Terapia de Pareja (Historia gay a hetero)
Thomas y Dante llevan años casados, pero el deseo se apagó. En terapia de pareja conocen a Valeria, una mujer que despierta en Thomas una atracción que nunca había sentido. Lo que empieza como un intento por salvar su matrimonio, se convierte en el descubrimiento más confuso y prohibido de su vida..
Terapia de Pareja
(Historia gay a hetero)
(Historia gay a hetero)
Dante y yo llevábamos varios años casados. Nos conocimos en la fiesta de un amigo en común. Desde el primer momento en que nuestros ojos se cruzaron algo hizo clic. Tuvimos citas largas, conversaciones hasta las tres de la mañana, besos torpes y después intensos. Nos hicimos novios. Tiempo después, esposos. Durante un buen rato creí que teníamos la historia perfecta.
Pero el amor, a veces, se desgasta en silencio.
Cada año que pasaba era como si algo se fuera apagando. Los abrazos se volvieron cortos. Las caricias desaparecieron. Los besos de buenos días se convirtieron en un roce rápido de labios, casi automático. En el departamento donde antes había risas ahora solo quedaba un silencio incómodo. A veces sentía que éramos dos desconocidos compartiendo cama y cuenta de luz.
Dante parecía sentir lo mismo. Una noche, mientras estábamos acostados, me abrazó por detrás. Su pecho caliente contra mi espalda. Su voz temblaba un poco.
—Te amo demasiado, mi amor.
Volteé para verlo. Sus ojos estaban húmedos.
—Yo también—le contesté, correspondiendo al abrazo.
—Mañana damos el primer paso para sacar este episodio horrible de nuestro matrimonio.
—Ojalá funcione…
—Vas a ver que sí. Además, ¿cuándo alguno de mis planes ha salido mal? —dijo con ese tono juguetón que tanto me gustaba.
Nos miramos un segundo más. Nos dimos un beso corto. Después nos separamos unos centímetros, como ya se había vuelto costumbre, y nos dormimos con esa distancia incómoda entre los dos.
Al día siguiente estábamos sentados en la recepción del consultorio. El lugar era moderno, con colores apagados y una vibra extraña que no supe definir. Minutos después se abrió la puerta del consultorio y salió ella.
Valeria.
Tenía unos treinta y tantos. Cabello negro corto, blusa roja, falda negra hasta las rodillas y unos lentes delgados que le daban un aire serio pero no frío. Su voz era amable cuando nos preguntó:
—¿Ustedes son Dante y Thomas?
—Sí —respondió Dante—. Yo soy Dante y él es mi esposo, Thomas.
—Mucho gusto. Soy Valeria. Me alegra que hayan confiado en mí. Pasen, por favor.
El consultorio era más amplio de lo que esperaba. Librero enorme, escritorio de madera oscura, plantas bien cuidadas, una alfombra roja y un diván tapizado al fondo. Había dos sillas frente a una más grande.
La primera sesión se me hizo incómoda. No sabía qué palabras usar. Dante, en cambio, habló casi todo el tiempo. Contó nuestra historia desde el principio mientras yo permanecía en silencio a su lado. De reojo veía a Valeria mirarme de vez en cuando y anotar cosas en su cuaderno. Eso me ponía nervioso
Las siguientes sesiones fueron parecidas. Dante hablaba. Yo soltaba una que otra frase. Empezaba a sentir que iba por compromiso. Hasta que un día Valeria cambió las reglas.
—Ha sido una semana interesante —dijo revisando sus notas—. Ya conozco bastante de su relación… lo bueno y lo malo. Pero siento que falta algo necesario.
—¿Qué sería? —preguntó Dante, preocupado.
—Sesiones individuales. Quiero escuchar sus puntos de vista por separado, sin la presión de tener al otro presente.
Nos miramos confusos, pero al final aceptamos.
Valeria decidió empezar conmigo.
Ese día llegué temprano a la recepción. Ya me sabía de memoria cada detalle del lugar. Cuando la puerta se abrió, Valeria salió usando un vestido morado que se pegaba a su cuerpo de una forma que no había notado en las sesiones anteriores.
—Buenos días, Thomas. Me alegra que estés aquí.
—Claro… no iba a faltar a algo que nos cuesta un ojo de la cara —respondí con una risa nerviosa.
Ella también se rió y me invitó a pasar. Esta vez me indicó el diván.
Me acosté. Ella se sentó en la silla frente a mí. Esperaba las preguntas de siempre sobre Dante, sobre las peleas, sobre cuánto lo amaba. Pero la primera pregunta me descolocó por completo.
—Thomas… ¿siempre supiste que te gustaban los hombres?
Me quedé callado un segundo.
—¿Qué?
—Si siempre supiste que te gustaban los hombres.
—Ah… pues sí. Desde siempre. Una vez incluso me enamoré de mi maestro de primaria.
—Entiendo. Entonces nunca estuviste con una mujer. ¿Cierto?
—Para nada. Nunca me llamaron la atención.
—¿En ningún momento? ¿Ni siquiera de adolescente?
—Así es. En ningún momento de mi vida sentí algo por una mujer. Siempre me encantó todo de los hombres.
Valeria asintió lentamente y anotó algo. La sesión continuó con más preguntas sobre mi sexualidad, sobre mis primeras experiencias, sobre lo que me excitaba. Para mi sorpresa, me sentí cómodo. Más cómodo de lo que había estado en meses hablando con Dante.
