra intimidad, libre de las prisas del pasado, se convirtió en un laboratorio de placer constante durante un año entero. En la privacidad de nuestra alcoba, Fernanda asumía por completo su identidad de Stefano. Su clítoris hiperdesarrollado y gigante, firme y carente de estructuras masculinas accesorias, se convirtió en el eje de nuestras noches. Me entregaba a su anatomía única con una sumisión fascinada, disfrutando de la entrega absoluta mientras su cuerpo imponente y ginoide me poseía una y otra vez, buscando siempre llegar más profundo.
Fue durante ese año de comunión constante que el anhelo que compartíamos en silencio comenzó a manifestarse. Contra los pronósticos de la biología convencional, la naturaleza de la fisonomía de mi hermafrodita obró el milagro que tanto deseábamos. La calidez y la constancia de nuestras uniones fructificaron: quedé embarazada de Fernanda.
Los meses de gestación transcurrieron en una atmósfera de complicidad y cuidado extremo, donde Fernanda vigilaba cada cambio en mi cuerpo con un instinto protector y dominante. El relato de nuestras vidas, marcado por la simetría y el secreto, encontró su perfecta conclusión una madrugada en la que el ciclo se completó.
El llanto de una niña recién nacida inundó la habitación, marcando el nacimiento de una criatura que llevaba en sus rasgos la herencia inconfundible de nuestro vínculo. Al sostenerla entre nosotras, era evidente la asombrosa mezcla morfológica: una pequeña criatura mitad Fany y mitad Fernan, poseedora de la promesa de la delicadeza estilizada de mis facciones y la imponente y armónica fuerza física de su otra madre. En sus ojos oscuros se reflejaba el final de nuestra búsqueda y el inicio de una nueva simetría.
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