Paco y la vida con su madre 14 – La orgia continua y se vuelve mas pervertida.
HIja, madre y abuela son folladas por 3 machos ancianos en la misma habitacion. En este capitulo lo que mas habra es sexo pervertido y sucio incestuso..
Monica se acercó a su hija y le tomó las manos con cariño. La miró directamente a los ojos y le habló en voz baja, solo para ella:
—Peka… mi amor, ¿estás segura de esto? Si bajamos, es casi seguro que esta noche las tres vamos a tener sexo. No hay vuelta atrás una vez que entremos en esa habitación. ¿Estás realmente cómoda con todo esto?
Peka bajó la mirada, tímida. Tenía las mejillas rojas y se mordía el labio inferior. Respondió con voz baja y aniñada:
—…Sí, mami. Estoy nerviosa… pero quiero. Me gusta cómo me trata Ernesto… y me pone caliente la idea de que sea tan viejo. Solo… me da un poco de vergüenza todo junto.
La abuela se acercó también y le puso una mano en el hombro a su nieta. Su tono era más directo, pero igualmente cariñoso:
—Peka, mi vida… ¿no te da pena ver a tu mamá y a tu abuela teniendo sexo en la misma habitación? Nunca habías visto a tu familia así. ¿Estás segura de que querés presenciar todo eso?
Peka se puso todavía más roja. Se quedó callada un segundo, pensando. Luego levantó la vista y contestó con honestidad:
—Un poco sí me da pena… nunca había visto a mi mamá ni a mi abuela… haciendo esas cosas. Me da vergüenza imaginarlas desnudas y siendo tocadas. Pero también… me da morbo. No sé explicarlo. Es raro, pero me excita.
Monica le apretó las manos y le habló con voz suave y maternal:
—Escuchame, mi amor. Si en cualquier momento te sentís incómoda, solo decilo. Nadie te va a obligar a quedarte ni a mirar nada. Podemos ir, probar un rato y si no te gusta, nos vamos las tres sin problema. Lo más importante es que estés cómoda.
Claudia rio bajito y le dio un golpecito suave en el brazo a su nieta.
—Además, mi nietita… si te da vergüenza vernos a nosotras, imaginate a nosotras viéndote a vos siendo follada por un viejo que podría ser tu abuelo. Es un poco loco todo, ¿no? Pero si te gusta el morbo… bienvenida al club.
Peka soltó una risa nerviosa y se tapó la cara un segundo con las manos. Luego las bajó y miró a las dos con los ojos brillantes.
—Quiero ir —dijo con voz baja pero firme—. Me da vergüenza, sí… pero también me excita mucho. Quiero probar. Quiero ver qué pasa.
Monica le dio un beso suave en la frente y le sonrió con orgullo.
—Está bien, mi amor. Entonces vamos. Pero recordá: si en cualquier momento querés parar o irte, solo decilo. Mamá y abuela estamos acá para cuidarte.
Claudia le pasó un brazo por los hombros a su nieta y le habló con tono más juguetón:
—Además, si te da mucha vergüenza vernos a nosotras, podés cerrar los ojos cuando querás. O mirarnos… si el morbo te gana. Nadie te va a juzgar acá.
Peka asintió, todavía un poco nerviosa pero decidida. Las tres se miraron entre sí, compartiendo una mezcla de complicidad, nervios y excitación.
Monica fue la primera en hablar:
—Entonces… ¿vamos?
Claudia y Peka asintieron al mismo tiempo.
Las tres volvieron hacia donde estaban Ernesto, Rulo y Bernardo. Los tres ancianos las miraron con una mezcla de ansiedad y alegría.
Claudia fue quien habló:
—Está bien, muchachos. Vamos a la habitación. Pero con respeto. Y si en algún momento alguna de nosotras dice que quiere parar o irse, paramos. ¿De acuerdo?
Ernesto, Rulo y Bernardo asintieron rápidamente, casi babeando de la emoción.
—Totalmente —dijo Ernesto, mirando especialmente a Peka—. Vamos.
Los seis se dirigieron hacia la habitación de Ernesto. Peka caminaba en el medio, sosteniendo la mano de su mamá. Sentía que le temblaban un poco las piernas, pero también sentía una excitación profunda y retorcida.
La noche apenas estaba comenzando.
Los seis entraron a la habitación de Ernesto. El cuarto era sencillo pero amplio: una cama grande, un sillón, una mesita con botellas y vasos, y una luz tenue. Apenas cruzaron la puerta los tres ancianos se quedaron un segundo mirando a las tres mujeres.
Ernesto, Rulo y Bernardo se quedaron asombrados.
Vieron a Monica, madura y voluptuosa, con su body negro ajustado que le marcaba las tetas grandes y el culo.
Vieron a Claudia, de 65 años, con sus tetas enormes y caídas apenas contenidas en el corpiño rojo.
Y vieron a Peka, la nena trans vestida con el baby doll rosa corto y transparente, con ese aspecto infantil y provocativo al mismo tiempo.
Los tres hombres se miraron entre sí con una mezcla de incredulidad y excitación pura. No podían creer la suerte que habían tenido.
Sin decir nada más, cada uno se abalanzó sobre su pareja.
Ernesto agarró a Peka por la cintura y la empujó contra la pared. La besó con fuerza, metiéndole la lengua de inmediato. El beso fue ruidoso, húmedo, babeante. La saliva le chorreaba por la comisura de los labios mientras la besaba con desesperación. Peka se dejó besar, aunque sintió el sabor metálico de la dentadura postiza y el aliento a licor.
Rulo empujó a Monica hacia el sillón y la besó con lengua, gruñendo mientras le metía las manos por debajo del body y le apretaba el culo.
Bernardo se lanzó contra Claudia, la besó con fuerza y la empujó contra la cama, chupándole el cuello mientras le manoseaba las tetas enormes por encima del corpiño.
Los besos eran ruidosos y sucios. Se escuchaban los sonidos húmedos de las lenguas, los gemidos bajos y las respiraciones agitadas. Los tres viejos babeaban bastante, y las mujeres terminaban con la cara y el escote brillantes de saliva.
Peka sentía cómo la lengua gruesa de Ernesto le llenaba la boca. Le daba asco… pero el morbo era más fuerte. Nunca había besado a alguien con dentadura postiza, y el contraste entre su aspecto de nenita y este viejo gordo y feo la estaba poniendo increíblemente caliente.
De los besos, los hombres pasaron rápidamente a algo más.
Ernesto bajó a Peka hasta la cama, le levantó el baby doll rosa y le bajó la tanga. Sin decir nada, se arrodilló entre sus piernas y le separó las nalgas. Empezó a chuparle el anito directamente. Su lengua gruesa y babeante lamía el ano de Peka con movimientos largos y húmedos. Peka soltó un gemido agudo, mitad de asco, mitad de placer.
