Miranda y su cornudito 2 – sexo con albañiles
Miranda tiene sexo sucio y morboso con albañiles.
La mañana siguiente amaneció tranquila en Quilmes, con el sol filtrándose tímido por las persianas entreabiertas del dormitorio. Eran apenas las ocho y media cuando Miranda se levantó de la cama, dejando a Eduardo todavía medio dormido bajo las sábanas. El se levanto mas temprano y llevo a los chicos con su abuela, la casa tenía ese silencio raro y cargado de anticipación que hacía que cada ruido —el agua corriendo, el roce de la toalla— sonara más fuerte, más íntimo.
Miranda entró al baño, cerró la puerta pero no con llave, porque sabía que Eduardo vendría a espiar, a acompañarla con la mirada. Se quitó la remera vieja con la que había dormido y se miró al espejo: tetas pesadas y llenas, pezones ya endurecidos por la excitación del día que empezaba, curvas voluptuosas que se veían aún más pecaminosas bajo la luz suave de la mañana. Abrió la ducha, dejó que el agua caliente cayera y entró despacio, dejando que el chorro le golpeara la espalda, los hombros, las tetas. Se enjabonó con ese gel de vainilla que tanto le gustaba, pasando las manos lentas por el cuerpo, como si estuviera preparándose para un ritual.
Mientras se lavaba el coño con cuidado, depilándose con la máquina eléctrica para dejarlo suave y rosado como a ella le encantaba, Eduardo entró sin hacer ruido. Se quedó en el umbral, en pijama, con la panza asomando y los ojos brillantes de esa mezcla de ternura y morbo que solo ellos entendían.
—Te ves hermosa, amor… —murmuró él, apoyándose en el marco de la puerta—. Mirarte así, preparándote… me pone la pija dura solo de verte.
Miranda sonrió con esa sonrisa hermosa y pícara, girándose un poco para que él viera cómo el agua le resbalaba por las tetas y bajaba hasta el monte de Venus recién depilado.
—¿Te gusta, cornudito? —le contestó con voz ronca, suave—. Me estoy poniendo linda para él… para ese albañil feo y sucio que apenas vi ayer en el súper. ¿Te calienta saber que en unas horas va a estar acá, en nuestra casa, tocándome con esas manos manchadas de cemento?
Eduardo tragó saliva, se acercó un paso más, sin entrar del todo al baño, como si quisiera respetar el espacio de su preparación pero no pudiera resistirse.
—Mucho… me calienta mucho. Pensar que ese viejo rudo, con olor a sudor y birra, va a entrar a nuestra alcoba… a la cama donde nosotros dormimos abrazados todas las noches… y va a profanarla. Va a poner su verga vieja y dura donde yo apenas puedo rozarte. Va a agarrarte el culo que yo beso con devoción, va a morderte las tetas que yo miro con adoración… y vos vas a gemir para él como nunca gemiste para mí.
Miranda apagó la máquina depiladora un segundo, se miró en el espejo empañado y se pasó la mano por el coño suave, sintiendo el cosquilleo de anticipación.
—Y eso nos pone a los dos, ¿no? —susurró ella, mirándolo a los ojos a través del reflejo—. A mí me moja pensar que voy a abrir las piernas en nuestra cama matrimonial para un tipo que no sabe mi nombre completo, que no me va a decir “te amo” ni me va a dar besitos tiernos. Me va a tratar como una puta barata, me va a decir groserías, me va a llenar de leche sucia… y vos, mi amor, vas a llegar después del trabajo y vas a olerlo todo: el olor a sexo ajeno en las sábanas, el semen seco en mi piel, el coño hinchado y rojo.
Eduardo se acercó más, se arrodilló al lado de la bañera sin tocarla, solo mirando cómo ella se enjuagaba, cómo se pasaba la esponja por los muslos gruesos.
—Sí… y me va a encantar. Me va a encantar verte llegar a la puerta con el pelo revuelto, las tetas marcadas de mordidas, el culo rojo de cachetadas… y contarme todo con esa voz ronca mientras yo me arrodillo y te limpio con la lengua. Porque aunque no pueda darte lo que él te va a dar, te amo tanto que quiero que lo tengas. Quiero que nuestra cama huela a otro hombre. Quiero que cada vez que me acueste al lado tuyo sienta que estoy durmiendo en el lugar donde te rompieron.
Miranda cerró el agua, salió de la ducha y se envolvió en la toalla grande, pero la dejó caer un poco para que él viera el cuerpo todavía húmedo y brillante. Se acercó a él, le acarició la cabeza calva con ternura y le dio un beso suave en los labios.
—Te amo, Eduardo… por dejarme ser esta zorra que llevo dentro. Y hoy voy a serlo al máximo. Me voy a peinar con ondas sueltas, me voy a poner ese conjunto negro de encaje que te vuelve loco, el que deja las tetas casi afuera y el tanga que se me mete entre el culo. Me voy a perfumar con ese olor dulce que contrasta con el sudor rancio que él va a traer. Y cuando llegue… voy a abrirle la puerta con una sonrisa, voy a dejar que me mire como si fuera carne fresca, y voy a llevarlo directo a nuestra cama.
Eduardo levantó la vista, con los ojos vidriosos de emoción y excitación.
—Hacelo, amor… hacelo por los dos. Y cuando termine, volvé a mí. Volvé con el cuerpo marcado, con el coño lleno, y dejame ser el que te cuida después. Porque eso también me pone caliente: saber que soy el cornudo que espera, el que ama, el que limpia.
Miranda se agachó, le dio otro beso lento en la boca, y se levantó para ir al dormitorio. Mientras se peinaba frente al espejo, secándose el pelo con el secador, siguió hablando con él, que ahora estaba sentado en la cama mirándola embobado.
—¿Ves? Me estoy poniendo linda para otro… y vos estás acá, mirándome, con la pichita dura aunque sea chiquita y flácida. Eso es lo que nos une, ¿no? El morbo de saber que voy a profanar lo nuestro con un albañil sucio y viejo… y que después vamos a volver a abrazarnos como siempre.
Eduardo asintió, sonriendo con esa timidez dulce que ella adoraba.
—Sí… y no veo la hora de que llegue la tarde.
Miranda terminó de peinarse, se puso crema en las piernas, se maquilló suave pero con labios rojos que prometían mamadas profundas, y se quedó un rato mirándose al espejo, con el corazón latiendo fuerte y el coño ya húmedo bajo la toalla.
La mañana seguía su curso normal: desayuno, mensajes a la abuela para confirmar que los chicos estaban bien, pero entre ellos dos flotaba esa electricidad sucia y compartida. No había prisa por tocarse; el placer estaba en la espera, en las palabras, en el saber que en unas horas esa casa —su refugio de familia— se convertiría en el escenario de una follada brutal y prohibida.
Y así pasaron las horas, hablando bajito, mirándose con complicidad, alimentando el fuego que los quemaba a los dos por igual.
Eduardo se levantó temprano esa mañana, con el estómago revuelto por una mezcla de nervios, celos ardientes y una erección que no se le iba ni con agua fría. Se vistió con la camisa planchada del trabajo, se miró al espejo y vio su propia cara de cornudo resignado y excitado. Besó a Miranda en la cocina, donde ella ya estaba tomando café con el pelo suelto y una bata ligera que dejaba ver el encaje negro del corpiño debajo. Le dio un beso largo en los labios, le acarició la mejilla y le susurró al oído:
—Amor… andá y disfrutá. Rompete todo lo que quieras en nuestra cama. Yo vuelvo a las siete y media… y quiero olerlo todo en vos.
Miranda le sonrió con esa sonrisa hermosa y perversa, le apretó la pija flácida por encima del pantalón y le contestó bajito:
—Te amo, cornudito. Volvé con ganas de limpiar.
Eduardo salió de la casa con el corazón latiéndole fuerte, cerró la puerta del auto y manejó hacia la oficina sintiendo cada kilómetro como una cuenta regresiva. Sabía que en unas horas esa casa —su hogar, su refugio— iba a oler a sexo ajeno, a sudor de otro hombre, a semen desconocido. Y eso lo ponía tan caliente que tuvo que acomodarse la picha en el asiento.
Mientras tanto, Miranda se quedó sola. Terminó de arreglarse: se puso el conjunto negro de encaje que había elegido, con el corpiño que le subía las tetas hasta casi desbordar y el tanga mínimo que desaparecía entre sus nalgas carnudas. Se perfumó con vainilla dulce en el cuello, entre los pechos y en los muslos, justo para contrastar con el olor rancio que sabía que traería él. Se miró al espejo del dormitorio, se pasó las manos por las curvas voluptuosas y sintió el coño palpitar de anticipación. Bajó las persianas del dormitorio principal, dejó la cama matrimonial impecable —sábanas blancas, almohadones ordenados— y esperó.
A las tres en punto sonó el timbre. Miranda abrió la puerta con el corazón en la garganta.
Ahí estaba él: el albañil de 60 años, tal como lo había visto en el súper, pero peor. Overol gris sucio de polvo de cemento y pintura vieja, manchas de grasa en las mangas, botas gastadas que dejaban huellas de barro en el umbral. No se había bañado, eso era obvio: olía fuerte a sudor del día entero bajo el sol, a axilas rancias, a pies sucios metidos en esas botas todo el día, a tabaco viejo y a macho sin filtro. La barba blanca desprolija tenía restos de almuerzo, los ojos marrones la miraron con hambre cruda, y sonrió torcido mostrando dientes amarillentos.
—Llegué, colorada… ¿lista para que te rompa? —dijo sin saludar, entrando como si la casa ya fuera suya.
Miranda cerró la puerta, sintió el olor invadiéndola y se le mojó el coño al instante. Ese contraste brutal —su perfume dulce contra su hedor animal— la encendió como nunca.
—Vení… directo al dormitorio —le dijo con voz ronca, tomándolo de la mano callosa y sucia, guiándolo por el pasillo hasta la cama matrimonial.
No hubo preliminares bonitos. Él la empujó contra la cama sin sacarse el overol, solo se bajó el cierre y sacó una verga gruesa, venosa, no muy larga pero dura como piedra, oliendo a sudor y a días sin lavar. La agarró por el pelo pelirrojo, la tiró boca abajo sobre las sábanas blancas y le arrancó el tanga de un tirón.
—Qué culo de puta tenés… grande y blando, perfecto para reventarlo —gruñó, escupiendo en su mano y untándose la pija antes de meterla de un empujón brutal en el coño empapado de Miranda.
Ella gritó de placer, agarrando las sábanas donde todas las noches dormía abrazada a Eduardo. Él la embestía sin piedad, con el overol todavía puesto, el sudor goteándole por la frente y cayendo sobre la espalda de ella. El olor a axilas rancias la envolvía cada vez que se inclinaba para morderle el cuello, para agarrarle las tetas por encima del corpiño y apretarlas hasta dejar marcas rojas.
