Paco y la vida con su madre 5 – La madre de Paco le cuenta su pasado de putez
La madre de paco le cuenta como fueron sus primeras experiencias sexuales durante su infancia.
La historia de mamá
Después de la primera lección, Mónica le limpió bien el ano a Peka con una toallita húmeda y le bajó la falda. Se acostaron las dos en la cama de Mónica, una al lado de la otra. Peka todavía tenía la cara un poco roja y el ano sensible, pero ya no le dolía tanto como antes.
Mónica la miró de costado y le habló con voz baja y cercana:
—Quiero contarte algo, Peka. Algo que nunca le conté a nadie. Creo que te va a ayudar a entender por qué te estoy enseñando todo esto de esta forma.
Peka se dio vuelta para mirarla, curiosa.
Mónica respiró hondo y empezó a hablar con sinceridad:
—Cuando yo era muy nena, como de 9 o 10 años, empecé a tocarme. Al principio era algo que hacía sin saber muy bien qué era. Me gustaba meterme los deditos entre las piernas cuando estaba en la cama por la noche. Al principio solo rozaba por fuera, pero después empecé a meter un dedito. Me gustaba la sensación. Era suave, caliente… y me hacía sentir cosas raras pero ricas.
Se quedó callada un momento, recordando.
—Después de un tiempo empecé a meterme dos deditos. Y luego tres. Me gustaba sentir cómo mi anito se iba abriendo poco a poco. A esa edad no sabía que se llamaba masturbación ni nada de eso. Solo sabía que me gustaba meterme los deditos en el culo y moverlos. A veces me quedaba así un rato largo, hasta que sentía como una cosquillita muy fuerte que me recorría todo el cuerpo.
Peka la escuchaba en silencio, con los ojos muy abiertos. Nunca había imaginado que su mamá había empezado tan temprano.
Mónica siguió hablando:
—Con el tiempo fui probando cosas más grandes. Primero un dedo más grueso, después empecé a usar el mango de un cepillo de pelo que tenía en mi cuarto… cosas así. Siempre con mucho cuidado, porque me daba miedo que me doliera. Pero me gustaba la sensación de tener algo adentro. Me hacía sentir llena. Me gustaba sentir que mi cuerpo podía hacer eso.
Se giró un poco más hacia Peka y le tomó la mano.
—Quiero que entiendas algo: lo que te estoy enseñando no es algo malo. A mí me gustaba desde muy chica. Y ahora veo que a vos también te gusta esta sensación. Por eso quiero que lo hagas bien, despacio y sin que te duela. Quiero que disfrutes de tu cuerpo como yo disfruté del mío cuando era nena.
Peka se quedó callada un rato, procesando lo que su mamá le acababa de contar. Le resultaba extraño y excitante imaginar a su mamá de 9 o 10 años metiéndose los deditos en el culo. Al mismo tiempo, sentir que su mamá había pasado por algo parecido le generaba una sensación de cercanía muy fuerte.
Mónica le acarició el pelo y le habló más bajito:
—Vos tenés miedo porque la primera vez que te metieron algo fue con Groncho, y te dolió. Pero nosotras vamos a hacer las cosas diferente. Vamos a ir muy despacio, con juguetes del tamaño correcto y con mucho lubricante. Quiero que tu experiencia sea rica, no dolorosa.
Peka asintió lentamente.
—Gracias por contármelo, mamá… —dijo con voz baja—. Me hace sentir menos rara.
Mónica sonrió con cariño.
—No sos rara, mi amor. Solo estás descubriendo lo que te gusta. Y yo estoy acá para acompañarte en eso. Cada día vamos a seguir practicando un poquito más. Hoy metimos cuatro deditos y el dildo más chico. Mañana vamos a intentar un poco más de tiempo con ese mismo dildo, y después vamos a probar el siguiente tamaño.
Peka se mordió el labio y preguntó con timidez:
—¿Y vos… seguís haciendo eso? ¿Metiéndote cosas?
Mónica rio bajito y le respondió con honestidad:
—Claro que sí. Todavía me gusta meterme cosas en el ano. Por eso compramos esos dildos grandes para mí también. Me excita saber que te estoy enseñando.
Peka sintió que le subía un calor fuerte por el cuerpo al escuchar eso. Su pija chiquita se puso dura debajo de la falda.
Mónica se dio cuenta y sonrió con complicidad.
—Mirá cómo te puso eso que te conté… —dijo suavemente—. Eso es bueno. Significa que te gusta la idea. Y está bien que te guste.
—Mamá… ¿siempre fuiste así de caliente desde muy nena?
Mónica sonrió con una mezcla de ternura y sinceridad. Se acomodó mejor en la cama y miró a su hija.
—Sí —respondió sin rodeos—. Siempre fui así. Desde muy chica me gustaba tocarme y meterme cosas. Tenía mucha curiosidad y mucho deseo. No era algo que elegía, simplemente me pasaba. Me excitaba fácil y me gustaba experimentar con mi cuerpo.
Peka la escuchaba con atención, mordiéndose el labio inferior.
Mónica continuó:
—Como era muy chica, no podía ir a comprar juguetes ni nada de eso. Ni siquiera sabía que existían los dildos en esa época. Así que empecé a usar lo que tenía a mano en la casa.
Hizo una pequeña pausa, recordando.
—Al principio usaba mis deditos, como te conté. Pero después empecé a querer sentir cosas más grandes. Y como no tenía otra cosa… empecé a usar verduras.
Peka abrió un poco más los ojos, sorprendida pero claramente interesada.
Mónica siguió hablando con naturalidad:
—Empecé con una zanahoria fina. La más delgadita que encontraba. La lavaba muy bien, le ponía un poco de aceite o crema, y me la metía despacito. Al principio solo la puntita, después un poco más. Me gustaba cómo se sentía. Era dura pero suave al mismo tiempo. Después de un tiempo empecé a usar zanahorias más gruesas.
Peka tragó saliva. La imagen de su mamá de niña metiéndose zanahorias le resultaba muy fuerte.
Mónica continuó con la misma voz calmada:
—Después probé con otras verduras. Pepinos más gordos, calabacines… siempre empezaba con los más delgados y después iba probando cosas más grandes. Me gustaba la sensación de ir abriéndome poco a poco. Me excitaba mucho sentir cómo mi anito se iba acostumbrando a cosas más gruesas. A veces me quedaba un buen rato así, moviéndolas despacio.
Se rio bajito, con un poco de nostalgia.
—Era muy creativa. Usaba lo que encontraba en la heladera. Siempre con mucho cuidado, porque me daba miedo lastimarme. Pero me gustaba tanto que no podía parar. Casi todas las noches, cuando mis padres ya se habían dormido, me metía algo en el anito y me quedaba disfrutando.
Peka estaba escuchando con la respiración un poco agitada. Sentía que le ardía la cara y que su pija chiquita estaba dura debajo de la falda.
Mónica la miró y le preguntó con tono suave:
—¿Te sorprende?
Peka asintió lentamente.
—Un poco… pero también me gusta que me lo cuentes. Me hace sentir menos rara. Si vos también empezaste así de chica… entonces no soy la única.
Mónica le sonrió con cariño y le acarició la mejilla.
—Exacto. No sos rara, Peka. A mí también me gustaba desde muy nena. Me gustaba sentirme llena, me gustaba la sensación de tener algo adentro moviéndose. Y ahora veo que a vos te pasa algo parecido. Por eso quiero que lo hagas bien, con paciencia y con las cosas adecuadas. No quiero que pases por el dolor que sentiste con Groncho.
Peka se quedó callada un momento, procesando todo. Después preguntó con timidez:
—¿Y seguiste haciéndolo con verduras mucho tiempo?
Mónica rio bajito.
—Hasta que tuve la edad suficiente para comprar mis primeros juguetes. Pero las verduras me sirvieron mucho para aprender. Me enseñaron a ir despacio, a escuchar a mi cuerpo, a saber cuándo parar y cuándo seguir. Y ahora te estoy pasando todo eso a vos.
Se inclinó un poco más hacia su hija y le habló más bajito:
—Quiero que uses las mismas verduras que yo usaba cuando era nena. Empezaremos con zanahorias finas, como hice yo. Y después iremos subiendo de tamaño, siempre con mucho lubricante y mucha paciencia. Así tu anito se va a ir acostumbrando sin dolor.
Peka sintió que le subía una ola de excitación muy fuerte. La idea de usar las mismas verduras que su mamá había usado cuando era niña le resultaba extremadamente erótica y prohibida.
Mónica le dio un beso suave en los labios y le dijo:
—Ahora descansá un poco. Mañana vamos a empezar con la zanahoria más finita que encontremos. Vas a ver que si lo hacemos despacio y con ganas, te va a gustar mucho.
Peka asintió, todavía con la cara caliente.
Se quedó acostada al lado de su mamá, pensando en todo lo que le acababa de contar: su mamá de niña metiéndose zanahorias y verduras cada vez más grandes… y ahora ella haciendo lo mismo, guiada por su propia madre.
Se sentía nerviosa.
Se sentía excitada.
Y por primera vez, sentía que este camino que estaba recorriendo tenía mucho sentido.
—Mamá… ¿siempre fuiste tan caliente? ¿Desde tan chica?
Mónica rio bajito y le acarició el pelo a su hija. Parecía que la pregunta le divertía un poco.
—Sí —respondió sin dudar—. Siempre fui así. Pero hubo un momento en el que todo se volvió más intenso.
Se acomodó mejor en la cama y continuó hablando con naturalidad:
—Como dos meses después de que empecé a masturbarme por primera vez, empecé a sentirme más… putita. Tenía como 10 u 11 años. Ya me gustaba mucho meterme cosas en el anito, y eso hizo que me sintiera más atrevida. Empecé a tener pensamientos más sucios.
Peka la escuchaba con atención, sintiendo que le ardía la cara.
Mónica siguió contándole:
—Había un contraste muy grande. Por un lado, mi mamá me vestía como una nena: vestiditos cortos, polleritas con volados, medias con lazos, lazos en el pelo… ropa muy de nenita. Pero por dentro yo ya me sentía muy diferente. Me gustaba ser provocativa. Me divertía mucho.
Hizo una pausa y sonrió con picardía al recordar.