Al lado de ellos, Rulo se arrodilló frente a Monica, le abrió las piernas y empezó a chuparle la concha con ganas. Monica se recostó en el sillón y soltó un gemido, agarrando la cabeza del viejo mientras él le lamía el clítoris y metía la lengua dentro.
Bernardo hizo lo mismo con Claudia. La acostó en la cama, le abrió las piernas y empezó a chuparle la concha con lengua ruidosa y babeante. Claudia se reía entre gemidos.
—Qué lengua más larga tenés, viejo… —le dijo entre risas, mientras le agarraba el pelo.
La habitación se llenó de sonidos húmedos: lenguas lamiendo, gemidos de mujeres y gruñidos de los tres ancianos. El olor a sexo empezó a llenar el aire.
Ernesto seguía lamiendo el anito de Peka con ganas, metiendo la lengua dentro de vez en cuando y babeando abundantemente. Peka tenía las piernas temblando. El contraste entre el asco de estar siendo lamida por un viejo de 76 años y el placer que estaba sintiendo la estaba volviendo loca.
Monica y Claudia también gemían mientras los otros dos viejos les chupaban las conchas. Los sonidos eran obscenos: lenguas chupando, saliva, gemidos y respiraciones pesadas.
Ernesto levantó un segundo la cara, con la boca brillante de saliva, y le dijo a Peka con voz ronca:
—Qué rico tenés el culito, nena… dejame chupártelo todo lo que quiera.
Peka solo pudo gemir en respuesta, agarrando las sábanas con fuerza.
Los tres viejos seguían lamiendo sin parar: uno el anito de la nena trans, y los otros dos las conchas de la madre y la abuela.
Los tres viejos ya no aguantaban más.
Rulo agarró a Monica por las caderas y la puso en cuatro sobre el sillón. Le bajó el body negro hasta las rodillas y, sin preámbulos, sacó su verga gruesa y venosa y se la metió de golpe en la concha. Monica soltó un gemido fuerte cuando sintió cómo la verga del viejo la abría. Rulo empezó a follarla con embestidas rápidas y fuertes, agarrándola del pelo y tirando hacia atrás mientras gruñía.
—Qué concha apretada tenés… —decía entre dientes, follándola sin piedad.
Al lado de ellos, Bernardo acostó a Claudia en la cama y le abrió las piernas de par en par. Le bajó las bragas y se subió encima de ella. Su verga gruesa y vieja entró en la concha de la abuela con un empujón profundo. Claudia soltó un gemido ronco y le pasó las piernas por la espalda del viejo. Bernardo empezó a follarla con movimientos duros y pesados, haciendo que las tetas enormes y caídas de Claudia rebotaran con cada embestida.
—Qué rica concha de abuela… —gruñía mientras la follaba.
Mientras tanto, Ernesto seguía concentrado en Peka.
La tenía en cuatro sobre la cama, con el baby doll rosa subido hasta la cintura y la tanga bajada. Se había arrodillado detrás de ella y no paraba de lamerle el anito con la lengua. La lamía con ganas, metiendo la lengua gruesa y babeante dentro del ano de Peka, abriéndola poco a poco. La saliva le chorreaba por la barbilla y le caía por las nalgas de la nena trans.
Peka gemía bajito, con la cara hundida en la colcha. El contraste era brutal: por un lado escuchaba a su mamá y a su abuela siendo folladas por los otros dos viejos (gemidos, piel contra piel, gruñidos), y por el otro sentía la lengua gruesa de Ernesto abriéndole el culo con saliva.
Ernesto metía la lengua lo más adentro que podía, moviéndola en círculos, babeando abundantemente para dilatarla. De vez en cuando escupía directamente sobre el ano de Peka y volvía a lamer, metiendo incluso un dedo grueso junto con la lengua para abrirla más.
—Qué culito apretado tenés, nena… —decía entre lamidas, con la voz ronca y babeante—. Lo voy a abrir bien para cuando te meta la verga.
Peka gemía más fuerte cada vez que la lengua de Ernesto entraba más profundo. El asco seguía ahí, pero el placer empezaba a dominar. Sentía cómo su ano se iba relajando poco a poco bajo la lengua gruesa y húmeda del viejo.
Al lado de ellos, Rulo follaba a Monica con fuerza. La tenía agarrada del pelo y le decía cosas sucias mientras la penetraba:
—Mirá cómo te cojo… mirá a tu hija trans al lado siendo preparada por Ernesto… qué familia más puta.
Monica gemía y miraba de reojo hacia Peka. Ver a su hija siendo lamida el ano por el viejo la excitaba de una forma retorcida.
Bernardo, por su parte, follaba a Claudia con embestidas pesadas. La abuela gemía y le decía al viejo:
—Más fuerte, viejo… no te detengas…
Ernesto siguió dilatando el ano de Peka con la lengua durante varios minutos. Escupía, lamía, metía un dedo, luego dos, abriéndola con saliva y paciencia. Peka jadeaba contra la colcha, sintiendo cómo su culo se iba preparando para lo que venía.
Finalmente, Ernesto se incorporó. Se bajó el pantalón y sacó su verga gruesa y venosa. Estaba completamente dura. Se puso detrás de Peka, escupió sobre su propio miembro y lo restregó contra el ano ya dilatado y brillante de saliva de la nena trans.
—Ahora sí, princesa… —gruñó—. Ahora te voy a follar el culito.
Puso la cabeza de la verga contra el ano de Peka y empezó a empujar lentamente.
Peka se tensó y soltó un gemido largo cuando sintió cómo la verga gruesa empezaba a abrirla.
Al lado de ellos, Rulo y Bernardo seguían follando a Monica y a Claudia sin piedad.
La habitación se llenó de gemidos, gruñidos y el sonido húmedo de tres vergas viejas follando a tres mujeres de diferentes generaciones.
Ernesto puso la cabeza gruesa de su verga contra el ano ya dilatado y brillante de saliva de Peka y empezó a empujar.
Peka sintió un dolor inmediato y profundo. La verga de Ernesto era gruesa, venosa y vieja. Aunque la había preparado con la lengua, seguía siendo mucho más grande que los dedos o la lengua. El ano de Peka se abrió lentamente alrededor de la cabeza, estirándose hasta el límite.
—Ahh… duele… —gimió Peka con la voz entrecortada, enterrando la cara en la colcha. Las lágrimas le picaban en los ojos, pero las aguantó. Sabía que después vendría el placer. Lo había sentido antes con Groncho. Solo tenía que resistir el principio.
Ernesto gruñó por encima de ella y siguió empujando con paciencia pero con firmeza. Centímetro a centímetro, su verga gruesa fue entrando en el culo virgen de la nena trans. Peka apretaba los puños contra las sábanas, respirando con dificultad, aguantando las lágrimas.
Al lado de ellos, la escena era brutal.