—Tomá, zorra casada… tomá verga de albañil viejo… tu marido cornudo debe tener una pichita de mierda para que vengas a buscar esto —le decía entre jadeos, azotándole el culo con la palma abierta, dejando huellas rojas en la carne cremosa.
Miranda se arqueaba, gemía como animal, empujando el culo hacia atrás para que entrara más profundo. El colchón crujía bajo el peso de ese cuerpo robusto y sucio, las sábanas se arrugaban y se manchaban de sudor y fluidos. Él la dio vuelta, le abrió las piernas gruesas y volvió a penetrarla mirándola fijo a los ojos.
—Mirame mientras te lleno… decime que te gusta más que la pija de tu viejo gordo.
—Me gusta… me encanta… rompeme, sucio… llename de leche rancia —gemía ella, clavándole las uñas en los brazos manchados de cemento.
Él aceleró, gruñendo insultos bajos y groseros: “Puta tetona… mamá de familia y todo, y acá estás abierta para un viejo feo como yo”. Se corrió con un rugido ronco, descargando chorros espesos y calientes dentro de ella, llenándole el coño hasta que rebalsó y empezó a gotear por las sábanas blancas. No se sacó ni un segundo; siguió embistiendo lento, dejando que la leche se mezclara con los jugos de Miranda.
Después se quedó encima un rato, respirando pesado, sudando sobre ella, el olor a pies y axilas impregnando todo el dormitorio. Finalmente se levantó, se metió la verga todavía semidura en el overol sin limpiarse, y le dio una palmada fuerte en el culo.
—Buena cogida, colorada… si querés más, sabés dónde encontrarme.
Se fue sin despedirse, dejando la puerta entreabierta y huellas de botas sucias en el pasillo.
Miranda se quedó tirada en la cama matrimonial, con las piernas abiertas, el coño hinchado y goteando semen espeso por los muslos, las tetas marcadas de dedos sucios, el pelo revuelto y el cuerpo oliendo a sexo rancio y sudor ajeno. Miró el techo, sonrió con esa sonrisa hermosa y satisfecha, y pensó en Eduardo llegando en unas horas.
“Vení pronto, cornudito… tu cama está profanada y yo estoy lista para que me limpies”.
El sol empezaba a bajar, y ella se quedó ahí, esperando, con el corazón latiendo fuerte y el coño todavía palpitando de placer sucio.
Eduardo abrió la puerta de la casa pasadas las siete y media, con el maletín en una mano y el corazón latiéndole en la garganta. El pasillo estaba en penumbras, pero desde el dormitorio principal salía una luz suave de la lámpara de noche. El olor llegó primero: un hedor denso, masculino, rancio —sudor viejo, axilas sin lavar, pies sucios, cemento y semen fresco mezclado con el perfume dulce de vainilla que usaba Miranda. Era inconfundible. Su picha flácida empezó a endurecerse en los pantalones antes de que siquiera la viera.
—Amor… ¿ya llegaste? —dijo la voz ronca y satisfecha de Miranda desde el dormitorio.
Eduardo dejó el maletín en el piso y caminó despacio por el pasillo, sintiendo cada paso como si pisara terreno sagrado profanado. Entró al dormitorio y la encontró exactamente como la había imaginado durante todo el día en la oficina: tirada en la cama matrimonial, con las sábanas blancas arrugadas y manchadas de fluidos, las piernas abiertas en V, el coño hinchado, rojo y brillante de semen que todavía goteaba lento por los labios hinchados y bajaba hasta el culo. El corpiño negro de encaje estaba torcido, una teta desbordando con marcas rojas de dedos callosos y mordidas. El pelo pelirrojo revuelto, las mejillas sonrojadas, los labios hinchados de besos bruscos. Olía a sexo crudo, a macho viejo y sucio.
Miranda lo miró con esa sonrisa hermosa, pícara y amorosa que reservaba solo para él, y extendió una mano.
—Vení, cornudito mío… acercate. Te estaba esperando para que me limpies.
Eduardo se acercó temblando, se arrodilló al pie de la cama como siempre hacía en estos rituales. Miranda se incorporó un poco sobre los codos, abrió más las piernas y le mostró el coño de cerca: los labios abiertos, el interior rosado todavía palpitando, chorros espesos de semen blanco y cremoso saliendo despacio, mezclado con sus propios jugos.
—Mirá lo que me dejó el viejo albañil… —susurró ella con voz suave y caliente—. Llegó sucio como lo viste en el súper, sin bañarse, oliendo a axilas rancias y a pies que deben llevar días en esas botas mugrientas. Me empujó contra la cama sin decir ni hola, me arrancó el tanga y me metió esa verga gruesa y venosa de un solo empujón. Me folló como animal, Eduardo… sin besos tiernos, sin caricias suaves. Me agarraba las tetas con esas manos manchadas de cemento, me azotaba el culo hasta dejarlo rojo, me decía “tomá, zorra casada, tomá verga de verdad mientras tu cornudo trabaja”.
Eduardo acercó la cara despacio, inhalando profundo ese olor prohibido: semen ajeno fresco, sudor rancio, el perfume dulce de ella mezclado con todo lo sucio. Su lengua salió tímida al principio, lamiendo el primer chorro que goteaba por el perineo.
—Seguí… contame más, amor —murmuró contra su coño, la voz ahogada por la excitación.
Miranda le agarró la cabeza calva con ternura, empujándolo suave pero firme para que metiera la lengua más profundo.
—Me encantó el contraste, mi vida… mirá: yo, la esposa limpia, la mamá buena que prepara viandas y besa a los chicos antes de dormir, con mi piel perfumada, mis uñas pintadas, mi coño depilado y suave… y él, un viejo feo de 60, robusto, maleducado, con dientes amarillos y olor a macho sin lavar. Me insultaba mientras me embestía: “Puta tetona, dejás a los pibes con la abuela para que un albañil te reviente el orto”. Y yo me venía una y otra vez, apretándole la verga con el coño, rogándole que me llenara. Me corrió adentro con un gruñido, chorros calientes y espesos que todavía siento saliendo… mirá cómo gotea en tu boca ahora.
Eduardo lamía con devoción, metiendo la lengua hasta el fondo, saboreando esa mezcla salada y espesa, tragando lo que podía mientras su picha chiquita y dura goteaba en los pantalones. Miranda gemía bajito, acariciándole la cabeza como si lo mimara.
—Te amo tanto por esto, Eduardo… por dejarme ser esta zorra sucia mientras vos sos el marido dulce que espera. Me calentó tanto sentirme usada por alguien tan opuesto a vos: él rudo, grosero, feo, oliendo a trabajo pesado y a días sin ducha… y yo, la ama de casa impecable, la que plancha tus camisas y te da besitos en la frente. Ese contraste me pone loca. Saber que profanamos nuestra cama matrimonial con su sudor, su semen rancio, sus insultos… y que después vos venís a limpiarlo todo con amor.
Eduardo levantó la vista un segundo, con la cara brillante de fluidos, y murmuró:
—Seguí contándome… ¿cómo te dejó el culo? ¿Te dolió cuando te azotaba?
Miranda se rió suave, se dio vuelta un poco para mostrarle las nalgas rojas, con huellas claras de palma abierta.
—Dolió rico… me azotaba fuerte mientras me cogía en cuatro, diciendo que mi culo era para machos de verdad, no para cornudos gordos. Y yo empujaba para atrás, pidiéndole más. Me llenó el coño hasta rebalsar, y después se fue sin limpiarse, dejando huellas de botas en el pasillo. Mirá la sábana… todavía huele a él.
Eduardo volvió a meter la cara, lamiendo despacio, metiendo la lengua en cada pliegue, limpiando cada gota mientras Miranda seguía susurrando detalles sucios con voz amorosa: cómo la había mordido las tetas, cómo le había escupido en la boca antes de correrse, cómo ella se había venido gritando su nombre de pila —Raúl— mientras pensaba en él, su cornudo, esperándola en el trabajo.
Cuando ya no quedaba casi nada por limpiar, Miranda lo atrajo hacia arriba, lo besó en la boca llena de sabor ajeno, y lo abrazó fuerte contra su cuerpo todavía caliente y marcado.
—Gracias por dejarme ser así, mi amor… ahora vení, acostate conmigo en esta cama que huele a otro hombre. Mañana lavamos todo… pero hoy, durmamos oliendo a mi aventura.
Eduardo se acurrucó contra ella, con la cabeza en sus tetas, inhalando el olor mixto de vainilla y sexo sucio, y murmuró:
—Te amo, Miranda… y me encanta ser tu cornudo.
Ella le acarició la espalda, sonriendo en la oscuridad, con el coño todavía sensible y el corazón lleno.
AL DIA SIGUIENTE
Al día siguiente, el sol de Quilmes entraba a pleno por las ventanas de la casa, iluminando la rutina que Miranda retomaba como si nada hubiera pasado. Eran las nueve de la mañana cuando se levantó de la cama matrimonial, con las sábanas todavía oliendo levemente a sudor rancio y semen seco, aunque Eduardo las había cambiado anoche después de limpiarla. Su cuerpo voluptuoso protestaba con cada movimiento: el coño hinchado y sensible, un ardor delicioso que le recordaba cada embestida brutal del albañil; las tetas marcadas con moretones leves de mordidas y pellizcos, pezones irritados que se rozaban contra la tela de la remera holgada que usaba para las tareas del hogar; el culo rojo y adolorido de los azotes, un dolor sordo que le hacía caminar con un leve contoneo involuntario, como si todavía sintiera esas manos callosas agarrándola sin piedad.
Mientras preparaba el desayuno para los chicos —que ya habían vuelto de la abuela y correteaban por la cocina pidiendo jugo y tostadas—, Miranda sentía las consecuencias físicas como una medalla secreta de placer sucio. Al agacharse para sacar la leche de la heladera, un tirón en el coño la hizo morderse el labio, recordando cómo esa verga gruesa y venosa la había abierto sin misericordia, llenándola de chorros espesos que Eduardo después había lamido con devoción. «Ay, qué puta soy», pensó con una sonrisa interna, mientras untaba manteca en el pan con manos que todavía olían un poco a vainilla mezclada con sexo ajeno. El clítoris le latía bajito, sensible al roce del short de algodón, y cada paso por la casa le hacía sentir el culo ardiente, como si el albañil hubiera dejado su marca invisible pero permanente.
Frente a los vecinos y conocidos, Miranda era la ama de casa y madre ejemplar: la que llevaba a los chicos al colegio con besos en la frente, charlaba de recetas en el supermercado con las otras mamás, organizaba reuniones de padres con esa sonrisa hermosa y cálida que iluminaba todo. «Qué familia perfecta tenés, Miranda», le decían siempre, admirando cómo manejaba la casa con Eduardo, el marido estable y dulce, y sus tres angelitos. Nadie imaginaba —ni podía— que detrás de esa fachada impecable latía una zorra insaciable, una puta sucia que se mojaba el coño solo de pensar en sexo rudo y prohibido. En privado, en los momentos robados como este, sus pensamientos se volvían un torbellino morboso: le encantaba el contraste enfermizo de ser la mami responsable que cambiaba pañales y preparaba meriendas, y al mismo tiempo la hotwife que abría las piernas para machos feos y maleducados, que rogaba por vergas sudadas y semen rancio en su coño depilado.
