Mi primera experiencia sexual con mi hermana III
Mi hermana y yo seguimos haciendo marranadas impropias de dos hermanos.
Primer relato
Estaba súper excitado tras haber saboreado las delicias del cuerpo de mi hermana que tanto me gustaban, así que no pude aguantar y empecé a masturbarme delante de ella. Se me había puesto tan dura que hasta me dolía. Ella me miraba con mucha atención, no era la primera vez que me masturbaba estando ella cerca, pero sí la primera que lo hacía justo delante de su mirada atenta, lo que a ún me excitó más.
– Por favor, si no me la quieres chupar, dale unos besos.
– Me da cosa, me siento rara si te la toco, esto no se hace entre hermanos.
– Acabo de comerte el chichi y te has corrido varias veces, y la lengua es la de tu hermano…
– Va, te la tocaré, pero besos no, ¿vale?
– Bueno, venga, dame la mano que yo te enseño.
Me tocó, y sentí un ramalazo de placer al sentir su mano en mi miembro. A diferencia de mí, que instintivamente ya sabía mover la lengua por las reconditeces del coño de mi hermana, ella fue bastante torpe en esta primera vez.
Subía y bajaba la mano imiytando mis movimientos, pero le faltaba práctica, en la presión y en el ritmo.
– Nieves, no aprietes tanto, y ve más despacio. Ya te diré cuando tienes que apretar más.
– Vale, vale, como tú digas.
Siguió masturbándome, yo ya estaba a punto de reventar, y cuando sentí la inminencia del orgasmo me dijo:
– Se me cansa la mano
– Por favor, no pares ahora, que estoy a punto, por favor.
– ¡Hala, qué dura se te está poniendo!
– ¡Ay ay Nieves, que me corro ya! No pares aún, por favor…
Y cuando ya me notaba estallar, de repente me fijé en su boca entreabierta, tan cerca de la mía… y el impulso fue instantáneo, ella no se lo esperaba, y yo planté mis labios en los suyos y le metí la lengua. Ella dio un pequeño respingo, pero no se separó, y dejó que yo paseara mi lengua por la suya mientras me corría en un estallido de placer. Casi grité del gustazo y el morbazo de sentir que mi propia hermana me estaba masturbando y yo la estaba besando en la boca, sin resistencia por su parte. Su saliva me supo dulcísima, y cuando paré de jadear y se separó le pedí que me dajara seguir besándola.
– No, que te has aprovechado de que estaba desprevenida y me has metido toda la lengua. ¡No y no!
– ¡¡Pero si no te has apartado!! Venga, va, ¡si te ha gustado!
– Eso es una guarrería.
– Pues a mí me ha parecido delicioso.
– Ya, pero es que tú eres un guarro que le gustan los meados y yo aún soy una niña, tengo 7 años, esto son cosas de mayores. No quiero ser una puta.
Yo me quedé un poco cortado y sin saber qué contestar.
– Vale, no te enfades, vamos a dormir. Hasta mañana.
– Buenas noches.
Apagamos la luz, yo me dormí enseguida, pero durante la noche me desperté y pude escuchar el conocido ruido de los dedos de mi hermana en su coño mojado: se estaba masturbando. Me hice el dormido y pude escuchar cómo se corrió varias veces. Cuando acabó, me volví a dormir.
A la mañana, cuando me desperté, tenía a mi hermana en mi cama, casi encima de mi cara con las piernas abiertas; se había quitado el pantalón de pijama y me decía:
– Despierta y abre la boca que me meo. Y creo que estará fuerte, como a ti te gusta.
Sin dejarme decir palabra me puso el coño abierto en la boca e inmediatamente soltó un fuerte chorro de meados. Efectivamente, su sabor era muy intenso, el pipí abundante, y como meaba con toda su fuerza, casi no podía tragármelo.
-¡Bébetelo todo o no te daré nunca más ni te haré pajas!
Yo no pude contestar hasta que terminó. Antes de acabar, aún soltó un par de chorros más y unas gotas al final, y cuando por fin se levantó, le dije:
– Por favor, Nieves, no mees con tanta fuerza, es mucho y el sabor es muy fuerte, y casi no puedo tragármelo. Que sí, que me gusta mucho, pero dámelo más poco a poco.
