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Fetichismo, Heterosexual, Orgias

Tuve que prostituir a mi hija adolescente para ganar dinero.

Me llamo Rubén y en esta historia cuento uno de los peores momentos de mi vida, en el que me vi obligado a prostituir a mi hija de 17 años en mi propia casa para sobrevivir..

Me llamo Rubén, tengo 43 años y hasta hace unos meses era un tipo feliz. Tenía laburo fijo en una fábrica de plásticos, una casa chica pero propia en un barrio tranquilo, una mujer que me quería y una hija. Se esposa se llamaba Marcela, lastimosamente un cáncer de mierda se la llevó hace cuatro meses, de golpe, sin avisar. Me quedé con la casa vacía, y con Jazmín, que en ese momento tenía dieciséis añitos.

 

Unas semanas después, la fábrica donde trabajaba cerró. Nos pagaron una indemnización que se nos fue en el entierro de Marcela. Y ahí se terminó la joda. Sin laburo, sin obra social, sin esposa, con la nena en el último año del secundario y una heladera que cada vez tenía menos cosas adentro. Empecé a hacer changas: cortar el pasto, pintar rejas, cargar bolsas en el mercado, fletes con el Falcon del Beto, un amigo del barrio. Lo que viniera. Cinco lucas acá, tres lucas allá. Alcanzaba para comer arroz y para pagar el colegio de Jazmín, y nada más.

 

Jazmín salió a la vieja. Morocha, ojos negros, altura promedio, con ese cuerpo que a los diecisiete ya está armado y no sabés cómo hizo. Caderas anchas, culo parado, tetas grandes y firmes, y una cara de nena buena que engaña. Caminaba por la casa en calzas y una remera corta, y yo que la había visto crecer, empecé a mirarla con otros ojos. Con ojos de hombre.

 

La cosa explotó un viernes a la noche. Había ido a lo del Beto, un tipo que siempre anduvo en la noche, en los boliches, en los quilombos. Consumimos asado, vino, fernet, un porro y dos líneas de merca en la mesa de la cocina. Yo estaba para el arrastre, hablando de la miseria, de que no llegaba, de que la Jazmín necesitaba zapatillas nuevas y no tenía un mango.

 

Y el Beto, masticando un chorizo, me tiró una bomba.

 

—Rubén, vos tenés una mina de oro viviendo en tu casa.

—¿A que te referis?

—La Jazmín. Escuchame bien. Es simple. Una noche que la tengas en casa, le sacás unas fotos, las publicás en grupos de WhatsApp de algunos barrios de aca cerca y en un foro medio turbio que te voy a pasar. Pones el precio, pones la dirección, y el que quiere coger, transfiere y va a tu casa. Coge y se va. Vos no gastás nada, no alquilás nada. Plata fácil, hermano.

—¿Y pero, como le digo a ella?

—No le digas nada. Vos publicá y dejá que se entere sola. Que se confunda. A las pibas les gusta que las sorprendan.

 

Y así fue. No fue dificil convencerme. No le dije nada, ni una palabra, ni que le iba a sacar fotos, ni que la iba a publicar, ni que iba a venir gente a casa. Nada.

 

El jueves le saqué unas fotos casi a escondidas, mientras ella tendía la ropa en el patio, de espaldas, y después una en la pieza, con la luz calida del velador, cuando se agachó a buscar algo y se le marcó todo el culo. Las publiqué en tres grupos de WhatsApp de la zona y en el foro. Puse: «Nena de 17, casa de familia, morocha, culona, cinco lucas. Pasan por la dirección, cogen y se van. Sin vueltas.»

 

Llegó el viernes. Jazmín estaba en el sillón, en calzas y una remera larga, mirando el celular, sin saber nada de nada. Yo dejé el portón sin llave, me metí en mi pieza, dejé la puerta entreabierta y me senté en la cama con el corazón en la boca. No le avisé que me iba a esconder. No le avisé nada. A las once y cuarto llegó la primera transferencia. Cinco mil pesos. Un tal Pedro. Le mandé la dirección.