Mientras lavaba los platos, con el agua caliente corriendo sobre sus manos, cerró los ojos un segundo y revivió el olor a axilas y pies sucios del albañil, cómo la había tratado como una puta barata en su propia cama matrimonial. «Soy una madre ejemplar… pero me encanta ser una zorra sucia», pensó, sintiendo un calor subirle por el vientre. El ardor en el culo la hacía apretar los muslos, imaginando cómo volvería a salir a cazar, a dejarse usar por tipos rudos que no le dirían «te amo» sino «tomá verga, colorada». Ese secreto la ponía cachonda hasta el hueso: por fuera, la vecina perfecta que saludaba con una sonrisa blanca; por dentro, la esposa que volvía a casa con el coño goteando leche ajena para que su cornudo la limpiara. Nadie lo sabría nunca… y eso la excitaba más que nada.
Cuando los chicos salieron a jugar al patio, Miranda se apoyó en la mesada, se pasó una mano disimulada por el short y rozó el coño hinchado, gimiendo bajito. «Pronto… otra vez», murmuró para sí misma, con el corazón acelerado y la mente llena de pensamientos sucios que contrastaban con la pila de ropa limpia que esperaba ser doblada.
Miranda salió esa tarde al supermercado del barrio en Quilmes, empujando el carrito con la lista de compras en la mano: leche para los chicos, frutas, detergente… la rutina de siempre como la ama de casa perfecta que todos veían. Vestía unos jeans ajustados que marcaban su culo redondo y carnoso, y una blusa ligera que dejaba ver el rebote sutil de sus tetas enormes con cada paso. El coño todavía le ardía un poco de la follada del día anterior, un recordatorio caliente que la hacía caminar con un contoneo involuntario, sintiendo el roce del tanga contra el clítoris sensible.
En el pasillo de las herramientas y materiales de construcción —porque siempre terminaba mirando por curiosidad morbosa—, ahí estaba él: Raúl, el albañil de 60 años, feo y robusto como siempre, con el overol sucio de polvo y manchas de pintura, oliendo a sudor fresco del día. Estaba eligiendo unos clavos, pero cuando la vio, dejó todo y se acercó con esa sonrisa torcida y amarillenta, mirándola de arriba abajo como si ya la estuviera desnudando.
—Mirá quién anda por acá… la colorada tetona que se dejó romper el coño ayer —dijo él en voz baja pero ronca, acercándose tanto que Miranda pudo oler su aliento a cigarrillo y birra—. ¿Todavía te duele el culo de los azotes, zorra? Apuesto a que tu cornudo ya te lamió toda la leche que te dejé adentro.
Miranda sintió un escalofrío caliente subirle por la espalda, el coño mojándose al instante bajo los jeans. Le sostuvo la mirada con esa sonrisa pícara y hermosa, inclinándose un poco para que sus tetas se marcaran más.
—Shh… hay gente, viejo sucio —susurró ella, pero con voz ronca y juguetona—. Sí, me dejó el coño hinchado y goteando… mi marido lo limpió todo con la lengua, saboreando tu semen rancio como un buen cornudo.
Raúl soltó una risa áspera, se rascó la barba blanca desprolija y miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchara, aunque no le importaba mucho.
—Buena puta sos… me encanta que seas una mamá de familia con ese cuerpo de zorra. Ayer me dejaste seco, colorada, con ese culo grande tragándose mi verga. Pero se me ocurrió algo mejor para la próxima: ¿qué decís si llevo a tres amigos míos? Albañiles como yo, viejos, feos y asquerosos… uno con panza grande y verga gruesa que huele a sudor de todo el día, otro con dientes podridos que te va a morder las tetas hasta dejarlas marcadas, y el tercero un pelado rancio que te va a abrir el orto mientras los otros te llenan la boca y el coño. Vamos a tu casa, nos turnamos para reventarte como la puta casada que sos, te dejamos rebalsando de leche de cuatro machos sucios, oliendo a axilas y pies mugrientos. Imaginate: vos en tu cama matrimonial, gritando mientras te cogemos como animales, y tu cornudo llega después a lamer el desastre.
Miranda apretó los muslos sin darse cuenta, el coño latiéndole fuerte solo de imaginarlo: cuatro tipos rudos, maleducados, con olores fuertes y manos callosas usándola sin piedad, insultándola mientras la llenaban por todos los agujeros. Ese morbo de ser la mami limpia y buena por fuera, y una zorra gangbang adentro, la ponía a mil.
—Uy, viejo… eso suena bien hijo de puta —murmuró ella, mordiéndose el labio—. Me calienta pensar en que me rompan entre cuatro, con vergas sudadas y semen espeso por todos lados… pero lo voy a pensar. Te llamo por teléfono después y te digo si acepto o no. Si es sí, preparate para que sea pronto.
Raúl le guiñó un ojo torcido, le dio una palmada disimulada en el culo cuando nadie miró, y le susurró:
—No tardes, colorada… mis amigos ya están con la pija dura solo de oír hablar de tu culo y tus tetas.
Miranda terminó las compras con las manos temblando un poco, pagó y manejó de vuelta a casa sintiendo el tanga empapado pegado al coño. Al llegar, guardó todo en la heladera con la mente en otra parte, imaginando ya la escena: ella abierta en la cama, cuatro albañiles sucios turnándose para follarla, insultándola como «puta cornuda» mientras le chorrea semen por la cara y el cuerpo. Se sentó en el sillón del living, con el teléfono en la mano, pero esperó ansiosa a que Eduardo llegara del trabajo. Quería contarle todo con detalles sucios, ver cómo se le ponía dura esa pichita flácida mientras le describía la propuesta… y decidir juntos si aceptar o no esa gangbang rancia y morbosa.
El reloj marcaba las horas lentas, y ella se mordía el labio, el coño latiendo de anticipación, esperando a su cornudito para compartir el secreto caliente.
Miranda caminaba de un lado a otro en el living de la casa en Quilmes, con el teléfono todavía caliente en la mano después de anotar el número de Raúl. Los chicos ya estaban en sus habitaciones haciendo tareas, la cena burbujeando en la cocina, y ella sentía el coño latiéndole bajito de solo pensar en la propuesta sucia que el albañil le había hecho en el súper. Eduardo llegó pasadas las siete, con esa cara cansada pero dulce de siempre, dejando el maletín en la entrada y dándole un beso tierno en la mejilla.
—Hola, amor… ¿día movidito? —preguntó él, notando de inmediato esa sonrisa pícara y ansiosa en su rostro hermoso.
Miranda lo tomó de la mano, lo llevó al sillón y se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo cómo su pichita flácida empezaba a endurecerse bajo los pantalones solo por el roce de sus muslos gruesos.
—Sentate, cornudito… tengo algo que contarte que me puso el coño empapado todo el camino de vuelta del súper —susurró ella con voz ronca, inclinándose para besarle el cuello mientras le desabrochaba el botón de la camisa.
Eduardo tragó saliva, sus manos torpes subiendo por las caderas voluptuosas de ella, apretando ese culo redondo que todavía llevaba las marcas leves de la follada anterior.
—Contame, reina… ¿qué pasó? ¿Otro macho te miró el culo?
Miranda se rió bajito, esa carcajada sensual que hacía temblar sus tetas enormes contra el pecho de él.
—Me encontré con Raúl, el albañil viejo y feo que me rompió ayer… estaba sucio como siempre, oliendo a sudor y cemento, y me arrinconó en el pasillo de las herramientas. Me dijo que ayer me dejó seco con mi coño apretado y mi culo tragón, pero que se le ocurrió algo mejor: quiere venir a casa con tres amigos suyos, albañiles como él, viejos, robustos, asquerosos… uno con panza grande y verga gruesa que huele a días sin lavar, otro con dientes podridos que me mordería las tetas hasta dejarlas marcadas, y un pelado rancio que me abriría el orto mientras los otros me llenan la boca y el coño de semen espeso. Me dijo que me reventarían como la puta casada que soy, en nuestra cama matrimonial, turnándose para usarme hasta que gotee leche por todos lados.
Eduardo sintió un tirón en la pija, endureciéndose más a pesar de ser chiquita y flácida, y murmuró con voz temblorosa:
—Dios, Miranda… eso suena… hijo de puta. Cuatro machos sucios, maleducados, oliendo a axilas rancias y pies mugrientos, rompiéndote en nuestra casa mientras yo estoy en el trabajo… y después yo llego a lamer el desastre, a saborear la leche de cuatro viejos feos mezclada en tu coño hinchado. Me calienta tanto pensarlo… pero ¿vos qué le dijiste?
Ella le mordió el lóbulo de la oreja suave, moviéndose despacio sobre él para sentir el roce.
—Le dije que lo iba a pensar, que le llamaría por teléfono para decirle si acepto o no… pero amor, imaginate: yo, la mami perfecta que lleva a los chicos al colegio, abierta en cuatro en nuestra cama, con cuatro albañiles gruñendo insultos como «tomá verga, zorra tetona» mientras me llenan por todos los agujeros. Me moja solo de pensarlo… pero es heavy, ¿no? Cuatro tipos… ¿y si me rompen de verdad? ¿Y si el morbo se pasa de la raya?
Eduardo le apretó las tetas por encima de la blusa, jadeando bajito.
—Sí… es riesgoso, pero eso mismo me pone. Saber que mi mujer, mi reina limpia y buena, se entrega a cuatro animales rudos que la tratan como carne fresca… que te dejan el coño y el culo rebalsando, la cara manchada de semen… y yo, el cornudo gordo y tímido, lamiéndolo todo después. Me encanta la idea, amor… pero hay que pensarlo bien. ¿Querés hacerlo? ¿Te calienta tanto como para arriesgar?
Miranda se inclinó más, besándolo lento en la boca, sintiendo cómo el debate les encendía a los dos.
—Me calienta como loca, Eduardo… pensar en ser su puta grupal, en gemir mientras me turnan… pero también me da un poco de miedo. Sigamos hablando, cornudito… ¿qué decís vos? ¿Aceptamos o lo dejamos para otra?
Siguieron debatiendo así, acurrucados en el sillón, con las palabras sucias y el morbo flotando en el aire, sin decidir todavía, dejando que la excitación creciera entre ellos.
Eduardo la miró fijo a los ojos, con esa expresión tímida pero encendida que solo salía en estos momentos íntimos, mientras sus manos torpes seguían apretando las caderas voluptuosas de Miranda. Su pichita chiquita se ponía cada vez más dura bajo ella, goteando un poco en los pantalones de la excitación, y él jadeaba bajito antes de hablar.