—Empecé a hacer cosas a propósito. Por ejemplo, cuando veía que se acercaba un hombre (sobre todo hombres grandes, de 40 o 50 años), yo me agachaba “a atarme los cordones” de los zapatos. Me quedaba bastante tiempo agachada, con la pollera levantada, mostrando la bombachita. A veces hasta me quedaba más tiempo del necesario, fingiendo que no podía desatar el nudo.
Peka abrió los ojos un poco más, sorprendida pero claramente excitada con la historia.
Mónica continuó:
—Siempre me miraban. Los viejos verdes se quedaban mirando mi bombachita sin disimulo. Algunos hasta se detenían un segundo. A mí me divertía mucho. Me calentaba saber que me estaban mirando. Me gustaba la sensación de ser una nenita vestida de forma inocente, pero mostrando la bombachita a hombres adultos. Me ponía muy caliente.
Se rio bajito y agregó:
—Muchas veces lo hacía varias veces en el mismo día. Si veía a un viejo verde mirándome, me agachaba otra vez más adelante, solo para que me volviera a mirar. Me gustaba sentir su mirada en mi culito y en mi bombachita. Me ponía muy mojada.
Peka estaba escuchando con la respiración entrecortada. La imagen de su mamá de 10 u 11 años, vestida como una nena, agachándose a propósito para mostrar la bombachita a hombres adultos le resultaba extremadamente excitante.
Mónica le habló más bajito, casi como si le estuviera contando un secreto:
—Empecé a disfrutar mucho de esa contradicción. Por fuera parecía una nena inocente… pero yo ya sabía lo que hacía. Me gustaba ser provocativa. Me gustaba que los hombres me miraran. Y mientras más grandes y más “verdes” eran, más me calentaba. Me gustaba imaginar que se iban a casa a masturbarse pensando en mi bombachita.
Peka tragó saliva. Su pija chiquita estaba completamente dura debajo de la falda.
Mónica le dio un beso en la sien y le preguntó con tono suave:
—¿Te sorprende?
Peka dudó un segundo, pero terminó contestando con sinceridad:
—Un poco… pero también me pone muy caliente escucharte. Me gusta saber que vos también eras así de chica.
Mónica sonrió satisfecha.
—Siempre fui muy caliente, Peka. Desde muy nena. Me gustaba mostrarme, me gustaba provocar, me gustaba sentirme deseada aunque fuera muy chica. Y ahora veo que a vos te pasa algo parecido. Por eso te entiendo tan bien.
Peka estaba completamente callada, escuchando con atención cada palabra de su mamá. Después de contarle cómo se agachaba a propósito para mostrar la bombachita, Mónica hizo una pausa y luego continuó con voz más baja, casi como si le estuviera contando un secreto prohibido:
—Pero no se quedó ahí, Peka. Con el tiempo me puse mucho más descarada.
Peka levantó la vista, curiosa y claramente excitada.
Mónica siguió hablando:
—Después de un tiempo ya no me conformaba con solo mostrar la bombachita. Empecé a ir sin bombachita debajo de la pollerita del colegio. Me la sacaba antes de salir de casa y me la guardaba en la mochila. Caminaba por la calle con la pollerita del uniforme y sin nada abajo. Me sentía muy puta haciendo eso.
Peka tragó saliva. La imagen de su mamá de 10 u 11 años yendo a la escuela sin bombachita le resultaba muy fuerte.
Mónica continuó:
—Y no solo eso. Empecé a elegir específicamente a los hombres más viejos. Los más ancianos. Porque esos eran los más pervertidos. Los que más se excitaban. Los que más tiempo se quedaban mirando. Me daba cuenta de que los viejos verdes eran los que más disfrutaban verme. Así que empecé a provocarlos más.
Hizo otra pausa y le habló más bajito:
—Cuando veía a un señor muy viejo, de 60, 70 años o más, me agachaba a propósito. Me quedaba bastante tiempo “atándome los cordones”, con la pollerita levantada y sin bombachita. Les mostraba todo. El culito, la conchita… todo. Y ellos se quedaban mirando como hipnotizados. Algunos hasta se tocaban por encima del pantalón.
Peka sentía que le ardía la cara y que su pija chiquita estaba completamente dura debajo de la falda. No podía creer lo que estaba escuchando.
Mónica siguió contándole con la misma voz calmada:
—Una vez un señor muy viejo se quedó mirándome tanto que casi se le cae la bolsa de las compras. Yo me di cuenta y me quedé agachada más tiempo del necesario, moviendo un poco el culo de un lado a otro. Me divertía mucho ver cómo los excitaba. Me ponía muy caliente saber que un hombre tan grande se estaba poniendo duro mirando a una nena vestida de uniforme escolar.
Se rio bajito, con un poco de picardía.
—Empecé a hacerlo casi todos los días. Iba sin bombachita a la escuela y, de camino, buscaba a algún viejo verde para provocarlo. A veces me agachaba varias veces en la misma cuadra si veía a más de uno. Me gustaba la sensación de poder que me daba. Ellos me miraban con deseo y yo sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Peka estaba escuchando con la respiración agitada. La historia de su mamá le estaba generando una excitación muy intensa. No podía evitar imaginársela: una nena de 10 u 11 años, vestida con pollerita de colegio, sin bombachita, agachándose a propósito frente a hombres ancianos para mostrarles todo.
Mónica le acarició el pelo y le habló más suave:
—Sé que te puede parecer fuerte lo que te cuento. Pero para mí era algo que me gustaba mucho. Me excitaba ser provocativa. Me gustaba la contradicción entre la ropa de nena que usaba y lo que hacía. Me sentía como una putita disfrazada de nenita.
Se quedó callada un segundo y luego le dijo a Peka con tono más serio:
—Quiero que entiendas algo: yo empecé muy chica a sentir estas cosas. Y ahora veo que vos también las sentís. Por eso te entiendo. Por eso no te juzgo. Porque yo también fui así.
Peka se mordió el labio y preguntó bajito:
—¿Y… te sigue gustando provocarlos?
Mónica rio bajito y le respondió con honestidad:
—A veces sí. Todavía me gusta vestirme de forma provocativa y que los hombres me miren. Aunque ahora lo hago de adulta. Pero la sensación es parecida a la que sentía de chica.
Se inclinó y le dio un beso suave en los labios a su hija.
—Ahora que ya te conté esto… quiero que sepas que podés ser así también si querés. Podés ser mi nenita vestida de forma inocente… pero también podés ser mi putita cuando estemos solas. Las dos cosas pueden convivir.
Esa noche Peka se fue a dormir con la cabeza llena de imágenes. No podía dejar de pensar en todo lo que su mamá le había contado. La imaginaba de 10 u 11 años, vestida con pollerita de colegio, sin bombachita, agachándose a propósito frente a hombres ancianos para mostrarles todo. Le resultaba muy fuerte imaginar a su mamá siendo tan putita tan chica.
Se tocó suavemente debajo de las sábanas mientras recordaba las historias. Se corrió pensando en su mamá de nena siendo provocativa, y se durmió con esa imagen dando vueltas en su cabeza.
A la mañana siguiente, después del desayuno, Peka no pudo contener la curiosidad. Apenas terminaron de comer, se acercó a su mamá y le preguntó con timidez:
—Mamá… ¿podés contarme más? Quiero saber cómo siguieron las cosas después de eso.
Mónica la miró un momento, como evaluando si realmente quería seguir hablando de ese tema. Al final suspiró y le indicó que la siguiera hasta su habitación. Se sentaron las dos en la cama, como el día anterior.
Peka le preguntó directamente:
—¿Cómo fue avanzando todo? ¿Empezaste a hacer cosas más fuertes?
Mónica se quedó callada un segundo, recordando. Luego empezó a hablar con voz baja pero clara:
—Sí. Con el tiempo fui subiendo el nivel. Ya no me conformaba solo con mostrar la bombachita o ir sin ella. Empecé a hacer cosas más directas. Por ejemplo, me sentaba de forma que se me viera todo cuando estaba en algún lugar público. O me agachaba más tiempo del necesario cuando sabía que algún señor me estaba mirando.
Hizo una pausa y continuó:
—También empecé a notar algo. Mis compañeritos del colegio, los varones de mi edad, me parecían muy virgenes, muy inocentes. No me atraían nada. Me parecían chicos. En cambio, los hombres grandes, los ancianos… esos me ponían muy caliente. Me gustaba la diferencia de edad. Me gustaba que ellos ya tuvieran experiencia y que me miraran con deseo aunque yo fuera tan chica.
Peka la escuchaba en silencio, con la respiración un poco agitada.
Mónica siguió contando:
—Una vez, cuando tenía como 11 años, me agaché frente a un señor que tenía como 70. Me quedé bastante tiempo así, sin bombachita, moviendo un poco el culo. El señor se quedó mirándome fijo, casi sin parpadear. Después me di cuenta de que se había tocado por encima del pantalón. Eso me puso muy excitada. Me gustó saber que lo había puesto así de caliente.
Se rio bajito y continuó:
—Empecé a buscar específicamente a los más viejos. Porque esos eran los más pervertidos. Los que más se quedaban mirando. Los que más disfrutaban. Los jóvenes casi ni me miraban, o se avergonzaban. En cambio los ancianos… esos sí. Esos me miraban como si quisieran comerme.
—También empecé a masturbarme más seguido pensando en esas situaciones. Me gustaba imaginar que algún viejo verde se iba a su casa después de verme y se masturbaba pensando en mi bombachita o en mi culito. Eso me ponía muy mojada.
Peka estaba escuchando con los ojos muy abiertos. Le costaba creer todo lo que su mamá le estaba contando, pero al mismo tiempo le excitaba muchísimo.
Mónica la miró y le preguntó:
—¿Te está pareciendo muy fuerte todo esto?
Peka dudó un segundo, pero terminó contestando con honestidad:
—Un poco… pero también me pone muy caliente. Me gusta escucharte. Me hace sentir que no soy la única que es así.
Mónica le sonrió con cariño y le acarició la mejilla.
—No sos la única, Peka. Yo también empecé muy chica a sentir estas cosas. Y ahora veo que a vos te pasa algo parecido. Por eso te entiendo.
Se quedó callada un momento y luego le dijo con tono más suave:
—Si querés, podemos seguir hablando de esto todos los días un rato. Me gusta contarte cómo era yo de chica. Y también me gusta que me hagas preguntas. Así te conozco mejor.
Peka asintió, todavía con la cara caliente.
—Sí… me gustaría seguir preguntándote. Me gusta escucharte.