 

Escuché los pasos en la vereda. El portón. Los golpecitos. Y después la voz de Jazmín.

 

—¿Hola?

 

Y una voz de hombre, grave, medio ronca:

 

—Buenas.

—¿Vos sos…? —empezó ella, y no terminó la frase porque el tipo ya había entrado al living.

—Vine por lo del grupo —dijo él, y no explicó más.

 

Ella no sabía de qué grupo le hablaba. No sabía nada. Y el tipo no tenía ganas de explicarle nada.

 

Escuché el cierre del pantalón, el cinturón que cayó al piso. Escuché un «vení» seco. Y después un silencio, después un sonido húmedo, y un gemido de ella que me erizó la piel.

 

Me asomé apenas por la rendija. El tipo la tenía sentada al borde del sillón, con las calzas bajadas hasta los tobillos y las piernas abiertas, y le estaba metiendo los dedos sin preguntar nada. Ella tenía los ojos como platos, la boca abierta, la cara de alguien que no entiende qué carajo está pasando. Se agarraba del brazo del sillón.

 

—Pará, pará, ¿qué hacés? —atinó a decir.

—Dejate —le dijo él, y se escupió la mano para pasarsela por la pija, y después se la metió entera de una.

 

Y Jazmín gritó. Un grito corto, de sorpresa. Porque el tipo se la metió sin preguntar, sin avisar, sin nada. La agarró de las caderas y le empezó a dar fuerte, seco, rápido, y ella se agarraba del sillón, abría la boca y no entendía nada. El tipo ni la miraba, le miraba la concha y le apretaba las tetas por arriba de la remera.

 

La cogió así cinco minutos, en esa posición, sin decir una palabra. Después la dio vuelta, la puso en cuatro patas sobre el sillón, le levantó el culo con las dos manos y se la volvió a meter por atrás, y ella apoyó la cara en el sofa y empezó a gemir de otra manera, más agudo. Y el tipo le dio y le dio, hasta que se corrió adentro, con un gruñido, y se quedó quieto unos segundos. Cuando sacó la pija, se la limpió con la remera de Jazmín, se subió el pantalón, y dijo:

 

—Gracias, pendeja hermosa.

 

Y se fue.

 

Jazmín quedó ahí, tirada en el sillón, con las calzas en los tobillos, la concha abierta y chorreando leche, mirando el techo, sin entender absolutamente nada. Eso fue la primera. Una violación de manual: un tipo entró a su casa, se la cogió sin preguntarle el nombre, y se fue.

 

A los diez minutos llegó el segundo. Otro mensaje, otra transferencia, otro nombre. Mandé la dirección. Y ni siquiera me levanté de la cama.

 

Este era un gordo de unos cincuenta, con olor a transpiración y a colonia barata. Entró, la vio ahí en el sillón, todavía con las calzas en los tobillos, y ni la saludó. Se sacó la camisa, la agarró de la cintura y la puso de cuatro de nuevo, encima del brazo del sillón. Jazmín levantó la cabeza, lo miró.

 

—Che, pará, ¿qué onda? —dijo—. ¿Quién te manda?

—Tu viejo me pasó la dirección —dijo el gordo—. Quedate tranquila.

—¿Mi viejo? ¿Estas loco? —insistió ella, el gordo solo se la metió y ella se calló la boca de golpe.

 

Este la tenía gorda y no muy larga, pero la cogió más fuerte que el primero. La agarró el pelo y le levantó la cabeza, y le dio y le dio, y le pegó una cachetada suave en el culo, ella gritaba cada vez que le entraba, el gordo le decía «así, así, putita», y ella no respondía porque no sabía qué decir. Acabó adentro también. Se limpió, se vistió, y se fue sin decir más que un «chau».

