Paco y la vida con su madre 7 – El ganbang de Monica cuando era una preadolecente
Mónica le cuenta a su hijo (Paco), como tubo su primer gangbang con 8 hombres viejos y sucios. A su corta edad de 11 años..
El jueves llegó más rápido de lo que Mónica esperaba. Durante todo el día en la escuela estuvo completamente distraída. No podía prestar atención en clase. Su mente estaba en otro lado. Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba lo que le esperaba esa noche. Varias veces sus compañeras le preguntaron si estaba bien, porque tenía la mirada perdida. Ella solo respondía que estaba cansada.
Cuando llegó a su casa, cenó con sus padres como siempre, tratando de actuar con normalidad. Después dijo que estaba muy cansada y que se iba a dormir temprano. Subió a su cuarto, cerró la puerta y se cambió. Se puso su pijama infantil favorito: uno blanco con corazones rosados y celestes, corto y ajustado. Debajo se colocó una bombachita celeste clara. Se miró en el espejo. Se veía exactamente como una nena. Pequeña, inocente y muy tierna. Sabía que a los hombres les iba a gustar.
Apagó la luz y se metió en la cama. Fingió dormir por un rato, pero estaba completamente despierta. Escuchaba cada sonido de la casa. Oyó a sus padres hablar un rato en el living, después subir a su habitación y cerrar la puerta. Esperó. Cada minuto le parecía una hora.
A las 11:50 se levantó en silencio. Se puso una campera liviana por encima del pijama y se calzó las zapatillas. Abrió la ventana de su cuarto con mucho cuidado. El frío de la noche le golpeó la cara. Miró hacia abajo. No era muy alto, pero igual le dio miedo. Respiró hondo, se sentó en el marco de la ventana y se bajó despacio. Cayó al suelo del patio con un ruido suave. Se quedó quieta un segundo, escuchando si alguien se había despertado. Nada.
Corrió hasta la esquina de su casa, tal como habían acordado.
Ahí estaban ellos.
Raúl y Norberto la esperaban dentro de una furgoneta muy vieja, prestada por alguien. El vehículo estaba sucio, oxidado y olía a humedad. Cuando Mónica se acercó, los dos hombres la miraron desde adentro. Al verla con el pijama de corazones, las zapatillas y la cara de sueño, se les iluminaron los ojos. Se notaba claramente lo mucho que les excitaba verla así: vestida como una nena, escapándose de su casa en plena noche.
Raúl abrió la puerta lateral de la furgoneta.
—Subí rápido, mi nenita —le dijo en voz baja.
Mónica subió. Estaba asustada, pero también muy excitada. Su corazón le latía con fuerza. Apenas se sentó en el asiento trasero, Norberto se dio vuelta desde el asiento del acompañante y la miró de arriba abajo. Sonrió.
—Mirá cómo viene vestida… —dijo con voz ronca—. Con su pijamita de corazones y todo. Pareces una nena que se escapó de su casa.
Raúl arrancó el motor. La furgoneta hizo un ruido feo y viejo, pero arrancó. Empezaron a moverse por las calles tranquilas del barrio. Mónica se quedó callada en el asiento de atrás, con las manos sobre su regazo. Sentía cómo los dos hombres la miraban de reojo. Sabía que su pijama infantil los estaba poniendo cachondos.
Norberto volvió a hablar mientras miraban por la ventana:
—Esta noche vas a conocer a varios más, nena. Todos te están esperando. Algunos hace años que no tocan a una mujer… imaginate lo que van a sentir cuando te vean llegar vestida así.
Mónica tragó saliva, pero no contestó. Seguía mirando por la ventana, viendo cómo las luces de su barrio quedaban atrás. La furgoneta se dirigía hacia el centro de la ciudad, hacia zonas más abandonadas y oscuras.
Raúl la miró por el espejo retrovisor y le sonrió.
—Tranquila, mi nenita. Nosotros vamos a estar ahí. Nadie te va a hacer daño. Pero esta noche vas a tener muchas vergas… muchas más de las que estás acostumbrada.
Mónica sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Una mezcla de miedo y excitación muy fuerte. Sabía que ya no había vuelta atrás. Estaba dentro de esa furgoneta vieja, vestida con su pijama de corazones, siendo llevada a una casa abandonada donde varios hombres la esperaban.
Y aunque le daba miedo… su bombachita celeste ya estaba un poco húmeda.
La furgoneta siguió avanzando por las calles oscuras de la ciudad, llevándola hacia lo desconocido.
Mónica iba sentada en el asiento trasero de la vieja furgoneta, mirando por la ventana cómo las luces de la ciudad se iban quedando atrás. Tenía solo 11 años y estaba a punto de vivir su primera orgía. Su primer gangbang. La idea le daba mucho miedo… pero también una excitación que le hacía temblar las piernas.
Raúl y Norberto no paraban de hablarle durante el viaje. Le decían lo que la esperaba, le contaban que había varios hombres esperándola, que llevaban mucho tiempo sin tocar a una mujer. Cada palabra que decían le ponía la piel de gallina.
Finalmente, la furgoneta se detuvo frente a una casa vieja y abandonada en las afueras de la ciudad. Estaba oscura, con las ventanas rotas y la pintura descascarada. El lugar parecía un cascarón vacío.
Mónica tragó saliva. Estaba asustada.
Bajaron de la furgoneta. Raúl y Norberto caminaron a su lado. Ella iba en medio de los dos, vestida con su pijama de corazones, las zapatillas y la bombachita celeste. Cuando entraron por la puerta principal, la luz tenue de algunas velas y linternas iluminó el interior.
Dentro había ocho hombres en total.
Raúl y Norberto ya los conocía. Pero había seis más. Todos ancianos, todos sucios, todos con ropa vieja y maltrecha. Algunos estaban sentados en sillas rotas, otros parados contra las paredes. Cuando vieron entrar a Mónica, todos reaccionaron al mismo tiempo.
