OnlyFans (Historia gay a hetero)
Miguel y Arturo son una hermosa pareja gay casada, son creadores de contenido pornografico, un día queriendo probar cosas nuevas, uno de ellos descubrirá algo nuevo que jamás pensó volverse realidad.
OnlyFans
(Historia gay a hetero)
Miguel siempre había creído que el matrimonio era la prueba definitiva de que el amor entre dos hombres podía ser estable, rutinario y, al mismo tiempo, extremadamente rentable. Llevaban casados cuatro años. En ese tiempo habían grabado más de doscientos vídeos juntos, follado con decenas de tíos frente a cámara y construido una marca que les daba para vivir bien, viajar y no preocuparse demasiado del mañana. Arturo era el extrovertido, el que proponía, el que se reía en los videos y sabía exactamente qué hacer para que los suscriptores se corrieran. Miguel era el guapo serio, el de la verga gruesa y el culo trabajado, el que gemía de forma más controlada y que, según los comentarios, “parecía que realmente amaba a su marido incluso cuando se lo estaban metiendo”.
Esa noche estaban en el sofá del salón, desnudos de cintura para arriba, revisando métricas en la tablet. Arturo tenía la cabeza apoyada en el hombro de Miguel y le acariciaba el pecho con dedos distraídos, dibujando círculos lentos alrededor del pezón.
—He estado pensando en algo —dijo de pronto, con esa voz casual que usaba cuando ya tenía la idea bastante cocinada.
Miguel no levantó la vista de la pantalla.
—Si es otro tipo de uno noventa y polla de caballo, dímelo ya para mentalizarme.
Arturo soltó una risa baja, caliente contra su piel.
—No. Esta vez es distinto. Quiero grabar un trío… con una mujer.
Miguel sí levantó la cabeza entonces. Lo miró como si le hubiera hablado en otro idioma.
—¿En serio?
—Sí. Llevamos años haciendo solo tíos. La audiencia pide variedad. Y además… —Arturo se encogió de hombros, pero sus dedos no dejaron de moverse— a mí me apetece. Llevo tiempo sin tocar un coño. Eres gay, lo sé. Nunca has estado con una mujer. Pero es trabajo. Yo estaré ahí. Te guío. No tienes que hacer nada que no quieras. Si en algún momento te sientes raro, paramos.
Miguel se quedó callado un largo rato. La idea le resultaba ajena, casi absurda. Nunca había tocado a una mujer. Ni siquiera de adolescente. Su cuerpo respondía a olores masculinos, a mandíbulas con sombra de barba, a pollas duras y a culos apretados. Una vagina le parecía territorio completamente extranjero. Algo que veía en el porno heterosexual de vez en cuando, por curiosidad profesional, pero que nunca había despertado nada real en él.
Arturo esperó en silencio, acariciándole el pecho con paciencia.
—Solo es sexo, mi amor —añadió al cabo de un rato—. Tú y yo seguimos siendo nosotros. Esto no cambia nada.
Miguel tragó saliva.
—Déjame pensarlo.
Tres días después, mientras se afeitaba frente al espejo del baño, miró su propio reflejo y se dijo que sí. Era trabajo. Solo trabajo. Y Arturo estaría ahí.
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Lisbeth llegó al piso un jueves por la tarde. Veintiséis años, pelo castaño claro recogido en una coleta alta que dejaba el cuello libre, cuerpo de quien se cuida sin obsesionarse: tetas naturales de buen tamaño, cintura marcada, culo redondo y firmes muslos que se adivinaban bajo el vestido corto negro. Llevaba una chaqueta de cuero fina y botines. Sonrió con naturalidad cuando Arturo le abrió la puerta, como si llevara años conociéndolos.
—Hola, chicos. Qué piso más bonito.
Hablaron primero en el salón, los tres sentados, con vasos de agua delante. Límites, tomas, posiciones, lo que cada uno estaba dispuesto a hacer y lo que no. Miguel apenas habló. Se limitó a asentir cuando Arturo le preguntaba si estaba de acuerdo. Lisbeth lo miraba de reojo de vez en cuando, curiosa, pero sin presionar. Tenía una forma tranquila de ocupar el espacio, como si nada de aquello le resultara especialmente extraordinario.