 

Dos tipos en veinte minutos. Ella ya tenía la concha llena, la remera levantada y estirada, tenía la cara roja y el pelo pegado en la frente, transpirada. Y seguía sin entender nada, en shock total.

 

El tercero llegó a los quince minutos. Un pibe joven, de unos veintidós, flaco, con una gorra. Este fue el peor, porque este sí tenía ganas de jugar. Entró, la vio despatarrada en el sillón, se rió, y le dijo:

 

—Uhh, pero ya te cogieron. ¿Sos la de las fotos?

—¿Qué fotos? —dijo ella, con la voz quebrada.

—Las que subió tu viejo. El grupo. La dirección. ¿No sabías?

 

Y ahí, recién ahí, Jazmín empezó a entender algo. Y el pibe, mientras le explicaba, ya le estaba abriendo las piernas nuevamente. Le bajó la calza del todo, se la sacó de los tobillos, y la abrió bien. La miró un segundo, le pasó la lengua por la concha, y ella se estremeció. Después se la metió, y este sí se la cogió con ganas, largo, en varias poses: la puso de costado en el sillón, después la levantó y la cogió parada contra la pared del living, y después la puso en cuatro en el piso, y le dio tan fuerte que el ruido de la carne se escuchaba desde mi pieza. Jazmín lloraba un poco, de confusión, de vergüenza, de todo junto. Le caían las lágrimas en la alfombra. Y el pibe, mientras le daba, le decía:

 

—No llores, nena, que esto recién empieza. Tu viejo te vendió, ¿sabías? Te vendió por cinco lucas, trolita.

 

Ella lloraba y gemía al mismo tiempo, el pibe le acabó en la espalda, se levantó, se vistió, y se fue. Tres. Tres violaciones en cuarenta minutos, sin que ella hubiera dicho que sí a nada. Y ahí, ya en la cuarta, algo cambió.

 

Yo escuchaba todo desde la pieza, con la pija dura como un fierro, manoteándomela como un pendejo, y en un momento me di cuenta de que los gemidos de ella habían cambiado. Ya no eran gemidos de sorpresa ni de miedo. Eran gemidos de otra cosa. Eran gemidos de que le estaba gustando. En la cuarta cogida, ella ya estaba mojada sola, ya se movía sola, ya abría las piernas sola.

 

A la una de la mañana ya no eran cuatro tipos. Eran ocho, diez, no sé. Y eran todos villeros como yo, albañiles con las manos ásperas, un taxista, un verdulero de la esquina, un pibe con la remera de un equipo de fútbol, dos hermanos que se parecían entre sí, todos con la pija parada y cerveza en mano, cervezas que sacaban de mi heladera. La casa era un desastre. Había tipos en el living, en la cocina, en el patio, fumando, esperando turno. Algunos habían pagado. Otros se habían colado, porque vieron la luz prendida y la puerta abierta y se metieron, y nadie les dijo nada. Un pibe del barrio apareció con dos amigos «para ver qué onda», y a los diez minutos los tres estaban haciendo fila.

 

A la Jazmín la tenían por todos lados. La tenían en el sillón, la tenían contra la pared del pasillo, la tenían contra la mesa de la cocina, y le metían la pija en la boca mientras otro le daba por atrás. La tenían en el piso, con dos encima al mismo tiempo, uno en la concha y otro en el culo, y ella lloraba y gemía, no sabía ni siquiera dónde poner las manos.

 

El olor que había en esa casa era un olor de sexo. Olor a concha, a forro, a semen, a transpiración, a perfume barato de todos los colores. Un tipo se sacó las zapatillas y el living empezó a oler peor. Nadie se quejó.