Un murmullo de emoción recorrió la habitación. Algunos sonrieron mostrando dientes descuidados, otros se pusieron de pie rápidamente. Uno de ellos incluso aplaudió.
—Miren qué linda nena trajeron… —dijo uno con voz ronca.
—Qué suerte que tenemos esta noche… —dijo otro.
Todos se acercaron. Rodearon a Mónica sin llegar a tocarla todavía, pero mirándola con hambre. Ella se quedó quieta en el medio, rodeada de cuerpos grandes, viejos y malolientes. El olor a sudor, a ropa sucia y a hombre viejo era muy fuerte.
Raúl le puso una mano en el hombro y le habló con voz calmada pero firme:
—Dale, mi nenita. Date una vueltita. Mostrales cómo venís vestida.
Mónica dudó un segundo, pero terminó obedeciendo. Se dio una vuelta lenta sobre sí misma, con los brazos un poco separados. El pijama de corazones se le ajustaba al cuerpo pequeño. Cuando terminó de girar, todos los hombres la miraron con cara de satisfacción.
—Qué linda… —dijo uno.
—Miren qué cuerpito tiene… tan chiquito, tan blanco —dijo otro.
—Parece de verdad una nena… —comentó un tercero, casi babeando.
Mónica se rio bajito, nerviosa. Le daba vergüenza que la miraran así, pero también le gustaba. Le gustaba sentir que todos la deseaban.
Norberto se acercó un paso y le habló con voz más amable:
—Presentate, nena. Deciles cómo te llamás y cuántos años tenés.
Todos se quedaron en silencio, esperando. Mónica miró alrededor. Ocho pares de ojos la observaban con atención. Tragó saliva y, con su voz más infantil y tímida, habló:
—Hola… me llamo Mónica. Tengo 11 años.
Un nuevo murmullo de excitación recorrió el grupo. Varios hombres se miraron entre sí y sonrieron con malicia. Uno de ellos, un hombre flaco y con barba larga, habló sin poder contenerse:
—Once años… qué rica nenita nos trajeron.
Raúl sonrió con orgullo y le dio una palmadita en la espalda a Mónica.
—Esta es mi nenita —dijo—. Y esta noche es de todos ustedes. Pero con respeto. Nadie le va a hacer daño.
Los hombres asintieron, aunque se les notaba la impaciencia en la cara. Seguían mirando a Mónica como si fuera un postre que estaban a punto de devorar.
Norberto se acercó más a ella y le preguntó bajito:
—¿Estás nerviosa?
Mónica asintió.
—Sí… un poco.
Norberto le sonrió.
—Tranquila. Nosotros vamos a estar acá. Y vos… vas a pasar una noche que nunca vas a olvidar.
Mónica miró alrededor otra vez. Ocho hombres. Todos ancianos. Todos sucios. Todos mirándola con deseo. Y ella, con su pijama de corazones y solo 11 años, parada en el medio de todos ellos.
Estaba asustada.
Pero también estaba muy excitada.
Y sabía que ya no había vuelta atrás.
Todos se movieron hacia lo que parecía haber sido el living de la casa vieja. Había algunas sillas rotas, un sillón viejo y mugriento, y varias velas y linternas encendidas que daban una luz tenue y amarillenta. El olor a humedad, a ropa sucia y a hombre viejo era muy fuerte en el ambiente.
Mónica se quedó parada en el medio de la sala, rodeada de los ocho hombres. Se sentía muy pequeña. Raúl se acercó a ella y le habló con voz calmada pero con una sonrisa picara:
—Mi nenita… ¿por qué no les das un besito a cada uno primero? Para presentarte bien. Uno por uno.
Mónica se puso roja. Miró alrededor. Todos los hombres la observaban con atención, esperando. Tragó saliva y asintió bajito. Estaba nerviosa, pero también sentía que le gustaba la idea de tener que saludarlos de esa forma.
Empezó por el primero que tenía más cerca. Era un hombre flaco, de unos 60 años, con barba entrecana y ojos hundidos. Se llamaba Braulio.
Mónica se puso de puntitas y se acercó para darle un beso en la mejilla, como un saludo tímido. Pero apenas su cara se acercó, Braulio la agarró fuerte de la cintura con sus manos grandes y ásperas. La atrajo hacia él de golpe y le estampó un beso profundo, con lengua.
Mónica se sorprendió. Abrió los ojos de golpe. No esperaba algo tan intenso de inmediato. Braulio le metió la lengua hasta el fondo de la boca sin ningún tipo de delicadeza. La besó con fuerza, babeando mucho, moviendo la lengua de forma sucia. Mónica se quedó rígida por un segundo… pero después se dejó llevar. Cerró los ojos y le correspondió el beso, aunque le costaba seguirle el ritmo.
Los demás hombres soltaron una carcajada.
—¡Miren cómo lo besa el viejo Braulio! —dijo uno riendo.
—Esa nena ya sabe lo que tiene que hacer —comentó otro.
Braulio siguió besándola un buen rato. Le apretaba la cintura con fuerza y le metía la lengua sin parar. Cuando finalmente la soltó, Mónica tenía la cara roja y la respiración agitada. Un hilo de saliva quedó unido entre sus labios.
Raúl se rio desde atrás.
—Así se saluda, mi nenita. Seguí.
Mónica, todavía un poco aturdida, pasó al siguiente. Este era más bajo y más gordo, con la cara llena de arrugas. Ella se acercó otra vez de puntitas para darle un beso. Esta vez el hombre no fue tan agresivo como Braulio, pero igual le metió la lengua y la besó de forma húmeda y sucia. Mónica le correspondió, aunque ya tenía la cara brillante de saliva.
Uno por uno fue saludando a todos.