Rulo tenía a Monica en cuatro sobre el sillón y la follaba con rudeza. Le agarraba el pelo con una mano y le daba nalgadas con la otra mientras la penetraba con embestidas fuertes y secas. La concha de Monica hacía sonidos húmedos y obscenos cada vez que la verga del viejo entraba y salía.
—Qué concha rica tenés, puta… —le decía Rulo entre gruñidos—. Mirá cómo te cojo… mirá cómo tragás verga vieja…
Le daba besos asquerosos en la boca cada tanto, babeando sobre sus labios mientras la follaba.
Bernardo, por su parte, tenía a Claudia acostada de espaldas en la cama y la follaba con fuerza. Le tenía las piernas abiertas y subidas, y le metía la verga hasta el fondo con embestidas pesadas. Las tetas enormes y caídas de la abuela rebotaban con cada golpe.
—Qué abuela puta… —gruñía Bernardo mientras la follaba—. Con estas tetas tan grandes… mirá cómo rebotan…
También le daba besos sucios y babeantes, metiéndole la lengua en la boca mientras le follaba la concha sin piedad.
Peka, con la cara todavía hundida en la colcha y las lágrimas conteniéndose, observaba todo.
Nunca había visto a su madre y a su abuela siendo folladas de una forma tan asquerosa y ruda. Los viejos les hablaban guarradas, les babeaban en la boca, las follaban con fuerza y sin delicadeza. Monica gemía y se dejaba follar, con la cara roja. Claudia también gemía, pero parecía más acostumbrada y hasta le respondía a Bernardo con frases sucias.
Ernesto ya había metido casi la mitad de su verga en el ano de Peka. El dolor seguía siendo fuerte, pero Peka respiraba profundo y aguantaba. Sabía que si resistía un poco más, el placer empezaría a llegar.
—Tranquila, nena… —le dijo Ernesto con voz ronca por encima de ella, dándole una palmada suave en el culo—. Ya casi está adentro. Tu culito se está abriendo rico.
Peka soltó un gemido largo cuando Ernesto empujó un poco más. Las lágrimas finalmente se le escaparon por las comisuras de los ojos, pero no lloró. Solo aguantó.
Al lado de ellos, Rulo follaba a Monica con más fuerza, diciéndole:
—Mirá a tu hija trans… mirá cómo le están abriendo el culito al lado… qué familia más puta tenés.
Monica giró la cabeza y miró hacia Peka. Sus ojos se encontraron un segundo. Monica tenía la cara roja y la boca entreabierta por los gemidos. No dijo nada, pero en su mirada había una mezcla de preocupación y excitación.
Peka la miró también, con los ojos llorosos, pero aguantando.
Ernesto siguió empujando hasta que finalmente metió toda su verga gruesa dentro del ano de Peka. Se quedó quieto un momento, disfrutando de la sensación del culo apretado alrededor de su miembro.
—Listo… ya está toda adentro —gruñó.
Peka respiraba con dificultad. El dolor seguía siendo intenso, pero ya no era insoportable. Sentía la verga palpitando dentro de su culo, abriéndola completamente.
Ernesto empezó a moverse lentamente, sacando y metiendo la verga con movimientos cortos al principio.
Peka gemía con cada movimiento, aguantando las lágrimas, pero también empezando a sentir algo más.
Al lado de ellos, los otros dos viejos seguían follando a su madre y a su abuela con rudeza, besándolas asquerosamente y diciéndoles guarradas.
Peka nunca había imaginado ver algo así.
Y mucho menos ser parte de ello.
Ernesto ya tenía toda su verga gruesa enterrada en el ano de Peka. Después de unos segundos quieto, empezó a moverse con más ritmo. Sacaba casi toda la verga y volvía a meterla con embestidas más fuertes y constantes. El sonido húmedo y obsceno de su pelvis chocando contra las nalgas de Peka llenaba la habitación.
—Así, nena… así te gusta, ¿no? —gruñía Ernesto mientras la sodomizaba con ritmo creciente.
Peka ya no solo aguantaba. Poco a poco el dolor empezó a mezclarse con un placer profundo y retorcido. Sus gemidos bajitos se volvieron más altos, más continuos.
—Ahh… ahh… Ernesto… —gemía con voz aguda y entrecortada, agarrando las sábanas con fuerza.
Su culito se iba abriendo más con cada embestida. La verga del viejo entraba y salía con facilidad ahora, lubricada por la saliva abundante. Peka empezó a empujar un poco hacia atrás, buscando más profundidad inconscientemente.
Monica, que estaba siendo follada en cuatro por Rulo, giró la cabeza y no pudo apartar la mirada de su hija.
Ver a Peka siendo sodomizada de esa forma la calentó de una manera brutal. Los ojos se le pusieron vidriosos de excitación mientras observaba cómo la verga gruesa del viejo entraba y salía del ano de su hija trans. Los gemidos de Peka le llegaban directo al vientre.
En su mente empezaron a llegar recuerdos muy fuertes:
Recordó cuando Peka era Paco, un nene normalito, travieso y cariñoso. Recordó las mañanas en las que lo llevaba al jardín de infantes. Paco con su mochilita azul, el guardapolvo blanco, corriendo hacia ella para darle un beso antes de entrar. Era tan chiquito, tan inocente…
Y ahora lo estaba viendo convertido en Peka, vestida de nenita con baby doll rosa, siendo follada en el culo por un viejo de 76 años. La verga de Ernesto entraba y salía con fuerza, y Peka gemía como una puta.
Monica sintió una oleada de morbo enfermo. Su concha se contrajo alrededor de la verga de Rulo mientras miraba fijamente a su hija.
—Dios mío… —susurró casi sin voz, sin dejar de mirar.
Rulo se dio cuenta y se rio, follándola más fuerte.
—¿Qué pasa, puta? ¿Te calienta ver a tu hijita siendo cogida por el culo? Mirala… mirá cómo le entra la verga al nene que criaste.
Monica no respondió con palabras. Solo gimió más alto y siguió mirando a Peka, hipnotizada. En su cabeza seguían pasando imágenes: Paco de 4 años pidiendo helado, Paco jugando con autitos, Paco abrazándola cuando tenía miedo… y ahora Peka gimiendo mientras le follaban el culo.
Claudia, que estaba siendo follada por Bernardo, también miró hacia ellos y soltó una risa ronca.
—Mirá a tu mamá, Peka… está toda mojada viéndote ser una putita.
Peka giró un poco la cabeza, con la cara roja y los ojos vidriosos de placer. Sus gemidos se volvieron más fuertes a medida que Ernesto aumentaba el ritmo.
—Ahh… mami… —gimió sin poder evitarlo.
Ese “mami” hizo que Monica se excitara aún más. Siguió mirando cómo la verga de Ernesto entraba y salía del ano de su hija, cómo las nalgas de Peka se movían con cada embestida.
Ernesto agarró a Peka de las caderas y empezó a follarla con más fuerza, con embestidas profundas y rápidas.
—Tomá, nena… tomá toda la verga en ese culito rico… —gruñía.