Mónica le dio un beso en la frente y le habló con voz calmada:
—Entonces vamos a hacer eso. Cada día un rato podemos hablar de estas cosas. Y mientras tanto, seguimos con tu entrenamiento y con tu ropa de nena.
Peka se quedó callada, pero se notaba que estaba contenta. Le gustaba esta nueva complicidad con su mamá. Le gustaba poder hablar de estas cosas sin ser juzgada.
Se quedó recostada contra el hombro de Mónica, pensando en todo lo que le acababa de contar: cómo su mamá de nena ya era muy putita, cómo prefería a los ancianos antes que a sus compañeros de clase, y cómo le gustaba provocar a los más viejos.
Y mientras lo pensaba, sentía que su pija chiquita estaba dura otra vez.
Peka estaba cada vez más curiosa. Después de escuchar todas las historias de su mamá sobre cómo se agachaba a propósito y cómo le gustaba provocar a los hombres ancianos, no pudo evitar preguntar con voz baja:
—Mamá… ¿cómo fue tu primera vez? ¿La primera vez que pasó algo más que solo mostrar?
Mónica se quedó callada un momento. Miró a su hija, como evaluando si realmente quería saber. Al final suspiró y le contestó con honestidad:
—Fue unas semanas después de que empecé a ir sin bombachita debajo de la pollerita del colegio.
Peka se acomodó mejor en la cama, escuchando con atención.
Mónica continuó:
—Un día, mientras volvía de la escuela, pasé por una calle que casi nunca usaba. Ahí había un indigente. Un señor muy anciano, gordo, feo, que empujaba un carrito de basura. Tenía la ropa sucia, la barba descuidada y olía mal. Cuando me vio, me miró de arriba abajo sin disimulo. Yo iba con la pollerita del colegio y, como siempre, sin bombachita.
Hizo una pausa y siguió hablando:
—Cuando pasé cerca de él, el señor me dijo algo muy sucio. Algo como “mirá qué lindas piernitas tenés, nena… ¿me dejás ver un poquito más?”. Me lo dijo bajito, pero con tono muy sucio.
Peka sintió que le ardía la cara al escuchar eso.
Mónica continuó:
—Yo me asusté un poco por dentro. Era un hombre muy feo y muy sucio, y estaba sola en esa calle. Pero al mismo tiempo… me gustó. Me gustó que me hablara así. Me gustó que fuera tan directo y tan viejo. Sentí una mezcla de miedo y excitación. Y sin darme cuenta, le respondí con una sonrisita. Una sonrisita de coquetería. No le dije nada, solo le sonreí de esa forma… como invitándolo a seguir mirando.
Peka la escuchaba en silencio, con los ojos muy abiertos.
Mónica siguió:
—Después seguí caminando como si nada. Pero sentía que me temblaban las piernas. Cuando llegué a mi casa, subí directo a mi cuarto, me saqué la pollerita y me masturbé. Me metí los deditos en el anito y me corrí pensando en ese señor viejo y sucio. Me excitaba mucho haberle sonreído así, aunque me daba miedo.
Se quedó callada un segundo y luego agregó:
—Durante los días siguientes, empecé a pasar por esa misma calle a propósito. Varias veces. Quería volver a encontrármelo. Me gustaba la idea de que ese anciano gordo y feo me volviera a ver. Y sí, lo volví a ver. Varias veces. Cada vez que pasaba, él me decía algo sucio y yo le respondía con la misma sonrisita. Nunca pasó nada más físico, pero para mí era muy excitante.
Peka estaba procesando todo lo que su mamá le acababa de contar. La imagen de una Mónica de 10 u 11 años sonriéndole de forma coqueta a un indigente anciano, gordo y feo, le resultaba muy fuerte y muy sucia.
Mónica la miró y le preguntó:
—¿Te parece muy fuerte?
Peka dudó un segundo, pero terminó contestando con sinceridad:
—Un poco… pero también me pone muy caliente. Me gusta que me lo cuentes. Me hace sentir que puedo hablar de estas cosas con vos sin que me juzgues.
Mónica le sonrió con cariño y le acarició la mejilla.
—Quiero que sepas que yo empecé muy chica a sentir estas cosas. Me gustaba provocar, me gustaba la atención de los hombres, sobre todo de los más viejos y más sucios. Me gustaba sentirme putita aunque fuera una nena.
Se quedó callada un momento y luego le preguntó a su hija:
—¿Y vos? ¿Te gustaría hacer algo así alguna vez? ¿Provocar a alguien de esa forma?
Peka se puso roja hasta las orejas, pero terminó asintiendo bajito.
—Creo que sí… me gusta la idea de que me miren así. Aunque me da un poco de miedo también.
Peka estaba cada vez más metida en la historia. Después de escuchar cómo su mamá había empezado a provocarlo, no pudo evitar pedirle más.
—Contame más, mami… —le dijo bajito, casi suplicando—. Quiero saber qué pasó después.
Mónica la miró un momento. Se quedó callada, como evaluando cuánto más podía contarle. Al final suspiró y le respondió con voz baja:
—Está bien… pero solo porque hay mucha confianza entre nosotras. Y porque quiero que entiendas cómo era yo de chica.
Se recostó un poco más contra las almohadas y continuó:
—Después de ese primer encuentro, empecé a pasar por esa misma calle todos los días. A propósito. Quería volver a encontrármelo. Me gustaba la idea de que ese señor viejo y sucio me volviera a ver. Me ponía caliente saber que podía cruzármelo otra vez.
Peka la escuchaba en silencio, con los ojos muy abiertos.
Mónica siguió:
—Pasaron varios días y no lo veía. Empecé a pensar que quizás no iba a aparecer más. Pero al cuarto día… apareció.
Hizo una pausa, recordando.
—Ese día yo iba caminando como siempre, con la pollerita del colegio y sin bombachita. De repente lo vi. Estaba apoyado en su carrito de basura, en la misma cuadra de siempre. Cuando me vio, me miró de arriba abajo y me dijo algo sucio otra vez. Algo como “mirá qué linda nena… hoy se te ve todo”.
Peka sintió que le subía el calor por el cuerpo.
Mónica continuó:
—Yo me quedé un segundo parada. Sentía un poco de miedo por dentro, porque estaba sola y él era un hombre muy grande y muy sucio. Pero también me gustaba. Le respondí bajito con una sonrisita tímida y le dije “gracias…”.
El indigente se animó más al ver que yo no me iba corriendo. Miró para los dos lados de la calle y se dio cuenta de que estaba completamente vacía. Entonces empezó a hablarme más. Intentó “conquistarme”, pero de una forma muy torpe y sucia.
Peka tragó saliva.
Mónica siguió contando:
—Él me hablaba de forma infantil. Como si estuviera hablando con una nena muy chica. Me decía cosas como “vení, nena, no te asustes… vení a ver lo que tengo acá”. Me hablaba como si pudiera ser su nieta. Eso me ponía muy rara… pero también me calentaba.
Se quedó callada un segundo y continuó:
—Después se presentó. Me dijo que se llamaba Raúl, que tenía 60 años y que vivía en la calle. Me contó que dormía en algún lugar cerca de ahí, que juntaba basura y cartón para vender. Hablaba muy sucio, pero al mismo tiempo me trataba como si fuera una nena. Me decía “vení, nena linda… vení a darle un besito al tío Raúl”.
Peka estaba escuchando con la respiración agitada. La historia le resultaba muy fuerte.
Mónica le habló más bajito:
—Yo me quedé ahí un rato. No me fui corriendo, pero tampoco me acerqué mucho. Le respondía con timidez, con voz bajita. Le decía “no puedo… tengo que irme” o “mi mamá me está esperando”. Pero no me iba. Me quedaba ahí, mirándolo, dejando que me dijera cosas sucias.
Se rio bajito, con una mezcla de vergüenza y picardía.
—Esa vez no pasó nada más. Solo hablamos un rato. Pero cuando llegué a mi casa, me masturbé como loca. Me metí los deditos en el anito y me corrí pensando en él. En lo viejo que era, en lo sucio que estaba, en cómo me hablaba como si fuera su nieta… todo eso me ponía muy caliente.
Peka se quedó callada un buen rato, procesando todo. Después preguntó con voz baja:
—¿Y seguiste viéndolo después de eso?
Mónica asintió.
—Sí. Empecé a pasar más seguido por esa calle. Quería volver a encontrármelo. Y sí, lo volví a ver varias veces. Cada vez hablaba más sucio y yo me quedaba un poco más tiempo. Nunca pasó nada físico… pero para mí era muy excitante.
Se quedó callada un momento y luego le dijo a su hija con tono más serio:
—Quiero que entiendas algo, Peka. Yo era muy chica y estaba jugando con fuego. Me gustaba la sensación de peligro y de ser deseada por hombres tan grandes y tan sucios. Pero también tenía miedo. Por eso nunca me acerqué demasiado.
Peka asintió lentamente.
Mónica le acarició el pelo y le preguntó:
—¿Querés que te cuente más de lo que pasó después con Raúl? ¿O preferís que paremos acá por hoy?
Peka dudó un segundo, pero terminó contestando con voz bajita:
—Quiero que me cuentes más… si no te molesta.
Mónica la miró un momento y luego asintió.
—Contame más, mami… ¿qué pasó después con Raúl?
Mónica suspiró, pero terminó asintiendo. Se recostó contra las almohadas y empezó a hablar con voz baja y pausada:
—Al día siguiente hice exactamente lo mismo que te conté. Pasé por la misma calle a propósito, varias veces, buscando encontrármelo. Me daba un poco de vergüenza admitir que lo estaba buscando, pero lo hacía igual. Quería volver a verlo.
Peka la escuchaba en silencio, sin interrumpirla.
Mónica continuó:
—Ese día sí lo volví a encontrar. Estaba en la misma cuadra, apoyado en su carrito. Cuando me vio, me sonrió de esa forma sucia que ya empezaba a reconocerme. Me volvió a decir cosas. Me piropeó otra vez. Esta vez fue más directo. Me dijo que era muy linda y que le gustaba cómo se me movía la pollerita.
Hizo una pequeña pausa y siguió:
—Después me miró a los ojos y me dijo que si quería hablar un rato más tranquilo, podíamos ir a un callejón chiquito que había ahí cerca. Me dijo que ahí nadie nos iba a ver y podíamos charlar mejor. Yo me quedé callada un segundo. Sabía que era peligroso. Era un hombre grande, sucio, y yo era una nena. Pero… me dejé llevar. Le dije que sí.