– Ya sé que está fuerte, pero ¿qué crees? ¿que puedo controlarlo? Me meo mucho y así es como me sale, no puedo hacer nada. Sabes que no puedo aguantar el pipi, que si me aguanto me meo en el pijama.
– ¿Y por qué no me despiertas a media noche y me das un poco? Así por la mañana tendrás menos y no me costará bebérmelo. Y no me pongas tan pegado el coño en la cara, que casi me asfixias, no me dejas ni respirar.
– Perdona, eso no me he dado cuenta, ya me agacharé más separada; pero el primer chorro a veces sale para donde quiere, igual te baño en pipi.
– Ya sabes que no me importa, me gusta oler a tus meados.
– Sí, pero se notará el olor, y en clase ¿qué vas a decir?, ¿que te lavas la cara con el pipi de tu hermana?
– ¡Hmm! ¡Qué buena idea! No te preocupes, me lavaré con agua. Pero cuando sean vacaciones y no tengamos que ir a clase me lo dejaré para oler a ti.
– ¡Uf! No sé cómo te puede gustar tanto, creo que eres un poco marrano.
– Si soy un marrano es por culpa de todas las veces que me has meado en la cama, ¿o ya no te acuerdas?
– ¿Me estás llamando meona?
– Es que eres una meona y una guarrilla pajillera, esta noche me has vuelto a despertar.
– ¿Ah sí? ¡Pues sí que tienes el oído sensible! Vale, la próxima noche me vas a comer el chichi tú.
– Te lo pasas bien cuando te lo lamo, ¿verdad? Con los gritos que pegas.
– Pues sí, me gusta cuando me pasas la lengua, me da más gusto que cuando me meto los dedos, es verdad. Pero somos hermanos y eso no se hace.
– Claro, no se hace pero tú te dejas. Qué lista eres. Pues ya lo sabes, yo te chupo el chichi, tú me meas y luego me haces una paja a mí.
– No, eso ya te he dicho que no me gusta. Yo te miro si quieres.
– Si yo te lo hago a ti y te gusta, tú podrías darme a mí un poco de lo mismo.
– Ya te doy mi pipi y mis bragas. ¿No tienes suficiente? Si casi no puedes bebértelo todo.
– Un día que estemos solos te ataré con una cuerda a la cama y te restregaré el pito por todos sitios, hasta por la boca.
– Será si puedes, a ver si te piensas que yo me voy a dejar. Y si me la pones en la boca te la morderé.
– No te atreverás, porque yo te tendré cogido el botoncito del chichi con los dientes, y, si me muerdes tú, te morderé yo también. So lista.
– ¡Ja ja! Bueno, tú intenta atarme, a ver si lo consigues, que también eres un listo, ¿sabes?
– No eres lista, eres tonta, pero te quiero por lo bien que hueles.
– ¿Ah, sí? Tú sí que eres tonto. No vas a volver a tocar mi chichi, me iré a mear al baño y cerraré la puerta para que no puedas entrar. Y mearé fuerte para que lo escuches. Y luego me lavaré con agua y jabón y me cambiaré las bragas cada día para chincharte.
– ¡Mi ri mir il biñi y cirrirí li pirti y mi quimbirí lis briguis y ñiñiñiñi! Haz lo que quieras, me voy a tomar el colacao a la cocina. Adiós, meona.
– Con todo lo que te has bebido hace un rato no te va a caber mucho colacao.
Y esto último lo dijo riéndose a carcajadas. Yo me giré y le puse mi más convincente cara de oler vinagre, y aún se rió más. Pero la verdad es que no me podía enfadar, porque estaba realmente enamorado de mi hermana Nieves, de su larga melena, de sus ojos azules, de sus labios carnosos y sus dientecillos de ratón… de su fuerte aroma a almicle, de toda ella, y la echaba de menos cuando nos separábamos. Lástima que este aprecio no era tan recíproco como yo habría querido.
Bajamos los dos a la cocina, allí nuestra madre nos estaba preparando el desayuno y el almuerzo, nos dimos los buenos días y nos sentamos a desayunar. En un momento que no nos miraba, mi hermana cogió uno de los croissants del desayuno y se lo metió dentro de las bragas mientras me miraba riéndose.
– Te lo guardaré por si te da hambre por el camino.
– Cuando me lo des ya no será dulce.
CONTINUARÄ


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