—Amor… me gustaría tanto que te entregaras a esos machos sucios, Miranda… imaginate: cuatro albañiles viejos, feos y rancios, con olores a sudor y axilas que te envuelven mientras te rompen en nuestra cama. Me calienta pensar en vos abriéndote de piernas para ellos, gimiendo como la zorra que sos mientras te turnan las vergas gruesas y sudadas, llenándote el coño, el culo y la boca de semen espeso y caliente. Quiero que te usen sin piedad, que te insulten como «puta tetona casada» y te dejen rebalsando, con el cuerpo marcado de dedos callosos y mordidas… y después yo llego a casa, huelo todo ese desastre rancio en las sábanas, y te limpio con la lengua, saboreando la leche de cuatro animales que te trataron como carne fresca.
Hizo una pausa, tragando saliva, y le acarició las tetas por encima de la blusa, pellizcándole los pezones duros.
—Y te amo tanto por eso, mi reina… te amo porque sos mi esposa perfecta, la madre de mis hijos, la que me da besos tiernos y me cuida… pero también porque llevás esa puta sucia adentro, esa que se moja con lo más asqueroso y prohibido. Me encanta que seas esa dualidad: la mami limpia por fuera, y la hotwife que se entrega a machos groseros y maleducados por dentro. Aceptémoslo, amor… decí que sí y dejá que te rompan. Te amo más por ser así, por hacerme el cornudo más feliz del mundo.
Miranda se mordió el labio, moviéndose despacio sobre él, sintiendo cómo el debate les ponía a los dos al borde.
—¿De verdad querés que lo haga, cornudito? Sigamos hablando… contame más de por qué te calienta tanto.
Eduardo la miró con ojos brillantes de excitación y amor, apretándole las tetas con manos torpes pero llenas de devoción, mientras su pichita dura se presionaba contra el coño mojado de Miranda a través de la ropa. Respiraba pesado, como si las palabras le salieran del alma, y empezó a hablarle bajito al oído, con voz temblorosa pero convencida.
—Amor, esta experiencia mejoraría nuestro matrimonio como nada… imaginate, Miranda: vos entregándote a cuatro machos sucios y rudos en nuestra cama, y nosotros saliendo más fuertes de eso. Primero, porque nos uniría más en el morbo compartido… vos siendo la puta insaciable que se moja con vergas sudadas y olores rancios, y yo el cornudo que te espera para limpiarte. Eso nos hace cómplices, nos pone cachondos juntos, recordándonos que nuestro amor es más profundo que el sexo vainilla que ya no nos llena.
Hizo una pausa, mordiéndole el cuello suave, y siguió:
—Segundo, le daría pimienta a nuestra rutina… con los chicos, la casa, el trabajo, todo se pone aburrido, pero saber que vos salís a ser una zorra grupal con albañiles feos que te rompen el coño y el culo, y que yo lo sé todo, nos mantiene vivos, calientes. Nos obliga a hablar sucio como ahora, a pajearnos mutuamente contando detalles, y eso fortalece la confianza: vos me contás cómo te llenaron de leche espesa, y yo te amo más por ser honesta y puta.
Miranda gemía bajito, moviéndose sobre él, y Eduardo siguió, agarrándole el culo con fuerza.
—Tercero, me hace sentir útil como cornudo… no te puedo dar verga dura y gruesa como ellos, pero sí te doy permiso para que lo busques, y después te cuido, te limpio el coño goteando con mi lengua torpe. Eso me pone en mi lugar, humillado pero feliz, y a vos te hace sentir poderosa, la reina hotwife que tiene un marido devoto. Nuestro matrimonio se volvería invencible: amor tierno de día, morbo enfermo de noche.
Le besó los labios, metiendo la lengua un segundo, y agregó más razones:
—Cuarto, exploraría tus límites… te encanta el sexo sucio, el contraste de ser la mami limpia con la puta que se deja usar por tipos maleducados. Cuatro al mismo tiempo te haría venirte como loca, gritando mientras te llenan por todos lados, y después, cuando yo llegue, nos abrazamos oliendo a sexo ajeno, reconectando. Eso nos acerca emocionalmente, amor… nos hace sentir que somos un equipo en lo prohibido.
Quinto, porque al final, después del gangbang rancio, volveríamos a lo nuestro: vos con el cuerpo marcado y satisfecho, yo pajeándome recordándolo… y nuestro sexo, aunque sea con mi pichita flácida, se pondría más intenso, más cargado de recuerdos sucios. Sería como una terapia cachonda para nuestro matrimonio, renovándonos.
Eduardo se sonrojó un poco más, pero miró fijo a sus ojos verdes y finalizó con voz ronca:
—Y por último… me gustaría mirar escondido en el armario, amor. Quedarme ahí, en la oscuridad, viendo cómo te rompen esos cuatro animales, oyendo tus gemidos y sus insultos… sin que ellos sepan. Me pondría la pija dura como nunca, pajeándome en silencio mientras te llenan de verga y semen… y después salgo para limpiarte. ¿Qué decís, reina? Aceptémoslo… por nosotros.
Miranda se mordió el labio, el coño latiéndole fuerte, y siguieron debatiendo, el morbo subiendo entre ellos.
Miranda se quedó mirando a Eduardo con los ojos verdes brillantes de lujuria y decisión, sintiendo cómo su coño se mojaba más con cada palabra que él le había dicho. Se mordió el labio inferior, esa sonrisa hermosa y perversa asomando, y le agarró la pichita dura por encima de los pantalones, apretándola suave pero firme.
—Tenés razón, cornudito… me convenciste. Acepto la propuesta. Voy a dejar que esos cuatro albañiles sucios y feos me rompan como una puta en nuestra cama. Me calienta tanto pensarlo… imaginate: yo abierta, gimiendo mientras me turnan vergas gruesas y rancias, llenándome de leche espesa por todos los agujeros, oliendo a sudor y axilas mugrientas… y vos mirando todo desde el armario, pajeándote en silencio como el cornudo perfecto.
Eduardo jadeó, asintiendo con la cabeza calva, sus manos torpes subiendo por las tetas enormes de ella, pellizcándolas con devoción.
—Sí, amor… hagámoslo. Planeémoslo bien: que sea un domingo a la tarde, cuando la casa está tranquila. Enviamos a los nenes con mis papás, les decimos que es para «un rato de descanso para nosotros»… y yo me escondo en el armario del dormitorio, con la puerta entreabierta lo justo para ver y oír todo. Solo vos sabrás que estoy ahí, reina… los albañiles no se enteran de nada. Van a pensar que sos una zorra casada sola y hambrienta, y yo voy a estar presenciando cómo te usan sin piedad, cómo te dejan el coño y el culo rebalsando de semen ajeno. Me pone la pija tiesa solo de imaginarlo… y después salgo para limpiarte, para lamer cada gota mientras me contás los detalles sucios.
Miranda se inclinó, besándolo profundo en la boca, metiendo la lengua mientras se movía sobre él, frotando su concha empapada contra la tela.
—Perfecto, mi amor… un domingo a la tarde, con la luz entrando por la ventana, yo vestida de puta con lencería negra que se me meta entre el culo, esperándolos en la puerta. Los llevo directo a nuestra cama matrimonial, me pongo en cuatro y les digo «rompánme, machos… llenen a esta hotwife de leche rancia». Vos escondido, oyendo mis gemidos, viendo cómo me azotan el culo rojo y me muerden las tetas… y nadie sabe que mi cornudo está ahí, excitado como un perrito. Eso nos va a unir más, Eduardo… va a ser nuestro secreto morboso.
Se levantó del sillón, tomó el teléfono con manos temblorosas de anticipación, y marcó el número de Raúl mientras Eduardo la miraba con ojos vidriosos de excitación. El albañil contestó al tercer tono, con esa voz ronca y grosera.
—¿Colorada? ¿Ya pensaste en mi propuesta, zorra?
Miranda sonrió, poniéndolo en altavoz para que Eduardo oyera todo, y contestó con voz ronca y cachonda.
—Sí, viejo sucio… acepto. Traé a tus tres amigos albañiles asquerosos este domingo a la tarde, a las tres. Voy a estar sola en casa, con el coño depilado y el culo listo para que me reventen entre los cuatro. Prepárense para llenarme de verga y semen hasta que gotee… pero vengan limpios de intenciones, que yo voy a ser la puta perfecta.
Raúl soltó una risa áspera al otro lado.
—Bien, puta tetona… nos vemos el domingo. Vamos a dejarte caminando rengueando.
Miranda colgó, se giró a Eduardo con el coño latiéndole fuerte, y le dijo:
—Listo, cornudito… ahora a esperar. Este domingo va a ser inolvidable.
Llegó el domingo, ese día cargado de morbo y anticipación que habían planeado con tanto detalle sucio. Eduardo se levantó temprano, antes de que el sol saliera del todo en Quilmes, con la pija ya medio dura solo de pensar en lo que vendría. Besó a Miranda en la frente mientras ella todavía se estiraba en la cama, sus tetas enormes asomando por el escote de la camisola, y le susurró: «Hoy es el día, amor… voy a llevar a los chicos con mis papás y vuelvo para ayudarte a prepararte para que te rompan esos machos rancios».
Los niños, inocentes y ajenos a todo, se emocionaron con la idea de pasar la tarde con los abuelos. Eduardo los cargó en el auto, manejó hasta la casa de sus suegros con el corazón latiéndole fuerte, imaginando ya a su mujer abierta en la cama matrimonial, gimiendo mientras cuatro albañiles feos y sudados la llenaban de verga y semen espeso. Les dejó a los chicos con besos y excusas de «un rato de descanso para mami y papi», y volvió manejando rápido, sintiendo un nudo caliente en el estómago.
Al entrar a la casa, la encontró en el dormitorio: Miranda arreglándose frente al espejo, poniéndose linda para su gangbang como la puta exquisita que era. Se había bañado con agua caliente, depilado el coño hasta dejarlo suave y rosado, y ahora se ponía un conjunto de lencería negra de encaje: un corpiño que le subía las tetas pesadas hasta casi desbordar, con pezones duros marcándose como invitaciones obscenas; un tanga mínimo que se le metía entre las nalgas carnudas, dejando el culo redondo y voluptuoso al aire; medias de red con ligas que le apretaban los muslos gruesos. Se peinaba el pelo pelirrojo en ondas salvajes, se maquillaba los labios rojos para prometer mamadas profundas, y se perfumaba con vainilla dulce en el cuello, entre los pechos y justo encima del clítoris, para contrastar con el olor rancio que sabía que traerían ellos.
Eduardo se acercó por detrás, la abrazó contra su panza blanda, y le metió las manos por debajo del corpiño, apretándole las tetas con ternura torpe pero llena de amor.
—Mirá cómo te ponés linda para ellos, amor… tetas listas para que las muerdan, coño depilado para que lo abran sin piedad —murmuró él con voz ronca, besándole el cuello—. Te amo tanto, Miranda… te amo por ser mi esposa perfecta, la madre de mis hijos, la que me da cariño todos los días… pero también por esto, por ser la hotwife que se entrega a machos sucios y maleducados, que deja que la llenen de semen ajeno en nuestra cama. Me hacés el cornudo más feliz, reina… voy a estar en el armario viendo cómo te rompen, pajeándome en silencio mientras gritas de placer.