Con cada beso, los hombres se ponían más confiados. Algunos la agarraban de la cintura, otros le apretaban las nalgas por encima del pijama, otro le metía la mano por debajo de la remerita para tocarle la espalda. Todos los besos eran profundos, con lengua y mucha saliva. Mónica iba de uno a otro, poniéndose de puntitas cada vez, besando bocas grandes, ásperas y con mal aliento.
Cuando llegó al último, ya tenía la cara completamente mojada. La saliva le corría por la barbilla y le manchaba el cuello del pijama. Estaba nerviosa, pero también sentía un calor muy fuerte entre las piernas.
Raúl se acercó a ella por detrás y le habló al oído, satisfecho:
—Buena nena… los saludaste a todos como corresponde. Ahora sí pueden empezar a conocerte de verdad.
Los ocho hombres la rodearon. Mónica estaba en el centro, pequeña, vestida con su pijama de corazones y con la cara brillante de saliva. Todos la miraban con hambre.
Norberto se rio y le dijo:
—Ahora sí, mi nenita… ahora empieza la fiesta de verdad.
Mónica miró alrededor. Ocho hombres. Todos ancianos. Todos sucios. Todos deseándola.
Y ella, en el medio, con el pijama puesto y el corazón latiéndole muy fuerte.
Estaba asustada.
Pero también estaba más excitada que nunca.
Mónica estaba parada en el medio de la sala, rodeada por los ocho hombres. Apenas Norberto terminó de hablar, todos se acercaron más. Las manos empezaron a tocarla casi al mismo tiempo.
Eran dieciséis manos grandes, ásperas y callosas recorriendo su cuerpo. Algunas le acariciaban los brazos, otras le apretaban las nalgas por encima del pijama, varias le subían la remerita para tocarle la piel de la espalda y la panza. Dos manos diferentes le apretaban las tetitas por encima de la tela. Otra mano se metió entre sus piernas y le rozó la concha por encima de la bombachita.
Mónica soltó un gemido bajito. No sabía a quién mirar. Cada vez que intentaba girar la cabeza, otra mano la tocaba en algún lugar diferente. Era abrumador. Nunca había sentido tantas manos sobre su cuerpo al mismo tiempo.
Los hombres se ponían más atrevidos con cada segundo. Le subían el pijama más arriba, le bajaban la bombachita un poco, le tocaban la piel directamente. Alguien le metió la mano por detrás y le acarició el culo desnudo. Otro le pellizcó un pezón por encima de la tela. Mónica temblaba entre ellos, nerviosa pero también muy excitada.
Raúl se rio y le habló al oído:
—Relajate, mi nenita… dejate tocar. Hoy sos de todos.
Poco a poco, entre todas esas manos, le fueron quitando la ropa. Primero le sacaron la remerita del pijama. Sus tetitas planas quedaron expuestas. Varios hombres se inclinaron inmediatamente para chupárselas. Lenguas grandes y ásperas le lamieron los pezones mientras otras manos seguían tocándola por todos lados.
Después le bajaron el short del pijama junto con la bombachita celeste. Mónica quedó completamente desnuda en medio de los ocho hombres. Su piel blanca y suave contrastaba fuertemente con los cuerpos grandes, peludos y sucios que la rodeaban.
En cuanto estuvo desnuda, las bocas y las lenguas empezaron a atacarla por todos lados.
Dos hombres se arrodillaron frente a ella y le abrieron las piernas. Uno le pasó la lengua por la concha mientras el otro le lamía el ano. Mónica soltó un gemido fuerte y se agarró de los hombros de uno de ellos para no caerse. Sentía dos lenguas trabajando entre sus piernas al mismo tiempo: una lamiéndole la concha y otra metiéndose en su culo.
Otro hombre se puso detrás de ella y le besó el cuello, bajando después hasta lamerle la espalda. Dos más le chupaban las tetitas. Otro le besaba la boca de forma sucia, metiéndole la lengua hasta el fondo.
Mónica estaba completamente rodeada. Ocho hombres ancianos contra una nena sola. Lenguas, manos y bocas por todas partes. Le lamían los muslos, el culo, la concha, las tetitas, el cuello, la boca. Cada vez que intentaba moverse, otra mano o otra lengua la detenía.
El olor a sudor y a hombre viejo era muy fuerte. El sonido de lenguas chupando y manos acariciando llenaba la sala. Mónica gemía sin parar. Nunca había sentido algo así. Era demasiado. Demasiadas sensaciones al mismo tiempo. Demasiadas manos. Demasiadas lenguas.
Uno de los hombres más viejos, el que se llamaba Braulio, se levantó después de lamerle el culo y le habló con voz ronca:
—Qué rica nenita tenemos esta noche… tan chiquita, tan rica… vamos a comerla toda.
Mónica solo podía gemir. Estaba de pie, rodeada, siendo lamida por todas partes. Sus piernas temblaban. Sentía que en cualquier momento se le iban a doblar.
Raúl, que estaba a su lado, le habló al oído mientras le apretaba una nalga:
—Así, mi nenita… dejate comer. Hoy sos el postre de todos nosotros.
Mónica cerró los ojos y se dejó llevar. Ocho hombres. Dieciséis manos. Varias lenguas recorriéndola sin parar. Su primer gangbang acababa de empezar, y ella estaba completamente en el centro de todo.
La llevaron hasta una habitación del fondo de la casa. Había una cama vieja y grande, con el colchón hundido y las sábanas sucias. Sin decir nada, varios de los hombres la acostaron en el medio de la cama. Mónica quedó boca arriba, completamente desnuda, rodeada de cuerpos grandes y viejos.
Apenas estuvo recostada, empezó todo.