Cuando encendieron las cámaras, el ambiente cambió.
Primero se besaron los esposos, como siempre. Lenguas lentas, manos en el pelo, el tipo de beso que sabían que funcionaba en pantalla. Arturo le mordió el labio inferior a Miguel con esa intensidad suave que siempre le ponía duro. Después se giró hacia Lisbeth y la besó a ella. Miguel los observó desde el sofá, con la verga todavía blanda dentro del bóxer. Ver a su marido chupar la lengua de una mujer le produjo una sensación extraña, a medio camino entre un celos leve y una curiosidad incómoda. El sonido de sus bocas, el modo en que Arturo le sujetaba la nuca a ella… era distinto.
Arturo la fue desnudando con calma. Primero la chaqueta, después el vestido. Cuando le bajó las bragas negras, Miguel vio por primera vez un coño de cerca, en carne y hueso. Rosado, afeitado con cuidado, ya ligeramente brillante entre los labios. Arturo se arrodilló frente a ella y se lo comió con la misma dedicación con la que solía chuparle el culo a Miguel. La lengua ancha, los movimientos lentos, el modo en que abría los labios con los dedos para llegar más adentro. Lisbeth gemía bajito, con la cabeza echada hacia atrás, una mano en el pelo de Arturo, los muslos temblando apenas.
Miguel sintió que se le empezaba a poner dura. Se tocó por encima del bóxer, casi sin darse cuenta.
Cuando Arturo se la folló por primera vez —de lado, para que la cámara captara la penetración completa—, Miguel ya tenía la verga fuera y se la acariciaba despacio. Ver la polla de su marido entrar y salir de ese agujero húmedo y apretado le resultaba hipnótico. El sonido era distinto. Más chapoteante. Más sucio. Cada vez que Arturo empujaba hasta el fondo, el coño de Lisbeth hacía un ruido húmedo y ella soltaba un gemido más largo. Arturo le hablaba bajito, diciéndole lo rica que estaba, lo bien que lo apretaba. Cosas que nunca le decía a Miguel en cámara.
—Ven —le dijo Arturo en un momento, con la voz ronca, sin dejar de moverse—. Tócala.
Miguel se acercó. Se arrodilló al lado de ellos. Arturo tomó su mano y se la llevó hasta el coño de Lisbeth. Los dedos de Miguel rozaron labios calientes y resbaladizos. Se quedó quieto un segundo, procesando la textura. Era más suave de lo que había imaginado. Más abierta. Después, guiado por la mano de su marido, empezó a frotar el clítoris en círculos lentos. Lisbeth abrió más las piernas y soltó un gemido más profundo.
—Así… justo así —susurró ella, mirándolo a los ojos por primera vez con verdadera intensidad.
Arturo se corrió dentro de ella poco después, con un gruñido bajo, enterrado hasta los huevos. Se quedó unos segundos quieto, respirando contra el cuello de Lisbeth, antes de retirarse. La verga le brillaba de jugos y semen. Miró a Miguel y le hizo un gesto con la cabeza.
—Ahora tú. Despacio.
Miguel se colocó entre las piernas de Lisbeth. El coño estaba abierto, rojo, goteando una mezcla de lubricante natural y la corrida de Arturo. Se alineó. La cabeza de su verga tocó la entrada y se le escapó un temblor. Empujó. Entró con una facilidad casi ofensiva. El calor lo envolvió de golpe: más suave que un culo, más profundo, con paredes que parecían succionarlo hacia adentro con cada centímetro.
—Joder… —murmuró, sin poder evitarlo.
Arturo se colocó detrás de él, le besó el hombro y le sujetó las caderas con ambas manos.
—Más despacio. Déjala sentirla entera. Eso es… así.
Miguel obedeció. Empezó a follarla con movimientos largos y profundos. Cada vez que llegaba al fondo, Lisbeth apretaba alrededor de él y soltaba un sonido gutural. El coño le hacía cosas raras a la cabeza. Se sentía demasiado bien. Demasiado fácil. Como si su cuerpo hubiera estado esperando exactamente esa sensación sin que él lo supiera. Arturo le hablaba al oído mientras lo guiaba, diciéndole lo bien que lo estaba haciendo, lo duro que estaba, lo mucho que le estaba gustando verlo así. Miguel cerró los ojos un momento y se concentró solo en la sensación de entrar y salir de aquel calor húmedo.