Peka ya gemía sin control, el placer dominando completamente. El dolor inicial había desaparecido casi por completo.
Monica seguía mirando, mordiéndose el labio, con la concha chorreando alrededor de la verga de Rulo. Los recuerdos de su hijo de niño seguían mezclándose con la imagen de su hija trans siendo sodomizada delante de ella, y eso la estaba volviendo loca de morbo.
La habitación estaba llena de gemidos, gruñidos y el sonido constante de tres vergas follando sin piedad a las tres mujeres.
Ernesto puso la cabeza gruesa de su verga contra el ano ya dilatado y brillante de saliva de Peka y empezó a empujar.
Peka sintió un dolor inmediato y profundo. La verga de Ernesto era gruesa, venosa y vieja. Aunque la había preparado con la lengua, seguía siendo mucho más grande que los dedos o la lengua. El ano de Peka se abrió lentamente alrededor de la cabeza, estirándose hasta el límite.
—Ahh… duele… —gimió Peka con la voz entrecortada, enterrando la cara en la colcha. Las lágrimas le picaban en los ojos, pero las aguantó. Sabía que después vendría el placer. Lo había sentido antes con Groncho. Solo tenía que resistir el principio.
Ernesto gruñó por encima de ella y siguió empujando con paciencia pero con firmeza. Centímetro a centímetro, su verga gruesa fue entrando en el culo virgen de la nena trans. Peka apretaba los puños contra las sábanas, respirando con dificultad, aguantando las lágrimas.
Al lado de ellos, la escena era brutal.
Rulo tenía a Monica en cuatro sobre el sillón y la follaba con rudeza. Le agarraba el pelo con una mano y le daba nalgadas con la otra mientras la penetraba con embestidas fuertes y secas. La concha de Monica hacía sonidos húmedos y obscenos cada vez que la verga del viejo entraba y salía.
—Qué concha rica tenés, puta… —le decía Rulo entre gruñidos—. Mirá cómo te cojo… mirá cómo tragás verga vieja…
Le daba besos asquerosos en la boca cada tanto, babeando sobre sus labios mientras la follaba.
Bernardo, por su parte, tenía a Claudia acostada de espaldas en la cama y la follaba con fuerza. Le tenía las piernas abiertas y subidas, y le metía la verga hasta el fondo con embestidas pesadas. Las tetas enormes y caídas de la abuela rebotaban con cada golpe.
—Qué abuela puta… —gruñía Bernardo mientras la follaba—. Con estas tetas tan grandes… mirá cómo rebotan…
También le daba besos sucios y babeantes, metiéndole la lengua en la boca mientras le follaba la concha sin piedad.
Peka, con la cara todavía hundida en la colcha y las lágrimas conteniéndose, observaba todo.
Nunca había visto a su madre y a su abuela siendo folladas de una forma tan asquerosa y ruda. Los viejos les hablaban guarradas, les babeaban en la boca, las follaban con fuerza y sin delicadeza. Monica gemía y se dejaba follar, con la cara roja. Claudia también gemía, pero parecía más acostumbrada y hasta le respondía a Bernardo con frases sucias.
Ernesto ya había metido casi la mitad de su verga en el ano de Peka. El dolor seguía siendo fuerte, pero Peka respiraba profundo y aguantaba. Sabía que si resistía un poco más, el placer empezaría a llegar.
—Tranquila, nena… —le dijo Ernesto con voz ronca por encima de ella, dándole una palmada suave en el culo—. Ya casi está adentro. Tu culito se está abriendo rico.
Peka soltó un gemido largo cuando Ernesto empujó un poco más. Las lágrimas finalmente se le escaparon por las comisuras de los ojos, pero no lloró. Solo aguantó.
Al lado de ellos, Rulo follaba a Monica con más fuerza, diciéndole:
—Mirá a tu hija trans… mirá cómo le están abriendo el culito al lado… qué familia más puta tenés.
Monica giró la cabeza y miró hacia Peka. Sus ojos se encontraron un segundo. Monica tenía la cara roja y la boca entreabierta por los gemidos. No dijo nada, pero en su mirada había una mezcla de preocupación y excitación.
Peka la miró también, con los ojos llorosos, pero aguantando.
Ernesto siguió empujando hasta que finalmente metió toda su verga gruesa dentro del ano de Peka. Se quedó quieto un momento, disfrutando de la sensación del culo apretado alrededor de su miembro.
—Listo… ya está toda adentro —gruñó.
Peka respiraba con dificultad. El dolor seguía siendo intenso, pero ya no era insoportable. Sentía la verga palpitando dentro de su culo, abriéndola completamente.
Ernesto empezó a moverse lentamente, sacando y metiendo la verga con movimientos cortos al principio.
Peka gemía con cada movimiento, aguantando las lágrimas, pero también empezando a sentir algo más.
Al lado de ellos, los otros dos viejos seguían follando a su madre y a su abuela con rudeza, besándolas asquerosamente y diciéndoles guarradas.
Peka nunca había imaginado ver algo así.
Y mucho menos ser parte de ello.
Los tres viejos ya no querían separarse. Querían tenerlas juntas, en el mismo lugar, para verlas y follarlas sin parar.
Ernesto sacó su verga del ano de Peka con un sonido húmedo y la obligó a moverse. Rulo hizo lo mismo con Monica. Entre los tres hombres las arrastraron hasta la cama grande y las acomodaron una al lado de la otra, cara con cara, casi pegadas.
Monica quedó de costado, mirando directamente a su hija trans. Peka estaba igual, de costado, con la cara a pocos centímetros de la de su mamá. Ernesto se puso detrás de Peka, le levantó una pierna y volvió a meter su verga gruesa y venosa en el ano ya abierto y dolorido de la nena. Rulo se puso detrás de Monica y le metió la verga en la concha con un empujón seco.
Las dos mujeres quedaron una frente a la otra, muy cerca. Sus caras casi se tocaban.
Ernesto empezó a follar a Peka con más fuerza ahora que estaba en la cama. Cada embestida hacía que el cuerpo de Peka se moviera hacia adelante, acercando aún más su cara a la de Monica. El dolor anal seguía siendo fuerte, pero Peka aguantaba, respirando agitada.
Monica, sin que nadie se lo pidiera, acercó su cara y le dio un beso a su hija en los labios.
Fue un beso lento al principio, pero enseguida se volvió asqueroso y baboso. Monica metió la lengua en la boca de Peka y empezó a chuparle la lengua con ganas. La saliva se mezclaba entre las dos. Peka, con los ojos entrecerrados por el dolor, correspondió el beso. Las dos se besaban con lengua, babeándose la boca, dejando que la saliva les chorreara por la barbilla y cayera sobre las sábanas.
Monica sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Sabía que esos besos sucios y profundos ayudaban a su hija a calmar el dolor anal. Cada vez que Peka gemía de dolor por una embestida fuerte de Ernesto, Monica le chupaba más fuerte la lengua, le lamía los labios y le metía la saliva en la boca para distraerla. Los besos se volvieron más ruidosos, más húmedos, más obscenos.