Uno de los hombres más robustos se subió entre sus piernas. Sin perder tiempo, apoyó su verga gruesa contra su concha y empujó. Mónica soltó un gemido cuando sintió cómo la penetraba. Era grande y caliente. El hombre empezó a follarla con movimientos fuertes y constantes desde el primer momento.
Al mismo tiempo, dos hombres se colocaron a los costados de la cama y le agarraron los pies. Le chuparon los dedos uno por uno, babeando mucho. Le lamieron las plantas y los empeines con ganas, como si fueran un caramelo. Mónica sentía sus lenguas ásperas recorriendo sus pies mientras otro hombre la follaba.
Otro hombre se subió a la cama y se arrodilló cerca de su cabeza. Le agarró la cara con una mano y le metió la lengua en la boca. La besó de forma sucia y profunda, babeándole toda la cara mientras le follaban la concha. Mónica gemía contra su boca, sin poder hacer mucho más que dejarse besar.
Y todavía había más.
Mónica tenía una verga en cada mano. Dos hombres se habían colocado a los costados de su cabeza y le habían puesto la verga en la palma. Ella las agarró y empezó a pajearlas, aunque le costaba concentrarse con todo lo que le estaban haciendo al mismo tiempo. Sus manos subían y bajaban de forma torpe, pero los dos hombres parecían disfrutarlo igual.
Estaba completamente ocupada.
Una verga en la concha.
Dos lenguas en sus pies.
Una lengua en su boca.
Dos vergas en sus manos.
Y todavía quedaban otros hombres alrededor de la cama, mirándola. Algunos se tocaban la verga mientras observaban. Otros esperaban su turno, comentando en voz baja lo rica que se veía la nena. El olor a sexo, a sudor y a hombre viejo llenaba toda la habitación.
El hombre que la follaba le agarró las piernas y las abrió más. Empezó a embestirla más fuerte, haciendo que la cama vieja crujiera. Mónica gemía sin parar. Cada vez que él la penetraba hasta el fondo, ella apretaba las vergas que tenía en las manos sin darse cuenta.
Uno de los hombres que le chupaba los pies levantó la cabeza un segundo y le habló con voz ronca:
—Qué rica nenita… mirá cómo te tienen ocupada todos… sos una putita nata.
Otro, el que le metía la lengua en la boca, se separó un momento y le dijo:
—Abrí más la boquita, nena… dejate usar.
Mónica obedeció. Abrió la boca más y el hombre volvió a besarla de forma sucia, metiéndole la lengua hasta el fondo. Al mismo tiempo, el que la follaba aumentó más el ritmo. Las embestidas eran fuertes y profundas. Ella sentía cómo su concha se apretaba alrededor de la verga cada vez que otro hombre le decía algo sucio o le chupaba algún lugar sensible.
Estaba sudada, babeada y completamente rodeada. Sus pies eran chupados sin descanso. Su boca era besada de forma asquerosa. Su concha era follada con fuerza. Y sus manos seguían subiendo y bajando sobre las dos vergas que le habían puesto.
Los hombres que estaban alrededor se masturbaban mientras la miraban. Algunos comentaban en voz baja lo rica que se veía. Otros esperaban pacientemente su turno, sabiendo que después podrían usarla también.
Mónica ya no pensaba. Solo sentía.
Sentía las dieciséis manos.
Sentía las lenguas.
Sentía las vergas.
Sentía las miradas.
Y aunque estaba asustada… también estaba más excitada que nunca en su vida.
Mónica estaba en el medio de la cama, rodeada de cuerpos grandes y viejos. Ocho hombres. Todos para ella sola.
Mientras uno la follaba con embestidas profundas y constantes, y otros le chupaban los pies o le metían la lengua en la boca, una sensación extraña empezó a crecer dentro de ella. No era solo placer físico. Era algo más.
Se sentía como una reina.
Tenía ocho hombres adultos, grandes y sucios, completamente concentrados en su cuerpo pequeño. Todos la tocaban, la lamían, la penetraban, la besaban. Nadie más importaba en ese momento. Ella era el centro de todo. El centro de la habitación. El centro de sus deseos.
Pensó que así se debían sentir las princesas de los cuentos. Rodeadas de hombres que las adoraban, que las besaban, que las tocaban con devoción. Solo que en su caso, los “caballeros” eran ocho indigentes ancianos que la follaban sin piedad. Y aun así, esa sensación de poder la recorría entera.
Los hombres la cambiaron de posición varias veces. Primero la follaron en cuatro, después la pusieron de lado, luego la hicieron sentar encima de uno mientras otro le metía la verga en la boca. Cada vez que la movían, las penetraciones se volvían más profundas, más intensas. Ella gemía y se dejaba llevar, pero en su cabeza no paraba de pensar.
“Mis amiguitas seguro siguen siendo vírgenes… ellas todavía se besan con chicos de su edad y se mueren de vergüenza si alguien las toca. Yo ya estuve con más de ocho hombres en una sola noche. Ellas ni siquiera saben lo que se siente tener dos vergas adentro al mismo tiempo.”
Esa idea le daba un morbo muy fuerte. Se sentía superior. Más grande. Más experimentada. Más mujer que todas sus compañeras del colegio juntas.
También pensó en su mamá.
“Mi mamá seguro nunca estuvo con ocho hombres a la vez… ni siquiera creo que haya estado con dos al mismo tiempo. Yo tengo ocho adentro para mi sola, usándome, follándome, chupándome… soy mucho más puta que ella.”
Ese pensamiento la excitó todavía más. Se sentía como si hubiera superado algo. Como si hubiera cruzado una línea que muy pocas mujeres cruzan, y mucho menos a su edad. Se sentía plena. Completa. Como si este fuera su lugar.
Uno de los hombres le levantó las piernas y empezó a follársela más fuerte, profundo. Otro se subió cerca de su cabeza y le metió la verga en la boca. Mónica chupaba con ganas mientras era penetrada. Sentía cómo su cuerpo era usado por todos lados, y aun así, esa sensación de poder no se iba.