Peka abrió un poco más los ojos.
Mónica siguió contando:
—Entramos al callejón. Era angosto y oscuro. Él se apoyó contra la pared y me empezó a hablar. Esta vez fue más “conquistador”. Me decía cosas lindas, aunque de forma muy torpe y sucia al mismo tiempo. Me decía que era muy bonita, que tenía unas piernitas lindas, que le gustaba cómo me movía. Me hablaba como si fuera su nieta, pero al mismo tiempo me decía cosas de hombre.
Se quedó callada un momento, recordando.
—Al principio yo le respondía con timidez. Le decía “gracias” bajito, o me reía un poco. Me dejaba llevar. Me gustaba cómo me hablaba. Me gustaba que un hombre tan grande y tan viejo me dijera esas cosas. Me ponía nerviosa, pero también me gustaba.
Mónica bajó un poco más la voz:
—Después de un rato hablando, él se acercó más. Yo me quedé quieta. No me moví. Y entonces… me dio mi primer beso.
Peka sintió que se le cortaba la respiración.
Mónica continuó:
—Fue un beso torpe. Él tenía la boca sucia, con olor a alcohol y a tabaco. Me besó con fuerza, metiendo la lengua. Yo no sabía muy bien qué hacer, así que me dejé besar. Fue mi primer beso en la vida… y fue con un indigente de 60 años que olía mal. Pero en ese momento… me gustó. Me gustó sentir su lengua adentro de mi boca. Me gustó que fuera tan grande y tan brusco.
Se quedó callada un segundo y agregó:
—Después del beso, me dijo que si quería podía volver a buscarlo otro día. Que él siempre andaba por esa zona. Yo no le contesté nada. Solo asentí y me fui corriendo para mi casa.
Peka estaba escuchando con la cara completamente roja. Tenía la respiración agitada.
Mónica la miró y le preguntó con tono suave:
—¿Te está pareciendo muy fuerte todo esto?
Peka dudó un segundo, pero terminó contestando con sinceridad:
—Un poco… pero también me pone muy caliente. No puedo dejar de imaginarlo. Una nena vestida de colegio, sin bombachita, besándose con un viejo sucio en un callejón…
Mónica le sonrió con una mezcla de ternura y picardía.
—Era muy fuerte lo que hacía. Tenía miedo, pero también me excitaba mucho. Ese día cuando llegué a mi casa me masturbé como nunca. Me metí los deditos en el anito y me corrí pensando en ese beso.
Peka estaba muy metida en la historia. Después de escuchar cómo su mamá había dado su primer beso con Raúl, no pudo evitar preguntar algo que le rondaba la cabeza:
—Mamá… ¿no te daba asco besarlo? Era un hombre muy sucio… un indigente.
Mónica se quedó callada un momento. Miró a su hija y le respondió con honestidad:
—Al principio sí, Peka. Me daba asco. Tenía la boca sucia, olía mal, tenía la barba descuidada… todo en él era sucio. Cuando me besó por primera vez, sentí asco. Pero al mismo tiempo… me gustaba. Era una mezcla rara. El asco y la excitación estaban juntos. Y después de un rato, dejé de prestarle atención al asco y me dejé llevar.
Peka la escuchaba en silencio, con los ojos muy abiertos.
Mónica continuó:
—Mientras mis compañeritas del colegio estaban dando su primer beso con algún chico de su edad, tímido, nervioso y sin experiencia… yo me había dado mi primer beso con un señor que podría ser mi abuelo. Un hombre de 60 años, gordo, feo y que vivía en la calle. Ese contraste me ponía muy caliente.
Se rio bajito, con una mezcla de vergüenza y picardía.
—Pensaba cosas muy sucias. Me imaginaba a mis compañeras besando a sus noviecitos del colegio, todo tierno e inocente… y yo había besado a un viejo sucio que me hablaba como si fuera su nieta. Eso me hacía sentir muy puta. Muy diferente a las otras nenas. Y me gustaba sentirme así.
Peka tragó saliva. La historia le estaba generando una excitación muy fuerte.
Mónica siguió hablando:
—Cada vez que lo recordaba, me ponía mojada. Me gustaba la idea de ser la nena más putita del colegio sin que nadie lo supiera. Mis compañeras se besaban con chicos de 11 años… y yo me había besado con un anciano que empujaba un carrito de basura. Ese contraste me volvía loca. Me hacía sentir sucia, pero de una forma que me gustaba mucho.
Se quedó callada un segundo y agregó:
—También me excitaba pensar que ese señor podía contarle a otros indigentes lo que había hecho. Que podía decirles que una nena del colegio lo había besado. Esa idea me ponía muy caliente.
Peka estaba escuchando con la respiración agitada. Le costaba creer todo lo que su mamá le estaba contando, pero al mismo tiempo le resultaba extremadamente excitante.
Mónica la miró y le preguntó con tono suave:
—¿Te está pareciendo muy fuerte?
Peka dudó un segundo, pero terminó contestando con sinceridad:
—Un poco… pero también me pone muy caliente. Me gusta que me lo cuentes. Me hace sentir que puedo ser así también… que puedo ser putita aunque me vista de nena.
Mónica le sonrió con cariño y le acarició la mejilla.
—Exacto. Las dos cosas pueden ir juntas. Podés ser mi nenita vestida de forma inocente… y al mismo tiempo podés ser muy putita por dentro. No tenés que elegir una sola cosa.
Se inclinó y le dio un beso suave en los labios a su hija.
—Quiero que sepas que yo empecé muy chica a sentir estas cosas. Me gustaba lo sucio, me gustaba lo prohibido, me gustaba sentirme diferente. Y ahora veo que a vos te pasa algo parecido. Por eso te entiendo.
Peka se quedó callada un rato, procesando todo. Después preguntó bajito:
—¿Y seguiste viéndolo después de eso? ¿Después del primer beso?
Mónica asintió.
—Sí. Volví a buscarlo varias veces. Cada vez él se animaba más. Y yo también me dejaba llevar más. Pero eso te lo cuento mañana… hoy ya te conté bastante.
Capítulo 50: Los besos con Raúl
Peka estaba cada vez más enganchada con las historias de su mamá. Después de escuchar sobre el primer beso con Raúl, no pudo evitar pedirle más.
—Mamá… contame de los otros encuentros. ¿Qué pasó después?
Mónica la miró un momento y terminó asintiendo. Se acomodó mejor en la cama y empezó a hablar con voz baja:
—Después de ese primer beso, volví a buscarlo varias veces. Pasaron varias semanas en las que nos veíamos en ese mismo callejón. Y cada vez que nos encontrábamos, Raúl se animaba más. Se ponía más sucio, más atrevido. Y yo… también me dejaba llevar más.
Hizo una pausa y le dijo a su hija:
—Te voy a contar cuatro escenas de los besos que tuvimos. Eran besos muy sucios y asquerosos. ¿Querés que te los cuente?
Peka asintió con la cara roja.
—Sí… contámelos.
Mónica respiró hondo y empezó:
Primera escena:
La segunda vez que lo busqué, ya sabía que me iba a besar. Entramos al mismo callejón y él se me acercó rápido. Esta vez el beso fue mucho más largo y más sucio. Me metió la lengua hasta el fondo y babeó mucho. Yo sentía el sabor fuerte de su boca, a alcohol y a tabaco. Me agarró de la nuca y me besaba con fuerza. Cuando nos separamos, tenía saliva chorreando por la barbilla. Me limpié con la mano y él se rio. Me dijo “así se besa una nena puta”. Esa vez me fui a mi casa muy excitada y me masturbé dos veces seguidas.
Segunda escena:
Otra vez, como a la tercera o cuarta vez que nos vimos, el beso fue todavía más asqueroso. Él tenía la boca muy sucia ese día. Me besó con mucha baba, casi como si me estuviera escupiendo en la boca. Me metía la lengua y la movía de forma muy sucia. Yo me dejaba hacer. Sentía asco, pero al mismo tiempo me gustaba. Cuando terminó de besarme, me dijo “abrí la boca, nena”. Yo la abrí y él me escupió adentro. Después me volvió a besar, mezclando su saliva con la mía. Esa noche llegué a mi casa empapada. Me metí tres deditos en el anito y me corrí pensando en ese beso asqueroso.
Tercera escena:
En otro encuentro, ya estábamos más confiados. Entramos al callejón y él me besó contra la pared. Esta vez el beso fue más largo y más húmedo. Me babeaba mucho la boca y la barbilla. Yo ya no me limpiaba. Me dejaba la cara sucia de su saliva. En un momento me dijo “sacá la lengua”. Yo saqué la lengua y él me la chupó y la lamió como si fuera un caramelo. Después me escupió en la lengua y me obligó a tragármelo. Me sentí muy puta. Muy sucia. Y me gustó.
Cuarta escena:
La última vez que te voy a contar, ya había pasado más tiempo. Ese día Raúl estaba más caliente que nunca. Me besó con mucha fuerza. Me metió la lengua hasta el fondo y me babeó toda la cara. La saliva me corría por la barbilla y me caía en el cuello. En un momento me dijo “abrí bien la boca, nena”. Yo la abrí y él me escupió varias veces adentro. Después me besó de nuevo, metiendo su saliva en mi boca. Me agarraba de la nuca y me besaba como si me estuviera comiendo. Cuando terminó, tenía la cara y el uniforme sucios de su baba. Esa vez me fui a mi casa temblando. Me masturbé tres veces seguidas pensando en lo asquerosa que me había sentido… y en lo mucho que me había gustado.
Mónica se quedó callada después de contar las cuatro escenas. Miró a su hija.
Peka tenía la cara completamente roja. Respiraba agitada y se notaba que estaba muy excitada con todo lo que acababa de escuchar.
Mónica le preguntó con tono suave:
—¿Te está pareciendo muy fuerte?
Peka dudó un segundo, pero terminó contestando con sinceridad:
—Sí… es muy fuerte. Pero también me pone muy caliente. Me gusta escucharte. Me hace sentir… que puedo ser así también.
—¿Y después de los besos… qué más pasó con Raúl?
Mónica la miró un momento y terminó asintiendo. Se recostó contra las almohadas y empezó a hablar con voz baja:
—Después de un tiempo, Raúl se animó mucho más. Yo siempre iba a verlo después de salir de la escuela. Me cambiaba en algún baño antes de ir, me sacaba la bombachita y me ponía la pollerita del colegio. Iba directo al callejón donde él me esperaba. Y cada vez que nos veíamos, él se ponía más sucio.
