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Fetichismo, Gays, Travestis / Transexuales

Secreto de clóset: La novia que Santiago necesitaba. (Parte 3)

El cumpleaños de Santiago.

Continúa el relato…

Pasaron algunos meses y nuestra rutina se consolidó en una doble vida perfecta. De la puerta de mi cuarto hacia afuera, éramos Alejandro y Santiago: los mejores amigos heterosexuales de siempre, compartiendo clases y salidas sin levantar la más mínima sospecha. Pero al cerrarse esa puerta, la realidad cambiaba por completo. Éramos novios.

​Yo seguía siendo un chico serio, de pocas palabras y expresiones contenidas, pero gradualmente comencé a actuar y a sentirme mucho más cómodo en mi papel. En la intimidad, me refería a mí mismo como mujer, y él hacía exactamente lo mismo. Santiago era increíblemente cariñoso; me trataba con una caballerosidad que a veces me desarmaba, me regalaba flores a escondidas y de vez en cuando aparecía con peluches. Era, a todas luces, una relación de pareja real.

​Me tomé mi papel de novia muy en serio. En el fondo, mi mayor motivación era ver a mi amigo feliz y asegurarme de que no volviera a caer en la depresión por los constantes rechazos de las niñas. Como parte de ese compromiso, le practicaba sexo oral prácticamente todos los días. Sin embargo, había una regla estricta que yo había impuesto en mi cabeza: nunca dejaba que él me lo hiciera a mí. En mi mente, la lógica era fría y directa: yo soy la novia, no debería tener pene. Mantener esa barrera física me ayudaba a sostener la fantasía de mi feminidad.

​En esos meses, Santiago empezó a llamar la atención en la escuela. Tenía pegue, y varias compañeras buscaban acercarse a él, aunque él siempre solía fijarse en las chicas incorrectas que terminaban rechazándolo. Un día, mientras jugábamos videojuegos en mi cuarto —yo ya completamente vestido de mujer y con la peluca puesta—, decidí sacar el tema.

​—Oye —le dije, sin apartar la vista de la pantalla—, ¿te gusta Danna? He visto que hablan mucho últimamente.

​Él pausó el juego, me miró con total naturalidad y respondió:

​—No, para nada. Yo ya tengo novia.

​Se refería a mí. Al escucharlo, una sensación muy bonita me inundó el pecho, pero al mismo tiempo mi mente racional chocaba con esa idea. Era raro pensar que me considerara su novia real cuando nuestra relación solo podía existir entre las cuatro paredes de mi habitación. Además, la realidad biológica era innegable.

​—Sabes que soy hombre, ¿verdad?… ¿O ya se te olvidó? —le dije, manteniendo mi tono serio y cortante, aunque en el fondo era mi forma de bromear con él.

​Como éramos mejores amigos, Santiago sabía leerme perfectamente. Sabía que detrás de mi seriedad había una inseguridad latente.

​—Algún día necesitarás encontrar una novia de verdad —añadí, bajando un poco la voz.

​Él simplemente sonrió, me acarició la mejilla y me dijo que eso no le importaba, que su única novia era yo. Sentí tan bonito que decidí dejar de pelear con la realidad por un momento.

​Faltaba solo una semana para su cumpleaños. Como «amigos», nunca le había regalado nada especial, un simple abrazo y algún videojuego, pero ahora que era su «novia», sentía la presión de hacer algo diferente. Quería darle una sorpresa inolvidable.

​Comencé a buscar tutoriales de maquillaje en internet durante mis ratos libres. A escondidas, tomaba prestados el maquillaje de mi hermana y de mi mamá para practicar frente al espejo.

​Cuando llegó el día, me preparé con horas de anticipación. Fui al cuarto de mi mamá y tomé una de sus tangas. Esta vez le sumé una lencería blanca muy delicada que encontré, unas medias blancas que me llegaban hasta los muslos y un vestido corto y entallado. Para completar el atuendo, me puse unos tacones bajitos. Me apliqué el maquillaje tal como había practicado, resaltando mis facciones, y me acomodé la peluca. Al mirarme al espejo de cuerpo entero, el impacto fue real: me veía totalmente femenina. Sentí, con una certeza extraña, que si saliera a la calle así, realmente podría pasar por una mujer.

​A diferencia de las veces anteriores, en las que me cambiaba cuando él ya estaba en el cuarto, esta vez decidí recibirlo así. Cuando Santiago abrió la puerta y me vio, se quedó sin aliento. Su mirada se llenó de una mezcla de devoción y deseo que me hizo temblar.