“Yo soy la más experta… la más sucia… la más puta de todas. Ninguna de mis amigas podría hacer esto. Ninguna aguantaría tener ocho hombres encima. Yo sí. Y me gusta.”
Los hombres seguían follándola sin parar. La cambiaban de posición, la movían como querían, le decían cosas sucias. Pero Mónica ya no estaba solo recibiendo. En su mente, se sentía como si estuviera controlando todo. Como si ella fuera el premio. El centro. La elegida.
Cada vez que se corría, esa sensación se volvía más fuerte. Se sentía como una reina siendo adorada por sus súbditos más sucios y más desesperados. Y le gustaba. Le gustaba mucho.
Mientras otro hombre se ponía entre sus piernas y la follaba con fuerza, Mónica cerró los ojos y pensó una última cosa antes de que el placer la volviera a llevar:
“Esta soy yo ahora… la nena que tiene ocho hombres solo para ella. La más puta. La más experta. Y me encanta.”
La noche en la casa vieja fue larga y muy intensa. Mónica fue usada por los ocho hombres durante varias horas, cambiándola de posición constantemente.
Primera escena: Doble penetración + pies
Mónica estaba acostada de espaldas en el medio de la cama. Uno de los hombres más grandes le levantó las piernas y se las puso sobre sus hombros, follándola profundamente por la vagina. Otro hombre se colocó detrás de él y, después de escupirle el ano varias veces, empezó a metérsela por el culo.
Mientras los dos la penetraban al mismo tiempo, dos hombres más se arrodillaron a los costados de la cama y le agarraron los pies. Le chuparon los dedos con mucha saliva, metiéndoselos en la boca y babeándolos sin parar. Mónica gemía sin control. Tenía una verga en la concha, otra en el culo, y cuatro lenguas trabajando en sus pies al mismo tiempo. Cada vez que uno de los hombres le chupaba los dedos con fuerza, ella apretaba más las vergas que la estaban follando.
Segunda escena: Boca + ano + manos
Mónica estaba en cuatro sobre la cama. Un hombre estaba detrás de ella, follándola por el culo con embestidas fuertes y profundas. Otro hombre se arrodilló frente a su cara y le metió la verga en la boca, follándosela sin piedad. Mónica babeaba mucho, con la saliva cayéndole por la barbilla y goteando sobre las sábanas.
Mientras tanto, dos hombres más se colocaron a cada lado de su cuerpo y le pusieron sus vergas en las manos. Ella las pajeaba torpemente mientras era follada por ambos extremos. Otro hombre se acercó por detrás del que la follaba por el culo y empezó a lamerle el ano alrededor de la verga que ya estaba adentro. Mónica temblaba. Tenía la boca llena, el culo abierto, las manos ocupadas y la lengua de otro hombre lamiéndole donde la estaban penetrando.
Tercera escena: Culo sucio + beso asqueroso
Uno de los hombres más viejos se recostó en la cama y Mónica se subió encima de él, de espaldas. Él le metió la verga en el culo y empezó a follarla en esa posición. Mientras la penetraba, otro hombre se paró frente a ella, le agarró la cara con las dos manos y le dio un beso extremadamente sucio. Le escupía en la boca, le chupaba la lengua y la babeaba toda la cara.
Detrás de ellos, un tercer hombre se arrodilló y empezó a lamerle la concha mientras el otro la follaba por el culo. Mónica gemía dentro de la boca del hombre que la besaba. Tenía el ano abierto, la concha siendo lamida y la boca llena de saliva ajena. El hombre que la follaba por detrás le decía cosas sucias al oído:
—Qué rico culo sucio tenés, nena… se te nota que sos una nenita que no se lava bien… me encanta follarte así.
Cuarta escena: Todos al mismo tiempo
Esta fue la escena más intensa de la noche.
Mónica estaba completamente rodeada. Un hombre estaba debajo de ella, follándola por la vagina. Otro estaba detrás, penetrándola por el culo. Un tercero tenía su verga dentro de su boca, follándosela con fuerza. Dos hombres más le habían puesto sus vergas en cada mano para que las pajeara.
Los tres hombres restantes no estaban quietos: uno le chupaba los dedos de los pies con mucha saliva, otro le lamía el ano alrededor de la verga que ya estaba adentro, y el último le chupaba las tetitas mientras le decía cosas sucias al oído.
Mónica estaba completamente ocupada. No podía moverse. Solo podía gemir, chupar, pajear y dejarse follar. Tenía las dos manos ocupadas, la boca llena, la concha y el culo siendo penetrados, y varias lenguas recorriendo su cuerpo. El olor a sexo, sudor y suciedad era tan fuerte que casi podía saborearlo.
En un momento, uno de los hombres que le chupaba los pies levantó la cabeza y le dijo con voz ronca:
—Mirá cómo te tienen, nena… ocho hombres usándote al mismo tiempo. Tus amiguitas ni en sueños podrían hacer esto.
Mónica se corrió con fuerza en ese momento, temblando entre todos ellos.
Escena 5: Doble penetración + pies + beso asqueroso
Mónica estaba acostada de espaldas en el medio de la cama. Un hombre robusto le tenía las piernas abiertas y la follaba por la vagina con embestidas fuertes y profundas. Detrás de él, otro hombre se colocó y empezó a metérsela por el culo.
Mientras los dos la penetraban al mismo tiempo, un tercer hombre se arrodilló al lado de la cama y le agarró los pies. Le chupó los dedos con mucha saliva, metiéndoselos en la boca y babeándolos sin parar. Al mismo tiempo, un cuarto hombre se subió cerca de su cabeza, le agarró la cara y le dio un beso extremadamente sucio. Le escupía en la boca, le chupaba la lengua y la babeaba toda la cara mientras ella era follada por ambos agujeros.