Hizo una pausa y continuó:
—Empezó a bajarme la pollerita y a chuparme. Primero la concha… después también el culo. Me lamía mucho. Y siempre me decía lo mismo: que le gustaba mi olor de nenita. Me decía que olía a nena, que tenía olor a niña chica, y que eso lo ponía muy caliente. Mientras me lamía, me decía piropos muy sucios.
Peka tragó saliva, claramente nerviosa y excitada al mismo tiempo.
Mónica le dijo:
—Te voy a contar tres escenas de cuando Raúl me lamía. ¿Querés que te las cuente?
Peka asintió.
—Sí… contámelas.
Primera escena:
Una tarde fui a verlo como siempre. Apenas entramos al callejón, Raúl me empujó contra la pared, me bajó la pollerita y se arrodilló. Me abrió las piernas y me empezó a lamer la concha. Me lamía despacio, con la lengua bien metida. Mientras lo hacía me decía: “Qué rica conchita de nena tenés… olés a nenita, me encanta tu olor a nena”. Yo me agarraba de su cabeza y me dejaba lamer. Me ponía muy mojada. Esa vez me corrí en su boca. Me temblaban las piernas y él siguió lamiéndome hasta que terminé.
Segunda escena:
Otra vez fui a verlo después de clases. Ese día estaba más caliente. Me hizo darme vuelta contra la pared, me levantó la pollerita y me abrió el culo con las manos. Empezó a lamerme el anito. Me metía la lengua adentro y me chupaba fuerte. Mientras lo hacía me decía cosas muy sucias: “Qué culito rico de nena tenés… me encanta lamerte el ojito de nenita. Olés a nena por todos lados”. Yo me sentía muy sucia, pero me gustaba. Me gustaba que un hombre tan grande y tan viejo me lamiera el culo como si fuera su golosina. Esa vez me corrí dos veces solo con la lengua en el anito.
Tercera escena:
La última escena que te voy a contar fue una de las más fuertes. Fui a verlo un viernes después de clases. Raúl me estaba esperando en el callejón. Apenas llegué, me bajó todo y me hizo apoyar las manos contra la pared. Primero me lamió la concha un buen rato, después me abrió el culo y me lo lamió también. Me metía la lengua bien adentro y me chupaba fuerte. Mientras me lamía me decía: “Qué rica nenita sos… tenés olor a nena por todos lados. Me encanta chuparte la conchita y el culito de nena. Sos mi nenita puta”. Yo me corría una y otra vez. Me temblaban las piernas y él no paraba. Me lamió tanto que terminé empapada y con las piernas débiles. Esa vez me fui a mi casa sin poder caminar bien.
Capítulo 52: Los pies de nenita y los besos sucios
Peka estaba muy callada, pero se notaba que quería seguir escuchando. Después de un rato, le pidió a su mamá con voz baja:
—Mamá… contame más. Quiero que me cuentes otras escenas… más largas. Con lo de los pies también… y con los besos sucios.
Mónica la miró un momento y terminó asintiendo. Se recostó contra las almohadas y empezó a hablar con voz baja y pausada:
—Está bien. Te voy a contar más de lo que pasaba con Raúl. En casi todas había algo con mis pies y con besos muy sucios. ¿Estás segura de que querés escucharlas?
Peka asintió.
—Sí… contámelas.
Mónica respiró hondo y empezó:
Primera escena:
Una tarde fui a verlo después de clases como siempre. Hacía mucho calor ese día y mis pies estaban muy sudados dentro de los zapatos del colegio. Cuando llegué al callejón, Raúl me hizo sentar en una caja de madera que había ahí. Se arrodilló frente a mí, me sacó los zapatos y los medias. Me olió los pies directamente. Me dijo “qué rico olor a nenita tenés en los pies… huelen a nena sudadita”. Me los olió un buen rato, después empezó a lamerlos. Me chupaba los deditos de los pies uno por uno, babeando mucho. Mientras me los chupaba me besaba la planta y me decía cosas sucias. Después se levantó, me agarró de la nuca y me dio un beso muy sucio. Me metió la lengua hasta el fondo y me babeó toda la boca. Podía sentir el sabor de mis propios pies en su saliva. Me corrí solo con ese beso.
Segunda escena:
Otra vez fui a verlo un día que había llovido. Mis zapatos y medias estaban un poco húmedos y mis pies olían más fuerte que de costumbre. Raúl se dio cuenta apenas me vio. Me hizo apoyar contra la pared del callejón, me levantó una pierna y me olió el pie directamente. Me dijo “hoy tenés olor a nenita más fuerte… me gusta cuando tus piecitos sudan”. Me chupó los dedos de los pies con mucha baba, después me lamió toda la planta. Mientras lo hacía me hablaba muy sucio: “Qué rica nenita puta sos… te chupo los piecitos sudados y después te como la boca”. Después de chuparme los pies se levantó y me besó. Fue un beso muy largo y muy baboso. Me metía la lengua y me escupía un poco en la boca mientras me besaba. Yo me dejaba hacer todo. Me gustaba sentirme sucia.
Tercera escena:
Ese día hacía mucho calor. Mis pies estaban muy sudados y olían bastante. Raúl me hizo sentar en el piso del callejón, me quitó los zapatos y empezó a oler mis pies con mucha ganas. Me decía “qué rico olor a nena tenés… este es el olor de una nenita de verdad”. Me chupó los dedos de los pies uno por uno, babeando mucho. Después me lamió toda la planta y los empeines. Mientras me chupaba los pies me miraba a los ojos y me decía cosas muy sucias: “Me encantan tus piecitos de nena… huelen rico y saben rico”. Cuando terminó de chuparme los pies se levantó, me agarró de la cara y me dio un beso muy asqueroso. Me metió la lengua hasta el fondo y me babeó toda la barbilla y el cuello. Podía sentir el sabor de mis pies en su boca. Me corrí solo con ese beso.
Cuarta escena:
Una tarde fui a verlo después de haber estado mucho tiempo caminando. Mis pies estaban muy sudados y olían fuerte. Raúl se emocionó apenas me olió. Me hizo apoyar contra la pared, me levantó una pierna y me olió el pie directamente. Me dijo “hoy estás bien sudadita, nena… me encanta tu olor de nenita”. Me chupó los dedos de los pies con mucha saliva, después me lamió toda la planta. Mientras me chupaba los pies me hablaba muy sucio: “Qué rica nenita puta sos… te chupo los piecitos y después te como la boca”. Después de chuparme los pies un buen rato se levantó y me besó. Fue un beso muy largo, muy baboso y muy sucio. Me escupía un poco en la boca mientras me besaba y me decía “tragá, nena”. Yo tragaba su saliva y me dejaba besar. Me corrí dos veces solo con ese beso.
Quinta escena:
Esta fue una de las más fuertes. Ese día mis pies estaban muy sudados porque había hecho mucho calor en la escuela. Raúl me hizo sentar en una caja y me quitó los zapatos. Me olió los pies un largo rato, respirando fuerte. Me decía “qué rico olor a nena sudadita tenés… este es el mejor olor del mundo”. Me chupó los dedos de los pies con mucha baba, después me lamió toda la planta y los empeines. Mientras me chupaba los pies me hablaba muy sucio: “Me encantan tus piecitos de nenita… huelen a nena y saben a nena”. Después de chuparme los pies un buen rato se levantó, me agarró de la nuca y me dio un beso muy largo y muy asqueroso. Me metió la lengua hasta el fondo, me escupió varias veces en la boca y me babeó toda la cara. Yo me dejaba hacer todo. Me gustaba sentirme tan sucia. Me corrí tres veces ese día solo con sus besos y su lengua en mis pies.
Capítulo 53: La primera vez en casa
Peka estaba muy callada, pero se notaba que quería seguir escuchando. Después de un rato, le preguntó a su mamá con voz baja:
—Mamá… ¿y cómo fue la primera vez que lo hiciste con Raúl? ¿La primera vez de verdad?
Mónica se quedó callada un momento. Miró a su hija y suspiró. Se recostó contra las almohadas y empezó a hablar con voz baja y pausada:
—Después de varios meses haciendo cosas sucias con él en el callejón, Raúl empezó a querer más. Ya no le alcanzaba con besarme, lamerme los pies o chuparme la concha y el culo. Quería dar el paso siguiente. Quería desvirgarme.
Peka tragó saliva, pero no interrumpió.
Mónica continuó:
—Un día, después de haberme lamido un buen rato en el callejón, me dijo que quería cogerme de verdad. Me dijo que ya llevaba mucho tiempo deseándome y que quería meterme la verga. Yo me asusté un poco, porque nunca había hecho algo así. Pero también me gustaba la idea. Me gustaba que un hombre tan grande y tan viejo quisiera desvirgarme. Así que después de pensarlo un poco… acepté.
Peka la escuchaba con los ojos muy abiertos.
Mónica siguió:
—El problema era dónde hacerlo. El callejón ya no era seguro. Podía pasar alguien, o alguien podía vernos. Raúl tampoco tenía un lugar donde llevarme. Así que… yo le propuse algo.
Hizo una pausa y continuó:
—Le dije que al día siguiente podía ir a mi casa. Mis papás trabajaban y yo estaba sola después de las dos de la tarde. Le dije que podía ir a las 2 en punto. Le escribí la dirección en un papelito que le di ese mismo día en el callejón. Él se quedó mirándome como si no pudiera creer lo que le estaba diciendo. Pero aceptó.
Peka estaba procesando todo lo que su mamá le acababa de contar.
—Después de darle el papel con mi dirección y aceptar que me desvirgara… me puse a pensar en muchas cosas. Sabía que ya no había marcha atrás. Había invitado a un hombre de 60 años, un indigente, a mi casa. A mi cuarto. Para que me cogiera por primera vez. Me daba miedo, pero también me ponía muy caliente. No podía dejar de pensar en eso.
Hizo una pausa y continuó:
—Esa mañana mis papás se fueron temprano a trabajar, como siempre. Me quedé sola en la casa. Me duché con agua tibia, me lavé bien el pelo y todo el cuerpo. Quería oler rica. Después me sequé y me miré al espejo un buen rato. Me puse un poco de crema en la cara y me cepillé el pelo. Quería verme linda… o al menos, lo más linda que podía para un hombre como Raúl.