—Así, mi amor… besame… —le susurraba Monica entre beso y beso, con la voz entrecortada porque Rulo la estaba follando sin piedad por detrás—. Besame rico… dejá que te calme el culito…
Peka gemía dentro de la boca de su madre. El dolor en su ano era intenso, pero los besos largos y babosos de Monica le daban algo a lo que aferrarse. Cada vez que Ernesto empujaba fuerte y ella sentía que se rompía por dentro, Monica le chupaba la lengua con más fuerza y le llenaba la boca de saliva.
Ernesto, al ver a la madre y la hija besándose de esa forma tan asquerosa y cercana, se puso todavía más salvaje. Empezó a follar a Peka con embestidas más duras y profundas, golpeando su culo con la pelvis mientras gruñía:
—¡Mirá cómo se besan! ¡Mirá la puta madre y la puta hija comiéndose la boca como dos zorras en celo! ¡Qué asco de familia! ¡Qué rico verlas babeándose la cara mientras las cojo!
Le daba nalgadas fuertes a Peka mientras follaba su ano y seguía gritando guarradas:
—¡Besala más, Monica! ¡Metéle toda la lengua a tu hija trans! ¡Mirá cómo le duele el culito y igual se deja besar por su mamá como una puta! ¡Qué familia más enferma!
Rulo, que follaba a Monica por detrás, también se excitó al verlas. Empezó a follarla más fuerte y le decía:
—¡Mirá cómo besás a tu hija! ¡Qué madre más puta… le metés la lengua mientras el viejo le abre el culo!
Bernardo, que estaba follando a Claudia en el otro borde de la cama, también miraba la escena y gruñía excitado.
Peka tenía los ojos llorosos por el dolor anal, pero seguía besando a su madre con lengua. La saliva les corría por las comisuras de los labios. Monica le lamía la saliva que se le escapaba y se la volvía a meter en la boca con la lengua. Era un beso sucio, ruidoso, lleno de saliva y gemidos ahogados.
Cada vez que Ernesto metía su verga hasta el fondo en el ano de Peka, el cuerpo de la nena se sacudía hacia adelante y su boca se aplastaba más contra la de Monica. Las dos se besaban con desesperación. Monica chupaba la lengua de su hija con fuerza, como si quisiera absorber su dolor.
—Tranquila, mi vida… —le decía Monica entre besos babeantes—. Aguantá… el dolor se va a pasar… besame más… así… dejame ayudarte…
Ernesto estaba completamente fuera de sí. Ver a la madre y la hija besándose de forma tan asquerosa mientras él le follaba el culo a la más joven lo estaba volviendo loco. Follaba a Peka con más rudeza, le agarraba la cadera con fuerza y le gritaba:
—¡Besala más fuerte, nena! ¡Comete la boca de tu mamá mientras te cojo el culito! ¡Mirá qué puta estás… dejándote follar el ano por un viejo mientras besás a tu madre como una enferma!
La cama se movía con el ritmo de las tres penetraciones. Los sonidos eran obscenos: piel golpeando contra piel, gemidos, lenguas chupando, saliva, y los gritos guarreros de los tres viejos.
Peka sentía que el dolor anal empezaba a mezclarse con algo más. Los besos largos y sucios de su madre, la saliva que le llenaba la boca, y las guarradas que le gritaba Ernesto estaban empezando a excitarla a pesar del dolor.
Las dos estaban todavía cara a cara, casi pegadas, con las bocas húmedas y brillantes de saliva. Ernesto seguía metiendo y sacando su verga gruesa del ano de Peka con embestidas profundas y pesadas. Rulo follaba a Monica por detrás, más lento pero con fuerza, empujándola hacia adelante para que su cara se aplastara contra la de su hija.
Entre gemidos y el sonido húmedo de las penetraciones, Monica acercó aún más su boca a la de Peka y le susurró contra los labios:
—Te amo, mi vida… te amo tanto…
Peka, con los ojos llorosos y la voz temblando por el dolor, respondió entre jadeos:
—También te amo, mami… te amo mucho… ahh… me duele el culito… me duele mucho…
Monica le pasó una mano por la mejilla, limpiándole una lágrima con el pulgar mientras Rulo la follaba. Su tono era maternal, suave, casi como cuando la consolaba de niña:
—Shh… tranquila, mi nena… aguantá un poquito más… mami está acá… te estoy cuidando… respirá conmigo…
Peka apretó los labios contra los de su madre y volvió a hablar, con la voz rota y aniñada:
—Me duele el culito, mami… me duele… pero… pero me gusta… me gusta que me duela… ahh… Ernesto me lo está abriendo tanto…
Monica la besó de nuevo, lento y profundo, metiéndole la lengua con suavidad mientras le acariciaba el pelo. Seguía hablándole en ese tono maternal, como si estuviera calmando a su hija después de una pesadilla, aunque al mismo tiempo su propia concha se cerraba alrededor de la verga de Rulo:
—Lo sé, mi amor… lo sé que te duele… pero si te gusta, está bien… mami está orgullosa de vos… sos muy valiente… dejá que el señor Ernesto te lo abra todo lo que quiera… yo te voy a seguir besando para que no sientas tanto el dolor…
Ernesto, al escuchar ese diálogo, se puso todavía más duro dentro del ano de Peka. Empezó a follarla con más fuerza, agarrándola de la cadera y empujando hasta el fondo mientras gritaba:
—¡Escuchá a tu mamá, nena! ¡Te dice que te ama mientras te cojo el culito! ¡Qué puta más enferma… le duele pero le gusta! ¡Decile otra vez, decile que te duele!
Peka, con la cara contra la de Monica, gimió fuerte:
—Mami… me duele el culito… me duele mucho… pero me gusta… me gusta que me lo follen… ahh… te amo, mami…
Monica le respondió besándola otra vez, babeándola la boca con cariño maternal:
—Yo también te amo, mi nena… te amo con todo mi corazón… aguantá… respirá… mami está acá con vos… te voy a abrazar mientras te lo meten… así, así… dejá que te duela y que te guste al mismo tiempo…
Las dos se abrazaron lo más que pudieron en esa posición, cara con cara, mientras los dos viejos las follaban. Peka sollozaba un poco de dolor pero al mismo tiempo movía las caderas hacia atrás, buscando más de la verga de Ernesto. Monica le acariciaba la espalda y le susurraba cositas dulces entre besos sucios:
—Sos mi hija… mi nena… y te quiero tanto… no importa lo que te hagan… mami te va a seguir queriendo… y te va a seguir besando…
Ernesto gruñía como un animal, follándola más duro:
—¡Qué rico escucharlas! ¡Madre e hija diciéndose que se aman mientras la más chica se queja de que le duele el culito! ¡Decíle más, nena! ¡Decíle que te gusta que te duela!