Cuando se corrió, lo hizo con un gemido ahogado, enterrado hasta los huevos, llenándola mientras Arturo le mordía el cuello desde atrás y le sujetaba las caderas para que no se retirara demasiado pronto.
Apagaron las cámaras.
Lisbeth se duchó, se vistió y se despidió con dos besos en la mejilla y una sonrisa profesional.
—Ha sido genial, chicos. Cuando queráis repetimos.
La puerta se cerró.
Miguel se quedó sentado en el borde de la cama, todavía desnudo, sintiendo cómo el semen de Arturo y el suyo propio se le secaban en la piel. No dijo nada. Arturo tampoco. Solo le pasó un brazo por los hombros y le dio un beso lento en la sien.
—¿Ves? No pasó nada. Solo fue sexo.
Miguel asintió.
Pero esa noche, cuando Arturo se quedó dormido con un brazo rodeándole la cintura, Miguel se levantó en silencio, fue al baño y se masturbó recordando el calor exacto de aquel coño. Se corrió mirando su propio reflejo en el espejo, con los dientes apretados para no hacer ruido.
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El vídeo funcionó mejor de lo esperado. Los números subieron. Los comentarios pedían más. Arturo, eufórico, propuso otra sesión mientras desayunaban.
—Podríamos hacer algo más elaborado. Tal vez un día completo de grabación.
Miguel removió el café con la cucharilla, mirando el líquido negro girar.
—Esta vez… escenas individuales —dijo al fin—. Tú con ella. Yo con ella. Por separado. Para variar el contenido. La gente pide variedad.
Arturo lo miró unos segundos por encima de la taza. Una media sonrisa se le dibujó en la boca.
—¿Te gustó tanto el coño, bebé?
Miguel sostuvo la mirada.
—Solo estoy pensando en el contenido.
Arturo soltó una risa suave y le robó un trozo de tostada.
—Como digas.
Grabaron las escenas en días distintos.
La de Arturo fue rápida, profesional, llena de risas y posiciones acrobáticas. Miguel ni siquiera estaba en el piso cuando la hicieron.
La de Miguel fue otra cosa.
Lisbeth llegó sola un martes por la tarde. No había cámaras extras ni marido observando. Solo ellos dos, el trípode y la luz suave que entraba por la ventana. Esta vez no hubo guía. Miguel la recibió en la puerta y, en lugar de los saludos profesionales de la vez anterior, la miró unos segundos en silencio antes de inclinarse y besarla.
El beso empezó contenido. Después se volvió más hondo. Lisbeth abrió la boca con naturalidad y dejó que él explorara. Cuando se separaron, ella tenía las mejillas un poco sonrojadas.
—Hola —susurró.
—Hola.
La llevó al dormitorio sin prisa. La desnudó despacio, deteniéndose a besar cada nueva zona de piel que quedaba al descubierto. Cuando se arrodilló frente a ella y le separó los muslos, el coño ya estaba brillante. Miguel lo miró un momento, como memorizándolo, antes de acercar la boca.
Esta vez no había nadie guiándolo. Lamió con curiosidad primero, después con más hambre. El sabor era distinto a cualquier cosa que hubiera probado. Más ácido, más limpio, más adictivo. Se pasó minutos enteros con la cara enterrada entre sus muslos, abriéndola con los dedos, chupando el clítoris con suavidad y después con más presión, metiendo la lengua lo más profundo que podía. Lisbeth gemía sin contenerse, una mano en su pelo, las caderas moviéndose contra su boca.
Cuando por fin la penetró, lo hizo mirándola a los ojos. Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo las paredes la recibían y se adaptaban a él. Se quedó quieto un segundo cuando llegó al fondo, respirando contra su cuello.
—Joder, qué rico estás… —murmuró ella.
Miguel empezó a moverse. Largo. Profundo. Cada embestida hacía que el coño de Lisbeth soltara un sonido húmedo. Él se concentraba en la sensación de entrar y salir, en el modo en que ella lo apretaba cuando llegaba al fondo, en el calor que parecía subir por su columna. Se corrió más rápido de lo que le hubiera gustado admitir, con un gemido bajo, enterrado hasta los huevos. Se quedó dentro unos segundos después, sintiendo cómo el semen le resbalaba alrededor de la verga.