Mónica gemía dentro de la boca del hombre que la besaba, sin poder hacer mucho más que dejarse usar.
Escena 6: Culo sucio + doble penetración + chupada de cuerpo
En esta escena Mónica estaba en cuatro. Un hombre la follaba por el culo con movimientos lentos pero muy profundos. Detrás de él, otro hombre se arrodilló y empezó a lamerle el ano alrededor de la verga que ya estaba adentro, chupando sin ningún asco los restos que quedaban.
Mientras tanto, un tercer hombre se acostó debajo de ella y le metió la verga en la concha. Ahora la tenían en doble penetración otra vez. Dos hombres más se colocaron a los costados y le lamieron todo el cuerpo: uno le chupaba las tetitas planas y el cuello, mientras el otro le lamía la espalda y le mordía la nuca. Mónica temblaba entre todos ellos, sintiendo lenguas por todas partes mientras la follaban por los dos agujeros.
Escena 7: Boca + pies + ano + beso morboso
Mónica estaba acostada de espaldas con las piernas levantadas. Un hombre le follaba la boca con fuerza, metiéndole la verga hasta el fondo de la garganta. Al mismo tiempo, otro hombre se arrodilló entre sus piernas y le lamió el ano con mucha saliva, metiendo la lengua bien adentro.
Dos hombres más se colocaron a cada lado de la cama y le chuparon los pies con ganas, babeándolos completamente. Un quinto hombre se subió cerca de su cabeza y empezó a besarla de forma muy sucia en los momentos en que el otro sacaba la verga de su boca. Le escupía, le chupaba la lengua y la babeaba la cara. Mónica estaba completamente rodeada de lenguas y vergas, sin poder moverse.
Escena 8: Doble penetración + chupada de cuerpo + beso asqueroso
Esta fue una de las escenas más intensas. Mónica estaba sentada encima de un hombre, con su verga dentro de su concha. Otro hombre se colocó detrás y le metió la suya en el culo. La follaban en doble penetración mientras ella estaba atrapada entre los dos cuerpos grandes y sudorosos.
Un tercer hombre se arrodilló frente a ella y le metió la lengua en la boca, besándola de forma muy sucia y babeada. Mientras la besaba, dos hombres más se colocaron a los costados y le lamieron todo el cuerpo: le chupaban las tetitas, el cuello, los brazos y hasta las axilas. Mónica gemía dentro de la boca del hombre que la besaba, completamente rodeada de lenguas y vergas.
Escena 9: Todo al mismo tiempo
Esta fue la escena más completa de la noche.
Mónica estaba en cuatro sobre la cama. Un hombre la follaba por la vagina, otro por el culo, y un tercero le metía la verga en la boca. Mientras la penetraban por los tres agujeros, dos hombres más se arrodillaron a los costados y le chuparon los pies con mucha saliva, metiéndoselos en la boca y babeándolos sin parar.
Otro hombre se colocó debajo de ella y le lamió el ano alrededor de la verga que ya estaba adentro. Los dos hombres restantes se pararon cerca de su cabeza y le restregaron sus vergas por la cara mientras esperaban su turno. Mónica estaba completamente ocupada: tenía verga en la boca, en la concha y en el culo, lenguas en los pies y en el ano, y más vergas rozándole la cara.
Gemía sin parar, babeaba por todos lados y se dejaba usar completamente por los ocho hombres.
Esa noche Mónica fue follada, chupada, lamida y babeada de todas las formas posibles. Los hombres no pararon hasta que estuvieron completamente satisfechos, turnándose una y otra vez para usarla.
Mónica estaba en el medio de la cama, rodeada de ocho hombres. Tenía verga en la boca, otra en la concha y otra en el culo. Dos lenguas le lamían los pies y otra le chupaba las tetitas. Estaba sudada, babeada y completamente usada. Y aun así, se sentía más zorra que nunca en su vida.
Los hombres no paraban de hablarle mientras la follaban. Sus voces roncas y sucias le llegaban desde todos lados, degradándola y adorándola al mismo tiempo.
Uno de ellos, un hombre flaco y con barba larga, le hablaba mientras le chupaba los dedos de los pies:
—Mirá esta nenita… tan chiquita, tan inocente con su carita de niña… y mirá cómo se deja usar. Qué zorra sos, nena. A tu edad tus compañeritas todavía juegan con muñecas y se mueren de vergüenza si alguien les toca la mano… y vos estás acá, con tres vergas adentro al mismo tiempo.
Otro hombre, el que la follaba por detrás, le dio una nalgada fuerte y le habló con voz gruñona:
—Es verdad… miren cómo se mueve esta putita. Se la metemos por todos lados y ni siquiera se queja. Al contrario, se corre. Qué degenerada sos, mi nenita. Tus amiguitas del colegio todavía sueñan con su primer beso… y vos ya estás siendo follada por ocho hombres grandes y sucios. ¿Qué dirían si te vieran ahora?
Mónica gemía con la boca llena. Las palabras le daban mucha vergüenza, pero al mismo tiempo le provocaban un placer muy profundo. Se sentía expuesta, degradada… pero también adorada. Todos esos hombres estaban completamente concentrados en ella. En su cuerpo. En su placer. En usarla. Y eso le gustaba.
Un tercer hombre se inclinó cerca de su cara mientras otro le follaba la boca y le habló con tono burlón:
—Qué rica nenita puta tenemos esta noche… tan joven, tan blanca, tan suave… y ya está más pervertida que muchas mujeres grandes. Miren cómo se deja hacer de todo. Le metemos la lengua en el culo, le chupamos los pies sucios, le follamos la boca… y ella se corre. Qué putita precoz sos, nena. Tus compañeritas ni en sus peores pesadillas se imaginarían algo así.