Peka, entre lágrimas y placer, obedeció:
—Mami… me duele… me duele el culito… pero me gusta… me gusta mucho… te amo…
Monica la besó otra vez, más profundo, más baboso, y le contestó con esa voz suave y maternal que no combinaba para nada con la escena:
—Yo también te amo, mi vida… mucho, mucho… ahora aguantá un poquito más… mami te está consolando… respirá… así… así…
La cama seguía rechinando. Los tres viejos miraban la escena con los ojos desorbitados. Claudia, al lado, también estaba siendo follada por Bernardo y gemía mientras escuchaba a su hija y su nieta.
Peka seguía repitiendo entre gemidos que le dolía el culito pero que le gustaba, y Monica seguía consolándola con palabras dulces y besos asquerosos, como si fuera lo más natural del mundo.
Monica se acomodó mejor sobre la cama, todavía con la verga de Rulo embistiéndola por detrás. Estaba de costado, cara a cara con su hija, y vio el dolor y el placer mezclados en la expresión de Peka. Sin pensarlo mucho, se desabrochó un poco más el body y sacó una de sus tetas grandes y pesadas. Se la acercó directamente a la boca de su hija.
—Mame teta, mi nena… —le dijo con voz suave y maternal, casi como si le estuviera ofreciendo el pecho de verdad—. Chupá. Mientras te follan el culito, mame de mami… así te calma un poco.
Peka levantó la mirada, con los ojos húmedos y la boca entreabierta. Vio el pezón grueso y oscuro de su madre a pocos centímetros de su cara. Sin decir nada, abrió la boca y lo tomó entre los labios. Empezó a chupar.
El sonido fue húmedo y ruidoso. Peka mamaba con ganas, como si realmente estuviera buscando leche, mientras Ernesto le seguía abriendo el ano con embestidas profundas y pesadas. Cada vez que la verga gruesa del viejo entraba hasta el fondo, Peka soltaba un gemido ahogado contra el pecho de Monica y chupaba más fuerte.
Monica le acarició el pelo con ternura, empujando un poco más su teta hacia la boca de su hija.
—Así… así, mi vida… mame rico… dejá que te llene la boca… mami te está dando teta mientras te cojen el culito… sos tan valiente…
Peka chupaba con fuerza, moviendo la lengua alrededor del pezón, babando sobre la teta grande de su madre. La saliva le corría por la comisura de los labios y caía sobre el pecho de Monica. De vez en cuando soltaba el pezón solo para gemir:
—Me duele… me duele el culito… pero me gusta… ahh… mami…
Y volvía a mamar con más ganas.
Ernesto, al ver la escena, se puso completamente salvaje. Agarró las caderas de Peka con más fuerza y empezó a follarla más duro, haciendo que cada embestida empujara la cara de la nena contra la teta de su madre.
—¡Mirá eso! ¡La nena mamando teta de su mamá mientras le abro el culo! ¡Qué puta más enferma! ¡Chupá más fuerte, nena! ¡Mame teta mientras te cojo!
Rulo, que seguía follando a Monica por detrás, también se excitó viendo cómo su pareja le daba de mamar a la hija. Le apretó las caderas y le dijo al oído:
—Qué buena madre… le das teta mientras le abren el culo a tu hija… qué familia más puta…
Monica no dejó de acariciar la cabeza de Peka. Seguía hablándole en ese tono maternal, suave, casi dulce, aunque su propia voz se quebraba por las embestidas de Rulo:
—Así, mi nena… chupá todo lo que quieras… mami tiene mucho pecho para vos… mientras te duele el culito, mame… así te distraés… te amo tanto…
Peka chupaba con desesperación. A veces soltaba el pezón para besar el pecho de su madre, lamer alrededor del pezón y volver a tomarlo entre los labios. La teta grande de Monica se le llenaba de saliva. Cada vez que Ernesto le daba una embestida especialmente profunda, Peka apretaba los labios alrededor del pezón y gemía contra él, transmitiendo el dolor y el placer a través de la chupada.
—Me duele… —susurraba Peka con la boca llena de teta—. Me duele pero me gusta… mami…
Monica le respondió acariciándole la mejilla:
—Lo sé, mi amor… lo sé… seguí mamando… mami está acá… te estoy cuidando…
Las dos estaban completamente entregadas a la escena. Madre e hija, una dándole el pecho y la otra chupándolo con ganas, mientras los dos viejos las follaban sin piedad en la misma cama. El sonido de las chupadas, los gemidos, las embestidas y las guarradas de Ernesto llenaban la habitación.
Claudia, al lado, miraba todo con la boca abierta, todavía siendo penetrada por Bernardo. Ni ella había visto nunca algo tan sucio y tan íntimo al mismo tiempo.
Peka seguía mamando. Monica seguía ofreciéndole el pecho. Y Ernesto seguía abriéndole el ano mientras gritaba:
—¡Mame teta, nena! ¡Mame teta de tu mamá mientras te rompo el culito!
Y Peka obedecía.
Rulo seguía embistiendo a Monica por detrás, pero de pronto detuvo los movimientos y le apretó las caderas con fuerza. Su voz salió ronca y directa:
—Monica… quiero metértela por el culo.
Monica, todavía con la cara cerca de la de su hija y una teta afuera, miró por encima del hombro. Estaba sudada, con la respiración agitada y la concha todavía palpitando alrededor de la verga del viejo. Pensó un segundo y asintió.
—Está bien… pero necesito que me lubriques el ano primero. No quiero que me duela tanto.
Rulo soltó una risa baja y sucia.
—No tengo lubricante. Decile a tu hija que te lo lubrique ella. Con la lengua.
Monica se quedó callada un momento. Miró a Peka, que todavía tenía los labios brillantes de saliva y el pezón de su madre un poco húmedo. Le acarició el pelo con ternura y le habló con ese tono maternal que usaba incluso en medio de la suciedad:
—Peka, mi amor… ¿podés lubricarme el culo con tu lengua? El señor Rulo quiere metérmela por atrás y no tenemos nada… ¿me ayudás?
Peka sintió un escalofrío fuerte. Por dentro estaba feliz. Nunca, ni en sus fantasías más oscuras cuando todavía era Paco, había imaginado llegar a algo tan íntimo y tan asqueroso con su propia madre. Tener el culo de Monica a centímetros de su cara era algo que siempre había deseado en secreto y ahora se lo estaban pidiendo. Asintió con la cabeza, casi sin poder hablar.
—Sí, mami… sí…
Ernesto, que todavía tenía su verga dentro del ano de Peka, se la sacó lentamente. El sonido húmedo de la salida hizo que Peka temblara. Ernesto le dio una palmada en el culo y le dijo con voz excitada:
—Andá, nena. Andá a chuparle el ano a tu mamá. Lubricalo bien. Abrísela el culo con la lengua para que Rulo se la meta después.