Miranda se giró, le dio un beso profundo en la boca, metiendo la lengua mientras le agarraba la pichita flácida y la sentía endurecerse.
—Te amo yo también, cornudito… gracias por convencerme. Hoy voy a ser su puta grupal, voy a gemir como loca mientras me turnan vergas gruesas y rancias… y saber que vos estás mirando me pone el coño empapado.
Siguieron así un rato, él ayudándola a ajustar las ligas, a ponerse el perfume, a elegir unos tacones altos que harían rebotar su culo monumental al caminar. El morbo flotaba en el aire, pero antes de que pudieran ir más lejos, sonó el timbre: los albañiles habían llegado.
Eduardo se puso nervioso, le dio un último beso en los labios y corrió al armario del dormitorio, metiéndose adentro con la puerta entreabierta lo justo para ver y oír todo, sin que se notara. Se acomodó en la oscuridad, con la mano ya en la pija, esperando el espectáculo sucio.
Miranda respiró hondo, ajustó el corpiño una vez más, y caminó hacia la puerta con el corazón latiéndole fuerte y el coño latiendo de anticipación.
Miranda respiró hondo una última vez frente a la puerta, sintiendo el coño latiéndole fuerte bajo el tanga negro que se le metía entre las nalgas carnudas. El perfume de vainilla dulce contrastaba con la excitación húmeda que ya le goteaba por los muslos gruesos. Abrió la puerta con esa sonrisa hermosa y pícara, y ahí estaban ellos: cuatro albañiles viejos y rudos, todos pasados de los 55, con cuerpos robustos y sudados que olían a trabajo pesado, cemento y días sin ducha. Raúl lideraba el grupo, con su overol gris sucio, barba blanca desprolija, panza cervecera y manos callosas manchadas de pintura vieja. A su lado, un tipo de unos 58, más alto y flaco pero con hombros anchos, cara arrugada con cicatrices de sol, dientes amarillos y un olor fuerte a axilas rancias que se mezclaba con tabaco; se llamaba Carlos, y su verga ya se marcaba en los pantalones gastados. Detrás, otro de 62, gordito como Raúl pero con menos pelo, calvo casi total, piel grasienta y sudorosa, manos enormes y sucias con uñas negras de tierra, oliendo a pies mugrientos y birra vieja; lo llamaban Tito. Y el último, de 57, robusto y bajo, con bigote espeso y gris, nariz grande y roja de bebedor, cuerpo peludo que asomaba por la camisa abierta, sudando profuso con olor a macho sin lavar; era Jorge, con una sonrisa torcida que prometía groserías.
—Pasen, machos… bienvenidos a mi casa —dijo Miranda con voz ronca, contoneando las caderas al dar un paso atrás, dejando que entraran oliendo el ambiente a testosterona rancia y sudor fresco del día.
Los tipos entraron sin delicadeza, dejando huellas de botas sucias en el piso del pasillo, mirándola de arriba abajo como lobos hambrientos. Raúl le dio una palmada ligera en el culo al pasar, gruñendo: «Qué buena estás, colorada… con esa lencería de puta ya se me paró la verga».
Miranda los guió a la sala principal, el living amplio con sillones cómodos y una mesa baja donde Eduardo y ella solían ver tele con los chicos. «Siéntense, les traigo algo fresco para tomar… birra o agua, lo que quieran», dijo ella, inclinándose un poco para que sus tetas rebotaran en el corpiño negro, sintiendo sus ojos clavados en sus curvas voluptuosas.
Les sirvió birras frías de la heladera, repartiendo latas con esa sonrisa hermosa, y se sentó en el medio del sillón, rodeada por ellos. Raúl a un lado, Carlos al otro, Tito y Jorge en los sillones de enfrente. Empezaron a charlar casual, pero con un tono que ya prometía suciedad: «¿Y tu cornudo dónde anda, colorada? ¿Trabajando mientras vos nos esperás con el coño mojado?», preguntó Raúl con una risa áspera, bebiendo un sorbo largo.
Miranda se rió ronca, cruzando las piernas para que las medias de red se tensaran en sus muslos gruesos. «Está trabajando, sí… »
Poco a poco, el tono subió, las palabras se volvieron más groseras. Carlos, el alto y flaco, la miró fijo a las tetas y dijo: «Qué melones tenés, puta… grandes y pesados, perfectos para manosearlos hasta que grites». Tito, el calvo gordito, soltó una carcajada y agregó: «Y ese culo… redondo y carnoso, se ve que pide azotes fuertes y verga por atrás. ¿Te gusta que te abran el orto, colorada?». Jorge, el del bigote espeso, se rascó la entrepierna sin vergüenza y gruñó: «Yo voy a llenarte la boca primero, zorra… mi pija huele a sudor del día, pero vas a mamarla hasta tragarte todo».
Miranda sentía el coño empapado, el tanga pegado a los labios hinchados, y respondía juguetona: «Me encanta… vengan preparados para romperme bien». El aire se cargaba de testosterona, sus olores sudados envolviéndola, hasta que Raúl, sin avisar, la agarró por la nuca con su mano callosa y sucia, y le plantó un beso brutal, metiéndole la lengua gruesa y áspera hasta la garganta, saboreando a birra y tabaco.
A partir de ahí, los demás se soltaron: Carlos le metió una mano por el corpiño, apretándole una teta con fuerza bruta, pellizcándole el pezón duro; Tito se acercó y le pasó la palma sudorosa por el muslo grueso, subiendo hasta rozar el tanga empapado; Jorge, gruñendo groserías, le abrió las piernas y le metió un dedo calloso por el borde del encaje, sintiendo lo mojada que estaba.
Miranda gemía en la boca de Raúl, arqueándose, lista para lo que vendría.
Miranda gemía ahogada en la boca de Raúl mientras su lengua gruesa y áspera se metía profunda en su garganta, saboreando a birra barata y tabaco rancio, un aliento sucio que contrastaba con el frescor mentolado de su boca limpia y fresca. Ella se arqueaba en el sillón, sintiendo cómo el beso brutal la encendía, el coño latiéndole fuerte bajo el tanga empapado. Carlos, a su lado, le arrancó el corpiño negro de un tirón, liberando sus tetas enormes y pesadas que rebotaron libres, pezones rosados endurecidos como piedras. «Mirá qué tetas de puta, blancas y suaves… voy a pellizcarlas hasta que grites, colorada de mierda», gruñó él, metiendo sus manos callosas y ásperas —manchadas de cemento y grasa— sobre la piel cremosa y pecosa de ella, apretando con fuerza bruta, dejando huellas rojas en esa carne blanca y delicada que temblaba bajo el toque rudo.
Tito, el calvo gordito, se arrodilló frente a ella y le abrió las piernas gruesas de un manotazo, sus palmas sudorosas y ásperas rozando la piel suave de los muslos, subiendo hasta meter los dedos por el borde del tanga. «Qué conchita mojada tenés, zorra casada… oliendo a vainilla dulce mientras nosotros te traemos olor a sudor y pija rancia», dijo con voz ronca, tirando del encaje para romperlo y exponer su coño depilado y rosado, metiendo un dedo calloso adentro sin delicadeza, bombeando mientras ella gemía. Jorge, el del bigote espeso, se unió al beso, empujando a Raúl para meter su propia lengua sucia —con aliento a alcohol barato y cigarrillos viejos— en la boca fresca de Miranda, obligándola a tragar esa mezcla asquerosa y caliente, mordiéndole los labios hasta hinchárselos.
Los cuatro la tocaban al mismo tiempo, desvistiendo lo que quedaba de lencería con tirones brutales: manos ásperas y callosas recorriendo su piel blanca y suave como si fuera un trofeo, agarrando el culo carnoso con fuerza animal, azotándolo para oír el sonido seco contra la carne cremosa; pellizcando los pezones duros mientras le decían groserías al oído: «Sos una puta tetona que finge ser mami decente, pero mirá cómo te moja que te usen viejos sucios como nosotros… vamos a llenarte de leche rancia hasta que rebalsés, colorada… tu cornudo gordo debe pajearse pensando en esto». Miranda se retorcía de placer, el contraste enfermizo la ponía loca: su cuerpo voluptuoso y perfumado contra esos cuerpos sudorosos y mugrientos, lenguas ásperas invadiendo su boca limpia, manos callosas marcando su piel suave con moretones que Eduardo vería después.
Finalmente, jadeando y con el coño goteando jugos por los muslos, Miranda se levantó tambaleante, agarrando a Raúl por el overol sucio. «Vengan… vamos a la habitación matrimonial. Ahí me rompen de verdad, machos… llenenme en la cama donde duermo con mi marido».
Desde el armario del dormitorio, Eduardo escuchaba ansioso, con la pija chiquita dura y goteando en la oscuridad, el corazón latiéndole fuerte al oír los pasos pesados y las risas groseras acercándose por el pasillo, las voces roncas diciendo «vamos a reventar a esta zorra en su propia cama»… sabiendo que en segundos vería todo, escondido como el cornudo perfecto.
Miranda abrió la puerta del dormitorio matrimonial con un empujón suave, guiando a los cuatro albañiles sucios por el pasillo con su culo redondo contoneándose desnudo, las tetas enormes rebotando libres y los muslos gruesos brillando de jugos. «Acá es, machos… en la cama donde mi cornudo me abraza todas las noches. Rómpanme como la puta que soy», dijo con voz ronca, tirándose boca arriba sobre las sábanas blancas, abriendo las piernas para mostrar el coño depilado y empapado, el ano rosado y apretado invitando.
Desde el armario, Eduardo veía todo a través de la rendija entreabierta, la pija chiquita dura como piedra en su mano, pajeándose lento y ansioso, oyendo cada palabra grosera y cada gemido de su mujer. El corazón le latía fuerte, el morbo quemándolo mientras los tipos entraban pisando fuerte con botas sucias, dejando el piso marcado de barro y cemento.
Raúl fue el primero en tirarse encima, gruñendo: «Abrí bien ese coño, zorra pelirroja… voy a chupártelo hasta que te vengas en mi boca rancia». Le abrió los labios hinchados con dedos callosos y metió la lengua áspera directo adentro, lamiendo los jugos dulces con sabor a vainilla mezclados con su propia saliva sucia, chupando el clítoris como si quisiera tragárselo. «Qué conchita rica tenés… mojada como puta de barrio, pero oliendo a mami fina… te voy a llenar de baba de viejo asqueroso».