​No tardamos en abalanzarnos el uno sobre el otro. Nos besamos apasionadamente y empezamos a cachondear como de costumbre. Fui bajando, lista para cumplir con mi rol y chupársela de nuevo, pero esta vez él me detuvo.

​Con esa fuerza que lo caracterizaba, me tomó por la cintura, me cargó y me acostó suavemente sobre el colchón. Sacó su gran miembro del pantalón y se colocó sobre mí, continuando con los besos profundos. Sentía cómo su pene erecto rozaba contra mi pequeña erección, aprisionada bajo la tela de la tanga, con cada movimiento que hacíamos.

​De repente, rompió el beso y me miró a los ojos, agitado.

​—Quiero tratar algo diferente hoy… —murmuró.

​Se apartó un poco hacia abajo y, sin previo aviso, sentí cómo restregaba la punta de su miembro directamente contra mi entrada, rozando mi culo. El pánico me invadió al instante.

​—Noo… —solté, poniendo las manos en su pecho—. Eso ya es ir demasiado lejos, Santiago… Eso sí que no.

​Él no retrocedió. Me miró con esa mezcla de súplica amorosa y terquedad.

​—Anda, Ale… es mi cumpleaños. Y eres mi novia.

​—No… —repetí, aferrándome a mi seriedad, asustado por lo que implicaba cruzar esa última frontera.

​Pero él siguió restregándose suavemente contra mí, besándome el cuello para distraerme. Sentía la presión, la clara intención de querer entrar, pero yo no estaba nada seguro. Mi cuerpo estaba tenso. Hasta que, en uno de esos roces, aprovechando un momento en que bajé la guardia, empujó y la metió.

​—¡Noo! ¡Santiago, ahhh! —grité, ahogando un sollozo. El dolor agudo me partió en dos—. No hagas eso…

​Pero su cuerpo, mucho más grande y fuerte que el mío, ya había comenzado a moverse dentro de mí.

​—Noo… ahhh… —gemía, intentando recuperar el aliento.

​Quería exigirle que parara, quería usar mi voz más seria y cortante para detenerlo, pero el dolor era tan abrumador que me robaba las palabras. Cientos de cosas pasaban por mi cabeza a la vez. Me dolía muchísimo y el instinto me pedía huir, pero entonces la idea que había cultivado durante meses me ancló a las sábanas: estoy jugando a ser su novia. Y los novios hacen esto. Es su cumpleaños.

​El dolor hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas, resbalando por el maquillaje que tanto me había costado aplicar. Sin embargo, con cada metida, la fricción empezó a cambiar. Mi cuerpo, inicialmente rígido como una tabla, comenzó a ceder ante la invasión. Los gemidos de dolor empezaron a mezclarse involuntariamente con sonidos más graves, más arrastrados. Mis pies en tacones se balanceaban al ritmo.

​Santiago empezó a hacerlo más fuerte, marcando un ritmo implacable. Mi pequeño pene erecto, asomando por la tela de la lencería, se movía y rebotaba de arriba a abajo con cada embestida suya, rozando contra su abdomen. La combinación del dolor inicial transformándose en una presión profunda en mi interior, junto con la abrumadora sumisión de estar entregado por completo a él, cortocircuitó mi cerebro.

​Sin que yo lo tocara, sin siquiera darme cuenta de cómo estaba pasando, la sobreestimulación me superó. Comencé a tener un orgasmo intensísimo, temblando de pies a cabeza, y disparé mi semilla, manchando mi abdomen y la piel sudada de Santiago.

​Al sentir mi clímax, él perdió el poco control que le quedaba. Apretó el agarre en mis caderas y comenzó su embestida mucho más rápido y profundo. Unos segundos después, soltó un gruñido ronco y sentí el calor espeso de su cuerpo eyaculando muy dentro de mí.

Cuando su respiración finalmente se niveló, Santiago se separó despacio, me acomodó el vestido  con delicadeza para cubrirme y me abrazó con una fuerza que me hizo sentir completamente protegida. No hubo torpeza ni arrepentimiento en sus ojos; solo el brillo de alguien que estaba profundamente enamorado de la versión que yo le entregaba.

​Nos quedamos abrazados un momento. Después de despedirnos con un beso largo en la puerta, me quité los tacones y la peluca en silencio. El dolor en mi cuerpo me recordaba a cada segundo lo que había pasado. Ya no había dudas en mi cabeza: había aceptado mi rol por completo. Fuera de esa casa Santiago buscaría encajar en el mundo, pero dentro de mi habitación, yo era su única y verdadera novia.

2 Lecturas/20 junio, 2026/0 Comentarios/por Ale1995
Etiquetas: amigos, culo, cumpleaños, hermana, mayor, oral, orgasmo, sexo
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