Otro hombre, que le estaba lamiendo el ano alrededor de la verga que la estaba penetrando, levantó la cabeza un segundo y dijo con voz ronca:
—Es una nena que ya nació para esto. Miren cómo aprieta cuando le decimos lo zorra que es. Le gusta que le digamos que es una degenerada. Le gusta que le recordemos que está haciendo cosas que ninguna niña de su edad debería hacer.
Mónica sentía cómo su cuerpo respondía a cada frase. Cada vez que le decían lo puta que era, su concha y su culo se apretaban más alrededor de las vergas. Cada vez que la comparaban con sus compañeritas inocentes, ella se corría más fuerte.
En su mente, las palabras le daban vueltas:
“Es verdad… mis amiguitas todavía son vírgenes… todavía se besan con chicos tímidos y se mueren de vergüenza… yo estoy acá, siendo usada por ocho hombres sucios y viejos… y me encanta.”
Uno de los hombres que le chupaba los pies le mordió suavemente un dedo y le habló con voz baja y sucia:
—Qué suerte que tenemos nosotros… una nena tan joven y tan pervertida. Tus padres seguro piensan que sos una niña buena y obediente… y mirá dónde estás. Desnuda, sudada, con vergas por todos lados. Qué buena actriz sos, mi nenita. Nadie se imaginaría lo zorra que sos en realidad.
Mónica gemía sin parar. Las lágrimas le corrían por la cara, pero ya no eran de vergüenza pura. Eran de una mezcla muy fuerte entre humillación y placer. Se sentía degradada, usada, comparada, expuesta… y al mismo tiempo se sentía el centro de todo. La más deseada. La más puta. La más especial.
Los hombres seguían follándola y hablándole sin descanso. Le recordaban una y otra vez lo joven que era, lo prohibido que era lo que estaba haciendo, y lo mucho que les gustaba que una nena como ella se dejara usar de esa forma.
Y Mónica… Mónica se sentía cada vez más zorra. Más sucia. Más completa.
Porque aunque la estaban degradando… también la estaban adorando.
Y ella disfrutaba las dos cosas al mismo tiempo.
Los ocho hombres no paraban de hablarle mientras la usaban. Sus voces roncas, sucias y crueles llenaban toda la habitación. Cada vez que uno de ellos la penetraba, la chupaba o la tocaba, le soltaba algún insulto o alguna frase humillante.
La llamaban escuincla y mocosita sin parar.
Mientras uno de los hombres más gordos la follaba por la vagina con embestidas fuertes, le decía entre gruñidos:
—Mirá esta escuincla… tan chiquita, tan blanca… y mirá cómo abre las piernas. Qué mocosita más puta sos. Tus padres te criaron como una niña decente y mirá dónde terminaste: desnuda, sudada y con verga de viejo adentro.
Otro hombre, que le chupaba los pies con mucha saliva, levantó la cabeza un segundo y soltó una risa baja:
—Esta escuincla ya está más rota que muchas mujeres grandes. Miren cómo se deja chupar los piecitos sucios… qué mocosita degenerada. Sus padres seguro piensan que es una niña buena y educada… y mirá cómo se comporta cuando le meten la lengua en el culo.
Mientras la follaban por detrás, otro le hablaba al oído con voz ronca:
—Qué escuincla más sucia tenemos esta noche… se la metemos por todos lados y ni se queja. Al contrario, se corre. Tus padres te criaron mal, nena. Te dejaron crecer como una mocosita pervertida que necesita verga de viejo para sentirse viva.
Mónica gemía con la boca llena. Tenía una verga dentro y otro hombre le metía la lengua hasta el fondo, babeándole toda la cara. Las palabras le daban mucha vergüenza, pero su cuerpo respondía con más intensidad. Cada vez que le decían “escuincla” o “mocosita”, sentía cómo su concha y su culo se apretaban más alrededor de las vergas.
Uno de los hombres más viejos, mientras le lamía el ano alrededor de la verga que la estaba penetrando, levantó la cabeza y habló con tono burlón:
—Miren esta mocosita… se la follamos entre ocho y sigue pidiendo más. Sus padres deben estar muy orgullosos en casa, pensando que su hijita es una niña obediente… y ella acá, siendo usada como una puta barata por un montón de viejos sucios. Qué bien la criaron.
Otro hombre, que le chupaba las tetitas planas, soltó una risa y le mordió un pezón antes de decir:
—Esta escuincla ya está perdida. A su edad todavía debería estar jugando con muñecas o mirando dibujitos… y mirá dónde está. Desnuda, babeada y con verga en la boca. Tus padres te fallaron, nena. Te criaron como una mocosita puta.
Mónica sentía cómo las lágrimas le corrían por la cara. Las palabras le dolían, pero al mismo tiempo le provocaban un placer muy oscuro y muy fuerte. Se sentía degradada, humillada, expuesta… pero también se sentía el centro de todo. Los ocho hombres estaban completamente concentrados en ella, insultándola, usándola y disfrutando de su cuerpo.
Uno de ellos, mientras la follaba por el culo, le dio una nalgada fuerte y le habló con voz gruñona:
—Qué escuincla más barata… se deja hacer de todo. Le metemos la lengua en el ano sucio y se corre. Le metemos dos vergas al mismo tiempo y pide más. Sus padres seguro no saben que criaron a una mocosita tan degenerada como vos.
Otro hombre, que le estaba metiendo la verga en la boca, la sacó un segundo y le escupió en la lengua antes de decir:
—Abrí bien la boquita, mocosita… dejate usar. Tus padres te criaron como una niña decente y mirá cómo terminaste: con verga de viejo hasta el fondo de la garganta. Qué orgullosos estarían si te vieran ahora.