Carlos se unió, arrodillándose al pie de la cama y agarrándole un pie con su mano manchada de grasa, metiéndose los deditos pintados en la boca. «Mirá estos pies suaves, colorada… los voy a lamer como perra, chupándote los dedos mientras te imagino caminando rengueando después de que te reventemos». Su lengua sucia, con aliento a cigarrillo barato, recorrió la planta del pie, entre los dedos, mordisqueando el talón mientras decía: «Sos una mamá puta que se deja chupar los pies por albañiles mugrientos… ¿te gusta el sabor a sudor ajeno en tu piel blanca?».
Tito, el calvo gordito, se tiró al lado y le levantó el culo carnoso, abriéndole las nalgas con manos sudorosas y ásperas que dejaban huellas rojas en la carne cremosa. «Qué orto apretado… voy a chupártelo hasta que se te abra como flor, zorra casada». Metió la cara entre las nalgas, lamiendo el ano rosado con lengua gorda y babosa, metiéndola adentro mientras gruñía: «Saboreá mi lengua rancia en tu culo limpio… te voy a dejar oliendo a mi saliva asquerosa, para que tu cornudo lama después el desastre que dejamos».
Jorge, el del bigote espeso, se subió encima y le metió la verga gruesa y venosa directo en la boca, follándole la garganta sin piedad. «Chupá, puta tetona… mi pija huele a sudor de todo el día, pero vas a mamarla hasta tragarte mis huevos peludos». Mientras ella se ahogaba babeando, él le chupaba las tetas, mordiendo los pezones duros con dientes amarillos, lamiendo la piel pecosa y blanca con aliento a alcohol barato: «Qué tetas suaves y grandes… las voy a marcar como perra en celo, chupándolas hasta que duelan… sos una zorra que finge ser decente, pero mirá cómo te moja que te usen como carne barata».
Se turnaban en un caos sucio: Raúl le metía la verga en el coño de un empujón brutal, embistiéndola profundo mientras le chupaban los pies y el ano al mismo tiempo; Carlos la follaba oralmente, metiéndole la pija hasta la garganta mientras Tito le lamía el culo abierto y Jorge le chupaba las tetas marcadas. «Tomá verga por el coño y la boca, colorada de mierda… te vamos a llenar de leche rancia mientras te chupamos como animales… qué puta asquerosa sos, con hijos y todo, y acá abierta para viejos feos como nosotros», gruñían entre risas ásperas, sus lenguas sucias invadiendo cada centímetro de su cuerpo suave y blanco, dejando baba y marcas en la piel cremosa.
Eduardo, escondido en el armario, veía y oía todo: los gemidos ahogados de Miranda, los chasquidos de lenguas chupando ano, coño y pies, las embestidas salvajes en vaginal y oral, los insultos groseros que la hacían venirse temblando. Se pajeaba furioso, la pichita goteando, el morbo quemándolo vivo mientras su mujer era usada como puta grupal en su propia cama.
Miranda estaba tirada en la cama matrimonial, con las sábanas ya empapadas de sudor y baba, jadeando como perra en celo mientras los cuatro albañiles la rodeaban. Raúl sacó su verga gruesa y brillante de su coño y sonrió con esa boca amarillenta.
—Ahora te toca por el orto, colorada… preparate, que te voy a abrir ese culo de puta casada.
La pusieron en cuatro sobre la cama, con la cara contra las almohadas donde ella dormía todas las noches con Eduardo. Tito le escupió en el ano rosado y apretado, un escupitajo espeso y caliente, y le metió dos dedos callosos sin piedad, abriéndola.
—Aaahhh… duele… duele mucho… —gimió Miranda al principio, apretando los dientes, el cuerpo tenso. Su ano virgen de verga tan gruesa se resistía, quemaba, se estiraba de una forma dolorosa mientras Raúl apoyaba el glande hinchado y lo empujaba despacio.
—Tomá, zorra… abrí ese culito blanco y limpio para verga de albañil sucio —gruñó Raúl, agarrándola fuerte de las caderas y metiendo la cabeza de su polla adentro.
Miranda soltó un grito ahogado, las uñas clavadas en las sábanas, el culo ardiendo. “¡Ay, mierda… es muy gruesa… me estás partiendo!” Pero Raúl no paró, empujó centímetro a centímetro hasta que sus huevos peludos chocaron contra su coño mojado.
Desde el armario, Eduardo escuchaba todo con la respiración entrecortada, tocándose su pija pequeñita y flácida que ni siquiera se le paraba del todo. Solo la acariciaba con dos dedos, sintiendo la humillación deliciosa mientras su mujer gritaba de dolor por otra verga.
Poco a poco el dolor de Miranda se fue transformando. Las embestidas de Raúl se volvieron más profundas y ella empezó a gemir diferente, más gutural, más cachonda.
—Sigue… no pares… ya… ya me gusta… me está gustando, hijo de puta… —jadeó, empujando el culo hacia atrás ella misma.
Los albañiles se rieron.
—Mirá cómo se acostumbra la puta… ahora sí le gusta la verga por el orto —dijo Carlos.
Entonces empezaron a doble penetrarla. Raúl siguió follándole el culo con fuerza mientras Jorge se acostó debajo de ella y le metió la verga gruesa y venosa directo en el coño empapado. Los dos agujeros llenos al mismo tiempo, estirados al máximo, frotándose entre sí a través de la fina pared.
—Ufff… me están rompiendo… dos vergas a la vez… me van a partir en dos… —gemía Miranda, los ojos en blanco, la boca abierta.
Y Jorge, desde abajo, le agarró la cabeza pelirroja y le metió la tercera verga hasta el fondo de la garganta.
—Chupá, zorra… tres agujeros llenos como la puta barata que sos. Tomá verga por el culo, por el coño y por la boca al mismo tiempo.
Los tres la embestían sincronizados: Raúl reventándole el ano con embestidas brutales, Jorge follándole el coño desde abajo, y Carlos (ahora en su boca) follándole la garganta sin piedad, sus huevos peludos golpeándole la barbilla.
—Qué puta asquerosa… una mamá decente con hijos y todo, y mirá cómo se deja reventar el orto por viejos feos y sucios —gruñía Tito, masturbándose al lado y escupiéndole en la cara de vez en cuando.
Miranda ya no sentía dolor, solo placer animal. Se corría una y otra vez, temblando entera, el culo y el coño apretando las vergas que la partían, babeando y ahogándose con la polla que le follaba la boca.
Desde el armario, Eduardo seguía tocándose su pichita chiquita y flácida, que apenas se hinchaba un poco, goteando un hilo transparente de precum mientras escuchaba los gemidos ahogados de su mujer y los insultos groseros de los albañiles. Lágrimas de humillación y placer le corrían por las mejillas, pero no dejaba de acariciarse, completamente entregado al morbo de ver (y oír) cómo profanaban a su reina en su propia cama matrimonial.
Los albañiles no le dieron ni un segundo de descanso. Raúl sacó su verga del culo de Miranda con un sonido húmedo y obsceno, dejando su ano abierto, rojo y palpitando.
—Mirá cómo quedó este orto… parece un cráter, puta. Ahora te vamos a dar por turnos hasta que no puedas sentarte en una semana.
La pusieron de rodillas en el borde de la cama, culo en pompa, cara contra el colchón. Tito fue el primero en clavársela de un solo empujón brutal.
—Tomá toda la verga por el culo, zorra casada de mierda! —rugió mientras le agarraba las caderas con fuerza—. ¡Este orto es mío ahora, mamá de familia! ¡Abre bien ese culo blanco y limpio para verga de albañil sucio!
Miranda gritó de placer, empujando hacia atrás.
—Más fuerte… rompémelo… ¡rompeme el orto, viejo asqueroso!
Carlos se puso delante, le metió la verga en la boca y empezó a follarle la garganta mientras Tito la reventaba por atrás.
—Chupá, puta cornuda! ¡Mientras te dan por el culo pensás en tus hijos, ¿no?! ¡Qué mamá más puta sos!
Después la cambiaron de posición. La tiraron boca arriba, le levantaron las piernas hasta casi tocarle la cabeza y Raúl se la metió otra vez por el ano, ahora mirándola a los ojos.
—Mirame mientras te parto el orto, colorada de mierda! —le escupió en la cara—. ¡Este culo gordo y carnoso fue hecho para verga vieja y rancia! ¡Decílo! ¡Decí que te encanta que te den por el culo en la cama de tu marido!
— ¡Me encanta! ¡Me encanta que me rompan el orto! —gritaba Miranda entre gemidos, las tetas rebotando salvajemente con cada embestida.
Jorge la reemplazó, la puso de lado, le levantó una pierna y se la metió de costado, follándola anal con embestidas cortas y brutales.
—Tomá por el culo, perra en celo! ¡Mirá cómo te entra toda… tu cornudo gordo nunca te va a dar esto! ¡Sos una puta anal, una mamá que abre el orto para desconocidos!
Tito quiso más profundidad. La sentó encima de él en la cama (posición vaquera anal inversa), la agarró del pelo pelirrojo como riendas y la hizo rebotar sobre su verga gruesa.
— ¡Montá, puta! ¡Montá esa verga con tu culo gordo! ¡Más rápido, zorra! ¡Quiero oír cómo te reviento el orto! ¡Decí que sos una puta anal adicta!
Miranda, sudada y con la cara roja, rebotaba sin parar, gritando:
— ¡Soy una puta anal! ¡Me encanta que me den por el culo! ¡Más fuerte, hijos de puta!
Raúl se paró frente a ella y le metió la verga en la boca mientras ella seguía cabalgando el ano de Tito.
—Dos agujeros llenos otra vez, mamá puta! ¡El orto y la boca! ¡Tu marido debe estar llorando en el trabajo mientras te convierten en una alcantarilla de semen!
La última posición fue la más salvaje: la pusieron de pie, contra la pared del dormitorio, con una pierna levantada. Carlos la penetró anal desde atrás, sosteniéndola en el aire mientras los otros tres la tocaban y le gritaban:
— ¡Tomá por el culo contra la pared como una puta de calle!
— ¡Abre ese orto, zorra tetona! ¡Que te entre hasta los huevos!
— ¡Qué culo más tragón tenés, colorada de mierda! ¡Vas a volver rengueando a cocinarle a tus hijos!
— ¡Sos la peor mamá del barrio! ¡Una hotwife anal que se deja reventar por cuatro viejos feos!
Miranda se corrió gritando, el ano apretando la verga con espasmos, chorros de sus jugos cayendo al piso mientras los albañiles seguían insultándola sin parar.
Desde el armario, Eduardo estaba al borde del delirio, tocándose su pichita chiquita y flácida, oyendo cada grosería y cada embestida brutal contra el culo de su mujer.
Los albañiles estaban desatados. Raúl tenía a Miranda en cuatro sobre la cama matrimonial, su verga gruesa enterrada hasta el fondo en el ano rojo e hinchado de ella. Cada embestida hacía que sus tetas pesadas se balancearan como péndulos.
¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF!
Las palmadas brutales caían sin parar sobre su culo carnoso y blanco. La mano callosa de Raúl dejaba marcas rojas perfectas en cada nalga.