Peka la escuchaba en silencio, sin interrumpirla.
Mónica siguió hablando:
—Después fui a mi ropero y saqué mi pijama de nena. Era uno viejo que ya casi no usaba: un shortcito corto y una remerita con estampado de ositos. Era muy infantil, de cuando tenía 9 o 10 años. Me lo puse a propósito. Quería que Raúl se pusiera más caliente al verme vestida así. Quería que viera la contradicción: una nena con pijama de ositos, pero que lo estaba esperando para que la desvirgara. Me miré en el espejo y me gustó cómo me veía. Me sentía muy puta disfrazada de nenita.
Se quedó callada un segundo y continuó:
—Como a las 1:40 de la tarde ya estaba lista. Me senté en el sillón del living y esperé. Tenía el estómago revuelto. Me daba miedo. Pensaba en cancelar todo, en decirle que se fuera cuando llegara. Pero al mismo tiempo… no quería. Quería que pasara. Quería que me cogiera.
Mónica respiró hondo antes de seguir:
—A las 2 en punto exacto tocaron el timbre. Me quedé paralizada en el sillón. El corazón me latía muy fuerte. Por un segundo pensé en no abrir. Pensé en fingir que no había nadie en la casa. Pero mis piernas se movieron solas. Me levanté, fui hasta la puerta y la abrí.
Se quedó callada un momento, recordando.
—Ahí estaba él. Raúl. Con la misma ropa sucia de siempre, oliendo a calle y a basura. Me miró de arriba abajo cuando me vio con el pijama de ositos. Se le notó en la cara que le gustó. Entró sin decir nada. Yo cerré la puerta detrás de él y me quedé parada ahí, sin saber muy bien qué hacer.
Peka estaba escuchando con la respiración agitada.
Mónica le habló más bajito:
—Ese fue el momento en el que supe que ya no había vuelta atrás. Lo había invitado yo. Lo había hecho entrar a mi casa. Y sabía exactamente lo que iba a pasar.
—Una vez que entré y cerré la puerta… todo cambió. Raúl me miró de arriba abajo. Yo estaba parada ahí, con mi pijama de ositos, sin bombachita, y él era un hombre corpulento, alto y grande. De repente me agarró de la cintura con sus manos grandes y me atrajo hacia él de golpe.
Peka la escuchaba en silencio, con la respiración agitada.
Mónica siguió:
—Me estampó un beso largo y profundo. No fue un beso tierno. Fue un beso de hombre. Me metió la lengua hasta el fondo, babeando mucho. Me agarraba fuerte de la cintura mientras me besaba. Cuando se separó un segundo, me dijo con voz ronca: “Qué linda te ves, nena… no puedo creer el caramelito virgen que me voy a comer hoy”.
Peka sintió que le ardía la cara.
Mónica continuó:
—Seguimos besándonos ahí mismo, en el pasillo. Me besaba con mucha fuerza, con mucha saliva. Me babeaba la boca y la barbilla. Yo me dejaba hacer. Después de varios besos largos y sucios, me separó un poco y me miró a los ojos. Me dijo que me quería desvirgar en mi alcoba de nena. Que quería cogerme en la misma cama donde yo dormía de chica. Yo me quedé callada un segundo, pero terminé asintiendo. Le indiqué con la mano dónde quedaba mi cuarto.
Se quedó callada un momento y luego siguió:
—Entonces… me levantó en brazos. Como si no pesara nada. Me cargó en upa, con mis piernas alrededor de su cintura y mis brazos alrededor de su cuello. Yo me sentía muy pequeña. Era un hombre grande y yo era una nena. Mientras me llevaba por el pasillo me seguía besando. Me besaba el cuello, la boca, me babeaba todo. Yo me dejaba llevar.
Peka estaba escuchando con los ojos muy abiertos.
Mónica siguió contando:
—Cuando entramos a mi cuarto, me tiró sobre la cama. Mi cuarto todavía tenía cosas de nena: posters, muñecas, mi ropa de cuando era más chica… todo. Él se quedó parado un segundo mirando todo y me dijo: “Qué linda nenita… te voy a coger en tu cama de nena”.
Mi habitación estaba llena de ositos de peluche, las paredes eran rosas con arcoíris pintados, y mi cama tenía un cobertor rosa de princesas. Era un cuarto de nena de verdad. A él le dio mucho morbo verme ahí, vestida con mi pijama de ositos, en medio de todo eso. Me dijo: “Qué linda nenita… te voy a coger en tu cama de princesa”.
Peka la escuchaba en silencio, con la cara roja.
Mónica continuó:
—Una vez adentro, me tiró sobre la cama. Empezó a besarme mientras me desnudaba. Me besaba el cuello, la boca, el pecho… me sacaba la remerita del pijama y me besaba las tetitas que apenas empezaban a crecer. Después me bajó el shortcito. Me dejó completamente desnuda en la cama. Me besaba todo el cuerpo, me chupaba los pezones, me lamía la panza… todo.
Se quedó callada un segundo y siguió:
—Después de un rato me dijo que yo también tenía que desnudarlo. Me miró y me dijo: “Bájame los pantalones, nena”. Yo me quedé un momento quieta, pero al final obedecí. Me arrodillé frente a él en la cama y le bajé los pantalones sucios.
Peka tragó saliva.
Mónica siguió hablando con voz más baja:
—Cuando le bajé la ropa interior… apareció su verga. Era grande, gruesa, venosa y muy sucia. Tenía olor fuerte, a pescado, a suciedad. Se notaba que hacía mucho que no se bañaba bien. Me dio un poco de asco al principio. Sentí náuseas cuando olí eso de cerca. Pero… estaba tan caliente, tan excitada, que igual me gustó. Me excitó el olor. Me excitó ver lo sucia que estaba. Me excitó saber que esa verga tan fea y tan grande iba a ser la primera que me iban a meter.
Peka estaba escuchando con la respiración agitada.
Mónica continuó:
—Raúl me agarró de la cabeza y me acercó a su verga. Me dijo: “Oliela, nena”. Yo me acerqué y se la olí. El olor era muy fuerte. Me dio asco, pero al mismo tiempo me ponía mojada. Después me dijo que se la chupara un poco. Yo empecé a chupársela, aunque me costaba porque era muy grande para mi boquita.
—Él me agarró de la cabeza y me dijo: “Chupámela, nena”. Yo dudé un segundo, pero al final abrí la boca. Empecé a chupársela con asco. La lengua me rozaba esa capa blanca que tenía abajo de la cabeza y el sabor era fuerte, amargo y sucio. Me costaba mucho porque era muy gruesa para mi boquita. Me babeaba mucho y se me escapaba saliva por las comisuras de los labios.
Hizo una pausa y continuó:
—Pero poco a poco… empecé a acostumbrarme. El sabor ya no me daba tanto asco. Al contrario, me empezó a gustar. Me gustaba lo sucio que era. Me gustaba el olor fuerte. Me gustaba sentir esa verga grande y gruesa dentro de mi boca. Mientras más la chupaba, más me gustaba. Y eso a Raúl lo volvía loco.
Peka tragó saliva.
Mónica siguió hablando:
—Él se puso muy excitado. Me agarraba de la cabeza con las dos manos y me decía cosas muy sucias mientras yo se la chupaba: “Así, nena… chupale la verga al tío Raúl… mirá qué rica nenita puta sos… chupándola en tu cama de princesa”. Le daba mucho morbo verme ahí, con mi pijama de ositos tirado en el piso, arrodillada en mi cama rosa llena de peluches, chupándole la verga.
Se quedó callada un momento y agregó:
—Para él era como un sueño hecho realidad. Una nena vestida de forma infantil, en un cuarto lleno de ositos y cosas de princesa, con su boquita chiquita chupándole la verga sucia. Eso lo ponía completamente loco. Me follaba la boca con más fuerza, me metía la verga más profundo y me decía: “Qué rica boquita de nena tenés… me la estás chupando como una putita experta”.
Peka estaba escuchando con la respiración agitada. La historia le estaba generando una excitación muy fuerte.
Mónica continuó:
—Yo seguía chupándole. Cada vez me gustaba más el sabor. Me gustaba sentir cómo se le ponía más dura en mi boca. Me gustaba oírlo gemir y decirme cosas sucias. En un momento me sacó la verga de la boca y me escupió en la lengua. Después me volvió a meterla y me dijo: “Tragá, nena”. Yo tragué su saliva y seguí chupándole.
Se quedó callada un segundo y le habló más bajito a su hija:
—Esa fue mi primera mamada. En mi propia cama, con un hombre de 60 años que olía mal, mientras mis ositos de peluche me miraban desde todos lados. Y aunque al principio me dio asco… después me gustó. Me gustó mucho.
—Después de un rato chupándole la verga, Raúl me sacó de la boca y me miró. Tenía la verga toda brillante de mi saliva. Me dijo con voz ronca: “Ya está, nena… ahora es el momento. Te voy a desvirgar”.
Peka la escuchaba en silencio, con la cara roja.
Mónica siguió:
—Me hizo acostar boca arriba en mi cama. Me abrió las piernas y se puso entre ellas. Su verga estaba dura, gruesa y cubierta con toda la saliva que le había dejado yo. Me miró a los ojos y me dijo: “Tranquila, nena… te la voy a meter despacito”. Yo tenía mucho miedo. Sabía que me iba a doler. Tenía solo 11 años y su verga era muy grande.
Se quedó callada un segundo y continuó:
—Raúl empezó a frotar su verga contra mi conchita. Estaba muy mojada por todo lo que me había hecho antes. Poco a poco fue presionando. Al principio solo la cabeza. Yo me quejé porque me empezó a doler. Él me dijo: “Agüantá, nena… respirá”. Y siguió empujando muy despacio.
Peka tragó saliva.
Mónica siguió hablando:
—Su verga era de unos 20 centímetros y muy gruesa. Entró muy lento. Yo lloraba. No era solo por el dolor… también lloraba porque sabía que ya no iba a ser virgen. Que un hombre grande y sucio me estaba abriendo por primera vez. Cada vez que él empujaba un poco más, yo decía “me duele… me duele”. Y él me calmaba. Me daba besos en la boca, me decía cosas sucias y morbosas como: “Tranquila, mi nenita… ya casi está adentro… qué rica conchita virgen tenés… se la estoy rompiendo despacito”.
