Sintiéndome mujer en la clandestinidad
No sé exactamente cuándo empezó todo. Solo sé que desde muy pequeño sentía algo distinto en mí. Algo que no podía explicar y que tampoco me atrevía a preguntar..
No sé exactamente cuándo empezó todo. Solo sé que desde muy pequeño sentía algo distinto en mí. Algo que no podía explicar y que tampoco me atrevía a preguntar.
Recuerdo el silencio de mi habitación. Recuerdo esperar a que no hubiera nadie cerca. Recuerdo mis manos temblando la primera vez que tomé la ropa interior de mi hermanita, coloridos, suavecitos, bien acomodados en el closet . No entendía del todo por qué lo hacía, pero cuando me la ponía sentía algo que no sentía en ningún otro momento: calma, y a solas me masturbaba. Una calma profunda. Como si por unos minutos dejara de luchar contra algo invisible.
Después venía el miedo.
Miedo a que me descubrieran. Miedo a que me señalaran. Miedo a confirmar que había algo “mal” en mí. Crecí creyendo que ese secreto era una prueba de que yo no era normal. Y sin embargo, cada vez que lo repetía, también sentía que era lo más honesto que hacía conmigo mismo.
Vivía en esa contradicción constante: alivio y culpa, deseo y vergüenza.
Con el tiempo la necesidad se volvió más fuerte. No desapareció, no fue una etapa pasajera. Era algo que estaba en mí. Me encontré buscando prendas fuera. Entra a una casa y ubicar donde guardaban panties para tomarlos en el cajón o en el tendedero, para luego ir a solar y olerlos, usarlos y masturbarme, tomando decisiones impulsadas por esa urgencia interna que no sabía cómo manejar. Hoy puedo admitir que lo hacía desde la confusión y la soledad. No sabía cómo pedir ayuda. No sabía cómo decir: “No me siento cómodo siendo quien dicen que soy”.
Lo que más me dolía no era el secreto en sí, sino sentir que no tenía permiso para existir tal como me sentía por dentro.
Recuerdo cuando una amiga me regaló algunas prendas: Panties, blusas, short, pijamas, faldas de sus 2 hermosas hijas. Aún puedo sentir la mezcla de emociones de ese momento. Vergüenza. Gratitud. Alivio. Fue la primera vez que alguien se acercó a esa parte de mí sin convertirla en burla o condena. Ese gesto me hizo llorar por dentro. Porque, por primera vez, no estaba completamente solo.
Durante años pensé que todo esto se trataba solo de ropa. Hoy sé que no. Se trata de identidad. De una sensación persistente de que mi interior no coincidía con la imagen que el mundo veía. De una niña —o una mujer.
A veces todavía siento miedo. A veces todavía siento culpa. Pero también empiezo a sentir algo nuevo: compasión por ese niño que solo estaba intentando encontrarse.
Quizás todo este tiempo no estaba haciendo algo “incorrecto”. Quizás estaba intentando sobrevivir siendo lo más honesto que podía conmigo mismo.
Y tal vez, algún día, pueda dejar de escribirlo en secreto. Y, vestirme por completo de mujer y ser seducido y penetrado por una verga.


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