— ¡Tomá, puta de mierda! ¡Tomá palmadas en ese culo gordo que tu marido besa con amor! —rugía mientras la reventaba anal—. ¡Sos una madre de tres hijos y mirá cómo abrís el orto para cuatro viejos sucios!
Carlos se arrodilló frente a ella, la agarró del pelo pelirrojo y le dio una bofetada fuerte en la cara, haciendo que la cabeza le girara.
¡PAAAFF!
— ¡Mirame a la cara mientras te dan por el culo, zorra casada! —le gritó, y le soltó otra bofetada en la otra mejilla—. ¡Qué diría tu mamá si te viera ahora, eh? ¡La hija perfecta convertida en una alcantarilla anal!
Miranda gemía como loca, el culo ardiendo de las palmadas y el ano estirado al máximo.
— ¡Más fuerte…! ¡Péguenme más…! ¡Soy una mala madre… una mala esposa…!
Tito se acercó por el lado y le dio otra bofetada seca, esta vez más fuerte.
¡PAAAFF!
— ¡Claro que sos una mala madre, hija de puta! ¡Mientras tus hijos están con los abuelos, vos tenés cuatro vergas viejas rompiéndote el orto en la cama matrimonial! ¡Qué ejemplo les das a tus nenas, eh? ¡La mami que se deja tratar como una puta barata!
Jorge se unió a las palmadas, turnándose con Raúl para azotarle el culo sin descanso. Cada golpe sonaba seco y fuerte, haciendo que las nalgas de Miranda rebotaran y se pusieran cada vez más rojas.
¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF!
— ¡Este culo ya no es de tu marido! ¡Este culo ahora es de albañiles! ¡Decilo, zorra! ¡Decí que sos una madre degenerada!
— ¡Soy… una madre degenerada! —gritaba Miranda entre gemidos y lágrimas de placer—. ¡Soy una esposa infiel… una puta anal… me encanta que me degraden…!
Raúl aceleró las embestidas anales, follándola como un animal mientras seguía azotándola.
— ¡Tomá verga por el orto, mamá puta! ¡Mientras tus hijos comen galletitas con la abuela, vos tenés la verga de un viejo feo hasta los huevos en el culo! ¡Qué vergüenza, colorada de mierda!
Carlos le dio otra bofetada fuerte, esta vez dejando los dedos marcados en su mejilla.
¡PAAAFF!
— ¡Mirá cómo te ponés roja la cara de puta! Tu marido te besa esa boca todos los días… y ahora está llena de saliva de albañil y bofetadas. ¡Sos lo peor, Miranda! ¡La peor esposa y la peor madre del barrio!
Miranda se corrió violentamente, el ano apretando la verga de Raúl con espasmos, chorros de sus jugos cayendo sobre la cama mientras gritaba:
— ¡Sí… soy la peor madre… la peor esposa… rómpanme… degradenme más…!
Los cuatro se rieron como hienas, sin dejar de azotarla, cachetearla y follársela por el culo sin piedad.
Desde el armario, Eduardo temblaba entero. Su pichita chiquita y flácida goteaba sin parar mientras veía cómo su mujer era humillada y usada de la forma más baja posible… y nunca había estado más excitado en su vida.
Los albañiles no tenían ninguna intención de parar. Miranda estaba completamente destruida de placer, tirada boca arriba en la cama matrimonial, con las piernas abiertas y temblando. Raúl y Jorge se acomodaron rápido: Raúl se acostó debajo de ella, le clavó la verga gruesa y venosa directo en el ano ya abierto y rojo, y Jorge se puso encima, metiéndole la suya hasta el fondo del coño en un solo empujón brutal.
Doble penetración total.
— ¡Aaaahhh… me están partiendo… dos vergas a la vez…! —gritó Miranda, los ojos en blanco, la boca abierta de puro placer y dolor mezclado.
Raúl, desde abajo, le agarró las tetas con fuerza y empezó a embestir el culo sin misericordia mientras le gritaba al oído:
— ¡Tomá, puta degenerada! ¡Dos vergas rompiéndote los agujeros al mismo tiempo! ¡Sos una esposa de mierda, una madre de tres hijos que se deja llenar como una alcantarilla! ¿Qué pensarían tus nenas si te vieran ahora, eh? ¡La mami que prepara meriendas con el coño y el orto llenos de verga vieja!
Jorge, encima de ella, le dio una bofetada fuerte en la cara y aceleró las embestidas en su coño.
¡PAAAFF!
— ¡Callate y abrí más las piernas, zorra! ¡Mirá cómo te entra todo… tu marido cornudo nunca te va a dar esto! ¡Sos la peor madre del mundo! ¡Mientras tus hijos juegan con los abuelos, vos estás acá siendo una doble puta anal y vaginal!
Tito, el calvo gordito y sudoroso, se arrodilló al lado de la cama, le agarró un pie con sus manos mugrientas y se lo metió entero en la boca. Chupaba los dedos con lujuria asquerosa, lamiendo entre cada uno, mordisqueando la planta suave y blanca mientras gemía:
— ¡Mmm… estos pies de puta fina… tan limpios y suaves… y mirá cómo los estoy babeando un albañil asqueroso! ¡Chupá, mamá puta… mientras te rompen los dos agujeros yo te chupo los piecitos como perra!
Miranda se retorcía entre los tres, completamente llena: coño, ano y pie en boca. Su cuerpo voluptuoso brillaba de sudor, las tetas rebotando salvajemente con cada doble embestida.
— ¡Sí… soy una mala madre… una mala esposa… rómpanme… degradenme más…! —gritaba entre gemidos ahogados, corriéndose otra vez, apretando las dos vergas dentro de ella.
Raúl seguía insultándola sin parar mientras la reventaba anal:
— ¡Decílo más fuerte, puta! ¡Decí que te encanta que te degraden mientras te dan doble verga! ¡Decí que sos una madre que abre el orto y el coño para viejos feos y sucios!
Jorge le dio otra bofetada y escupió en su cara:
— ¡La reina de la casa convertida en una doble penetrada barata! ¡Tu cornudo gordo debe estar llorando de gusto mientras nosotros te usamos como juguete!
Tito seguía chupándole el otro pie ahora, babeando, metiéndose los deditos hasta el fondo de la garganta:
— ¡Estos pies tan bonitos… y yo, un viejo rancio, babeándolos mientras te rompen como puta de alquiler!
Miranda estaba en otro planeta, corriéndose sin parar, el cuerpo sacudido por las embestidas dobles y las palabras más bajas y degradantes que había oído en su vida.
Desde el armario, Eduardo temblaba entero, tocándose su pichita chiquita y flácida que apenas goteaba, oyendo cada insulto, cada palmada, cada gemido de su mujer siendo destruida como la peor esposa y madre… y nunca había sentido tanto placer humillado en su vida.
Los cuatro albañiles estaban al límite. Sacaron sus vergas de los agujeros de Miranda con un sonido húmedo y obsceno, dejando su coño y su ano abiertos, rojos e hinchados, goteando jugos y baba.
—Arrodillate en el medio de la cama, puta —ordenó Raúl con voz ronca—. Vamos a pintarte la cara como la zorra barata que sos.
Miranda, temblando y con las piernas flojas, se arrodilló en el centro de la cama matrimonial, levantó la cara, abrió la boca y sacó la lengua como una perra obediente. Sus tetas enormes brillaban de sudor, el pelo pelirrojo pegado a la frente.
Uno por uno se pajeaban furiosamente alrededor de ella.
Raúl fue el primero. Gruñó como animal y descargó chorros espesos y calientes de semen blanco directamente sobre su cara, cubriéndole la frente, los ojos y la nariz.
—Tomá leche de viejo, mamá puta… para que tu cornudo la lama después.
Carlos siguió, apuntando a su boca abierta:
—Abrí bien, zorra… tragá lo que puedas y el resto en la cara. ¡Qué linda te queda la cara de puta llena de leche!
Tito y Jorge se corrieron casi al mismo tiempo, cubriéndole las mejillas, los labios y hasta el pelo con gruesos hilos de semen espeso y amarillento. La cara de Miranda quedó completamente pintada, chorreando semen por todos lados, goteando desde la barbilla hasta sus tetas.
—Mirá cómo quedó… una verdadera puta facial —se rieron.
Miranda, con los ojos entrecerrados por el semen, sonrió con esa sonrisa hermosa y perversa que tenía incluso cubierta de leche ajena.
—Ahora vengan… denme un beso de despedida, machos.
Uno por uno se acercaron.
Raúl fue el primero. La agarró del pelo pegajoso y le metió la lengua hasta la garganta en un beso profundo, baboso y ruidoso, mezclando su saliva con el semen que le cubría la cara. Se oía el sonido húmedo y asqueroso de lenguas chocando y chupando.
—Qué puta más rica sos, colorada… volvé cuando quieras que te reventemos de nuevo.
Carlos la besó después, más violento, mordiéndole el labio inferior lleno de semen mientras le decía:
—Sos la peor esposa y la peor madre del barrio… y por eso nos encanta cogerte.
Tito la besó largo y baboso, chupándole la lengua y lamiéndole el semen de la mejilla:
—Gracias por abrirnos el orto y el coño, mamá degenerada… la próxima te traemos más amigos.
Jorge fue el último, metiéndole la lengua hasta casi ahogarla y escupiéndole en la boca antes de separarse:
—Andá a lavarte la cara de puta… o mejor dejátela así para que tu cornudo te vea bien usada.
Miranda se despidió de cada uno con esos besos de lengua profundos, ruidosos y salivosos que se oían perfectamente desde el armario: el sonido húmedo de bocas chupando, lenguas enredadas y gemidos bajos.
Eduardo, escondido en la oscuridad, escuchaba todo con la pichita chiquita goteando sin parar: cada beso baboso, cada chasquido de saliva, cada palabra chancha que le decían a su mujer antes de irse.
Cuando la puerta de entrada se cerró y la casa quedó en silencio, Miranda se quedó de rodillas en la cama, la cara completamente cubierta de semen espeso, chorreando por todas partes, y murmuró con voz ronca y satisfecha:
—Cornudito… ya se fueron… podés salir.
Desde el armario se oyó el sonido de la puerta abriéndose despacio.
La puerta del armario se abrió despacio con un leve crujido. Eduardo salió temblando, con la cara roja, los ojos brillantes de lágrimas de emoción y la pichita chiquita todavía goteando dentro de los pantalones. Miró a Miranda arrodillada en la cama matrimonial: completamente desnuda, el cuerpo voluptuoso cubierto de sudor y marcas rojas de manos callosas, la cara y las tetas pintadas de gruesos chorros de semen espeso que le chorreaban por las mejillas, los labios y la barbilla.
Se acercó despacio, casi con reverencia, y se arrodilló frente a ella en la cama.
—Mi amor… mi reina… mi vida entera… —susurró con la voz rota de emoción.
La abrazó fuerte, pegando su cuerpo gordo y blando contra el de ella, sin importarle el semen que se le pegaba a la camisa. La envolvió con sus brazos y la apretó contra su pecho como si quisiera fundirse con ella.