La siguiente sesión individual fue parecida. Hablamos de cosas personales. De miedos. De lo que me gustaba en la cama. De lo que ya no me gustaba. En ningún momento mencionó a Dante ni el matrimonio. Y, extrañamente, a mí también se me olvidó.
Entre sesión y sesión me encontraba pensando en ella. En su voz. En la forma en que se acomodaba el cabello detrás de la oreja. En cómo se mordía el labio inferior cuando escuchaba con atención. Una noche, mientras Dante dormía a mi lado, me masturbé en silencio pensando en esa imagen. Cuando me corrí, me sentí traidor… y al mismo tiempo más vivo de lo que había estado en mucho tiempo.
En la cuarta sesión individual el aire cambió.
Valeria llevaba una falda más corta y una blusa que dejaba ver un poco más de piel. Se sentó más cerca del diván.
—Hoy quiero que hablemos de deseo —dijo—. Del deseo real. No del que uno cree que debería sentir, sino del que aparece sin permiso.
Tragué saliva.
—¿A qué te refieres?
Ella me miró fijamente.
—A que llevas varias sesiones evitándome la mirada cuando te hago ciertas preguntas. Y a que tu cuerpo se tensa cuando me acerco.
El silencio se volvió pesado.
—No sé qué me está pasando —admití al fin, con la voz más baja de lo normal—. Nunca me había pasado esto… con una mujer.
Valeria se inclinó un poco hacia adelante. Su perfume me llegó claro.
—¿Y qué sientes exactamente?
—Confusión. Culpa. Y… ganas. Unas ganas que no entiendo.
Ella sonrió apenas, sin burla.
—Entonces vamos a explorarlas. Despacio. Sin prisa. ¿Estás de acuerdo?
Asentí, aunque el corazón me latía tan fuerte que pensé que ella podía oírlo.
Valeria se levantó, caminó hasta el diván y se sentó en el borde, muy cerca de mí. Tomó mi mano con suavidad y la colocó sobre su rodilla.
—Si en cualquier momento quieres parar, lo dices. ¿De acuerdo?
—De acuerdo…
Su piel estaba caliente. Guió mi mano más arriba, debajo de la falda. Cuando mis dedos tocaron la tela húmeda de sus bragas, se me escapó el aire.
—Estoy así desde que entraste —susurró.
Deslicé un dedo debajo de la tela. Por primera vez en mi vida toqué un coño. Era suave, caliente, resbaladizo. Completamente distinto a todo lo que conocía. Valeria soltó un suspiro tembloroso cuando encontré su clítoris y lo acaricié con torpeza.
—Más despacio… así, en círculos… sí…
El sonido húmedo de mis dedos moviéndose dentro de ella llenó el consultorio. Mi verga estaba tan dura que me dolía. Valeria lo notó. Desabrochó mi pantalón con calma, sacó mi polla y la envolvió con su mano.
—Nunca pensé que me iba a poner tanto un hombre que solo había estado con hombres —dijo en voz baja, casi para ella misma.
Nos besamos. Fue torpe al principio. No sabía cómo besar a una mujer. Ella me enseñó con paciencia: más abierto, más lento, usando la lengua de otra forma. Mientras nos besábamos, se subió encima de mí, se bajó las bragas y frotó su coño contra mi polla sin meterla todavía. El calor era insoportable.
—Dime que lo quieres —me pidió contra la boca.
—Lo quiero —respondí con la voz rota—. Aunque no entienda una sola mierda… lo quiero.
Se bajó despacio. Su coño me engulló centímetro a centímetro. Abrí la boca sin emitir sonido. Era distinto a un culo. Más elástico, más caliente, con una forma de apretar que no conocía. Cuando estuve completamente dentro, nos quedamos quietos, frente con frente, respirando agitados.
—Muévete… —susurré.
Valeria empezó a cabalgarme con movimientos lentos y profundos. Le levanté la blusa y toqué sus tetas por primera vez. Suaves, pesadas, con pezones duros. Me incliné y le chupé uno. Ella soltó un gemido largo que me vibró en el pecho.
Nos follamos sin prisa al principio, aprendiendo el ritmo del otro. Después la acosté en el diván, me acomodé entre sus piernas y empecé a embestirla con más fuerza. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el cuarto. Valeria me clavaba las uñas en la espalda y me pedía más entre dientes.
—Más profundo… así, Thomas… no pares…
La volteé a cuatro. La imagen de su culo y su coño abiertos me dejó sin palabras. Se la metí de un solo empujón y empecé a cogérmela con ganas, agarrándola de la cintura. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo sin control.
Cuando sentí que me iba a venir, intenté salir. Ella me detuvo.
—Adentro —jadeó—. Quiero sentirte.
Me corrí con un gemido ahogado, enterrándome hasta el fondo mientras la llenaba. Ella se vino poco después, apretándome con fuerza, temblando debajo de mí.
Nos quedamos abrazados en el diván, sudados, sin hablar durante varios minutos. Mi mente estaba en blanco. Acababa de follarme a una mujer… y me había gustado más de lo que estaba preparado para admitir.
Valeria me acarició el pecho con los dedos todavía húmedos.
—Esto no borra lo que sientes por Dante —dijo en voz baja—. Pero tampoco puedes seguir fingiendo que no te pasa nada conmigo.
Cerré los ojos. El olor de ella seguía en mi piel. El sabor de su boca todavía estaba en la mía.
Sabía que tenía razón.
Y por primera vez en mucho tiempo, no tenía ni puta idea de qué iba a hacer con el resto de mi vida.

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