 

En un momento, uno la agarró, la levantó en el aire, la apoyó contra la heladera y se la cogió a upa, con las piernas de ella alrededor de su cintura, ella se agarraba del cuello del tipo y este le comía la boca. Después de un rato de darle en el aire contra la heladera, se separó un poco y otro se le puso atrás, le abrió las nalgas y le escupió el orto, y se la empezó a meter ahí, despacio, y ella gritó, gritó de verdad, un grito que me atravesó la puerta.

 

—Ay, ay, ay, me duele, me duele, despacio—

—Bancátela, putita, que ahora te gusta.

 

Y le gustó. Al minuto ya gemía distinto, y se movía sola contra la pija, el tipo de adelante le apretaba las tetas y se las chupaba.

 

Yo miraba escondido y no podía dejar de tocármela, me miraba los huevos llenos y no podía creer que esa fuera mi hija. En eso, uno de los tipos, un grandote con barba, se dio vuelta para pedir una cerveza y me vio la cara en la rendija.

 

—¡Che! ¡El papá está espiando!

 

Y todos se cagaron de risa.

 

—¡Salí, papá del año, no te escondas! ¡Vení a mirar de cerca a tu nena!

 

Me sacaron a la fuerza, medio violento, yo con la pija marcada en el pantalón. Me dieron una cerveza. Me sentaron en una silla en el medio del living. Y ahí, desde el medio, me puse a ver como se la cogían. Como un pajero profesional.

 

Jazmín me vio. Estaba en cuatro sobre el sillón, con un tipo atrás cogiéndola y otro en la boca. Levantó la cabeza, me miró, con los ojos llenos de lágrimas, la cara llena de saliva, y me dijo:

 

—Papá…

 

Y se puso a llorar. El tipo de atrás la agarró de la cintura y le dio más fuerte, ella lloraba y gemía al mismo tiempo, se le caían las lágrimas en las tetas, y un tipo le pasaba la lengua por las tetas, lamiéndole las lágrimas. Ella lloraba y no sabía qué hacer.

 

—Está llorando de gusto, papá —dijo uno—. Está llorando de bien cogida.

 

Y todos se rieron. Ella todavía entre lágrimas, con la pija del de adelante todavía en la boca, me miró de nuevo, y me dijo con una mezcla de bronca y de calentura:

 

—Hijo de puta… no me dijiste nada.

 

Y el de atrás le dio más fuerte, ella se calló la boca y volvió a gemir.

 

Después la llevaron a la pieza. A mi pieza. A la cama de Marcela.

 

La acostaron en la cama matrimonial, en el medio, y la hicieron abrir las piernas, un tipo se recostó entre ellas, sobre Jazmin, y otro se acercó a su boca con pija en mano, y la cogieron así, uno de cada lado, en la cama donde ella de chica había dormido con la madre. Yo miraba desde la puerta y pensaba en Marcela. Pensaba en que si ella viera esto se moría de nuevo.

 

Un tipo le acabó en la cara. Otro le acabó en las tetas. Otro en el culo. La Jazmín tenía semen por todos lados, en el pelo, en las pestañas, en la boca, y seguía con las piernas abiertas, y seguía diciendo «paren, paren, por favor».

 

Ya no era mi hija tímida. Era otra cosa. Era una mina que había descubierto lo que era el sexo de golpe, todo junto, y no de la mejor manera.

 

A las tres y media llegó el «Turco». Un tipo grande, morocho, con una pija como un brazo. Entró, la vio, se rió, y dijo «a ver esta nena», se sentó en el borde de la cama y la puso a chupar. La Jazmín le agarró la pija con las dos manos y no le entraba en la boca. La tenía que mamar de costado, lamiéndola, el Turco le agarraba la cabeza y se la empujaba hasta que ella se atragantaba.

 

Después se la cogió. La puso de costado, le levantó una pierna que puso sobre su hombro, y se la metió entera de una. La Jazmín puso los ojos en blanco. Le agarró la panza con las manos. Gritó.