Cuando ella se fue, él se quedó olisqueando las sábanas todavía húmedas durante un buen rato.
Esa misma noche le escribió por Instagram.
Hoy me ha costado más desconectar.
Ella respondió en menos de un minuto.
A mí también.
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Empezaron a verse sin cámaras dos semanas después.
La primera vez fue en un hotel discreto a las afueras de la ciudad. Miguel llegó nervioso, casi enfadado consigo mismo. Había mentido a Arturo diciendo que tenía una reunión con el editor de los vídeos. Lisbeth lo recibió en ropa interior negra, de pie junto a la cama, y no le dio tiempo a hablar demasiado. Lo empujó suavemente hacia atrás, le bajó los pantalones con las dos manos y se sentó sobre su verga con una lentitud deliberada, dejando que entrara centímetro a centímetro mientras lo miraba desde arriba.
—Dime que esto es solo sexo —le susurró cuando estuvo completamente dentro, con la voz un poco entrecortada.
Miguel abrió la boca. No salió nada. Solo un temblor.
Ella empezó a cabalgarlo despacio, con el coño tan mojado que se oía cada movimiento. Levantaba las caderas hasta casi sacarlo y después bajaba de golpe, tomándolo entero.
—Dímelo —repitió, inclinándose hacia adelante, con las manos apoyadas en su pecho.
—…No puedo —admitió al fin, con la voz rota.
Lisbeth sonrió. Una sonrisa pequeña, casi tierna. Se inclinó del todo y le mordió el labio inferior.
—Bien.
Esa tarde la folló en tres posiciones distintas. Primero ella encima, moviéndose con esa calma cruel que lo volvía loco. Después de lado, con una pierna de ella levantada, entrando más profundo. Al final la puso a cuatro patas y se la folló con tironazos más cortos y fuertes, una mano en su cadera y la otra en su pelo. Se corrió dos veces dentro de ella. La segunda vez casi le dolió de lo intenso que fue.
Cuando salió del hotel, el móvil le vibró. Era Arturo preguntándole qué iba a querer de cena. Miguel contestó con un emoji de corazón y guardó el teléfono en el bolsillo, sintiendo todavía el olor de ella en los dedos.
A partir de ahí se volvió adictivo.
Se veían cuando Arturo tenía reuniones o cuando salía a grabar contenido en solitario. A veces era rápido: un oral precipitado en el coche de Lisbeth, escondidos en un aparcamiento discreto. Miguel con la cabeza echada hacia atrás, los dedos enredados en el pelo de ella, corriéndose en su boca mientras ella lo miraba con los ojos brillantes y se lo tragaba todo. Otras veces alquilaran habitaciones y se dedicaran horas enteras.
A Miguel le obsesionaba comerle el coño. Se pasaba minutos y minutos con la cara enterrada entre sus muslos, lamiendo, chupando, abriéndola con los dedos para llegar más adentro, emborrachándose con el sabor. Le gustaba hacerla correrse primero solo con la boca, sentir cómo temblaba y cómo el coño se le contraía contra su lengua. Después la penetraba y la follaba con una intensidad que nunca había usado con Arturo. Como si quisiera llegar a algún sitio al que solo se llegaba a través de ese cuerpo.
Lisbeth, por su parte, parecía disfrutar del secreto tanto como del sexo. Le gustaba hablarle mientras la estaban follando, con la voz entrecortada y las uñas clavándosele en la espalda:
—¿Tu marido te folla así de rico?
—¿Piensas en mi coño cuando te la chupa él?
—¿Vas a seguir mintiéndole mucho tiempo?
Miguel rara vez respondía con palabras. Respondía empujando más fuerte, más hondo, hasta que ella se corría apretándole la verga y olvidaba las preguntas por un rato.
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El final llegó un viernes por la noche.
Arturo había salido a una cena de trabajo con un colaborador. Miguel le dijo que se quedaba en casa trabajando en el montaje de un vídeo. En realidad había quedado con Lisbeth en el mismo hotel de siempre.