Mónica gemía y lloraba al mismo tiempo. Las lágrimas le corrían por la cara mientras sentía cómo la follaban, la lamían y la tocaban por todos lados. Cada insulto, cada comparación con sus compañeritas inocentes, cada comentario sobre sus padres la hacía sentir más sucia… pero también más excitada.
En su mente, las palabras le daban vueltas una y otra vez:
“Es verdad… soy una escuincla… una mocosita puta… mis padres no saben lo que estoy haciendo… mis amigas ni se imaginarían esto…”
Y cuanto más lo pensaba, más fuerte se corría.
Los hombres seguían follándola y hablándole sin descanso. La llamaban escuincla y mocosita una y otra vez, mientras la usaban de todas las formas posibles. Y Mónica… Mónica se dejaba hacer todo, sintiéndose cada vez más zorra, más degradada y más completa.
Los ocho hombres seguían usándola sin descanso. Ya llevaban cinco horas de sexo sucio y constante. La cama vieja estaba completamente empapada de sudor, saliva y semen. Mónica ya no tenía fuerzas para moverse por sí misma; solo se dejaba poner en las posiciones que ellos querían.
Su ojetito estaba rojo e hinchado. Su vagina también. Tenía las nalgas completamente rojas de tantas nalgadas que le habían dado durante toda la noche. La piel le ardía cada vez que alguno le daba otra palmada. Su boca sabía a semen, verga y saliva de viejo. Tenía el sabor pegado en la lengua y en el paladar. Cada vez que tragaba, lo sentía.
Y ellos no paraban de hablarle.
Mientras uno la follaba por el culo y otro le metía la verga en la boca, uno de los hombres más viejos le dijo con voz ronca y burlona:
—Mirá esta zorrita… no sabe ni limpiarse bien el culo después de cagar y ya está teniendo su primer gangbang. Qué mocosita más degenerada sos.
Otro, que le chupaba los pies, levantó la cabeza y soltó una risa baja:
—Es verdad… miren cómo tiene el ojito rojo esta escuincla. Se lo estamos abriendo entre todos y ni siquiera se queja. Al contrario, se corre. Qué zorrita precoz tenemos acá.
El hombre que la follaba por detrás le dio una nalgada fuerte y le habló mientras seguía metiéndosela:
—Mirá cómo tenés el culo, zorrita… todo rojo de las nalgadas. Y tu conchita también está roja e hinchada. Llevamos cinco horas follándote y todavía pedís más. Tus padres te criaron como una niña decente y mirá cómo terminaste: con ocho vergas usándote toda la noche.
Mónica gemía con la boca llena. Sentía cómo la verga le entraba y salía del culo sin parar. Tenía otra dentro de la boca y dos más en las manos. Las palabras le daban mucha vergüenza, pero su cuerpo respondía igual. Cada vez que le decían “zorrita” se le mojaba más la concha.
Uno de los hombres que estaba esperando su turno se acercó a su cara y le habló mientras le restregaba la verga por la mejilla:
—Mirá esta mocosita… no sabe ni lavarse el culo y ya tiene más experiencia que muchas putas grandes. Llevamos horas follándote y tu boquita sigue sabiendo a semen y a verga de viejo. Qué zorrita más sucia sos.
Otro, que le estaba lamiendo el ano alrededor de la verga que la penetraba, levantó la cabeza y dijo con voz gruñona:
—Es una escuincla que nació para esto. Miren cómo tiene el ojito abierto… rojo, hinchado y lleno de leche. Y su conchita también está roja. Cinco horas de verga y todavía se corre como una puta.
Mónica tenía la cara completamente babeada. La saliva, el semen y las lágrimas se le mezclaban en la piel. Cada vez que le metían la verga en la boca, tragaba sin poder evitarlo. El sabor era fuerte y amargo, pero ya ni siquiera le importaba. Estaba demasiado perdida en el placer y en la humillación.
Uno de los hombres que le chupaba los pies le mordió suavemente un dedo y le habló con tono burlón:
—Qué zorrita más barata tenemos esta noche… se deja follar el culo rojo y la conchita hinchada por ocho viejos sucios. Y encima se corre. Tus amiguitas del colegio ni se imaginarían esto. Ellas todavía juegan con muñecas y vos ya estás siendo usada como un juguete por un montón de ancianos.
Los hombres seguían follándola, cambiándola de posición y turnándose. Cada vez que uno terminaba dentro de ella, otro ocupaba su lugar. Su cuerpo ya no era suyo. Estaba siendo usado, lamido, follado y degradado sin parar.
Y aunque estaba agotada, roja, hinchada y llena de semen… Mónica se sentía más zorrita que nunca.
Porque aunque la estaban humillando y usando sin piedad… también la estaban deseando como nunca antes la habían deseado.
Y eso le gustaba. Le gustaba mucho.
La orgía terminó cerca de las 5 de la mañana. Mónica estaba completamente destruida. Tenía el cuerpo dolorido, los agujeros rojos e hinchados, las nalgas marcadas de tantas nalgadas y la boca con sabor a semen y saliva de viejo. Apenas podía caminar bien.
Raúl la ayudó a vestirse con su pijama de corazones. Estaba tan cansada que casi no hablaba. La subió a la vieja furgoneta y la llevó de regreso a su casa. Durante el camino, Mónica se quedó callada, mirando por la ventana, sintiendo cómo el semen de los ocho hombres seguía escapándose lentamente de su cuerpo.
Cuando llegaron a su barrio, Raúl estacionó a unas cuadras de su casa. La ayudó a bajar y la acompañó hasta la esquina.
—Andá tranquila, mi nenita —le dijo en voz baja—. Entrá por la ventana como siempre.
Mónica asintió. Se acercó a su casa, trepó con dificultad y entró por la ventana de su cuarto. Sus padres seguían dormidos. No se dieron cuenta de nada. Se metió en la cama todavía con el pijama puesto y se quedó dormida casi al instante.

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