 

—Ay, es grande, es grande, no me entra—

—Te va a entrar toda, nena, abrí bien—

 

Y le entró. Se la cogió así un buen rato, de costado, despacio, y ella gemía con los ojos cerrados y una mano en la pija del Turco, en la base, sintiendo cómo entraba.

 

Después la puso en cuatro y le dio por atrás. Y después se la cogió parada contra la puerta del placard. Y después le acabó en el culo, le quedó chorreando por la pierna, el Turco le dijo «sos una puta linda, ¿eh?», y ella dijo «sí».

 

A esa altura ya había perdido la cuenta. La casa estaba llena de tipos, algunos esperando, algunos yéndose, algunos volviendo, otros traían más gente sin mi permiso. Uno se había quedado dormido en el sillón con la pija afuera. Uno se había hecho un sanguchito en la cocina. Un pibe le estaba dando de tomar cerveza a Jazmín de la botella mientras otro se la cogía, y ella tomaba y se reía con la boca llena, le chorreaba la cerveza por el cuello. Otro la filmaba con el celular y lo mandaba a un grupo, así que la Jazmín ya estaba circulando por el barrio en video, cogida, con la cara llena de leche.

 

Y yo ahí, en el medio de todo, con la pija dura desde las once de la noche, sin poder creer lo que había pasado.

 

A las cinco de la mañana se empezaron a ir. Los últimos dos se la repartieron en el sillón, uno por la concha y uno por la boca, y acabaron los dos casi juntos, y ella se quedó ahí, abierta, con la concha y el culo latiéndole, goteando, sin fuerzas.

 

Cerré la puerta con llave. Apagué las luces. La casa olía a sexo, a cerveza, a hombre. Había manchas en el sillón, en la alfombra, en la mesa. Había forros usados en el piso. Había una zapatilla sola, que no era de nadie.

 

Me acerqué al sillón. Jazmín estaba tirada, con la remera hecha un trapo, el pelo pegoteado, la cara sucia, las piernas todavía abiertas. Me miró y se rió, cansada.

 

—Papá… ¿cuántos fueron?

—No sé, hija. Perdí la cuenta.

—¿Vos te la pasaste espiando?

—Sí.

—Que pajero que sos—dijo, y se rió. Y después, con la voz más baja— Y no me dijiste nada, hijo de puta. Me cogieron tres tipos sin que yo supiera qué pasaba. Tres. Uno atrás del otro.

—Pero al final te gustó.

—Pero al final me gustó —admitió, y se rió otra vez.

 

Y ahí, sin pensarlo, me le tiré encima.

 

Le abrí las piernas y se la metí así nomás, sin forro, con la concha llena de todo, resbalosa, caliente, abierta. Y fue la mejor conchita que me cogí en mi vida. Me la cogí despacio, mirándola a la cara, con las manos en sus tetas, y ella me miraba y se agarraba de mis brazos, y después me recosté y se puso arriba, me cabalgó despacio, moviéndose rico, con la leche de todos los tipos todavía adentro, y yo sentí todo eso, todo mezclado, acabé adentro suyo con un rugido, después de siete horas de estar al borde.

 

Nos quedamos ahí, los dos, tirados en el sillón, transpirados, sucios, sin hablar, con la casa hecha un desastre y el olor a sexo pegado en las paredes.

 

Al otro día, lunes, sonó el teléfono. Otro tipo. «¿Todavía está la nena?» Le pasé la dirección. Y así siguió, todos los fines de semana, cada vez más gente, cada vez más plata. Dejé las changas. La Jazmín terminó el secundario. Y yo, que era un tipo feliz hasta que se me murió la mujer, volví a estar feliz, pero de otra manera: sentado en la silla del living, con una cerveza en la mano, mirando cómo se cogen a mi hija y cobrando desde el celular.

3 Lecturas/29 de octubre de 2026/0 Comentarios/por RelatosXxX
Etiquetas: amigos, colegio, hermano, hermanos, hija, hijo, madre, sexo
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