Miranda suspiró feliz y lo abrazó también, hundiendo la cara semenada en su cuello.
Eduardo empezó a cubrirla de besos: besos suaves, tiernos y desesperados. Le besó la frente manchada de leche, los párpados, las mejillas pegajosas, la nariz, los labios hinchados y llenos de semen ajeno. La besaba sin asco, con amor absoluto, lamiendo suavemente algunos hilos de semen mientras la besaba.
—Te amo… te amo tanto, Miranda… —murmuraba entre beso y beso—. Sos la mujer más hermosa del mundo, mi diosa pelirroja, mi puta perfecta, mi reina sucia y adorada.
La besó en la boca profundamente, saboreando el semen de los cuatro albañiles mezclado con su saliva, sin dejar de abrazarla fuerte.
—Disfruté cada segundo, amor mío… cada embestida, cada grito, cada palmada, cada grosería que te decían… verte tan abierta, tan entregada, tan feliz siendo su puta… me volviste loco de amor y de morbo. Sos tan valiente, tan sexy, tan mía…
Le besó el cuello, las tetas cubiertas de semen, lamiendo despacio mientras seguía hablando con la voz llena de ternura:
—Te amo por ser la mamá perfecta de nuestros hijos… y te amo aún más por ser esta zorra insaciable que se deja romper por machos sucios. Sos mi todo, Miranda. Mi esposa, mi amante, mi puta, mi mejor amiga, mi razón de vivir. Nadie me hace sentir lo que vos me hacés sentir… nadie.
La abrazó más fuerte todavía, meciéndola suavemente en sus brazos, besándole el pelo pegajoso.
—Gracias por dejarme mirar… gracias por ser tan honesta, tan libre, tan mía. Aunque te usen como a una puta barata, siempre vas a ser mi reina. Mi diosa. La mujer que más amo en este mundo. Te amo, te amo, te amo… mil veces te amo.
Miranda, con los ojos húmedos de emoción y placer, le acariciaba la cabeza calva mientras él seguía besándola y abrazándola sin parar.
—Mi cornudito hermoso… —susurró ella con voz ronca y llena de amor.
Eduardo levantó la cara, la miró a los ojos verdes y le dijo con total devoción:
—Sos la mujer de mi vida, Miranda. Y hoy… hoy fuiste más mía que nunca.
Se quedaron así, abrazados y besándose despacio en medio de la cama revuelta, rodeados del olor a sexo y semen ajeno, pero envueltos en un amor inmenso y profundo.
Eduardo seguía abrazándola fuerte, besándola con devoción por toda la cara cubierta de semen, cuando Miranda le agarró la cabeza calva con ambas manos y lo miró a los ojos con esa sonrisa hermosa y perversa que lo volvía loco.
—Ahora sí, mi cornudito hermoso… —le susurró con voz ronca y cargada de lujuria—. Quiero que me limpies el coño. Está lleno de leche de los cuatro albañiles… todavía caliente, espesa, chorreando de mi concha recién follada. Andá… arrodillate y chupá todo hasta dejarlo brillante y limpio.
Eduardo gimió bajito, el cuerpo temblando de excitación humillada. Se bajó de la cama, se arrodilló entre las piernas abiertas de su mujer y acercó la cara a su coño hinchado, rojo y completamente embadurnado de semen blanco y cremoso que salía lento de entre sus labios abiertos.
Miranda le acarició la cabeza con ternura mientras él sacaba la lengua y empezaba a lamer despacio, recogiendo los primeros hilos espesos.
—Mmm… así, mi amor… chupá… chupá todo ese semen ajeno que me dejaron adentro —gemía ella bajito—. Sos mi cornudito chupa-semen favorito… mirá cómo lamés con esa lengua torpe y obediente todo lo que otros machos me descargaron en el coño.
Eduardo metió la lengua más profundo, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras tragaba la mezcla caliente de semen y jugos de Miranda. Levantó la vista un segundo, con los labios brillantes y pegajosos.
—Te amo tanto… —murmuró antes de volver a hundir la cara.
Miranda sonrió y le apretó la cabeza contra su concha.
—Decime, cornudito… ¿te gusta el sabor de la leche de cuatro albañiles viejos en el coño de tu mujer? ¿Te encanta ser mi chupa-semen personal?
Eduardo levantó la cara un instante, jadeando:
—Sí, amor… me encanta… sabe a macho, a verga sucia… y saber que es de ellos me pone la pichita chiquita tan dura como puedo…
Miranda se rió ronca y le empujó la cabeza de nuevo.
—Seguí chupando, cornudito… no pares. Sos un cornudito chupa-semen de verdad… un marido que no puede follarme como un macho pero sí puede limpiar lo que otros me dejan. ¿Sabés cuánto me calienta eso? Me moja más que las vergas que me rompieron hoy… verte ahí, lamiendo obediente, tragando semen ajeno mientras me mirás con ojos de amor.
Eduardo gemía contra su coño, lamiendo más rápido, metiendo la lengua hasta el fondo, succionando los restos espesos que aún salían.
—Contame más, amor… decime qué soy… —suplicó con la voz ahogada.
—Sos mi cornudito chupa-leche… mi limpiador de conchas folladas… el marido que me adora mientras me convierto en puta para otros. Me encanta que seas así de patético y amoroso al mismo tiempo. Mientras yo gritaba que me rompieran el orto y el coño, vos estabas en el armario tocándote esa pichita flácida que ni se para… y ahora estás acá, comiéndote toda la evidencia como un buen cornudito.
Eduardo temblaba, lamiendo con más ganas, pasando la lengua por cada pliegue, limpiando hasta el último hilo de semen.
—Te amo por ser así… —susurró él entre lamidas—. Te amo por dejarme ser tu cornudo chupa-semen…
Miranda arqueó la espalda y gimió de placer al sentir la lengua de su marido limpiándola tan devotamente.
—Y yo te amo por eso, mi vida… por ser el único que puede quererme tanto después de verme convertida en una alcantarilla de semen. Seguí chupando, cornudito… meté la lengua bien adentro y sacá todo lo que me dejaron esos machos. Después vas a limpiarme el culo también… y me vas a besar con la boca llena de su leche para que yo pruebe lo que me hicieron.
Eduardo solo pudo gemir un “sí, amor mío…” antes de hundir la cara otra vez, chupando con devoción absoluta mientras Miranda le seguía hablando sucio y cariñoso al mismo tiempo, acariciándole la cabeza como a un perro fiel.
La charla siguió larga, llena de palabras de amor pervertido, mientras él limpiaba cada gota de su coño recién usado.
Eduardo levantó la cara de entre las piernas de Miranda, con los labios y la barbilla brillantes y cubiertos de semen espeso. La miró con ojos llenos de amor y devoción absoluta.
—Ahora te limpio el culo también, mi amor… —susurró con voz ronca.
Miranda se dio vuelta despacio, se puso en cuatro sobre la cama y abrió bien las nalgas con ambas manos, mostrándole el ano rojo, hinchado y todavía goteando semen de los cuatro albañiles.
—Vení, cornudito… meté la lengua bien adentro. Chupá todo lo que me dejaron en el orto.
Eduardo se acercó como en trance, le separó las nalgas con ternura y hundió la cara entre ellas. Su lengua empezó a lamer despacio el ano abierto, recogiendo los hilos espesos de semen que salían de su interior. Hacía ruidos húmedos y obscenos mientras chupaba, tragando todo con devoción.
—Mmm… sí, así… limpiame el culo lleno de leche ajena, mi amor —gemía Miranda, empujando el culo contra su cara—. Sos un cornudito tan obediente… chupando el semen que me dejaron en el orto mientras yo gemía como una puta.
Eduardo metió la lengua lo más profundo que pudo, succionando, lamiendo cada pliegue, tragando los restos calientes y espesos. Cuando tuvo la boca completamente llena de semen (mezcla del coño y del culo), se incorporó, la tomó suavemente de la cintura y la hizo girar para quedar frente a frente.
Miranda lo miró con esa sonrisa hermosa y perversa, todavía con semen seco en las mejillas.
—Besame, cornudito… besame con la boca llena de lo que me dejaron esos machos.
Eduardo se acercó y le dio un beso profundo, largo y baboso. Abrió la boca y dejó que todo el semen que acababa de chupar de su coño y su culo se mezclara entre sus lenguas. El beso era lento, húmedo, sucio y lleno de amor. Se besaban con pasión, intercambiando la leche espesa de los albañiles, tragando un poco cada uno mientras gemían en la boca del otro.
Cuando se separaron un segundo, con hilos de semen conectando sus labios, Miranda le acarició la cara y le dijo bajito:
—Me encanta esto, Eduardo… me encanta que en la calle y delante de todos sea la esposa perfecta, la mamá ejemplar, la que sonríe en las reuniones del colegio y organiza todo en casa. Pero cuando cerramos la puerta… me convierta en esta puta sucia, esta hotwife que abre el coño y el orto para machos rudos y asquerosos. Ese contraste me moja como nada.
Eduardo la besó otra vez, corto pero intenso, y le respondió con la voz temblorosa de excitación:
—Y a mí me vuelve loco, amor mío… verte ser la mujer perfecta para el mundo, tan elegante, tan buena madre, tan respetada… y saber que en casa sos mi zorra personal, la que se deja llenar de verga y semen por cuatro albañiles viejos mientras yo miro escondido. Ese secreto nuestro me calienta tanto… me hace sentir que sos solo mía de una forma que nadie más entiende.
Miranda lo abrazó fuerte, pegando su cuerpo semenado al de él.
—Exacto, mi cornudito… afuera soy la señora Miranda, la esposa ideal. Adentro soy tu puta anal, tu mamá degenerada que se deja degradar y romper. Y eso nos pone a los dos como locos, ¿verdad? A mí me excita saber que vos me ves convertida en lo más bajo y aun así me amás más. Y a vos te encanta ser el marido que me permite ser libre, que me limpia después y que me besa con la boca llena de semen ajeno.
Eduardo asintió, besándola de nuevo, compartiendo más semen entre sus bocas.
—Me calienta tanto… tanto… Saber que mientras la gente te saluda y te dice “qué familia linda tienen”, yo sé que hace unas horas estabas gritando que te rompieran el orto y tragando verga de desconocidos. Ese doble vida nuestro es lo que más me excita del mundo. Te amo por ser perfecta afuera… y te amo mil veces más por ser tan puta y tan mía adentro.
Miranda sonrió contra sus labios, lamiéndole un hilo de semen que le colgaba de la barbilla.
—Y yo te amo por aceptarme así, por disfrutarlo tanto, por ser mi cornudito chupa-semen perfecto. Este es nuestro secreto más rico… y lo vamos a seguir viviendo siempre.
Se quedaron besándose largo rato, abrazados, compartiendo el sabor sucio y el amor más puro, mientras la cama seguía oliendo a la gangbang que acababa de terminar.


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