Se quedó callada un momento y continuó:
—Poco a poco fue entrando más. Yo lloraba y me quejaba, pero él no paraba. Me besaba la cara, me lamía las lágrimas y me decía: “Así, nena… dejate abrir… tu conchita es mía ahora”. Cuando por fin la tuvo casi toda adentro, se quedó quieto un rato. Me besó en la boca y me dijo: “Ya está, mi nenita… ya te desvirgué. Ahora sos mía”.
Peka tenía los ojos muy abiertos y la respiración agitada.
Una vez que Raúl tuvo toda su verga adentro, se quedó completamente quieto. No se movió. Solo se quedó encima de mí, con su cuerpo pesado y su respiración agitada, esperando a que el dolor pasara un poco. Su verga gruesa me llenaba por completo. Sentía como si me estuviera partiendo en dos. El ardor era fuerte, constante, y me costaba respirar normalmente.
Yo tenía la cara mojada de lágrimas. Seguía llorando, pero ya no era solo por el dolor físico. En ese momento, con la verga de Raúl completamente enterrada dentro de mí, me vino a la cabeza algo que me golpeó con fuerza: ¿qué pensarían si me descubrieran así?
Pensé en mis amigas del colegio. Las imaginaba mirándome con cara de asco y decepción. Ellas todavía jugaban con muñecas y hablaban de chicos de su edad como si fuera algo lejano y misterioso. ¿Qué dirían si supieran que yo estaba en mi cama, desnuda, con un hombre de 60 años metiéndome la verga? ¿Me seguirían llamando amiga? ¿Me dirían puta? ¿Se burlarían de mí?
Después pensé en mi papá. La imagen de su cara me dolió más que la penetración. Él siempre me decía que era su princesita, que tenía que cuidarme y que los hombres eran peligrosos. ¿Qué pensaría si supiera que yo misma había invitado a un indigente a nuestra casa para que me desvirgara? ¿Me odiaría? ¿Me echaría de la casa? ¿Me miraría con asco el resto de mi vida?
También pensé en mis maestras. En la señorita Laura, que siempre me decía que era una niña muy buena y responsable. En la directora del colegio, que siempre hablaba de “valores” y de “ser una niña correcta”. ¿Qué dirían si supieran que una de sus alumnas estaba en su casa, con las piernas abiertas, dejando que un hombre sucio y viejo la follara en su cama de princesas?
Esas ideas me daban vergüenza. Una vergüenza tan grande que me hacía llorar más fuerte. Pero al mismo tiempo… me excitaban. El hecho de estar haciendo algo tan prohibido, tan sucio, tan incorrecto, me ponía más caliente. Sabía que si alguien me descubría en ese momento, mi vida se terminaría. Y aun así, estaba ahí. Con las piernas abiertas. Con la verga de Raúl adentro. Dejándome desvirgar.
Raúl seguía sin moverse. Me besaba la cara, me lamía las lágrimas y me hablaba bajito al oído:
—Tranquila, nena… respirá… ya pasó lo peor. Ahora solo queda que te acostumbres… tu conchita se va a abrir más… vas a ver que después te va a gustar.
Yo no contestaba. Solo lloraba en silencio mientras sentía su verga palpitar dentro de mí. Estaba caliente, gruesa y me llenaba tanto que casi no podía pensar en otra cosa. El dolor seguía ahí, pero poco a poco empezaba a mezclarse con otra sensación. Una sensación más caliente, más oscura, que me empezaba a gustar aunque no quería admitirlo.
Raúl me besó en los labios, un beso lento y profundo, y me susurró:
—Sos mía ahora, mi nenita… tu conchita ya no es virgen. Es mía.
Esas palabras me atravesaron. Sentí que algo se rompía dentro de mí. Ya no era la misma. Ya no era esa nena que se masturbaba en secreto con verduras. Ahora era una nena que había invitado a un hombre grande y sucio a su casa para que la follara en su propia cama.
Y aunque lloraba… aunque me dolía… aunque pensaba en lo que dirían todos si se enteraban… también sentía que me gustaba. Me gustaba estar ahí. Me gustaba sentirme sucia. Me gustaba ser la nena que hacía cosas que ninguna de mis compañeras se atrevería a hacer.
Raúl me besó otra vez, más suave esta vez, y me susurró contra los labios:
—Ahora voy a empezar a moverme… despacito. Decime si duele demasiado, ¿sí?
Yo asentí con la cabeza, todavía llorando. Y entonces, muy lentamente, Raúl empezó a moverse.
Raúl se quedó quieto dentro de mí unos segundos más, besándome la cara y murmurando palabras suaves contra mi oído. Después, muy despacio, empezó a moverse.
Al principio fue solo un pequeño vaivén. Sacó un poco la verga y la volvió a meter. El dolor regresó de inmediato. Era un ardor fuerte, profundo, que me atravesaba desde adentro. Me quejé y agarré las sábanas con fuerza. Las lágrimas que ya se habían secado en mi cara volvieron a brotar.
Raúl me besó en los labios y me habló bajito:
—Tranquila, nena… respirá. Ya va a pasar.
Siguió moviéndose muy lento. Entraba y salía solo unos centímetros, sin apurarse. Cada vez que empujaba, yo sentía cómo me abría más. El dolor seguía ahí, pero poco a poco empezó a cambiar. Ya no era ese dolor agudo y cortante del principio. Se volvió más sordo, más caliente. Y entre medio de ese dolor, empezó a aparecer otra sensación.
Un calor. Una presión placentera que me recorría desde el vientre hasta las piernas.
Raúl notó el cambio. Vio que mis quejidos ya no eran solo de dolor. Vio que mis manos ya no agarraban las sábanas con tanta fuerza y que mis caderas empezaban a moverse un poco, buscando su verga. Entonces empezó a aumentar la intensidad.
Empezó a meterla más profundo y a sacar menos. El vaivén se volvió más largo, más constante. Cada vez que entraba hasta el fondo, yo sentía cómo me llenaba por completo. El dolor seguía presente, pero ya no era lo único que sentía. Ahora había placer. Un placer intenso, caliente, que me hacía arquear la espalda y gemir contra su boca.
Raúl se dio cuenta y sonrió con satisfacción.
—Ahí está… —gruñó mientras me follaba más fuerte—. Ya te está gustando, mi nenita. Mirá cómo te gusta que te cojan.
Yo no contestaba. Solo gemía. Las lágrimas seguían cayendo por mis sienes, pero ya no lloraba de dolor. Lloraba porque todo era demasiado. Demasiado intenso. Demasiado sucio. Demasiado placentero. Nunca había sentido algo así. Mi cuerpo se movía solo, buscando más, aunque mi mente todavía estaba confundida.
Raúl aumentó más el ritmo. Ya no era lento ni cuidadoso. Empezó a follarme con más fuerza, con más profundidad. Su pelvis golpeaba contra la mía y el sonido húmedo de su verga entrando y saliendo de mi conchita llenaba el cuarto. Me besaba mientras me cogía, metiéndome la lengua hasta el fondo, babeándome la boca.
—Qué rica nenita puta sos —me decía entre gruñidos—. Te estoy rompiendo la conchita en tu cama de princesa… y te está gustando. Mirá cómo te corriste con mi verga adentro.
Yo no podía hablar. Solo gemía y lloraba mientras sentía cómo el placer iba creciendo más y más. El dolor ya casi había desaparecido. Ahora solo quedaba esa sensación caliente, llena, intensa. Cada vez que Raúl me metía la verga hasta el fondo, sentía una oleada de placer que me recorría todo el cuerpo.
Me corrí por primera vez con una verga adentro. Fue fuerte. Me arqueé debajo de él, me temblaron las piernas y solté un gemido largo y ahogado. Mi conchita se contrajo alrededor de su verga y Raúl gruñó con fuerza.
—Así… corréte, mi nenita —me dijo mientras seguía follándome—. Correte con la verga del tío Raúl.
Yo seguía temblando debajo de él cuando él empezó a follarme más rápido. Ya no había nada de cuidado. Me estaba cogiendo como a una adulta. Sus embestidas eran fuertes, profundas y constantes. Mi cama de princesas crujía con cada movimiento. Los ositos de peluche que estaban en el estante me miraban desde todos lados mientras un hombre de 60 años me follaba sin piedad.
Y yo… yo ya no lloraba de dolor.
Lloraba de placer.
Raúl ya no se contenía. Después de varios minutos follándome cada vez más fuerte, su respiración se volvió más agitada y sus embestidas más profundas y erráticas. Me agarraba de las caderas con fuerza mientras me penetraba sin parar. Yo ya no lloraba de dolor. Ahora solo gemía y me arqueaba debajo de él, sintiendo cómo su verga gruesa entraba y salía de mi conchita recién abierta.
—Nena… me voy a correr… —gruñó con voz ronca, casi sin aliento.
Yo no contesté. Solo lo miré a los ojos, con la cara todavía húmeda de lágrimas. Sentía que algo grande estaba por pasar.
Raúl empujó hasta el fondo y se quedó ahí. Su cuerpo se tensó por completo. Un gruñido largo y profundo salió de su garganta mientras se corría. Sentí cómo su verga palpitaba dentro de mí y, de repente, un chorro caliente y espeso empezó a llenarme. Era mucho. Mucho más de lo que imaginé. Ese líquido caliente me inundaba muy profundo, llegando hasta lo más adentro de mi útero. Era espeso, abundante y caliente. Sentía cómo me llenaba por completo, cómo se acumulaba dentro de mí sin poder salir.
Raúl seguía empujando, como si quisiera enterrar su corrida lo más profundo posible. Cada vez que su verga palpitaba, soltaba más semen dentro de mí. Yo sentía todo. Sentía cómo me desbordaba, cómo se escapaba un poco por los bordes de mi conchita y me corría por el culo.
Cuando terminó de correrse, se quedó quieto encima de mí. Su cuerpo pesado me aplastaba contra la cama. Su verga todavía estaba adentro, suave pero todavía gruesa, manteniendo todo su semen dentro de mí. Yo seguía temblando. No solo por el orgasmo que acababa de tener, sino porque sentía algo muy profundo: ya no era virgen. Un hombre me había llenado con su leche. Y yo lo había permitido.
Raúl se quedó abrazado a mí. No se salió. Se quedó ahí, con su cuerpo sudado pegado al mío, besándome la cara, el cuello y los labios con besos lentos y suaves. Eran besos diferentes a los de antes. Ya no eran tan agresivos ni tan sucios. Eran besos de agradecimiento.