Esa noche fue distinta desde el principio. Se follaron con una urgencia casi violenta. Miguel la puso a cuatro patas nada más llegar y se la metió de un solo empujón, sin demasiadas caricias previas. La agarró del pelo con una mano y de la cadera con la otra, follándola con tironazos cortos y profundos mientras ella gemía contra la almohada. El sonido de la piel contra la piel llenaba la habitación. Cada vez que empujaba hasta el fondo, el coño de Lisbeth hacía un ruido húmedo y sucio.
Cuando sintió que se acercaba, se detuvo un segundo, respirando con fuerza, todavía dentro de ella.
—No te retires —pidió ella, con la voz ahogada—. Córrete dentro.
Miguel empujó una última vez, hasta donde pudo llegar, y se corrió con un gemido largo y bajo. Se quedó quieto después, con la frente apoyada entre los omóplatos de ella, sintiendo cómo el semen le resbalaba por los huevos y cómo el coño todavía le daba pequeños espasmos alrededor de la verga.
Lisbeth se movió un poco y él se retiró. Se dejó caer de lado. Ella se giró hacia él, con la cara sonrojada, el pelo pegado a la frente y los labios hinchados.
Hubo un silencio largo. Solo se oía el aire acondicionado y la respiración de los dos.
—Miguel… —dijo ella al fin, en voz baja.
—Dime.
Ella dudó solo un segundo. Le pasó un dedo por el pecho, siguiendo una línea invisible.
—Estoy embarazada.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía morder.
Miguel parpadeó. La verga, todavía medio dura y brillante, dio un latido involuntario.
—¿Qué?
—De tres semanas. Y… no es de Arturo. Él siempre usa condón en las grabaciones. Tú y yo… nunca lo usamos.
Miguel sintió que el suelo se le movía debajo de la cama. Se sentó en el borde del colchón, con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos. El olor a sexo todavía llenaba el aire. El olor de ella. El olor de lo que acababan de hacer.
Lisbeth se incorporó detrás de él y le rodeó la cintura con los brazos. Le dejó un beso húmedo y lento en el hombro.
—No te estoy pidiendo nada —susurró contra su piel—. Solo… pensé que debías saberlo.
Miguel no contestó de inmediato. Se quedó mirando sus propias manos. Las mismas manos que esa misma mañana habían acariciado el pelo de Arturo mientras desayunaban juntos. Las mismas que ahora olían a coño ajeno y a semen.
Sacó el móvil de encima de la mesita.
Tenía tres mensajes de su marido:
¿Todo bien, amor?
¿Quieres que te traiga algo a casa?
Te quiero. No te acuestes muy tarde.
Miguel los leyó uno por uno. El corazón le latía con una fuerza absurda.
Después bloqueó la pantalla.
Se giró hacia Lisbeth. La miró fijamente, como si la estuviera viendo por primera vez. Le pasó un dedo por el labio inferior, todavía hinchado de tanto besarlo y de tanto gemir.
—No le voy a decir nada —murmuró—. No todavía.
Lisbeth lo estudió en silencio. Sus ojos eran serios, pero había algo más debajo. Algo que se parecía a la expectación.
—¿Y qué vas a hacer entonces?
Miguel la empujó suavemente hacia atrás, sobre la cama. Se colocó otra vez entre sus piernas. La verga, que se había ablandado con la noticia, volvía a endurecerse al roce de aquel coño abierto, rojo y lleno de su propia corrida. La entrada estaba resbaladiza, caliente, fácil.
—Ahora mismo —dijo, alineándose otra vez, con la voz baja y un poco ronca— voy a volver a correrme dentro de ti.
Y empujó.
Lento.
Hasta el fondo.
Lisbeth soltó un gemido largo y cerró los ojos. Miguel empezó a moverse otra vez, con embestidas profundas y deliberadas, como si quisiera grabar la sensación en la memoria. Cada vez que entraba del todo, sentía el semen anterior resbalar alrededor de su verga y el coño de ella apretarlo con pequeñas contracciones.
Mientras tanto, el móvil vibraba otra vez sobre la mesita de noche. El nombre de Arturo iluminaba la pantalla en la oscuridad de la habitación.
Miguel no miró.
Solo siguió follándola, despacio y hondo, con la frente apoyada en la de ella y los ojos abiertos, como si necesitara recordarse a sí mismo exactamente lo que estaba eligiendo.

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