Peka se levantó de la cama con las piernas un poco temblorosas. El ano le ardía todavía por las embestidas de Ernesto, pero la excitación era más fuerte. Monica se acomodó en cuatro sobre la cama, abriendo las rodillas y arqueando la espalda. Empujó el culo hacia atrás, presentándoselo directamente a su hija.
Peka se arrodilló detrás de ella.
El culo de Monica estaba a pocos centímetros de su cara.
Era grande, redondo, chanchito. Las nalgas pesadas y blancas se separaban un poco por el peso, dejando ver el ano rosado y un poco arrugado. El olor llegó primero: un olor terroso, a culo transpirado, un poco sucio, a sexo y a sudor de varias horas. No era un olor limpio. Era el olor real de un culo de mujer madura que había estado follando y sudando. A Peka se le hizo agua la boca.
Se quedó mirándolo unos segundos, respirando ese olor. Nunca había estado tan cerca del culo de su madre. Siempre lo había mirado de lejos, cuando Monica se agachaba o cuando se cambiaba de ropa, pero ahora lo tenía ahí, abierto, a centímetros de su nariz y de su boca. Era más grande de lo que recordaba. Las nalgas se movían un poco con la respiración de Monica.
Monica miró por encima del hombro, con la voz suave:
—Cuando quieras, mi nena… lubricámelo bien… usá mucha saliva…
Peka acercó la cara. Primero olfateó más cerca. El olor era más fuerte ahora: a sudor, a culo, a algo ligeramente amargo. Sacó la lengua y dio la primera lamida, larga y lenta, desde abajo hacia arriba, pasando directamente por el ano de su madre.
Monica soltó un gemido bajo.
Peka volvió a lamer. Esta vez con más presión. Abrió las nalgas de Monica con las manos y hundió la cara entre ellas. Empezó a chupar el ano directamente, metiendo la lengua en círculos, babando abundantemente. La saliva le chorreaba por la barbilla y le caía sobre el pecho. El sabor era salado, un poco amargo, a culo real. A Peka le gustó.
Ernesto se había puesto al lado y se masturbaba mirando. Rulo también estaba de pie, con la verga todavía dura y brillante de los jugos de Monica, esperando su turno.
—Así, nena… —dijo Ernesto con voz ronca—. Chupale bien el culo a tu mamá. Metéle la lengua adentro. Abrísela.
Peka obedeció. Empujó la lengua lo más adentro que pudo dentro del ano de Monica. Sentía cómo el esfínter se cerraba alrededor de su lengua. Seguía lamiendo, chupando, babeando. Cada tanto levantaba la cara solo para escupir directamente sobre el ano y volver a meter la lengua. El culo de Monica se iba poniendo cada vez más brillante y resbaladizo de saliva.
Monica gemía con la cara apoyada en la cama, empujando el culo hacia atrás contra la cara de su hija.
—Más, mi amor… más profundo… así… qué rica lengua tenés…
Peka estaba completamente entregada. Tenía la cara enterrada entre las nalgas grandes y chanchitas de su madre, lamiendo y chupando como si no pudiera parar. El olor, el sabor, la textura del ano, todo la estaba volviendo loca. Nunca había sentido algo tan íntimo. Estaba lubricando el culo de su propia madre para que otro hombre se lo follara.
Rulo se acercó más, mirando cómo la lengua de Peka entraba y salía del ano de Monica.
—Ya está casi listo… seguí un poco más, nena. Quiero que quede bien abierto y baboso.
Peka siguió. Metió un dedo junto con la lengua, luego dos, abriendo el ano de su madre mientras lo lamía. La saliva le corría por las muñecas. Monica gemía más fuerte cada vez que los dedos de su hija entraban.
Finalmente, Peka se separó un poco, con la cara brillante de saliva y el olor a culo todavía impregnado en la nariz. Miró el ano de su madre: estaba abierto, húmedo, listo.
—Ya está, mami… —dijo con la voz fina—. Ya te lo lubricé…
Monica miró hacia atrás, con los ojos entrecerrados de placer, y le sonrió con ternura.
—Gracias, mi nena… ahora dejá que el señor Rulo me la meta…
Rulo no esperó más. Se posicionó detrás de Monica, puso la cabeza de su verga gruesa contra el ano ya baboso y empezó a empujar.
Peka se quedó arrodillada al lado, mirando de cerca cómo la verga de Rulo iba entrando lentamente en el culo de su madre. El ano se estiraba alrededor del miembro grueso. Monica soltó un gemido largo y profundo.
Ernesto se acercó a Peka por detrás, le agarró las caderas y le volvió a poner la verga en la entrada del ano.
—Ahora te sigo follando a vos… mientras mirás cómo le abren el culo a tu mamá.
Y volvió a empujar dentro de Peka.
La escena quedó así: Rulo follando el culo de Monica, Ernesto follando el culo de Peka, y Peka con la cara todavía cerca del culo de su madre, oliendo y mirando todo de cerca, con la boca brillante de saliva y el corazón latiéndole fuerte.
Nunca había estado tan cerca de algo tan sucio… y nunca se había sentido tan completa.
Peka se quedó arrodillada a pocos centímetros del culo de su madre, con la cara todavía brillante de saliva y el olor a ano impregnado en la nariz. Desde esa distancia podía verlo todo con claridad absoluta.
La verga gruesa y venosa de Rulo entraba y salía del ojete de Monica. El esfínter rosado y arrugado se estiraba alrededor del miembro cada vez que empujaba hacia adentro, y se cerraba un poco cuando lo sacaba. Las grandes nalgas de Monica, pesadas y chanchitas, se bamboleaban con cada embestida. Rebotaban, se separaban y se volvían a juntar, haciendo que el agujero se abriera y se cerrara de forma obscena justo frente a los ojos de su hija.
Monica gemía con la cara hundida en la cama. Al principio los sonidos eran de dolor mezclado con placer: gemidos ahogados, respiraciones cortadas, un “ahh…” largo cada vez que Rulo llegaba al fondo. Pero poco a poco el tono fue cambiando. Los gemidos se volvieron más profundos, más bajos, más placer que dolor. Empujaba el culo hacia atrás buscando más, abriendo más las rodillas para que Rulo pudiera entrar todavía más hondo.
Peka no podía dejar de mirar. Estaba hipnotizada. Veía cómo el ano de su madre se adaptaba a la verga del anciano, cómo las nalgas grandes se movían, cómo la piel se enrojecía por los golpes de la pelvis de Rulo. Cada embestida hacía que el culo de Monica temblara de una forma que a Peka le resultaba fascinante y asquerosa al mismo tiempo.
Ernesto, detrás de ella, volvió a empujar su propia verga dentro del ano de Peka. La penetró de un solo golpe, aprovechando que todavía estaba abierto y lubricado de antes. Peka soltó un gemido largo, pero no apartó la vista del culo de su madre. Las dos estaban siendo folladas por el culo en la misma habitación, una al lado de la otra, y Peka tenía el privilegio de ver de cerca cómo le abrían el ano a su propia mamá.