—Gracias, mi nenita… —me susurraba entre beso y beso—. Gracias por darme tu florcita… gracias por dejármela romper… sos mía ahora.
Yo no sabía qué decir. Solo lo abrazaba también, con mis brazos delgados alrededor de su cuello ancho. Sentía su semen caliente dentro de mí, moviéndose cada vez que respirábamos. Me sentía llena. Sucia. Usada. Pero también abrazada. Protegida de una forma rara y retorcida.
Raúl me besaba la frente, las mejillas, los labios. Me hablaba bajito, con voz ronca pero tierna:
—Sos una nenita muy buena… me diste lo más valioso que tenías… tu conchita virgen… y ahora es mía.
Yo seguía llorando, pero ya no era solo de dolor. Era una mezcla de todo: dolor, placer, vergüenza, excitación y una sensación extraña de pertenencia. Raúl me había desvirgado en mi propia cama de princesas, entre mis ositos de peluche, y ahora me abrazaba como si yo fuera algo preciado para él.
Nos quedamos así un largo rato. Él encima de mí, su verga todavía dentro de mi conchita recién follada, su semen caliente llenándome por dentro. Me besaba despacio, con cariño, como si quisiera agradecerme de verdad por lo que le había dado.
En ese momento, con su cuerpo pesado sobre el mío y su semen goteando lentamente de mi conchita, supe que nada volvería a ser igual.
Ya no era la misma nena que se masturbaba en secreto con verduras.
Ahora era la nena que había entregado su virginidad a un indigente de 60 años en su propia cama.
Y aunque me dolía el cuerpo… aunque me sentía sucia… aunque sabía que esto era muy grave… también sentía que algo dentro de mí se había abierto para siempre.
Raúl me besó una vez más, suave y profundo, y me susurró contra los labios:
—Gracias, mi nenita… gracias por ser mía.
Raúl se quedó un rato más encima de mí, besándome despacio y susurrándome cosas sucias al oído. Después se levantó con dificultad, se limpió un poco con una de mis medias y empezó a vestirse. Yo me quedé acostada en la cama, con las piernas abiertas y su semen goteando de mi conchita recién desvirgada. No me moví. Solo lo miré mientras se ponía la ropa sucia.
Cuando terminó de vestirse, se acercó a la cama y me miró. Me sonrió de esa forma torcida que ya empezaba a conocer.
—Tengo que irme, nena —me dijo—. Antes de que lleguen tus viejos.
Yo asentí en silencio. Me levanté de la cama con dificultad. Me dolía entre las piernas. Me puse la remerita del pijama y el shortcito. Raúl me miró todo el tiempo mientras me vestía. Cuando estuve lista, me agarró de la nuca y me dio un beso sucio de despedida. Me metió la lengua hasta el fondo, babeándome la boca otra vez. Yo se la chupé un poco antes de separarme.
—Hasta mañana, mi nenita —me dijo antes de irse.
Lo acompañé hasta la puerta. Antes de abrir, me dio otro beso rápido y salió. Yo cerré la puerta con llave y me quedé parada en el pasillo un buen rato, sin saber qué hacer. Sentía su semen todavía dentro de mí, caliente y espeso, bajando poco a poco por mis muslos.
Esa noche no pude dormir bien. Me quedé despierta hasta muy tarde, tocándome suavemente mientras recordaba todo lo que había pasado. Algo había cambiado en mi vida. Ya no era la misma. Ya no era esa nena que solo se masturbaba con verduras en secreto. Ahora era una nena que había invitado a un hombre grande y sucio a su casa para que la desvirgara en su propia cama. Y lo peor era que me gustaba. Me gustaba haberme sentido así de sucia. Me gustaba haberle entregado mi virginidad a Raúl.
Los días siguientes fueron raros. No me animaba a volver al callejón. Tenía miedo de que alguien nos hubiera visto entrar a mi casa. Tenía miedo de que mis padres sospecharan algo. Pero sobre todo, tenía miedo de lo que sentía. Sabía que si volvía a verlo, probablemente querría volver a hacerlo. Y yo… yo también lo quería.
Pasaron casi dos semanas sin que fuera a buscarlo. Pero la necesidad era más fuerte. Un día, después de salir de la escuela, di un rodeo y pasé por la misma calle de siempre. Ahí estaba. Raúl, apoyado en su carrito de basura, como si me hubiera estado esperando.
Cuando me vio, se le iluminó la cara. Se puso feliz de verdad. Me sonrió con esa sonrisa torcida y se acercó.
—Pensé que ya no ibas a volver, nena —me dijo.
Yo me quedé callada un segundo, mirando al piso. Después levanté la vista y le hablé bajito:
—Quiero que vuelvas a visitarme en mi casa… si querés.
Raúl abrió los ojos un poco más. Se le notó la sorpresa y la excitación.
—¿De verdad? —preguntó.
Yo asentí.
—Sí. Mañana a las 2 de la tarde. Mis papás se van a trabajar y la casa va a estar sola. Podés venir a la misma hora de la otra vez.
Raúl sonrió de oreja a oreja. Se le notaba lo feliz que estaba.
—Ahí voy a estar, mi nenita —dijo con voz ronca—. No te voy a fallar.
Yo le di un papelito con la dirección otra vez, aunque ya la sabía, y me fui rápido antes de que alguien nos viera. Mientras caminaba de regreso a mi casa, sentía que me temblaban las piernas. Sabía lo que iba a pasar al día siguiente. Sabía que Raúl iba a volver a mi casa. Sabía que me iba a follar otra vez.
Y lo peor de todo era que no podía esperar.
Esa noche me masturbé pensando en él. Me metí los deditos en el anito y me corrí varias veces imaginando cómo sería esta vez. Ya no tenía miedo como la primera. Ahora tenía ganas. Muchas ganas.
Al día siguiente, cuando mis papás se fueron a trabajar, me duché, me puse el mismo pijama de ositos y esperé. A las 2 en punto exacto tocaron el timbre.
Esta vez no dudé.
Abrí la puerta.
Abrí la puerta y Raúl entró sin decir nada. Apenas cerré con llave, él me agarró de la cintura con sus manos grandes y me empujó contra la puerta. Me estampó un beso intenso, profundo y lleno de deseo. Esta vez yo no dudé. Le correspondí con mucho amor. Le rodeé el cuello con mis brazos delgados y le devolví el beso con ganas. Nuestras lenguas se enredaron de inmediato. Fue un beso sucio, morboso y lujurioso. Él babeaba mucho y yo tragaba su saliva sin asco. Me gustaba. Me gustaba sentir su lengua gruesa dentro de mi boca, su sabor fuerte y su forma agresiva de besarme.
Nos besamos así durante varios minutos, pegados contra la puerta de entrada. Sus manos grandes me recorrían el cuerpo por encima del pijama de ositos. Me apretaba las nalgas, me subía la remerita y me tocaba las tetitas que apenas empezaban a crecer. Yo gemía bajito contra su boca mientras lo besaba.
Después de un rato, Raúl me separó un poco y me miró con esa sonrisa torcida.
—Vamos arriba, nena —me dijo con voz ronca.
Me tomó de la mano y subimos las escaleras. Entramos a mi habitación y cerró la puerta detrás de nosotros. Apenas estuvimos adentro, me empujó suavemente hacia la cama. Me hizo sentar en el borde y se quedó de pie frente a mí. Sin decir nada, se bajó los pantalones y sacó su verga. Ya estaba dura. Gruesa, venosa y con ese olor fuerte que ya empezaba a resultarme familiar.
Me miró y me ordenó:
—Chupámela un poco primero.
Yo me arrodillé en el piso, frente a él. Esta vez no sentí tanto asco como la primera. Abrí la boca y empecé a chupársela. Usé las dos manos porque era muy gruesa. La lamí despacio al principio, después empecé a chupar con más ganas. Raúl me agarró de la cabeza y me folló la boca con movimientos lentos pero profundos. Me decía cosas sucias mientras yo se la chupaba:
—Así, mi nenita… chupale bien la verga al tío Raúl… qué rica boquita tenés…
Después de un rato me hizo parar. Me levantó, me sacó el pijama y me dejó completamente desnuda. Me acostó en la cama, me abrió las piernas y se puso entre ellas. Frotó su verga contra mi conchita, que ya estaba muy mojada. Me miró a los ojos y me preguntó:
—¿Querés que te la meta otra vez, nena?
Yo asentí sin dudar.
—Sí… —susurré.
Raúl escupió en su mano, se untó la verga y empezó a empujar. Esta vez entró más fácil que la primera. Todavía me dolió un poco al principio, pero fue mucho menos que la vez anterior. Cuando estuvo todo adentro, se quedó quieto un momento, besándome la boca con suavidad. Después empezó a moverse.
Esta vez no fue tan brusco como la primera. Empezó lento, con un vaivén constante y profundo. Me besaba mientras me follaba. Me lamía los pezones, me mordía el cuello y me decía cosas sucias al oído:
—Qué rica nenita puta sos… tu conchita ya me extraña… mirá cómo te gusta que te cojan…
Yo gemía debajo de él. El dolor fue desapareciendo poco a poco y empezó a aparecer el placer. Cada vez que él me metía la verga hasta el fondo, sentía una oleada de calor que me recorría todo el cuerpo. Me corrí dos veces antes de que él terminara. La primera vez fue suave, casi sin darme cuenta. La segunda fue más fuerte. Me arqueé debajo de él y solté un gemido largo mientras mi conchita se contraía alrededor de su verga.
Raúl me folló durante un buen rato más. Cuando sintió que se iba a correr, me agarró de las caderas con fuerza y empujó hasta el fondo. Se corrió adentro de mí otra vez. Sentí cómo su semen caliente me llenaba por segunda vez. Era mucho. Me corría por los costados y me manchaba las sábanas de princesas.
Cuando terminó, se quedó un rato encima de mí, besándome despacio. Después se levantó, se vistió y me dio un último beso sucio antes de irse.
—Nos vemos la próxima semana, mi nenita —me dijo antes de salir.
Yo me quedé sola en la cama, desnuda, con su semen goteando de mi conchita y las sábanas revueltas. Me toqué suavemente mientras pensaba en todo lo que había pasado. Ya no sentía tanto dolor como la primera vez. Ahora solo sentía una sensación de vacío y de necesidad. Quería que volviera. Quería que me volviera a follar.
Algo había cambiado en mí para siempre.

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!