Monica empezó a disfrutar de verdad. Los gemidos se volvieron más altos, más descontrolados. Empujaba el culo hacia atrás con más fuerza, buscando que Rulo la llenara completa.
—Más… más fuerte…
Rulo sonrió con la cara sudada y aumentó el ritmo. Empezó a follarla más duro, más rápido, golpeando las nalgas grandes de Monica con fuerza. El sonido de piel contra piel se volvió más seco y más fuerte. Las nalgas se bamboleaban con más violencia. El ano de Monica se abría y se cerraba alrededor de la verga a un ritmo acelerado.
Peka seguía mirando de cerca, con la boca entreabierta. Veía cómo la verga de Rulo entraba y salía cada vez más sucia. Al principio solo brillaba de saliva y de los jugos del ano. Pero a medida que el ritmo aumentaba y las embestidas se volvían más profundas y rápidas, la verga empezó a salir manchada.
Primero fueron pequeñas manchas marrones pegadas al tronco. Después, con cada embestida más fuerte, la verga de Rulo salía cada vez más sucia. Hilos de caca blanda se adherían al miembro, se estiraban y se rompían. El olor cambió de inmediato: se volvió más fuerte, más pesado, a mierda fresca mezclada con sexo.
Rulo no se detuvo. Al contrario, follaba todavía más duro al sentir que el culo de Monica se aflojaba y se ensuciaba. La verga entraba y salía manchada, dejando restos marrones alrededor del ano de Monica y sobre las nalgas. Cada vez que la sacaba casi completa, Peka podía ver claramente cómo el miembro estaba cubierto de caca.
Monica gemía sin control, con la cara contra la cama, empujando el culo hacia atrás aunque sabía lo que estaba pasando.
—No pares… no pares… —decía entre gemidos.
Peka tenía la cara a centímetros de esa escena. Veía la verga sucia entrar y salir, veía las nalgas grandes bambolearse, veía el ano de su madre estirarse alrededor de ese miembro manchado. El olor a caca le llegaba directo a la nariz. Su propio ano era follado por Ernesto al mismo tiempo, y el contraste la estaba volviendo loca: el dolor y el placer en su propio culo, y la visión nítida de su madre siendo abierta y ensuciada a pocos centímetros de su cara.
Rulo agarró las caderas de Monica con más fuerza y aceleró todavía más. La verga salía cada vez más marrón. Pequeños trozos de caca se pegaban a la base del miembro y a las nalgas de Monica. El sonido de las embestidas se volvió más húmedo y más sucio.
Peka no apartaba la vista. Seguía mirando de cerca, con los ojos muy abiertos, mientras Ernesto le follaba el culo por detrás y su madre gemía de placer con el ano lleno de verga manchada de mierda.
La habitación olía a sexo, a sudor y a caca.
Y Peka no podía dejar de mirar.
Monica tenía la cara apoyada en la cama, el culo en alto y la verga de Rulo entrando y saliendo de su ano con fuerza. Cada embestida hacía que sus nalgas grandes se bambolearan y que el miembro del viejo saliera cada vez más manchado de caca. El olor era pesado, pero Monica ya no pensaba en eso. Lo único que notó, al girar un poco la cabeza, fue que su hija seguía arrodillada a pocos centímetros, mirando fijamente su ojete.
Los ojos de Peka estaban muy abiertos, fijos en el ano de su madre, en cómo se estiraba alrededor de la verga sucia, en cómo las nalgas se movían y en los restos marrones que se pegaban a la piel.
Monica sintió un calor extraño y fuerte en el pecho. Aun con la verga de Rulo abriéndole el culo, logró hablar. Su voz salió suave, maternal, casi dulce, en completo contraste con lo que estaba pasando:
—Peka… mi nena… ¿estás mirando mi ojete?
Peka levantó apenas la vista y asintió, con la cara todavía muy cerca.
Monica sonrió un poco, jadeando por las embestidas, y siguió hablando en ese tono de mamá que consuela:
—¿Te gusta lo que estás viendo, mi amor? ¿Te gusta ver cómo el señor Rulo me abre el culo?
—Sí, mami… —respondió Peka enseguida, con la voz ronca y baja.
Monica sintió que esa respuesta le calentaba todavía más. Empujó el culo hacia atrás contra la verga de Rulo y siguió preguntando, sin dejar el tono maternal:
—¿Te gusta ver cómo se me bambolean las nalgas mientras me la meten? ¿Te gusta ver mi ano estirándose alrededor de esa verga tan gruesa?
—Sí… me gusta mucho…
—¿Te gusta ver la caca en la verga del señor Rulo mientras me folla el culo?
Peka tragó saliva. El olor le llegaba directo a la cara. Respondió sin dudar:
—Sí, mami… me gusta… me gusta verlo todo.
Monica soltó un gemido más profundo. Cada “sí” de su hija le subía la excitación de una forma enferma y deliciosa. Rulo, al escuchar la conversación, aumentó el ritmo y le dio más duro, haciendo que la verga saliera todavía más sucia. Monica ni se inmutó. Siguió hablandole a Peka como si estuviera dándole una charla íntima:
—Decime la verdad, mi nena… ¿te calienta ver a tu mamá siendo follada por el ano? ¿Te gusta que un viejo me abra el culo delante tuyo?
—Sí… me calienta mucho…
Monica cerró los ojos un segundo, disfrutando de las respuestas. La verga de Rulo seguía entrando y saliendo, las nalgas se movían, y su hija seguía mirando todo de cerca. Eso la estaba volviendo loca.
—¿Querés que te deje seguir mirando mientras me la meten más fuerte? ¿Querés ver cómo me lo abren todavía más?
—Sí… quiero seguir mirando…
—¿Y te gusta que tu propio culo también esté siendo follado al mismo tiempo? ¿Te gusta que las dos estemos siendo penetradas por el ano en la misma cama?
—Sí, mami… me gusta… me gusta mucho…
Monica soltó un gemido más alto. Cada afirmación de Peka le llegaba directo entre las piernas. Rulo la estaba follando con ganas, la verga salía marrón, el olor llenaba el aire, y su hija le respondía que sí a todo con esa voz sumisa y excitada.
Monica abrió un poco más las piernas, empujó el culo hacia atrás y miró a Peka por encima del hombro, todavía con tono maternal:
—Entonces seguí mirando, mi nena… mirá bien cómo me lo abren… mirá cómo me sale la caca en la verga… y decime si te gusta cada vez que te pregunte…
Peka no apartó la vista. Tenía la cara a centímetros del ano de su madre, viendo la verga sucia entrar y salir, viendo las nalgas grandes moverse, escuchando los gemidos de placer y dolor de Monica.
Y cada vez que su madre le preguntaba algo, respondía que sí.Y cada “sí” hacía que Monica se calentara más.

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